Imaginarios: Eligio Sardinas, Kid Chocolate (1910-1988) en la cultura cubana

 

La Habana, en la víspera de sus 500 años de fundada, ha sido y es escenario natal de muchísimas leyendas, el deporte no ha estado exento dentro de los innumerables atractivos que ha recreado esta ciudad. En este Imaginario dedicamos  páginas, a quien diera gloria deportiva a Cuba, nacido  en la barriada del Cerro, en la capital cubana,  devenido en mito, y realidad: Eligio Sandiñas, conocido en los predios de los guantes, como “Kid chocolate”, quien entre 1928 y 1938 celebró 136 combates y sólo perdió 10, entabló 6 y venció a 44 rivales; siendo noqueado solo dos veces, en toda su carrera deportiva por dos adversarios: Canzoneri y Klick.

Recopilado por: M.S.c Reina Ramírez Granela

 

 

“El boxeo soy yo…”
Por: Enrique Capetillo

Por encima de algunos criterios y consideraciones, "Kid Chocolate. El boxeo soy yo...", devenido indiscutible éxito editorial, responde con creces al empeño de sus autores, los compañeros Elio Menéndez y Joaquín Ortega: desempolvar la legendaria figura del doble campeón del mundo, y ofrecerla ante la sed de conocimientos de la actual generación de jóvenes lectores amantes del deporte, a quienes las glorias y las andanzas de Eligio Sardiñas les han llegado envueltas en el velo del misticismo y de la fábula.

Y aunque el acontecer de los puños de oro del entonces negrito del Cerro y su tumultuosa vida fuera de las cuerdas, se convirtieron en una leyenda, el principal mérito de Elio y Joaquín es presentar con todo su interminable rosario de grandezas atléticas al "Kid" pero, sin despojarlo de las veleidades a que se vio arrastrado producto del medio hostil que conoció en sus correrías como niño y adolescente, donde para ganarse un mísero bocado, se vio precisado a vocear periódicos y a chocar desde muy temprano con la verdadera entraña de una sociedad corrompida. Este es el mérito histórico del libro que demuestra, a lo largo de sus enjundiosos y refrescantes capítulos, cómo la figura de “Chocolate” fue exacerbada hasta lo inconcebible por ese mismo medio que años después lo sepultó en el olvido, una vez minada su endeble anatomía por una vida bohemia que ofició como contrapartida a las normas que deben prevalecer en todo deportista. Con singular acierto, los autores, en uno de los capítulos finales, ponen al desnudo la falsedad y el oportunismo reinantes.

     
Libro Kid Chocolate “El boxeo soy yo”. Dos ediciones diferentes. Sala General. Fondos BNCJM.

“Chocolate “, en 1956, estuvo a punto de ser remitido durante cuatro años a prisión. Infamantes los espurios rejuegos políticos e intereses que se manifestaron en este triste episodio como fiel espejo de la época.

Para los miles de amantes al boxeo, la narrativa golpe por golpe de las formidables batallas libradas por el excepcional artista de fistiana frente a los no menos célebres Tony Canzoneri, Al Singer, Benny Bass, Fidel La Barba y Jack Kid Berg –entre otros- y la reproducción comentada de lo que dijo la prensa al respecto, constituyen una referencia documental de singular valor. Oportunas las citas a “Kid Charol”, Ray “Sugar” Robinson –deliciosa anécdota acerca de un encuentro entre el entonces Rey de Harlem y “Chocolate” en New York- y la inolvidable noche en que el gran campeón, de correrías por parís, recibe el sincero homenaje de Carlos Gardel que le dedica su inmortal “Rosas de otoño”.

A nuestro modo de ver “El boxeo soy yo…” sólo adolece de una más amplia valoración de “Pincho” Gutiérrez. Se debió abundar lo suficiente en la indiscutible evolución política e ideológica del mentor de “Chocolate”, quien en tiempos de asfixia y de mordaza, le llevaron a clamar por la desaparición del deporte rentado y a combatir los abusos, la politiquería y el absoluto status de seudorrepública. “Pincho”, quien viajó a diversos países socialistas, no se cansaban diariamente, desde su espacio en “Cadena Oriental”, de hablar de las ventajas de ese sistema social al que calificó de “verdaderamente justo y superior en todos los órdenes”.

Hecha esta salvedad, “El boxeo soy yo…” cumple con singular acierto su cometido. Y lo más importante, por su riqueza anecdótica y su estilo fluido, el lector, al final se sorprende y se lamenta de que el libro haya concluido. Algo que expresa el empeño investigativo y la calidad en su redacción manifestada por sus felices autores. En la temática deportiva resulta la mejor obra de los últimos años.

Tomado de Bohemia, La Habana, no. 20, 15 de mayo de 1981. Pág. 26-27.

 

El boxeo soy yo… (Fragmentos)

EL CERRO FUE LA CUNA

Aunque en la enciclopedia boxística The Ring, editada por Nat Fleischer, aparece el 6 de enero de 1907 como la fecha de nacimiento de Eligio Sardiñas, lo cierto es que el Kid vio la luz primera el 28 de octubre de 1910, en la populosa barriada habanera del Cerro, en Santa Catalina No. 6, entre Piñera y Lombillo.

Y no es que la llamada «biblia del boxeo» haya errado. Simplemente, que el 6 de enero de 1907 fue la fecha con la que Chocolate se reinscribió en el juzgad municipal de San Isidro, entre Compostela y Picota, Habana Vieja, y así constó en los documentos oficiales cuando en 1928 emprendió el primer viaje a Nueva York, en compañía de Luis Felipe Pincho Gutiérrez y la reducida cuadra de boxeadores que completaban Juan Antonio Herrera, Relámpago Sagüero, Juan Cepero y Gilberto Castillo.

Sucedía que para combatir más de ocho asaltos en la Babel de Hierro, todo boxeador debía tener como mínimo los 21 años cumplidos, y en el momento de hacer las maletas y partir hacia la conquista de Nueva York, el negrito del Cerro apenas tenía 18.

Pero... ¿por qué tanta prisa? Vayamos al principio. Yiyi —así llamaban a Chocolate en su infancia— creció como hierba silvestre en los placeres del Cerro. Limpió zapatos, vendió periódicos e hizo todo lo imaginable para subsistir en un medio asfixiante. Cuba era un país no industrializado, con un crecido número de desempleados, y el hambre como constante. Un año antes del nacimiento del futuro gladiador, cesaba la segunda intervención norteamericana en la Isla y asumía la presidencia José Miguel Gómez; pero los amos seguían siendo los mismos.

El padre —Salomé, peón de obras públicas— murió cuando Yiyi tenía cinco años. La familia se vio obligada a mudarse para una habitación interior de la cuartería ubicada en la calle Magnolia, entre Parque y Bellavista, en el propio Cerro. Eran seis hermanos: Yiyi, el más pequeño de los varones, Domingo, Catalina, Cruz María, Wilfredo y Meme.

Días difíciles. Lo que conseguía Domingo, el mayor de los hermanos, cuando más, alcanzaba para pagar la renta del cuarto; y la madre, Encarnación Montalvo, veía escapar las escasas fuerzas lavando y planchando ropa para la calle, labor en la cual la auxiliaban Catalina y Cruz María cuando no estaban colocadas de domésticas, que, al fin y al cabo, aunque poco aportaran, eran dos bocas menos a comer en la casa.

No extrañará que Yiyi pasara los primeros años sin ir a la escuela. Cuando no alcanzaban los centavos que conseguía con la venta de periódicos o la limpieza del calzado, se los buscaba jugando handball en la cancha de Víctor Fuentes, en San Cristóbal, entre Primelles y Churruca, también en el Cerro, o en los pitenes de béisbol que solían formarse en el antiguo cine Maravillas, detrás de la cafetería Cerro Moderno.

Cuentan quienes lo conocieron desde muchacho, que Yiyi tenía singular habilidad para jugar cancha. Integró, junto a sus inseparables Chorizo y Filomeno, un trío conocido como Los Niños Malditos, cuya destreza en el deporte les dio a ganar muchos reales, producto de las apuestas con las que guagüeros y motoristas matizaban aquellas discutidas jornadas en la cancha de San Cristóbal. Esta instalación se hallaba próxima a lo que entonces eran los paraderos de guaguas La Compañía (que iban hasta Zanja y Galiano) y La Comodidad (Cerro-Aduana), y el de los tranvías de la línea Cerro-Muelle de Luz. Muchos empleados del transporte acostumbraban a apostar. Parte de sus ganancias, en forma de propina, iba a parar a manos de los handbolistas triunfadores.

El trío de Los Niños Malditos ganaba con reiteración y el pintoresco gorro tejido de Yiyi se vaciaba y llenaba varias veces en el transcurso del día.

Luego de retirado, el propio Chocolate reconocería que fue el handball, en primera instancia, y después el béisbol, practicados desde muy pequeño, los que le dieron esa vista de águila, esa velocidad y el aire que le facilitaron salir adelante en el pugilismo.

Como pelotero, se desempeñó con calidad en el campo corto, aunque podía hacerlo, además, en la intermedia o en el inmenso campo central. Sobrino de Heliodoro Jabuco Hidalgo, brillante centerfielder del Almendares en la pelota de antaño, Yiyi heredó el virtuosismo beisbolero y, de no haber escogido el boxeo como profesión, Chócolo hubiera brillado igualmente en el deporte nacional, al decir de quienes lo trataron en esa época.

Fue el béisbol, más que el handball y tanto como el boxeo, una de las grandes pasiones del Kid. En entrevistas concedidas al final de su gloriosa carrera, admitiría que dos grandes ambiciones le motivaron desde muchacho: ver una pelea en el Madison Square Garden, el llamado templo del boxeo profesional, y un juego de pelota en el Yankee Stadium o en el Polo Grounds. Las satisfizo con creces: Chocolate combatió más de una vez en el Garden, y no sólo conoció y visitó el Yankee Stadium y el Polo Grounds, sino que en este último parque discutió varias de sus peleas más taquilleras.

