Imaginarios

  Martín Morúa Delgado (1857-1910), aniversario 160 de su nacimiento

 

Introducción

Independentista, escritor, periodista y miembro de la Alta Cámara del Senado de la naciente republica cubana, Martín Morúa Delgado (1857-1910) suele ser recordado por su enmienda al Artículo 17 de la Ley Electoral de 1910, que históricamente se conoce por la Ley Morúa. Dicha enmienda prohibía la formación de partidos políticos constituidos exclusivamente por individuos de una sola raza o color, o por individuos de una sola clase con motivo del nacimiento, la riqueza o el título profesional. La mala interpretación e implementación de esta Ley, trajo consecuencias nefastas para el Partido Independiente de Color, que finalizó en la masacre de sus líderes y partidarios, pero también de inocentes que nada tenían que ver con el conflicto. Morúa ya había muerto cuando estos hechos se desataron, de modo que no tuvo oportunidad para reaccionar a la barbarie cometida. La historia no ha sido grata con su memoria, sin formular criterios al respecto, nuestra Librínsula dedica su dossier a este intelectual cubano, cuyo legado forma parte del rico patrimonio de nuestra memoria histórica.

 

Martín Morúa Delgado

Por Nicolás Guillén

El padre vasco y la madre africana. — La Guerra Chiquita. — Cultura y formación del carácter. — Morúa separatista. — Los problemas de la Emigración: una carta a Máximo Gómez. — El Directorio de Sociedades: Morúa y Juan Gualberto. — Morúa novelista: "Sofía" y "La Familia Unzúazu". — Morúa periodista: "La Nueva Era". — Morúa crítico: "Las novelas del señor Villaverde".— Su actuación autonomista.—Su actuación republi­cana: la Enmienda Platt y la "ley" Morúa— Balance provi­sional.

Martín Morúa Delgado nació en Matanzas el once de noviembre de 1857, y murió en Santiago de las Vegas el 28 de abril de 1910, cuando ocupaba el cargo de Secretario de Agricultu­ra, Comercio y Trabajo en el go­bierno del general José Miguel Gó­mez. Como había sido también Presidente del Senado, vino a resultar el primer hombre "de co­lor" que asumió las responsabilidades de una cartera ministerial en Cuba, y el único hasta ahora con tamaña jerarquía en la Alta Cámara.

No todas las fechas concuerdan en cuanto al nacimiento de Morúa. El mes y el día permanecen inal­terables, es decir, el once de no­viembre; pero ocurre lo contrario en lo que toca al año. El señor Canales y Carazo, que siempre se tituló "discípulo de Don Martín", fija el de 1855. En la "Evolución de la Cultura Cubana", del señor Carbonell, aparece el de 1856. Nos hemos decidido por el año de 1857 porque es el que consigna la pre­sunta partida bautismal de Morúa (entonces Martín Delgado) al fo­lio 8, número 54, libro 24 de bau­tizos de pardos y morenos de la catedral de San Carlos, en Matan­zas.

Don Francisco, el padre, era vas­co. Dueño de una modesta panade­ría en el barrio de Pueblo Nuevo, en la misma ciudad donde le na­ciera el hijo, gozó crédito de hom­bre honrado, a quien el pequeño comercio propio no pudo sacar nunca de una bien llevada pobre­za. La madre, nombrada Isabel, africana, de nación gangá, educó­se en el seno de una familia prin­cipal de Matanzas, de la cual reci­bió el apellido. Se la señalaba co­mo mujer de mucha habilidad do­méstica, gran ama de casa, que así atendía a los agotadores debe­res que en aquella sociedad traía el ser hembra (y más de su con­dición) como cuidaba de que sus hijos criollos rastrearan la limpia huella del padre español. Estos hi­jos fueron cuatro: Martin, Leon­cio, Antonio y Encarnación, que no gozó de buena salud mental a causa de unas fiebres que la aque­jaron siendo niña.

Desde pequeño, Morúa se dió al trabajo y al estudio. Aprendió un oficio, el de tonelero, y llegó a ser Secretario de su gremio. Pero ya en enero de 1880 funda un peque­ño periódico en Matanzas. "El Pueblo", para defender los intere­ses de las gentes de su color. Pu­so en tal hoja la siguiente empre­sa: "Sin libertad no hay vida, mas sin ilustración no hay libertad" Eran días difíciles aquéllos, como todos los que corren en esa zona indecisa, de agua oscura y revuel­ta, que se establece entre dos épo­cas históricas. Luego del largo drama de Tara, el Zanjón inaugu­raba un clima de paz en la Isla, cuyos campos desolados espera­rían más de tres lustros una nue­va guerra entre Cuba y España. La patética inconformidad del 79, la Guerra Chiquita, fue el último resplandor de una gran hoguera que se apagaba, de modo que en vano esforzáronse hasta la tensión heroica los que como Guillermón, Limbano Sánchez, Calixto García y José Maceo— Antonio se había erguido ya en Baraguá— rehusaron estrechar la mano que les ten­día el pacificador Martínez Cam­pos. La población cubana, exhaus­ta, volvió las espaldas a los inconformes, y se dispuso a restañar sus heridas, que eran profundas y numerosas.

Pero el sacudimiento mambí irritó la vigilancia española, celo­sa de arrancar las últimas raíces del árbol separatista en Cuba. En esa labor fué auxiliado el gobierno por los cubanos del partido Liberal recién fundado, quienes reco­rrían las comarcas en armas para conducir a los insurrectos al "buen camino". Mucho distaron de ser lí­citos sus medios, pues hablaban a los jefes blancos de la rebelión no en el lenguaje de alta salud "pa­triótica" que usaba en público el partido, sino inoculándoles el vi­rus esclavista contra el cual pretendían sus dirigentes estar lu­chando. Hay una carta que suscri­ben Herminio C. Leyva, Jesús Ro­dríguez y Manuel Grave de Peral­ta, enviada al hermano de este úl­timo, el general Belisario, rebelde, compañero de Maceo y Moncada, en la cual aparecen estas pala­bras: "...Y lo más doloroso de to­do esto, señor Peralta, es que en resumen están ustedes trabajando no para la felicidad sino para la ruina del país, y más que todo para que la raza de color se nos eche encima más presto de lo que algunos se figuran..”

El “peligro negro” que se quiso ver en la Guerra Chiquita (que ya había sido utilizado como recurso gubernamental en el 68 y lo sería después en el 95) hizo que los hombres de piel oscura fueran vigilados y perseguidos por una razón más, aparte la de su cubanía. Entre ellos Morúa, quien luego de sufrir prisión en el castillo de San Severino, en Matanzas, obtuvo licencia para salir del país, rumbo a los Estados Unidos.

El exilio de aquel voluntarioso joven se resolvió en jugosa influencia para su cultura y carácter. Hasta entonces sólo había sido un espíritu inquieto, un cubano descontento del panorama social y político de su patria: en lo adelante toda aquella fuerza inicial iba a encuadrarse en el campo de una inteligente disciplina. Morúa aprendió el inglés, que llegó a dominar como lengua nativa, y el francés. No le fueron extrañas las lenguas portuguesa y la italiana. Se dedicó también al estudio del volapuk novedad recién puesta en circulación por su inventor, el políglota alemán Martín Schleyer. Se hizo volapukista, volapukólogo, y logró dominar el nuevo idioma hasta el punto de escribir cartas y pequeños artículos en él. Más tarde le dedicaría un interesante ensayo en su revista "La Nueva Era" baja titulo de "Volapuk", el idioma universal". Su ambición de saber lo empuja hacia el examen de literaturas insospechadas en la humildad cultural de la clase a que pertenece. Estudia la obra de Dostoyewsky, Tolstoi, Turguenev,  Gogol; lo mismo hace con el régimen político de la Rusia de sus días; traduce la vida de Toussaint Louverture, escrita por Beard, y también "Called Back”, de Hugo Conway, bajo el título de "Recordación". Cuando abandona el ejercicio de las letras, se entrega al periodismo revolucionario, servidor de la causa libertadora en el extranjero.

En estos primeros años de su exilio, Morúa mantiene diario comercio con las figuras más señaladas del separatismo. Se le nombra vocal del "Comité Revolucionario Cubano de Nueva York", fundado en julio de 1883, y como tal realiza viajes repetidos por la América. En noviembre de 1884 llega a Nueva Orleans, donde conoce al General Gómez. Nueve días después regresa a Nueva York, para redactar el periódico "La República". En esa metrópoli permanece hasta  marzo del año siguiente. A bordo del vapor "Colón" parte luego rumbo a la ciudad de ese nombre, en el  Istmo, y hacia la de Panamá, en una misión confiada por el héroe de Las Guásimas. A Panamá  llega el 31 de marzo, y encuentra la ciudad bajo los efectos de una insurrección triunfante, organizada por el liberalismo colombiano. El 21 de mayo dirígese a Kingston. En julio ve llegar al general Gómez; el mes siguiente, a Maceo... En Kingston permanece hasta agosto del 86, en que sale con dirección a México. "Al despedirme de Gómez— relata Morúa — estaban con él Carrillo y Hernández…”

—Cuando quiera y como quiera le dijo —Gómez — cuente con un buen amigo...

—Cuando quiera y como quiera — respondió Morúa— estaré siempre dispuesto a servirle como tal, General.

