Luis Carbonell y la poesía antillana*

Por Vivian Llanes

Una de las más importantes cualida­des de un artista es, sin dudas, su ca­pacidad para llegar al público, sus po­sibilidades de comunicarse con el espectador. Luis Mariano Carbonell ejemplifica, a cabalidad, estas condi­ciones. Dueño absoluto de una gran maestría para interpretar la poesía afroantillana, este hombre, modesto e intranquilo, es legítimo fruto del tradi­cional Santiago.

Poesías, cuentos, estampas popula­res, todas y cada una de las manifes­taciones elegidas por Carbonell para acercarse a los espectadores, se han convertido en un arte único en su creación. Cómo olvidar que durante los años anteriores a la Revolución, en medio de los programas más comer­cializados del momento, siempre llevó una cultura limpia al pueblo. Quién no recuerda sus presentaciones en los programas, radiales y televisados en los cuales entregaba, con su singular estilo, los sones de Nicolás Guillén, las elegías de Emilio Ballagas o los poemas dramáticos de Luis Palés Ma­tos. Quién puede olvidar esas estampas populares que hablan de la gracia criollísima del cubano: Me voy de flirt de Félix B. Caignet;Y tu abuela dónde  está, de Fortunato Vizcarrondo; Espabílate Mariana, de Rafael Sanabria, y otras tantas que han estado desde entonces en el disfrute del público.

Hoy, después de sus casi cuarenta años de labor profesional, Carbonell continúa ofreciendo, como siempre, su expresión cultural basada en difundir la mejor poesía negra antillana. Ahora,  al regreso de una exitosa gira por Puerto Rico y Venezuela, donde al igual que en Cuba, goza de una bien ganada popularidad, y a propósito de su larga carrera artística y de la incansable gestión cultural que ha ejercido, hablamos con Luis Carbonell

—Luis, creo que el público siempre se pregunta cómo era posible que, en el ambiente de comercialización existente en Cuba antes de 1959, usted lograra mantener un repertorio con lo mejor de la poesía antillana del momento. Por ejemplo, pienso en sus presentaciones en el programa El cabaret Regalías donde, en medio de un espectáculo como aquél, ofrecía los poemas de Nicolas Guillén. ¿Cómo  logró esas cosas?

—Ahora me recuerdas el mundo en que me hice. Ese mundo que todo lo veía de una forma facilista. El principio era agradar al público, no Importaba cómo y, sinceramente te digo, tuve que luchar contra una especie de muralla. Recuerdo que, al principio, cuando quise decir poemas serios, debí luchar contra un rechazo sistemático, porque en general ese espectáculo no era del agrado de los patrocinadores del programa. Era muy común entonces que, en medio de aquella divulgación cargada de superficialidades, apareciera yo diciendo los poemas de más contenido de Nicolás Guillén, Marcelino Arozarena, Emilio Ballagas, José A. Portuondo o Luis Palés Matos, todos autores de extraordinario talen­to que elevan la calidad poética a altu­ras verdaderamente universales.

Tuve que enfrentar, también, la negativa a aceptar cualquier innovación que pretendiera hacer. Por ejemplo, cuando me plantée trabajar los poe­mas con percusión —algo inusitado en aquella época— o ilustrarlos con coreografías, una de las cosas recha­zadas de entrada. En esto último, quien me ayudó mucho fue Alberto Alonso, uno de los primeros en contribuir a que pudiera desarrollar este modo de decir la poesía. En realidad, tuve que hacer un gran esfuerzo pero lo hice y conseguí imponer algo muy lejos de lo comercial.

—Carbonell, ¿dónde comienza su vocación de recitador y por qué recitador y no actor, digamos?

—La verdad es que nunca quise ser recitador profesional y mucho menos actor. Nací en Santiago de Cuba y, como mi madre era maestra, la enseñanza de la música y la poesía fue parte diaria de mi vida. Ella enseñó a recitar a mis dos hermanas mayores y yo, que era muy pequeño, aprendía escuchar la poesía. Lógicamente, nunca lo hizo, ni nosotros tampoco lo hicimos, con la idea de convertirnos después en recitadores profesionales.

