“A flor de la letra, a flor del verso”, junto a Dulce María Loynaz

Por Astrid Barnet

La Habana.- “A Cuba nunca le faltarán altas voces que la canten, sueñen, que la sirvan de algún modo. Me he visto privada de ese placer en estos treinta años de silencio en que, pudiendo haber hecho mucho, no hice nada. Ahora es tarde para pensar en enmendar”.

Con esta confesión final de la insigne escritora Dulce María Loynaz, concluye el documental “A flor de la letra, a flor del verso”, de la realizadora cubana Niurka Pérez, (27 minutos de duración—Coproducción Trimagen-Cined) presentado en el Centro Cultural Dulce María Loynaz, en esta capital.

En sus palabras de bienvenida a la reconocida documentalista, el director de dicho centro, el escritor y ensayista Víctor Fowler, destacó en Niurka su extensa obra artística, “además de haber sido durante años compañeros de estudios en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, donde trabajaba como jefe de publicaciones, y donde compartimos también un sinnúmero de sueños. Acerca de la obra de Niurka expresó que “está marcada inicialmente en las Maestras Makarenkas, aquellas que iniciaron un proyecto pedagógico en todo el país”, y del cual él (Víctor) fue alumno, algo que rememoró –entre centros educacionales con un alto nivel docente gracias a ese método, como citas de profesores aún vigentes en sus ocupaciones y cargos.

A continuación Fowler dijo “de ir pensando ya en que este centro cultural acoja también a ciclos de documentales de interés y a sus autores para compartir sus proyectos de creación”.

Por su parte Niurka informó que, entre los proyectos que tiene está uno relacionado con la vida y la obra de Aitana Alberti y de su padre (Rafael Alberti), pero enfocados a partir de un prisma diferente a otros realizados con anterioridad.

“Soy una enamorada de la literatura”, confesó la realizadora, para agregar que “durante y tras graduarme en la Escuela de Historia del Arte de la Universidad de La Habana, siempre manifesté una gran predilección por la obra femenina. Tiempo después comienzo a trabajar en los Estudios Fílmicos del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y, a la vez, a presentar proyectos en la Asociación Hermanos Saíz (AHS), pero con otra mirada, con otro vuelo. Fue así cómo en 1990 decido esbozar un proyecto fílmico referido a Dulce María.

Rememoró que, desde 1988, acostumbraba a merodear por las afueras de la casa de los Loynaz –el actual Centro Cultural Dulce María Loynaz--, “a tal punto que su hermano Enrique, uno de sus cuatro hermanos –e hijo del tercer matrimonio del General Enrique Loynaz del Castillo--, me ayudó muchísimo para la realización de mi idea, hasta que en 1992 en que recibe el Premio Cervantes, los Estudios Fílmicos…deciden aprobar mi proyecto (…) En 1993 retomo el proyecto por la AHS, hasta lograr filmarlo con muchísimo amor, y es en el 2002 en que se edita, hasta llegar a ser, finalmente, uno de mis documentales más queridos, no obstante los avatares ocurridos durante un buen período de tiempo.”

Como señalase en fecha reciente el escritor y ensayista Virgilio López Lemus:

“La obra poética de la Loynaz es sencilla, comunicativa, refinada; con ella siempre habrá que efectuar una lectura inteligente. Cuando ésta se efectúa nos percatamos de la magnitud poética de esta Autora quien, por su estilo tan sencillo nunca podrá ser calificada (no obstante) como poeta menor. Así, tocó con beneplácito su mundo intimista --completamente recogido en todo sentido diríamos otros--, pero con una visión del gusto poético muy singular y a la vez expectante por el influjo final que nos deja. Siempre hermoso, siempre en el recuerdo, siempre participativo de aquellas pequeñas cosas que a muchos escapan, pero que ella logra atrapar en su escritura limpia y fluida. Escritura de remembranzas, de sueños y hasta de vacíos. Aún faltan muchas aristas por explorar en la obra de Dulce María –si enfatizamos además que aún continuamos explorando a Cervantes--; y a esto se une que debemos tener muy en cuenta que cada generación trae consigo nuevas ideas y que realiza nuevos aportes a la vida y que, por tanto, realiza  lecturas distintas. Por tanto, siempre hallaremos en ella y en su lectura algo novedoso”.

 

El áspero sendero

No penséis que en la vida hay una fuente

donde apagan los pobres soñadores

la sed de perfecciones y de amores

que sólo existen en ilusa mente.

Ni viváis esperando ingenuamente

hallar en vuestra senda frescas flores;

quema el agua con mágicos fulgores

de la quimera el sol resplandeciente.

¡Qué la vida es un áspero sendero

donde el soplo final del hado fiero

el hombre, fatigado peregrino

luchando con inútiles empeños,

va dejando sus dichas y sus sueños

en las hirientes zarzas del camino!

(Periódico La Nación, 4 de enero de 1920, p. 2).

