Un siglo de música natural

Por Evangelina Chió

Si busca usted en un mapa de la Sierra Maestra la ubicación de Guasimal no dudo que, si la edición es reciente, aparezca como un puntico perdido. Pero, lo más probable, es que no lo encuentre. Para más in formación repetiré la que me proporcionó Vicente Escalona Verdecia: "es un caserío que pertenece al barrio La Demajagua, en el municipio Manzanillo".

La importancia de Guasimal es que ha salido del anonimato geográfico gracias al conjunto musical que tomó su nombre desde hace cien años. No, no se asombre porque le diga que en nuestro país existe una agrupación artística con un siglo de edad. Son "milagros de una Revolución socialista 'comay' como me dijo Vicente, el director de sesenta años de edad, con el asentimiento de su hermano Artemio, septuagenario y con "mucha  experiencia de camino".

Quedé admirada cuando poco tiempo después vi y escuché a Guasimal. "Sonaba" bien a pesar de carecer de complejidades armó­nicas, tener un formato elemental e instrumentos tan rudimentarios como la quijada que conserva Vi­cente del viejo caballo que murió; una "tumbandera" o bajo criollo de una cuerda única, elaborado en una sola pieza de un tronco —"lo hizo mi hijo de diecisiete años", aclara Vicente—, y el pilón, donde la es­posa de Vicente muele el café que cuelan durante la función...

—Somos quince —dice el direc­tor—, incluyendo una pareja de bai­le que no pudo venir. Menos los acordeones, todos los instrumentos los hemos fabricado nosotros: las maracas, la tumba, las claves, el cunyaye que muele la caña para en­dulzar el café con guarapo.

—Artemio, ¿en qué trabajan fun­damentalmente?

—Somos pequeños agricultores y dejamos nuestra labor para cum­plir esta misión de cultura. No crea, trabajo nos cuesta obtener la li­cencia. Se logra después de mu­chas discusiones para ir adonde nos llamen, en camión, carreta, tractor, y hasta vernos atascados en el fango a las doce de la noche.

—Vicente, ¿han logrado muchos éxitos con su música?

—¡Cómo no! Hoy tenemos el re­conocimiento de todo el mundo, so­mos "alguien" y eso lo repetimos a los hijos y a los nietos, porque antes no valíamos nada. Hija, nos han visitado muchas personalida­des, y hasta un Ministro de Cultu­ra extranjero nos regaló una meda­lla.

—¿Están seguros de que el con­junto cumple un siglo? ¿Ni un año más ni uno menos?

—¡Claro, periodista! Mi padre, Francisco Escalona Pelegrín, y su hermano, el tío José, murieron de cien años, y nos contaban que eso de la música venía desde los bi­sabuelos, los abuelos, de padres a hijos. A todos les gustaba y así la hemos aprendido nosotros.

A mi lado Artemio asiente con un movimiento de cabeza. Deja de mo­verla y añade con su hablar despa­cio:

—Mi padre era acordeonista y lo acompañaba el tío José con el tim­bal. También peleó en la guerra del sesenta y ocho y en la guerra del noventa y cinco. Nos contaba que había sido un buen mambí, porque ya desde los diecisiete años pe­leaba a las órdenes de Masó y de otros oficiales de Céspedes.

—¿Dejó la música... ?

—¡Qué va! Siempre que podía, tocaba el instrumento. Desde en­tonces existe Guasimal y seguirá existiendo, porque a los nietos, los Guasimalitos, los estamos preparando.

Bajo los sombreros de yarey florean las sonrisas de los Escalonas. Me llama la atención la palabra "preparando" y pregunto a Vicente:

—¿Ustedes les enseñan música...?

—Igualito que hicieron los antepasados de nosotros. Que aprendan a tocar la música tradicional de los Escalona; que la conserven para que no se caiga, por eso luchamos nosotros.

—¿Cuál es esa música, la que se oye por la radio?

—¡No! —es cortante Artemio—! Es la música de antes, sencilla, muy corta y con un estribillo. Nosotros tenemos hasta un danzón que se llama Jorocón, y donde quiera que vamos gusta todo lo que tocamos. Debe ser por eso que nos invitaron al Festival de la Juventud a Carifesta, al Festival de los Ejércitos Amigos, a la Feria de Arte popular y me faltan dedos para contar. Eso lo debemos a la Revolución, sí señor.

Vicente se lamenta:

—Algunas personas ven que nosotros no tenemos cien años y no creen que esa sea la edad del conjunto. Por eso sentí que se perdiera el acordeón que dejó mi viejo. Si hubiera podido enseñarlo, a lo mejor sería más "verífico".

—Es verdad —añade Artemio— se conocería mejor por qué nos empeñamos en trasmitirle a los muchachos la "música natural" de nuestros antepasados.

—Disculpen ustedes, ¿a qué le llaman "música natural"?

—¡Ahh! La llamamos así porque esa música no tiene estudios de ninguna clase, nació de la sangre de los Escalona. Prácticamente nació en la guerra y eso nos basta.

 

Tomado de Revolución y Cultura, La Habana, no. 114, febrero, 1982. Pág. 58-60.