Don Libro

Por Katiuska Blanco

Otras ediciones traerán de vuelta, quizá entre tapas relucientes y estampa más lujosa, las letras que repaso en estos días. Las páginas amarillas que hojeo sugieren lasitud, vejez, y sin embargo, guardo como nuevo este libro en casa. Prologado por Mirta Aguirre e ilustrado por Juan Moreira, el volumen que atesoro, una entrega del Instituto Cubano del Libro, La Habana 1972, fue aquel en que aprendí y estudié en tiempos universitarios. Pervive en el estante, todo marcado, subrayado, manoseado y anotado, con una especie de diccionario provisorio en los márgenes y al pie de las columnas. Leo: "Tan alta es -respondió Sancho- que a buena fe que me lleva a mí más de un coto", y al lado de la última palabra, en letra apretada y breve, sin recurrir a los finales del volumen, el significado que apunté entonces: "medida que lleva más de cuatro dedos de la mano". Recuerdo que después de leer el prólogo, intenté hacer lo propuesto: descifrar entre líneas, bucear en profundidad, captar lo sugerido, y también lo callado, susurrado, o develado subrepticiamente. Pongo los ojos en lo señalado con tinta azul sobre los caracteres impresos y corroboro, una vez más, que después de nacer hace más de cuatrocientos años, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, es texto vivo, cabalgante y lúcido entre nosotros. En la página 500, por ejemplo, marqué: "...Si el poeta es casto en sus costumbres lo será también en sus versos; la pluma es lengua del alma: cuales fueron los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos". Esta aseveración me lleva a meditar en el autor, en don Miguel de Cervantes Saavedra, el hombre que pensó y expresó esa inmensidad escrita. Lo imagino tal como Sancho definió a su amo: "digo que no tiene nada de bellaco, antes tiene un alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna: un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez lo quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarlo por más disparates que haga".

Solo alguien de elevado espíritu y limpidez ética pudo dar a luz una obra tan recia y virtuosa, donde cada párrafo es como brújula para definir lo justo, lo humano, lo hermoso y todas sus antítesis; para crear al Don Quijote, que pare el quijotismo, manera de asumir la vida propia en principio para los demás, y hallar únicamente en ello y en la hidalguía, el sentido de la existencia.

Deslumbra leer y concluir que todo está dicho allí, como anunciación de lo que es hoy, lo mismo en las costumbres, las artes, las batallas, la historia, los pensamientos, las acciones y los sueños de los hombres y las mujeres, en todos los ámbitos concebibles de la vida y el mundo.

Ahora que estamos próximos a los días de libros en febrero, leamos lo que en las propias páginas de El Don Quijote, se dice del libro: "Y así debe de ser mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla". "Eso no -replicó Sansón-; porque es tan clara que no hay cosa que dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran...".