“Las venas abiertas de América Latina”; un acercamiento crítico a la visión de un vencido

Por Dayma Crespo Saporta

“Las venas abiertas de América Latina” y Eduardo Galeano, obra y autor respectivamente, son dos fenómenos de nuestro tiempo que se encargan de exponer al mundo sin tapujos realidades tristes y denigrantes propias de las relaciones humanas a lo largo de la historia. Quede claro que lo hace sin perder el matiz humorista-satírico que lo caracteriza, y permite además descubrir en el medio de la desgracia lo mejor de lo peor de la misma. Sus páginas permiten establecer un diálogo entre pasado y presente, entender problemas que aún nos acechan –dígase por ejemplo el ser víctimas de la exoneración del título de “americanos” para quedar circunscritos a un plano notablemente inferior frente a la supremacía estadounidense-, y reconocer nuestro papel de perdedores en las crónicas históricas como contraparte del triunfo de nuestros respectivos oponentes. ¿Cómo es posible entonces que un libro escrito en la década de 1970 ya hubiese vislumbrado la hecatombe que nos sobrevenía?

Es necesario recordar que Galeano es un escritor literario y no un historiador propiamente, de ahí que este ejemplar constituya un valioso reto para él por toda la precisión de fechas, datos económicos, procesos sociales y connotación política que engloba. No obstante, la pasión y el fervor que apoyan su impronta cubren con creces cualquier errorcillo propio de la inexperiencia y el desconocimiento que se le hubiesen podido escapar. Pienso que la valía de este libro radica principalmente en que su autor sea latinoamericano –de Montevideo, Uruguay para hablar con exactitud- y gracias a ello nos pueda mostrar su visión, desde el mismísimo ojo del huracán, con respecto a los desmanes a que ha sido sometida esta parte del continente. Su testimonio es la voz de un vencido, de un derrotado, de un perdedor que está resuelto a contar lo ya acontecido y cambiar lo que está por venir, con el fin de reescribir la historia oficial que hasta el momento siempre nos ha juzgado peyorativamente.   

La sinceridad de que se ve plagada cada línea, así como la cantidad de hechos sacados a la luz en esta joya literaria que cuenta nuestra verdadera historia, fueron y son elementos generadores de una increíble polémica. A los gobiernos dictatoriales y corruptos de América no les conviene que documentos tan esclarecedores “anden sueltos por ahí”, ya que gracias a la ignorancia de los pueblos sus tiranías siguen en pie. Para mí, el nombre de Eduardo Galeano se resume en un simple pero gran adjetivo: VALIENTE.   

Un lenguaje totalmente coloquial es la vía idónea de que se vale el autor para hallar eco en las masas, claro está que la verborrea no es en estos casos la mejor manera de ganar adeptos, o mejor, seguidores en una batalla campal sumamente difícil y alejada del triunfo. La libertad de Galeano al escribir sobrecoge a la vez que sorprende, su capacidad de mezclar temas sacros y profanos, palabras rebuscadas con la jerga popular, hacen de su literatura una caja de pandora que invita al lector a un candoroso encuentro entre cercanos amigos.   

Al iniciar su libro con la frase “(...) Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez ( ...)” resume de manera magistral y sintética la tristeza que esconde América tras su legendario mutismo, y la necesidad de acabar con esa sumisión y defender aquello que nos corresponde por derecho propio.

He tomado en cuenta algunos temas de relevancia de dicho libro para demostrar mis puntos de vista al respecto, partiendo por supuesto de la visión de Galeano. Si bien no espero del todo que concuerden con mis apreciaciones, si os ruego un análisis profundo y detallado de cada uno de mis planteamientos antes de discrepar con los mismos. 

LA LLEGADA

El autor muestra claramente como nuestro continente, aún sin nombre, era ya para los occidentales un medio de enriquecimiento, un baúl lleno de inagotable oro semejante a El Dorado(1) de Voltaire. De ahí que no escatimaran esfuerzos en sojuzgar a nuestra población y en ocasiones hasta exterminarla. La diferencia cultural solo les indicaba a los supuestos “descubridores” que podían implantar su régimen, dada su superioridad en cuanto a raza, nacionalidad, costumbres, etcétera. La ingenuidad nos llevó a recibirlos con los brazos abiertos, guiados por las leyendas indígenas, las cuales hablaban del regreso a la tierra por el mar de su dios principal –en dependencia de la civilización lo consideraban Quetzalcóatl o Viracocha- convertido en un hombre blanco y barbudo, y la casualidad fue tan fatal que a raíz de esto le dieron vía libre a sus enemigos inmediatos. La tecnología del Viejo Mundo deslumbró a los nativos, toda baratija ofrecida por los invasores en los primeros “intercambios culturales” fueron bien recibidas, se cortaron las manos al empuñar las espadas por las partes filosas, producto del desconocimiento de semejante artefacto; ante la opresión a que fueron sometidos, se suicidaban en masa antes que morir a manos de los conquistadores; numerosos indígenas fueron víctimas de enfermedades traídas por los “hombres blancos”,  entre otros accidentes ocurridos en esta colisión cultural.  