Eran las primeras horas del 19 de agosto de 1886. A las siete de la mañana partió Morúa rumbo a Veracruz, en el vapor "Belize". El 24 por la tarde llega al puerto de La Habana, sin que pueda bajar a tierra, la cual ve y oye desde cubierta. Continúa viaje al día siguiente,  y ya el 29 hállase frente a las cos­tas mexicanas, en las que desciende tres días más tarde. Allí perma­nece hasta el quince de septiembre de ese mismo año...

Tiempos aquellos de discordias y  divisiones en el seno de la emigra­ción cubana. Los criterios en pug­na, las rivalidades sordas, la orga­nización deficiente hacían del exi­lio un pequeño infierno, donde hasta Marti, Gómez y Maceo habían ofrecido el pernicioso ejemplo de romper sus relaciones de amistad.


Imagen tomada del artículo original, Bohemia, La Habana, enero 9, año 41, no.2, 1949. Págs. 6-8

Por otra parte, todos los empeños expedicionarios fracasaron uno tras otro, hasta que el auxilio eco­nómico de la colonia resultó impotente para superar la desastrosa realidad. Mucho de esto vió y sufrió Morúa, y a ello se refería amargamente años después cuando compuso la novela "Sofía". "Aquella Junta Revolucionaria— dice— que tan buenos dineros malgastó en vanos alardes y desacertadas preferencias". El mismo día en que partió desde Veracruz hacia Nueva Orleans, para residir por último en Cayo Hueso, envió Morúa una carta al General Gómez,en la que examinaba agudamente las quiebras de la emigración y sus remedios eficaces. Dice así:

"Veracruz, septiembre 15 de 1886. 

Sr. Gral. Máximo Gómez, 

Kingston,

Jamaica,

Muy señor mío de toda mi consi­deración:

Usted me ha dado varias veces el para mí honroso título de ami­go, y me ha encomendado algu­nos servicios en beneficio de nues­tra causa, y a ellos me consagré siempre lleno de satisfacción, cumpliendo mis deberes de patriota y procurando merecer el  noble afecto particular con que me había usted distinguido, de cuya gracia procuraré asimismo no caer jamás. Ahora bien, como pa­triota y como amigo le dirijo es­ta carta, que espero leerá usted con detenimiento antes de darle contestación, si de contestación es digna, según su buen criterio y  respetable parecer. General: empe­zaremos por convenir ambos en que sería inútil hacer la historia del movimiento que acaba de fra­casar; que si ambos hablamos los dos sabemos cuánto ha sucedido desde su nacimiento acá; usted a fondo y en detalle, en su carác­ter de director de la empresa; yo en conjunto solamente, una vez que siempre fué secundaria la parte que en los trabajos me tocó desempeñar. Convengamos tam­bién en que han sido muchos y sucesivamente los desaciertos que desde su principio se han venido cometiendo por parte de la jefa­tura, que llena de fe y entusias­mo se sobrecargó de enormísimos trabajos que habrían de agobiar­la; trabajos que necesitando más práctica que buen deseo, por la inexperiencia de los que los em­prendieron, en los asuntos expedi­cionarios en el exterior, tenía que resultar, como han resultado, "truncos o mal acabados". Y con­vengamos por último en que ja­más han llevado a buen término sus empresas los jefes que han la­borado en el extranjero si antes no han contado, como primer ele­mento, con el pueblo cubano fue­ra de la isla, el cual lo componen distintas agrupaciones de cubanos inmigrantes en las distintas loca­lidades, que huyendo del despotis­mo del gobierno español en Cuba, han elegido para sus respectivas residencias. Convenido esto, gene­ral amigo, hemos de reconocer que nada de lo que en estas con­sideraciones expreso se ha tomado en cuenta; por el contrario, a las agrupaciones cubanas se les ha co­artado su libertad de acción, se les ha reducido por completo al cumplimiento de su deber de con­tribuir como mejor pudieran al complemento de la empresa. Las agrupaciones todas accedieron a despojarse de sus derechos, ansio­sas de obtener el fin anhelado, y contribuyeron a su alcance, y es­peraron deseosas el desenlace del drama en que, de activa parte, quedarían convertidas en intere­sados espectadores. El desenlace se ha mostrado suficientemente cla­ro para que todos lo entiendan a perfección. Hay quienes creen que todo ha concluido. Yo creo distinto, Entiendo que es harto lamentable la situación, crítica en extremo, pero a mi vez también entiendo que tiene remedio la dolencia ac­tual. Eso sí: la cura ha de ser ra­dical, pues que la enfermedad es grave y pudiera sobrevenir una catalepsia de muchos años de du­ración, ya que la muerte es impo­sible tratándose de tan elevados principios. Lo único que salvaría la situación anormal que atraviesa nuestra causa es la resignación voluntaria de esa jefatura en su incumbencia directa en los traba­jos preparatorios en el extranjero retirando al mismo tiempo de su influencia en las colectividades de patriotas a todos los jefes, subalternos, y que éstos queden espe­rando órdenes de su jefatura, mien­tras aquéllas, las colectividades de patriotas, entre si reúnan y actúen como lo crean más conveniente, y preparen sus expediciones por sí propias, esto es, armas, pertrechos y útiles y embarcaciones tantas cuantas puedan, y cuando las tu­vieren listas, que avisen a la jefatura militar, y aún designen el jefe o los jefes a quienes más les cuadre confiarlas; y aquí empezarían las atribuciones de la jefatu­ra, la cual daría órdenes como me­jor lo juzgase al jefe o jefes a quienes tocare salir, y de esta suerte podría tan elevada entidad cual es la jefatura, delinear planes más exactos que hasta aquí lo ha hecho, puesto que trazaría sobre más sólido lienzo. Y no es que pierda un ápice de su prestigio ese alto cuerpo director, pues los manifiestos circulares que comu­nicando su resolución pasarían a las inmigraciones constituidas se­rían pedestal de su honor y bue­na fe en sus anteriores movimien­tos, y todos los centros desde lue­go con respeto aceptarían tal de­cisión, agradados de verse al fin colocados en el lugar que verda­deramente les pertenece, siendo sus trabajos más activos y efica­ces; porque así, organizados a su antojo, con sus comités por ellos constituidos y representados por todos, verían que gozaban de per­fecta autoridad civil, y a orgullo tendrían todos el quedar lo mejor posible en sus funciones. Ni ha­bría discusión entre ellos, porque entre si los distintos centros se comunicarían, y cuando se diera la voz de alarma todos estarían preparados en sus expediciones, y los que solos no pudieran, busca­rían unirse a otros, porque todos tendrían empeño en servir, si vie­ran que sus servicios encontraban notorio reconocimiento. Y mien­tras tanto a los jefes todos no les faltaría trabajo, y especialmente a la Jefatura, comunicándose con los cubanos del interior, asi como con todos los centros del exterior  de Cuba, tanto para estar en cono­cimiento de sus adelantos, cuan­to para impartirles sus valiosas observaciones, que sabrían todos apreciar. Si lo piensa usted, mi querido general, concluirá conmi­go que éste es el único remedio eficaz, además de ser la única for­ma que reclaman los inalienables derechos del pueblo y la dignidad de la República. De usted con la mayor consideración, su amigo y compatriota, M. MORUA DELGA­DO".

Es interesante señalar el hecho de que esta carta coincidió con el pensamiento de Marti, en los tra­bajos preparatorios del 95, los cuales estuvieron informados, co­mo se sabe, por un criterio descentralizador, de modo que, según ha dicho gráficamente Juan Gualberto Gómez, "cada eslabón de la cadena se forjó separadamente: si uno caía en poder del enemigo, no arrastraba en su caída a los de­más..."

En Cayo Hueso donde contrajo matrimonio con una cubana, la se­ñorita Elvira Granados, permane­ció Morúa hasta 1890. Trabajaba allí como lector de tabaquería, sin perder ocasión de aumentar su cultura, ya caudalosa. Por este tiempo planea y escribe la novela "Sofía", que publica en La Haba­na en el mes de agosto de 1891, de regreso a la patria, y de la cual hablaremos más adelante. Entre tanto, habíase operado un cambio profundo en su postura política, pues el ideal separatista, que abra­zó en su primera juventud se fué debilitando paulatinamente hasta ceder plaza al autonomismo como solución valedera del gran pro­blema cubano. ¿Qué causas pudie­ron ocasionar tal viraje? A nues­tro juicio, varias. Por una parte, la huella que tal vez marcó en su espíritu el espectáculo de lo que llamó Martí "la guía incapaz de las emigraciones". Por otra, la índole natural de su carácter, no afecto a la violencia y cuidadoso de los altibajos sangrientos de una guerra en que no confiaba. Añá­danse razones quizá de afinidad intelectual que lo ponían en el mismo camino de la juventud autonomista, instruida y brillante, y en la cual se hallaban represen­tadas las más diversas manifesta­ciones de la cultura criolla. Final­mente, no falta quien quiera ver en este cambio una consecuencia política de la enconada pugna que enfrentaba ya a Morúa y Juan Gualberto Gómez. Quizás no an­den descaminados los que tal piensan, pues nadie ignora que en­tre los dos políticos planteóse des­de aquellos momentos previos a nuestra segunda lucha por la in­dependencia una profunda dispa­ridad de criterios en cuanto al pa­pel que debía representar "la ra­za de color" en la organización del futuro político del país. Para Gó­mez no había más que un camino, el separatismo, por medios pacífi­cos o violentos y desde luego con la participación del negro en el campo de batalla. Para Morúa, el camino era bien distinto, pues sentíase partidario de fiar a la evolución de la sociedad cubana el reconocimiento de las más ur­gentes mejoras sociales, políticas y económicas para los hombres de su mismo color de piel. Laboró, con fiereza digna de mejor propó­sito, contra el célebre "Directorio Central de las Sociedades de Co­lor de Cuba", fundado por Don Juan en 1892, y escribió que "la acción no ha de ser por colectivida­des parciales, no; que ha de ser por individuales iniciativas como se obtendrá la elevación personal que tanto y con tanto fundamento se reclama. Los negros reunidos —agrega— jamás alcanzarán de los gobiernos otra cosa que bene­ficios para los negros... Todo hay que obtenerlo como miembros de la sociedad cubana, y no como ini­ciativas de tal o cual raza..." Mientras Juan Gualberto asegura que a la hora de fijar la respon­sabilidad de cuanto ocurra en la colonia, habrá que acreditarle su parte de culpa "a la falta de vigor y las vacilaciones del Partido Autonomista", Morúa pregunta desde la tribuna liberal levantada en el célebre mitin de Nueva Paz "si puede la raza de color, sin re­currir a la más repugnante ingra­titud, negar su apoyo al partido cubano que sin ningún alarde ha sido el paladín victorioso de sus reivindicaciones..."

