Imaginarios

 

Manuel del Valle y Cañizo (1802-1884), erudito, filósofo y filántropo cubano.

Entre los cubanos ilustres que han caído en el olvido histórico, se encuentra Manuel del Valle y Cañizo (1802-1884). Licenciado en derecho, catedrático de Lógica, Metafísica, Moral e Historia de la Filosofía en la Universidad de La Habana. Filántropo hasta la prodigalidad y austero como un estoico, Manuel González forma parte de la pléyade de cubanos eruditos, que dejaron un legado de sabiduría y conocimiento a su país. Librínsula honra su memoria dedicándole su dosier.

 

Dr. Manuel González del Valle

Por: Ramón Meza

El movimiento filosófico deEuropa: sus representantes en Cuba. Víctor Cousin: sus doctrinas: su escuela. Cátedra de texto aristotélico. La Comisión de Historia.  Elencos y trabajos. La célebre polémica sobre doctrinas de Cousin y Locke. Obras y estudios.

Desde que Cuba despertó a la vida de la cultura, tomando puesto digno en el movimiento del  progreso universal, abriéndose brecha, con esfuerzo propio, por en medio de obstáculos y trabas puestas oficialmente á su intelecto y al través de preocupaciones hereditarias, allá por el último tercio del siglo XVIII, no es posible negarle la gloria de haber tenido un represente que, de este lado del Atlántico, mantuviera los principios filosóficos avanzados en Europa y que ventajosamente han influído en el adelanto de las ciencias y de los métodos más eficaces para su propagación y enseñanza.

En sintética y brillante página (1) ha dejado trazada magistralmente el Dr. Varona esta evolución de nuestra intelectualidad en la más vasta y com­prensiva de las ciencias. La filosofía señala direc­ción al pensamiento; le proporciona los medios de encaminarse rectamente a la consecución de la certeza; tiene preferencia y dominio sobre todas las demás ciencias investigadoras de la verdad, dentro de su extenso campo particular, y las  impulsa, de manera muy provechosa y enérgica, con doctrinas y predicaciones que parten como un centro ó núcleo vivo, de un manantial fresco, fecundo, inagotable, de aquella ciencia nobilísima y primera.

Cuba pasó de las tinieblas de la escolástica ya caduca, dice el pensador citado, á la plena luz de la filosofía moderna. Y señala, como la mano vi­gorosa que la hizo salvar sin tropiezos el abismo, al Padre Félix Varela. En este camino ya, y mirando un poco atrás, parécenos de justicia poner  entre los precursores de esta labor, raras veces aislada, casi siempre colectiva, en el estudio de la evolución del pensamiento de un grupo social determinado o de un pueblo constituído, dos nombres más. Dentro de esa brillante página tiene derecho, por lo menos a una cita histórica, el Presbítero José Agustín Caballero. En su mejor estudio biográfico (2) se recuerda el juicio que mereció á D. José de la Luz y Caballero: «fué entre nosotros el que descargó los primeros golpes al coloso del escolasticismo, fué el primero que hizo resonar en nuestras aulas las doctrinas de los Locke y los Condillac, de los Verulamios y Newtones». Un poco antes, según Bachiller y Morales, (3) Hechevarría calificaba de frívolas y vanas las afirmacio­nes del peripato (4) por tantos siglos y por tan acreditados centros de cultura más que cultivadas, seguidas, impuestas.

Nos referimos á estos precedentes para encon­trar, un poco más adelante, en su justo y honroso lugar, la representación filosófica que, siguiendo esta línea de conducta altamente favorable al progreso de nuestra modesta pero dignísima labor científica, representa en este cuadro reducido, a la par que glorioso, la personalidad del Dr. Ma­nuel González del Valle, que al frente de una cátedra universitaria cuya doctrina obligada, Texto Aristotélico, era la pauta a que oficialmente estaba ligado, hubo de recoger también en sus días de apogeo, los ecos que con brillante, serena y respe­table voz partían de la Sorbona, en corresponden­cia con movimientos idénticos de la opinión en In­glaterra y en Holanda, donde Víctor Cousin tuvo precursores y colegas (5) que hacían oir su voz, si­guiéndola ávidamente la juventud francesa, con­temporánea de los Valle, á quienes tocó en suerte ser los entusiastas mantenedores de esta escuela, muy en boga, muy debatida en su época.

La influencia favorable que al progreso de nues­tras ideas aportó la labor de los González del Va­lle, particularmente de Manuel, que fué el maestro de José Zacarías, su hermano menor, y de José Manuel Mestre, discípulo también de éste y suce­sor de aquél en la cátedra universitaria, bien de­terminada se halla en la citada obra Conferencias filosóficas. «La escuela de Cousin, dice, no echó profundas raíces en nuestro suelo; pero aquí como en otras partes, desempeñó un papel importante, que es de justicia señalar y ha sido ya señalado. Y sea éste el galardón de los esfuerzos de sus ini­ciadores los respetables González del Valle. Con­cediendo una exagerada supremacía á la historia de los sistemas así antiguos como modernos, esparcía gérmenes fecundos y llevaba al estudio y conoci­miento de las obras originales. De este modo, el nivel de la cultura filosófica había de subir forzosa­mente; y aun se explica cómo resonando aún los ecos de las últimas lecciones de Varela, viera Cuba surgir, ya formado, el escritor de más vasta erudi­ción filosófica, el pensador de ideas más profundas y originales con que se honra el Nuevo Mundo: José de la Luz y Caballero.»

De esta suerte está señalada por autoridad com­petentísima en el estudio de nuestra evolución filosófica, en su breve pero encomiable historia, la tarea que cumplía realizaran, dentro de su época, o mejor, período, a los que desde aquí seguían con amor, sin prejuicios, despojados de la influencia estéril, perniciosa, de modales tradicionales, tenaz­mente inquebrantables en el seno de otras socieda­des que no abrieron franca puerta de entrada, aca­so por imposibilidad de plástico acomodamiento, al espíritu científico dominante en Europa.

Manuel González del Valle fué el mantenedor, paladín sincero y convencido de una doctrina que dominó breve pero brillantemente en Francia, que formó escuela y que tuvo también distinguidísimos y notables representantes en otros centros de acti­vidad intelectuales europeos.

