Un incidente antillano en el New York lejano

Por Enrique López Mesa

En el mes de diciembre de 1887, la élite letrada de la comunidad latinoamericana de New York tomó cuerpo en la Sociedad Literaria Hispano-Americana, que fuera una idea del escritor y periodista colombiano Santiago Pérez Triana (1856-1916). Con ella, y por primera vez, la cultura de nuestras tierras tuvo una representación formal en los Estados Unidos. José Martí fue la máxima figura intelectual de esa Sociedad y el año en que ejerció su presidencia (diciembre 1890 — diciembre 1891) significó el de mayor esplendor de la misma. Durante él, creó las "Noches americanas", veladas de homenaje a cada país de Nuestra América. De aquel período, se conservan sus discursos centrales en las consagradas a México (23 abril 1891) y Centroamérica (6 junio 1891).

Si bien su cese como Presidente, en diciembre de 1891, redujo su participación en las labores societarias, de ninguna manera significó una ruptura. Por ejemplo, el sábado 5 de marzo de 1892 —cuando la Sociedad estaba presidida por el abogado y político colombiano Nicolás Esguerra Ortiz (1838-1923)— se celebró la "Noche americana" dedicada a la hermana república de Venezuela. En medio del fragor organizativo del Partido Revolucionario Cubano, Martí halló tiempo para pronunciar el discurso central.

Se suponía que la SLHA era políticamente neutral; pero en sus filas confluían diferentes vertientes ideológicas. Martí trató de ponerse por encima de ellas; mas, al menos en una ocasión, no pudo refrenar su pasión patriótica. Y esta es la materia de nuestro artículo.

A causa de una desavenencia personal —ocurrida en el verano de 1891—, se había roto definitivamente la hasta entonces cercana amistad entre José Martí y el periodista cubano Enrique Trujillo. Consecuentemente, el antes apologista exaltado había devenido en crítico acerado. Además, tan pronto Martí se alejó relativamente de la SLHA, para consagrarse a la organización del PRC, Trujillo ganó posiciones dentro de ella. Así, en la sesión ordinaria inmediata posterior a la mencionada "Noche de Venezuela", o sea, la del sábado 19 de marzo de 1892, éste propuso, y fue aprobado, que la quinta de las "Noches Americanas" estuviera dedicada a las tres Antillas hispanohablantes: Cuba, República Dominicana y Puerto Rico.(1)

Pronto comenzaron a circular preocupantes rumores acerca de la forma que revestiría dicho acto, con la presencia de la bandera española en representación de Cuba y Puerto Rico, dado que el formalismo imperante en la SLHA impedía la Utilización de insignias no oficiales. A solicitud de varios socios se convocó una junta general el 2 de abril de 1892, para reconsiderar lo acordado el 19 de marzo. Martí estuvo presente y esto nos da la medida de la importancia que le concedió al tema, pues apenas faltaba una semana para la fundación del Partido Revolucionario Cubano. Su proposición de aquella noche fue que no se celebrara tal velada.

A simple vista, pudiera parecer contradictorio que el hombre que acababa de proclamar la independencia de Cuba y Puerto Rico como objetivo fundamental del Partido Revolucionario Cubano se opusiera a aquella velada. Pero todo parece indicar que Martí exigió que, en caso de celebrarse, además de la bandera de la República Dominicana, la presidieran las banderas de Guáimaro y Lares, en representación de las islas irredentas. Lo que para otro pudo haber sido un aspecto formal, para Martí era una cuestión de principios.

En aquel encuentro se suscitó un áspero intercambio verbal entre Martí y el puertorriqueño Carlos O'Neill, miembro de la SLHA. No obstante, se ratificó la decisión de celebrar la velada y la directiva optó por una solución intermedia: ni la bandera española, ni las enseñas revolucionarias de Cuba y Borinquen. Todo parece indicar que fue la enérgica oposición de Martí la que obligó a la dirección de la SLHA a buscar esa fórmula de compromiso, la que tampoco satisfizo al cubano.