La lucha entre ambos líderes llena un largo período que va desde los últimos tiempos colonia­les hasta los primeros de la repú­blica. Apenas se nombran; fingen ignorancia recíproca y dejan a sus parciales, "moruístas" y "gualbertistas", la pugna diaria, aguda, candente. Sin embargo, en la es­critura de uno y otro vibra mal disimulada la intención polémica, que entiende y recoge el adversa­rio contra quien va enderezada. Dos visiones contrapuestas de un mismo problema; una delimitación de campos que durará varias ge­neraciones, y que va a heredarse, como las viejas rencillas entre las familias medioevales...

Esta es una de las etapas más ardientes de la vida de Morúa. No sólo labora sin tregua en el auto­nomismo, sino que se entrega de lleno a la literatura y escribe en los principales periódicos del mo­mento, como la "Revista Cubana", "El Fígaro", "Habana Elegante",

etc. En tal sentido los dos sucesos de mayor envergadura son la publicación de la novela "Sofía" y el nacimiento de "La Nueva Era", revista literaria que no tuvo larga duración. Como siempre, vivía modestamente. Por estos día habita en una accesoria de la calle Industria "frente al número T'.

La novela "Sofía" es el primer gran ensayo literario de Morúa. Con ella inauguró su autor una serie en que, bajo el título común de "Cosas de mi tierra", iba a intentar el estudio de la sociedad que se agiganta en Cuba durante los veinte años que van desde 1860 hasta 1880. Cada tomo comprendería un novela completa; pero lo cierto es que la serie sólo alcanzó dos volúmenes, separados por un periodo de diez años. El personaje central de esta primera obra de Morúa es Sofía, niñera de los Unzúazu, un familia cuya riqueza se hizo mediante el tráfico de esclavos, pues su fundador, muerto cuando comienza la acción, había sido un marino de Bilbao que se dedicó a aquel repugnante comercio. Sólo viven sus hijos (la madre ha desaparecido también) nombrados Ana María, Magdalena y Federico. El marido de la primera nómbrase Acebaldo Nudoso del Tronco y en él encarna el novelista al español reaccionario, enemigo de los criollos, desprovisto de los más simple sentimientos de bondad, aún los debidos a su esposa. Entre los criados, entre los esclavos, se levanta la figura de Sofía, bellísima, sierva a pesar de ser libre, pues era hermana de padre de sus jóvenes amos; golpeada, escarnecida, vejada y poseída al fin por la enfermiza lujuria de Federico, que la hizo su amante de una hora, sin sospechar los lazos que le unían a ella.

Toda la obra tiene un transparente sentido social. Demórase su autor en pintar las miserias, los dolores, las injusticias, los espantosos sufrimientos a que está sometida la población negra. Hay también un estudio al modo naturalista de los años que siguieron a la paz del Zanjón, con su aplastamiento revolucionario, de la corrupción de las costumbres y el vértigo sensual a que se entregó la sociedad cubana, desde el adulterio descocado en las altas esferas de aristocracia hasta las rivalidades  de los ñáñigos por la supremacía  de sus tierras o juegos. El libro es un vasto lienzo que expone una  humanidad podrida hasta la médula y en que sólo brillan, como inciertos focos de simpatía, la figura de Gonzaga, defensor de los principios revolucionarios de sus hermanos, y la torturada sombra de Sofía, muerta en un catre lleno de harapos cuando supo la espantosa  verdad de su tragedia.

Diez años después de publicada "Sofía", cuya aparición suscitó al­gún escarceo polémico y dió origen a un largo estudio de Rafael Ma. Merchán — no sólo sobre la  obra, sino también sobre la raza de  color en Cuba—, publica Morúa "La Familia Unzúazu", novela en que  figuran como protagonistas los  mismos personajes de la novela an­terior. Sólo falta Nudoso del Tron­co, que ha sido muerto por su es­clavo. Ahora el héroe es Gonzaga, de quien se enamoran Ana María y Magdalena, a pesar de que lo sa­ben casado. Todo el proceso de aquella pasión de dos hermanas por un mismo hombre sirve de sombrío fondo al espectáculo de la desintegración orgánica, fatal, de una familia que lleva en sus venas la sangre enferma de los neurópatas. Otra vez palpamos la pústula de la corrupción cubana bajo la colonia; vemos de nuevo a la juventud que no fué a la guerra y que en muchos casos era enemiga de la independencia; al abogado delincuente que encierra en sus arcas honorarios amasados con sangre, honorarios sin honor; al esclavo blanco que, como Galaico Castiñeira está sumido en una ignorancia que apenas puede darle el sentido de su libertad; y al esclavo negro que, como la infeliz Malón yace en el suelo como un perro, pateada después de muerta por el señorito impaciente, el mismo que ella había estrechado de meses contra el pecho. Al final, el triunfo de una de las dos hermanas, Mag­dalena, que logra casarse con Gonzaga, después de la muerte de su esposa.

Más que la trama en sí, más que el estilo, decaído a veces, en las novelas de Morúa interesa y tiene fuerza extraordinaria el sentido social, el documento histórico, el procedimiento por el cual, según quería Zola, su modelo, era posible mostrar al público "la bestia hu­mana". En este punto hay que de­cir que alcanzó su objetivo en más de una ocasión, bien asi que hallá­base rodeado de modelos numero­sos, para fijar los cuales no era preciso hacer derroches de pacien­cia. "No se puede leer impasible­mente estas páginas", ha sido el comentario de Merchán.

Casi al mismo tiempo que publi­ca Morúa su primera novela, funda "La Nueva Era", revista literaria cuyo número inicial ^parece en La Habana el primero de junio de 1892. Es una empresa entusiástica, en la cual lo secunda su amigo Ma­nuel Fernández Cañizares. Un gru­po de "amateurs" colabora econó­micamente, hasta crear un fondo de ciento cincuenta pesos oro. En el aspecto material, la revista tie­ne 24 páginas de lectura, al precio de treinta centavos plata cada nú­mero. "La Nueva Era" recogió va­rios de los más significativos tra­bajos escritos por Morúa en su fe­cunda existencia, como son los es­tudios sobre Ibsen y sobre el volapük, ya mencionados; la traduc­ción de John Beard, que tenía es­crita desde su estancia en Nueva York, en 1883, y de la cual vieron la luz también algunos capítulos en la "Revista Popular", que en 1888 publicaba en Cayo Hueso. De tales trabajos ofrecen particular interés los artículos que bajo la denomina­ción común de "Factores Sociales" aparecieron en los números 2, 3 y 4 de "La Nueva Era". Componen un estudio bastante amplio de la cues­tión negra en Cuba, pero de enfo­que autonomista. Es evidente la in­tención polémica que los anima: bien pronto se percata el prevenido lector de que por detrás anda la vieja rivalidad con Juan Gualberto Gómez a que ya hemos hecho refe­rencia.


 Tomado del artículo original, Bohemia, La Habana, enero 9, año 41, no.2, Fondos BNCJM

El esfuerzo de mayor intención realizado por Morúa en el campo de la crítica literaria, pertenece también a esta época. Se trata de un estudio sobre las novelas de Cirilo Villaverde, principalmente "Cecilia Valdés", que empezaba a gozar del fácil crédito en que hoy se mantiene, especialmente entre el grueso público. Morúa rechaza la producción de Villaverde, seña­lando anacronismos y falsedades tanto como "el deliberado empeño en justificar —son sus palabras— las líneas divisorias trazadas y conservadas por el exclusivismo colonial". Aunque reconoce que "Cecilia Valdés" inicia un período de cierto mejoramiento literario en Cuba, observa que toda la obra se asienta en una interpretación negativa, esclavista, de la socie­dad cubana, y —para expresarlo con la voz del crítico— "ostenta en su fondo un marcadísimo apego a las más detestables vejeces de una época de maldición".