«Yo no soy filósofo, decía Cousin; soy predica­dor. No traigo ni una idea nueva sobre la natu­raleza de los seres, ni una idea nueva sobre el método de las ciencias: sólo traigo una exhorta­ción a la virtud. Mi filosofía no es una obrera de la ciencia: es un instrumento de moral. Su objeto no es descubrir la verdad, sea la que fuere, sino formar personas honradas, cueste lo que cueste. Su carácter es subordinar los sentidos al espíritu, y tender por todos los medios que la razón abona, a elevar y engrandecer al hombre. No es sólo una doctrina, es una bandera. Es una causa santa, y pronto hará cuarenta años que combato por ella. Es la aliada natural de todas las buenas causas. Sostiene el sentimiento religioso, secunda el arte verdadero, la poesía digna de este nombre, la gran literatura; es el apoyo del derecho; rechaza igual­mente la demagogia y la tiranía; enseña a todos los hombres a respetarse y amarse.» (6)

Tras de tan generoso programa, y bellas ideas, bien se explica que siguieran los González del Va­lle, jóvenes entonces, amantes de los estudios filo­sóficos, del bien y de la verdad. Los propósitos y las ideas de Cousin se adaptaban a su carácter austero, a su vida sobria, metódica, ordenada, tranquilamente entregada al trabajo y a la línea de recta conducta que se trazaron en consecución de los principios del bien y de la verdad en donde honrada y sinceramente la encontraran.

En la humilde y apartada colonia americana teníase también puesta la vista y el oído atento, para seguir estos pasos en que trazaron camino an­cho y favorable los estudios filosóficos por su legí­tima preeminencia sobre los demás estudios con que íntimamente tienen que estar ligados. Víctor Cousin y sus discípulos pudieron equivocarse: to­do lo excelente y bueno y aceptable de los demás sistemas filosóficos no constituyen, aunque con ar­te, habilidad y elocuencia se les exponga, un siste­ma filosófico. Esta es la objeción más seria e irrebatible que pudo hacerse e la doctrina del Pro­fesor de la Escuela Normal francesa y más tarde catedrático de la Sorbona, a Víctor Cousin, su apóstol; pero esa doctrina preparó la admirable concepción de lo bueno, lo bello, lo verdadero, ex­puesta por modo sugestivo, con las galanuras del estilo, en forma atrayente por lo artístico y ele­gante. (7) Y con los fines de la ciencia supo expo­ner distintas teorías científicas ampliadas, embelle­cidas, despojadas de su aridez puramente especulativa: amenizó con los recursos del arte expositivo, los sistemas filosóficos obscurecidos por las brumas y el polvo de los siglos: por lo menos debe conce­derle a los discípulos de Cousin, que fueron afor­tunados propagadores de gérmenes que hicieron re­vivir para la ciencia prestándole innegable utilidad.

Manuel González del Valle, Catedrático de Filo­sofía de la Universidad de la Habana pontificia aún, pues no fué secularizada hasta la reforma de 1842, tuvo que armonizar los deberes impuestos por su cargo oficial, que ya tenía de antemano en el programa científico texto expresamente señala­do, con los impulsos de su conciencia, erigiéndose en mantenedor de las doctrinas que en aquel mo­mento predominaban en la capital de la nación francesa, prestigioso centro trasmisor para el mun­do latino, laboratorio rico, fructífero de las ideas más avanzadas en el desarrollo de la cultura en Europa.

El Dr. González del Valle obtuvo su cátedra por oposición en el mes de Septiembre de 1824, a los veintidós años de edad. Nació en la Habana en 1802. Antes de esa cátedra desempeñó interina­mente, en 1823, la de Prima de Leyes. En 1840 sirvió la cátedra de Moral aplicada el estudio del Derecho. En 1842 era catedrático de Lógica, Me­tafísica, Moral e Historia de la Filosofía, siendo nombrado Decano de la Facultad de Filosofía, cuyo cargo desempeñó hasta el año 1856.

Su labor en la Cátedra no le impidió desempeñar importantes cargos y servicios públicos. En la Sociedad Económica perteneció a la Comisión de Historia, encargada de publicar en las Memorias todos los datos y documentos referentes a Cuba en general y particulares de cualquiera de sus pueblos y lugares. Esta Comisión imprimió La Llave del Nuevo Mundo: la Habana descripta, por José Martín Félix de Arrate (8) con muchos otros documentos curiosos y de valor para la ciencia. En 1843 y 1852 fué propuesto para una magistratura que no llegó a obtener. Vocal de la Junta de Gobierno y Beneficencia Pública en 1851, perteneció a la Co­misión redactora de las Ordenanzas Municipales, ocupando en 1854, el cargo de Alcalde Mayor in­terino.

En la Sociedad Económica desempeñó también el cargo de Secretario de la Sección de Educación, confiriéndosele por sus servicios el título de Socio de Mérito. Y el de Presidente en 1880.

No escribió de propia cosecha muy extensamente Manuel González del Valle; perteneció a un perío­do en que privaba la sobriedad de la palabra, la concisión del pensamiento: los elencos contenían la síntesis brevísima de la enseñanza preferentemente oral; y el aforismo era á las veces rápida expresión de las teorías. Para uso de sus alumnos de la Universidad, imprimió un Estudio de la Moral (9)que contiene además unas sintéticas noticias sobro historia de la filosofía de su época; como antece­dentes expone los sistemas del siglo XVIII, Locke, Condillac, Hobbes, Escuela Escocesa, Escuela Ale­mana, Fichte, Schelling y Siglo xix, poniendo a la cabeza de los autores que cita de la escuela fran­cesa, Guizot, Jouffroi, Lammenais, Michelet, Leroux, a Víctor Cousin.

Con el mismo objeto, para que sirviera de guía o compendio a sus discípulos de la Universidad, publicó Rasgos históricos de la Filosofía, (10) y recogió en un pequeño folleto sus artículos publicados sobre Psicología según la doctrina de Cousin. (11)

La tendencia de su actividad fué sobre todo do­cente: gustábale propagar sus ideas, enseñar como preferente ocupación. Gabriel de la Concepción Valdés, nuestro infortunado poeta Plácido, recibió de él instrucción y consejo. José Fornaris, fué su discípulo en el Colegio de «San Fernando», teniendo por compañeros de estudio, entre otros, a Eduardo Lebredo, Eugenio Odoardo, Donato Palma y Fran­cisco Valdés Domínguez, según aparece del Elenco para el examen de Filosofía, celebrado en la tarde del 31 de Agosto de 1841, cuyas primeras propo­siciones dicen: A tres clases se reducen los hechos de que nos asiste testimonio íntimo: o son sensibles o intelectuales ó activos. La sensación anuncia en la conciencia el poder de la naturaleza exterior. Nuestras sensaciones vienen a ser las propiedades de los cuerpos con quienes nos comunicamos por medio de los sentidos. Hallamos una gran dife­rencia entre la impresión y la verdadera sensación.

Sólo cuando referimos a tal o cuál sentido una im­presión, hay conciencia clara y distinta de la sen­sación. (12)

En 1856 renunció su cátedra el Dr. González del Valle, sustituyéndole el Dr. José Manuel Mestre, Catedrático supernumerario de Filosofía por opo­sición, quien la obtuvo en ascenso legal.