Acerca de esta borrascosa sesión, Trujillo publicó en su periódico El Porvenir una reseña incolora, que no trasmitía nada de lo allí ocurrido.(2) Cuando él se proponía ser anodino era realmente insuperable. Pero, cuatro años después de los hechos —en su libro Apuntes históricos—, el propio Trujillo dio a conocer una segunda versión. Esta ya contenía más pormenores, pero evitaba aportar nada que favoreciera la postura de Martí. De hecho, reconocía que la suya era sólo una "pálida reseña" de la discusión. En una de sus partes decía: "Fue una sesión tormentosa. El señor Manuel Barranco pidió que no se diera la fiesta. El señor Martí se extendió en consideraciones de orden político apoyando al señor Barranco." (3)

Afortunadamente, para compensar la escueta y sesgada versión de Trujillo, disponemos del valioso testimonio del escritor y político puertorriqueño Roberto H. Todd, que nos parece más objetivo:

En la reunión de socios celebrada por la Literaria para acordar la fiesta dedicada a las. tres Antillas, al discutirse cuál debería ser la bandera que distinguiese a Puerto Rico en el adorno del escenario esa noche, un puertorriqueño, que se decía estar a la paga del Consulado Español, propuso que fuese la bandera española, y ante esta proposición, como si hubiera sido una bofetada lanzada a su rostro, Martí se puso de pie increpando al puertorriqueño, para decirle que parecía imposible que hubiese un puertorriqueño que no se sintiese orgulloso de que le representase en una fiesta literaria la noble insignia de Lares como única bandera digna de un pueblo libre. Hubo palabras entre ambos que caldearon un poco los ánimos [...] Cuando terminó la sesión, se cruzaron palabras agrias entre Martí y el referido puertorriqueño, porque el primero se negó a estrechar la mano de éste y hubo la necesidad de la intervención de amigos para evitar un lance personal. (4)

Finalmente, la Noche de las Antillas se efectuó el sábado 30 de abril de 1892, con la ausencia de las enseñas de Guáimaro y Lares, así como la de Martí y sus seguidores más cercanos. Al fondo del escenario se veía, solitaria, la bandera de la República Dominicana. Obviamente, era un contrasentido que en un homenaje a tres naciones sólo figurara la bandera de una de ellas. Fue una velada deslucida y ajena al momento histórico. En ella no se habló de la situación colonial de Cuba y Puerto Rico y de la necesidad de luchar por su independencia. Todo se centró en los aspectos culturales, principalmente en la poesía. Veinte días antes había sido fundado el Partido Revolucionario Cubano, legítimo representante político del movimiento independentista de Cuba y Puerto Rico, pero allí no se dijo nada.(5)

Fue una ironía de la historia: Martí había creado las "Noches americanas" y ahora éstas se volvían contra él. Pero una de las cualidades fundamentales de un verdadero líder político es su capacidad de respuesta —directa o indirecta— ante cualquier revés táctico, y la celebración de la "Noche de las Antillas" lo fue para José Martí. No le bastó con el elocuente silencio de Patria sobre la controversial velada, sino que dos semanas después de la misma, en el número correspondiente al 14 de mayo de 1892, apareció uno de los mejores artículos de Martí: el titulado "Las Antillas y Baldorioty Castro". Su móvil aparente era comentar la justa iniciativa de erigir en New York un monumento al educador y abolicionista boricua Román Baldorioty de Castro (1822-1889), a quien Martí calificaba de "criollo irreductible". Pero él iba más lejos y entonaba un verdadero himno a la indisoluble hermandad de las tres grandes Antillas hispanohablantes. Para ello, sé valía de un recurso literario: a modo de ritornello, repetía el mismo concepto cinco veces a lo largo del texto, con sólo ligeras variantes formales. Baste citar una de ellas: "[...] las tres Antillas hermanas, que han de salvarse juntas, o juntas han de perecer [,..]"(6)

Indudablemente, el artículo de Martí era muy superior a los discursos pronunciados en la "Noche de las Antillas". Y lo más importante: era un mensaje para cualquiera que hubiera tenido conocimiento de su postura contraria a la celebración de aquella velada y que, por falta de elementos de juicio, dudara de su profunda vocación panantillanista y de su indeclinable compromiso con la independencia de Puerto Rico. El artículo era una profesión de su fe personal en el común destino de las tres islas. Creemos que no fue pura coincidencia su aparición en Patria el 14 de mayo de 1892.