Mas no todo era béisbol, cancha y el cotidiano saltar de uno a otro tranvía con el «extra, extra...» a flor de labios, ni el deambular por las más céntricas calles habaneras, el cajoncito colgado del brazo, el paño listo y el chocar de los cepillos; «¿Le doy brillo por un nickel, docto?»

Sobre el mediodía, invariablemente, Yiyi se iba hasta Ciénaga y Calzada del Cerro. Esperaba allí el paso del tren rumbo al central Toledo —hoy Martínez Prieto—f y a todo correr trepaba a uno de los vagones para arrebatarle cañas que en muchas ocasiones le sirvieron de almuerzo.

Amparado en la penumbra de la tarde, luego de un reconfortante chapuzón en la poceta Hoyo de la Vieja, detrás de La Tropical, velaba a los chinos cultivadores de hortalizas en la estancia próxima a donde se levanta actualmente la Ciudad Deportiva, para apoderarse de algún apetitoso repollo. No siempre tenía éxito y más de una vez tuvo que volar la alambrada de púas para salvarse de la justificada ira de los asiáticos, quienes, advertidos, solían tender estratégicas emboscadas a los que ilegalmente penetraban en sus bien cultivados huertos.

Este temprano intercambio de golpes con la vida, el peligroso acercamiento al bajo mundo de una Habana podrida, esta niñez desprovista de escuela y estímulos, contribuyeron a deformar la personalidad del Kid, quien no podría escapar de una sociedad que lo devoraría con el mismo ímpetu con que un día lo había encumbrado.

(….)SU AFICIÓN POR EL BOXEO

Yiyi comienza a sentir afición por el boxeo, ganado por los carteles semanales que se ofrecían en la Arena Colón —situada en Zulueta casi esquina a Dragones—, en programas en que tomaban parte su hermano Domingo, Jack Coullimber, Pedro Isla y Ernesto Morejón, todos de la barriada. Para entonces, el boxeo arraigaba en el Cerro, a causa de la influencia dejada por la farsa Johnson-Willard en opción por el título mundial de los pesos completos, la cual fue montada a bombo y platillo el 5 de abril de 1915, en el hipódromo Oriental Park, en Marianao, y en la que el negro Johnson se vio obligado a tirarse por 35 000 dólares. Los racistas del norte no le perdonaban a Jack la grandeza entre las cuerdas ni los amores con mujeres blancas.

El entrenamiento de Coullimber, isla y los demás, en el patio de una casa contigua a la cuartería en la que habitaba Yiyi, en un modesto gimnasio denominado El Manguito (de una rama del árbol colgaba un saco de aserrín como único aparato), y la necesidad cada vez más urgente de buscarse algunos pesos, influyeron bastante en que el Kid se inclinara por el boxeo. El gran empujón resultó el hambre.

Al tomar esta decisión, lo hacía con un organismo raquítico de niño hambreado, handicap que saldría a relucir en sus grandes momentos. La conversión de muchacho endeble a campeón mundial no fue, como dijo un periodista de la época, un milagro más de la medicina; esta deficiencia biológica la arrastró aquel hombre de cerebro privilegiado para el boxeo, agravada por una vida nada acorde con el sagrado código del entrenamiento.

Cuando se convoca el torneo organizado por el diario La Noche para voceadores de periódicos, Yiyi tiene 10 años de edad y pesa 55 libras. La competencia con otros órganos de prensa —también de circulación nocturna—, obliga a batallar por nuevas formas de venta y ésta es una buena fórmula: torneo pugilístico para voceadores, en el cual los ganadores se llevarán por premio un paquete de periódicos... para vender. Neutralizados la mayor cantidad de niños vendedores, La Noche sería el más voceado.

La solicitud de Yiyi es rechazada de plano. Hay sonrisas de burla y otras de incredulidad: «¿Tú? ¡Pero si es que no tienes contrarios para tus pocas libras! Vamos, chico, déjate de bromas.»

<< El futuro campeón a los 12 años. Imagen tomada del Libro: Kid chocolate, “El boxeo soy yo”. Fondos de la Sala General. BNCJM.

Yiyi insiste hasta el cansancio. Reta, maldice. Que le pongan a quien quieran, en fin de cuentas él se ha fajado con todos ellos en el duro ring que es la calle, noche a noche, en la batalla por ver quién vende más periódicos; es decir, en la lucha por la vida.

Se hace el listado de los que competirán. Se «casan» las primeras peleas para el cartel inaugural que tendrá lugar en La Punta. El nombre de Yiyi no aparece. Otra vez de la protesta airada a la frase dura, exigente. Quizá por la insistencia, o por no oírlo, se le acepta. Combatirá de relleno en exhibición frente a Kid Wititío, único de su peso que encuentran, aunque no precisamente de su peso, porque Wititío le lleva algunas libras que el Yiyi perdona, como luego perdonará otras muchas a Tony Canzoneri, Jack Kid Berg y Joe Scalfaro, cuando el mundo parecía postrarse ante el negrito del Cerro. (….)

(….)UNA PERSONALIDAD MUY DEFINIDA

—Chocolate fue, desde niño, una personalidad muy definida, simpático por naturaleza, siempre risueño, cortés a pesar de que no tuvo tiempo de asistir a la escuela, sociable con todos, blancos y negros. Cuando entró en el dinero y cambió los andrajos de la infancia por la buena ropa, supo vestir con elegancia, impecable desde los zapatos hasta el sombrero, sin llegar nunca a la excentricidad; lo que los ingleses llaman un verdadero gentleman.

—Reía mucho y por cualquier sencillez. Le gustaba divertirse, pero que yo recuerde, jamás abusó a costa de alguien. En Nueva York, como en La Habana podrida de aquellos días, visitó las altas y bajas esferas, pero jamás dio un escándalo, jamás, en sus días de boxeador, hizo acto público alguno del que luego tuviera que arrepentirse.

—Esta personalidad impactante, esta facultad única para «llegar» a blancos y a negros por igual, abrió los ojos a los grandes empresarios del boxeo que, rápidamente, se percataron de que tenían en sus manos una mina de oro. No era sólo la amplia colonia latina, ni los perseguidos negros del ghetto de Harlem los que pagaban por ver a Chocolate. Los blancos también querían ver en acción al negrito del Cerro, reían con su risa y sentían no sé qué misteriosa atracción. Aunque no faltaran, claro está, quienes emprendieran campañas difamatorias contra él, por la única razón de ser negro. Pero, ciertamente, eran los menos. (….)

(….)  ROMPIÓ LA BARRERA RACIAL

—Algo que saben muy pocas personas, incluso cubanos: Chocolate fue el primer negro en romper las barreras raciales existentes por aquellos años en Estados Unidos y el primer gran estelarista negro en consolidarse en los programas del Madison Square Garden o cualquier otra plaza importante del estado de Nueva York. Algo que no pudieron en la misma época celebridades como los campeones mundiales John Jack Johnson, Gorila Jones y Panamá Al Brown, lo pudo el Kid: pelear en la metrópoli neoyorquina sin las sogas que acostumbraban a tenderse para separar a blancos y negros en las graderías. ¡Tal fue su popularidad entre unos y otros!

—Hombre que han hecho historia en el boxeo, como los pesados Jack Johnson y Harry Wills, eterno retador de Jack Dempsey, terminaron sus carreras sin darse el gusto de pelear en Nueva York, errantes por los rings de Galveston, Texas, New Orleans y otras arenas de segunda.

—El Kid —y esto debe ser motivo de orgullo para sus compatriotas— abrió de par en par las puertas del sagrado Madison Square Garden a los boxeadores negros y llegó más allá: fue, también para orgullo de sus compatriotas, el más taquillero en su época, lo que los norteamericanos llaman el mejor drawing card del boxeo profesional. (…)

Tomado de Kid Chocolate. “El Boxeo soy yo…”, de Elio Menéndez y Victor Joaquín Ortega. La Habana, Editorial Orbe, 1980.

 

Mi hermana sí lo vio,
Y su sonrisa de muchacha
Fue con nosotros hasta su casa.
Yo me callé la frustración de mis seis años.

Luego lo conocí en las fotografías de los periódicos.
En los próximos años
Lo tuve en las anécdotas y de nuevo en los periódicos;
Y después en los ágiles reportajes que el mundo
De vez en cuando le hacía
Cuando ya no era el campeón ni la esperanza.
Pero siempre, para siempre lo tuve

Como una verdad de la patria.

Vocear la noche.
El jab.
Vocear la vida
Golpear la historia.
Dialogar con memorias y con ráfagas,
Con el ayer, que es hoy de eternidad.

¿A quién golpeas?
¿Entre quiénes te abres paso?
¿A quién has de derribar
Para ser tú?

Ese rostro y el rostro,
¿es el mismo?

Ese jab y ese hock,
¿toda la vida?

¿Cuántos,
Para encontrar un Rey?
¿Cuántos
De vida rota,
De encrespadas razones
Sin mañana?
¿Cuántos
De no ver más,

 

Imagen tomada del Libro: Kid chocolate, “El boxeo soy yo”. Fondos de la Sala General. BNCJM. >>

Poema tomado de revista Casa de las Américas, La Habana, no. 131, marzo-abril, 1982. Pág. 106-107.

 

YA ESTÁN EN NUEVA YORK

(…)

Ya están en Norteamérica. Pincho y su cuadra van a residir a la avenida Edgecomb, en el turbulento Harlem. Desde el sexto piso en que habita, Chócolo presencia las actividades beisboleras de los Gigantes de Nueva York en Polo Grounds, uno de sus equipos preferidos cuando, aún niño, se desplazaba como torpedero en el Maravillas, allá en su Cerro entrañable.

Entrenan en las arenas Saint Nichols. Esta vez Black Bill no hace el viaje y los jóvenes peleadores cubanos, desconocidos en Estados Unidos, no llaman la atención de los promotores, que codician las figuras de nombre.