Fué Mestre discípulo de González del Valle y Profesor también del Colegio «San Salvador», de Luz y Caballero, en el Cerro; amaba y veneraba tanto al uno como al otro, y aunque se mantuvo neutral en la polémica sobre el Eclecticismo de Cousin, prestó grandes servicios en la cuestión dis­cutida, consultando sobre el particular al P. Félix Varela é incitándole a dar su opinión, con lo que se obtuvo la brillante y extensa carta de la cual son estas sentidas y juiciosas líneas: «conozco a los contendientes, son personas de gran mérito, los amo tiernamente y más que a ellos amo a mi pa­tria, y por tanto quisiera que el raudal de sus cono­cimientos corriese más lentamente, para que regase y no destruyese las hermosísimas flores que en el campo de la juventud cubana han producido y producirán sus desvelos». (13)

Esta célebre polémica á que se refieren no pocos autores de nota, (14) en que intervinieron varios cousinianos de una parte, y partidarios de Locke y Condillac de otra, se inició por un artículo «Im­pugnación al examen de Cousin sobre el Ensayo del entendimiento humano por Locke», publicado con el pseudónimo Filolezes, por Luz y Caballero. Fué el toque del bélico clarín. Los cousinianos, tras sus portaestandartes los González del Valle, acudieron a la lid, ya de manera franca y abierta empeñada, pues de antes, algunas escaramuzas le habían iniciado en los elencos que manteniendo el credo respectivo de sus escuelas, habían formu­lado los contendientes, siguiendo así sin duda alguna, el permanente é interminable debate sos­tenido por la dialéctica secular, en torno del eterno, insoluble problema que miran desde dos dis­tintos aspectos, idealistas y positivistas, espiritua­listas y sensualistas. El lauro de la victoria, justo es reconocerlo, pertenece por el triunfo de sus prin­cipios, al insigne Luz y Caballero. Pero esto que es fácil juzgarlo a posteriori, porque el factor tiempo ha corrido, no lo era por aquellos días en que, con igual ardor se sustentaban, con iguales energías es­tas doctrinas en el mundo intelectual. El Sr. Va­rona, en la página ya citada, ha fijado la parte que a cada uno de aquellos combatientes por las ideas le asigna honrosamente el juicio de la posteridad.

Ya lo hemos dicho, el Dr. Manuel González del Valle, fué propagandista. Tradujo de su puño y letra j£ira uso de sus discípulos, a fin de que les sirviera de consulta, la obra de F. Rivet: Relacio­nes del Derecho y de la Legislación con la Economía Política, edición de París, 1864.

Imperando en las poesías de su época el clasi­cismo, y viendo la dificultad que tenían y los erro­res que cometían los jóvenes cultivadores de la li­teratura para hacer sus citas, imprimió un volu­men Diccionario de las Musas, en que, por orden alfabético, presentaba los principales personajes y asuntos de la mitología. (15) Muchos fueron los tra­bajos completamente anónimos que de este modo hizo circular en nuestro pequeño mundo intelec­tual, sin otro fin que el de servir a la cultura, en­señar a la colectividad, extendiendo así su esfera de acción y su actividad como profesor. En esa parte de su labor hay que citar la que en sus últi­mos años, enfermo ya del mal que le privó de la vida, en 16 de Enero de 1884, a los 82 de su edad, Historia de la confesión, del Conde de Lasterye, pro­blema que acaso le preocupaba, en este estado psi­cológico, solemne, en que de una parte se encuen­tran las convicciones arraigadas, el criterio de hombre de ciencia contra las fuerzas del organismo que se desgastan, la energía que va declinando a la par que la debilidad física invade, antes que lleguen las sombras de la eternidad. Invitado piadosamente a cumplir con los preceptos del credo de su familia, eludió toda decisión de su parte so­bre este asunto. Conservó la lucidez de su inteli­gencia hasta el último instante de su vida; y una noche de desvelo, la misma de su muerte, que ocu­rrió a la madrugada, dijo claramente estas pala- liras que el respeto y la veneración de sus deudos recogió anotándolas con rigurosa exactitud: «Co­nocimiento del daño. Arrepentimiento de ha­berlo hecho. Propósito de enmienda. Es el verdadero camino del cielo. ¿Para qué otra con­fesión?

En su juventud fué cultivador de la poesía, por lo que luego no reclamó lauro alguno. Sus graves ocupaciones de la cátedra, en la administración, lo severo de sus enseñanzas, le apartaron de estos senderos, para los cuales no tenía completa voca­ción. Andando los años, cuando el Sr. Antonio López Prieto, en su afable entusiasmo por nuestra cultura y glorias, recogió datos y documentos para su obra Parnaso Cubano (16) encontróse en su rebus­ca de papeles con algunas poesías de González del Valle, que dio a la estampa, entre ellas Canción Marítima, Marzo de 1827, Canción al tabaco, Oda y Sáficos Adónicos, con motivo de la muerte del Obispo Espada. (17)  En las cátedras que para con­tribuir a la expansión de la cultura abrió el Liceo de la Habana en 1858, Manuel González del Valle explicó las de Literatura y Psicología. No salió de Cuba su país natal; pero además del latín, len­gua oficial de su cátedra en elencos, discursos, dialécticas, y polémicas, juevinas y sabatinas de la Universidad, poseía correctamente el inglés, el italiano y el francés. Su energía mental la absorbió por completo el estudio; y su actividad el bien.

Era austero, inflexible y a la vez filántropo hasta rayar en la prodigalidad. Fué un carácter: severo, adusto, obligado al cumplimiento de los deberes dictados por la conciencia. Cruzó el camino de la vida con seriedad invariable, con rectitud no que­brantada.

Notas:

Conferencias filosóficas, Lógica; pág. 18, edición de 1880.

2 El presbítero José Agustín Caballero: su vida y sus obras. A. Zayas Ed. 1891, pág. 17. Habana.

3 Apuntes para la historia de las letras en Cuba, tomo I, pág. 159, Edic. 1859. Habana.

4 Véase nuestro trabajo De la Educación en Cuba: datos históricos. Revista de Educación. Direc. Alfredo M. Aguayo. Habana, 1911.

5 H. Reitter. Histoire de la Philosophie Moderne, tomo III, París, 1851

6 H. Taine. Los filósofos del siglo XIX: Mr. Cousin.

7 Du urai, du beau, et du bien. V Cousin, Paris, 1865.

8 Imprenta Viuda Arazoza y Soler, 1830. Habana.

9 Imprenta Boloña, 1843, Habana.

0 Imprenta Boloña, 1840, Habana.

11 Imprenta Boloña, 1840, Habana.

12 Habana. Imprenta J. 8. Boloña, 1841.

13 José I. Rodríguez. Vida del Presbítero D. Félix Varela. New York, 1878, pág. 337.

14 Manuel Sanguily.José de la Luz y Caballero. Estudio crítico: Habana, 1890, pág. 62. A. Bachiller y Morales, Historia de las letras en Cuba, pág. 199. Tomo I. Ed. Habana, 1859.