Pero volvamos a lo político, que por momentos cobra importancia, a medida que nos acercamos al 1895, y que en breve va a sepultar bajo el fragor de las armas —si­lenciosas diecisiete años— el blan­do rumor de la literatura junto con las ruinas del edificio, cada día más agrietado, del partido Li­beral en que figura Morúa. Toda la isla es ya un vasto foco de conspiración, en contacto con el Partido Revolucionario de NuevaYork y en espera de la chispa que habrá de producir el incendio. Morúa, que trabaja a la sazón como lector de tabaquería en los ta­lleres de "Villar y Villar", parte de nuevo hacia el territorio norte­americano, a fines de 1896. Se ins­tala en Tampa. Allí desempeña la agencia de la revista "Cuba y América" de su amigo y correli­gionario Raimundo Cabrera. Rea­nuda sus viejos contactos con la emigración cubana... hasta que regresa a Cuba, en el vapor "Flo­rida", el veinte de mayo de 1898, por el puerto de Banes. Viene co­mo separatista, otra vez, formando parte de la expedición que, man­dada por los generales Lacret, Castillo Duany y Sanguily, había salido de West Tampa el 17 de ese mismo mes. Es teniente "en­cargado del detall", a las órdenes inmediatas de Lacret. Ese cargo se transforma en el de Jefe de Despacho de la expedición, tan luego ésta llega a la Isla, y con él se incorpora al gobierno de la Re­pública en armas, a la sazón en Camagüey. De esta provincia pa­sa a la jurisdicción de Cienfuegos: va adscrito al Cuarto Cuerpo, Segundo Batallón de la Segunda Brigada del Departamento Orien­tal del Ejército Libertador. Siem­pre periodista, funda en pleno campo "La Libertad", en unión del más tarde tristemente célebre Piñán de Villegas. Este periódico al­canzará vida republicana, aunque breve. Morúa entra en la burocra­cia como Secretario del Ayunta­miento de Palmira. Se instala luego en Santa Clara. Dirige "El Re­publicano", órgano del partido de este nombre, en el que son figuras determinantes sus amigos José Miguel Gómez, Monteagudo, Alemán... Al fin es elegido miembro de la Convención Constituyen­te, convocada por el gobierno in­terventor, en representación de la provincia de Santa Clara. Aquí viene por cierto uno de los más discutidos aspectos de la vida pública de Morúa Delgado: su ac­titud en aquella magna asamblea en cuanto a la aprobación de la Enmienda Platt, a favor de la cual votó, como lo hicieron catorce de sus compañeros. Es curioso com­probar que aún en tal punto apa­recen enfrentados Morúa y Juan Gualberto Gómez, pues éste asume la defensa de la soberanía nacio­nal, vota contra su restricción y deja con ello de los más dramáti­cos, sólidos y elocuentes alegatos políticos de cuantos se hayan es­crito en Cuba jamás. Morúa, en cambio, tuvo una actitud diametralmente opuesta, tal vez "prác­tica". Es cierto que el pueblo in­dignado recorría las calles al gri­to de "¡No queremos carbone­ras!"; bien se sabe que las preten­siones yanquis, pronto converti­das en brutal imposición, levanta­ron en la Isla —y aún en ciertas zonas progresistas de la población norteamericana— una tempestad de protestas; nadie puede negar que la conducta del gobierno de Mc Kinley era abusiva e injusta... Pero es innegable también que aquella Constituyente distaba mucho de ser "soberana". Había sido convocada por el poder inter­ventor, un poder extranjero, y ha­llábase sometida desde su naci­miento a una fuerza insoslayable: la que había vencido a los espa­ñoles en Santiago de Cuba y Cavite, y humillado el orgullo patrióti­co de Calixto García. Los términos del dilema eran diáfanos: o se aceptaba la enmienda, y ello su­ponía la desocupación del territo­rio nacional, o se la rechazaba, y entonces la permanencia del ejér­cito yanqui, mucho más enojosa que la enmienda, se haría inter­minable. La lucha fué reñida, sin embargo, pues un solo voto sepa­ró a los que pedían resistir de los que aconsejaban capitular. Se im­puso la fuerza, al fin, y nuestra república nació viva, aunque bas­tante deformada por el partero.

Muchas veces, estudiando la his­toria de estos días de prueba para los convencionales de 1901, no he­mos podido rehuir cierto tipo de especulación acerca de su con­ducta. ¿Y si los adversarios de la Enmienda Platt, con Juan Gual­berto Gómez a la cabeza, hubie­ran podido rebasar la ridícula ven­taja de un voto, que los derrotó? ¡Hermoso ejemplo el de un peque­ño país puesto en pie para defen­der su honor frente a la colosal estatura de un vecino semejante! Hermoso ejemplo... y hermosa complicación. Sin embargo, los hechos ocurrieron de otro modo, y a ellos hay que atenerse. Cierto por lo demás que era decisivo votar "sí" o "no" en aquella his­tórica sesión; pero más decisivo sería aún, a lo largo de nuestra vida, mantener el ánimo dispuesto a la lucha contra las consecuen­cias del apéndice constitucional. ¿Qué aconteció, al fin? Justamen­te lo contrario. La espada de Dámocles suspendida sobre la sobe­ranía nacional sirvió a los políti­cos de los bandos, más diversos para amenazarse recíprocamente, en la pugna por la supremacía de sus oscuros intereses. Fué asi co­mo estuvo presente a toda hora, por la voluntad de quienes debie­ron ser los primeros en repudiarlo, un factor tan extraño al genio na­cional como negador de las virtu­des domésticas indispensables pa­ra la propia gobernación. La pos­tura de Morúa en favor de la En­mienda Platt pudo ser una solu­ción "impuesta por un cúmulo de sucesos circunstanciales", según dijo él alguna vez, pero lo cierto es que su voluntad venia inclinada hacia el lado yanqui desde los primeros momentos de la Consti­tuyente, cuando aún no había apa­recido la Enmienda en el horizon­te. Así en la cuestión de las rela­ciones entre Cuba y los Estados Unidos, Morúa Delgado presentó —trece de febrero de 1901— una moción en la cual se pide "engro­sar con nuestra voluntad y con nuestro esfuerzo la previsora mu­ralla levantada por James Monroe y John Quincy Adams en 1823 y mantenida después por todos sus sucesores en el estado anglo-americano..." Afírmase además que "Cuba es un complemento comer­cial de los Estados Unidos", por lo que nuestro país "no debe hacer jamás concesión comercial de nin­gún otro carácter a nación algu­na, superior a las que hiciere a la nación norteamericana". Pidió Morúa finalmente en aquel peregrino documento, que por el término de diez años, a partir de la vigencia de la Constitución, el gobierno cubano ejerciera sus funciones internacionales públicas "oyendo el Consejo del gobierno de los Estados Unidos, excepto los casos relacionados con dicha nación". Lanuza (que se negó a ser Constituyente) iría aún más lejos, pues se declaró partidario del Protectorado... Al contrario, la comisión nombrada por la Asamblea, de la cual formó parte Juan Gualberto Gómez, el eterno contrincante de Morúa, entendía con toda justicia que "nuestro de ber consiste en hacer a Cuba dependiente de otra nación,  incluso de la grande y noble nación americana…"

Otro aspecto polémico de la vida de Morúa es la llamada ley que lleva su nombre, la cual no es en realidad una "ley", sino una enmienda al artículo 17 del Código Electoral, presentada por su autor en el Senado en febrero de 1910, el último año de su gestión como congresista, pues había sidoelecto en 1902. En virtud de ella, como es sabido, se prohíbe la organización de partidos políticos integrados por personas de una raza o color. ¿Qué circunstancias determinaron en Morúa actitud semejante? El sostuvo siempre que se inspiró en razones de alta conveniencia patriótica, a fin de impedir lo que a pesar de la enmienda electoral —y tal vez a causa de ella misma— se produjo en mayo de 1912: una lucha racista. Lo cierto es que muchos de sus escritos, ya desde la época de "La Nueva Era" privan ese interés. "No, no; —dice en 1892— la raza negra, las clases de color, no deben pon ningún concepto constituirse aparte de la raza blanca, porque así confirman su estado seccional para toda la vida, imposibilitando sin noble aspiración de elevarse al  goce de todas las garantías constitucionales..." En otro lugar exclama: "Agruparse por fracciones no sería más que acentuar la barrera divisoria que nos separa de todos, y perpetuar la línea de razas que mata el progreso de la so­ciedad cubana". Más tarde insiste todavía: "Yo no quiero ver a los hombres de mi raza desvalidos y odiados por sus demás compatriotas, sino que intenten, con una política de unión, de paz y de concordia, llevar al ánimo de nuestra sociedad en general la confianza que tanto es menester para que se calmen los espíritus y se consolide la fe en nuestros libertadores principios..." En esto lo fortalece su ilustre amigo Merchán, quien al estudiar la novela "Sofía" escribe desde Colombia. "Lo que no comprendo, lo que considero funesto para independientes (se refiere a Juan Gual­berto Gómez) para autonomista, para blancos y para negros, es que se formen partidos de razas, que no servirán más que para retardar indefinidamente la conquista del gobierno propio..."