Así como en la religión o la política, aquí en América los astutos se valieron de la ignorancia de los nativos para convertirlos en esclavos y tener una nueva adquisición a la cual trataban como animales. Llegaron y se quedaron sin preguntar siquiera si estábamos de acuerdo, fracturaron nuestro desarrollo natural y nos volvieron una extensión mal lograda de su civilización, nos forzaron a regirnos por sus patrones, pero recalcando siempre nuestra inferioridad como especie y nuestra incapacidad de superación.

Valiéndose de amenazas y chantajes en nombre de Dios convirtieron a la población sobreviviente y a la que nació en medio de dicho desastre a la fe católica, impusieron la “palabra divina” y catequizaron con el garrote en una mano y el crucifijo en la otra. Lo cual considero un error de gran magnitud, ya que además de la invasión del espacio ajeno, el venir a cambiar el motivo de culto y los objetos de fe de las personas ya me parece demasiada desfachatez. Ninguna religión es mejor o peor que otra, no existen unas más eficientes o infalibles que otras, tanto Dios como Alá o la Pacha Mama tienen el mismo nivel de poder supraterrenal, eso en realidad solo depende de los devotos y la fortaleza que se logre en cada altar de fe. Esta imposición cruzó por supuesto las barreras del tiempo y en la actualidad veneramos a Jesús o a la Virgen María, dejando atrás a Inti, Quetzalcóatl, Tonantzin, etc. por solo mencionar algunos. Es más, que nos valemos del sincretismo para justificar la creencia en cualquier otra cosa que cruce la frontera del cristianismo, y eso, es injusto porque estamos negando nuestras raíces para defender otras que nos resultan totalmente ajenas.     

NUESTROS RECURSOS…

Cada capítulo muestra elementos muy valiosos para el entendimiento de la situación latinoamericana en tanto catástrofe económica. Ejemplo claro sería entonces la implementación del modelo neoliberal, el cual ha prometido a Latinoamérica un desenfrenado crecimiento económico, un lugar privilegiado dentro de la economía a nivel mundial y modernos modelos económicos que aseguraban bienestar y riqueza social. A pesar de toda esta demagogia, al llevarlo a la práctica sus resultados dejan de ser tan “maravillosos”, devastando tanto económica como socialmente a las naciones, aumentando las deudas en lugar de erradicarlas. El Neoliberalismo en nuestra “comarca” se ve expresado en gran medida en la dependencia excesiva al capital extranjero, y por ende, a potencias externas mucho más poderosas. Dicho capital extranjero casi siempre es especulativo y a corto plazo, lo que al final no aporta ninguna mejora a la economía nacional y en su lugar aumenta un tanto la deuda externa.

La existencia del subdesarrollo es vital para el sistema capitalista – y creo que esta viene a ser una de nuestras venas más abiertas y sangrantes-, mientras que para los países propiamente subdesarrollados la causa principal de retroceso es la implementación de un modelo capitalista de producción. Lejos de un trabalenguas este fenómeno hace que en el mundo los ricos sean cada vez más ricos y los pobres cada vez más miserables. Triste, ¿no? 

Y es que como dice Eduardo Galeano: “La economía norteamericana necesita los minerales de América Latina como los pulmones necesitan el aire”.

Sería interesante entonces ubicarnos en el hecho de que Estados Unidos importa la séptima parte del petróleo que utiliza, ya que lo necesitan incluso para las armas que acaban por exterminar a iraníes, vietnamitas o cualquier población inocente que se vuelva objeto de su interés. Para la industria química es indispensable como materia prima esencial, que en su función como combustible, permite el rápido avance del mundo contemporáneo. El “oro negro” se considera a través del tiempo y de la evolución capitalista la riqueza más monopolizada dentro de este sistema. Resulta evidente la injusta reacción del mundo frente a este mineral, los países poderosos ganan más por consumirlo que los países desdichados por producirlo. Aquí aparece la necesidad de sus dueños verdaderos de “aliarse” con sus compradores para al menos beneficiarse con una ínfima parte –la diferencia es aproximadamente de diez a uno: por cada once dólares que gana el exportador, el productor recibe un dólar- de las riquezas que proporciona un producto que les pertenece legítimamente.