De nada vale que Pincho insista en los triunfos del Kid sobre Johnny Cruz, ni la condición de campeones nacionales de los otros. No hay nombres que «vender» y, por lo tanto, no hay peleas. La vida es cara, muy cara, en la metrópoli. La encargada de la pensión está ahí, cada lunes, golpeando con los nudillos o a mano llena en la puerta para reclamar el dinero de la renta. Los cubanos ayudan a algunos peleadores ya establecidos, en sus sesiones diarias de entrenamiento en el propio Saint Nichols, y con lo que ganan mitigan las deudas, pero en realidad no viven.


Imagen tomada del Libro Kid chocolate, “El boxeo soy yo”. Fondos de la Sala General. BNCJM.

Pincho no sale de las oficinas de los promotores. En el pesaje previo a cada programa, no importa día, ni lugar, está él, siempre a la caza de una pelea «que se caiga» por enfermedad de uno de los contendientes, por sobrepeso en la báscula. Mientras, Chócolo, fascinado por la vida nocturna neoyorquina, entrena de día y, a espaldas de Pincho, se divierte de noche.

La situación se torna cada vez más dura. Entre la comida y la renta escapan los pocos dólares que ganan en el gimnasio. El primero de agosto, cuarenta días después de su arribo a Nueva York, se produce de forma inesperada el debut del Kid. Escuchen como él mismo lo relata:

Esa noche se efectuaba un programa en Mitchefields, en un campamento militar situado en Long Island, en los suburbios de Nueva York. Para una de las llamadas peleas especiales a 8 asaltos, había enfermado el rival de un tal Eddie Enos, quien había hecho oscilar la pesa hasta las 128 libras. Pincho vio llegar la oportunidad esperada y no perdió tiempo:

—Yo tengo al rival para tu muchacho, en cuestión de minutos estará aquí. Ni el promotor, ni el mánager de Enos, ni el propio Eddie, se preocuparon mucho por saber el nombre del rival. Sólo preguntaron:

—¿Cuántas peleas tiene?

—En Estados Unidos ninguna, pero en Cuba está invicto. No hubo quien le ganara allá.

—¿Cuba...?, preguntan, y sonríen al tiempo que encogen de hombros. Bien, trae a tu muchacho. Eso sí, no puede exceder de las 128 libras que hizo Eddie, ni una onza más.

Pincho es quien sonríe ahora:

—Despreocúpense, no se pasará.

Después de eso, Luis Piñero corrió en su carro a localizar al Kid. No está en pensión, tampoco en el gimnasio. Finalmente le halla en un círculo de artistas, en el vestíbulo del teatro La Fayette, en la más animada tertulia.

—Recoge pronto las cosas y el maletín, que esta noche debutas.

El Kid no sale de su asombro:

—¿Debutar esta noche...? ¿Dónde...? ¿Contra quién...?

—No preguntes más y vamos. Tienes que estar antes de las 12 del día en el pesaje. Ya Pincho te explicará.

Y hacen el viaje de regreso hacia las oficinas, situadas en Broadway 1547. Ya llegan. Chócolo sube de dos en dos los escalones. Pincho lo conmina a que rápidamente se deshaga de la ropa y suba a la pesa. Ésta llega hasta las 117 libras, ni una onza más.

El empresario, indignado, tira el habano contra el piso:

—Usted me dijo, señor Gutiérrez, que tenía un rival para Enos y este ehh... muchacho, no es de su peso. ¿Cómo es posible?

Pincho le interrumpe locuaz:

—El acuerdo fue que no se excediera ni una onza más de las 128 libras pesadas por Enos. No hemos faltado al compromiso, no veo pues, por qué su disgusto.

—Pero cómo este muchacho va a subir con un hombre superior, más fuerte y pesado. Eso sería riesgoso... Los periódicos hablarían...

—No habrá riesgo alguno, y si lo hay será para Enos, puede usted estar seguro. En lo que sí estamos de acuerdo es en que los periodistas van a hablar ¡y mucho!, pero no en la forma que usted piensa.

El promotor mira nervioso hacia el enorme reloj que cuelga de una de las paredes:

—Bien, ya no hay nada que hacer. A las 8:00 debe estar en la arena, ni un minuto después.

Y Pincho y Chocolate se marchan presurosos, acompañados por Luis Piñero y Moe Fleischer, quien sería el second principal del Kid en todas sus peleas.

Ya estamos en Mitchefields. El programa se efectúa en un campamento militar y la pelea Chocolate- Enos cubrirá uno de los turnos especiales, a mediados del cartel. Hasta el camerino del Kid llega el rugir de los aficionados, todos vestidos de kaki. Una voz, presurosa, les avisa que estén listos, que el próximo combate será «el de ustedes».

El primero en subir es Eddie Enos y lo hace en medio de una atronadora ovación. Ahora lo hace el Kid envuelto en su bata achocolatada como su nombre de guerra. Hay asombro en las tribunas. La diferencia en peso es notoria y el mismo Eddie, cuando voltea la cabeza hacia la esquina del Kid, no puede reprimir un gesto de asombro.

Mientras Enos saluda desde su ángulo a los numerosos amigos que le piden una victoria rápida sobre «ese negrito», para no demorar más el estelar, el Kid hace movimiento de cabeza y hombros, fintea y lanza algunos golpes al aire.

El pelo bien asentado, con la raya cuidadosamente hecha a un lado. La trusa y la bata flamantes, las zapatillas lustrosas, da más la impresión de un dandy salido de las calles de Belén que la de un gladiador.

Del público nace —hasta hacerse ola— una creciente pita, mezclada con aplausos y frases en inglés que el Kid no descifra. Chócolo, que no las tiene todas consigo, se voltea hacia Pincho:

—Esto no anda bien. Traerme a pelear con un blanco y en un campamento militar, no es nada bueno. Fíjate cómo me han recibido y eso que todavía no le he puesto las manos en la cara al soldadito ése. Si gano, no habrá forma de salir de aquí...

Moe Fleischer le devuelve la tranquididad:

—No tienes por qué preocuparte, Kid. A diferencia de Cuba, en este país los silbidos equivalen a admiración, simpatías. Has entrado con el pie derecho, le gustaron tus fintas, tu presencia. Si notas que a lo largo del combate te dedican un ¡buhh! entonces te preocupas; mientras tanto, no.

La calma vuelve al desconfiado Chócolo. Ambos contendientes son llamados a| centro del cuadrilátero. Cuando el Kid acude, se repiten los silbidos: Chócolo saluda con una reverencia, enlaza las manos sobre la cabeza al modo de los grandes campeones, y el público ríe. ¡Ya había ganado el primer asalto!

Con el gong, salen a combatir. Enos, más fuerte, de mayor alcance y estatura, es la negación del boxeo. Chócolo, perdido el nerviosismo de los primeros segundos, se mueve a su alrededor, mete un jab, otro, otro más, encaja el hook y cruza con la derecha, hace ahora una finta y deja enredado entre las cuerdas a Enos.

Los militares, que no esperaban algo parecido, siguen con mirada de asombro el transcurso del primer asalto. Como es natural, alientan al suyo, pero los ojos, desmesuradamente abiertos, están en el Kid, en lo que hace sobre el ring.

Entre tantas voces extrañas, llega a los oídos del Chócolo una familiar, que en claro español no cesa de alentarlo: «Eso es cubanito, así se boxea, eso es...»

Termina el asalto de apertura y el negrito del Cerro le pregunta a Pincho por esa voz que le ha estado animando desde el primer momento. Ni Pincho ni Moe Fleischer pueden darle respuesta:

—Olvida eso ahora y sigue haciéndolo igual. Ya tienes al público de tu parte. Los periodistas se fijan en ti. Como si estuvieras en el Miramar Garden o el Nuevo Frontón, Chócolo, ya es tuyo, no lo pierdas...

En el segundo asalto, más confiado y dueño de la situación, Chocolate desata su batería pesada sobre Enos y lo bombardea con todo tipo de golpes; más que fintear, payasea por momentos. Sus side steps (pasillos hacia los lados para dejar fuera de balance al adversario) ponen en ridículo a Enos, cuyo rostro comienza a desfigurarse bajo el látigo implacable del jab del Kid.

Desde un lugar alto de las graderías, llega de nuevo aquella voz familiar: «Arriba cubanito, así se boxea; eso es arte, cubanito.»

Ya el Kid es dueño de las acciones y del campamento militar. Ya la victoria no se hará esperar. Para el tercero, Eddie Enos está en tan deplorables condiciones, que en gesto piadoso el referee decide conducirlo hacia su esquina. Arrecian entonces los silbidos mezclados con aplausos, y llegan a Chócolo, más fuerte que antes, las frases de aliento de aquel militar que hablaba español: «Bravo, cubanito, bravo; esta noche podré volar feliz.»

En efecto, los aficionados no demorarían en presenciar el esperado combate estelar. ¡Chócolo, y no Eddie, había ahorrado tiempo!

Esa noche los presentes y los periodistas que cubrieron el programa, tuvieron noticias de que a las puertas del boxeo tocaba un gladiador inmortal.

DE CUBA LLEGÓ UNA NUBE NEGRA...

A la mañana siguiente, Chocolate despertó más temprano que de costumbre. En su habitual tertulia del La Fayette, entre coristas trasnochadas y amigos diversos, buscó un diario para saber qué decían de su debut. En uno de los de mayor circulación pudo leer, en cintillo a todo despliegue:

De retorno a México, en vuelo desde la base de Mitchefields a la capital azteca, murió en trágico accidente el capitán de la aviación mexicana, Emilio Carranza.

En la página deportiva, en uno de sus ángulos inferiores, una caricatura del Kid y en letras pequeñas este título:

De Cuba llegó una nube negra. Se llama Kid Chocolate; ¡cuidado!

Aquel combate de presentación por el que Chocolate sólo percibió 40 dólares, abriría las puertas del boxeo grande a quien un año y 27 días después se llevaría 50 000 frente al judío Al Singer, en Polo Grounds.