Martí no dejó nada escrito que contribuyera a esclarecer su actitud ante la Noche de las Antillas. Un observador superficial pudiera pensar que ésta se debió a su rencilla personal con Enrique Trüjillo, pero eso sería rebajar su estatura moral y política. Al oponerse a aquella velada, Martí había sido consecuente con su línea anticolonialista y panantillanista. Aquel incidente fue revelador del complejo contexto ideológico y político en que Martí se movía dentro de la comunidad latinoamericana de New York y de las disímiles tendencias que coexistían en el seno de la SLHA, su entidad emblemática. Era todo un espectro ideológico que, además, incluía a algunos partidarios del panhispanismo, corriente política orientada desde Madrid, y que el propio Martí definió como "una liga monstruosa, tácita o expresa, con España".(7)

En ese año de 1892 el panhispanismo había cobrado auge al conjuro de la celebración del Cuarto Centenario del llamado Descubrimiento de América y se había corporizado en New York con la fundación —en febrero del año anterior del Círculo Colón-Cervantes, controlado por el Consulado español. Es decir, en la postura de Martí también pudo estar la intención colateral de cerrarle el paso al panhispanismo en el seno de la SLHA, pues el entonces presidente de la misma, Nicolás Esguerra, era simultáneamente uno de los vocales del Círculo Colón-Cervantes y uno de los redactores de sus estatutos.

Pero lo ocurrido no dañó los vínculos de Martí con la Sociedad Literaria. En junio de ese mismo año de 1892 fue nombrado Presidente de la Sección de Literatura y el 28 de octubre de 1893 ocupó nuevamente su tribuna para pronunciar su memorable panegírico de Simón Bolívar, que Cintio Vitier consideró el último gran discurso de José Martí.(8)

El incidente por la Noche de las Antillas puso de manifiesto, por un lado, las contradicciones subyacentes en la SLHA, y por otro, la intransigencia martiana y su raigal vocación panantillanista. A principios de la década de 1890 Martí había tomado conciencia de la importancia y posibilidades inmediatas de la idea del panantillanismo como segmento más viable del latinoamericanismo y contexto más íntimo del proyecto nacionalista cubano. A partir de ese momento incorporó esta idea a su discurso político y a su concepción del equilibrio continental, considerando incluso su probable contribución al equilibrio mundial. Es decir, retomó los postulados de Hostos, Luperón, Betances y otros líderes que le precedieron, los desarrolló en su situación histórica concreta y les imprimió su sello personal, dándoles así un "nuevo realce", como el propio Hostos reconociera.(9)

Notas

(1). El Porvenir. (New York) no. 107, 23 marzo 1892, p. 1.

(2). Ibidem, no. 109, 6 abril 1892, p. 2.

(3). Trujillo, Enrique. Apuntes históricos. Nueva York, Tip. de El Porvenir, 1896, p. 120.

(4). Todd, Roberto H. "Recuerdos alrededor de Martí". En: Así vieron a Martí. Prólogo y notas de Gonzalo de Quesada y Miranda. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1971, p. 244. Según dicha edición, el testimonio de Todd fue publicado originalmente en su libro Estampas coloniales. Primera serie. San Juan, Biblioteca de Autores Puertorriqueños, 1946.

(5). El Porvenir. (New York) no. 113, 4 de mayo de 1892, p. 2 y suplemento.

(6). Martí, J. Obras completas. La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963-1973, t. 4, p. 405-410.

(7). Martí, José. Epistolario. Compilación, ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual y Enrique H. Moreno Pla. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, Centro de Estudios Martianos, 1993, t. II, p. 4.

(8). Vitier, Cintio. "Los discursos de Martí". En: Vitier, Cintio y Fina García Marruz. Temas martianos. 2a. ed. La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 110.

(9). Hostos, Eugenio María de. "El testamento de Martí". En: Hostos y Cuba. La Habana, Municipio de La Habana, 1938, p. 300.