Del testimonio plástico a la permanencia simbólica

Por Daniel Céspedes

José Martí se extiende cual libro inacabable. Tantos estudios sobre su figura y pensamiento sobrepasanen conjuntono solo sus cuarenta y dos años de vida, sino cuanto escribió. Las aproximaciones constantes hacia su existencia y obra han permitido que él continúe reconfigurándose aún hoy desde disímiles aristas. El reconocido ensayista y crítico de arte Jorge R. Bermúdez le asiste la razón cuando en Martí, comunicador visual (Centro de Estudios Martianos, 2017), su más reciente libro, manifiesta: «Más que un tema, Martí es ya un género. Salvo contadas excepciones, bien puede seguirse la historia del arte cubano a partir de su presencia en ella. Así lo refrenda ser el icono de más sostenida trayectoria en nuestra cultura visual y asunto de casi todos los más importantes artistas, grupos y tendencias que la han registrado. Condición, por demás, que ha mantenido hasta el presente».(1)

No obstante, al hombre de letras y de pensamiento se le sigue temiendo porque sobre él pesa su proceder de sacrificado al servicio político-social de su patria. Luego está su categoría de héroe de la nación, la recompensa justa, pero toda investidura excelsa determina prejuicios en su acogida. El autor de Martí, comunicador visual también se ocupa de estas cuestiones en las páginas de un libro muy historiográfico —una vez más queda confirmada su pericia como investigador—, aunque también analítico y crítico en torno a cuantas manifestaciones incumbieron al campo de apetencia intelectual de Martí.

Preocupan los juicios discriminatorios y confusiones cuandose pretende, por una intentada uniformidad y unicidad, conocer a Martí a partir de frases-pensamientos (casi siempre los mismos) y de la lamentable reiteración de imágenes alegóricas como el busto repetido en cada Rincón Martiano, del que Bermúdez realiza un comentario merecedor de citarse en toda su extensión por la crítica oportuna.

Con alguna que otra variante en cuanto a concepción y ubicación, y de su no menos importante función de soporte del pensamiento del Apóstol —no siempre bien integrado al pedestal, ni plasmado con la mejor tipografía o caligrafía, según el caso—, dichos “rincones”, levantados con la mejor intención del mundo y concebidos a semejanza de estéticas pasadas, han devenido la obra mayor del facilismo y el voluntarismo, adueñándose de los más disímiles espacios arquitectónicos y públicos del país.(2)

Pasemos por alto a quienes se pierden al Maestro porque no les gusta leer. Pero no a esos que esquivan a Martí por cuanto otros repiten, pues a ellos se les presenta la oportunidad de cambiar la situación. ¿Cómo? Yendo a la obra para descubrir al hombre y al pensador, al artífice de la palabra, «uno de los pocos grandes escritores de lo inmediato», como lo admite justamente Bermúdez.

El Martí textual no solo está en los tomos de la Edición Crítica de sus Obras Completas. Mientras un investigador cifre, analice y ensaye en las particularidades del pensamiento martiano, el coloquio entre letra impresa  (ya sea del propio Martí o del ensayista) y lector curiosose amplía y pudiera seguir mostrando visos de contemporaneidad. Ayuda siempre quien localiza en el bosque de frondas política-ideológicas los claros de otros ramajesno menos favorecedores. No se olvide que José Martí pudiera interesar siempre por esa condición de «escritor amazónico» (el calificativo es de Rubén Darío), cuya curiosidad le posibilitaba escribir de cuanto le pedían o se le antojara. Para ello se entregó a un saber generoso dable gracias a su escritura plástica.

Entendido en el arte de la imprenta y conocedor de la importancia de las imágenes necesarias para acompañar ideas, estados de ánimos y estéticas, ya fuera una pintura, el grabado en un libro, en una revista o a partir de las fotografías sobre su persona y los autorretratos que conocemos, Martí propició un diálogo constante entre arte, ciencia y técnica, pensamiento y acción donde la imagen, el punto de vista sobre la misma y el escribir acerca de tal experiencia eran desus más preciados intereses intelectuales.

En el que considero, por el ajuste de estilo e ideas de Bermúdez, uno de los mejores acápites de este libro: «Martí y la fotografía» junto al contenido de «Pinceles & Pixeles» y todo lo de «Chac Mol en Martí», se leen ratificaciones harto indudables como la de que «Martí (…) es el primero de los grandes hombres del siglo XIX americano en mostrarnos su historia en imágenes fotográficas».(3) O esta ya más detallada: «La imagen fotográfica tiene en la conciencia de Martí una proyección personal, íntima. Es el contrapunto visual entre el permanente sacrificio de su yo y la misión histórica a la que se consagró en cuerpo y alma».(4) Ahora, al finalizar este apartado de interrelaciones entre la fotografía con la escritura y figura martianas, Bermúdez plantea: «Se da por sentada la vasta como sólida cultura de Martí, pero, ¿quién ha reparado en su cultura visual?».(5) No creo que se haya señalado en tales términos, pero cuando, más que registrarse analiza«la vasta como sólida cultura» de Martí  como crítico de arte por ejemplo, queda planteado de varias maneras cómo la recepción de lo múltiple sensorial en él enriquece su comentarios sobre determinados piezas y hechos artísticos.En cuanto a cómo el sujeto heroico construye (in)conscientemente su propia iconografía (Bermúdez cree más en la heroicidad consciente) es una idea ya manifiesta en Martí, comunicador visual, donde su autor reconoce, en efecto, que muchas vocaciones cruzadas se dieron en quien no necesitaba concluir ni siquiera un texto para iniciar otro o desatender un viejo proyecto en vista de darle prioridad a uno nuevo.

Testigo de diversos acontecimientos culturales de épocas pasadas y de la suya, José Martí erigió prolongaciones de referentes por esa formación y desarrollo que tuvo como comunicador visual, en unión con su sensibilidad absolutamente pictórica,(6) reconozcámoslo. Lo anterior viene a complementarse con«Evolución de la imagen de José Martí en la plástica y la gráfica cubanas» y en «Los nuevos en Martí (2000-2010)».

A Jorge R. Bermúdez se le puede aceptar ─como a otros estudiosos y admiradores de Martí─ el mezclar el mes de nacimiento con el de muerte del Héroe Nacional cubano. Una vida como la de Martí, mediada por tantas adversidades (cárcel, exilio, enfermedades, penurias materiales, desacuerdos familiares) y pocas o ninguna queja(s) por escrito, más ese persistente peregrinar física e imaginativamente por razones políticas y de índole cultural, cuesta asentarla a un corto pero intenso trayecto vital. ¿Cómo no trastocar las fechas de quien parece, por cuanto escribió, haber vivido antes de enero de 1853 y aventajado aquel fatídico mayo de 1895?

Martí, comunicador visual es un libro bien escrito y con edición cuidadosa. Las imágenes internas (no podían faltar) son excelentes. Tan válida como grata es la invitación de Jorge R. Bermúdez para repensar el testimonio verbal y la permanencia simbólica del mejor hombre que ha dado Cuba.

 

Notas 

(1) Jorge R. Bermúdez: Martí, comunicador visual. Centro de Estudios Martianos, La Habana, p.159.

(2) Ibídem, pp.164-165.

(3) Ibídem, p.31.

(4) Ibídem, p.46.

(5) Ibídem, p.49.

(6) Como lo reconociera Rufo Caballeroen su magnífico texto Nazca la luz de la cera, la flor del asfalto. José Martí en la plástica cubana, un estudio de la iconografía y la tropología en Agua Bendita, crítica de arte, 1987-2007, Artecubano Ediciones y Editorial Letras Cubanas, 2009.