Imaginarios: Jorge Mañach

<< Ofreciendo una conferencia sobre Bergson
(Biblioteca Nacional, noviembre 30 de 1959).

A 120 años de su nacimiento (14 de febrero de 1898), Librínsula vuelve a publicar el dosier de su edición No. 289, como homenaje, motivación y promoción del estudio de este gran intelectual nuestro a quien debe la cultura cubana textos imprescindibles.

 

 

 

Algo sobre Jorge Mañach*
Por Gabriela Mistral

Jorge Mañach pertenece a la mejor orden de caballería literaria y yo suelo llamarlo uno de los tres Caballeros del Greco nacidos en la región Caribe del finado Imperio Español. Y lo hago pensándole el bulto físico y el espiritual –que el alma también tendrá el suyo…

Hay en él la continencia de la expresión que imaginamos en el caballero número uno del griego-italo-ibero; nada del drama echado afuera; un gran reposo tendido sobre el pecho y una sensibilidad de la mano que no llega a lo nervioso. Y sólo al centro de los ojos –en donde nadie se puede callar– está el fervor de todo tataranieto de España.

Gran gusto nos damos todos los amigos de Jorge Mañach al gozar las dos pulcritudes que le recorren su figura y su frase. “El instrumento expresivo de Mañach –dice la ensayista Concha Meléndez–, es viril, elegante y con cierta castellana austeridad”. Hay que advertir que en este caso lo castellano está mediatizado por un abolengo catalán. Y este soslayo de la sangre se marca bastante en la conducta y la escritura, ambas exentas de fiebre. Hay otro sesgo más en la personalidad de Mañach: hizo estudios universitarios en Harvard; por aquí se habrá colado en él una pequeña lonja fría que lo asiste en los malos trances tropicales y en la tentación de caldear los textos…

Mañach, como todo cubano, tenía que ser un escudero de Martí. Una gran honra y a la vez un duro menester manan de esta circunstancia, porque ya van escritas unas diez o más biografías del “Libertador” antillano. Es prueba fuerte, pues, coger un asunto o un lugar amado y dicho por muchos otros. Pero uno de los triunfos de Mañach es precisamente el haber ganado la partida: esta biografía de Martí la han celebrado los mejores y además el pueblo, por ello alcanza ya la cuarta edición española.

Y es que el scholar salido de Harvard posee ciertas gracias naturales nada comunes en los biógrafos tórridos: Mañach posee el verbo, no la verba, y por esto, él pertenece a la angosta familia de los que son virilmente sobrios. De otra parte, su prosa mantiene la constante objetividad que pide el género histórico, sin que le falte la ración de subjetividad que el biógrafo fino dará siempre. Y un celo de no omitir nada importante lo trabaja a lo largo de vida tan cargada de trabajo y de ajetreos y tan compleja en lo íntimo y en lo exterior.

Martí es el caso de un embrujador de almas. Él gusta al niño en su libro infantil; él enciende al mozo y él conforta al viejo, y por esta condición es que dura sin perder un ápice la anchura de su reino.

Nosotros nos damos por felices de que el lector de Estados Unidos, harto desabrido hacia la producción centroamericana, y frígido para los vecinos con los cuales comparte el Caribe, nos conozca hoy por este contador de héroes, ensayista sutil por añadidura, y periodista de subida categoría. Los Estados Unidos debían a Martí la justicia de divulgar su gesta, pues el Apóstol, que llevaba en sí un reconciliador de razas, escribió el mejor libro de crónicas de la vida americana que se haya hecho en el Sur, tanto en el rango literario como en la intención de ligar lo muy desunido y opuesto. ¡Y qué crónicas fueron aquellas, en las cuales goza y alaba desde las exposiciones de ganado hasta el Whitman patriarcal, usando la más bella lengua descriptiva que conozcamos hasta hoy!

Nuestra literatura ha contado con escritores militantes, primero en la lucha por la independencia, después en el combate contra la dictadura, hoy en la brega ácida por la justicia social; pero los modos de esta militancia fueron casi siempre comodones: se daba la pluma guardándose la vida. Por esto es que el caso de José Martí se lleva de arrastre una admiración ribeteada de amor caluroso. El varón que en su tiempo era el primer prosista de la América Latina, saltó a las filas como soldado raso, ignorando su propia categoría, y si la supo, quemándola como si fuese una pólvora buena también para hacer un cartucho más para el campo de batalla. En este libro nada ponderoso, pero cargado de la electricidad que llamamos “acción”, está la gesta del antillano que se partió como la granada en dos gajos desiguales: la literatura y la hazaña civil. En ambos, José Martí aparece en esa pura rojez de fuerza y de sangre, en fruto cabal, y por tanto, ensangrentado.

En el Valle de Yosemite, que acabo de ver, hay un pequeño espacio de agua que se finge lisa, pero contiene un cierto calofrío, llamado por unos “El Espejo” y por otros “El Reflejo Perfecto”. Bien nombraron ellos al corto trecho de agua que ni deforma ni exagera la imagen de su amo (que es el peñasco Half Dome) a quien el agua filial recibe y da incansablemente.

Así es nuestro Jorge Mañach. Su ojo, venido del Mediterráneo, que es mar antipatético, entrega tal como el lago californiano a su piedra madre. No es lo suyo ni como resobado ni invención antojadiza. Él, como el agua, son pieles sensibles, en vez de lámina impávida, y sienten su tema, están enamorados de su criatura, pero no la enfatizan: le responden con una calma fervorosa, parecida a la mano del caballero de Castilla. El historiador contemporáneo tiene esa ventaja sobre los yertos abuelos de su profesión: recibe a sus personajes en su carne, que no en la mera celulosa del libro, porque lo vivo, o es tratado vívidamente, o se le deja en paz…

Del pecho de este contador, el asunto pasa, sin interferencia, a la escritura, y el resultado de esta técnica es una frase de nervadura delicada, transparente y sensitiva como la de los radiados. “Mañach capta la vibración más oculta, el sabor ignorado, la razón insospechada”, comenta Diez Canedo hablando de nuestro historiador. Y los artículos del Mañach periodista educan al lector en su manera, rara en nosotros, de ser “humano” sin hinchazón y sin sacarina romántica.

En las nobles personas que llamamos Alfonso Reyes, Sanín Cano, Vaz Ferreira, Henríquez Ureña y Jorge Mañach –y en otras menos conocidas–, van subiendo, para bien nuestro, los jalones de un nuevo clasicismo latinoamericano. El de Montalvo, el de Bello y el de Palma fueron otra cosa, y entre los dos existe un corte tan rotundo como el de los bloques de granito que cortó el canteador para la escalera de piedra. A cada época lo suyo: mudó la materia que llamamos “tiempo” y los obreros traen brazos y laboreo tan diverso que parecen venir de otro planeta.

California, 1950.

*Prefacio que Gabriela Mistral escribió para la traducción al inglés de Martí, el Apóstol, por Coley Taylor (edición de The Devin-Adair Co., New York, 1950).

Tomado de: El Apóstol, prólogo de Gabriela Mistral, Tirada especial de Ediciones Mirador para Las Américas. Publishing Co. New York,1963.

 

Veinticuatro horas de la vida de Jorge Mañach
Por Alberto Arredondo
(Fragmento)

 En su biblioteca (1946).>>

Universidad y política

Un poco después de las nueve de la mañana estamos en la Universidad. Mañach es, por oposición, catedrático de Historia de la Filosofía. Actualmente, también sustituye a Luis Baralt en la cátedra de Estética. No hace más que llegar y una pléyade de jóvenes lo rodean. Se ve que es admirado... Y algo más... que se le tiene cariño. Minutos más tarde, oyendo su conferencia sobre Filosofía comprendería la razón de ese arraigo que tiene en el estudiantado. Su clase es una charla fluida, jovial, sencilla, pero profunda, didáctica pero sin afectaciones. Gusta de hacerse comprender con anécdotas, imágenes y metáforas. Los jóvenes ríen y aprenden... Si se pudiera aplaudir, Mañach sería uno de los profesores más aplaudidos de la Universidad de La Habana.

De la Universidad tomamos el auto rumbo al Consejo Corporativo de Sanidad y Beneficencia.

—Voy –me dice– a gestionar una cama en el sanatorio La Esperanza para un correligionario del ABC.

— ¿Cómo es que se hizo político? –le pregunto mientras la máquina atraviesa la Calzada de Columbia.

—Tenía que ser… Le diré con toda la franqueza posible, pero acuérdese que ningún político militante puede jamás ser enteramente franco... sin dejar de ser político. Esa doblez profesional, es parte de la tragedia del oficio, de lo que a tantos espíritus repugna en él...

— ¿Su primera inquietud política?

—Creo que siendo niño, en Sagua cuando vi el primer soldado de la ocupación. O en Getafe, cuando un estudiante me dio a leer un folletín popular en que se hablaba mal de Maceo. Pero tal vez aquello no era inquietud política, sino patriotismo embrionario. La inquietud política la sentí en forma voluntariosa, cuando el famoso gesto de “Los Trece”, en la Academia de Ciencias; La tarde en que un grupo de escritores jóvenes, encabezado por Rubén Martínez Villena, le afeamos en público a un secretario de Obras Públicas, Regüeiferos, lo de la compra del Convento de Santa Clara. Nos precesaron… Ya entonces empezábamos a hablar de Revolución… Y a quererla.

Hemos llegado a la Corporación. Bartolomé Selva no está, pero voluntades  propicias a la gestión cordial, facilitan el servicio político. Mañach da un nombre y una dirección. Cuarenta y ocho horas más tarde, acaso una enferma vaya a alimentarse de sanas ilusiones en el Sanatorio de “La Esperanza”.

Ahora, el auto va hacia el Habana Yacht Club, adonde Mañach suele ir, cuando puede, a hacer media hora de ejercicio. La charla se reanuda.

— ¿En qué partidos ha militado usted?

—El único Partido en que he militado es el ABC; desde su fundación.

— ¿Cuándo se colocó frente a Machado?

—Si enjuiciar severamente un régimen es colocarse frente al gobernante que lo representa, yo estaba ya contra Machado desde 1928, como lo muestran muchos artículos míos de aquella época. Empecé a actuar contra su gobierno cuando se fundó el ABC. No puse bombas, ni le tiré a nadie; pero buscaba dinero y prosélitos, contribuía a hacer el periódico Denuncia y a adoctrinar el movimiento.

— ¿Cómo surgió el ABC?

—No sé exactamente. Entré en él a los dos meses, o cosa así, de constituido. Un día me vino a ver Martínez Sáenz a mi casa. La mañana anterior me había oído hablar con vehemente inconformidad en el bufete de otro abogado, donde nos habíamos reunido “para hacer algo”… Al día siguiente, en mi casa, Joaquín, que tiene una fuerza de persuasión enorme, me convenció de que la organización celular creada era el único modo de combatir eficazmente la opresión reinante, Y como su explicación del proceso histórico cubano también me pareció clara, entré en el ABC en seguida.

Le he dado a la Organización primero, al Partido luego, mucha energía y mucho fervor. El lema “la Esperanza de Cuba” (sugerido por el del Apra del Perú), el consiguiente color verde, la estrella, parte del contenido del Manifiesto-Programa y su redacción general, son contribuciones mías. Y todo lo demás.

Deporte y trabajo

Son cerca de los once cuando llegamos al Havana Yacht Club. Hay sol de agosto –con brisa de febrero– sobre las amplias terrazas de la distinguida sociedad habanera. Mañach y “Júnior" pronto están en trusa, uno lanzándose desde el trampolín, otro remando sobre un débil barquichuelo. Más allá, destácase la cabeza de Chacón y Calvo, que diariamente se sumerge dos horas en el agua.

Mañach solo puede estar media hora. Cuando termina el ejercicio marítimo, charlo nuevamente con él. Lo he visto ágil, saludable, delgado pero musculoso.

— ¿Cuáles son sus hábitos? –le interrogo.