Las ofertas ya no escaseaban y Pincho se permitía el lujo de escoger a los rivales. Las arenas de Nueva York reclamaban al Kid de Cuba y junto con él, en cada programa, iba convoyado alguno de los otros muchachos de la cuadra de Luis Felipe Gutiérrez. La situación económica mejoraba y el Kid comenzó a ser leyenda. Aumentan sus relaciones, sus roperos empiezan a surtirse, y a cada nueva víctima sobre el cuadrilátero suma otra conquista amorosa.

Después de Enos vendrían, en el mismo agosto, Nick Mercer, Mike Castle, Johnny Green, Nick de Salvo y Sammy Tisch; los tres primeros por fuera de combate en los asaltos tres y cuatro, y los dos últimos por decisión en 10.

Seis combates en un mes, 4 por nocao y 2 por la vía judicial; el Kid demostraba que no sólo sabía boxear, sino que también podía pegar fuerte.

En octubre venció al brooklyniano Johnny Erickson, un peleador callejero y guapetón con quien Chócolo tendría una curiosa anécdota posteriormente (no apresurarse, ya llegaremos allá), Eddie O'Dowd y Joey Ross; las dos primeras por decisión en 10, y a Ross temprano por la vía del sueño.

Noviembre depararía para el negrito del Cerro una satisfacción largamente acariciada: su debut en el Garden. Contricante: Joe Scalfaro. Pero antes de llegar allá tuvo que cruzar el 7 de ese mes sobre Frisco Grande (nocao en el cuarto); el 19 sobre Pinky Silverberg (decisión en 10); tres días después noqueó en el sexto a Jack Schweitzer y, también con tres días por medio, acostó el 25 a Pinky May, en el sexto asalto.

Cuatro peleas en 10 días y la oportunidad esperada: el Garden aguardaba por el Kid.

 (….) CUERPO A CUERPO CON EL CAMPEÓN

El Kid termina su paseo vespertino por la cuadra. Antes de llegar a la casa, varios vecinos...

—¿Cómo anda, Yiyi?

—¿Cómo le va, campeón?

—Se le ve bien, Chócolo...

Un viejo le dice hasta luego, y conversa con el muchacho que lleva de la mano:

—Mira, ése que va por ahí, fue el mejor boxeador del mundo: Kid Chocolate.

El Chócolo lo ha oído; sonríe con los labios y con los ojos. Sentado en una silla de su portal, comenta:

—Ven, esas cosas lo hacen vivir a uno. Todos mis vecinos me quieren, me muestran aprecio. Además, cada pedazo de estas calles, mi casa, me traen bellos recuerdos. ¡De este lugar jamás me mudaré!

Su casa está situada en el reparto Almendares, al oeste de la Ciudad de La Habana, en la calle 48 No. 1508, entre 15 y 17, frente al llamado parque Japonés. Desde 1931 vive en ella, cuando la terminaron de construir y se la regaló a su madre. En este lugar murió la progenitora del Kid, Encarnación Montalvo, en 1971, a los 100 años de edad. Afirmaba que sus padres habían sido esclavos.

En esta casa vive Eligió Sardiñas, Kid Chocolate, rodeado del cariño de su hijo, Luis Eligio, y la esposa de éste, María Averhoff, así como el de los cuatro nietos: Luisito, de 8 años; Elba Elisa, de 7; Daimar José, de 5, y Yemima, de 3.

El pequeño Pepe interrumpe la conversación, y lanza varios puñetazos a las manos del Choco, quien sonríe:

—A éste le gusta el boxeo. Quizás...

Yemima se sube a las piernas del abuelo; los otros dos se acercan. Yiyi comienza a compartir con ellos las galleticas de dulce que tiene en un cartucho.

—Bueno, ahora déjenme conversar.

María se lleva a los niños, y al más travieso, Pepe, lo amenaza con una nalgada. Amenaza nada más, pero el Kid dice:

—No, no... Mira, jamás yo le di una nalgada a mi hijo, y era más majadero que Pepe. Regaños, castigos, pero golpes no: a los muchachos no se les educa así. Yo le doy cien pesos a cualquiera por cada nalgada que le di a mi hijo. Y no voy a tener que dar ni un centavo, porque nunca le puse una mano arriba.

María sonríe y, por fin, los muchachos se tranquilizan.

El Kid mantiene muy frescos los recuerdos. Tiene claros fechas, direcciones, nombres y hasta golpes-

Al levantarse, día tras día, entrena: sombra, lanza golpes frente al espejo, hace ejercicios con los tensores. Asegura, entre carcajadas:

—Si existieran torneos de boxeo sobre sillas, yo sería el campeón.

<< Imagen tomada del Libro Kid chocolate, “El boxeo soy yo”. Fondos de la Sala General. BNCJM

Duerme de seis a siete horas diarias; le encanta la televisión, y está ante el aparato hasta el último programa; casi nunca se acuesta enseguida: lee y, a veces, el amanecer lo encuentra leyendo.

De la televisión prefiere los programas dramáticos, de aventuras y las películas de guerra. No tiene preferencias por un escritor.

—Todo lo leo con satisfacción: novelas policíacas, de amor, sobre la Segunda Guerra Mundial, revistas, periódicos. Releo también las publicaciones viejas donde hablan de mí. (En una mesita, al alcance de las manos del campeón, está María, de Jorge Isaac, editado por Casa de las Américas.)

Muestra dos ejemplares recientes del semanario panameño Afición, que traen la entrevista «Kid Chocolate, campeón de campeones», con fotos y llamado en primera plana. Adentro, se ofrece la historia del negrito del Cerro que asombró a puñetazos al mundo, y las opiniones del as ya retirado.

Acutalmente no toma ron; no puede hacerlo por prescripción facultativa. Mas, cuando está bien, saborea dos jarras llenas de cerveza al día, y se fuma dos cajas de cigarros cada 24 horas. Gusta de los dulces, caramelos, galleticas. Casi no sale de la casa.

—Prefiero quedarme aquí, fastidiando con mis nietos. Es mejor que la calle, ¡qué cará…!

Recuerda que no hace mucho, durante uno de los recorridos por el parque, un grupo de niños lo detuvo. Uno preguntó:

—¿Es cierto que usted fue campeón del mundo?

—Sí, es cierto.

—¿Y usted fue muy bueno?

—En mis tiempos, decían que sí.

—¿Usted puede ganarle a Stevenson?

—Bueno, a Stevenson no, porque...

Antes de que Chocolate pudiera continuar, el pequeño se viró hacia los demás y...

—Ven, yo se los dije: a Stevenson no hay quien le gane.

Chocolate se rió mucho de aquello, tanto como ahora, cuando cuenta la anécdota y afirma que:

—...hechos como éstos me hacen sentir muy bien aquí.

El cuerpo a cuerpo con los autores del libro, está al comenzar. La voz del Chócolo los llevará a la época del esplendor del doble titular del orbe; los sentará junto a Pincho, Canzoneri y Jack Kid Berg; les contará del amor, de la amistad, de las alegrías y tristeza. Y... ¡a pelear! Ha sonado la campana.

Jack Kid Berg y la primera con Canzoneri.

—Una en particular...

—Las tres fueron del mismo corte, es muy difícil diferenciar.

—¿Quiénes le pegaron más duro?

—Benny Bass, Canzoneri y Jack Kid Berg. ¡Pegaban con ladrillos! Bass me conectó un derechazo al pecho con tal fuerza, que por algún tiempo tuve dificultades para respirar.

—¿La pelea más dura de su vida?

—No pegaba tan fuerte como los otros.

—Sin embargo, logró tirarlo; algo que no hicieron Berg ni Bass.

—Fue un golpe de sorpresa, me pegó desprevenido.

—¿El más incómodo que enfrentó?

—Por su rudeza, Canzoneri y Berg.

—¿Por su técnica, por lo difícil para conectarle?

—Fidel La Barba. Era muy técnico y además, se viraba a cualquiera de las dos manos.

—¿Tuvo usted dificultad con los zurdos?

—No. Por lo general los zurdos trabajan poco con su mano derecha y si usted le gira en dirección contraria a la zurda, puede neutralizarlo.

—¿Y cuándo se encuentra un zurdo con buena derecha?

—Entonces la cosa cambia y hay que inventar. Pero, en realidad, son muy pocos los zurdos que han utilizado bien su derecha. Por lo general, la tiran de swing, muy abierta o, simplemente, no la tiran.

—Entre los zurdos que trabajaron bien con su derecha...

—Que yo recuerde, Lew Tender, Tiger Flowers y Johnny Wilson. Tender se le hizo difícil en extremo al inmortal Benny Leonard. Tuvieron una primera pelea sin decisión y otra por el título de Leonard, a 15 asaltos, en la que Benny pudo descifrar la derecha de Lew. Tiger Flowers le ganó dos veces a Harry Greb, y Johnny Murphy, aunque no pudo ganarle a Greb, le ofreció dos peleones bárbaros.

<< Chocolate y el brookliniano John Erickson. Imagen tomada del Libro Kid chocolate, “El boxeo soy yo”. Fondos de la Sala General. BNCJM

—¿Qué representa la zurda para un derecho?

—Si sabe manejarla, su mejor arma. Es la mano que primero llega al adversario, la que abre el camino. Un buen jab es, más que un baluarte defensivo, un arma ofensiva.

—¿Usó mucho usted ese golpe?

—El jab o recto de izquierda y el hook con la misma mano, fueron mis golpes preferidos. Que yo recuerde, fueron muy pocos los contrarios que bajaron del ring frente a mí sin haber sufrido una cortadura en su cara, pues utilizaba el jab para eso, para contener, para hacer daño.

—¿Y con el hook?

—Con ese golpe gané mis primeras 8 peleas en Estados Unidos. Cuando los contrarios se percataron de sus estragos, se cuidaban mucho de él, entonces daban entrada a otros.

