Un libro inestimable. Viajando por El Reino de la Parca.

Por Argelio Santiesteban

Estimado ciberlector:

Yo le juro que he intentado, ad infinitum, edulcorar  la cruda frase que más adelante expresaré. Pero el intento me resultó irrealizable.

Aquello era –dígase de manera monda y lironda--  una nauseabunda asquerosidad.

En alas de la Señora Imaginación  --esa loca de la casa--, trasladémonos a  los remotos 1700.

Cualquier potentado podía comprar una tumba familiar en algún templo. Y, entre miasmas, oír misa con las posaderas asentadas sobre esa losa sepulcral, donde ya se descomponían los cadáveres de varios integrantes de su parentela.

Aquí sufrimos los disparates y canalladas de dos consecutivas camarillas coronadas (suelen llamarlas reales casas). Pero, en la segunda mitad del siglo XVII, sale a la palestra el Despotismo Ilustrado (que, según sabias fuentes, fue las dos cosas).

Carlos III, uno de los  pocos monarcas españoles provistos de cuatro neuronas, dicta en 1787 la Real Cédula por la que prohibía las inhumaciones en las iglesias,  salvo la gente de alto rango  eclesial.

La regia decisión tendría resonancia en nuestra ínsula. Los bayameses, en 1798,  inauguran un cementerio a cielo abierto, se afirma que el primero en América Latina.  (Oriente, siempre en la avanzadilla. No en vano ha dicho nuestro historiógrafo mayor, Juan Pérez de la  Riva, que aquello es “el triángulo en que se forjó nuestra nacionalidad”).  

A Cuba, en 1802, le tocó una singular bendición. Llega a la Isla, como obispo de La Habana, Juan José Díaz de Espada y Fernández Landa, un vasco civilizador, progresista, amigo del  criollaje y hombre de valentía.

Espada establece alianza con el higienista cubano Tomás Romay –todo un personaje en la historia médica del país--,  quien luchaba por abolir las inhumaciones en las iglesias.

El obispo, combatiendo lo mismo las incomprensiones que la mala fe, logra inaugurar en 1806 el primer cementerio habanero, que se identificaría con su apellido. Ha tenido que batallar hasta contra la gente de su propia tropa clerical, que un día  lo acusa de masón y al siguiente de jansenista. (Claro, ¿no dice el refranero –ese evangelio de la sabiduría popular --  que “Por la plata baila el mono”? Y las inhumaciones en los templos se traducían en pingües ganancias  para el clero).

Con capacidad para 4 600 enterramientos, el Cementerio de Espada acogió a casi un tercio de millón de cadáveres en sus 72 años de existencia. Una tétrica superpoblación. (Se asegura que la esposa de un gobernador se enriqueció, vendiendo a precios leoninos los escasos nichos aún disponibles).

Y la gente comenzó a mirar más hacia el poniente. Sí, hacia la finca San Antonio Chiquito. Donde se podía disponer de alguna cuarta de tierra para darle cumplida sepultura a un finado.

Allí, a principios de la década de los 1770, se inaugura esa joya capitalina que es el Cementerio Cristóbal Colón.

Una travesía fascinante

Para una peregrinación, nada más envidiable que un buen guía.

Y ese papel lo desempeña, a pedir de boca, Idania Esther Rodríguez Ortega, quien nos entregó  Necrópolis de Colón. El susurro de las piedras (Editorial José Martí. La Habana, 2014).

Tomados de su mano, nos adentramos en los vericuetos de la principal necrópolis habanera. Gracias a su libro, que parece el de un viajero.

Hacemos un alto, y nos muestra un sepulcro coronado por una ficha doble tres del dominó. Allí reposa Juana Martín, apasionada de ese juego que murió fulminantemente cuando al final de un partido se quedó, perdedora, con esa ficha entre las manos.

También, la tumba más visitada del camposanto. Donde yace Ämelia Goyri, La Milagrosa, protagonista de una novelesca historia de amor e infortunio, y que se iba a convertir en un arraigado mito entre los habaneros.

En un recodo, nos damos de boca con la estatua yacente de una dama, a cuyos pies reposa un perro. Se trata de Jeannette Ryder, una norteamericana de buen corazón que en La Habana dedicó sus esfuerzos a la protección de niños desvalidos y animales abandonados.

Humilde, como su vida vertical, la tumba de Juan Gualberto Gómez, amigo entrañable de El Homagno, de El Maestro, de El Apóstol.

Como una protesta en mármol, nos aplasta la mole del mausoleo dedicado a los jóvenes estudiantes de medicina que la metrópoli asesinó judicialmente.  

Sobre una losa, un rey blanco del ajedrez, tan señorial como el huésped que allí habita para toda la eternidad: nuestro José Raúl Capablanca, campeón mundial ante el tablero de los 64 escaques.

Sí, a cada paso de nuestro viaje por el libro –y por el camposanto--  nos aguarda una sorpresa.

Infortunadamente, en cuanto a El susurro de las piedras, no todo ha de ser cántico de rendida alabanza.

Decididamente, la obra tuvo un descuidado trabajo de edición.

De entrada, dígase que, ni en un centro espiritual –como dice el pueblo--  aparece una elementalísima ficha biobliográfica de la autora.

Las ilustraciones carecen de pie, así que el desconocedor del paraje no sabe si están reflejando el edificio administrativo o la capilla central. Por otra parte, las imágenes resultan borrosas a más no poder, no se sabe si por malos originales fotográficos o por un deficiente trabajo en la impresión.

Dígase que los autores solemos hallar, en los editores, solícitos cómplices, capaces de detectar nuestras pifias. Mas no sucedió tal cosa en esta edición.

Sólo un sencillísimo ejemplo, entre muchos. Afirma la autora que, en las ceremonias fúnebres militares, es costumbre disparar “ráfagas”. En realidad cada arma de la escuadra produce un único disparo, que se espera sea simultáneo con los demás. (No hubo un ojo atento que señalara el desliz).

No obstante, cualquier bibliófilo se felicita de tener El susurro de las piedras en el librero.

Porque es un inestimable derrotero para guiar su recorrido en aquel reino por donde andan, en muy íntimo maridaje, La Parca y El Primor.