—Metódicos –me expresa– para poder sacarle a la vida todo el partido posible. Leo mucho... camino bastante, hasta cuando era Secretario de Instrucción y mi vida andaba en peligro; hasta cuando fui Ministro de Estado y se suponía que lo correcto era ir en máquina. Para mí, el muro del Malecón, por las noches, ámbito de mis caminatas, es una gran institución nacional... pero no me lo divulgue mucho por el momento querido Arredondo, porque no me van a dejar caminar a solas. Una vez me abordó allí, con gesto petitorio, un transeúnte humilde… “Ahora que usted no está trabajando, doctor...” Yo le interrumpí rápidamente. “¿Quién le ha dicho a usted que no estoy trabajando. Estoy pensando mi artículo de mañana, y de eso vivo”.
Río la anécdota elocuente y graciosa, y Mañach prosigue:

—Me gusta ir a nadar, cuando puedo, como ahora. Y si los vicios son también hábitos, apunte que fumo endiabladamente y tomo café a todas horas. El otro gran vicio que tengo es la lectura: lo que Valéry Larbaud llamaba “le vice impune”, el vicio impune.

— ¿Nada más?

—Me gusta todo lo que es grato a un hombre moderno: el teatro y el cine, los deportes, sobre todo el football y el boxeo, donde muchos amigos se han escandalizado de encontrarme a menudo, como si fuera un pecado para un “intelectual”. De joven, hasta jugué en un team de football en la Universidad de Harvard. Era bastante malo. En un juego con estudiantes brasileños, en que estos nos infligieron una derrota descomunal, por mi manera de caminar, me pusieron “pisaovos”. A pesar de eso, confesaré que también me gustaba “en mi tiempo”, el baile... La vida está hecha de todo esto.

— ¡Formidable! –le digo–. Esto derriba esa artificial fama que le han dado de hombre excesivamente serio….

—Esa fama de hombre seco y rígidamente austero que me dan no pasa de ser una fantasía... “Nada humano me es ajeno”, afortunadamente.

Entiendo que la vida ha de ser plena, pero eso sí, a condición de vivirla con armonía.

—Y esa vida –le interrogo–, ¿dónde la hubiera deseado desenvolver...? Es decir... Si no hubiera nacido en Cuba, ¿dónde le habría gustado nacer para recomenzar su existencia?

—Hace años, creo que hubiera dicho: en España o en Francia. Hoy diría: en México o en la Argentina…

Y en tanto viajamos en dirección a La Habana, viene a mi mente el recuerdo, de Antenor Orrego, un gran filósofo peruano, que hablaba de la argentinización o mexicanización del continente. Frente a la corriente panamericanista que penetraba el alma de nuestros pueblos, la inquietud de América se volcaba hacía los dos polos donde se gestaban fuertes realidades económicas y vigorosas e innovadoras corrientes culturales: México y la Argentina. Mañach, casi inconscientemente, reafirmaba a Orrego. O Buenos Aires, donde Europa permeabilizaba el aliento pugnaz y civilizador, o México, donde el violento choque panamericanista, hacía surgir un mundo nuevo, impregnado de misticismo indígena y la versatilidad criolla.

Iba a hacer una nueva pregunta –sobre tema tan fascinante como actual– cuando el auto se detiene. Estamos nuevamente ante Campanario 254. Mañach, rápido, nervioso, sube los escalones, saluda a la esposa y penetra en su santuario. En seguida oiríamos el tic-tac telegráfico de la máquina de escribir.

—Ahora –me dice Margot– está haciendo su trabajo de mañana para el Diario de la Marina y también su artículo para Bohemia.

— ¿Trabaja siempre a esta hora?

—Siempre... Todo en su vida lleva un método y un horario. Si no fuera así, no podría llegar a tiempo a ninguna parte ni cumplir todos sus compromisos.

Y en tanto la esposa se aleja para dar órdenes a la servidumbre, vuelvo a pasearme entre los cuadros y los anaqueles. Ahora analizo los retratos de la familia. Confieso que me pica la curiosidad por conocer detalles, sobre los padres de Mañach. Al encontrarnos nuevamente, trataría de llevarlo por el terreno de las confidencias...

— ¿Nació usted en Cuba, doctor?

—Sí... Nací el catorce de febrero de 1898 en Sagua la Grande –yo la he denominado alguna vez “Sagua la Máxima” y la designación hizo fortuna. Es población linda y clara, de río y puerto, de ostiones buenos y de mujeres bellas, cuna de Albarrán y de Solís.

—Y su padre… ¿también era cubano?

—-¡No... Mi padre fue gallego, de linaje catalán. Era abogado, medio ingeniero,   pues había estudiado también parte de esa carrera, y había sido periodista. A los dieciocho años, había dirigido el periódico El Telegrama en La Coruña. De ahí me debe a mí venir mi inclinación a la letra periódica. Llegó mi padre a Cuba, para asuntos profesionales, allá por los ochenta. Conoció a mi madre y... se quedó. Hizo aquí mucha política integrista. Estévez y Romero cita frases de un discurso suyo en su libro Desde el Zanjón a Baire. Fue juez en Sagua y abogado litigante en La Habana, donde le apreciaron mucho Cueto, Sedaño, Carrera Jústiz y otros viejos de nuestro foro.

— ¿Cómo lo recuerda usted…?

—Aunque mal me esté en decirlo, era mi padre hombre de gran cultura, muy caballero español de extraordinario encanto personal, y un gran orador, como afirman todavía cuantos alguna vez le escucharon. Aunque españolísimo de sentimientos, como era su deber, siempre nos educó a sus hijos en el amor a Cuba. En su segunda etapa cubana, participó en las luchas internas del Centro Gallego, entonces muy agitadas; y el Palacio de esa sociedad se estrenó con su cadáver. Había muerto del corazón (y no, como a veces dicen, de muerte violenta), después de un discurso fogoso. Carbó escribió un artículo, bello y amargo sobre la muerte de aquel luchador...

Mañach ha dicho todo esto con la emoción de quien todavía siente el dolor de la ausencia paterna. Bajando mucho la voz, ha agregado:

—Cuando publiqué mi primer libro, lo dediqué “A la memoria de Eugenio Mañach, mi padre, mí amigo”. Fue las dos cosas para mí.

Salgo del tema con una nueva pregunta familiar, que Mañach responde con un fulgor de recuerdo cálido en los ojos, que no me miran, porque están mirando hacia un horizonte lejano donde acaso se dibuje un rostro y brille una sonrisa de mujer...

—Sí... Mi madre era cubana y sagüera. Se llamaba Consuelo Robato, hija del fundador de la gran destilería que hoy es de los Beguiristain. De linaje criollo, catalán e italiano, en su origen tenía también, si he de creer una pequeña leyenda familiar, algo de sangre indígena cubana. Hablan de no sé que tatarabuela cetrina y bella, con una mata de pelo “que le llegaba al suelo”. También, respecto de mi madre, me permitirá, Arredondo, un elogio filial: fue una mujer muy bella de cuerpo y de alma, de un temple moral magnífico.

El Pen Club

En la Universidad del Aire (circuito CMQ) fundada por él en 1932.>>

El Pen Club (Asociación de la Pluma) tiene una larga historia y una añeja reputación. Surgió, en Inglaterra y pronto alcanzó nombradía internacional. En América los mas famosos son el "Pen Club" de Buenos Aires y el de México. El año pasado se fundó en La Habana, y una pléyade de intelectuales ilustres, se reúnen en él los primeros jueves de cada mes, bajo la presidencia del doctor Jorge Mañach.

La reunión- mensual es entre leonesca y rotaría, aunque de primera intención yo la llamaría "espejuelesca" por los lentes que usa la aplastante mayoría de sus miembros.   

Entre bocado y bocado — cocina exquisita del restaurant "París", frente a la española Plaza de la Catedral habanera—se habla de arte nuevo y arte clásico, se recuerda a Kayserling, a Kelsen, a Ortega Gasset, se presenta a dos intelectuales europeos de paso por La Habana y se dedica el almuerzo a Chacón y Calvo. Dos horas antes lo vi en trusa, húmedo y sonriente. Ahora lo veo enfundado en vistosa "sedanite", sólido y severo. En nombre del "Pen Club" ofrece el almuerzo el profesor Raimundo Lazo, hablando sobre el papel de la cultura, que nunca podría ser neutral. Chacón contesta, muy breve y muy macizo, reiterando su vieja doctrina acerca de la "neutralidad de la cultura". Mañach—que se volcó hacia la política para no ser neutral— sonríe y lee un trabajo sugestivo sobre Kayserling, que acaba de morir. Luego la charla es colectiva. Intervienen Wangüemert y Bustamante, Lazo y Suárez Solis, Sara Hernández Cata y Valdés Rodríguez. El escritor inglés, de paso por La Habana, lee una cuartilla en su idioma.

Estando entre intelectuales, creo que ha llegado el instante de averiguar cuándo Mañach descubrió su veta literaria. En un aparte— ya todos en pie—le hago la pregunta. ¿Cómo surgió su primer trabajo literario?

—Creo—me expone— que me despuntó la vena con algunas coplas que a los once o doce años le dediqué, siendo alumno escolapio de Getafe, a la Virgen María y., a la hija de un quincallero a quien solíamos mirar mucho de reojo los "mayorcitos" cuando salíamos de paseo. Yo era un poco "místico" entonces, y ya un poco terreno. Quería estar bien con la Virgen de arriba y con... la de abajo. Nunca más he vuelto a escribir versos, salvo en broma. O por diligencia galante, cuando era muchacho en París: versos en francés... ¡Ya se imaginará usted cómo eran de detestables!...

— ¿Ya había usted publicado por esa época?

—Oh, sí, en los Estados Unidos, a los 18 años, fui uno de los editores de la revista de mi "high-school": la Cambridge Beview. Allí publiqué, por primera vez, un cuento en inglés. Al mismo tiempo, hacía mi primer aprendizaje (el primero, porque todavía estoy aprendiendo) para que no se me olvidara el idioma, y llenaba cuadernos y más cuadernos con notas como de diario, comentarios sobre personas y lecturas, borradores de cartas que yo suponía trascendentales, etc., etc. Así se me fue haciendo un poco la mano para la prosa. Por eso, cuando ya de regreso en Cuba empecé a escribir para el "Diario", Pepín Rivero, se mostraba sorprendido de que un novicio lo hiciera ya con cierta soltura…  Era que yo tenía mi prehistoria... pero engavetada.

— ¿Su primer libro o folleto?

—Fue mi conferencia "La crisis de la alta cultura en Cuba", pronunciada en la Sociedad Económica de Amigos del País y publicada, por cuenta de esa institución benemérita, con prefacio de Fernando Ortiz, en 1925. Más que nada, por lo valiente de su tesis, la conferencia causó bastante revuelo. Ese mismo año, se publicó mi primer volumen con dimensiones de libro: "Glosario", recopilación de algunas glosas publicadas en el "Diario de la Marina”.

Hay visitantes en el "Pen Club". Nos interrumpen... Saludos... Despedidas... Peticiones... Yo, siempre a la carga, aprovecho una brecha:             

— ¿Qué género es el que más le gusta?

—Todos...Empecé,  hace años, dos novelas, y aún llegué a publicar capítulos de ellas. He hecho una biografía: la de Martí. Pero, en general, el ensayo es lo que más me atrae, acaso porque enlaza la sensibilidad con la inteligencia, la información con la invención.

— ¿Qué premios ha recibido?

—El primero fue allá por el año 1928, en un concurso del "Diario de la Marina" para "el mejor cuento". Compartí el premio con Hernández Cata. Mi cuento se titulaba "O. P. No. 4". Y tenía por escenario el mar habanero y un lanchón de basuras de Obras Públicas. Con Salinas gané después un premio de Teatro Cubano, iniciativa de Camila Quiroga. Además del premio ofrecido por ella, el primero, que se llevó Salinas, había otro ofrecido por el general Machado. Se le dio a mi comedia "Tiempo muerto". Era en 1928. Ya asomaba la angustia política en Cuba y me fue un poco penoso aceptar aquel premio. Pasaron siete años. En 1935, hallándome en el destierro después de la huelga de marzo, estrené, sin saberlo ni quererlo—aunque agradeciéndolo mucho, claro está—el Premio Justo de Lara, que se daba por primera vez. Lo recibió mi artículo "El Estilo de la Revolución", que se había publicado en "Acción". Mi mujer había mandado mi artículo al concurso sin informarme de ello...por si no triunfaba. Los mil pesos vinieron muy bien para mitigar los rigores de los primeros meses de exilio... Nunca he dejado de admirar la valentía de aquel jurado que, en plena represión pedracista, premió un artículo con semejante tema.