 

 

María de las Mercedes Loynaz Muñoz (Dulce María Loynaz)

Nació el 10 de diciembre de 1902 recién fundada la República Neocolonial. Fue la primera de cuatro hermanos que se destacaron también en el mundo de la literatura. Su madre, María Mercedes Muñoz Sañudo y su padre, el general Enrique Loynaz del Castillo (creador del Himno Invasor), tuvieron a su primogénita en un palacete de La Habana Vieja, en Prado, cercano al mar, y antes de cumplir ella los dos años decidieron mudarse a El Vedado.

Los hermanos que se habían educado dentro de la casa, adquirieron una vasta cultura unida a su abolengo e intrínseca sensibilidad. En 1920 aparecen publicados en el periódico cubano La Nación, sus dos primeros poemas: Invierno de almas y Vesperal. Su primera incursión en la letra impresa fue en el periódico habanero La Razón, donde se publicaron sus poemas entre 1920 y 1938.

Ese mismo año visitó los Estados Unidos, siendo el inicio de una travesía por el mundo que incluyó no solo el resto de Norteamérica, sino casi toda Europa. Sus viajes incluyeron visitas a Turquía, Siria, Libia, Palestina y Egipto. Visitó México en 1937, varios países de América del Sur entre 1946 y 1947 y las Islas Canarias en 1947 y 1951, en donde fue declarada hija adoptiva.

Para 1927 Dulce María Loynaz se había doctorado en Derecho Civil. Aunque no era su vocación ejercer la abogacía, lo hizo hasta 1961, siempre en asuntos familiares. Durante estos años se produjo un incremento en su creación literaria, con obras como Versos (1920-1928). Jardín fue escrita entre 1928 y 1935, sin embargo, no fue publicada hasta 1951 en España. Los elementos estilísticos utilizados por la autora han ubicado a esta novela como precursora de la actual novelística hispanoamericana. Aunque Dulce María Loynaz es más conocida en el ambiente literario por su poesía, ella misma declaró alguna vez: “La poesía es lo accidental, lo accesorio. La prosa es lo medular”.

La década del treinta fue rica en nuevas relaciones. Su casa se convierte en centro de la vida cultural. Acoge en las llamadas “juevinas” a gran parte de la intelectualidad del momento, tanto la que residía de forma permanente como la de tránsito por la Isla, entre ellos Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, Alejo Carpentier, Emilio Ballagas, Rafael Marquina, Carmen Conde, entre otros intelectuales y artistas.

En 1937 contrajo matrimonio con su primo Enrique Loynaz. Ese mismo año publica Canto a la mujer estéril, poema que resume el sentimiento de frustración de una mujer impedida de procrear. En 1947 se casa por segunda vez con el hombre que había amado en secreto desde su juventud, y quien fuera su mayor impulso literario. Ese año publica Juegos de agua, otro poemario, y a partir de 1950 publica crónicas semanales en El País y Excélsior, colaborando también en Social, Grafos, Diario de la Marina, El Mundo, Revista Cubana, Revista Bimestre Cubana y Orígenes. Le siguieron otras obras, entre las cuales destacan, en 1953, Cartas de amor al rey Tut-Ank-Amen, Poemas sin nombre de 1958, Últimos días de una casa y su libro de viajes Un verano en Tenerife que constituye un relato de su estancia en las Islas Canarias, y fue calificada por la autora como “lo mejor que he escrito”.

La década de los cincuenta es el período en que se publican o reeditan en España todos sus libros. Es también la de mayor participación en conferencias y recitales, además recibe homenajes y galardones de instituciones hispanas. Por esta época su obra llama la atención de los más conocidos críticos españoles e ilustres personalidades cubanas. A fines de los cincuenta va dejando de escribir poesía y a inicios de la década siguiente rompe sus compromisos editoriales. Sufre la ausencia del que fuera el máximo alentador de su obra, en Cuba y el extranjero, su esposo Pablo Álvarez de Cañas. Asume un enclaustramiento voluntario. En 1959 fue elegida miembro de la Real Academia Española y presidió en Cuba hasta el momento de su muerte la filial local de esa Institución.

En 1985 se publica en La Habana Poesías Escogidas y por primera vez ve la luz su libro de poemas Bestiarium, que demuestra gran imaginación y excelente sentido del humor.

En 1992 viaja por última vez a España, en esta ocasión, a recibir de manos del Rey Juan Carlos el Premio Cervantes. Lúcida y ágil de mente pero frágil y débil de vista, la primera mujer latinoamericana en recibir tan honorable premio, no pudo leer su discurso, y lo hizo en su nombre el novelista cubano Lisandro Otero; en el mismo expresó: “Unir el nombre de Cervantes al mío, de la manera que sea, es algo tan grande para mí que no sabría qué hacer para merecerlo, ni qué decir para expresarlo”.

Fe de vida, su última obra, entregada al amigo Aldo Martínez Malo, con la condición de que solo se conociera cuando hubiese cumplido 90 años o después de su muerte, vio la luz en 1993, publicada por Ediciones Hnos. Loynaz. Fallece en La Habana el 27 de abril de 1997, a los 94 años de edad