“Dulce María Loynaz fue y es una escritora para todos los tiempos

  Por Astrid Barnet

Un ciclo de conferencias relacionado con la vida y la obra de la afamada poetisa Dulce María Loynaz, fue inaugurado en la sede de la que fuese su última residencia en la capitalina zona de El Vedado, y que hoy ocupa el centro cultural que lleva su nombre.

Reconocidos escritores y poetas cubanos como Víctor Fowler, Zaida Capote y Virgilio López Lemus fueron los encargados del panel preparado para tales efectos. Así y, en su tercer día de actividad, dicho panel contó con la presencia del poeta, ensayista, traductor, investigador y crítico literario, Virgilio López Lemus. Intelectual cubano quien confiesa dedicarse en especial a la poesía, mas mi opinión como periodista –la más humilde y sincera--, rebasaría esto para calificarlo como un verdadero artífice del idioma cervantino.

“Conocí a Dulce María Loynaz en 1982 y, en una ocasión en que visitaba la casa de una amiga en las calles G y 21 aquí en El Vedado, esta me habló acerca de su conocimiento y amistad con la poetisa. De inmediato le expresé mi interés por conocer a la que resultaba un mito por aquella época. Una mujer mítica, cerrada en esta residencia donde, eventualmente, reunía en su portal a un grupo de personas. En esos momentos aún y tras el triunfo de la Revolución cubana no se había publicado nada acerca de su obra”, inició López Lemus su intervención ante un concurrido auditorio reunido en la citada institución cultural.

“Así y gracias a mi amiga, la conocí una tarde en el portal de esta casa. Jamás olvidaré esa primera entrevista con ella; pidió incluso le repitiese la visita, algo que hice poco tiempo después. En aquella oportunidad le pregunté por su hermana Flor –en aquel tiempo estaba algo enferma y Dulce María la acogía--, poeta también, muy aficionada a los animales domésticos y vegetariana además.

“Dulce María siempre citaba a sus invitados a las cinco de la tarde para, una hora después, despedirlos para ir a comer. Si llovía, los encuentros los realizaba en el interior de la vivienda: en los llamados Salones inglés o francés –hoy le llaman dorado y colonial--. No olvido una ocasión (1989), en que traje conmigo a una compañera del Instituto de Literatura y Lingüística quien en aquellos momentos trabajaba sobre la obra Jardín. Efectivamente, la citó a las cinco de la tarde como acostumbraba. Sin embargo, pocos momentos después se personaron unos andaluces llamando en alta voz a la dueña. –¡!Dulce María, Dulce María, queremos conocerla!! Aunque no estaban citados por ella, los dejó pasar con cierto desagrado. Fue cuando uno de ellos le preguntó: --Doña Dulce María, ¿cómo usted ve la situación de Cuba? Ella lo miró muy fijamente y le respondió: --Señor, ¿usted no ve que yo paso de ochenta años? ¡!Estoy ciega, no veo nada!!

“Y es que Dulce María hablaba con cierta lentitud, pero cuando tenía que responder, lo hacia con una gracia increíble; con mucha vivacidad, era una típica Sagitariana, de respuestas rápidas, de gran agilidad mental.  Digo que ella tenía Dulce como nombre, pero ante quien intentase meterse con ella, respondía con cierta agresividad en ocasiones. Al conocerla, tenías deseos de continuar tratándola. Enamoraba. Quizás esto se remitía también a su procedencia de clase, a su formación, a ser abogada, o el misterio de la vejez. Uno sentía el deseo de protegerla. Sin embargo, ella a todos protegía en su familia. Al igual que Luisa Pérez de Zambrana tuvo la poca suerte de ver morir a todos sus familiares desde muy temprano. Aquí existieron tres familias de alto rango social: los Loynaz, los Borrego y los Zambrana, cuyas historias –las de estas dos últimas--, han ido desapareciendo

En el caso de Los Loynaz eran una suerte de familia parecida a la de los personajes de Cien Años de Soledad, pues luego del general, existían dos Enriques: el hijo y un medio hermano de Dulce María. A Flor la ví entre cortinas;  Dulce María, incluso, me dijo en el momento en que la ví que no la llamase pues se hallaba muy enferma. En efecto, falleció dos meses después. Así, la poetisa vio fallecer a sus padres, a sus maridos, a sus hermanos, y a su medio hermano, también llamado Enrique --padrastro de María del Carmen Herrera, su actual heredera--, Flor tenía una suerte de carros antiguos que compraba y guardaba.

Dulce María adoraba a los perros y a los gatos, al igual que su madre; incluso, muchos de ellos recogidos de las calles.

Conversar con ella era algo sumamente agradable, pues ella se ponía al nivel de la persona que la visitaba en ese momento. La obra de Samuel Feijóo –acerca de quien yo hacía mi  tesis de doctorado en aquellos momentos--, no la conocía; no ocurría así con la obra de Clevar Solís, su amiga –entre ellas, A nadie espera el tiempo--; al igual que la de Nicolás Guillén, Virgilio Piñera (quien la visitaba durante sus encuentros conocidos como las Juevinas, para hablar sobre Literatura y poesía); la de José Zacarías Tallet…Pablo Álvarez de Cañas, su segundo esposo, era un cronista social (Crónicas rosadas) de los años 50, aunque muchas de esas crónicas las firmaba él, eran indudablemente de la autoría de Dulce María por sus características estilísticas, en especial, los puntos suspensivos. Estas son crónicas que, realmente, necesitan ser buscadas, ser halladas, porque constituyen un verdadero patrimonio nacional literario. Él publicaba en revistas como Vanidades, Romances; en los diarios El País, El Mundo…

Acerca de la Poesía de la prestigiosa intelectual, López Lemus enfatizó en que “cuando se le hace una lectura rápida parece muy simple, muy sencilla, sin mayores aristas; pero cuando se hace una lectura atenta y de amor a lo que se lee, descubre que los poemas parecen territorios minados –como decía Samuel Feijóo--, parece que los textos van a explotar. Por lo tanto, hay que leerlos con mucho cuidado”.

