El camino de las bibliotecas

Por Katiuska Blanco

Sí, tal como reconoció el argentino Jorge Luis Borges, he peregrinado en busca de un libro y me he perdido en el tiempo allí donde reconozco al universo: las bibliotecas y las librerías. Envuelve el olor del papel mustio, la silueta de los armarios, las insinuaciones de los lomos -discretos o deslumbrantes-, la infinitud de espejos y frondosas malangas, la prestancia sabia de los referencistas, a quienes tanto debemos, con su andar noble y despacioso de buscar y buscar entre laberintos, ficheros, catálogos; en el océano insondable de las bibliotecas, que guardan todas las verdades rotundas o probables, los discernimientos claros y oscuros, las valentías y los miedos, los viajes y las estancias como exploraciones interminables...

En mi casa donde no vivían doctores ni geógrafos, desde siempre, dos libros me parecían fascinantes: uno era de Medicina, con ilustraciones del cuerpo humano; el otro era el recuento físico de la Isla grande y los múltiples islotes y cayos que conforman nuestro Archipiélago, algunas páginas se desdoblaban y ampliaban para dar paso a detallados mapas y fotografías de las regiones inhóspitas o pobladas del país... su autor era Antonio Núñez Jiménez; mi abuelo hablaba de aquel libro con mucho respeto, había sido destruido en dictadura, y a la altura de los tempranos años 70 del siglo pasado, se distribuía profusamente como acto de vindicación.

Cuando era niña, recuerdo en la Calzada del Diez de Octubre una pequeña librería. Eran tiempos de contradictoria escasez y abundancia de libros, tal como ocurre con la relatividad del espacio y el tiempo. Nada comparable a los años anteriores al Enero del 59. La ansiedad por saber, multiplicada tras la campaña de los faroles, convertía a los libros en algo apetecido y por primera vez alcanzable para las multitudes. Como en tantas otras cosas, se repartieron panes y peces. Mi madre, mis hermanas y yo íbamos con unos bonos que se entregaban a las familias para comprar libros. Las filas eran largas, de varios días... aquellos fueron los primeros libros que atesoré, la primera biblioteca que tuve cerca, en espacio recóndito y cálido, el de la casa.

Poco después entré asombrada y silenciosamente al mágico mundo de una biblioteca escolar, la del centro donde estudiaba la primaria de nombre propiciador de los saberes: Tomás Alva Edison.

Nunca olvido aquel lugar especial en mi escuela. Todo transpiraba una pulcritud espléndida: la luz, las paredes de cristal, los anaqueles,  el escritorio de la bibliotecaria, el amplio salón de lectura y uno más pequeño y acogedor para los alumnos de los primeros grados.

La imagen de la bibliotecaria se borró del todo en mi memoria, pero no su voz de inflexiones narrativas, ni su infalible método de encantamiento. Abría los libros, leía fragmentos particularmente interesantes y cuando más atentos estábamos todos, con los ojos agrandados y el alma en vilo, expectantes, ella cerraba el volumen e invitaba a frecuentar la biblioteca, pedir prestado el libro y conocer cómo terminaba el relato. Así despertó en mí una pasión que vive hoy y resulta cada vez más profunda y abarcadora; pasión por los libros, no solo por sus contenidos, sino además por su belleza como objeto, por su antigüedad enigmática o presencia moderna, renovadora, revolucionaria. Entre las lecturas que más me impactaron entonces recuerdo La Cabaña del Tío Tom y El Maravilloso Viaje de Nills Holgersson.

Mi madre fue otra propiciadora eficaz, puso en mis manos cuantos libros de aventuras y viajes fueron publicados durante los años de mi infancia y adolescencia; lecturas como Robinson Crusoe, La Isla del Tesoro, El Hombre de Alaska, El Castillo de los Cárpatos, La Esfinge de los Hielos, La Isla de Coral, El Corsario Negro, El último grumete de La Baquedano y muchas otras; todas despertaban mi imaginación: el afán de recorrer parajes desconocidos, rutas y pueblos  remotos; repasar atlas, mapas, planos y diarios; conocer cómo funcionaban astrolabios, termómetros, brújulas, catalejos…

Más adelante, tuve en Lisette Ramón una excepcional profesora de Español y Literatura, alguien a quien venero en mis recuerdos. Fue ella quien me obsequió, al graduarme de noveno grado, la edición huracanada de Los Miserables, que leí con más devoción en su argumento romántico que en sus valores literarios, o históricos al narrar lo sucedido en las barricadas de París. De ese modo, no poco ingenuo o infantil, penetré en el mundo de las novelas, las biografías, poemarios y tratados hasta llegar a la Universidad, cuando por el pasillo colmado de esculturas que evocaban las grandes obras de los griegos e italianos de épocas de esplendor imperial, iba hasta la biblioteca de la Facultad de Artes y Letras donde entonces se estudiaba Periodismo, a hacer los trabajos de la especialidad, leer los volúmenes recomendados en Literatura y también a pedir los que veía todas las tardes en manos de los estudiantes de Historia del Arte, aquellos ilustrados magníficamente o que reproducían las grandes obras de la plástica universal.

Otros espacios singulares se abrieron entonces para mí, la Biblioteca Central y la de la Facultad de Historia y Filosofía en la Universidad de La Habana y, más allá de los muros de La Colina, las del Instituto de Literatura y Lingüística, el Banco Nacional de Cuba, el Centro de la Economía Mundial y la que se encuentra en la sede de la UNESCO en esta capital.