Imagen cortesía de Víctor Fowler Calzada

Los anti-moruístas sostienen que la famosa enmienda fué una jugada política de su autor para desplazar electoralmente a la "Asocia­ción Independiente de Color", fundada en 1908, bajo la presidencia de Evaristo Estenoz, y la cual había concurrido a las elecciones de noviembre de ese mismo año, aun­que sin alcanzar resultado favora­ble alguno. Morúa, al anular a los "independientes", impediría que éstos se nutrieran del partido Li­beral, y sobre todo del "miguelismo", donde muchos hombres de piel obscura podían ser ganados por el nuevo partido. Tal vez... Pero lo evidente es que la célula de aquella medida ya estaba en el pensamiento de su autor mucho tiempo antes de que alcanzara ca­rácter y desarrollo mediante un acuerdo del Congreso. Porque so­bre todo no hay que olvidar que tales ideas fueron en Morúa una forma de oposición a la política de unidad negra buscada por Juan Gualberto Gómez con la creación del "Directorio Central de Socie­dades de Color", en 1892. Una acti­tud "autonomista", y por tanto no revolucionaria, frente a la actitud de Don Juan, que del "separatismo crítico, analizador, expositor y pro­pagandista"— como él decía— pasó a la insurrección armada Morúa ataca a Juan Gualberto en este punto, como en todos. "Entre las corporaciones fundadas en los úl­timos años por las clases de color en nuestra patria, —escribe Morúa —ninguna tan completamente inú­til, ni tan ridículamente pretencio­sa como la llamada "Directorio Central de las Sociedades de Color de Cuba". Con maligna intención ha­bla del "partido negro que por to­dos los medios se pretende organi­zar". Y al fin concluya: "El pueblo de color no tiene más que un ca­mino, uno solo para conservar su dignidad de hombres y ejercitar los derechos que logren ejercitar los demás elementos de la sociedad cu­bana: unirse al partido autonomis­ta, acrecentar sus filas..."

No luce, pues, la enmienda de Morúa como un hecho fulminante, sino como una actitud fría, sedi­mentada desde los di as anteriores a la República, cuando las pugnas de su autor con su rival frente al porvenir de la colonia y el papel que el negro debía asumir en la lu­cha contra ella. Por lo demás, bien está la prohibición de partidos po­líticos "racistas", blancos o negros. ¿Pero contempló la enmienda todo el problema? ¿Vio la otra cara de la medalla, como dice Serafín Portuondo? En primer término, Lanuza tenía razón: el propósito de Mo­rúa es excelente, pero monstruoso el precepto que lo consagra. "Esti­mamos un error lamentable— decía el gran penalista en la sesión de la Cámara de Representantes en que se trató la enmienda— el que entre nosotros hayan creído al­gunos que debían organizar un partido político fundado solamente en una diferencia de color o de ra­za. Creemos que ello tiene graves inconvenientes, tan claros, que no es posible entretenerse en enume­rarlos; pero si tal hacen, si aspi­ran por ese medio al mejoramiento de las condiciones políticas y socia­les de sus afiliados, mientras no adopten para conseguirlo sino medios legales y pacíficos, no se les puede disolver, arrancar la bande­ra y prohibir la existencia..." Ese era el aspecto jurídico del proble­ma. Por otra parte, la prohibición atañía sólo a lo político, a lo elec­toral. Cierto que un partido de ese carácter era una terrible impru­dencia, y lo será siempre a nuestro juicio, porque retrasa y dificulta la unidad popular cubana Pero ¿y lo demás? ¿Acaso no había otro tipo de organizaciones compuestas ex­clusivamente por ciudadanos de un solo color de piel? A eso apuntaba la enmienda de Lino D'ou, Repre­sentante a la sazón, y según la cual el artículo 17 de la Ley Electoral, modificado por Morúa, debió en­trañar un sentido mucho más am­plio en su restricción, valga la paradoja: "No tendrá vida legal en Cuba ningún partido, asociación o institución política, de enseñanza, religiosa, social o de recreo, en que no quepan en igualdad de circunstancias todos los ciudadanos cubanos, cualquiera que sea la raza a que pertenezcan...''

Pero esta solución, que en realidad recogía  el espíritu de lo que predicó Morúa toda su vida — y que él no se atrevió a presentar— fue rechazada. Quedó vigente la otra, la que sería aplicada a un problema electoral inmediato, con lo que suscitó la irritación subver­siva de los elementos contra quienes iba dirigida.

Pese a sus contradicciones y altibajos la figura de Morúa Delgado resulta por demás interesante entre las que animaron el "cielo menor" de nuestra vida pública a fines del siglo pasado y comienzos del actual. Era en lo físico un mulato de elevada estatura, habla reposada y buena voz,  que de mucho sirviérale para hacerse oír tanto en los mítines y conferencias como en los talleres de tabaquería donde trabajó de lector gran parte de su vida. Gustaba de hablar fríamente, de modo que la palabra se ciñera al razonamiento lógico y penetrante. Nunca alcanzó, pues, ese clima verbal de alta temperatura en que resplandece el agitador. En lo político, a que se dió desde su adolescencia, cometió errores de nota, entre ellos su devoción autonomista, de que abjuró al fin, como había abjurado antes de su fe en el separatismo con que se inició en la vida pública, y a que regresó finalmente... Opuso al profundo sentido organizativo y revolucionario de Juan Gualberto Gómez, su inmenso contradictor, una estrecha concepción individualista del progreso popular y especialmente del negro cubano, con la cual le limitó sus perspectivas de lucha. Fué demasiado lejos en el camino de la "evolución", del "compromiso", aún en los momentos en que los hechos señalaban im­periosamente un paso más enérgico y vivo. A pesar de ello, no puede descocerse su influencia —compleja influencia— en muchos problemas de la colonia y la república. Tuvo adictos innumerables que se llamaron a sí mismos sus discípulos, y correligionarios que veían en él un guía y mentor. ¿Cómo oscurecerle por lo demás el mérito dramático de haberse hecho solo, construyéndose bloque a bloque en medio de una vida so­focada por los más diversos prejuicios? Su labor literaria, espe­cialmente como novelista, ofrece un valor documental que es con mucho superior al artístico, sin duda, pero acusa un observador fi­no, una sensibilidad herida en lo hondo por el espectáculo de la co­lonia, que le inspiró páginas car­gadas de dolorosa rebeldía, de emoción revolucionaria, como diría- hoy, aunque su autor al escribirlas —por lo menos, al publicar "Sofía" —fuera autonomista. Quizá no se recuerde que fué también Morúa ateo y anti-clerical militante, ojo avizor, de lo cual dejó rastros en su actividad de congresista. En la Convención se opuso al empleo de la palabra "Dios" en el preámbulo constitucional. En mayo de 1904 presentó un proyecto de ley en el Senado prohibiendo la instrucción religiosa en los estableci­mientos educacionales, de benefi­cia, penales "o cualesquiera otros semejantes", dependientes del subsidio oficial. En el mismo texto se prohibía también las pro­cesiones religiosas en la vía públi­ca, y se declaraba nula toda ins­titución de heredero o legatario en favor de una organización religio­sa o de sus ministros, de no ser con la condición expresa de que la especie legada o heredada se des­tinase a la realización de obras de utilidad pública en Cuba. Se re­glamentaba allí hasta el uso de las campanas de los templos, de mo­do que quedase limitado "al estric­tamente necesario para anunciar el culto". Una de sus primeras preocupaciones fué salir al paso a la discriminación racial, y lo hi­zo en otra proposición de ley —ju­lio tres de 1902— en que se esta­bleció que no podría ser recha­zada en establecimiento oficial, o de fundación o pertenencia parti­cular ninguna persona por moti­vo de raza, color, creencia "o an­terior condición social". Por últi­mo, en una carta escrita en 1903, abogó Morúa por una ley de acci­dentes del trabajo, por el empleo del setenta y cinco por ciento de obreros cubanos en las industrias establecidas en el país, por la regularización del trabajo de la mu­jer y el niño, por el reconocimien­to del derecho de huelga a los obreros y por la participación de éstos en las ganancias de las em­presas en que prestaran sus ser­vicios. No hemos encontrado, sin embargo, ningún proyecto suyo so­bre estas importantísimas cues­tiones.


Tomado del artículo original, Bohemia, La Habana, enero 9, año 41, no.2, Fondos BNCJM

Junto al Morúa escritor, junto al artista sensible y estudioso, junto al ciudadano de heroica honradez, hay "otro Morúa", ganado por la diaria política y el inmediato me­nester electoral. ¿Cómo negarlo? En esa postura participó en las luchas cívicas, a veces cruentas, de nuestra primera década republica­na. Por no variar, estuvo también en plano opuesto al de Juan Gualberto Gómez cuando el partido Li­beral a que ambos pertenecían se escindió en dos alas. Intervino pro­fundamente en la conspiración y guerra de agosto, y en la célebre "fusión" que produjo la unidad li­beral y el triunfo de la candidatu­ra Gómez-Zayas... Pero aún reba­jándole esa ganga ocasional, en que repararon quizá con exceso muchos de sus admiradores, alcanza su fi­gura tamaño suficiente para que no pase inadvertida en nuestros primeros años de vida libre tanto como en los últimos de servidum­bre colonial. Por lo demás, lo que queda escrito son atisbos, meros apuntes tomados a lo largo de su existencia. Se les puede revisar y contradecir, aún por nosotros mis­mos o por quien tenga ánimos pa­ra ello, pues no pretendemos haber trazado un dibujo perfecto de su figura, sino un boceto que tal vez ceda plaza a otro mejor compues­to, o se concrete y llene de color en una pintura definitiva.

Tomado de Bohemia, La Habana, enero 9, año 41, no.2, 1949. Págs. 6-8; 94-95; 97-99; 105-106.

 


Imagen tomada de Bohemia, La Habana, noviembre 7, año 46, no.45, 1954. Págs. 133; 138-139. Fondos BNCJM.