—¿Empleaba usted el hook para tragolpe?

—De las dos formas. Muchas veces inicié ataque con él, preferentemente al hígado.

—Su momento más grande en el boxeo...

—Hubo varios.

—Cite tres.

—Cuando combatí con Al Singer en Polo Grounds, mi debut en el Garden ante Scalfaro, y cuando di a Cuba el primer campeonato del mundo al derrotar por nocao a Benny Bass, en Filadelfia.

—El más amargo...

—La noche en que Tony Canzoneri me puso fuera de combate en dos asaltos.

—¿Sintió odio por algún adversario?

—Jamás. Por lo general, los más encarnizados rivales fueron luego mis mejores amigos fuera del ring.

—Por ejemplo...

—Tony Canzoneri, Jack Kid Berg, Fidel La Barba...

—Y en la vida privada, ¿quiénes fueron sus mejores amigos?

—De niño, Filomeno y Chorizo. Ya hombre, Pincho, Luis Piñero y Black Bill.

—¿Qué entiende usted por amistad?

—Amistad no es, como dicen algunos, un peso en el bolsillo. Es algo mucho más grande. Hay amigos de ocasiones y amigos de verdad; yo he conocido de las dos clases.

—¿Cuál es la principal virtud de un hombre?

—La sinceridad. Un amigo sincero no tiene precio; a veces es más que un hermano.

—¿El peor defecto?

—La pedantería. El pedante es un tipo pesado que no cae bien en ningún lugar. Ésa es la mejor definición, un pesado. Tampoco soporto a los engreídos ni los vanidosos. Conmigo no tienen cabida.

—¿Del amor?

—¡Ahhh, el amor! El amor es lo más bello del mundo, sobre todo si es correspondido. Quien ame es eternamente joven. Y aun no siendo correspondido. Yo digo como la letra del bolero aquel: «qué saben de la vida, los que no han sufrido, los que nunca han tenido una pena de amor...»

—¿Ha sentido miedo entre las cuerdas?

—Miedo nunca, precaución he tenido siempre. Jamás se debe subestimar al contrario, a todos hay que respetar por igual, no descuidarse nunca.

—¿Es verdad que a usted le molestaba que lo despeinasen en él ring?

—Bueno, lo cierto es que no fueron muchos los que me despeinaron, y un poco mis propios fanáticos, un poco la prensa, echaron a rodar la bola de que a mí no se me podía despeinar.

—¿Conserva alguna anécdota al respecto?

—Sí, una, con John Erickson, un muchacho de Brooklyn con el que me enfrenté varias veces.

—¿Qué sucedió?

—En una de esas oportunidades, en el propio Brooklyn, Erickson, guapetón él, declaró que me iba a despeinar desde temprano. Llegó al estadio seguido por un numeroso grupo de amigos que hacían un ruido infernal con pitos, matracas, etcétera.

—¿Y lo despeinó, campeón?

—Al salir de un clinch, aprovechó y me pasó el guante abierto por el pelo. Entonces los suyos rugieron...

—¿Y usted?

—A mí me molestó aquello, porque no era legal. Picado en mi amor propio, le puse extra a la pelea y no le quité el jab de la cara. Lo corté sobre las cejas, le hice sangrar de la boca.

—¿Y ?

—Al entrar en otro clinch, impotente, me lanzó al pecho una escupida de sangre. El referee lo amonestó, pero yo me limité a sonreír y continué castigándolo con saña tal, que cuando acabó el combate lo llevaron para un hospital.

—¿Y luego?

—Al día siguiente fui a visitarlo, estaba apenado con él. También él lo estaba. «No tenía manera de darte —me dijo— y la única forma de hacer algo por complacer las exigencias de los fanáticos, era haciendo lo que hice. De verdad que lo siento.» Nos dimos las manos y luego fuimos buenos amigos. No era un mal muchacho. Guapetón, impetuoso, criado en la calle, pero noble.

—¿El boxeador más grande que ha conocido?

—De los que alcancé a ver en su momento grande, Joe Luis fue el más completo. No hacía nada en falso. No tiraba un golpe al aire. Fue el mejor rematador, certero, muy certero a la hora de matar. Claro que hubo muchos. Leonard, por ejemplo, fue grande entre los grandes, pero yo lo vi en los finales.

<< Las manos que años atrás maravillaron al mundo. Tomado del Libro Kid chocolate, “El boxeo soy yo”. Fondos de la Sala General. BNCJM

—¿Cómo clasifica a Chocolate en ese grupo?

—No soy yo quien deba hacerlo. Los encargados de ello lo llevaron al Hall de la Fama.

—Entre los cubanos, ¿quiénes fueron los primeros después de Chocolate?

—Black Bill, Kid Charol y Kld Tunero.

—¿Respetó usted fielmente las reglas del entrenamiento? I

—No como debía. Yo no corría mucho, tenía que haberlo hecho más. Era reacio al gimnasio, prefería mantenerme peleando seguido para cuidar la forma.

—¿Limitó esto su vida deportiva?

—¡Sí! De haberme cuidado más, de haber comprendido antes que el boxeo y la vida alegre no ligan, hubiera durado más. Cuando uno es joven, cuando las facultades rebosan, a veces se llega a pensar que la juventud es eterna, que las fuerzas no escaparán jamás. Cuando uno lo advierte, ya es tarde. Para mí lo fue...

—¿Es cierto que tenía usted «suerte» para las mujeres?

—Las mujeres me gustaban tanto como el boxeo y entre estas dos pasiones compartí la vida. De haberme cuidado más...

—¿Llega un boxeador a comprender cuando ya no le queda nada por hacer en el deporte?

—Por supuesto, si no cierra los ojos a la realidad.

—¿Cuándo lo comprendió usted?

—En mi segunda pelea con Canzoneri. Ya las piernas no me sostenían.

—¿Y por qué se mantuvo en el boxeo cinco años más?

—Porque eso fue lo que aprendí, a boxear. Era mi profesión y de ella tenía que vivir. Además, es fácil comprender cuando uno comienza a declinar, pero no es fácil decidir el momento del retiro.

—Después de su pelea con Nick Jerome, ¿decidió usted solo?

—Yo lo había pensado, pero Pincho me ayudó a tomar la decisión.

—Además de sus peleas oficiales, ¿recuerda algunas otras de exhibición?

—Con Baby Face Quintana en el Club de los Cuatrocientos Millonarios, exclusivo para blancos, en Long Island, en las afueras de Nueva York; otra en la cárcel de Sing Sing; en Tampa, a beneficio de los tabaqueros; y en la llamada Casa de Beneficencia, en San Lázaro y Belascoaín, un 6 de enero, que era entonces el Día de Reyes. En aquel show participó también el famoso astro del cine del oeste, Tom Mix.

—Distinciones que le fueron conferidas fuera del mundo del boxeo.

—Entre otras, me hicieron miembro del Club de los Artistas en Nueva York. Ello me dio oportunidad de compartir con Cab Calloway, Duke Ellingthon, Louis Armstrong y otros muchos.

—¿Era usted supersticioso en el ring?

—Sí.

—¿Cómo se manifestaba esa superstición?

—Acostumbraba a persignarme antes de comenzar cada pelea y a veces en el curso de la misma, a principio de cada round.

—¿Alguna otra?

—Siempre preferí la trusa negra con listas rojas. Me inspiraba más confianza.

—¿Qué entiende usted por boxeo?

—Dar y que no te den.

—¿Entonces está en contra de los fajadores?

—No he dicho tal cosa. Estoy en contra de los que cogen para dar, sin cuidar para nada la defensiva. El fajador se debe trazar un plan de pelea y tratar de llevarlo

a cabo. Siempre hay que arriesgar, pero no hay por qué regalarse innecesariamente. Hay quien olvida esto, hace caso omiso de la esquiva y no se quita un golpe.

—¿Qué estima usted del boxeador que depende de un solo golpe?

—Si tiene ante sí a un hombre con buena defensiva, estará frito. Todo boxeador, por muy pegador que sea, debe tener repertorio, saber combinar, trabajar abajo y arriba, según las circunstancias y el adversario. Un buen ataque abajo, detiene al más veloz y debilita $l más fuerte. Canzoneri y Jack Kid Berg, eran dos pulpos en este tipo de pelea.

—¿Qué otra virtud aprecia en un boxeador?

—La agresividad.

—Entre los boxeadores cubanos de estos tiempos, ¿quién le impresionó más?

—Douglas Rodríguez, precisamente por su agresividad.

—Han habido otros también muy agresivos.

—Sí, pero Douglas aprovechaba más que ninguno todas las oportunidades. Sabía que su negocio era pegar y salía a hacerlo sin dar respiro al contrarío buscando los puntos débiles de aquél, metiéndose en la guardia, tratando de colocar sus golpes allí donde más daño hacían. Sabía que no era un buen boxeador y jamás intentó boxear, iba a lo suyo y mantenía ocupado al contrario, sin dejarlo realizar el plan de pelea trazado.

—¿Y entre los llamados técnicos?

—Rolando Garbey. Enrique Regüeiferos manejaba muy bien su hook de izquierda. Después de re

tirado no he visto otro como el suyo entre los cubanos.

—Usted enfrentó tres veces a Fidel La Barba, campeón olímpico en la división de las 112 libras en París, 1924. ¿Le hubiera gustado, digamos, asistir con 18 años a las Olimpiadas de 1928, en Amsterdam?

—Claro que me hubiera gustado ganar una medalla olímpica, pero no tenía posibilidad alguna. Primero tenía que «inventar» para comer; además, en Cuba no se daba atención al deporte amateur. Ese mismo año 1928 tuve que enfrentar a Eddie Enos en Nueva York por $40,00. ¡No eran tiempos para pensar en Olimpiadas!

—¿Qué piensa del boxeo cubano actual?

—Dentro de los límites del amateurismo, es el mejor del mundo. A mí, en particular, que me acostumbré a pelear 10 y 15 asaltos, me aburre por momentos, aunque comprendo que es mucho más humano y se cuida más al hombre. Son dos cosas diferentes por completo.