Luego, cuando ya trabajaba en la redacción del Diario Granma,    tenía al alcance de mi avidez dos lugares muy frecuentados: el Archivo del periódico y la Biblioteca Nacional, hacia esta última dirigí mis pasos cuando tenía que investigar en hondura. Fue cuando preparaba el libro Todo el tiempo de los Cedros que permanecí incontables horas en este recinto, arcón de la Cultura Cubana. Aquí pude realizar numerosos hallazgos en los Anuarios Azucareros de Cuba, por ejemplo, en libros que marcan una época que yo necesitaba conocer en dimensiones múltiples para poder recrearla. También entonces había conseguido acceder en la Oficina de Asuntos Históricos, a los originales de la Academia Abel Santamaría o de los que Fidel tenía en su celda de reclusión cuando ya estaba aislado en el mal llamado Presidio Modelo en la Isla de Pinos. Cuando los revisaba sentía deseos de conocerlos a fondo y tengo que decir, que tuve la posibilidad maravillosa de leer los recuentos de viaje del misionero en Alaska, Segundo Llorente, hermano del maestro Amando Llorente -el jesuita que tan magistralmente definió a su alumno Fidel- por el mismo libro que una vez Fidel tuvo en sus manos, así como la Biografía de Balzac, por Emil Ludwing, y tantos otros que él cuidaba con amoroso apego. Tengo que decir que en esas expediciones investigativas llegué a Bibliotecas de otras provincias: las distinguidas Gener y del Monte, en Matanzas, y Elvira Cape, en Santiago de Cuba.

Luego, por indicación ya del propio Fidel, regresé aquí a la Biblioteca Nacional muchas veces. A sus instancias, pedí prestados libros como Adiós a las Armas, Por quién doblan las campanas o las biografías de Stefan Sweig que él insistía yo debía leer. Apunto que una de sus preferidas era Magallanes.

Cuando ya casi terminaban un siglo y un milenio las noticias eran terribles: la OTAN bombardeaba Yugoslavia. Fidel necesitaba conocer a fondo un conflicto tan complejo, cruento y distante como el de Los Balcanes. Fidel analizaba el mundo, era el año 1999, y vivíamos, por primera vez tras la Segunda Guerra Mundial, el hecho criminal e inesperado, quizás como nunca antes descarnado, de que la potencia militar más fuerte, con su poderío unipolar, echaba a un lado, de un manotazo, todo el Derecho Internacional, toda norma, toda convención, todo escrúpulo, para desatar otra vez la guerra...

En esos años, yo recibía como contribución de nuestro actual canciller numerosos materiales de una Biblioteca en la que nunca puse un pie, la Biblioteca de Nueva York, pero desde allá me llegó una verdadera colección de valiosos libros sobre aquella temática urgente, de vida o muerte para la humanidad sobre la cual preparaba extensos resúmenes.

Son recuerdos que permanecen vivos y relacionados con este edificio-baúl de tesoros.

Por aquellos días yo indagaba sobre la figura de Ante Pavelic, que presidía el Estado fascista en Croacia, entonces yo había leído una breve cita del libro Kaputt porque su autor, Curzio Malaparte, había entrevistado a aquel hombre siniestro. Quería ampliar, leer todo el libro y vine aquí para buscarlo. Al entrar en la Dirección comenté a alguien que la fotografía de Fidel, colocada en la pared, aquella donde Fidel lee un libro recostado a un saco de carbón, allá por el año 1958, en La Habanita, Sierra Maestra, era la que prefería de todas cuantas se habían captado al líder. Di razones: allí estaba todo él, el guerrillero con la Browning en la cintura y las botas enfangadas, y al unísono,  el hombre de ideas que, incluso en los días de la guerra, leía con profusión siempre que las agotadoras jornadas y los sobresaltos de la contienda se lo permitieran. Después insistí en el objetivo de mi visita: el libro Kaputt.

-Katiuska, me dijo la persona con quien conversaba, ese es el libro que está leyendo Fidel en esa fotografía.                

Para mí Biblioteca y Biblioteca Nacional en especial, son sinónimos de camino, búsqueda, hallazgo y revelación.

Tampoco olvido una tarde mientras el Comandante y yo conversábamos sobre noticias, en el verano de 2006, cuando él se encontraba en peligro de muerte. Le comenté un descubrimiento que había tenido lugar aquí, se había dado a conocer el sábado 19 de agosto de aquel año. Se trataba de una rareza mundial: un libro con 41 grabados de un Egipto ya inexistente. Agrimensores, lingüistas, arqueólogos, arquitectos, matemáticos, dibujantes y químicos franceses, por encargo de Napoleón, estudiaron minuciosamente los valores de la civilización crecida a orillas del Nilo. Fruto de aquellos empeños surgió una obra maestra: La descripción de Egipto, 20 tomos de grabados, mapas, planos y apuntes, cuya tirada en edición de lujo apenas alcanzó los 1000 ejemplares. De ellos, nuestra Biblioteca Nacional conservaba cinco volúmenes y, tras ser restaurados, los exponía. La noticia dio lugar a un intercambio sobre el despojo que, a sangre y fuego, llevaran adelante las conquistas en viejos y nuevos tiempos. El Comandante se olvidó de todo cuanto acontecía a su alrededor, de su personal circunstancia y se sumergió en la reflexión, en la mirada aguda del devenir histórico y de la actualidad, porque él nunca dejaba de pensar, de hacerse preguntas en el intento sostenido de hallar respuestas.

Por todas estas entrañables razones pienso que el camino de la vida pone siempre rumbo hacia una biblioteca. La Biblioteca Nacional José Martí es cuerpo y espíritu de Cuba, y para mí, la biblioteca madre, la biblioteca del alma.