15 New York, 1827.

16 Habana. Imp. M. de Villa, 1881, pág. 183.

17 Algunas de estas poesías las reprodugimos en otro anterior estudio biográfico publicado en la Revista de Cuba, Director, José Antonio Cortina. 1884, tomo XV.

Tomado de Los González del Valle. Estudio biográfico, por Ramón Meza. Imprenta El Siglo XX, La Habana, 1911, pág. 17-30.

 

Jurisconsultos Cubanos: Manuel González del Valle y Cañizo (1802-1884)

Por: Antonio L. Valverde.

Hijo de D. Francisco González del Valle y de Da. Dolores del Cañizo, nació el día 16 de octubre de 1802. Es, como dice Calcagno en su Diccionario biográfico, el hermano mayor de esa distinguida familia que ha dado cuatro notabilidades en ciencias y letras: Manuel, Fernando, José Zacarías y Ambrosio.

Su vida es modelo de laboriosidad y virtudes: las pocas horas que sus múltiples cargos públicos le dejaron expeditas, las emplea­ba González del Valle en propender con ahínco, privadamente, al bien de sus semejantes y al esplendor de su patria. Prueba de esto es el esmero con que cuidó de la educación de su hermano José Zacarías, notable filósofo y poeta; la protección que brindó a Plá­cido, guiando su fecundo numen en sus primeros ensayos poéticos, y los consejos y provechosa enseñanza que constantemente tuvieron cuantas personas se dirigieron a él.

Sin haber salido nunca de Cuba este esclarecido patricio, man­tenía constantemente estrecha correspondencia con algunas notabi­lidades de la península española y aprendió, por sus solos esfuer­zos, con perfección tal el francés y el inglés, que tradujo al caste­llano, de esos dos idiomas, no sólo obras escritas en prosa, sino también algunas en versos: obras que una vez traducidas, imprimía a su costa, sin poner siquiera a la versión las iniciales del traductor, o que manuscritas las regalaba al primero que las necesitase o se las pidiese: su lema en este punto fué esta frase, que con frecuen­cia repetía: "Que corran de mano en mano los libros, nadie los detenga; que se propague por el mundo la ciencia como la luz del sol."

Caritativo y desinteresado en extremo y a pesar de haberle sonreído la fortuna varias veces, apenas si guardaba lo absoluta­mente necesario para vivir modestamente. Bajo el techo de su casa halló albergue más de un infortunado; y en su mesa, a su lado, y al de su esposa, que era otro ángel de bondad, comieron el pan du­rante muchos años, algunos mendigos de la Habana.

Si encomiable fué la vida privada de González del Valle, no menos digna de la alabanza de sus conciudadanos fué su vida pública.

No hay más que repasar ligeramente con la vista las fechas que a continuación se expresan, para comprender cuán laboriosa y activa fué la carrera de ese cubano ilustre. Nació en la Habana el año 1802 según hemos dicho. Hizo sus primeros estudios en el Real Seminario de San Carlos y allí recibió lecciones del Padre Félix Varela.

En 1819, contando sólo 17 años y descollando ya por sus re­levantes dotes, se le designó para pronunciar la oración inaugural de aquél año académico, la cual dijo en latín, lengua que cultivó con predilección. El discurso que pronunció al abrir el curso de Filosofía moral en la Real y Pontificia Universidad de la Habana, en el año de 1840, también fué pronunciado en latín.

En su grado de bachiller obtuvo la calificación de nemine discrepanti, que era la más alta que se podía obtener.

En 2 de junio de 1822, recibióse de Licenciado en la Facultad de Derecho, desde cuya época ejerció la abogacía hasta 9 de junio de 1854, habiendo tenido que cerrar su bufete, en donde conquistó merecida fama de jurisconsulto, por haberle llamado a su servicio el Gobierno de la Nación.

En 1823, fué nombrado por el Rector de la Universidad para desempeñar interinamente la cátedra de Prima de Leyes, la que sirvió hasta 1825.

En 24 de junio de 1824, graduóse de Doctor en Filosofía. En 26 de septiembre, del propio año, de Doctor en Leyes. Y en este mismo año, el 16 de agosto, ganó por oposición la cátedra de "Tex­to Aristotélico" en nuestra Universidad. Desempeñó ésta durante seis años consecutivos.

Ciertamente que admira la prodigiosa labor de González del Valle. En este año de 1824, que ya desempeñaba la cátedra de Pri­ma de Leyes, recibió dos grados de Doctor, y dos meses después de recibido el primero, ingresó, a los 22 años de edad, en el Ilustre Claustro Universitario: puesto conquistado honrosamente en la lu­cha noble y fecunda de las ideas.

Desde el 11 de octubre de 1836 prestó valiosos servicios en la Real Academia Teórico-práctica de San Fernando de la Habana. Por esta época, en la Sociedad Económica de esta ciudad, fué nom­brado Secretario de la Sección de Educación, confiriéndosele tam­bién en tan distinguida Corporación, el título de Socio de Mérito; y más tarde, en 1879, se le honró con el de Amigo de Honor. Su retrato fué colocado en sus salones.

En el mismo año de 1836 se le confió el cargo de Fiscal se­gundo, y más tarde se le ascendió a Fiscal primero; desempeñando estos puestos más de seis años.

En 1840, 11 de abril, sirvió interinamente la cátedra de "Mo­ral aplicada al Estudio de Derecho".

Siendo catedrático de Lógica, Metafísica, Moral e Historia de la Filosofía, se le nombró en 1842, con la reforma universitaria, en 16 de octubre, Decano de la Facultad de Filosofía, cuyo decanato desempeñó hasta el año de 1856.

En 1843, 3 de septiembre, fué propuesto al Gobierno Supremo de la Nación por el Superior Civil de esta Isla, para una judi­catura. También lo fué por la Audiencia Pretorial y Capitán Ge­neral, Conde de Alcoy, para una Magistratura.

En 1847, organizó, habilitó y abrió dos hospitales para asis­tencia de los inválidos del cólera, y que se intitularon El Salvador y San Ramón. Formó y presidió las Comisiones de Beneficencia Domiciliaria de los barrios de San Juan de Dios y del Santo Angel, y llevó correspondencia con las autoridades civil y eclesiástica, en este penoso servicio diurno y nocturno durante seis meses.

En 1851, 18 de junio, fué nombrado por el Gobierno Supe­rior Civil, Vocal de la Junta de Gobierno de Beneficencia Pública, en donde sirvió tres años; y en el propio año, por la misma auto­ridad, Vocal de la Comisión creada para la revisión del "Bando del Buen Gobierno y Ordenanzas Municipales".

En 1852, 28 de junio, fué propuesto nuevamente al ministerio de Gracia y Justicia, por el Gobernador Capitán General, Presi­dente de la Real Audiencia, D. Valentín Cañedo, para una ma­gistratura.

En 1853, 9 de junio, fué nombrado abogado Fiscal de bienes de difuntos ultramarinos.

En 1854, 9 de agosto, se le nombró Alcalde Mayor interino de la Habana.