—¿Alguna recomendación para los muchachos de ahora?

—Tal vez si obligados por la reglamentación vigente o porque no se lo han enseñado, la verdad es que pelean muy parados, se quitan pocos golpes, no se desplazan hacia los lados y copian mucho del mal boxeo europeo. Y digo del malo, porque Europa ha tenido hombres muy buenos. Pero los muchachos ahora prefieren la pelea arriba, se olvidan de que el contrario tiene partes blandas por abajo y que allí también es necesario pegar. Creo que algunos árbitros se apuran mucho al romper los cuerpo a cuerpo. Ahí deben pelear más.

—¿Qué opina del desarrollo alcanzado por el deporte cubano en los últimos años?

—¡Un buen hook al hígado! Hoy el deporte cubano está entre los primeros del mundo. Antes sólo teníamos pelota y boxeo. Ahora hay de todo.

—¿Cómo ve usted la participación de la mujer en el deporte?

—Para el deporte no hay sexo, como no hay edad. La mujer debe hacer deportes, la mantiene joven, bella y no pierde su condición de mujer. La mujer puede hacer todo lo que hace el hombre. Hay mujeres comandantes en el Ejército Sandinista e incluso han llegado al cosmos.

—Volviendo a usted, ¿le gusta la música?

—Todo lo que sea música me alegra; menos la fúnebre, por supuesto.

—¿Qué género prefiere?

—Para oír, el tango. Soy tanguero número uno y lo mismo escucho a Libertad Lamarque que a Hugo del Carrill, aunque siempre prefiero a Gardel. ¡Ninguno como él! De los cubanos, Benny Moré fue el uno. ¡Y no porque fuera mi amigo!

—¿Y del baile?

—También me gusta.

—¿Fue usted un buen bailador?

—Me defendía, pero nunca me consideré un gran bailador.

—¿Qué bailaba?

—Lo de mi época. Son, danzón, rumba.

—¿Le gustan los bailes de hoy?

—Sí, todos son bellos, cada uno de acuerdo con la época. Antes los jóvenes bailábamos de una manera; los de hoy lo hacen de otra, y a veces siento no tener 10 años menos. En todo tiempo hubo música buena y mala.

—¿Es Chocolate un hombre joven a los 69 años?

—Si amar la vida, apreciar lo bello de ella, es ser joven, yo lo soy todavía.

—Entre sus nietos hay uno, José, que parece sentir afición por el boxeo. ¿Le gustaría que siguiera sus pasos?

—No pienso hacer nada por inculcárselo, pero tampoco por persuadirlo.

—Si él llegara a boxear algún día, ¿cómo se llamaría?

—¡KID CHOCOLATE!

Tomado de Kid Chocolate. “El Boxeo soy yo…”, de Elio Menéndez y Víctor Joaquín Ortega. La Habana, Editorial Orbe, 1980.

 

Poema a Kid Chocolate

Roberto Friol

De niño, sólo una vez casi le vi.

Un domingo, de manos con mi hermana mayor,

En una calle de Jesús María,

Resonó su nombre a nuestras espaldas,

Y cuando volví la cabeza,

La multitud enardecida lo ocultaba.

 

La última pelea de Kid Chocolate

Por: Ciro Bianchi Ross

Fue el más grande de los boxeadores cubanos. El más popular. 0 de mejores récords. El que más dinero ganó. Eligio Sardinas, el hombre que hizo célebre el sobrenombre de Kid Chocolate, está considerado entre los diez grandes peso pluma de todos los tiempos y podía repetir con razón: «El boxeo soy yo».

Fue un artista del ring y aprendió sus lecciones con los grandes boxeadores de la historia, cuyas películas estudiaba. Un boxeador de velocidad extraordinaria y habilidad fantástica. Tenía, sin embargo, un defecto físico: su brazo izquierdo era más corto que el derecho. Eso solo lo sabían Pincho Gutiérrez, su manager; Jess Losada, entrenador entonces y, con los años, un importante comentarista deportivo, y, por supuesto, el sastre que le confeccionaba los trajes al campeón y a quien Pincho hizo jurar de rodillas que nunca revelaría el secreto. Tampoco llegó nunca a oídos de la prensa que el boxeador era un hipocondríaco en toda la línea ni que en su equipaje iba siempre una maleta en la que portaba los medicamentos más impensables para todas las enfermedades reales e imaginarias.

Nació en La Habana el 28 de octubre de 1910, y murió en la misma ciudad, el 8 de agosto de 1988. De niño, fue vendedor de periódicos. Se inició en el boxeo con 12 años, en 1922. Ganó entonces el campeonato auspiciado por el periódico La Noche. Como amateur intervino en cien peleas y las ganó todas; 86 por K.O., y las otras, por decisión de los jueces. Como semiprofesional, derrotó al campeón metropolitano de Nueva York y enseguida pasó al profesionalismo. Por su primera pelea como profesional devengó 32 pesos, y 40 por el primer combate que sostuvo en EE.UU. Siete meses después recibía 17 500 dólares por su enfrentamiento con Bushy Graham y, en junio de 1929, justo al año de su debut en Norteamérica, su presencia batía el récord de taquilla en el Polo Ground. Más de 66 000 personas fueron a verlo pelear. Pagaron por las entradas 215 624 dólares, de los que correspondieron al boxeador cubano 50 000, la mayor cantidad de dinero pagada a un peso pluma en toda la historia del boxeo hasta entonces.

En sus días de esplendor, Eligio Sardiñas, Kid Chocolate, tuvo 297 peleas y solo perdió diez. En sus diez apariciones en el Madison Square Garden llevó más de un millón de dólares a las taquillas. Fue sin dudas el cubano más taquillera. En 13 peleas hizo una bolsa de 243 800 dólares. Alcanzó los honores máximos del boxeo y estableció el récord de ganar 169 peleas en sucesión. Hizo un desastroso viaje a Europa y fue noqueado por primera vez en noviembre de 1933 cuando se enfrentaba a Tony Canzoneri.

Canzoneri fue una piedra en su zapato. EL Kid siempre sostuvo que el primer combate él se lo ganó al italoamericano. Fue un combate cerrado, que dejó una estela de inconformidad cuando declararon a Canzoneri ganador. A partir de entonces volver a medirse con Canzoneri fue casi una obsesión. Y en aquel segundo encuentro Canzoneri, que era un púgil de solo cinco pies con cuatro pulgadas de estatura, lo mandó a la lona con su pegada descomunal a los pocos minutos de haberse iniciado el combate.


Derrotado por Canzoneri. Imagen tomada del Libro: Kid chocolate, “El boxeo soy yo”. Fondos de la Sala General. BNCJM.

Enfermo y debilitado por la sífilis, ya no sería nunca más el que fue. Aun así propició una recaudación de 10 000 pesos en el estadio de La Tropical, de La Habana, cuando en 1938 derrotó a Fillo Echevarría. El 17 de diciembre del mismo año, luego de su pobre exhibición frente a Nicky Jerone, su manager Pincho Gutiérrez lo obligó a retirarse.

EN PARÍS CON GARDEL

Tras cobrar su primera gran bolsa, Chocolate y su manager se aficionaron a los juguetes caros, como el Cadillac de 16 cilindros que adquirió el campeón y del que hablaremos en otro momento. Pudo entonces meter en la cama a no pocas luminarias de Hollywood y del cine europeo y le fue posible alternar con muchas celebridades.

A Carlos Gardel lo conoció en París. Muchos años después el púgil cubano rememoraría ese encuentro con el cronista Elio Menéndez, premio nacional de Periodismo. Recordaba al cantante argentino como un hombre sencillo, enamorado y sentimental a más no poder. Como un correntón empedernido y generoso.

Tenían raices comunes. Ambos conocieron una infancia muy pobre. Chocolate, como vendedor de periódicos. Gardel buscaba en el mercado de abasto los centavos con los que ayudaría a su madre.

En París, el cubano y el argentino recorrieron los prostíbulos. Pero las prostitutas francesas, decía el cubano, no llenaban sus expectativas. Volvieron a encontrarse en Nueva York en 1934 y Chocolate fue el anfitrión de Gardel por los prostíbulos de Harlem. Ambicionaba que el argentino viajara a La Habana. Lo llevaría entonces a la casa de Marina, en el muy habanero barrio de Colón, que era el prostíbulo que lo seducía.

La posibilidad se presentó en 1935. Gardel vendría a La Habana como parte de una gira por el Caribe y Sudamérica. El recorrido debió comenzar por Cuba, pero empezó por Puerto Rico y continuó por Venezuela y Colombia. El 24 de junio de 1935, en Medellín, ocurrió el accidente fatal. El avión en que viajaba Gardel chocó con otro en la misma pista del aeropuerto y el cantante murió carbonizado.

NI VENCEDOR NI VENCIDO

¿Cómo fue la última pelea de Kid Chocolate? Un relato pormenorizado de aquel combate lo haría en la revista Réplica, de Miami, en 1971, el ya aludido Jess Losada que, a pedido de Pincho Gutiérrez, asumió la encomienda de dirigir el entrenamiento previo al encuentro y tutorar al púgil, el día en cuestión, desde la esquina del cuadrilátero.

Pincho insistió en que Chocolate se retirara luego de su enfrentamiento con Fillo Echevarría, el 10 de marzo de 1938. Esa vez el Kid salió al ring con un coraje sicológico que apenas halló respaldo en su ya abatida anatomía. Aun así, pidió a Pincho que no lo retirara; debía dinero. Prometió a su mentor que se cuidaría como nunca antes. Pincho accedió. Encerró al boxeador en el campamento deportivo que le propició el jabonero Ramón Crusellas y se dedicó a buscarle un contrario con nombre, pero acabado. Ese rival resultó ser, como ya se dijo, Nicky Jerone.