— ¿Ha dado muchas conferencias?

 — ¡Innúmeras!.. En todas partes y sobre temas muy diversos: arte, filosofía, historia, política, letras y psicología social, como aquella de 1928 que titulé "Indagación del choteo".

— ¿Qué elogios ha recibido con mayor satisfacción?

Mañach hace silencio. Me mira. Comprende que le he lanzado un anzuelo a su vanidad de escritor... Sonríe y responde:

— ¿Quien no encuentra almas generosas por el mundo? Creo que el elogio que más me ha halagado fue de Unamuno, en carta que me escribió comentando mi "Indagación del Choteo". La biografía de Martí ha sido también muy afortunada en el comentario. A Luis de Araquistain, a Waldo Frank, a Eduardo Mallea, a Federico de Onis y a Luis Alberto Sánchez, para citar solo jueces extranjeros, les debo los juicios que más me han estimulado.

Pero estoy hecho de tal modo, —añade— que el juicio que más me convence, es siempre el mío propio, y como generalmente es muy descontentadizo, resulta que nunca estoy satisfecho de nada de lo que escribo. Y a veces, lo que más me alienta es la opinión de algún lector anónimo...

Tomado de: Bohemia, 26 de mayo de 1946, pp. 47-57.

 

Recuerdo de Jorge Mañach
Por Augusto Arias

En la cátedra martiana de la Universidad de La Habana. >>

Jorge Mañach, el escritor cubano en cuyo fino perfil parecía apuntarse la perspicacia, ha hecho su viaje último desde Puerto Rico, la isla caribe que cobijó a Juan Ramón con sus delgadas arenas y en cuyo escenario en verde mayor se detuvieron las abstracciones de Pedro Salinas para cantar a El Contemplado, en entrevista con el mar que dilatara pensamientos y figuras hasta el encuentro de ciudades sumergidas, de gozosas ciudades sin las convenciones ni los tonos consabidos de la tierra firme.

Mañach, un tanto fatigado y decepcionado, después de su periplo español y su regreso a Cuba, encontró en la otra Antilla el paisaje criollo que se le pareciera, sobre todo por el sol, el tono vegetal y la palmera, y en propósito de rehacerse, de buscarse en la sinfonía de los libros, entre el decurrir alegre que ensaya Puerto Rico y los ahincados llamamientos de la nostalgia, sintió el vahído y las pesadeces del corazón.

Recapitularía entonces los dibujos y las pinceladas de su ensayo sobre el paisaje de Cuba, precioso de líneas y color como una acuarela, y en el que, glosando la exageración colónida de “proclamar a Cuba la tierra más hermosa que ojos humanos vieran”, afirmó que la costa de Bariay, al norte y oriente cubanos, abierta por la primera vez a la mirada del Almirante, “se alza, en efecto, con una trémula dulzura de torso femenino yacente”. Vería al mar como en el original de su acercado paisaje: “Es mar batida, que se mete por entre cayos y rocas formando hirvientes ensenadas, y sólo a trechos se deslíe en el nítido festón de alguna playa. A lo lejos, el lomerío es de un tenue verde azuloso y plácidas ondulaciones. Hay que acercarse ya mucho al extremo oriental de la isla para percibir un bronco perfil de montañas. Una de ellas tiene, cerca de Baracoa, la forma de un yunque y así la llaman. Por allí abre otra vena de dulzura el bien llamado Río Miel. Las anchas ramas en ojiva de los bananos, las pencas de los cocoteros graciosamente inclinados, las opulentas matas del cacao forman, desde sus orillas, un dosel sombrío”.

Contemplaría la sierra, un poco paradojal con sus “cimas envueltas en niebla”; el Oriente, de resistentes maderas y cuajados minerales y de criollos “de varia raíz blanca, a veces entreverados del indio taino, siboney o caribe” y de “negros netos de brillos azules en la tez y de hablar sosegado y sentencioso” y de “mulatos de media sangre catalana o francesa”, a los que retrató con ese trazo de pintor el que en varias veces supo usar la paleta y los pinceles verdaderos con su conocimiento de los colores: “Sobre la tez quemada, los ojos azules de esos mestizos recuerdan un poco la ceniza en el tabaco. De las mulatas, lumbre pura, más vale no hablar”.

Iríase, como para recoger los pasos, por los cañaverales de Camagüey, por las sabanas de Sancti Spíritus; por la región de Las Villas, en cuya Sagua la Grande abrió los ojos a la vida. (Tierra de ostiones y de mujeres lindas, ganada por unos grises perlados o argénteos, por lo que, así como por la pulcritud de sus calles y calzadas, mereció la imagen al propio tiempo universal y lugareña de “tacita de plata”).

Recorrería Cienfuegos, de oros numerosos como su nombre; Trinidad de toques andaluces; Matanzas letrada; Pinar del Río, y Soroa la de las orquídeas de “exquisita retórica”… y luego la provincia de sus altos mayores, la de la Habana, y la ciudad de tal advocativo a la que vio desde sus primerizas “Estampas de San Cristóbal”, en su antigüedad y en su actualidad, en su mar detenido por el cemento; en sus arrabales de callejuelas estrechas y en sus trazos jardineros de El Vedado; en su Plaza Catedral de diecieochesco barroquismo y en sus patios conventuales o palaciegos, desde los cuales, de acuerdo con su tema de evocador, “con sólo levantar la mirada por encima de los burócratas, se sueña uno en La Habana de la factoría y la escolástica..”

Pero, para salir de la ciudad a la vez añosa y  moderna, alejándose del “caldo de tiburones” que besa su malecón, según la heroica o graciosa metáfora de Alfonso Reyes, para refrescarse en otras playas, detendríase en la Isla de Pinos o en la orilla de Hemingway…

Allí, con encendida melancolía, daríase a pensar en la lucha del viejo con la inmensidad marina que se desarrolla en la novela del escritor norteamericano con tormentoso realismo y agudos contornos de parábola. Para todos dibuja el piélago su curvado lomo, y, aguas adentro, se doblega la caña y los peces voladores trazan luces fugitivas en torno de la cabeza acechante. A veces, sobre el mar que parece tierno, tiéndense los rosados amaneceres que Homero pintó con adjetivos elementales y eternos, a la postre de las zozobras de Ulises. Pero la noche de los pescadores es de rumbo ciego.

Mañach, de playa dócil, si no el carácter francamente expansivo, tuvo el oído claro, la vista alerta, el ademán propicio. F. F. en la revista Índice de Madrid (julio-agosto de 1961), escribe que le era aplicable la idea con la que él suponía expresar la voluntad de América: no morirse de tradición ni reducirse a provincia. Por su libro "Examen del quijotismo", se le llamó ponderado y ecuánime, fundándose en su inteligencia sutil de las andanzas de Don Quijote que si llaman a la rebeldía y al exabrupto, es porque el hidalgo quisiera una sociedad de armoniosa justicia y si se equivoca en sus temporales visiones, se prefigura, en cambio, dechados para el bien, con emoción que a pesar de su traza delirante y en ocasiones en gracia de la misma, no deja de ser conmovedora.

Sobre Martí, cuya existencia fue un deshacerse de las tradiciones estáticas y cuyos viajes y libros buscaron una suerte de universalidad para reformar y exaltar los lugares de origen, escribió una de las mejores biografías de América: Martí, el Apóstol. En sus páginas va el propagandista, el hombre de fe, el escritor, el poeta. El que decía amar a la tierra florida, musulmana y española, en donde rompió su corola la poca flor de su vida, pensó que los cubanos seguían siendo españoles, aunque no de uva, sino de maíz; añadiríamos también de caña de azúcar, de tabaco, de café, de piña, de ron, de coco.

José Martí, de raíces aragonesas y canarias que fructificaron en tierra cubana, trajo nuevo acento, sensibilidad caribe. Su verso, antes de Darío, rompe los viejos ritmos.  Su prosa anuncia, vístese de inesperada gama de colores, entraña precursoras verdades, conmueve, persuade. Sobre aquel que, tales sus palabras, veía claro el camino y era “un hombre sincero, de donde crece la palma”, del que “entendía” para quitarse “la pompa del rimador”, dejó Jorge Mañach las páginas más enteras, dotadas en un tanto de la lírica martiana y de la grave humanidad de su pensamiento.

Díjose Cuba-Martí para afirmar lo consagradamente indisoluble de la Antilla y su patriota. Y de tal modo no hay historia ni acaso geografía cubanas en las que no se alce Martí a su propio ministerio de maestro, de reformador, así como en la isla a la que viera Mañach en el mapa con un perfil de pez volador, no hay verde sin Martí, no hay palmera sin él. Allí la explicación de la martiolatría de los cubanos.

Si Martí es su libro capital, entre los ensayos anteriores y posteriores resalta el que, dentro de las diferencias y las distancias, pudiera extenderse a países de América en los que un desaprensivo tono, cuando llega a constituirse en sistema, resta dignidad y entusiasmo: Indagación del choteo, consagrado al examen de la índole que busca, a todo trance, los caracteres del ridículo y se resuelve en las letras mordentes de la burla. Choteo que se traduce en debilitante estímulo, distinto del risueño continente para evaporar augurios y pesadumbres; de la voluntad que revuela oponiéndose a las pequeñas tragedias; de los epigramas alados que triunfan de los ápteros insectos de la negación o de la duda; de la sal de la vida que conserva el labio del hombre.

No por educado en la contención de Harvard, Mañach dejó de sonreír. Era la suya, desde luego, más bien una sonrisa seria iluminada de inteligencia. Gustaba de los viejos libros y de los libros nuevos y alguna vez le oímos la verdad no recién descubierta, de cómo viajan el pensamiento y las imágenes, renovándose en su forma y expresiones, pero como si se viniesen de comunes orígenes. Tal la convicción de un hombre de los libros para quien aparece difícil lo estrictamente inédito. Pensaba, asimismo, en el escritor que suele repasar por sus temas o motivos y que al igual del pintor que añade pinceladas o las esfuma, persevera en el tratamiento de algunas de sus figuras predilectas que cuando se logran en vivacidad, en vitalidad, justifican el dictado de la existencia perenne que alcanza la palabra. En el último de sus ensayos, “El sentido trágico de La Numancia” (La Habana, 1959), anduvo por la obra cervantina que a la segunda lectura supo tan a nueva al sagaz Azorín y cuyo asunto resumió Schopenhauer con rotundo juicio al decir que allí pintó Cervantes el suicidio de todo un pueblo, y que al romperse todo, solo queda volver al origen de la Naturaleza. Allí anticipados Quijotes de mayores cordura y temeridad, fatum y libre arbitrio, realidad y alegoría, novedad y memoria, dramática sustancia en la que el salvado de su mano diestra relacionó en las desiguales proporciones de pasión y destino lo irrisorio y lo sublime del ser humano. Jorge Mañach, sutil visitante de los libros, se quedará en los suyos por los personajes, iguales y distintos, en la marcha del ser y del conocer que nunca termina.

Tomado de: Letras del Ecuador, Quito, sept-dic 1961, pp. 1, 13.

 

El choteo, según Mañach
Por Marcelo Pogolotti

(…)

La sagaz y medular Indagación de Jorge Mañach, pese a ciertas facetas importantes que pasa por alto, es sin disputa el más acabado trabajo sobre la materia y acaso el más profundo y enjundioso de ese ensayista. El autor, coincidiendo con Poveda, comienza por relevar el aspecto peyorativo, el cual imparte la tónica general de la interpretación, pese a ciertas salvedades ulteriores. “El Choteo”, empieza diciendo, “–cosa familiar menuda y festiva– es una forma de relación que consideramos típicamente nuestra… fenómeno psicosocial tan lamentado”. Luego se refiere a la definición del hombre de la calle, “no tomar nada en serio”, para fundamentar su opinión en lo tocante al carácter frívolo del choteo. Añade que es cosa habitual y sistemática en el cubano, que revela una postura de constante oposicionismo, encaminada a crear “ambiente de libertinaje frente a la autoridad”. Aclara que quienes más acostumbran recurrir al choteo son “dotados casi invariablemente de una educación elementalísima (…) desconocen todas las dignidades y proezas del espíritu; empedernidos de sensibilidad (…) Son los negadores profesionales, los descreídos a ultranza, los egoístas máximos, inaccesibles a otra emoción seria que no sea las de rango animal (...) y cuando les habláis de patria, de hogar, de probidad y de cultura, urden una cuchufleta y os dicen a lo sumo, que todo eso es ‘romanticismo’." Más adelante el ensayista recapacita mitigando el rigor de sus reproches, y señala que “parece que hay un choteo ligero, sano, casi puramente exterior, que obedece principalmente a vicios o faltas de atención derivadas de la misma psicología criolla, y otro choteo que pudiéramos llamar profundo y escéptico, perversión del anterior y originado en una verdadera quiebra del sentido de autoridad que antes analizábamos”. Esta apreciación corrobora la existencia en la época colonial de un espíritu humorístico parecido que, a nuestro entender, se corrompe con el advenimiento de la República y sus frustraciones. Y en efecto, añade el propio Mañach, “la burla es un subterfugio ante el fuerte”, lo cual permite suponer que el criollo se valía de la misma para denigrar la opresión española.

