Entrevista al historiador Guillermo Jiménez Soler (Segunda parte)

Por Alejandro Zamora Montes

Guillermo Jiménez Soler es abogado e historiador. Es conocido mundialmente por crear dos monumentales obras literarias: Las empresas en Cuba, 1958 y Los propietarios de Cuba, 1958. Constituye un verdadero privilegio para el equipo editorial de Librínsula que este intelectual haya accedido humildemente a brindarnos su tiempo y experiencias, las cuales seguramente resultarán del agrado de los lectores.

 

Librínsula: Guillermo, creo que la segunda pregunta prácticamente se impone. ¿En qué fuentes se apoyó, si como bien usted plantea, la bibliografía era bien limitada o prácticamente inexistente?

GJS: Ese fue uno de los grandes problemas que tuve. Empecé por esa vía, que era la vía clásica profesional en cualquier parte. Por ejemplo, si estuvieras en un país desarrollado EUA o cualquier otro, sencillamente vas a organismos especializados (en los cuales está la declaración de impuestos), y por ahí sacas montones de conclusiones, deducciones, etc. Además, todo el mundo está obligado a publicar sus avances, sus estados contables, etc. Y por ahí obtienes una información de primera mano. Traté de empezar por ahí, pero me di cuenta que era un camino perdido, así que me detuve y empecé a buscar otros caminos. Es decir, conocer cuál era el capital de cada una de las grandes empresas de Cuba por esa vía, era un camino perdido. Así que me busqué mi propia maquinaria, afortunadamente. Uno de los tantos trabajos que había desempeñado en mi vida laboral, era en el Banco Nacional. Y por esa época se había acumulado, de una manera muy previsora, todos los archivos de la banca capitalista cubana. Incluso la banca capitalista que venía de la colonia. Prácticamente allí estaba la historia económica de Cuba, donde estaba archivada toda la banca americana, canadiense, española, etc. Fundamentalmente a partir de la intervención americana. Todos esos archivos estaban en un edificio enorme, donde tratábamos de protegerlos. Muchas instituciones no se daban cuenta del tesoro tremendo que había en esos archivos. En un momento determinado, nosotros en el banco adquirimos unos equipos muy modernos para aquella época, no existía todavía este fascinante mundo digital de hoy. Las computadoras que existían eran enormes, de análisis científico, de tipo militar. Intentamos que esa información fuese llevada a una expresión más organizada. A microfilms, cosas así. No pudimos terminar porque en ese momento nos sacaron del banco, en fin. Yo recordaba que estaban esos archivos riquísimos que había protegido personalmente, y traté de acceder ahí posteriormente. Y descubrí, después de mucho tiempo e increíblemente (porque no podía creerlo), que se habían quemado. Todo eso desapareció. Lo que sí encontré, gracias a la ayuda de algunos compañeros del Banco Nacional de Cuba, fue el archivo administrativo. No recuerdo ahora cómo es la legislación que tenemos en Cuba, donde se plantea que los organismos están obligados cada X tiempo a enviar sus archivos al Archivo Nacional, pero hay un archivo administrativo que se queda. Ese mismo archivo, que del año 1950 hasta el momento que llega la Revolución se había conservado en el Banco, también era posible encontrarlo en el Archivo Nacional, ya que por ley ambas instituciones debían conservarlo por una determinada cantidad de años. Que habíamos casi terminado de tarjetear, de organizar hacía muy poco tiempo. Y yo me conocía bien el archivo, dominaba la terminología de la época, etc. Bueno, lo que hice fue acceder a ese registro, porque a pesar de que era exclusivo del Banco Central, había referencias de toda la Banca. Y empecé por ahí. Ahora bien, dentro de esos archivos había otros sub-archivos, por decirlo de alguna forma. Eran informes que se hacían por instituciones internacionales que todavía existen. Como es lógico, norteamericanas, de investigaciones bancarias, entre otras. Yo las conocía, así que traté de buscarlas de manera priorizada, en una especie de jerarquización de las escasas fuentes de información que existían para poder priorizar la información, contrastar unas fuentes con otras, etc. Me vi obligado a crear una clasificación de la jerarquía de las fuentes de información. Por ahí empecé, y luego iba complementando con otras fuentes bibliográficas, en el exterior, etc.

Librínsula: ¿Y el acceso a fuentes orales?

GJS: Fuentes orales, muy pocas. La inmensa mayoría de la burguesía cubana, así como los hijos de ésta, emigraron. Muy pocos quedaron acá. Yo tuve la suerte de entrevistar a algunos personalmente en Cuba y en el exterior. A otros accedí por correo e Internet, pero fueron mínimas estas fuentes, repito; veinte o treinta testimoniantes, no recuerdo bien. No obstante, fueron valiosos. Sobre todo, algunos muy importantes. Por ejemplo, las dos familias líderes de la burguesía -por decirlo de alguna forma-, debido a su poder económico y su influencia en la economía cubana: Los Lobo y los Faya. Pude entrevistar a descendientes de ambas familias. A una hija de Julio Lobo, con quien establecí una relación bastante frecuente, etc. Y con los Faya también, con dos de ellos. Y con otras familias más.

Librínsula: Guillermo… ¿Por qué decidió titular los propietarios de Cuba, en vez de los empresarios de Cuba?

GJS: Bueno, para que puedas entender… cuando empecé esta aventura, yo realmente estaba haciendo una investigación sobre la historia del azúcar en Cuba. Para mi propio conocimiento, no para publicar nada. En estos años últimos me sobraba bastante el tiempo, y me imponía una especie de cursos autodidactas (con programa y todo), de lectura. Y traté de estudiar profundamente toda la industria azucarera cubana desde que llegaron los españoles a Cuba, para poder entender el país. Porque si no, no se puede entender. Profundicé en eso bastante, y después ahondé en la política económica de Batista. Sobre todo, desde el punto de vista estatal. Es decir, todo lo que hizo durante esos siete años de dictadura en materia de leyes, planes económicos, financiamiento, etc. Y en un momento determinado, una muy prestigiosa institución de Cuba me pidió que lo presentara públicamente. Ellos sabían que yo lo estaba haciendo, pero me dieron muy poco tiempo, solo tres meses. Y yo, de manera un poco autosuficiente, pensé que lo podía hacer, ya que conocía bastante sobre la política estatal y económica de aquella etapa. Pero cuando empecé a escribir (porque tú sabes que como investigador, una cosa es cuando lo estudias, otra es cuando lo hablas, y otra es cuando lo escribes), me asaltaron preguntas que no las podía responder.

 

Continuación…