 

Todo un año para Morúa

Por: Lucía Sanz Araujo

   “El Ministerio de Comunicaciones hará una emisión de sellos conmemorativa del centenario, haciendo resaltar el espíritu de confraternidad de la sociedad cubana, que fue un gran anhelo de Martín Morúa Delgado.”

Así reza el artículo 5 de la Ley No.6 de 13 de junio de 1956, publicada en la Gaceta Oficial del día 18 del propio mes, y rubricada por el presidente de la República Fulgencio Batista Zaldívar, el Primer ministro, Jorge García Montes, y la titular de Educación,  Zoila Mulet de F. Concheso, en el Palacio de la Presidencia.

En tanto en el artículo 9 se expone que los ministros de Hacienda, Comunicaciones y de Educación quedan encargados del cumplimiento y ejecución en lo concerniente a cada ramo.

Ello tiene como punto de partida la declaración, mediante la ley antes citada, de Morúa Delgado como Ciudadano Eminente, y comprende el llamado tanto a las instituciones como a la población en general para celebrar el primer centenario del nacimiento de quien fuera destacado periodista, escritor, luchador independentista y político.

Así se declaró el 11 de noviembre de 1956 día de fiesta nacional y Año del Centenario desde esa fecha hasta igual día del año siguiente, creándose una comisión nacional encargada de los actos y conmemoraciones, con sede en La Habana, la cual contaba con personalidad jurídica y fungiría como organismo autónomo del estado. Sus fondos ascenderían a cien mil pesos.

Concursos periodísticos, biográficos y ensayos sobre la vida y obra del fundador del periódico El pueblo, en cuyas páginas abogó por la defensa de los derechos del negro, además de la impresión de sus obras, conferencias en las escuelas públicas y privadas, amén de erigir un busto con su figura en los jardines del Capitolio Nacional y un monumento en su ciudad natal, Matanzas formaban parte de las tareas.

En cuanto a la emisión postal, aspecto que nos ocupa, se confeccionó tal y como se había convenido. Consta de un solo sello de correos con un valor facial de cuatro centavos destinado al servicio ordinario; dentado 12.5, medida de 22 por 28 milímetros, y papel con filigrana Estrella.

Presenta la efigie del homenajeado y las leyendas: 1856. Martín Morúa Delgado Defensor de la confraternidad.1956  Cuba. 4c También se brinda la referencia de la casa impresora: Cía P. Fernández. S.A. Habana. Lamentablemente — al igual que sucede con otras emisiones de la etapa republicana— no se consigna en documento oficial alguno el nombre del diseñador o el grabador en acero.

      
Diseño original del cancelador de primer día. Observe que presenta la fecha de 27 de enero. Imágenes archivo de la autora.

Merece un destaque especial el cuidadoso trabajo de grabado de esta pieza que no debe faltar en una colección dedicada a la mayor de las Antillas, en sentido general, o a grandes personalidades cubanas.

Algunas precisiones

Mediante la Orden No. 29, del 5 de diciembre de 1956, con la firma de Ramón Vasconcelos Maragliano, Ministro de Comunicaciones, se dispusieron varios aspectos vinculados con la circulación de los sellos dedicados a Morúa Delgado.

Entre ellos se dispuso la venta de la emisión a partir del día 23 de enero de 1957 “con el propósito exclusivo de facilitar a todos los filatelistas y demás personas que tengan interés en ello, la manera  de poder preparar con suficiente antelación los sobres a los cuales deseen que se les impongan los cuños de Primer Día…”

Esto tendría lugar en el Negociado de Servicio Internacional y Asuntos Generales del Ministerio de Comunicaciones, en la Administración de Correos de La Habana, así como en las principales oficinas de correos de la República.

Asimismo, durante todo el día 30 a todos los sobres depositados antes de las doce de la noche en el buzón instalado al efecto en la Administración de Correos de La Habana así como a las entregadas en mano en dicha administración y a las recibidas con anticipación, se les estamparían el cuño de Primer Día y el cuño gomígrafo.   

 

<< Orden No. 29 del 5 de diciembre de 1956. Imagen donada por la autora

 

  Mediante la Orden No. 29 del 5 de diciembre de 1956 se dispuso el procedimiento a seguir con la emisión conmemorativa en homenaje a Morúa Delgado.

  
Recorte de la Gaceta Oficial que reproduce la Ley No 6 cuyo artículo 5 expone la confección de una emisión postal. Imágenes archivo de la autora.

Del lenguaje filatélico

Emisión: Sello o grupo de sellos impresos con un mismo diseño y/o motivo puestos a circular en la misma fecha.

Dentado: Perforación que poseen los sellos entre sí y que facilita su separación. Suele indicarse por el número de orificios contenidos en dos centímetros, se señala primero la medida horizontal y luego la vertical cuando la pieza tiene los cuatro márgenes dentados. Se mide por medio de un instrumento llamado odontómetro.

Filigrana: Dibujos o marcas que posee el papel donde se imprimen los sellos a fin de evitar su falsificación.

Valor facial: Precio escrito en los sellos y hojas bloque. Cubre las tarifas postales y es el de venta en las oficinas de correos. Se expresa en la moneda del país emisor.

 

Martín Morúa Delgado

Por Gastón Baquero

Imagen tomada de Carteles, La Habana, noviembre 18, año 37, no. 47, 1956. Págs. 30-31

En el seno de una de esas familias típicas criollas, funda­das por la unión de un hombre nacido en España con una mu­jer proveniente de África, nació Martin Morúa Delgado. La ma­dre, Inés, había sido esclava; ahora, cuando le nace este otro hijo, el 11 de noviembre de 1856, ella es la esposa del comerciante vasco Francisco Morúa, que en el barrio de Pueblo Nuevo, en la ciudad de Matanzas, tiene un modesto establecimiento de ví­veres y pan.

La unión de estos seres, repre­sentativos de las dos razas que poblaron a Cuba, fué siempre vista como un símbolo de su pro­pia misión y de sus deberes hu­manos por aquel hijo Martin, que traería al mundo una amplia capacidad para el ensueño, la meditación y la fantasía. No iba él a olvidar los sufrimientos de la esclavitud, pero tampoco iba a odiar a los opresores. De las dos corrientes estaba amasado, y ello lo interpretaba como una obli­gación de armonía, como una prescrita ley de concordia.

Se le destinó a un oficio, el de tonelero. Pero traía vocación de dirigente, de superador, de guía. Organiza en gremio a sus compañeros de Matanzas, y luego se le ve asociado a los de otras ciu­dades. No concibe la separación ni el individualismo; para él, el aislamiento y el encierro en los estrechos marcos de una activi­dad, de una raza, constituiría siempre una ruptura de la armo­nía, un olvido para aquellos fac­tores que se fundían en busca de integración y de unidad.

Se prepara, estudia, progresa. Se descubre su mente fácil a la meditación, al deleite estético, a la reflexiva y convincente expre­sión de las ideas. Ya en 1879 di­rige un periódico cuyo nombre, puesto por él, es un programa: "El Pueblo". ¿Qué era para Mar­tín Morúa Delgado un periódico? El mismo va a explicarlo. Hacia el final de su novela "La familia Unzuazu", aparece un personaje llamado Fidelio. No hace sino es­cuchar una conversación extensa que en su presencia mantienen otros dos personajes. En esa con­versación se habla del estado general del país y de las costum­bres, de los principales problemas palpitantes, destacándose el ho­rror de la esclavitud. Y Fidelio no hacía sino "prestar toda su atención a lo que entrambos discurrieron, asimilando cuidado­samente en su cerebro las ideas que más se avenían a su tempe­ramento; y allá le torturaban el cerebro los diferentes conceptos emitidos, cuando algunas pala­bras del señor Gonzaga llevaron a su mente un luminoso rayo de luz incubadora que dió forma se­creta a sus pensamientos. Y sur­gió radiante una noble aspira­ción: la de ser útil a su patria coadyuvando al enaltecimiento de la raza postergada. Un perió­dico, sí, un periódico en el cual manifestaría sus ideas; un perió­dico en el cual pudiera defender a la faz de todos la razón, el dere­cho, la justicia, según su personal criterio, y combatir sin tregua y sin odios la injusticia y la mal­dad dondequiera que se le ofreciesen. En él se concentraban las dos razas opuestas: la negra y la blanca, la oprimida y la opresora. ¿Quién con más legítimos títulos ni más autorizada ejecutoria po­dría constituirse en paladín de la equidad, proclamando la ley de amor y de concordia?".

Ahí queda resumida por su propia mano la fisonomía ideo­lógica de Martín Morúa Delgado Combatir sin tregua y sin odios; enaltecer la raza postergada para ser útil a la patria; aspirar a pa­ladín de la equidad, proclamando la ley de amor y de concordia, son los grandes y permanentes objetivos y afanes de este hom­bre. En ese primer periódico suyo defiende a los negros, pero siem­pre lo hace colocándose más allá de los intereses y necesidades de una raza como tal, y se sitúa en cambio como defensor de una parte de la nacionalidad, para evitarle a ésta el daño que la supone no estar sana del todo. En función de Cuba, considerada como madre común, y como cen­tro y seno de todos sus hijos, ac­tuó siempre Morúa Delgado.