En este mismo año, 26 de septiembre, tomó posesión del cargo de Jefe de Sección del Gobierno Superior Civil.

Fué González del Valle uno de los pocos cubanos a quienes fué dado ocupar puestos tan importantes en la gobernación de su país; probo, enérgico y justiciero, teniendo por norma de toda su vida el respeto a la ley constituida. Supo amar con tino y discreción el cumplimiento de su deber con los sentimientos de su fervoroso amor patrio. Oportuno será siempre el recuerdo de Manuel González del Valle, cubano de talento, conocedor de su país, ferviente patrio­ta, cuando fué Secretario del Gobierno Superior Civil de esta Isla. González del Valle desempeñó, con habilidad y acierto notorios ese cargo. Con emoción decían encanecidos empleados: "Nunca estuvo mejor desempeñada la Secretaría del Gobierno Superior que cuando la desempeñó González del Valle." Es cuanto en su elogio pudiera añadirse.

En 1862, 20 de enero, fué nombrado Consejero fundador de la Sección de lo Contencioso del Consejo de Administración de la Tsla en clase de Letrado.

En 1869, 21 de septiembre, fué electo Consejero Ponente de la Sección de Hacienda del Consejo de Administración.

En 1870, diciembre 13, se le nombró jefe de Administración de primera clase, Consejero Letrado del propio Consejo.

Y últimamente fué elegido por la Real Sociedad Económica de Amigos del País, Director, cuyo cargo aceptó hallándose ya bas­tante achacoso, y desempeñó durante los años 1880-1881.

Premió el Gobierno la laboriosidad y afanes de González del Valle concediéndole los honores y condecoraciones siguientes:

Secretario honorario de la Real Persona: 1850; Comendador de la Real Orden Americana de Isabel la Católica: 1854; Caballero de la Real y distinguida Orden de Carlos III: 1859; Vocal de la Asamblea por el Gobierno Superior Civil; Comendador de la Real y distinguida Orden de Carlos III: 1861.

Esta larga carrera de servicios, a cual más importante, en la cátedra, en el foro, y en la administración pública, 110 impidieron a González del Valle el cultivo provechoso de la literatura, a la que consagró los primeros años de su juventud. En 1827 publicó su Diccionario de las Musas, libro que dedicó A la juventud habanera por amor a las Bellas Letras.

Abundan en el Diccionario de las Musas descripciones hechas con singular sencillez y maestría, imágenes graciosas trazadas con fino, elegantes y animado estilo. Pensó González del Valle dar ma­yor extensión a esta obra; pero sus muchas ocupaciones se lo im­pidieron.

Varias composiciones en verso vieron la luz pública en los pe­riódicos de la época, de las cuales las más celebradas son las si­guientes: Endechas, "A la muerte de D. Rafael González"; Can­ción marítima; "El día 24 de Julio de 1827"; Canción, "Al ta­baco"; Sáfiicos-adónicos, y por último, dos excelentes Odas, una A la muerte del Obispo Espada y la otra Al importante proyecto de una Nueva Cárcel de la Habana.

En 1839, publicó un celebrado programa de Materias filosó­ficas, sobre las que fueron examinados sus alumnos del Colegio de San Fernando. Multitud de estos programas, escritos con frecuen­cia en latín, dió Valle a sus alumnos de la Universidad, del citado Colegio, del Real Colegio Cubano y de otros, y cuyas proposiciones son verdaderas sentencias doctrinales, síntesis exacta de extensas lecciones.

En 1840 publicó algunos artículos sobre Psicología según la doctrina de Cousin.

En 1843 publicó un pequeño tratado de Estudio de la Moral, en cuyo prólogo recomienda con cariñosas frases a sus alumnos, el estudio de esta ciencia, y además, en un erudito epílogo, les da nociones de la Historia de la Filosofía. (Severiano Boloña, Editor: Real Universidad de la Habana, 1843.)

En las publicaciones habaneras Brisas de Cuba, (tomo II, pá­gina 48), se insertó su discurso de despedida a los alumnos de la clase de Lógica, y en el tomo V, página 170, de la Revista de la Ha­bana, el que pronunció al terminar el curso de Moral.

José Manuel Mestre, en su obra titulaba De la Filosofía en la Habana, el Presbítero Félix Varela, en su carta inserta a conti­nuación de esa obra, José Ignacio Rodríguez en su Vida de Don José de la Luz y Caballero y Anselmo Suárez y Romero en sus obras inéditas coleccionadas por el Dr. Vidal Morales, han consi­derado a González del Valle como profundo pensador en materias filosóficas, entusiasta propagandista de sanas y elevadas ideas cien­tíficas y alguna vez, ha sido comparado, en nuestra humilde opi­nión, con sobrado fundamento, con Luz y Caballero.

Como éste no ha recopilado ni expuesto en una obra especial González del Valle sus ideas, lo que será siempre esto lamentado. Cuba puede gloriarse de haber tenido dos eminentes filósofos: Luz y Valle; pero los profundos conocimientos de estos dos maestros sólo favorecieron y pudieron apreciarlos sus contemporáneos: la llama luminosa de sus propias ideas se apagó a sus muertes.

Su vida como abogado fué laboriosa, si bien se dedicó con preferencia al estudio de las cuestiones administrativas en las que por razón de los cargos públicos que desempeñó podemos afirmar que nadie le igualó. Las árduas cuestiones que al Consejo de Ad­ministración se sometían, eran casi siempre resueltas mediante consultas que con gran elevación de criterio y conocimientos pro­fundos, emitía Valle. Todos los que ejercen la profesión de aboga­do conocen lo difícil que es llegar a dominar la materia adminis­trativa. Hay quien es un gran abogado, un hábil polemista, y sin embargo ignora todo lo que al derecho administrativo concierne. Esta era la especialidad de Valle.

Desde la Secretaría del Gobierno General, a donde le llevaron sus indiscutibles méritos, hasta el Consejo de Administración, tuvo necesidad de dedicarse a esta rama del derecho con preferencia, llegándola a dominar por completo. En los libros del antiguo Con­sejo de Administración, hoy en el Archivo de la República, están ignoradas las numerosas consultas y dictámenes que dió Valle du­rante el tiempo que fué Consejero Ponente de la Sección de Ha­cienda y Consejero Letrado del Consejo. Difícilmente se podrá en­contrar quien haya trabajado más y con más frutos y beneficios para su patria. Por eso cuando ocurrió su muerte el 17 de enero de 1884, a la avanzada edad de 82 años, la prensa toda de la Isla dedicó frases lamentando su fallecimiento, y ensalzando sus mé­ritos. A su entierro, verificado en la tarde del día 18, concurrió un número crecido de personas notables. Asistió al entierro, el Excmo. Sr. Comandante del apostadero Florencio Montojo llevan­do los cordones del féretro éste, el notable abogado Nicolás Azcárate, José Antonio Cortina y otras distinguidas personas. El cadáver fué llevado en hombros desde la casa mortuoria, Cuba 106, hasta la Plaza de las Ursulinas, y enterrado, según su voluntad, en la bóveda de los Doctores de la Universidad, que posee este Cen­tro, en el Cementerio de Colón. Con razón dijo un periódico al dar cuenta de su entierro, que Valle había muerto dejando una memoria pura y un envidiable ejemplo que imitar.