Por otra parte afirma que “es un acto fundamentalmente egoísta o irreflexivo, mediante el cual el choteador parece reírse con el solo fin de estar alegre... lo peligroso es que con frecuencia tiene por objeto una víctima”. Ello nos da pie para sostener que el humorismo de elevada intención política ha sido degradado por el veneno amargo de los desengaños de la Independencia, convirtiéndola en instrumento utilizado por personas de baja estofa, deseosas de volcar su rencor sobre sus semejantes. Por desgracia los demás se han valido inocentemente del mismo medio como válvula de escape, sin hacerse cargo del daño que infligen, movidos por la necesidad de “hacer de tripas corazón”.

Afirma Mañach que el choteo es enemigo del orden y la negación de la jerarquía, apoyándose en la teoría de lo cómico desarrollada por Bergson en su conocido ensayo sobre la risa. También podía haberse acogido al viejo concepto de la dignidad caída. Por otra parte, pasando a la provincia de la psicología, se refiere con mucho tino a Scheler, citando textualmente estas palabras alusivas a la burla: “descarga que elimina esa dinamita psíquica que se llama resentimiento”; pero declara que el resentimiento y el rencor no son característicos del choteo. Cabe suponer, por consiguiente, que se trata de una postura que ha devenido hábito. Lo que al principio era un medio de legítima defensa contra un orden opresor, se convierte en actitud negativa ante las deficiencias republicanas, que se extiende a todos los demás órdenes de la existencia. Hemos vuelto a tocar esa tecla porque da la nota que más suena en el estado de ánimo imperante a un momento dado de nuestra historia independiente, tanto que los mismos Mañach y Poveda concuerdan en lo tocante al escepticismo burlón del cubano frente a instituciones como la nación y el hogar.

En Los Bailes y el Teatro de los Negros en el Folklore de Cuba ofrece Fernando Ortiz algunas observaciones útiles para la determinación de ciertos ingredientes y manantiales de nuestro humorismo. “En los cantos pantomímicos se reflejan los sucesos interesantes de la vida cotidiana... y en ellos es donde fluye la admirable inspiración satírica y burlona, ‘choteadora de los negros’.” “El negro es el ser humano que más y mejor sabe reír”, afirma, y luego cita al respecto esta apreciación de Frobenius: “Un humor brotado de un sentimiento muy profundo constituye un elemento fundamental de la espiritualidad africana… Quien tiene las emociones vivas se olvida pronto. Entre dos terrores se canta y baila… y se ríe. Se ríe de todo… Hasta del juez se burlan, hallándole ridiculeces”. Seguidamente agrega por su cuenta Fernando Ortiz: “Los negros se ríen y se burlan, por eso son maestros en la sátira. Son los manantiales del choteo, de esa catarata de ingenio que refresca los sofocos de las gentes tropicales mucho más que las brisas mareras. Su inextinguible buen humor y su espíritu burlesco, que le ayudan a defenderse contra los desajustes sociales y las inclemencias de la vida, se traducen en todo momento por una desbordada afluencia satírica, que a veces llega a sarcástica…” No puede ponerse en duda la existencia de este elemento sano a la raíz del choteo, pervertido luego por las circunstancias. La desmoralización es a la vez causa y efecto del choteo, término que, según apunta Mañach, equivale a “desprestigio”; y este desprestigio o choteo de los valores dimana del descrédito general de las instituciones reverenciadas. El negro tiene la simpática capacidad de burlarse hasta de sí mismo, con la que se ha contagiado el cubano blanco, y esta inclinación se ha extendido al plano nacional a consecuencia de la defraudación republicana, agravada bajo la presidencia de Zayas. Nótese que la Indagación de Mañach se efectúa a comienzos del machadato, en 1927, y en este sentido son muy significativos estos dos juicios emitidos en el umbral de la dictadura: “la rebeldía produjo la República; la adulación… la guataquería”; añadiendo que el espíritu de independencia se exterioriza en una burla de toda forma no imperativa de autoridad.

La familiaridad, el chiqueo, la nivelación y el igualitarismo propios del choteo, señalados por el ensayista, nacieron sin duda de la convivencia en el barracón de los esclavos a la que se acercaron los demás cubanos para volverse contra el enemigo común. Mañach achaca la autoburla a nuestra debilidad como nación, pero sería más exacto atribuirla al desprestigio de nuestras instituciones republicanas y sus jerarcas, que ya vislumbraba Raimundo Cabrera en “Sombras que pasan”. Recuérdese que el cubano había pasado por los desengaños de la Enmienda, las bases carboneras, el tratado de Reciprocidad, las intervenciones directas e indirectas, el derrumbe económico y la corrupción de sus adalides políticos, de suerte que la degradación actuaba más que la debilidad. Eso sí, como país pequeño que somos, todos nos conocemos y soportamos mal los alardes de los impostores. De allí la terrible eficacia del choteo para poner al desnudo la pobre verdad de cuantos se cubren, de fingida grandeza, y, como apunta Mañach, la autoridad falseada exaspera al criollo. Fuimos hermanos más o menos bien llevados cuando sufrimos la opresión colonial y lo seguimos siendo en presencia de la corrupción, de suerte que nada puede ocultársenos. El propio ensayista insinúa que el choteo amaina bajo la dictadura, pero el régimen de Machado se encargó de desmentirlo, al extremo que el mismo resulta temible tanto para el almacenista español como para el politicastro o el aspirante a tirano del patio. Acaso tiene más razón cuando afirma que con el advenimiento de la República la restauración económica fue tan rápida y pingüe que se creó pronto una atmósfera de venturina propicia al choteo. Este se mantuvo, no obstante, al través del período de miseria.

Tomado de: La República a través de sus escritores, La Habana, Editorial Lex, 1958, pp. 98-101.

 

Jorge Mañach, una pluma elegante
Por Aurelio Pego

Hace muchos años yo leía en el Diario de la Marina una sección –entonces todavía no denominaban “columnas” a las secciones fijas de los periódicos–  titulada “Glosas”. Me agradaba por la pulcritud con que estaba escrita, como si el autor empleara guantes, por su donosura y porque si bien eran comentarios agudos que ahondaban en el tema, adquirían, por la magia del estilo, un aire casi frívolo.

Así fue como conocí antes que en persona, por su pluma elegante, a Jorge Mañach, el autor de “Glosas”. El propio título de la sección se acomodaba a la época. Hoy resultaría pedantesco. Cuando llegué a tratarle en persona deduje que era una glosa viviente. Fino, espigado, charlaba con lucidez y amenidad, pero nunca de modo artificioso. Las palabras fluían naturales, en párrafos cortos, penetrantes y de buen gusto.

Por encima de todo lo que se diga de Jorge Mañach, como hombre de letras –y aun como político– está siempre el autor de las “Glosas”, que por cierto escogió las que le parecieron mejores e incorporó en un libro titulado Glosario. Era el ensayista que yo catalogaría como tipo abeja, que va picando de flor en flor en todos los temas nacionales y universales, para extraer la esencia breve de los mismos y después seguir vuelo.

Alguien dirá que esto no es hacer obra sólida, mas, ¿qué se entiende por solidez de pensamiento? ¿La pesadez kantiana? ¿El enredo de Bergson? Aparte, claro está, de que Mañach no era ni pretendía ser un filósofo. El ensayista –y esto era preminentemente Mañach– no es necesariamente un filósofo, aunque a veces se le vaya la mano y filosofe. Tampoco un filósofo es un ensayista, aunque haya excepciones tan admirables como la de Ortega y Gasset. Jorge Mañach era un escritor que divagaba sobre cuanto ocurría en su torno. Y su torno era Cuba, dentro de la más cercana periferia, y luego el resto del mundo.

No hay que olvidarse de la faceta cubanísima de Jorge Mañach, que aunque era hijo de un español y escribía como un español, España estaba siempre en su pensamiento después que Cuba. De su patria le interesaba todo, hasta lo que otros despreciaban. De ahí que escribiera un ensayo tan largo que se convirtió en un volumen, titulado Indagación del choteo. El choteo es la gracia, la ironía, el desdén, el complejo de inferioridad y muchas otras cosas resumidas en una dicacidad típicamente cubana. A veces no tiene ni expresión verbal. Parte del choteo cubano es “la trompetilla”, un sonido burlón que parte de los labios. Nadie ha estudiado el choteo, que parece tan trivial, como Jorge Mañach con su pluma elegante.

La idea de la superficialidad de Mañach está simplemente en su estilo, un estilo, dicha sea la verdad, que en esta época sin sombrero y sin guantes, está pasando de moda si no ha pasado ya. Porque su biografía de Martí, será en mi estimación, una obra clásica universal. No se puede hablar de Martí con verdadera seriedad sin haber leído antes lo que de Martí dijo Jorge Mañach, quien, en espíritu era otro Martí. Hubiera querido que Cuba fuera… lo que no podía ser, porque Cuba es de los cubanos y los cubanos son como son. Puede decirse que casi su vida entera se la pasó Jorge Mañach descifrando a los cubanos que son como son y que no pueden ser de otra manera.

Esta obsesión tenía que derivar en la política, pero Mañach no era un político y en ella, en mi concepto, siempre estuvo dando traspiés. Mas para su insaciable deseo de penetrar en todas las cosas y aspirar su esencia, la literatura no le bastaba. Y aunque tiene un libro sobre el Quijote, es de mucha mayor trascendencia el titulado Historia y Estilo, compuesto de dos ensayos en que se hermanan sus dos tendencias: la literaria y la política. Uno es sobre la evolución literaria de Cuba y el otro sobre su evolución política.

Mas la política no es elegante, no lo ha sido nunca, debido a su natural empirismo, a que se adentra en las clases menos iletradas, y Jorge Mañach, no me cansaré de repetirlo, era una pluma elegante.

Dio fin a sus días en Puerto Rico, no por propia voluntad sino precisamente por circunstancias políticas. Antes de que su enfermedad se agravara dio en la Universidad de Puerto Rico un curso sobre Martí, que no pudo terminar de explicar, y que su amigo de muchos años, Federico de Onís –ambos coincidieron como catedráticos de literatura hispánica en la Universidad de Columbia, de Nueva York– terminó.

Murió Jorge Mañach “elegantemente”. Habiéndose ocultado el carácter mortal de su enfermedad, no creyó en ella, la admitió como una molestia pasajera, y de este modo sin preocuparse por el fin de sus días, pudo hasta unas semanas antes de que se agravase su mal, charlar, “glosar” con sus numerosos amigos temas literarios y, naturalmente, los políticos. Y en esta última etapa de su existencia divagaba, cuando sus fuerzas se lo permitían, sobre ese problema para él insoluble como hombre de pluma elegante, de por qué los cubanos eran como eran, y quería imaginárselos como él quisiera que fueran, sin querer reconocer que no podrían serlo nunca.

Y pasó a mejor vida como si hubiera terminado una glosa más, la de su existencia.

San Juan de Puerto Rico, septiembre de 1961

Tomado de: Horizontes, México, 15 de octubre de 1961, pp. 8, 32.