Llegó el día del encuentro. Al subir al ring, Chocolate fue saludado con una ovación que destilaba admiración y cariño. Cuando, al final del combate, Cuco Conde, que oficiaba de àrbitro, levantó un brazo a cada uno de los boxeadores en señal de empate, aquella multitud que había acudido al coliseo a ver ganar a Chocolate guardó un largo y angustioso silencio. La pelea resultó una confrontación patética entre un pobre Jerone, que pretendió dar el máximo sin tener con qué hacerlo, y un gran estilista que rendía su postrer esfuerzo pidiéndole al cuerpo lo imposible.

Recordaba Losada que al finalizar el séptimo round, Chocolate llegó exhausto a la esquina. Trató de ayudarlo a sentarse. No pudo porque se lo impidió la rigidez de las articulaciones de las rodillas del campeón. Losada se aterrorizó. Preguntó a su pupilo si podía proseguir el combate y le manifestó su decisión de suspenderlo, faltaban tres asaltos para que finalizara la pelea. Chocolate respondió que Jerone estaba peor y que lo dejara continuar y acabar. Se mantuvo de pie, en la esquina, durante los descansos correspondientes al séptimo, octavo y noveno asaltos. Aquel cuerpo elástico y armonioso que, en sus buenos tiempos, revoloteaba sin parar en torno a su adversario —escribía Jess Losada en la revista Réplica—, se había convertido en una gimnasia angustiosa de espasmos musculares dirigida por el esfuerzo mental de un genio del boxeo.

Llegaba el momento culminante de la noche del 17 de diciembre de 1938. Cuco Conde, en señal de empate, levantó el brazo de los dos contendientes. Ni vencedor ni vencido. El público enmudeció de asombro, pero no demoró en comprender, con indulgencia y agradecimiento, que fue una decisión justa y humana. El rostro de Chocolate traslucía una expresión sombría: era su adiós al deporte que le había dado notoriedad mundial.

Aquella noche imborrable Pincho Gutiérrez y Jess Losada siguieron al Kid hasta su camerino. Chocolate sudaba a mares. Pincho abrazó al boxeador y le dijo casi en su susurro: «Esta es tu última pelea».

Momentos después, Eligio Sardiñas, Kid Chocolate, abandonaba el coliseo. Iba llorando.

UN HOMBRE RICO

La enfermedad, que se le diagnosticó en momentos en que no había medios adecuados para combatirla —solo el arsénico—, lo derrotó finalmente. El campeón, que solía repetir «El boxeo soy yo» y que ganó una fortuna con sus peleas, terminó como entrenador y en la pobreza.

Una tarde departía con un grupo de admiradores y amigos en la cantina de la bodega de San Rafael y Hospital, cuenta el cronista Elio Menéndez. Rememoraba las grandes bolsas que le reportaron sus peleas con Berg, Singer y Canzoneri, y cómo jamás se olvidó de la niñez desvalida. Cuando los muchachos lo veían aparecer en su Cadillac, coman tras él y Chocolate repartía entre ellos hasta la última moneda que llevaba en el bolsillo. Uno de los presentes se aventuró a decirle:

—Caramba, campeón, SI hubiera ahorrado algo, hoy no estaría en la miseria.

Fue como si le clavaran un gancho en el hígado. Chocolate se despegó de la barra, miró de arriba abajo a su interlocutor, le puso una mano en el hombro y le preguntó:

Confundido, el intruso trató de disculparse, pero el Kid no le dio tiempo.

—Apréndete bien esto y que no se te olvide jamás. Muchos de los que se llaman ricos hicieron su fortuna a costa del dolor y del llanto ajeno. Yo, que no amasé fortunas con el sufrimiento de nadie, sino con mi esfuerzo y mi sudor, me sentí dichoso proporcionando felicidad a los demás.

Apuró el trago y volvió a la carga.

—Ahí tienes la diferencia entre un rico pobre y un pobre rico. Los que juegan en la primera novena, toman pastillas para dormir. Yo, que con mi dinero repartí alegrías, me siento millonario y duermo a pierna suelta, porque todavía disfruto del más grande de todos los tesoros: el calor de mi gente.

El hombre todavía insistió en disculparse, pero Chocolate no le dio tregua.

—A quien te diga que Chocolate vive en la miseria, dile que es mentira. Que aun sin un centavo, Chocolate sigue siendo rico.

Tomado de Juventud Rebelde, La Habana, domingo 11 de diciembre de 2011. Pág. 9

 

A quien te diga que Chocolate vive en la miseria, dile que es mentira. Que aun sin un centavo, Chocolate sigue siendo rico”.


Imagen tomada del Libro: Kid chocolate, “El boxeo soy yo”. Fondos de la Sala General. BNCJM.

 

La leyenda viviente de Kid Chocolate

Por: Urbano Fernández

Al encontrarse frente a este hombre sonriente que hace poco cumplió 70 años, con un rostro sin marca alguna y que hilvana uno tras otro recuerdos de pasadas épocas, resulta difícil creer que se trata de uno de los más grandes pugilistas de todos los tiempos, cuyo nombre es aún recordado por la afición mundial.

Sin embargo, las pruebas están a la vista. Las cien peleas amateurs y las 160 como profesional que se enorgullece de haber celebrado el legendario Kid Chocolate apenas dejaron huellas en el rostro y en la mente del antiguo campeón.

A diferencia de muchos otros astros de primera magnitud del boxeo profesional que terminaron tempranamente sus días en un manicomio o un hospital, Kid Chocolate ostenta con orgullo una vida llena de recuerdos y de gloria.

—Es que a mí nadie logró pegarme en la cara, explica con sencillez el ex campeón mundial cuyo nombre figura entre los diez mejores pesos plumas de la historia del boxeo.

En todos los grandes eventos boxísticos que tienen por sede La Habana su presencia es ya habitual y no hay visitante extranjero, ligado al mundo de las doce cuerdas, que no indague por su paradero al arribar a la capital cubana.

  
Imágenes tomadas de los fondos de la Sala General de la BNCJM.

A su casa se llega fácilmente. Basta preguntar en la barriada habanera de Marianao dónde reside y es casi seguro que la respuesta será: ¿El Campeón? Vive allí, frente al parque. A su casa llegan incluso después de 42 años de retiro, cartas de los más lejanos rincones de la tierra pidiendo una foto o un autógrafo y no son pocas las que llevan por toda dirección: Kid Chocolate, La Habana, Cuba.

Así, simplemente como El Campeón, lo conocen muchos desde hace medio siglo y lo siguen llamando igual a pesar de sus cuatro décadas de retiro del ring. Cuando se le ve por las calles cercanas a su hogar es frecuente escuchar el repetido saludo: Adiós, Campeón.

EN BUSCA DE UN CAMINO

Eligio Sardiñas nació en el Cerro, La Habana, el 25 de octubre de 1910, el mismo año en que un buscavidas de origen incierto llamado John Budinich llegaba a Cuba para mostrar los rudimentos del boxeo.

De familia muy humilde, el futuro astro apenas cursó estudios primarios y casi niño comenzó a trabajar como limpiabotas y vendedor de periódicos para incrementar los escasos ingresos familiares.

Pronto se despertó en el pequeño y vivaracho muchacho la afición por el boxeo en el que esperaba encontrar, como tantos otros jóvenes humildes y discriminados de la época, una fuente de ingresos y el camino hacia el éxito en una sociedad que brindaba escasas opciones al nacido con piel oscura y en cuna pobre.

Comienza a asistir a la hace mucho desaparecida Arena Colón donde su sonrisa perenne le ganó la simpatía de los boxeadores que frecuentaban la modesta instalación.

A los 12 años de edad se produce su debut en un campeonato infantil que organiza el periódico habanero La Noche donde obtiene con facilidad la que sería la primera victoria de su larga carrera. El agradable sabor del triunfo sellaría la suerte futura del novel pugilista.

Los años siguientes lo ven desempeñarse en programas infantiles y en los carteles de adultos ofrecidos en la Arena Colón, donde tendrá a su cargo el anuncio de los cambios de rounds en las peleas.

Acuciado por la necesidad económica, y luego de haber demostrado plenamente su calidad en el campo amateur, salta al profesionalismo donde surge la leyenda de invencible que pronto lo conducirá a la fama.

Lo tiene todo para triunfar. Reflejos instantáneos, coraje, agilidad felina, juego de piernas inimitable, rapidez de manos, pegada sorprendente para su peso, deseos de llegar a la cima y... necesidad de dinero.

También tiene suerte. Encuentra quien sería su inseparable manager a lo largo de toda su carrera deportiva, Luis Felipe Pincho Gutiérrez, quien constituye una excepción dentro del venal y corrompido mundo boxístico profesional de la época y con quien establece una verdadera relación de amistad.

A los 18 años, en pleno ascenso de sus inigualables facultades y sin rivales ya en el patio, declara oficialmente tener tres años más para poder marchar a Estados Unidos y celebrar combates de más de ocho rounds donde le esperan ganancias superiores a las obtenidas hasta entonces.

En ese momento su invicto récord personal, señala cien combates victoriosos como amateur, 86 de ellos por KO, y 21 como profesional, ganados todos por la vía rápida.

EL ASALTO A LA FAMA

Ese récord es su mejor carta de presentación al debutar en los cuadriláteros norteamericanos. En ellos comienza a tejer una ininterrumpida cadena de triunfos a lo largo de 44 combates, hasta que el 7 de agosto de 1930 pierde su invicto, superado por primera vez en una disputada pelea frente al campeón mundial welter júnior Jack Kid Berg.

Durante sus once años de permanencia en los planos estelares del boxeo mundial hasta su retiro el 18 de diciembre de 1938, en La Habana, se mide con los mejores hombres de su época; entre los que se destacan Berg, Battling Battalino, Tony Canzoneri y Fidel La Barba, acumulando un envidiable historial de 160 combates profesionales celebrados con 145 triunfos (64 por la vía rápida) cinco tablas y sólo diez reveses.