Terminaremos esta biografía mencionando un hecho impor­tante en la vida de Valle, que demuestra, en la época en que se realizó, gran independencia de carácter y firmeza en sus opiniones.

Cuando en 1852 desempeñaba Valle el cargo de Asesor en la Comisión Militar permanente, ocurrió el proceso y muerte de Eduardo Facciolo. No tuvo éste, en verdad, la importancia polí­tica que de un modo exagerado se le quiere dar, comparándole con Pintó, Goicouría y otros que murieron en aras del ideal revolucio­nario. Facciolo fué simplemente un cajista o tipógrafo que no tuvo más mérito, y mediante la oportuna remuneración, que el de confeccionar las páginas del periódico titulado La Voz del Pueblo Cubano, sin que realizara actos sediciosos. Se ganaba la vida con su oficio y le mataron con extrema injusticia, haciendo España de él un mártir, cuando en realidad no lo era. Por eso con razón se ha dicho que la muerte de Facciolo fué un asesinato brutal y a to­das luces injusto, pues se mató a un hombre que sólo había come­tido el delito de haber compuesto en letras de molde trabajos que otros habían escrito y sin más finalidad que ganarse la vida. En ese proceso de Facciolo intervino Valle como Asesor.

El Consejo de Guerra que juzgó al tipógrafo, tuvo lugar el día 13 de septiembre de 1852 en la Sala de la Audiencia de la Cárcel, y atendiendo a la naturaleza de los cargos y calidad de las pruebas respecto de cada uno de los acusados, condenó a Juan Bellido de Luna y Andrés Ferrer, por unanimidad, y a Eduardo Facciolo, por mayoría de votos, a la pena de muerte ejecutada en garrote vil; y por unanimidad también condenó a Antonio Bellido de Luna y a Juan Anastasio Romero a diez años de presidio en Africa, con prohibición de volver a la Isla.

Facciolo fué ejecutado en garrote el día 28 de septiembre de ese año 1852 a las siete de la mañana, frente a la Cárcel, que era el lugar escogido de costumbre. La sentencia se cumplió con ver­dadera iniquidad, dice Pi y Margall en su Historia de España; pues que no merecía pena tan severa el delito de imprimir un pe­­riódico por subversivo que fuere; máxime, agregamos nosotros, cuando Facciolo no tuvo más intervención en el hecho que la me­cánica de componerlo tipográficamente; por eso estimamos exage­rada la aureola de revolucionario que se le quiere hoy conceder.

La sentencia que le condenó se dictó, según dijimos, por ma­yoría de votos, votando en contra de la pena de muerte, González del Valle. Léase el voto o informe escrito que dió Valle y que consta en la causa, pieza primera, que se conserva en el Archivo general de la República. Dice así dicho informe que copiamos dan­do por terminada esta biografía:

"El Asesor considera que la pena impuesta a I). Eduardo Facciolo no guarda proporción con la fulminada a los que han co­metido y cometen mayor crimen. Facciolo, sin alzarse contra el Gobierno de S. M. (Q. G. G.) ha escitado a la rebelión, componien­do e imprimiendo, mediante precio, hasta tres de los números de la hoja subversiva, que con el título calumnioso de "Voz del Pue­blo" ha indignado justamente a los leales habitantes de la isla: ha cometido el delito con astucia conspirando a sustraer parte del reino de la legítima potestad: está convicto y confeso. Pidió el Fiscal que sufriera la muerte de traidor, según la ley de Partida.— El Consejo se decidió por mayoría a imponerla, atendiendo al Or­denamiento de Alcalá, inserto como ley primera, título 7o de la Novísima Recopilación de España—Son dos citas venerables de los siglos XIII y XIV de nuestra patria mayor, para horror y escarmiento de la deslealtad: nobles monumentos de dos Soberanos de Castilla para consolidar entonces el imperio español e infundir virtudes caballerosas a sus vasallos.—Las Leyes de Indias vinieron después y ni en el título 24, libro primero ni en las tres fojas sobre delitos y penas de su cuarta edición matritense proveen al caso presente. La época más brillante de la Legislación indiana era coetánea de la autoridad de las Reales Audiencias, que conocían de la pena, que merecían los delincuentes. Eran otros tiempos.—Así en la Ley de Partida, como en el Ordenamiento de Alcalá se distinguen varias especies de traición; pero todas se confundieron por los si­glos XIII y XIV en la ecuación final de la pena de muerte.—El Sr. D. Fernando VII, reconoció la necesidad de una clasificación radical ya de los delitos, ya de sus castigos proporcionados: el trabajo se ha hecho con gloria y prez de nuestra Reina y Señora Doña Isabel 2a. en el código penal de 1851: todo se ha previsto desde la tentativa hasta la consumación de los crímenes: cada delito tiene su nombre, sus grados, su escarmiento, y hay luz para calificar el delito de Facciolo por los artículos 167, 172 y 173.—Pero no se ha comunicado el gran código a esta parte de la dominación de S. M.—¡es cierto!—, mas el Asesor acude a él como una fuente pura de sabi­duría legislativa, como a una doctrina superior, como a un oráculo de consulta.—Y si en todo el derecho milita la máxima que la espe­cie deroga el género et id potissimum habendum est gradus ad speciem directum est, el delito de Facciolo es el de escitar a la re­belión componiendo e imprimiendo con reincidencia el papel sub­versivo "La Voz del Pueblo", y así mirado, por cada vez que co­metió la malfetría lleve los seis años de la prisión segura, que de­clara la ley de 20 de octubre de 1822, habilitada en el año 1836, con prohibición absoluta de volver a Cuba y a Puerto Rico.—Dos Reales Decretos de 4 de enero y primero de junio de 1834 fueron publicados por bando en 7 de febrero de 1835: en el artículo 5 del de primero de junio se mandan procesar y castigar con arreglo a las leyes a los que introduzcan doctrinas impías, anticatólicas, in­morales, sediciosas y subversivas o contrarias a las Regalías de la corona y leyes fundamentales del Estado.—Torna a presentarse la cuestión: ¿por qué leyes será castigado Facciolo?; ¿por las de Partidas o por el Ordenamiento de Alcalá o según las de ese gran código penal promulgado por nuestra Reina y Señora en nuestra Madre Patria, origen ilustre de estos súbditos de S. M. o por la ley de imprenta de 1836?—El Asesor opina, en su duda, por la inspiradora ilustración del código novísimo y la ley de 1836, por sus atinadas definiciones, por su magistral clasificación y por la especie comprendida en ambos veneros de ciencia grave y con­cienzuda doctrina.—Habana y septiembre 13 de 1852.—Manuel González del Valle."