Se hizo sentir su campaña, y a pesar de las bienandanzas del Zanjón, le cerraron el periódico, y emigró a los Estados Unidos. En Cayo Hueso, como tantos cu­banos, se convirtió en un pilar de los trabajos conspirativos, y en 1884 se le ve en estrecha co­municación con Maceo y con Má­ximo Gómez. Allá en el Cayo ha­bía vuelto a sacar el periódico, y su prestigio entre los revolu­cionarios es tal, que Maceo desde Nueva York le escribe a fines de ese año 1884, a Panamá, donde Morúa se encuentra, diciéndole entre otras cosas: "Hablando con los doctores N. y Martí, que está con nosotros, nos dicen que usted es el único que puede diri­gir al nuevo periódico..."

Vuelve a Cuba en 1890 y funda el periódico "La Nueva Era". Es en esta época cuando se hace evidente su incompatibilidad con ciertas ideas de Juan Gualberto Gómez, a quien no acompaña en su organización de sociedades en el "Directorio". Al celebrarse la famosa Asamblea Nacional de dicho Directorio, en julio de 1892, aparece en sus actas un infor­me de los comisionados para tra­tar con "la prensa de color", y re­firiéndose ese informe a Morúa Delgado dice: "Pasando a relatar lo ocurrido con el Director de "La Nueva Era", dice que este perió­dico no ha aceptado representa­ción en la Asamblea, pues el se­ñor Morúa declaró que no quería compartir responsabilidades en un acto cuyas bondades negaba en absoluto. Parecíale que la Asamblea no traería nada bueno, y por lo tanto, se abstenía".

Aquí vemos a Morúa Delgado remando contra la corriente mayoritaria. No tenía él las ilusio­nes que alimentaba y amaba Juan Gualberto Gómez sobre la voluntad asociativa de la raza de color. Confiaba más bien en la necesidad de educar y educar, de defender sin cansancio los derechos, pero no creía en la fuerza que para, el movimiento de reivindicación pudiera sobre­venir de una organización social que en definitiva se asentaba y vivía en la personalidad brillan­te de su animador y nada más. Morúa Delgado seguía su labor solo, creciendo en prestigio, en autoridad, pero de espaldas a la incomprensión de los mismos a quienes defendía.

A la hora en que se decidieron de nuevo los destinos de Cuba en el campo de batalla, Morúa es­tuvo presente. No fue un guerre­ro, pero quiso cumplir con su de­ber. En 1896 emigró a Tampa y sólo en 1898 pudo desembarcar en tierra cubana, formando par­te de una expedición, Primando en él el periodista sobre el sol­dado, aprovechó la estancia en la manigua para fundar otro perió­dico: "La Libertad".

Poco después de terminada la guerra de Independencia, lo ve­mos en una modesta posición municipal, pero en 1900 viene elegido entre los delegados de Las Villas a la Asamblea Consti­tuyente. Allí destaca en forma notable, reafirmando su indepen­da de criterio, incluso en deba­tes tan delicados como el de la invocación de Dios al iniciarse las declaraciones. Sólo el Marqués de Santa Lucia y Morúa se oponen, en obediencia a sus ideas sobre los mandatos concedidos a ellos por el pueblo. El Marqués, tan radical, va más al fondo de los problemas clericales; Morúa no, se mantiene en analizar los derechos que él considera tener co­mo representativo.

Después de la Constituyente aparece junto a José Miguel de­fendiendo a Estrada Palma. Pero al intentar éste su funesta cam­paña reeleccionista, es Morúa de los opositores más enérgicos, y por ende de los más castigados. Cuando José Miguel Gómez llega a la presidencia de la República, Morúa va a la presidencia del Senado. Luego pasa a ocupar la cartera de Agricultura, Comercio y Trabajo. En este cargo, le sor­prende la muerte en abril de 1910.

Por la prensa de la época com­probamos cuánto comprendió el pueblo de Cuba haber perdido con la muerte de este hombre en circunstancias tan difíciles como las que se vivían. Enrique Roig y Ferrara pronuncian elocuentes panegíricos en la sesión dedicada a honrar su memoria al otro día de su deceso. En el "Diario de la Marina" apareció ese propio día 29, con informaciones sobre la muerte del patriota, una "ofrenda", suscrita por el señor Carlos Masó. Tiene esa ofrenda el carácter de lo espontáneo y de lo sincero. "Martín Morúa Delgado —dice—, "Don Martín", como sincera y cariñosamente le llamaba, murió anoche. Sean mis primeras palabras de consuelo y cristiana resignación para su desconsolada viuda y sus desventuradas hijas.

"Lo vi la última vez en la Secretaría de la Presidencia —continúa Masó—, cuando fui a saludarle expresamente por su designación para la Secretaría de Agricultura, y su estado me impresionó desagradablemente, pues me pareció que la muerte imprimía sus huellas en el semblante de aquel hombre fuerte, sereno, frío, reflexivo, Ilustrado, batallador, patriota y honrado.

"Fué Martín Morúa Delgado uno de los caracteres más constantes en las luchas por Cuba, y era, sin lugar a dudas, uno de los hombres públicos que más fuerza efectiva representaba en el gobierno del general José Miguel Gómez, pronunciándose su nombre en todos los lugares de la República con afecto y cariño, pues en todos los pueblos era jefe político de una parte importante de su población, lo mismo blanca que negra.

"Muere Martín Morúa Delgado en momentos difíciles para Cuba; en momentos en que su prestigio y su palabra eran necesarios a la Patria. Por eso la muerte de Martín Morúa Delgado constituye en los actuales momentos un doble duelo para Cuba.

"Cubanos blancos y negros —concluye el señor Carlos Masó— descubríos ante el cadáver de Martín Morúa Delgado, que era liberal, que ocupó altos y prominentes puestos en la República y muere pobre".

¿Cuáles eran esos momentos difíciles para Cuba a que se refiere el justo panegirista de Morúa? Pues eran los momentos de dos grandes agitaciones: la poilítica y la racial. De un lado las ambiciones no siempre nobles ni siempre bienintencionadas, en los medios políticos; y de otro lado, el drama que padecían los "elementos de color", como se decía entonces con cándido eu­femismo.

La raza negra, en la República se sintió profundamente defrau­dada. Aquella Igualdad vivida en forma más o menos completa en los duros años de las guerras, co­menzó a esfumarse en cuanto los cubanos se sintieron dueños de su destino político. Acaso las mediatizaciones iniciales; acaso la presión del prejuicio del norte-americano sureño, que tanto pese en los primeros años de la República; acaso la realidad de que no se había producido una so­beranía económica, y el cubano recibía como nación una nómina del Estado y nada más, quién sabe cuáles y cuántas causas determinaron una visible e irritante discriminación racial a la hora de la recompensa. Para pelear, fue bueno el negro; para premiársele, era malo y parecía im­prudente presentarlo demasiado en público.

La justa irritación de una raza preterida iba en aumento. No comprendían los libertadores cómo era posible que al mismo tiempo que se pronunciaban los más hermosos discursos sobre la igualdad, se practicaban las más odiosas discriminaciones, y pos­tergaciones e injusticias. Creció, como natural herencia de quienes habían derrochado coraje, el impulso  a reclamar por la fuerza lo que no se concedía de grado. Antes, ensayaron la organización política, la movilización cívica, la campaña de prensa. Pero todo fue en vano. Grandes recelos se levantaban ante la más sencilla petición. Surgieron los "Indepen­dientes de Color", capitaneados por hombres con ideas muy precisas sobre los derechos ciudadanos y la práctica real y no es­camoteable de éstos. Una creciente fiebre de justicia se alzaba por todas partes; al propio tiempo, surgía en la acera opuesta una creciente desconfianza. A los ojos de todo observador responsable, se presentaban nubes y peligros terribles. ¿Qué hacer? Si se insistía en la organización, en la reclamación, en definir los campos de participación en los bienes propios de la ciudadanía, corríase el riesgo, apuntado ya de sobrevivir otra "conspiración de la Escalera". El negro sería barrido de la superficie pa­tria, a cuenta de sus supuestas hostilidades y aversiones al blanco. Los periódicos hablaban de la "conspiración para la rebelión" como de un hecho natural e in­discutible ...

En medio de esa atmósfera salió a la palestra Martín Morúa Delgado. Se discutía en la Cáma­ra Alta la modificación de la Ley Electoral vigente. Antonio Gon­zalo Pérez, Martín Morúa Del­gado y Tomás A. Recio habían presentado un proyecto de mo­dificación, el cual fué aprobado el día 10 de febrero de 1910 por la Comisión correspondiente. La ponencia, a cargo del doctor An­tonio Sánchez de Bustamante se presentó ante el pleno del Sena­do en la sesión del día 11. Todo se desenvolvía con esa norma­lidad rutinaria del Parlamento, cuando se llegó al artículo 17, y con él, a una adición presentada como enmienda por el senador Martín Morúa Delgado. Pareció una enmienda más, pero era en realidadun turn-point en la his­toria de las relaciones entre las razas en Cuba.

Decía Morúa Delgado: "El se­nador que suscribe considera contrario a la Constitución y a la práctica del régimen republi­cano la existencia de agrupacio­nes o partidos políticos exclusi­vos por motivos de raza, naci­miento, riqueza o título profesio­nal, y tiene el honor de proponer al Senado la siguiente enmienda adicional al artículo 17 de la Ley Electoral: "No se considerará en ningún caso como partido polí­tico o grupo independiente, nin­guna agrupación constituida por individuos de una sola raza o co­lor, ni por individuos de una cla­se con motivo del nacimiento, la riqueza o el título profesional".

