Las olas traen los versos

Por Katiuska Blanco

El hombre se incorporó, tomó el catalejo del velador y alzó la vista más allá del cristal de la habitación hacia los horizontes infinitos del océano. Luego acercó la mirada a los rompientes. De súbito, el hombre fijó el lente en la cresta de las olas que acercaban y alejaban un madero con persistencia obstinada. Se volvió hacia Matilde, aún perdida entre las sábanas, y le dijo: "El mar me ha traído un escritorio".

Al vuelo alcanzó la planta baja, llamó a Rafita el carpintero y luego descendieron juntos hasta la costa. Lo que sus ojos veían era algo asombroso. Se trataba de la puerta de un camarote de algún viejo barco olvidado o hundido.

Rafita solo fijó el tablón a las patas, no curó sus heridas, no rellenó sus profundas oquedades, no lo pintó, no acalló sus rumores, no atenuó sus sobresaltos tempestuosos, no apagó los candiles que alguna vez lo rozaron, no evitó los golpes preludiando una presencia y mucho menos olvidó las voces húmedas que traía consigo. Así, el que fuera antes tronco espigado encalló convertido en una mesa de trabajo y emprendió después nuevas navegaciones, mientras Neruda anotaba sus versos en un cuadernillo escolar o acodaba los brazos en silencios hondos.

¿Misterio?

¿Fue con el esqueleto imbatible de pulmones agrietados de Nikolis M., aquel viejo barco griego que había encontrado su final en el puerto de Isabela de Sagua y que, con su dignidad de embarcación al borde de la muerte, desde una crónica de Guillermo Cabrera Álvarez seguía añorando el azul de todos los oleajes conocidos? ¿O tuve la certeza a partir de lo leído o quizá de lo vivido? ¿O tal vez fue el sacudimiento del espíritu cuando tres seres, cada uno por su lado, me propusieron mover la cabeza, empecinada en apartarme de los lugares comunes, escribir como andar por la orilla del alma y contar historias, siempre contar historias?

 Los senderos se bifurcan y confluyen en una verdad tremenda, pero imprecisa, para nada definitiva como todas las proverbiales verdades. Una historia puede habitar cualquier casa o paisaje, puede ser algo que nos pasó a nosotros mismos o a alguien que conocemos o no; puede ser una vivencia imaginada o tal vez oculta  en lo callado o lo fragoroso del árbol, un parque, las estancias, una tarde, un astrolabio, un vaso, un tranvía, un zapato, una huida, un cenicero, recuerdos, una invención, un fulgor, una vida: pequeños y grandes asuntos de las realidades a la sombra de las noches o iluminados por la claridad del día. Ernest Hemingway lo decía: pensar y teclear sin falta, y llevar minucioso la cuenta de las palabras paladeadas, apuntadas, hilvanadas. Tanto lo afirmaba como la necesidad de poner el tiempo en las historias, no el tiempo verbal, sino además el climático: o los menudos detallitos que hacen verosímil una fantasía. Lo otro es develar destinos, recorrer geografías recónditas o evidentes, hurgar en las fotografías y los mapas, los periódicos, las modas y las piedras, los desvanes, los archivos, las bibliotecas; escuchar a los presentes y a los muertos y a los que aún no han respirado, confiar plenamente en las papelerías y hacerlo apasionadamente.

Y al final volver al asombro de lo natural, con la convicción de que todo lo soñado es cierto, que el milagro es cotidiano y solo hay que tener sentimiento para verlo o narrarlo con la ilusión de lo pensado.

¿Cómo adelantar un camino, una fórmula eficaz? Eso al menos intento hoy sin conseguirlo. No hay rutina para la alquimia de las palabras enhebradas en la maravilla, cautivadoras o fascinantes. Confirmaba Lezama desde su sillón trasatlántico: "Cada palabra tiene preludios, huellas de dedos anteriores. Cada una trae su desgaste". Así nosotros mismos y las historias alumbradas. Para mí, es pura magia que no se explica y un intento perpetuo.