Meditar el tiempo*

Por Katiuska Blanco

Imagen tomada de http://www.radioenciclopedia.cu/exclusivas/fidel-castro-buen-libro-puede-quitarme-sueno-20160809/

Atento al desvanecimiento de la luz al oscurecer, el hombre se fabricaba invariablemente sus propias, temblorosas y pálidas  iluminaciones de aceite para despedir a las sombras y la soledad, sumergido en las páginas de algún autor famoso, sobre la historia de un pueblo,  las doctrinas de algún pensador, las teorías de un economista o las prédicas de los apóstoles o de un reformador social. Deseaba conocer todas las obras. Repasaba las listas bibliográficas con la misma ansiedad con que acariciaba la esperanza de leer los libros consignados  y ambicionaba cabalgar el tiempo que le faltaba, que no alcanzaba para más, incluso allí, donde  podría imaginarse que fuera apaciblemente interminable.  Para él, enamorado de Cuba y del sueño de la Revolución, encender la parpadeante lucecita significaba ganarle la partida, detenerlo, ensancharlo o prolongarlo definitivamente. Sin embargo, las lecturas de la Feria de vanidades de William Thackeray; Nido de hidalgos de Iván Turgeniev, Vida de Luís Carlos Prestes, el Caballero de la Esperanza por Jorge Amado, El secreto de la fortaleza soviética por el Deán de Canterbury, Fugitivos del amor, por Eric Knight, y de Así se templó el acero, de Nikolai Ostrovski, le recordaban la premura fugaz de las horas. Pasaban al instante como un soplo de sal marinera o un rumor de hojas anunciador de aguaceros en el monte. Atraparlas, guardarlas en una cajita de cedro como las que el Viejo coleccionaba y dejarlas transcurrir o volar, era algo más allá de lo concebible o probable. Uno de esos días en que espantaba la oscuridad de su celda, escribió:

"Me había acabado de leer la Estética trascendental del espacio y del tiempo. Por supuesto, que espacio y tiempo desaparecieron un buen rato de mi mente. Kant me hizo recordar a Einstein, su teoría de la relatividad del espacio y tiempo, y su fórmula famosa de la energía: E=MC2 (masa por el cuadrado de la velocidad de la luz); la relación que pudiera haber entre los conceptos de uno y otro quizás en oposición; la convicción de aquel de haber encontrado criterios definitivos que salvaban a la filosofía del derrumbe, vapuleada por las ciencias experimentales y los imponentes resultados de los descubrimientos de este. ¿Le habría ocurrido a Kant lo mismo que a Descartes cuya filosofía no pudo resistir la prueba de los hechos, porque contradecía las leyes probadas de Copérnico y Galileo? Pero Kant no trata de explicar la naturaleza de las cosas, sino los conocimientos mediante los cuales llegábamos a ella; si es posible conocer o no conocer y según ello, cuándo son aquellos acertados o erróneos; una filosofía del conocimiento, no de los objetos del conocimiento. Según esto, no debe haber contradicción entre él y Einstein. Sin embargo, ahí están sus conceptos de espacio y tiempo, puntos básicos para elaborar su sistema filosófico. ¿Cabría la contradicción? Claro que no será difícil cerciorarse, pero mientras me hacía esa pregunta, igual que otras muchas que continuamente nos asedian, pensaba en lo limitado de nuestros conocimientos y en la vastedad inmensa del campo que el hombre ha labrado con su inteligencia y su esfuerzo a través de los siglos. Y aún la misma relatividad de esos convencimientos entristece... Y en medio de todo esto, no dejaba de pensar si valdría la pena invertir mi tiempo estudiando muchas de esas cosas y su posible utilidad con vista a resolver los males presentes..."(1)

   Ni siquiera mucho después, lejos de aquellas paredes del Presidio Modelo, que en las crónicas de los años 30, Pablo (2) llamaba La Isla de los 500 asesinatos; ni a muchas olas de mar, ni leguas de camino, bajo la sombra de los caguairanes de la Sierra, en La Habanita o en La Mesa, o a un lado del  viejo marañón herido de bala en la Comandancia de La Plata, el hombre podría olvidarse del tiempo y de su pertinaz fugacidad, que apenas le dejaba espacio para recordar que había vivido antes otras guerras, mientras leía en Birán, los periódicos de La Habana con las noticias de la contienda civil española; repasaba las batallas napoleónicas, las de César, Aníbal y Alejandro en álbumes de postales; o se apasionaba con las crónicas de Miró Argenter y las narraciones del 68 y el 95 cubanos.  A la guerra le ganaba los instantes en calma. Entonces le era posible leer a Stefan Zweig o adentrarse en la Europa feroz de la Segunda Guerra Mundial,  que describía el periodista italiano Curzio Malaparte en su título Kaputt, palabra del hebreo Koppâroth: sacrificio; o del francés Capot: lucha, combate, o hundido, deshecho, roto... (3)   Meditaba el tiempo en breves segundos, le descubría los olores de temporal, lo denso en la impaciencia, la humedad en los helechos, lo frágil en la muerte, la premura en las piedras y el cuerpo en la luz.   Sin embargo, transcurrieron numerosos abriles, para que se sorprendiera  definitivamente ante la dimensión inabarcable y profunda de los amaneceres. Contaba 70 años y seguía siendo el mismo eterno caminante, soñador de humanidades y de revoluciones verdaderas, incapaz de desanimarse por nada, ni por nadie en los más difíciles momentos, cuando descubrió en La historia del tiempo, de Stephen W. Hawking (4), que el origen del universo y la creación del espacio tiempo, confirmaban sus reflexiones sobre el sentido de la vida y el absurdo de la vanidad en los hombres.   La lectura de esas cuartillas prodigiosas que explican la finitud de nuestro Sol -una estrella amarilla ordinaria, que algún día se apagará inexorablemente-, y viajan  del big bang a los agujeros negros, le recordó la frase martiana: "Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maiz". Alguien asegura que el Maestro continuó meditando y terminó por expresar que "Toda la gloria del mundo cabe en el ojo de una hormiga".   Probablemente,  le fascinó la certeza del pasado en la luz de las estrellas, "si se mira el cielo en una clara noche sin luna... La estrella más cercana, llamada Proxima Centauri, se encuentra a unos treinta y siete billones de kilómetros de nosotros y su luz tarda unos cuatro años en llegar a la Tierra" (5), algo que coloca a los hombres en el pasado, el presente y el futuro de otros mundos.   Definitivamente acostumbrado al asombro, meditaba la nueva dimensión de la infinitud, que las páginas de Sthephen W. Hawking le develaban no sólo en lo inmensamente grande, sino también en lo interminablemente diminuto, los detalles o la nada del universo. Al leer, su mirada reconocía la trascendencia de un destello en el tiempo cósmico que había conseguido conocer en sus fulguraciones, cabalgar, detener, ensanchar, prolongar y habitar para siempre.   

Notas:   1.- Apuntes tomados de documentos pertenecientes al fondo de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.   2.- El periodista cubano Pablo de la Torriente Brau.   3.- Según Meyer, Conversation lexicon, 1860, citado en Kaputt, Editorial Americana, 1955, p 9.   4.- Stephen W. Hawking,  uno de los físicos teóricos actualmente más prestigiosos del mundo, por poseer uno de los talentos más creadores de estos tiempos y ser un competente divulgador de las ideas más abstrusas de la física contemporánea.   5.- En La Historia del Tiempo, del big bang a los agujeros negros, de Stephen W.  Hawking, Alianza Editorial, Madrid, 1992.  

 

*publicado en Juventud Rebelde, 13 de agosto de 1999