Tomado de Revista Bimestre Cubana, vol. XXXII, La Habana, 1933. pág. 78-86.

 

Manuel González del Valle, autor del Diccionario de la Musas

Por: Cira Romero

El rimbombante cargo de secretario honorario de su majestad, el rey de España, era simbólico. Posiblemente, Manuel González del Valle (La Habana, 1802-1884) no fuera ni siquiera monárquico, aunque había recibido, además, el honor de ser nombrado Comendador de  las Reales Órdenes de Isabel la Católica y de Carlos III. La duda siempre cabe porque fue discípulo de Félix Varela en el Seminario de San Carlos, y allí el venerable maestro inculcó en los alumnos, desde su apostolado libertario, las ideas de libertad para la isla, bien recibida por buena parte de ellos.

Graduado de Filosofía y de Derecho, como su hermano José Zacarías (1820-1851), uno de los habituales contertulios de Domingo del Monte, su ejercicio docente fue largo y sostenido: Real Colegio Cubano, Liceo de La Habana, Academia de San Fernando, catedrático de varias disciplinas en la Universidad de La Habana y decano de su Facultad de Filosofía. En 1856 el Capitán General, Don José de la Concha, cambió el rumbo de su vida, pues requirió sus servicios para diversos cargos oficiales, entre ellos el de consultor de la máxima autoridad, regidor y alcalde mayor interino. Asimismo, se vinculó a la Sociedad Económica de Amigos del País y estuvo entre los que intentaron fundar una Academia Cubana de Literatura, junto a nombres como los de José de la Luz y Caballero y José Antonio Saco.

Pero Dorilo o El redactor o Juan Vasallo Caraciolo o El frenólogo o Fray Gerundio habanero, muchos de los seudónimos utilizados por él en su largo batallar en las revistas literarias cubanas, quería ser poeta. Lo intentó en un librillo breve, pero de largo título. A su amigo El amante de las musas, al Ldo. D. Ignacio Valdés, dedica estos rasgos líricos, el Dr. Manuel González del Valle, en  el año 1826. Otras poesías suyas, siempre rozando el gusto neoclásico, quedaron dispersas en las mejores publicaciones literarias de la época, como La Moda. Recreo Semanal del Bello Sexo, La Cartera Cubana, Brisas de Cuba y otras. No tuvo a menos el gaditano Antonio López Prieto en incluirlo en su antología Parnaso Cubano (1881), de donde tomamos uno de sus poemas, el titulado «Canción al tabaco»:

Vuelve al labio, sabroso tabaco,
De mi patria regalo querido,
¡Cuántas veces! De pena rendido
Por tu influjo consuelos probé.
¡Cuántas horas con dulce delirio
Del amor en los blandos deseos,
A tus humos, tus humos sabeos
Mis suspiros, mis ayes junté.

¡Qué sería del sabio afanoso!
Que entre libros fatiga su mente,
Quien su magia disfrute, lo cuente
¡Ay, qué fuera del triste sin él!
Fumadores del orbe cantemos
Con acento más digno que a Baco,
La delicia del rico tabaco,
Que produce el habano vergel.

Dame, Lesbia, un tabaco encendido
Por tu boca que envidia la rosa,
No te niegues... enciéndelo hermosa,
Y a mí torna tu aliento, mi bien:
Qué te importa lo que hablen algunos
Yo soy tuyo; tú mía...callemos,
Y los dos alternando fumemos
Una, otra vez y hasta cien.

Menos que su hermano José Zacarías, estuvo vinculado Dorilo, su seudónimo preferido, al mundo de la literatura insular, pero la afirmación, como no es rotunda, necesita explicarse. Todos sus libros, excepto el antes mencionado, son discursos, oraciones inaugurales de cursos docentes, lecciones de filosofía, etc. Era gran parte de su mundo, pero el resto, no hay dudas, lo cubre la literatura, aún cuando su quehacer no trascendió.

Pero, en su momento, fue un diletante que gozaba de prestigio entre la intelectualidad habanera, junto a su amigo Ignacio Valdés Machuca, siempre oculto en las revistas tras su seudónimo Desval, pero a quien le cabe el mérito de haber sido el primer poeta nacido en Cuba en publicar un libro : Ocio poéticos, aparecido en 1819. La amistad entre ambos fue, al parecer, fraternal. Quizás por su afán preceptista, Desval instituyó en su casa, a comienzos de la década del veinte, una «Academia literaria», a la cual asistían no solamente sus amigos cultos, como el propio González del Valle, sino poetas de condición humilde, como Francisco Pobeda, el esclavo Juan Francisco Manzano, Ramón Vélez Herrera y un peinetero y fácil versificador,  al que llamaban Plácido.

La acción es de agradecer, pero, lamentablemente, ambos emprendieron un pertinaz ataque al autor anónimo —era Domingo del Monte— que publicó en la prensa habanera del año 1823 un «Prospecto», que constituía casi un manifiesto, anunciando la publicación de las obras de nuestro primer gran romántico, José María Heredia. Ante la apreciación del reputado crítico de que en los poemas heredianos se percibía un «lenguaje poético, pasiones, y en fin, versos y no renglones rimados», Dorilo y Desval, quizás sintiéndose aludidos, levantaron sus voces de protesta, pues bien sabían que el futuro autor del «Himno del desterrado» era un poeta ya totalmente desmarcado de las influencias neoclásicas, en cuyas aguas ellos aún nadaban, para insertarse en la corriente romántica. Dorilo, incluso, llegó a satirizarlo en algunos de sus intentos «poéticos». Pero los acontecimientos ocurridos poco después —el destierro de Heredia— impidieron la aparición del volumen, ocurrida en 1825.

Por esos años, la vida musical de La Habana cobró cierto auge gracias a la presencia de compañías extranjeras, como la de Andrés Pautret, animador de las noches con sus coreodramas o bailes de pantomimas. Representaron obras de rango mundial: Macbeth, Don Quijote, Julio César. Se estrenó un ballet clásico por excelencia, La Fille Mal Gardée, mientras que las óperas de Rossini causaban sensación, al punto de que entre 1817 y 1838, se estrenaron un total de veintinueve. El entusiasmo despertado por el italiano condujo a Manuel González del Valle, buen conocedor del italiano a traducir nada menos que El Barbero de Sevilla. Pero eso no resultaría llamativo sino fuera porque introdujo dicha traducción en una obra suya publicada en Nueva York en 1827, y de la cual no existe un solo ejemplar en Cuba. Me refiero a su —título completo— Diccionario de las Musas, donde se explica lo más importante de la poética, teórica y práctica, con aplicación de la retórica y mitología, en lo que se juzga necesario. El volumen, dedicado a la juventud habanera, llegado a nosotros a través de la pantalla de una computadora o, como se dice ahora, «bajado de internet», es, dice López Prieto, «una demostración de su excelente gusto literario, no tan solo evidenciado en el acierto y fina crítica en la elección de modelos, sino también en los juicios que se emiten, y en las animadas descripciones de puntos mitológicos hechas con correctísimo y dulce lenguaje». El gaditano exageraba, pero aun en su ingenuidad, la obra constituye, todavía con sus simplezas, como ha expresado Cintio Vitier,  «el primer intento de regularizar nuestros estudios literarios». Una definición extraída al azar:

