El grabado erótico de Lisbet Corvo o El arte de tejer un cuento árabe

Por Noel Alejandro Nápoles González

 

…El amor debe ser gobernado por el arte…

Ovidio (1)

Letra excitante, juego sexual con la palabra, paseo por el borde de la sensualidad: eso es la literatura erótica, donde el escritor, por medio de la alquimia verbal, transmuta el arte de amar en amor al arte. Todas las grandes culturas de la humanidad han tenido su literatura erótica. Los indios tienen el Kama Sutra; los persas, Las mil y una noches; los chinos, el tao del sexo; los japoneses, los shunga o grabados eróticos; los romanos, El arte de amar, de Ovidio; los italianos, el Decamerón

Pero ¿quién conoce la literatura erótica de los árabes? ¿Quién ha penetrado en la rica cultura del sexo y el amor que tenían los pobladores de la antigua Arabia? ¿Qué hombre no ha fantaseado con la misteriosa belleza femenina que palpita bajo el recatado atuendo de la mujer musulmana? Todo desierto tiene su oasis. Se dice que el mundo árabe preislámico tenía un concepto abierto de las relaciones sexuales. Luego el Islam censuró algunas de estas prácticas y generó una moral más estricta. Cuando la cultura islámica se extendió por el Oriente Medio, el Norte de África y parte de la cuenca mediterránea, recibió de rebote el impacto de estas regiones. Fue entonces que su enfoque de la sexualidad se flexibilizó y el erotismo renació en su literatura. Incluso hubo pueblos en los que surgió la figura del juez que dirimía los conflictos entre personas homosexuales y hubo harenes que devinieron verdaderas enciclopedias del sexo, al reunir mujeres de distintos orígenes y habilidades para amar. De esta época, en la que se liberalizaron las relaciones de pareja, datan las historias que recoge la antología Cuentos eróticos de la antigua Arabia, publicada en Cuba, en 2011, por la editorial Arte y Literatura. En el volumen se recogen cuentos provenientes de tres textos que por primera vez se vierten al castellano. Se trata de El viaje de las mentes, de Al-Tifashi; de La vuelta del viejo a su juventud, de Ibn Kamal; y de El jardín perfumado, de Al-Nefzawi.

La única regla es “no hay reglas”

Vatsyayana  (2)

A finales de 2015, en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana, un amigo me enseñó cómo una joven grabadora había convertido un cuento erótico árabe en un Libro de Artista. Lo había conseguido combinando varias técnicas del grabado y el tejido.

La joven era Lisbet Corvo, graduada de la Academia de San Alejandro, en 2011. A ella le había sucedido como a otros grabadores, que había entrado en la Academia con la idea de hacerse pintora y dibujante pero, poco a poco, empezó a visitar el aula de grabado, y tanto fue el embullo, que terminó haciendo su tesis de grabados en metal (calcografías).

El erotismo permeó sus creaciones a partir del Taller opcional de fovismo (3), impartido por la profesora Rocío García, en San Alejandro.

Después de graduada, Lisbet indagó sobre el grabado erótico japonés (shunga) y produjo, a cuatro manos con Alejandro Saínz -quien es además el grabador que más admira- cinco piezas de fuerte contenido erótico. En ellas aparece una pareja japonesa amándose, sobre un escenario, mientras otros personajes la observan. La limpieza del color es proverbial, el encaje preciso, la resemantización y los anacronismos (las palmas, el muro del Malecón) sutiles y cuidadosos. Cada pieza narra una historia en la que se trenzan dos ingredientes: el erotismo desinhibido y la contemplación serena. Lo cubano aquí es una línea que parte del espectador y se hunde en el horizonte del cuadro: a veces se explicita al fondo pero siempre se supone en la mirada.

 

Yin y yang del sexo: cunnilingus y felatio. Amar es un arte en el que dar es recibir. La escena tiene seis espectadores: dos parejas que contemplan y participan en el teatro; dos palmas reales, colocadas en un punto de fuga, que dominan la verde y azulosa llanura.

