José de la Luz y Caballero: el Maestro de los Cubanos

Por Astrid Barnet

"La actual sociedad, a guisa de fuego subterráneo, abriga en sus entrañas fuerzas latentes, cuya manifestación ha de dejar pasmado al siglo del vapor, de la electricidad y del sufragio universal".

Así escribió poco antes de morir en la Revista Habanera y con absoluta premonición, el Maestro de los Cubanos, José de la Luz y Caballero (1800-1862), quien dejó la huella más profunda de toda una generación --desde Zenea, Piñeyro y Sanguily, hasta Rafael María de Mendive, maestro y padre espiritual del Apóstol--, para la posteridad, y quien también cada sábado al concluir la jornada de trabajo que desempeñaba como educador en el Colegio de El Salvador, en La Habana, " se juntaba con sus discípulos en un encuentro en el que  asistían profesores, trabajadores del colegio y vecinos del lugar, e improvisaba durante 25 a 30 minutos un sermón laico de profundo contenido ético. Allí se escuchaba la voz de la patria. Niños humildes pudieron acceder a este centro, pero el grueso del alumnado pertenecía a las clases media y alta de la burguesía, que para desempeñar el papel que le correspondía frente a los desafíos de la nación, necesitaban de una conciencia y una ética que Luz se propuso formar, impregnando en varias generaciones de cubanos un espíritu rebelde y cordial, de amor a la justicia y de respeto por la condición humana. Más allá de considerarlo un hombre bueno y sabio, los revolucionarios lo tomarían como su fuente teórica, pues ya entonces no podía comprenderse el patriotismo sincero divorciado de la revolución" (1).

En carta-respuesta al anexionista José Ignacio Rodríguez Hernández, Manuel Sanguily Garrite negó que Luz condenara la acción armada, como ese intentaba hacer ver para anular la impronta del movimiento revolucionario: "(...) muy por el contrario de lo que usted hace, la ensalzaba y recomendaba"; de hecho, exhortaba a combatir".

En Luz se muestra como preocupación patriótica --y relacionada con el mercantilismo y hedonismo de la burguesía criolla--, la polémica referida a moralidad y utilidad. Luz declaró "como divisa de su corazón" la que él llamara "teoría del sacrificio y la abnegación en obsequio del procomunal", exponiendo de que si existía "una gran diferencia entre lo útil, tomado en general, y lo justo, no media ninguna entre lo más útil  y lo justo". (2)

Por otra parte y profundizando en el pensamiento de Luz, conviene recalcar que él cobra conciencia de la contradicción que es preciso resolver, incluso, hasta hoy: la del espiritualismo cristiano y el materialismo ateo. Al respecto, se aleja sin violencia de la carrera sacerdotal y de la estructura dogmática de la iglesia "para cultivar y predicar un cristianismo ético y libre de honda espiritualidad, muy afín al del peruano Fracisco de Paula Vigil, también admirado por José Martí" (3)

Luz falleció en 1862, cuando Martí tenía nueve años de edad y, seguramente, fue conmovido por el duelo popular en La Habana ante la muerte del Maestro del Colegio de El Salvador. Sin lugar a dudas que la gran afinidad de Martí hacia Luz fue propiciada por los innegables valores humanos de aquel Maestro de generaciones hasta --y acorde al contexto en el que vivió--, irse alejando y concentrando "en el cultivo interior y apostólico de un ardiente cristianismo veteado de estoicismo", algo que le agrega con el tiempo y las experiencias recibidas la vocación revolucionaria.

"Esa vocación es la que le permite a Martí superar el dualismo señalado por Manuel Sanguily en Luz, entre la inteligencia soberana y el sentimiento excesivo, integrándolos en un punto más alto: la entrega total de sí (...) Ese último era también en principio, el camino de Luz, pero las circunstancias de su tiempo exigían otros modos más secretos de acción; de acción indirecta, de sensibilización de las conciencias, de educación tácita para la gesta de la libertad, y esa fue, de 1848 a 1862, su obra fudamental en el Colegio de El Salvador, tan bien entendida y calibrada por Martí" (4).

Mas, ¿por qué el cubano más culto de la época en que le tocó vivir, y sin problemas económicos, se dedicó a dirigir un colegio para niños y adolescentes? Para el prestigioso profesor y ensayista Cintio Vitier, esto lo define "no sólo porque pensaba que la doctrina del sacrificio es la madre de lo poco que somos", sino también porque creyó que ese sacrificio tan poco ostentoso, invisible para muchos, y que implicaba la doma de su indignación cubana, era lo más útil que podía hacer por su patria".

Ese Sol del Mundo Moral

Una noche de diciembre de 1861 aparece en el aula donde se realizaban los exámenes de fin de curso, sostenido por dos profesores del colegio. Su vida se apagaba mas, ante el reclamo de todos, sacó fuerzas para hablar (...) fue cuando lanzó un desafío que lo retrata: "Antes quisiera, no digo yo que se desplomaran las instituciones de los hombres --reyes y emperadores--, los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo moral".

El 22 de junio de 1862 falleció José de la Luz y Caballero quien abominó la trata negrera, definida en uno de sus aforismos como  "nuestro verdadero pecado original"; criticó el maltrato al africano y calificó de alimañas a ese tipo de hombres inhumanos "que producen los suelos esclavos (...) !En qué atmósfera vivimos sumergidos! Culpa de nosotros y de nuestros padres --verdadero pecado original--. !Cómo contamina la esclavitud a esclavos y amos!".

Cuatro meses antes, el 22 de febrero de 1862, uno de los antiguos alumnos del Colegio de El Salvador, Ignacio Agramonte Loynaz, entonces estudiante de Derecho en la Universidad de La Habana, dio una elocuente demostración de las razones por las cuales los españoles consideraban subversivas las enseñanzas de Luz, "el Maestro de los Cubanos". Tenía veinte años de edad Agramonte, cuando en una jornada sabatina disertó  sobre los problemas de la administración del estado, tema espinoso del Derecho Administrativo, que aprovechó para arremeter contra el poder colonial (...) Agramonte abogó por la libertad de prensa, no como un ejercicio irresponsable que calumniara o propalara principios falsos o corrompidos, sino como un paso esencial en la consecución de "la libertad cívil y política, porque, instruyendo a las masas, rasgando el denso velo de la ignorancia, hace conocer sus derechos a los pueblos y pueden estos exigirlos".

Abogaba Agramonte por el fomento de la instrucción y los sentimientos nobles y generosos para poner freno al egoísmo, la avaricia, la prodigalidad y la envidia. El habanero Antonio Zambrana Vázquez, alumno también del Colegio de El Salvador y testigo presencial del acto, describió en una sola frase el impacto que causó el discurso: "Aquello fue como un toque de clarín". Un toque de clarín quien, años después, con su muerte prematura, reflejaría una de las improntas más sobresalientes de las enseñanzas del Maestro de los Cubanos, de aquel que enriqueció y profundizó en la eticidad cubana.

(1) Ernesto Limia Díaz. Cuba Libre. La utopía secuestrada. Casa Editorial Verde Olivo. La Habana, 2015.

(2) Cintio Vitier. Ese Sol del Mundo Moral. Editorial Félix Varela, 2004.

(3)-(4) Ibidem