Ambrosía: Alimento balsámico de los dioses. A pesar de la incertidumbre que hay sobre si era sólido o era líquido, es posible que la misma sustancia se gustase de ambos modos, dándosele el nombre de néctar a la esencia líquida, que servía de vino a los Dioses, y el de Ambrosía ,cuando se usaban en parsa [sic]. Las virtudes de Dicha, Juventud e Inmortalidad eran consecuencias propias de un alimento consagrado a la Divinidad. A su magia debió Venus haber curado las heridas de Eneas, y Apolo consiguió su virtud balsámica haber salvado de la corrupción el cuerpo de Sarpedón.

La razón por la cual González del Valle insertó en este texto su traducción de la ópera de Rossini, tiene una explicación plausible para la época, pues era tan poderoso el auge de la música, sumado a poder leer en español los textos de las óperas, que, posiblemente, lo haya hecho en un intento para servir de pauta al «buen gusto».

Manuel González del Valle es otra de las figuras que no cuentan en nuestro panorama literario, pero su discreto— y no menos simpático a veces— Diccionario de las Musas, cuyo epígrafe de su autoría dice:

Canto al saber sublime
Gozando en glorias mutuas
La Venus de las ciencias
La Poesía culta

...es un esfuerzo meritorio. Con él comienza nuestra zaga de diccionarios, pero ningún otro autor cubano, ni del XIX ni del XX, así como lo que va del presente, ha intentado siquiera una sistematización de los conocimientos teóricos acerca de la literatura.

Tomado de: Cubaliteraria.cu  http://www.cubaliteraria.cu/articulo.php?idarticulo=13563&idseccion=84

 

Claro que se puede

Por: Lucía C. Sanz Araujo

Escritor; profesor universitario; regidor del Ayuntamiento; alcalde interino de La Habana; secretario de Gobierno; académico de número de la  Academia Cubana de Literatura; titular de la Sociedad Patriótica, así como un asiduo colaborador de importantes publicaciones periódicas nacionales durante el siglo XIX todo ello fue Manuel González del Valle.

Nacido en 1802 y fallecido en 1884, gozó de un merecidísimo prestigio entre la intelectualidad habanera de la época.

Basta revisar la prensa de la época (La Moda, Recreo Semanal del Bello Sexo, La Lira de Apolo, El Revisor Político y Literario, y El Diario de La Habana; Brisas de Cuba, Gaceta de Puerto Príncipe, entre otros) en la cual firmó sus trabajos con su propio nombre o con diversos seudónimos* para percatarse de su cultura académica, así como de su preciso dominio del lenguaje.

Sin embargo, González del Valle resulta, en la actualidad, una figura casi desconocida, preterida, olvidada. En el ámbito filatélico-postal, por ejemplo, no existe ninguna pieza o material que lo recuerde pero…sí es posible desarrollar una colección o exposición temática referida a su quehacer.

¿Cómo? Podrá preguntarse Usted. Sencillo, investigando al detalle sobre su vida y obra. Existen sellos de correos, cubanos y foráneos, que podemos utilizar.

Comencemos por los orígenes. Conociendo que este intelectual nació y también murió en la capital de la mayor de las Antillas recurramos a las numerosas emisiones postales con imágenes o relacionadas con la casi cinco centenaria urbe. Por supuesto, sería ideal investigar acerca de cuál o cuáles de lugares de la hermosa San Cristóbal de La Habana escribió González Del Valle, o el nombre de sus sitios predilectos.

                                         

Mención especial merecen, en el recorrido filatélico, dos lugares emblemáticos de la cultura patria: el Seminario de San Carlos, donde cursara estudios y fuese discípulo del Padre Varela. ¿El otro? La Universidad habanera, donde se graduase de bachiller y obtuviese los títulos de Bachiller en Leyes (1822), Doctor en Filosofía (1824) y Doctor en Leyes (1824).

       

Si indaga en la biografía del sobresaliente intelectual criollo, encontrará que tradujo del italiano El barbero de Sevilla, archiconocida ópera de Giacomo Rossini, de ahí que puedan incorporarse estampillas relativas a esa figura musical.

Cerramos la relación de posibles piezas con aquellas relacionadas tanto con el descubrimiento de la planta del tabaco por los europeos como de la recolección, procesamiento y confección de los mundialmente conocidos Puros habanos. Todo ello motivados por el poema Canción al  tabaco, incluido en su antología “Parnaso Cubano” (1881) de Antonio López Prieto. El cual transcribimos a continuación.


 

Canción al tabaco

Vuelve al labio, sabroso tabaco,

De mi patria regalo querido,

¡Cuántas veces! De pena rendido

Por tu influjo consuelos probé.

¡Cuántas horas con dulce delirio

Del amor en los blandos deseos,

A tus humos, tus humos sabeos

Mis suspiros, mis ayes junté.

¡Qué sería del sabio afanoso!

Que entre libros fatiga su mente,

Quien su magia disfrute, lo cuente

¡Ay, qué fuera del triste sin él!

Fumadores del orbe cantemos

Con acento más digno que a Baco,

La delicia del rico tabaco,

Que produce el habano vergel.

Dame, Lesbia, un tabaco encendido

Por tu boca que envidia la rosa,

No te niegues... enciéndelo hermosa,

Y a mí torna tu aliento, mi bien:

Qué te importa lo que hablen algunos

Yo soy tuyo; tú mía...callemos,

Y los dos alternando fumemos

Una, otra vez y hasta cien.

* Entre los seudónimos utilizados por González del Valle se hallan: Dorilo, El psicólogo, El frenólogo, El bayamés, Fray Gerundio habanero, El redactor, M. J., Juan Vasallo Caraciolo. El ontólogo. De igual manera firmaba con sus iniciales.

** Todas las fotos pertenecen al archivo de la autora

 

Bibliografía sobre Manuel González del Valle en la BNCJM

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  1. Discurso para abrir la cátedra de Lógica (1842)
  2. Diccionario de las Musas (1827)
  3. Estudio de la moral (1843)
  4. Apuntes de lógica (1862)
  5. Discursos en las cátedras de lógica y moral (1856)
  6. Proposiciones para el examen de filosofía (1841)
  7. Artículos publicados sobre psicología(1940)
  8. Los González del Valle; Ramón Meza(1911)

    
Hojas de Servicios del Dr. Manuel González del Valle