 

Los inicios martianos de Jorge Mañach
Por Salvador Arias García

La primera colaboración de Mañach sobre el tema martiano que he podido encontrar tiene fecha del 15 de noviembre de 1922, y apareció bajo el rublo genérico de “Glosas trashumantes” en las páginas del Diario de la Marina. Lleva por título “El Apóstol y el habitante” y resulta reveladora de las características de su autor en ese momento pero, también, hasta cierto punto, premonitoria de su futuro quehacer en ese campo. El mismo título de ese artículo es significativo, pues por un lado tenemos el epíteto de “Apóstol”, que estará ligado a la famosa biografía que Mañach le dedicará al héroe cubano y, por la otra, alude a un vocablo de la terminología popular, a la cual gustaba Mañach ocasionalmente referirse, pero manteniendo cierto distanciamiento. Algo así como “descender” a lo popular. Pero vale la pena, para apuntar matices reveladores, detenernos en este artículo.

En primer lugar, el vocablo de “habitante” utilizado por Mañach, al parecer usual en su época, ha permanecido bastante vigente en sus connotaciones básicas. Según Esteban Rodríguez Herrera, “habitante” es “vocablo muy vulgar que la plebe aplica al de su misma casta que vive en el desamparo, carente de recursos y abrigo permanente, deambulando en todas direcciones como todo vago. El epíteto es despectivo”. Al utilizarlo, vemos cómo Mañach “desciende”, buscando un punto de vista extremo para indagar en la recepción martiana, pero que ya su elección supone un prevaloración negativa. Como un instrumento indagatorio en toda su obra, Mañach suele preferir la presentación de puntos de vistas opuestos, a la manera socrática entre interlocutores bien diversos. Esta forma de mover ideas en sus anversos y reversos va a ser senda muy transitada por él, que lo llevará durante toda su larga trayectoria periodística a mantener las más disímiles polémicas.

En el artículo “El Apóstol y el habitante”, Mañach se propuso meditar sobre la recepción martiana en dos vertientes: la construcción de monumentos conmemorativos y la visión que de él tenían sectores contrapuestos de la población. Para eso retoma al interlocutor habitual en muchas de sus “Glosas”, una mujer culta, elegante, aristocratizante, y pone en su boca valoraciones negativas extremas acerca de las bondades estéticas de la modesta estatua a Martí existente en el Parque Central de La Habana, inaugurada en 1905. Excusado en la imaginaria personalidad femenina, las valoraciones resultan punzantemente impertinentes.

Tras lo anterior no es difícil entrever al joven presuntuoso, crítico de artes plásticas, cáustico al juzgar los valores estéticos nativos, en una despiadada crítica que el propio Mañach enmendará en años posteriores, pues con el paso del tiempo y la construcción del obelisco y la estatua martiana en la entonces llamada Plaza Cívica, en la década del 50, la del Parque Central se va transformando en  “el viejo y querido monumento”, que seguía siendo “de los dos que la Capital le ha alzado al Apóstol, el único acorde con la sencillez de su espíritu”, pues “esta estatua, modestita y todo como es, o tal vez por lo mismo, tiene connotaciones sentimentales y hasta un simbolismo de ubicación central que el monumento aparatoso llamado ‘La Raspadura’ nunca logrará tener por su cuenta”.  Pero en el artículo de 1922, supuestamente quien le sale al paso a su amiga esteticista es un “habitante”, un desempleado, o quizás un vago, que vegetaba a la sombra de la estatua: “—A Maltí, sí señora, a Maltí!  ¿y qué? ¿No lo mereció? Fue el Padre de la Patria, pa’ que lo sepa usté; y como dice el cantico, ‘si él viviera, otro gallo cantaría y no debió de moril’…  A usté ¿quién le mete a critical y decil si está bien o no está bien?  Si no le gusta, ¡váyase!  Váyase a la Florida, que aquí, maldita la farta…”

A Mañach lo seducía la posibilidad costumbrista, que tan buenos antecedentes tenía en la literatura cubana, y esta, como muchas de sus glosas, trata de transitar esos caminos. El habla popular del habitante la intenta remedar, sobre todo, mediante la sustitución de “l” por “r”, la apócope y algunos recursos convencionales. Pero esta defensa popular del Apóstol Mañach la desvirtúa cuando, despedida la impertinente señora, trata de convencer al “habitante” de que ella tenía su poco de razón, y lo logra, pero sobre todo no mediante razones, sino debido a pagarle “una media de laguer y una breva”.

Las  conclusiones que el articulista saca del incidente retratan a Mañach de cuerpo entero: 

“Esos gestos de patriotismo tuerto, esa hipersensibilidad, ese humor, susceptible a toda crítica, que atañe, en bien o en mal a nuestros temas sublimes, ese culto de los símbolos con descuido de la realidad, ese hero-worship que no tolera comentarios ni contra la estatua del héroe, ¿no representan un extremo de nuestra opinión, nacional, el prejuicio que pudiéramos decir plebeyo?

”Frente a él está el otro, el de los patricios del día, que ya “no se hacen ilusiones” y lo ven todo perdido.

” ¡Qué rica amalgama, amiga mía, pudiera hacerse entre ese romanticismo de los de abajo y ese cinismo de los de arriba!…”

Es decir, ni con los de arriba ni con los de abajo, sino con los de esa medianía tras la que se transparenta esa clase media de la que Mañach se sentía portavoz, y de alguno de cuyos valores –buenos y no tan buenos– fue alabardero y hasta arquitecto, incluso mucho más allá de lo que esa misma clase como tal estaba dispuesta a reconocer. Y debe destacarse que ese buscar el término medio, de no irse a los extremos, será un ideal que tratará de mantener en su vida, aunque a veces las circunstancias lo impelieron a tocar extremos, tanto a la derecha como, en mucha menor medida, a la izquierda.

Pero de paso valga resaltar la habilidad del joven periodista, que a los veintiséis años era dueño de una prosa suelta y hasta elegante, en donde la amalgama de casticismos, populismos, anglicismos y tecnicismos no era óbice para alcanzar un sello propio. Y valga la amenidad de una exposición ágil para tratar un tema nada frívolo, y que dentro de la línea de devoción martiana que inicia, presenta uno de los leitmotiv de su futura prosa periodística: las formas en que se lleva a cabo la recepción martiana.

Con “El Apóstol y el habitante” Mañach iniciará una larga lista de artículos periodísticos dedicados a Martí, que rebasará el centenar y transitará toda su producción literaria, conjugados con otros textos de mayor envergadura –la biografía, numerosas conferencias– que lo ubican entre los escritores vueltos más asiduamente al imán martiano. Por de pronto, al mes siguiente del mencionado artículo anterior, el 17 de diciembre de 1922, las páginas del Diario de la Marina recogen otra de sus “Glosas” dedicadas al héroe nacional: “Honrando a Martí”, que trata esta vez del cambio de nombre de la calle de Paula por el de Leonor Pérez. Es de señalar cómo el tono algo distanciado e intelectualista se tiñe de indudables matices emocionales.

Esta línea de atender las vías de la recepción martiana adquiere un punto más fervoroso cuando, en los comienzos de 1924, visita a la única hermana viva del Apóstol, Amelia, en su modesta casa del callejón de Montero Sánchez, en el habanero barrio del Vedado, introducido por Edelman, el pintor amigo de Martí. Allí se encuentra por primera vez ante el retrato al óleo que le hiciera Norman y que luego el propio Mañach copiará. Y lee emocionado cartas autógrafas del Apóstol.  Según cuenta en sus hermosos artículos “La  hermana de Martí –I y II–”, aparecidos en el Diario de la Marina los días 11 y 12 de enero de 1924, después varias veces reproducidos en otras publicaciones. Y que lo ponen ya en la vía de atesorar testimonios que luego tendrán cauce en su biografía del Apóstol.

 

Los Choteos de Jorge Mañach y Fernando Ortiz
Por María del Rosario Díaz, investigadora de la BNCJM

La entrada de Jorge Mañach (1898-1961) a la vida cultural nacional la inició en el extranjero, desde donde escribió para Bohemia y el Diario de la Marina. Como plantea Valdés García, “(…) similar suerte no habían corrido los jóvenes poetas y prosistas, casi todos inéditos, en plena ebullición creadora, quienes como Villena, Pedroso, Marinello,  Zacarías Tallet y otros tantos, formaban una nueva generación intelectual que fertilizó las letras cubanas (…) Raúl Roa, con usual ironía, recuerda los tiempos en que la peña literaria fundada por Villena se reunía en el periódico El Fígaro y a la cual se suma Mañach, visto por ellos con ‘aires de superioridad doctoral que le cabalgaba en las gafas’ y quien gracias a sus flamantes pergaminos de Harvard, –dice Roa– se calzaría una columna en el Diario de la Marina, no sin reconocerle al efebo su capacidad para ‘exhibir gracias y rigores de lenguaje’." (1)

Junto a esos jóvenes revolucionarios participó en la Protesta de los Trece (1923) y  en el Grupo Minorista (1924), sucesos políticos y culturales importantes de la época  “(…) protagonizada por intelectuales que irrumpen en la vida del país y que les lleva luego a sostener determinada afinidad, así como compromisos y definiciones políticas e ideológicas. Desde entonces Mañach fue un activo participante del Grupo Minorista, de la Falange de Acción Cubana y participaba en las reuniones del grupo de cada sábado, una de las formas con que ellos rompían con la tradición del cenáculo literario propio de grupos de intelectuales tradicionales. La lucha contra el gobierno de Zayas, luego contra Machado les hizo permanecer a todos, y Mañach entre ellos, alrededor de los problemas sociales y políticos del país, al mismo tiempo que pretendían en el plano de la cultura revisar los valores falsos y gastados, pronunciarse por un arte vernáculo y, el arte nuevo, en sus diversas manifestaciones, así como por la introducción y vulgarización en Cuba de las últimas doctrinas, teóricas y prácticas, artísticas y científicas”. (2)

El 15 de diciembre de 1923 fue elegido Fernando Ortiz –quien fungía como mentor de aquella joven generación– presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País. Al año siguiente alcanzó la presidencia de la venerable institución y se consagró a renovarla, dotándola de nuevos aires de modernidad y de liberalismo en consonancia con los tiempos y con la misión que tenía con la patria: hay que reorganizar al país y una de las primeras medidas para ello sería la renovación de sus instituciones. (3) Ortiz fundó también la Academia Cubana de la Lengua (1926), la Institución Hispano Cubana de Cultura (1926) y estuvo muy cercano a empresas culturales novedosas como, entre otras, la Revista de Avance, y en todas ellas coincidió con el joven Mañach.

En 1925 Ortiz invitó a Mañach a pronunciar una conferencia dentro de la nueva línea renovadora de la SEAP. Más que conferencia, ensayo, su autor la tituló “La crisis de la alta cultura en Cuba”.Interesado en contribuir al mejoramiento de la nación cubana, se dedicó a analizar las causas y factores que habían llevado a Cuba a la situación en que se encontraba entonces. Fruto de esas pesquisas fue Indagación del choteo (1928):

“Si le pedimos, pues, al cubano medio, al cubano "de la calle", que nos diga lo que entiende por choteo, nos dará una versión simplista, pero que se acerca bastante a ser una definición porque implica lógicamente todo lo que de hecho hallamos contenido en las manifestaciones más típicas del fenómeno. El choteo --nos dirá– consiste en ‘no tomar nada en serio’. Podemos apurar todavía un poco más la averiguación, y nos aclarará –con una frase que no suele expresarse ante señoras, pero que yo os pido venia para mencionar lo menos posible– nos aclarará que el choteo consiste en ‘tirarlo todo a relajo’.” (4)

El impacto de la obra en el panorama intelectual cubano fue inmediata: “(…) puede ser considerada una obra que apunta a una nueva época en el desarrollo de la filosofía en Cuba en estrecha correspondencia con el desarrollo del pensamiento universal: la fenomenología y una nueva forma de expresión filosófica que siempre le acompañó a Mañach en lo sucesivo: el ensayo filosófico. Dos rasgos para un inicio de siglo en la filosofía cubana lo cual ha sido poco advertido”. (5)

La Indagaciónse ha evaluado como un ensayo de psicología social, o de texto ameno y profundo que refiere un problema consustancial a la idiosincrasia criolla, o la enfermedad y vicio que exigía ser resuelto.