En ese período conquistó nada menos que dos títulos mundiales: pluma y ligero júnior, y escenificaba algunas de las más memorables peleas de la época, recordadas aún por los viejos aficionados que fueron testigos de sus triunfos.

Un conocido cronista escribió sobre el enfrentamiento de Chocolate con Tony Canzoneri, el 20 de noviembre de 1931, lo siguiente:

La historia del ring, en épocas recientes, hay que pasarla por alto hacia atrás para llegar a las batallas del gran Benny Leonard con Lew Tendler, de Willie Richie y Leach Cross, y hallar una igual en coraje, castigo y ferocidad con la ofrecida esta noche por el sonriente italiano de New Orleans y el corajudo negrito que vendiera periódicos en las calles de La Habana, ante una concurrencia que llegó al máximo de la excitación desde que sonara el gong inicial hasta escuchar el final. Tan reñido fue el combate que nunca descendió en intensidad y uno de los jueces dio el triunfo a Chocolate mientras el referee y el otro juez salvaron el título a Canzoneri.

Considerado un verdadero fuera de serie por su técnica, velocidad de brazos y de piernas, yo era un verdadero bailarín —dice Chocolate—; el campeón cubano poseía además una temible pegada poco frecuente en las divisiones menores del boxeo.

Una envidiable constitución física y condiciones naturales excepcionales le permitían alcanzar en muy poco tiempo y casi sin esfuerzo, como él mismo afirma, su óptima forma deportiva. Me bastaban apenas dos semanas de entrenamiento serio antes de alguna pelea —recuerda hoy—. Tenía incluso que cuidarme de estar over- training el día del combate.

Su agradable presencia, sus éxitos sobre el cuadrilátero y su trato afable hicieron de él un verdadero favorito de las multitudes y no hubo prácticamente figura alguna de las artes, las letras y la política de su tiempo que no procurara la compañía del Bombón Cubano, como también fue conocido en los escenarios norteamericanos en su época de máximo esplendor.

Su álbum de fotos, que guarda con cuidado pese a los años transcurridos, recoge más de una instantánea de alguna conocida artista o vedette norteamericana de la década del 30 con una cariñosa dedicatoria al Cuban Sugar o al Cuban Bon-Bon.

EL RETIRO DE UN CAMPEON

Sin embargo, pese a toda su popularidad, el gran campeón que solía utilizar coches de lujo con sus iniciales grabadas en oro, no puede encontrar una fuente segura de ingresos luego de su retiro y el fruto de las ganancias tan duramente obtenidas sobre el ring desapareció poco a poco.

Durante la década del 50, el Kid se ve olvidado y vuelve a conocer las estrecheces económicas y las penurias de los primeros tiempos y quizás hubiera sido distinto su final —similar al de tantos otros grandes del boxeo— de no ocurrir el triunfo revolucionario, el primero de enero de 1959.

Es entonces que la figura que tanta gloria y honor dio al boxeo cubano ve finalmente reconocidos sus justos méritos deportivos y una vejez apacible y segura se abre ante el veterano campeón.

Hoy, este modesto septuagenario de hablar fácil y memoria fiel que aprecia sobre todo las golosinas y los cigarrillos y que gusta de leer mucho en español e inglés, aunque cambia frecuentemente el libro de mano pues yo paraba todos los golpes con los brazos y ahora me duelen, vive junto a sus hijos y nietos con los que gusta jugar cada tarde.


Imágenes tomadas de los fondos de la Sala General de la BNCJM.

Rodeado de recuerdos —los guantes con los que conquistó un campeonato mundial, un viejo batín de seda en cuya espalda puede leerse Kid Chocolate, fotos a tamaño natural de los días en que paseó por París su popularidad, un armario lleno de recortes y fotos— gusta de evocar los días de sus grandes triunfos y hasta hace unos pocos años podía mostrar todavía al visitante —pegado a la pared, porque ya las piernas no son las mismas— la esquiva que lo hizo célebre hace más de cuatro décadas.

Reciente aún el recuerdo del homenaje popular de que fue objeto al cumplir su setenta aniversario. Eligio Sardiñas, el legendario Kid Chocolate, recuerda la época en que tuvo que abrirse el camino hacia el éxito confiado sólo en su corazón y sus puños.

Ahora todo resulta mucho más fácil para los que se inician en el boxeo. En mis tiempos, el novato tenía que boxear con mala alimentación y por apenas unos pocos pesos y asi había que ganar sí quería llegar a algo. También era muy difícil encontrar quien lo ayudara a uno. Hoy todo es diferente. A los jóvenes se les cuida y enseña desde que comienzan y todos tienen la alimentación y el cuidado médico necesario. Yo no tuve nada de eso en mis comienzos. Además, ninguno tiene que preocuparse por su suerte después de su retiro del ring. Creo que todo eso explica los éxitos del boxeo cubano en los últimos años, de los que estoy muy orgulloso.

Tomado de Cuba Internacional, La Habana, no. 139, junio de 1981. Pág. 48-51.

 

La figura de Kid Chocolate también fue inmortalizada en el teatro por el actor Jorge Enrique Caballero

Obra: Kid Chocolate
Autor:
Jorge Enrique Caballero
Puesta en escena: Jorge Enrique Caballero
Actor: Jorge Enrique Caballero
Dirección general: Flora Lauten
Diseño de vestuario y escenografía: Maykel González y Jorge Enrique Caballero
Diseño de banda sonora: Al Rey Bolaño y Jorge Enrique Caballero
Diseño de iluminación: Enmanuel Papadopulis
Coreografía: José Pilar Suárez y Jorge Enrique Caballero
Músicos: Agustín Gómez y José Pilar Suárez
Compañía: Estudio Teatral Buendía

 

Kid Chocolate: más vale tarde…
Texto y fotos: Lucía C. Sanz Araujo

Gloria de Cuba, todo un ídolo popular, fue y es por derecho propio, Eligio Sardiñas Montalvo, más conocido entre la afición como Kid Chocolate; el considerado por la prensa deportiva especializada como uno de los diez mejores boxeadores del peso pluma de todos los tiempos, nació en La Habana en el ya lejano año de 1910.

Las cifras suelen ser, en no pocas ocasiones frías, pero resultan indispensables para que se tenga una medida de su valía solo diremos que: ganó 136 combates, de ellos 51 por nocao, y solo perdió 10, cifra esta última igual a su número de empates, según consigna el sitio digital cubano Ecured. A lo anterior debemos sumar sus títulos de Campeón mundial en los años 1931 y 1932. Detalles que le sugerimos buscar a quienes quieran acercarse al quehacer de uno delos más excelsos pugilistas que ha dado Cuba.

Pero más allá de estos datos de por sí apabullantes, sobresale el amor del humilde muchacho —nacido en la barriada habanera de El Cerro y que tuviera que dedicarse al deporte rentado— por su Patria, y por no renegar nunca de sus orígenes: no asistió a la escuela pues debió trabajar como limpiabotas y vendedor de periódicos para ayudar al sustento de su familia.

Tal vez, Usted se pregunte a qué responde el título de este comentario. Sencillo. La figura del Kid tardó bastante, en nuestro criterio, en aparecer en la Filatelia cubana.

No fue hasta el año 1992, exactamente el 20 de julio, que comenzó a circular la emisión Exposición Mundial de Filatelia Olímpica y Deportiva  integrada por cuatro sellos. En la pieza con un valor facial de cinco centavos se muestra el rostro del artista del cuadrilátero, así como la imagen de un combate —todo parece indicar que se tomó como modelo al tricampeón olímpico Teófilo Stevenson—, y el logotipo de la cita OLYMPHILEX' 92.

Este sello al igual que el resto fue impreso en papel cromo mediante el sistema offset, posee dentado 12.5, cuenta con el diseño de Roberto Quintana y se confeccionaron 168 920 series completas. Como es usual se confeccionaron los sobres de primer día correspondientes.

Las restantes personalidades deportivas presentes en esta emisión son:

Ramón Fonst  (esgrima); Sergio Pipián Martínez (ciclismo); y Martín Dihigo (béisbol); con la excepción del primero los demás, incluido el Kid Chocolate, no participaron en certámenes olímpicos.

En cuanto a las exposiciones mundiales de filatelia olímpica y deportiva nombradas  OLYMPHILEX surgieron, en 1985, por la iniciativa del titular del Comité Olímpico Internacional Juan Antonio Samaranch, quien era un avezado filatelista.

La edición de 1992 se efectuó en la ciudad de Barcelona, como parte de la XXV Olimpiada. Allí participó Cuba en la clase de Literatura, y la Sección de Filatelia de la Revista BOHEMIA se alzó con una presea de bronce por sus artículos y comentarios referidos a la temática olímpica y deportiva.


Sobre de primer día de la emisión Exposición Mundial de Filatelia Olímpica y Deportiva (propiedad de la autora).


Hoja de propaganda filatélica de la emisión, en ella se brindan datos generales, entre ellos los técnicos (propiedad de la autora)

 

Del lenguaje filatélico

Emisión: Sello o grupo de sellos impresos con un mismo diseño y/o motivo puestos a circular en la misma fecha.

Facial: Precio escrito en los sellos y hojas bloque. Cubre las tarifas postales y es el de venta en las oficinas de correos. Se expresa en la moneda del país emisor.

Dentado: Perforación que poseen los sellos entre sí y que facilita su separación. Suele indicarse por el número de orificios contenidos en dos centímetros, se señala primero la medida horizontal y luego la vertical cuando la pieza tiene los cuatro márgenes dentados. Se mide por medio de un instrumento llamado odontómetro.

Sobre de primer día: Sobre ilustrado con un diseño especial alusivo en el que se colocan los sellos de una emisión los que se cancelan o matasellan con un matasello o cuño especial con la fecha del primer día de circulación. Se conocen internacionalmente como F.D.C. (First Day Cover) o F.D.O.I. (First Day Of Issue, es decir, Primer día de emisión).

Valor facial: Facial.