El impacto de esta proposición sobre la opinión pública fué enor­me. Para las masas negras, y para aquellos dirigentes negros que habían fiado el destino de esas masas a la acción enérgica y sin titubeos, aquella proposi­ción de Martín Morúa Delgado representaba un disparo en me­dio del corazón. Se les dejaba sin partido político, que era co­mo lanzarles a la ilegalidad y a la acción clandestina. Llovie­ron sobre Morúa los dicterios más graves, los insultos más morti­ficantes. La opinión conserva­dora —las derechas, digamos—, aplaudieron a aquel hombre sen­sato, que venía a espantar el fantasma de una raza en pie de lucha. Se interpretaba el gesto de Morúa como un puente ten­dido, por mano perteneciente a la raza negra, a los enemigos del progreso y de la justicia social y económica para los negros.

En el propio Senado los debates fueron enconados. El Marqués volvió por sus viejas tradiciones de liberal radicalísimo, y llegó a defender el derecho de los ne­gros a tener un partido propio, afirmando que incluso ese par­tido podía llegar a ser mayoritario en unas elecciones, conquis­tando el poder para los negros, y obligando a los blancos a ser gobernados por éstos... Por fin, triunfó Martín Morúa, y el Se­nado y luego la Cámara aproba­ron su enmienda, o más bien, su adición enmendada al artículo 17, que quedó redactado en la si­guiente forma: "No se conside­rarán como partidos políticos o grupos independientes, a los efectos de la Ley, a las agrupa­ciones constituidas exclusiva­mente por individuos de una sola raza o color, que persigan fines racistas".

Triunfo póstumo, pues al apro­barla tras largo debate la Cá­mara Baja, ya el autor había descansado en la Eternidad. Los sangrientos sucesos de 1912 fue­ron considerados por muchos co­mo consecuencia inevitable de la "Ley Morúa". La observación ob­jetiva de la historia parece de­mostrar todo lo contrario. O sea que si la idea de Martín Morúa Delgado hubiese sido ley antes de la organización de un partido integrado por gente negra, ésta no hubiera sido llevada a un pla­no de enardecimiento y de pa­sión que terminó en la catástrofe de 1912. Aquellos tristes episodios de cacería y aniquilamiento de pobres seres que pedían un de­recho, demostraba que Morúa te­nía razón, y que el camino a se­guir no era el de la violencia, ni el de la agresividad, ni el de la llamada a rebato, sino el de la insistencia, la superación, el razonamiento.

Será más largo el camino, pe­ro es más sólido. Antonio Maceo, Juan Gualberto Gómez, Martin Morúa Delgado entendieron que la doctrina de la Igualdad y de la participación en los derechos reales y concretos, traducidos en oportunidades parejas para vivir y servir a la patria, debían apo­yarse en la constante aparición del mérito y en la defensa cívica y bien razonada de los derechos.

En el centenario del nacimien­to de Martín Morúa Delgado, despéjanse aquellas nubes de in­comprensión y hasta de odio, que injustamente envolvieron su no­ble cabeza, y se le reconoce como un hombre previsor, patriota, fiel a su raza, que para él trascendía el color de la piel e implicaba una manera de ser humano y de servir a la humanidad.

­Tomado de Carteles, La Habana, noviembre 18, año 37, no. 47, 1956. Págs. 30-31.


Imagen  tomada de Diario de la Marina, La Habana, noviembre 9. Fondos BNCJM

 


Imagen tomada de Bohemia, La Habana, noviembre 11, año 48, no. 46, 1956. Págs. 36-37; 109.

 

¿Morúa tenía la razón?

Por: Tomas Fernández Robaina

Busto de Martín Morúa Delgado en Playa Baracoa, Artemisa.

En el reciente curso libre sobre el pensamiento antirracista cubano ofrecido por el Instituto de Estudios e Investigaciones Cubanas Juan Marinello, se abordaron, de manera objetiva, algunas de las ideas de Martín Morúa Delgado, sin duda, una de las figuras relevantes de nuestra afrodescendencia.

No hay duda de que Morúa fue el pionero de los que llamaron la atención sobre la importancia de la mujer en la lucha social que libraban las sociedades negras del siglo XIX. Se destacó su labor periodística, su acercamiento a la clase obrera de entonces; opinaba que los ciudadanos debían integrarse en organizaciones obreras, más que en agrupaciones raciales. Aconsejó que los negros liberales y conservadores debían agruparse en sus respectivos partidos para presionarlos para la implantación de medidas que satisficieran sus demandas reivindicadoras. Su acción más popular fue la presentación en el congreso de su Enmienda, dirigida a la no existencia de partidos formados por personas de una sola raza. No puede pasarse por alto que en ese momento el Partido Independiente de Color era el único que calificaba para serle aplicada dicha enmienda. Pero en dicho texto no se le nombra. 

Analizados fríamente esos criterios, se aprecia lo positivo del reconocimiento del papel que la mujer debía ejercer en la sociedad, de entonces, y ahora en la nuestra. En la misma dirección, está el develar la importancia de la incipiente clase obrera en Cuba como una fuerza luchadora y propiciadora de una sociedad más igualitaria desde el punto de vista social, educacional y cultural. La formación de grupos de presión en cada organización política era una medida muy atinada, realizable, que pudo haber dado frutos muy concretos.

La enmienda que ilegalizaba a las agrupaciones políticas formadas por una sola raza pudo ser algo muy positivo —realmente positivo— si hubiera ido en contra de un partido que demandaba privilegios para los de su raza. ¿Era ese el caso del PIC?

Recuérdense los alegatos de los que consideraron en el congreso, que esa enmienda era inconstitucional. No se tuvo en cuenta el hecho objetivo de que el PIC había surgido como consecuencia del fracaso de la propia tendencia preconizada por Morúa. Tendencia que se expandió eliminado el PIC y que, sin embargo, nada materializó en la denominada en estos tiempos “que república era aquella”, y que nos hace reflexionar 54 años después de 1959, con mucho optimismo por lo que hemos hecho, y aún más con la certeza de todo lo que nos queda todavía por hacer.

Llama la atención que los ponderantes de la enmienda no hayan explicado las causas por las cuales ella no contempló medidas para hacer desaparecer parte o todas las condiciones que habían propiciado la creación del PIC. Tampoco nada hicieron en esa dirección los que apoyaron la enmienda. Y, por lo tanto, al darnos cuenta contemporáneamente de ese hecho, nos debe asaltar una duda, teniendo ya el consenso de que no eran racistas, de que no fueron intervencionistas, y mucho menos anexionistas, como se conoció en su momento, en no pocos artículos publicados en revistas y diarios de aquel momento que además la historiografía más actual ha corroborado. Por lo tanto, ¿qué era lo que realmente buscaba Martín Morúa Delgado con su enmienda? No resultará difícil hallar respuesta teniendo en cuenta lo expresado hasta aquí.

Valoremos de sus ideas las que abrieron posibles senderos para la lucha en pro de la equidad social. También debemos analizar la que pudo haber sido un aporte extraordinario, un aporte significativo, de haber sido objetivamente racista el PIC. Análisis que debe hacerse pensando más en todo lo positivo aportado por el PIC, no solo para la lucha social del negro en Cuba, sino también en otros países. ¿Por qué continuar enfatizando en el falso racismo, y en las calumnias de la posición intervencionista y anexionista del PIC? ¿Por qué tomar determinados documentos escritos en una contextualidad, donde la palabra de orden era lograr la sobrevivencia para continuar la lucha? Objetivamente, ¿qué se persigue con esa persistencia de presentarlos como enemigos de la Patria? En definitiva, no hubo intervención, no se concretó los que muchos de aquella época desearon y escribieron ampliamente sobre la conveniencia de la intervención y la anexión. ¿Quiénes fueron los racistas en 1912? ¿Un grupo de negros, que acatando el decir de muchos, cometieron el error de fundar el partido, y de irse a una protesta más simbólica que armada con el fin de concurrir a las elecciones, y desde la arena política combatir al racismo? o ¿los que desde la prensa y la represión militar sembraron la falsa idea del miedo al negro? 

Está más que demostrado cuáles fueron las objetivas y dignas intenciones del PIC. ¿Por qué insistir todavía en esos supuestos errores de manera malévola, y no ponderar objetivamente la trascendencia del Programa del PIC, independientemente de lo que de forma individual haya podido expresar alguno, como repulsa al sentimiento de discriminación que sufrían? Su programa no fue elaborado para beneficiar y privilegiar a los negros. La demanda del acceso a los destinos oficiales de aquellos aptos para tales desempeños, era una medida muy conveniente y justa en contra de la marginalidad de la cual eran víctimas, principalmente en el cuerpo diplomático. Muy por el contrario, su programa era inclusivo o incluyente de todos los que conformaban ya nuestra nacionalidad, bien diferente de la limitada posición de los innegables fundadores de la nacionalidad, cuando negros, mulatos y homosexuales fueron excluidos de ese derecho, por pensarse e imaginarse, la nación a semejanza de ellos, portadores del poder eurocéntrico, con sus códigos económicos, culturales y éticos. No creo que sería descabellado considerar el programa del PIC como un elemento de consolidación de nuestra identidad nacional, en una muestra de su proceso de madurez, como lo fue a Protesta de Baraguá. Por lo tanto, concluiré mi breve intervención, formulándoles a ustedes la pregunta con la cual título mi ponencia. ¿Morúa tenía razón?