Fernando Ortiz se interesaba igualmente por estudiar de lleno a Cuba y sus características socio-históricas y culturales. Sus indagaciones primeras dentro de los estratos marginales de la sociedad urbana habanera le permitieron escribir Los Negros Brujos, y su aguda mirada a la sociedad cubana desde los remotos tiempos coloniales a los presentes también posibilitó la escritura de los diversos trabajos que conformaron Entre Cubanos… (Psicología tropical) publicada en 1913, y los numerosos artículos aparecidos en la prensa desde 1902. Cuando Mañach publicó su ensayo sobre el choteo, Ortiz, como ya se había dicho, estaba inmerso en el estudio de las peculiaridades psico-sociales e históricas del cubano desde los primeros años del siglo y ya en la década de los 20 estaba investigando diferentes vertientes de la cubanía o cubanidad, desde lo específico del fenómeno hasta lo más general. Entre sus papeles personales se ha hallado un texto inconcluso que complementa los estudios orticianos Entre cubanos… (1913) y El Pueblo Cubano (1997). Este fue titulado por Ortiz El Choteo y resulta ser un análisis del fenómeno realizado desde la hoy llamada antropología cultural que complementa el realizado por Mañach. Su autor trató de llenar vacíos que habían quedado en la Indagación  y que a su juicio, podrían llenarse con nuevos argumentos  históricos y antropológicos y, en ocasiones, argumentar aspectos en los que Ortiz no estaba de acuerdo con el propio Mañach.

El libro orticiano no llegó a redactarse completamente. Se conservan en 3 carpetas (C93 - CHOTEO (I), C94 - CHOTEO (II) y C95 - CHOTEO – TROMPETILLA) las fichas de contenido en las que vertió el resultado de sus pesquisas sobre el tema y las fichas bibliográficas, en las que resumió las búsquedas de información.

La cultura cubana puede preciarse de contar en su acervo con libros como los escritos por Fernando Ortiz y Jorge Mañach, en los que se resume el interés por estudiar a Cuba y sus características y explicarse así los diferentes procesos que intervinieron –y siguen haciéndolo– en la conformación de la identidad cultural nacional.

Notas

(1)Sin hacer del monte orégano. Jorge Mañach en la filosofía cubana”. Librínsula. La Isla de los libros. Publicación semanal. Año 2, No. 97, viernes, 11 de noviembre del 2005.  

(2) Ibídem.

(3) Rubén Martínez Villena se refiere a la SEAP en 1923 como una de las instituciones que se opuso a la situación imperante en esa época en Cuba con “manifiestos viriles”. “La Revolución de 1923” en: Rubén Martínez Villena. Ideario político. Comp. y  pról. de Olivia Miranda, p.84. Ver además: Gutiérrez Vega, Zenaida, ob. cit. p.53.

(4) Mañach, Jorge. Indagación del choteo. La Habana: Ed. Libro Cubano, 1955.

(5) Ibídem Valdés García, Félix. Ob. Cit.

 

Jorge Mañach como crítico literario
Por Marta Lesmes

<< Mañach en su casa  (1946).

Una de las principales dificultades para conocer el desarrollo del pensamiento cubano del siglo XX y en particular de su crítica literaria es la ausencia de estudios sistemáticos en torno al tema. (1) Una serie de publicaciones de Jorge Luis Arcos, (2) Rafael Rojas, (3) Salvador Arias (4) y Jorge Domingo, (5) aparecidos entre 1994 y 1998, insinuaban la existencia de trabajos críticos de Jorge Mañach (1898-1961), que permanecían sin divulgación y estudio.

Los primeros indicios de la existencia de esta obra los encontré en el Archivo del Instituto de Literatura y Lingüística, en forma de recortes de periódicos, algunos sin identificar, que procedían de los periódicos El País y Diario de la Marina y de la revista Bohemia. Posteriormente, gracias a Araceli García Carranza, tuve acceso a una Bibliografía (inédita), elaborada en Estados Unidos por Dolores Rovirosa, (6) la cual nos sirvió como confirmación de las fuentes identificadas y para la localización de nuevos textos. La exigua cantidad de artículos de El País consignados en dicha Bibliografía condujo a la revisión del periódico. A pesar de su lamentable estado ha sido posible la recuperación de una cifra considerable de artículos de Mañach que quizás sólo podrán ser conocidos como resultado de esta investigación, así como comprobar la existencia en fondos cubanos de cerca de 900 títulos sobre diferentes temas para completar su bibliografía activa.

A lo largo de su abundante obra, la crítica literaria de Jorge Mañach adquiere notables diferencias formales y de contenido. Para facilitar su estudio realizamos una propuesta de periodización. Estudiosos como Dolores Rovirosa en Jorge Mañach. Bibliografía  y Jorge L. Martí en El periodismo literario de Jorge Mañach (1977), (7) señalan el 13 de octubre de 1922 como la fecha de sus comienzos en la prensa nacional, el Diario de la Marina como el periódico favorecido y  la glosa “San Cristóbal de La Habana” como el primer texto publicado. Andrés Valdespino,  en Jorge Mañach y su generación en las letras cubanas (1971), (8) afirma que, en el artículo “Recuerdos y programa”, de 1945, Mañach había expresado que, desde París, “había estado mandando crónicas al Diario”, es decir, siguiendo la cronología de Dolores Rovirosa, desde 1921, sin hacer ningún otro tipo de precisión. También sin aclaraciones adicionales, Rosalyn O´Cherony en The Critical Essays of Jorge Mañach (1971) (9) considera que sus inicios periodísticos estaban en las páginas de Bohemia, durante los años de estudio en París, es decir, entre 1920 y 1922. En el Diccionario enciclopédico de las letras de América  Latina (1995), (10) la investigadora Ana Cairo también señala 1922 como fecha de los inicios periodísticos de Jorge Mañach. No obstante, dimos más crédito y  ratificamos al propio Mañach, quien en entrevista a Alberto Arredondo en 1946, (11) afirmara que se había iniciado en el periodismo con una crónica aparecida en Bohemia hacia 1920 o 1921. Al revisar Bohemia, comprobé que, efectivamente, en 1920 comenzaban sus colaboraciones en la revista, pero  la primera de ellas no había sido una crónica periodística a la manera usual, sino un texto, como él afirmaba, especie de crónica literaria sobre el escritor venezolano José Rafael Pocaterra,* el primero del que tenemos noticias. (12) Este trabajo inicial de Mañach destaca por una consideración sobre la ausencia de crítica, un tópico que le acompañará como preocupación constante y que es consustancial a los criterios evaluativos que penden tradicionalmente sobre el género, responsabilizándolo por el deficiente conocimiento de la producción literaria, sus valores y el lugar de posicionamiento de cada autor, en determinado momento del trayecto histórico literario.

Sería la crítica literaria, pues, el género que inscribiría a Mañach en la tradición de la prosa reflexiva cubana, y el que, junto con sus trabajos periodísticos de diverso perfil temático y sus ensayos y discursos,  aún en pleno proceso de maduración, le valdrían para ser considerado a los treinta y cuatro años “como uno de los intelectuales jóvenes más significados de la América española” (Enciclopedia Universal Ilustrada: 1932, 1440).

La crítica de Jorge Mañach se inscribe dentro de una tradición nacional viva del ejercicio del criterio donde reflexión y creación comparten el mismo espacio. Cuando en 1920 publica su primera crónica sobre el escritor venezolano José Rafael Pocaterra, son contemporáneos suyos grandes críticos finiseculares del XIX,  mostrándoseles en toda su grandeza y autoridad, devenidos paradigmas. Enrique Piñeyro muere en 1911; José de Armas y Cárdenas (Justo de Lara), en 1919; Emilio Bobadilla (Fray Candil), en 1921; Manuel Sanguily, en 1925, Aniceto Valdivia (Conde Kostia), en 1927; y Rafael Montoro y Enrique José Varona, en 1933.

Varona no es sólo para Mañach el ejemplo de hombre culto y refinado, y de pensador ilustre, de crítico paradigmático, es también de ciudadano íntegro, modelo de resistencia contra el estado de corrupción y entreguismo imperantes. El siglo XIX está muy cerca de Mañach a través de estas personalidades. Su obra va a representar la continuidad y la ruptura con dicha tradición. Como continuidad considera la crítica como un ejercicio de autoridad, como ruptura muestra una voluntad más consciente que sus predecesores de que la crítica es también escritura.

En la etapa de 1916 a 1928  Mañach incursiona en casi todos los géneros literarios; los de ficción, especialmente el cuento, y también en la prosa reflexiva, dentro de la que se cuentan los discursos y conferencias, hoy reevaluados como ensayos, el ensayo propiamente y el artículo periodístico. De los géneros de ficción toma algunos elementos que modifican la forma en que tradicionalmente se presenta el artículo. Con los textos reflexivos establece una relación de complementariedad en el plano de las ideas, pues si bien el objeto de la crítica es la literatura, mediante su análisis ofrece meditaciones sobre la cultura y la sociedad cubanas que están en diálogo con las conferencias, discursos y ensayos de la etapa, fundamentalmente con La crisis de la alta cultura en Cuba (1925) e Indagación del choteo (1928). Sobresalen en esta etapa trabajos de interés crítico y metacrítico, los primeros, sobre poesía y narrativa como “La zafra”, de Agustín Acosta, “Balance literario de 1926”, donde se refiere a Liberación, poemario de Juan Marinello, y los dedicados a la novela Mersé, de Félix Soloni y a la obra de Carlos Loveira. Como representativos de sus preocupaciones sobre la crítica en sí misma, tareas, tipos y funciones y sobre el deber ser de la literatura, se encuentran “En redor a los Perfileś de Entralgo”, “Nuestra novela; nuestro libro”  y “La novela cubana”.

Entre 1929 y 1946, la discursividad de su artículo se va estandarizando, es decir, va adoptando cada vez más el tono expositivo propio del artículo y va decayendo la utilización de los elementos propios de la ficción que empleaba en la anterior etapa, al tiempo que desaparece la simultaneidad en la creación de distintos tipos de géneros. Esta será una etapa en donde el análisis histórico gana interés a la manera de “Esquema histórico del pensamiento cubano” y “La nación y la formación histórica” y el único género que cultiva además de sus ensayos, discursos, conferencias y artículos, será la biografía novelada Martí, el apóstol (1933). En esta etapa se destacan artículos como los dedicados a Surco (1928), el poemario de Manuel Navarro Luna y a la novela La vida manda (1929), de Ofelia Rodríguez Acosta.

Finalmente entre 1947 y 1961, la prosa reflexiva se posesiona por completo de la escritura mañachiana y mientras que publica el ensayo de investigación o de resonancias filosóficas como Para una filosofía de la vida o El pensamiento de Dewey y su sentido americano, el artículo periodístico adopta un tono doctrinal que lo acerca al mayor de los géneros de prosa reflexiva: el ensayo. Al análisis de la literatura por la vía de la crítica incorpora el histórico, pero conservando similar sentido de ofrecer impresiones sobre el decursar de la literatura, desde sus inicios, en un proyecto que deja incluso en la sección “Perfiles de nuestras letras”, del Diario de la Marina (1947). La crítica literaria es una actividad menos profusa en esta etapa, donde sobresalen sus trabajos sobre José Lezama Lima, el padre Ángel Gaztelu y Enrique Labrador Ruiz.

Para comprender mejor la forma en que concibe Mañach el ejercicio crítico, es oportuno atender a una tipología desarrollada por él en el artículo “En redor a los Perfiles de Entralgo”, que le permite, primero, clasificarla y, luego, lo convida a la reflexión sobre determinadas consideraciones teóricas y metodológicas, aspecto que en otros artículos retoma de manera implícita, o tangencial, o en referencias a otros temas. Mañach clasifica la crítica en las tendencias técnica,  estética y pretexto.

Por crítica técnica entiende disciplinas como la poética, la retórica, la historia, la estilística y la crítica biográfica, destinadas a explicar fríamente la obra literaria. Llamaba crítica estética al estudio sobre la recepción. Y la tercera, la crítica pretexto: "al ejercer la cual, el comentarista no hace sino servirse de la obra literaria como de un punto de arranque, como de un estímulo irritador, para decir él lo que le venga en gana”. Se refiere Mañach en este caso a la crítica impresionista, que no evalúa, no describe e intenta suplantar los valores del texto original. En verdad, tras una lectura atenta de artículos como este, es posible verificar cómo Mañach mantiene una actitud consecuente con respecto a la elección del comentario periodístico como medio de ejercer la crítica literaria, por qué no se acoge en la práctica a ninguno de los tipos de crítica que analiza, y por qué participa de todos con la libertad que el texto periodístico le permite para acercarse al escritor y a los valores de su obra, de una manera que configura un verdadero estilo, explorando él mismo en la expresión como escritura, para llegar mejor a los lectores.