Ya con catorce o quince años era profesor de inglés en Santiago y comencé a estudiar violín. Mas, como lo que me gustaba realmente era el pia­no, pronto pasé del violin al piano. Asi empecé a tocar en diversos lugares, hasta llegar a un programa de la CMKC en Santiago, donde acompaña­ba a los cantantes que allí se presen­taban. El productor me pidió que reci­tara algún poema, entre número y nú­mero, para no hacer tan seguidas las canciones. Antes de terminar el pro­grama, que duraba una hora, debí vol­ver a recitar, por el gran número de llamadas telefónicas. Sin proponérme­lo, sin querer, casi por casualidad, co­mencé a recitar.

—¿Entonces, su primer maestro, lo encontró en su propio hogar?

—En el sentido más profundo, sí. Aunque, también, la compañía de va­rias personalidades de la música, la literatura y la danza me fueron ayu­dando a perfeccionar mi trabajo. En Santiago de Cuba, conocí a Esther Borja, quien tanto allí, como después en New York, fue una gran ayuda para mí. Por eso siempre debo mencionarla, porque por ella conocí a los maestros Ernesto Lecuona y Gilberto Valdés, a quienes siempre recuerdo con un pro­fundo cariño y respeto.

—¿Cómo crea su repertorio?

—Mi repertorio responde, principal­mente, a que siempre he sido un fer­viente admirador de la poesía y, en particular, de la obra de Nicolás Guillén. Por eso, comencé incluyendo toda su poesía escrita hasta ese momento, te hablo de los años 1942, 1943. Des­pués, fui descubriendo, poco a poco, otros grandes valores de la poesía afro-antillana como Emilio Ballagas de quien, entre muchas otras obras, ten­go montada su hermosa, breve y fa­mosa canción de cuna, Para dormir un negrito; Pablo Neruda quien tocó, muy brevemente pero con algo muy bello, este género en un poema titulado Bai­lando con los negros. En mi repertorio están presentes, igualmente el puerto­rriqueño Luis Palés Matos, el venezola­no Manuel Rodríguez Cárdenas, el panameño Demetrio Korsi y otros mu­chos que sería interminable relacionar. Por otra parte, tengo incluida la llama­da poesía costumbrista, basada en as­pectos muy criollos, muy populares del vivir cubano, que intitulé Estampas. Porque, sin tener un gran vuelo litera­rio, estos versos poseen la picardía, el criollismo y la gracia de las costum­bres cubanas y forman una parte im­portantísima en mis recitales junto a los poemas dramáticos, épicos y otros mucho más serios que componen mi repertorio.

— ¿Qué podría decir acerca de su última gira por América Latina, del reencuentro con esos pueblos que —según tengo entendido— ya había visitado antes?

—Efectivamente, hace algunos años, viajé a México, Panamá, Colombia, Ecuador, Costa Rica, Santo Domingo, Puerto Rico y otros países del conti­nente. Ahora, después de algún tiem­po, regresé a Puerto Rico y Venezue­la. El volver a trabajar para estos pue­blos fue maravilloso. En Puerto Rico, donde estuve con Elena Burke, la Aragón y Los Papines, trabajamos en va­rios espectáculos, en televisión, tea­tro, aires libres y fue emocionante ver cómo el público lo recordaba a uno, cómo nuestro trabajo no se había bo­rrado de sus mentes y ver, en general, la admiración y el cariño que siente el público puertorriqueño por el pueblo cubano. En Venezuela, actué con Ela Calvo y Los Papines y allí también la acogida popular fue tremenda. Existe el proyecto de grabar tres discos para este último país, dos de poemas y uno de cuentos venezolanos. Los de poesía incluirán a Aquiles Nazoa y a Andrés Eloi Blanco, dos prestigiosos poetas muy queridos en su tierra y fuera de ella.

—¿También incluye cuentos en su repertorio?

—Sí, esa idea es muy vieja. A finales de 1956, monté por primera vez un espectáculo de cuentos literarios que Salvador Bueno me ayudó a pre­parar. Se presentó en la sala Hubert de Blanck y estaba formado por cinco obras de destacados escritores cubanos, entre ellos Miguel A. de la Torre, Miguel de Marcos, Félix Pita Rodríguez y Virgilio Piñera. Este recital me abrió un nuevo campo dentro de la ac­tuación, lo cual me llevó a reafirmar este trabajo y volví a presentarlo en 1959. Mucho tiempo después, en 1972, presenté un espectáculo llamado Luis Carbonell en tres tiempos que se componía de varias facetas. En su primera parte, interpretaba al piano piezas de Ignacio Cervantes, Juan S. Bach, Ernesto Lecuona...; en la segunda, na­rraba cuentos de Isaac Asimov y de varios autores más; para finalizar, recitaba poemas de Alfonso Camín, De­metrio Korsi, Aquiles Nazoa, Emilio Ballagas y de otros grandes autores cubanos. He estudiado fuertemente la línea del cuento y ya, en este momen­to, he integrado a mi repertorio figuras como el ruso Antón Chéjov y los franceses Balzac y Maupassant, asi como  varios autores contemporáneos puertorriqueños, mexicanos y cubanos. Entre los venezolanos, trabajo con Oscar  Guaramato, Oswaldo Trejo y otros cuentistas.