Puntualizó que “tan sólo por la escritura de Jardín, era merecedora del Premio Cervantes desde hacía tiempo. La Premio Nobel de Literatura, la chilena Gabriela Mistral decía, incluso, que cuando ella quería repasar un buen español, fluido y hermoso, siempre volvía a las páginas de Jardín. Asimismo, la prosa de Un Verano en Tenerife, es comparable con la martiana“.

Rememoró a continuación que, tras hacerle entrega del Premio Nacional de Literatura “comenzaron a visitar esta casa periodistas, realizadores de cine, fotógrafos…En ocasiones, la escritora visitaba la Casa de las Américas para impartir alguna conferencia. La Academia de la Lengua comenzó a tener otro movimiento; entró a dirigirla José Antonio Portuondo, al mismo tiempo que fallecieron algunos de los amigos más allegados de Dulce María, como Raimundo Lazo y Chacón y Calvo…Este último, amigo muy íntimo de la familia, en especial del General Loynaz, de quien conservo algunas cartas intercambiadas entre ambos”.

Al resaltar la obra de la autora durante las décadas de los ochenta y noventa del pasado siglo, López Lemus acotó que “en 1987, se publicó una selección de sus poemas pero muy pequeña, muy limitada, por parte del Instituto Cubano del Libro. Sin embargo y, sin lugar a dudas, la década del noventa resultó ser la del redescubrimiento de Dulce María. Mi última visita a ella sería un mes antes de ella fallecer”.

Al respecto y al comentar sobre algunos libros de la escritora el disertante mencionó Versos (1938), “en el que ella reúne su poesía escrita entre 1920 a 1938, la que quiso rescatar –lo anterior no lo llega a reunir pues continuaba disperso en algunas publicaciones periódicas de esos tiempos, entre ellas el diario Excelsior--. Los poetas de su generación, en su mayoría, eran renunciantes. Escribían un libro sobre un tema en específico, y luego no escribían más. Son los ejemplos de José Zacarías Tallet, con un libro de poemas y de Juan Marinello, quien escribió otro en una ocasión y nunca más después. Se autocalificaba Poeta en vacaciones; Enrique Loynaz no publicó su obra poética, como tampoco Flor; María Villar Buceta publicó uno tan solo”.

Dulce María vuelve a publicar en 1947 con Juegos de Agua. Su segundo esposo, Álvarez de Caña fue quien la incitó a publicar dicha obra que ella tenía inédita hasta esos momentos. Anteriormente lo había hecho con Canto a la mujer estéril, en un pequeño cuaderno junto a un grupo de poemas escritos entre 1917 y 1938 en revistas femeninas. Algunos de aquellos poemas se logran rescatar.

“Ya casada con Álvarez de Caña y producto de sus viajes con él a España, publica Poemas sin nombre (1953). En esta época tenía una excelente amistad con Emilio Ballagas, a quien admiraba enormemente. Éste había escrito un poema: Poema sin nombre, que le pareció maravilloso a la escritora cubana y es ese título el que ella decide tomar después para su poemario Poemas sin nombre, conformado por 24 poemas en prosa. Esta obra posee cierta influencia del indio Rabindranath Tagore, de Ballagas, y de alguna que otra de la literatura inglesa y francesa (Baudelaire) –una de las profesoras de idioma francés de los hermanos Loynaz fue la madre de Alejo Carpentier--.

“Puede decirse que, a partir de Juegos de Agua, toda la obra de esta escritora se publica en España. En 1953, publica Cartas a Tutankamun y luego, Últimos días de una casa, en 1958, su último libro de poemas. Ya en los años cincuenta del pasado siglo Dulce María era una figura notable de la Literatura hispana, en especial, en España, donde recibió además la Orden Isabel la Católica.

“Sobre Un verano en Tenerife (1958) manifestaba que esa era su obra más importante y mejor escrita. Era también el libro de homenaje a su marido que la impulsó a publicar”.

Casi al final de su intervención López Lemus hizo hincapié en que “en Cuba, la generación de los ochenta es la que descubre el libro Últimos días de una casa, con todos los resortes de la corriente coloquialista cubana. Quizás ella lo haya escrito a partir de la reminiscencia/influencia de un destacado poeta hispano-cubano de los cincuenta Eugenio Florit. Asonante final y Conversación a mi padre fueron dos de sus poemas más renombrados.

“En los Últimos días de una casa, Dulce María le escribe a una casa que está abandonada, casi en ruinas –imagen de lo que ocurría en Cuba, en 1958, y poco después al ser sustituida por las nuevas clases que llegan al poder en 1959--. Es un poema precursor de lo que pasaría en la Isla, con muchas lecturas, una verdadera obra maestra de la lírica.

“En 1990 cuando se publica Poemas náufragos, Pedro Simón –escritor y esposo de la universalmente conocida bailarina cubana Alicia Alonso--, lleva a cabo la recuperación del poemario de Dulce María de los años veinte y treinta. Llega a rescatar una buena cantidad de su papelería. Entre ellos, este libro y Bestiarium, un poemario sobre animales afectivos. Por su parte, Sonetos a la virgen y Melancolía de otoño, fueron creados bajo el influjo de Tagore pero con una evidente cercanía a Poemas sin nombre. En la obra de Dulce María hay que continuar aún profundizando en su estudio e investigaciones. Fue y es una escritora para todos los tiempos.