Asunto medular en todo tema referido a la crítica y su ejercicio es la dilucidación del método. Jorge Mañach es un ecléctico que encuentra en la fenomenología y el positivismo las bases metodológicas de su ejercicio crítico. No será ocioso repetir que para comprender la crítica literaria de Jorge Mañach es imprescindible conocer que aunque quedan implícitas en la escritura, subordinadas a la opinión que desea expresar, desarrolla sus aproximaciones a la literatura con categorías que provienen del ámbito filosófico como valor, intencionalidad y esencias, inherentes al método fenomenológico, y que, para él, el juicio literario no es un acto meramente empírico, sino que importa una naturaleza intencional de raíz filosófica, en este caso para rebasar el hecho literario en sí mismo y lograr la trascendencia a la categoría de hecho social. Se debe tener en cuenta, además, que sus comentarios están permeados de elementos psicológicos, sociológicos, históricos y hasta biográficos, los cuales se integran al cuerpo principal de sus análisis.

Como hábil comunicador y un adelantado en el empleo de los medios de comunicación al servicio de la cultura, al adentrarnos, omite deliberadamente toda referencia metodológica en su crítica sobre poesía y sobre narrativa. Su intención es hacer partícipe de la lectura al individuo no especializado, con una reducción de las opiniones del crítico a los términos más claros y sencillos, como él mismo dice, de la experiencia estética en el campo literario, mostrarla y compartirla, para lo cual es necesario llevarla al terreno del otro, explicársela, hacérsela entendible. El análisis del crítico no carece de complejidad, se realiza en virtud de una sólida formación filosófica y cultural, con definidos criterios sobre la crítica y su necesidad: lo que demanda sencillez no es, pues, el instrumental con el cual analiza y valida o no la literatura en etapas previas a la plasmación de sus conclusiones, sino las conclusiones mismas: el comentario.

Para Mañach, la literatura es un síntoma de la sociedad del momento, la captación emotiva del entramado social, en el corte de una época o un momento histórico determinado; la representación compleja de la formación histórica. La crítica, al condicionar su razón de ser a la transitividad de su objeto, adquiere ella misma cualidades transitivas, de ahí que se sature y sobredimensione mediante sus funciones, hacia lo amplio cultural y lo profundo social, en una lectura con referentes en la historia nacional, perfectamente representativo del ciclo cerrado de la república, en la primera mitad del siglo XX.

Notas

(1) Con el tema “La crítica de Jorge Mañach sobre literatura cubana, a través de sus artículos periodísticos”, la autora alcanzó el título de Dra. en Ciencias Literarias, en marzo de 2010. El presente artículo es resultado de sus investigaciones.

(2) Arcos, J. L. (1994): “Jorge Mañach: un pensador polémico”. La Gaceta de Cuba; La Habana, n.4, jul.-ago., pp. 2-6.

(3) Rojas, R (1994): “Mañach o el desmontaje intelectual de una república”. La Gaceta de Cuba; La Habana, n.4, jul.-ago, pp.7-10.

(4) Arias, Salvador. “Martí en Jorge Mañach”. La Gaceta de Cuba; La Habana, n.6, nov.dic., pp.34-38.

(5) Domingo, J. (1996): “Mañach, el vilipendiado”. Revolución y Cultura; La Habana, n.6, nov-dic.,  pp.14-19.

(6) Rovirosa, D. [1997]: Jorge Mañach. Bibliografía. Miami, inédito, 2t.

(7) Martí, J. L. (1977): El periodismo literario de Jorge Mañach. Editorial Universitaria, Universidad de Puerto Rico, Puerto Rico, 321 pp.

(8) Valdespino, A. (1971): Jorge Mañach y su generación en las letras cubanas. Ediciones Universal, Miami, 264 pp.

(9) O’Cherony, R. K. (1971): The Critical Essays of Jorge Mañach. /Dissertation Abstracts International/ Northwestern University, Ph. D.; Languaje and Literature, Modern, 288 pp.

(10) Cairo, A. (1995): Jorge Mañach. En Diccionario enciclopédico de las letras de América   Latina. Monte Ávila, Editores; Caracas, pp. 2869-2870.

(11) Arredondo, A. (1946): “Veinticuatro horas en la vida de Jorge Mañach”. Bohemia; La Habana, a.38, n.21,  p.42/43-47/49.

(12) Aparecido en  el n.28 de Bohemia, del 11 de  julio de 1920 (pp. 8/33). Le siguieron “Cartas del Norte. Blasco Ibáñez en los Estados Unidos” ([n. 29]; jul. 25, pp.5/35); “Nuestra riqueza ajena”. (1920,  n. 36, sept. 5, pp.37);  el cuento “El respeto.” (1920, n. 40, oct.3, pp. 9/25); “Releyendo a Ibsen.” (1920, n.50, dic.19, p.8); “Tagore, el evangelista.” (1921, n.7, feb.13, p.25) y “Salutación.” (1921, n.39, sept. 25, p.6).

 

Homenaje poético a Jorge Mañach
Por María Elena Capó

En Carteles, 1ro de julio de 1956. >>

Considerado uno de los intelectuales más polémicos de la República neocolonial, Jorge Mañach (Sagua la Grande, Las Villas, Cuba, 1898- San Juan, Puerto Rico, 1961) continúa atrayendo la atención de estudiosos cubanos y extranjeros.

Dueño indiscutible de una polifacética personalidad creativa, se desplazó sin esfuerzo por las más disímiles modalidades discursivas. Igualmente, recorrió con éxito las rutas de la docencia universitaria y la oratoria política. También consiguió, tempranamente, desentrañar la magia de los medios de difusión masiva e identificó su enorme alcance en la promoción de los más altos valores de la historia y la cultura nacionales.

Observador acucioso de los contextos económicos, políticos y sociales de su tiempo, también examinó el carácter, la gestualidad, la lengua de sus compatriotas y, con ello, legó a la historia de la psicología social de la isla agudos juicios que aún hoy mantienen vigencia.

Numerosos estudios fueron consagrados a Jorge Mañach en las postrimerías del siglo XX, y la primera década del XXI. Ensayos, tesis doctorales y materiales audiovisuales aparecidos en ese lapso, confirman la afirmación inicial. Sin embargo, hasta el momento, no se tienen noticias de que haya recibido el homenaje de poeta alguno. Así, permanece como sincero y solitario tributo lírico el ofrecido por  Cintio Vitier al conocer de la muerte de su compatriota. La obra, titulada “Jorge Mañach”, integró el tomo Testimonios.1953-1968, aparecido en La Habana en este último año.

El aliento de la poesía conversacional recorre el texto todo en el cual es posible detectar, no obstante, las huellas del modernismo literario hispanoamericano. El empleo del nombre de la figura cantada como título, la colocación del apelativo limpio, desnudo, sirve de pórtico a la presentación de un retrato físico y espiritual de la figura objeto de la evocación lírica. Como una visión inexplicable, salida del espacio de la remembranza, aparece ante el poeta quien, haciendo uso del versolibrismo y manejando con éxito una profusa adjetivación en la que se combinan orgánicamente los rasgos más sobresalientes de la personalidad de Mañach,  consigue conformar una imagen integral del hombre de letras al que el bardo ha decidido rendir postrer tributo. El empleo de una simbólica inconfundible, venida desde la escuela romántica y en la que sobresale de modo particular la alusión reiterada a la palma real, contribuye a reforzar los elementos que delatan la pertenencia de Jorge Mañach  a una genealogía patriótica de la que también Vitier se siente parte. Algunas de las marcas fundamentales del desempeño crítico y académico del intelectual referido acaparan la atención del poeta, para el que no pasan inadvertidas las huellas que dejaron en aquel su hiperestésica personalidad y las decepciones sufridas.

Tras la presentación de este retrato, en la que pudiera considerarse primera parte de la obra, Vitier se enfrasca en un imaginado e intenso diálogo con el destinatario de su evocación. Para el lector enterado no pasarán inadvertidos los desencuentros que tuvieron lugar entre los jóvenes e iluminados miembros de la que sería nombrada  por su principal inspirador y guía, José Lezama Lima, como Generación de Orígenes, y sus antecesores vanguardistas. En el momento de la escritura del poema, liberado ya de los lastres que acompañaron a las típicas posturas de afirmación generacional y literaria, Vitier identifica las falencias de la mirada mañachiana y, al mismo tiempo, desnuda sus propias posturas. En un acto doble –de autoafirmación por un lado, y de reconocimiento de la autoridad de su antecesor– el poeta enaltece sinceramente la figura de este. Un cambio en el accidente gramatical utilizado en el segundo segmento del texto (de la primera persona del singular empleada en la primera parte, a la también primera persona, pero en este caso del plural) revela el carácter grupal de las aseveraciones planteadas. Los origenistas todos reconocen, en la voz de uno de ellos, la grandeza del homenajeado.

Más tarde, en un interesante juego de palabras, devenido guiño respetuoso, Vitier remite a sus lectores al título de uno de los ensayos más difundidos y profundos de Mañach, Historia y estilo, el cual, según el poeta, también contiene en sí una de las características de personalidad más sobresalientes de este intelectual. El último segmento del texto recoge el fuerte impacto emocional que ha provocado en Vitier su fallecimiento. Una nueva –y al tiempo reiterada– imagen lo representa ahora desde aristas más entrañables, más humanas. La convivencia y fusión de todas ellas definen su persona y su profesión, y lo señalan como uno de los miembros más destacados de la comunidad intelectual cubana.          

El reconocimiento de la labor creativa desempeñada por figuras intelectuales que antecedieron a las siguientes generaciones literarias, constituye una tradición en el campo cultural cubano. El texto analizado ofrece cumplida muestra de ello, y ojalá constituya estímulo adecuado para que las nuevas hornadas de intelectuales mantengan vivo un proceder que, sin dudas, también las enaltecerá a los ojos de aquellos que se constituyan en sucesores suyos. 

 

Jorge Mañach

No sé por qué hoy aparece
ante mis ojos su figura
esbelta, escéptica, fallida
y siempre airosa sin embargo,
flexible palma de una patria
que no podía ser: tan fina,
sí, tan irónica, tan débil
en su elegante gesto, lúcido
para el dibujo y el fervor,
los relativismos y las
conciliaciones, con un fondo
de gusto amargo en la raíz.
Ciegos sus ojos para el rapto,
usted no vio lo que veíamos.
Bien, pero en sombras yo sabía,
mirándolo con hurañez,
lo que ahora llega iluminado:
Tener defectos es fatal
y nadie escapa a sus virtudes.
Tener estilo, en vida y obra,
no es fácil ni difícil, es
un don extraño que usted tuvo,
Jorge Mañach, para nosotros.
Esta mañana es imposible
que usted haya muerto. Viene ágil,
sin vanguardismos ni Academias,
de dril inmaculado, laico,
maduro, juvenil, iluso,
entre sajón y catalán,
a dar su clase de Aristóteles,
y en el destello de sus lentes
hay un perfil de Cuba, único,
que al sucumbir quedó en el aire,
grabado allí, temblando, solo...  

 

Mañach, cronista en 1959 y 1960
Por Ana Cairo

1

El azar quiso que por dos veces un 25 de junio tuviera significación en la vida de Jorge Mañach.  En el de 1933,  el día fue muy alegre porque un grupo de intelectuales le ofreció un banquete en el hotel Florida (calle de Obispo), a modo de homenaje con motivo del éxito nacional y latinoamericano alcanzado por la biografía Martí, el apóstol (1932), publicada en España.

Mañach junto a María Teresa Freyre de Andrade
y otros intelectuales (Biblioteca Nacional, 1959).>>

En el  de 1961, falleció, víctima de un cáncer, en San Juan de Puerto Rico. Margot Baños, la esposa, y Jorge, el único hijo (médico) lo acompañaban.

Mañach se había opuesto al golpe de estado del 10 de marzo de 1952, que instauró un segundo batistato. El 5 de mayo, un grupo de pandilleros al servicio de la dictadura había asaltado su programa radial “La Universidad del Aire”, en el que se impartía un curso con motivo del cincuentenario de la instauración de la República de Cuba. Él y el profesor Elías Entralgo (el conferencista) fueron atropellados. Hubo varios estudiantes golpeados; uno de ellos fue Armando Hart.