—El arte que durante años usted ha cultivado y que, a la vez, se ha convertido en excepcional, ¿cree que tendrá continuadores? Y en caso de que fuera posible, dado el estilo tan personal y único de su trabajo, ¿cómo podrían ellos no convertirse en simples imitadores de Luis Carbonell?

—No creas, a mí mismo me causa gracia, y curiosidad a la vez, saber si habrá o no seguidores de este género. Espero que sí, que los haya, aunque no lo digo porque tenga alumnos ni cosa parecida. La posibilidad de no convertirse en imitadores estaría dado por el afán de búsqueda que muestren. No necesariamente habría que decir la poesía como yo.

Algo que quisiera adelantar a esos continuadores, es que la poesía afroamericana, o afro-antillana como se le llama, ya proyectada al público parece fácil pero no lo es. Se conjugan en ella varios factores: etnológicos, en primer lugar; psicológicos, también en  primer lugar, y digamos que musicales y literarios, también en primer lugar. Es decir, que el género es bastante difícil, porque no es la palabra por la palabra, sino que ella conlleva a una comprensión de las raíces que laten en el verso afro-antillano. |No sé si lo que hago esté bien o está mal, pero sí sé que lo estudio mucho y con mucho cuidado. Además, es producto de un análisis y una técnica que he ido depurando. Porque sin técnica no hay un buen trabajo. Quien crea que por el simple deseo de hacer algo ya lo puede hacer, esté totalmente errado. Hay que dominar una técnica, un modo, hay que averiguar cómo se dicen las cosas y por qué se dicen, cómo están escritas y por qué se hacen.

A los poemas que recito no les cambio nada, por eso me paso horas y horas estudiando una sola estrofa. Esto podría parecer exageración, pero no se trata sólo de aprenderlos de memoria sino de buscar lo que lleva escondido el poema. Por ejemplo, estuve dos años estudiando la Elegía a Jesús Menéndez, de Nicolás Guillén, y he dedicado otros dos años al Cubandalucía, de Marcelino Arozarena un poema muy largo pero muy hermoso. Ahora, después de mucho estudio, me he decidido a decir La rumba, de José Z. Tallet, que a mi juicio es una de las obras más difíciles de decir de la poesía cubana.

Por eso, insisto, no se puede entregar un arte completamente limpio si no se /e dedica todo el tiempo, toda la vida. Porque es preciso encontrar el justo medio, el justo tono, la justa forma de proyectarlo al público de ma­nera que sea más interesante, más instructivo, no buscar las formas fáciles y rápidas de hacer. Es preciso que los seguidores de este arte, aparte de buscar una voz o un gesto propio, se dediquen por entero a estudiar cada paso, cada acción. Esa es la única forma de entregar al pueblo un arte limpio, claro y culto.

-Carbonell, ¿cómo surge su sobrenombre de "el acuarelista de la poesía antillana"?

Esa fue una ocurrencia de Blondi, un cómico argentino, quien decía que yo no era recitador sino una especie de pintor, de acuarela de las costumbres cubanas. Luego, al buscar un sobrenombre para lanzarme al público, me pusieron "el acuarelista de la poesía antillana" y así quedó para siem­pre. Aunque, te digo la verdad, a estas alturas las cosas han cambiado mucho y creo que ya no me viene bien.

—Una última pregunta, ¿nunca ha escrito poesía?

—No, que va, creo no tener talento para eso. Además, para hacer poesía hoy debería tener un supertalento, porque se ha escrito tanto y tan bue­no que no me creo capaz de escribir nada. Me queda tiempo aún, por lo menos eso pienso, para hacer muchas cosas, pero nunca para escribir poesía. Hasta ahora no lo he hecho y, a estas alturas, no estoy dispuesto a hacerlo ya.

 

*Tomado de Revolución y Cultura, La Habana, núm. 96, agosto, 1980. Págs. 30-33.