El verbo, por no herir, se omite pero su sentido es explícito: afinar el cuerpo, como si fuese un instrumento musical, para sacarle las notas más sublimes. Allí, el orgasmo es un estribillo excitante.

Un samurai y una geisha –aun desnudos siguen siendo una geisha y un samurai- hacen el amor con rostros ausentes. Él renuncia a sus armas para amarla; ella lo cabalga y abre su sombrilla para soportar la lluvia que le cae en las entrañas.

Metáfora cinética del orgasmo: danzar, danzar, danzar hasta que se desborde la marea del yin y el yang sobre el muro del Malecón.

La contemplación tiene sus encantos, bajo la tenue luz de los faroles chinos. Más allá está la noche punteada de lucecitas.

 

 

…Aunque la gente cree reírse de él,      

                  juro por Alá que es él quien se ríe de todos.

Al-Nefzawi (4)

Luego Lisbet se topó con la literatura erótica árabe y se propuso, literalmente, tejer uno de sus cuentos -El bufón y la esposa del visir,escrito por Al-Nefzawi e incluido en Cuentos eróticos de la antigua Arabia- para convertirlo en un Libro de Artista. El cuento en cuestión narra, más o menos, la historia siguiente.

Un califa tenía un bufón llamado Bahlul, el cual era célebre por su ingenio y gracia. Cierto día el califa decidió regalarle a su bufón una hermosa capa bordada con hilos de oro, en agradecimiento por sus servicios. De regreso a casa, contento con su regalo, Bahlul fue visto por la bella Hamduna, hermana del califa y esposa del visir.

-¿Has visto qué capa más hermosa le ha regalado mi hermano a ese bufón? Esa capa tiene que ser mía –le dijo Hamduna a su sirvienta.

-Tenga cuidado, señora, mire que Bahlul se hace el tonto pero no lo es –la aconsejó la prudente criada.

Pero Hamduna era tan bella como caprichosa, y le ordenó a su sirvienta traerlo a casa bajo cualquier pretexto. La hermana del califa y esposa del visir bailó para el bufón, cantó para él y le sirvió sabrosos manjares, y al final, le pidió en pago la hermosa capa que Bahlul había recibido como regalo.

Pero Bahlul, habilidoso, le dijo:

 -Señora, yo lo haría sin pensarlo dos veces pero sucede que he jurado dársela únicamente a quien haga conmigo lo que mi esposa me hace cada noche.

-¿Acaso tú sabes de esas cosas, bufón?

-Claro que sí, mi señora. Y no sólo sé hacer feliz a mi mujer, también sé llenar el vacío que dejan los esposos ausentes…

Hamduna dudó por un instante: ¿qué haría ella, la mujer deseada por tantos hombres, la mujer poderosa, acostada en su lecho con un simple sirviente de su hermano? Pero la capa bordada con hilos de oro, las atrevidas palabras del bufón y la anatomía viril que se adivinaba bajo sus zaragüelles habían encendido ya su sangre.

Así que se dejó caer en sus brazos y lo guió hacia sus aposentos.

 

-Haz conmigo lo que debes hacer, bufón.

-Ah, mi señora, usted me ha de disculpar pero mi espalda no anda muy bien que digamos. ¿Sería usted tan amable de venir sobre mí, se lo ruego?

Hamduna sonrió maliciosa, se abrió los vestidos dejando al descubierto un atractivo sexo, que Bahlul besó hasta la saciedad. Luego se colocó sobre el bufón y cabalgó hasta llegar al éxtasis.

 

-Dame ahora lo que es mío –ordenó Hamduna.

-Señora, perdóneme, pero ¿no cree usted que ahora me toca a mí satisfacerme encima de usted? Mi dolor de la espalda era sólo un pretexto para favorecerla.

Sintiéndose superada por el argumento, Hamduna cedió, y dejó que el bufón escalara los peldaños del placer. Tras un descanso, la bella mujer exigió su presente.