Entre 1952 y 1953, utilizó los discursos y el periodismo, asociados al centenario del natalicio de José Martí, para denunciar a la tiranía batistiana.

En 1954, escribió “Breve introducción a La historia me absolverá”, que sirvió de prefacio a la primera edición clandestina del alegato de Fidel Castro.

En 1955, estuvo entre los impulsores de la Sociedad Amigos de la República, que aspiraban a encontrar una salida pacífica a la crisis institucional.

La Universidad cerró las aulas por tiempo indefinido a partir del 3 de diciembre de 1956.  Meses después, se estableció en España, donde permaneció hasta marzo de 1959. Se ha dicho que allí le fue diagnosticada la enfermedad.

Le solicitaron  “El drama de Cuba”, que se publicó en París (mayo-junio de 1958); la censura no permitió su publicación en La Habana. El texto fue incluido en el número especial del semanario Bohemia, con el que se iniciaba la triada conocida como la “Edición de la Libertad” (11 de enero de 1959). La tirada certificada de Bohemia fue de un millón de ejemplares; de este modo, se convirtió en el ensayo más reproducido del siglo XX.

2

Cuando Mañach  retornó a Cuba en marzo de 1959, se incorporó a sus labores habituales en la cátedra de Historia de la Filosofía en la Universidad de la Habana y al periodismo. Escribía semanalmente en Bohemia y tenía una columna en el Diario de la Marina.También aparecía esporádicamente en el programa televisivo “Ante la prensa”, que él había fundado en los inicios de los cincuenta.

El 19 de mayo de 1959, aniversario de la muerte de José Martí, en la Escalinata de la Universidad, Mañach  realizó la primera velada de la Operación Cultura, coordinada por la Federación Estudiantil Universitaria, para festejar la apertura del curso académico (ocurrida el 17). En sus palabras, aludió a la fecha; presentó a la actriz Carmina Benguria, quien leyó unos poemas del Apóstol, y después él pronunció una conferencia sobre el paisaje en la cultura cubana.

En julio, saludó el regreso definitivo a Cuba de Alejo Carpentier, a quien consideraba una de las grandes personalidades de nuestra cultura y de América Latina.

Preparó una antología de textos martianos, a solicitud de Carpentier, para el primer  Festival del Libro Cubano y Latinoamericano, que tuvo varias reimpresiones de miles de ejemplares.

Desde que Mañach impartió el curso “El espíritu de Marti“(1950, Aula Magna de la Universidad), dentro de las acciones pro  centenario del natalicio, tenía el propósito de escribir una nueva biografía.

Quizás, la convulsa situación creada con el golpe de estado de 1952, determinó que pospusiera ese deseo. Entre 1959 y 1960, ya no tenía salud para enrolarse en tan complejo proyecto. De todos modos, actualizó la biografía de 1932. Esta última versión ha sido reeditada por la Editorial de Ciencias Sociales.

En la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional José Martí, se conserva la edición mimeografiada de  El espíritu de Martí. En la colección Mañach del Archivo Literario del Instituto de Literatura y Lingüística, están las conferencias mecanuscritas con múltiples  arreglos; además, existen las cartas cruzadas con la comunidad martiana y con otros lectores de la biografía de 1932.

Mañach había tenido la suerte de  entrevistar a Amelia Martí (una de las hermanas); de ser amigo íntimo de José Francisco Martí Zayas-Bazán (el hijo); de conversar con Blanche Zacharie de Baralt (una de las amigas); de acceder a todo lo investigado por Félix Lizaso y Juan Marinello; de interactuar con  los otros profesores universitarios que habían escrito sobre el héroe hasta la década de 1950; entre ellos: Raimundo Lazo, Herminio Portell Vilá, Luis Baralt, Roberto Agramonte y Alfonso Bernal del Riesgo.

3

En febrero de 1960, integró el jurado (género ensayo) del primer  Premio Casa de las Américas. Sirvió de anfitrión, en nombre del claustro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad, a Jean Paul Sartre, cuando este quiso reunirse con los estudiantes; explicó quién era el filósofo francés y organizó el intercambio de opiniones.

Conmocionado por el sabotaje al vapor francés La Coubre  (4 de marzo), crimen en el que murieron decenas de cubanos, escribió “Déjennos en paz” para Bohemia. El emotivo texto complementaba a la sección En Cuba, en la que aparecía una reconstrucción de los hechos ilustrados con fotografías.  El dossier fue reproducido en numerosos lugares de América Latina.

En agosto de 1960, rindió homenaje a su amigo, el filósofo Medardo Vitier, quien había fallecido.

En los primeros meses del curso 1960-1961, ocurrió un incidente lamentable a propósito de su jubilación como profesor universitario. Se ha dicho que se le sugirió dicha opción en atención a la enfermedad. Él protestó. Finalmente, se acordó que él decidiera libremente. Eligió jubilarse, porque así no tendría que solicitar una licencia por varios meses.

Luis Múñoz  Marín, gobernador de Puerto Rico, lo invitaba a que dictara un curso universitario en San Juan. Partió con su esposa.

El Gobierno Revolucionario había ordenado que se le facilitaran todos los trámites.
Los intelectuales amigos deseaban que al finalizar el curso retornara; ellos querían que muriera aquí. Desde el aeropuerto de Rancho Boyeros, telefoneó a la casa de Juan Marinello, quien lamentablemente no se encontraba.

En 1961, Mañach se agravó. El hijo marchó a San Juan para atenderlo.

Se ha dicho que estuvo trabajando con disciplina en las conferencias; aunque ya sabía que no tendría fuerzas para impartir el curso. De este modo, correspondía a la gentileza del trato respetuoso que había ordenado Múñoz Marín, a quien conocía  desde  los años treinta en los Estados Unidos.

Mañach  había tenido relaciones contradictorias con los intelectuales puertorriqueños. En la Universidad de Harvard (década de 1910),  se había convertido en amigo de Pedro Campos, quien después  había cambiado su nombre a Pedro Albizu Campos (al ser reconocido legalmente por el padre). En 1927 y 1928, durante las dos visitas de don Pedro a La Habana lo ayudó en todo lo posible.

En 1950, cuando Albizu fue de nuevo encarcelado, Mañach escribió en solidaridad con su viejo amigo de Harvard. Pero, también, explicó que le parecía interesante el proyecto reformista de los adversarios liderados por Múñoz Marín.

4

Los textos de Mañach, entre marzo de 1959 y finales de agosto de  1960,  podrían ser muy interesantes para estudiar las contradicciones de los pensamientos y las praxis de los intelectuales liberales, quienes se autorrepresentaban en la  derecha.

Por ser un civilista antibatistiano, un amigo personal de Eduardo Chibás y un ex miembro fundador del Partido Ortodoxo, Mañach  estaba feliz con la victoria del 1 de enero y defendía al Gobierno Revolucionario.

Combatía  todas las formas de corrupción y creía en el adecentamiento público. Por lo mismo, todo lo que fuera la recuperación de bienes malversados estaba legitimado. Eso ayudaba a crear nuevas bases para salir de la profunda crisis moral, que había desencadenado el golpe de estado de 1952.

Tenía conciencia de que estaba en el bando de una derecha liberal, todavía creyente en proyectos regeneracionistas modernizadores para salvar la república burguesa.

Como se evidenciaba en su prefacio a La historia me absolverá, admiraba la valentía, la audacia y la inteligencia de Fidel Castro.

El 4 de abril de 1959, publicó “El ángel de Fidel” en el Diario de la Marina.Estudiaba el carisma del líder. Inventó un personaje para dialogar. Ambos habían visto a Fidel hablando por la televisión varias horas. El interlocutor conservador opinaba:

Este muchacho me tiene desconcertado. Hay momentos, muchos momentos, como esta noche, en que le escucho con algo más que simpatía: con una profunda emoción. Se le ve tan sincero, tan férvido, tan entregado a su causa, tan manifiestamente animado de un anhelo de justicia, de dignidad y de bienestar para todos, que parece realmente un milagro humano… Sí, un milagro cubano. Algo como Martí. Pero…
– ¿Pero?
– Luego me sacudo de ese trance casi hipnótico en que sus palabras lo ponen a uno. Pondero ciertas manifestaciones, comparo la realidad con las cosas que dice, exploro, sobre todo, el sentido que tienen (o que no tienen) ciertos argumentos, particularmente de orden económico… Y te confieso que entonces me alarmo, disiento, me pregunto si no estará construyendo peligrosamente una utopía sobre premisas hijas de su deseo más que de la realidad…Y eso me tiene sometido a un conflicto interior.

El personaje Mañach estimaba que:

Por de pronto es cierto eso que Fidel “seduce”. Yo diría que tiene eso que los españoles llaman “angel”. Un ángel dialéctico y hasta de espada flamígera como los del paraíso. Pero ángel. A veces se le percibe como en un revuelo de alas. Otras, en la fulguración, en el blandir del anatema. ¡Y qué fuerza de persuasión!
[…]
Te diré. Nos hemos pasado la vida (al menos me la he pasado yo como escritor público) pidiendo una honda y total rectificación de la vida cubana. Más de una vez escribí que esto necesitaba “una cura de caballo”, “una cura de sal y vinagre”. Y ahora que eso ha llegado me parece de canijos asustarse…
– Pero ¿son de veras rectificaciones?
– ¡Qué duda cabe! Por lo pronto, la Revolución ha logrado ya aquello que Martí pedía: poner de moda la virtud. Y yo creo que esa proscripción de la venalidad, de la frivolidad, de la irresponsabilidad, ha llegado con tal fuerza acumulada de voluntad y con tanto ímpetu, que no va ser una simple “moda” pasajera.
– ¿Y qué más?
– Eso es algo cardinal. Otra cosa cardinal es esta: la vida pública cubana, cuando no fue siniestra y sórdida, como en los últimos años, era algo chato, menguado, sin nobleza alguna en los empeños. No había voluntad de nación. Vivíamos, a lo sumo, acogidos a un optimismo rutinario, con el cuento aquel de que la isla era de corcho… Ahora hay alturas de propósitos en el ambiente, voluntad creadora, decisión de ser… Esto me parece enorme. Al lado de eso, todo lo demás cuenta muy poco.
[…]
[…] Una revolución democrática como esta no es cosa que pueda hacerse que pueda hacerse si desquiciamientos, sin desajustes, sin riesgos más o menos graves. […] Lo que importa es la visión global –no mirar las cosas desde el ángulo estrecho de los personales intereses– y la visión histórica: no contemplarlas en relación con el hoy, sino con el mañana.

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Por haber sido miembro de la Convención Constituyente de 1940 y uno de los redactores, junto con Juan Marinello, de la última versión del texto para garantizar una alta calidad de estilo, defendió la primera Ley Constitucional de Reforma Agraria (17 de mayo) que  implementaba el cumplimiento de la proscripción de los latifundios y entregaba tierras a miles de campesinos.

Apoyó la reforma integral de la enseñanza y abogó porque se aprovechara para inculcar los mejores valores patrióticos.

En “La estrella en el mástil”, felicitó a Raúl Roa, Ministro de Estado, por la nota diplomática al gobierno de los Estados Unidos, en defensa de la soberanía nacional.

En resumen, Mañach fue coherente con los principios de un liberalismo democrático regeneracionista. Se dio cuenta de que la radicalización antimperialista sería inevitable y que esta impondría una opción socialista, porque el gobierno de los Estados Unidos se había declarado enemigo muy belicoso de los cambios esenciales que necesitaba Cuba.

En el verano de 1960, con las nacionalizaciones de las grandes empresas extranjeras  (agosto)  y las cubanas (octubre), las opciones de un proyecto nacionalista de matrices liberales  quedaban legítimamente canceladas.

Mañach era un pensador anticomunista lúcido, honesto, desde los años veinte. A las puertas de la muerte, no podía actuar como un vulgar oportunista cambiando de bando. En Miami, estaban mayoritariamente los batistianos, quienes seguían siendo los principales enemigos; en San Juan,  podría  esperar con tranquilidad a que le llegara una muerte liberadora.

La Habana, 12  de junio de 2011.