-Mi buena señora, la primera vez el placer fue todo suyo, la segunda fue mío, ¿no le parece que ahora debiéramos satisfacernos mutuamente?

Ansiosa por terminar, Hamduna volvió a ceder ante las artes del bufón, quien por tercera vez se adueñó de su espíritu desbocado hasta dejarla rendida en el lecho. Sigiloso, Bahlul depositó la capa de hilos de oro a sus pies y se marchó.

Al otro día, por la mañana, mientras Hamduna se jactaba, a espaldas del visir, de sus artes y sus dones, la sirvienta le recordó que tampoco el bufón había sido tonto. En ese instante tocaron a la puerta y la sirvienta fue a abrir. Era Bahlul.

-Por favor, podría ofrecerme un poco de agua –dijo el bufón.

La sirvienta le pidió que esperara en la puerta, entró y le trajo una vasija de barro con agua. El bufón la bebió en tres sorbos. De pronto la vasija se le resbaló de las manos y se quebró. Ante el escándalo de la sirvienta, vino Hamduna y regañó duramente a Bahlul. Vino también el visir y preguntó qué sucedía. Fue entonces que Bahlul, el bufón, habló:

-Verá usted, mi señor, he roto sin querer la vasija en la que su señora ha mandado servirme un poco de agua y se me ha exigido que compense la pérdida con la capa bordada con hilos de oro que ayer me regaló el califa, su cuñado, por mis servicios de años.

-¡Qué has hecho, Hamduna! ¡Una capa de oro por una jarra de barro! ¡Devuélvele inmediatamente lo que es suyo!

Roja de rabia la mujer del visir habló:

-¿Fue eso lo que ocurrió de veras, bufón? 

-Perdone usted, señora, es que no soy muy bueno dando explicaciones. ¿Podría usted explicarlo mejor?

No hace falta decir que esa noche la hermosa Hamduna no quiso ni comer y que su sirvienta se rió a solas en la cocina. Mientras, en otro hogar, un hombre simple y su esposa, contemplaban una capa bordada, no con hilos de oro, sino con ingenio.

 

La verdadera dicha de amar es un éxtasis de dos cuerpos y almas unidos y entrelazados poéticamente…

Jolan Chang (5)

NIngún ser humano está completo en sí mismo: cada uno de nosotros es apenas una mitad. El amor surge cuando se necesita al otro. Amar es sentirse mitad; hacer el amor es ser, por un instante, un entero. Se trata de una experiencia que la palabra no alcanza a describir, salvo que admitiésemos entre el yo y el otro el término intermedio yosotro.

Un pueblo se conoce por la manera en que habla, se viste y cocina, pero también por la forma en que hace el amor. Dime cómo amas y te diré quién eres. Pero aún está por escribirse el libro que singularice la manera cubana de hacer el amor, si es que la hay. ¿Lo tendremos algún día? Es de esperar que un pueblo heredero de Asia, Europa y África, y anclado en la fogosa sensualidad del Trópico insular, engendre una síntesis erótica nueva y deslumbrante. En todo caso, nos habrá faltado tiempo, por ser una nación tan joven, pero picardía hay de sobra. Mientras tanto disfrutemos de la Erótica atlántica (6) que vienen bocetando, desde hace décadas, los pintores y los grabadores cubanos. Ellos son el relámpago que anuncia el trueno. Para entonces quien tenga oídos, si es mojigato, que se los tape; y si es liberal como la persona G de esta capitular, que disfrute.

(1) El arte de amar, Libro I, Preámbulo

(2) Kama Sutra, Los principios esenciales

(3) El fovismo (del francés, fauvisme) fue el expresionismo de los franceses, el cual se caracterizaba por el uso agresivo del color.

(4) El bufón y la esposa del visir, Cuentos eróticos de la antigua Arabia

(5) El tao del amor y el sexo, capítulo III

(6) El adjetivo se lo debo a Pedro de Oraá, quien me ha insistido en que nuestra Isla no sólo está en el Mar Caribe sino en el Océano Atlántico.