¿SÓLO “LAS VENAS ABIERTAS…”?

Galeano ha dedicado gran parte de su obra literaria a la educación casi mayéutica del problema de Latinoamérica, cada oración parece un diálogo cara a cara con sus coterráneos para desentrañar los secretos que oculta la prensa internacional. Es así que existen otros ejemplares que nos conducen al parto de conocimiento y sobre todo al cuestionamiento de nuestra triste pero aún salvable realidad. Dichos textos son: “Diccionario del Nuevo Orden Mundial” y  “La teoría del fin de la Historia”, entre otros.

La razón que me hace recurrir a las obras anteriores es que muchos planteamientos en ellas presentes respaldan los propósitos de “Las venas abiertas de América Latina”, a la vez que reafirman la posición bien plantada y resuelta de su autor. Cito a continuación algunos de los conceptos brindados por Galeano en su recurrente y reflexivo diccionario:

deuda externa. Compromiso que cada latinoamericano contrae al nacer, por la módica suma de 2 000 dólares, para financiar el garrote con el que será golpeado. La deuda externa es un fenómeno económico propio del capitalismo, el neoliberalismo, el desarrollo y por supuesto el consiguiente subdesarrollo. ¿La deuda externa justifica acaso la explotación del hombre por el hombre que tiene lugar en Latinoamérica? Pues claro, ya que a raíz de ella nuestras “comarcas” se ven obligadas a permitir la introducción de capital extranjero en sus economías y la inversión de grandes potencias en sus recursos naturales. Es una especie de suicidio por parte de los más débiles, pero ni modo, puesto que es la extensión de un error del pasado que los habitantes del presente se tienen que resignar a pagar. 

riqueza. Según los ricos, no produce la felicidad. Según los pobres, produce algo bastante parecido. Pero los estadistas indican que los ricos son ricos porque son pocos, y las fuerzas armadas y la policía se ocupan de aclarar cualquier posible confusión al respecto. Noentiendo entonces si la riqueza no es capaz de producirles felicidad a los ricos, ¿por qué no la comparten con los pobres para que sean ambos víctimas de esa “infelicidad”? El dinero corrompe hasta las almas, ya que la búsqueda incesante de éste se vuelve el pan nuestro de cada día e incluso el desencadenante de actos delictivos. Muchos de los males sociales existentes en América Latina responden de manera inmediata a factores económicos.

Lo más lamentable en este análisis es el hecho de que somos oprimidos voluntarios, estamos sujetos porque bajamos la cabeza ante alguien que nos hizo creer que era más fuerte y ni siquiera tuvimos el valor de cuestionárselo. Pero me temo que la interrogante que debería atormentar a cada uno de los preocupados es si aún estamos a tiempo de cambiar y revertir la situación.

En cuanto a “La teoría del fin de la Historia: El desprecio como destino” Galeano expresó:

¿Fin de la historia? Para nosotros, no es ninguna novedad. Hace ya cinco siglos, Europa decretó que eran delitos la memoria y la dignidad en América. Los nuevos dueños de estas tierras prohibieron recordar la historia, y prohibieron hacerla. Desde entonces, sólo podemos aceptarla. Pero ya me parece momento de que surjan algunos sublevados inconformes con quedarse cruzados de brazos frente a verdades inciertas. Basta ya de silencio, es la hora de hacer la historia en lugar de aceptarla. Es momento de empezar, y cuando digo empezar me refiero a revolucionar las páginas escritas hasta hoy, para de esta forma escribir algo que realmente merezca el privilegio de ser contado a las generaciones venideras.

Este texto es de 1990, veinte años después de “Las venas abiertas…” y sus palabras finales no hacen más que recordar que todo sigue como antes e incluso peor. El peligro más que inminente ya es un hecho, y los que como yo hemos llegado a la primera década de los 2000 nos percatamos que lejos de mejorar, nuestro barco cada vez se hunde más. Constátenlo por ustedes mismos:

Hasta ahora, América Latina era la tierra del futuro.

Cobarde consuelo; pero algo era.

Ahora nos dicen que el futuro es el presente.

Algunas conjeturas finales

Desde la primera edición de este libro, “Las venas abiertas de América Latina” ha sido arma y escudo de nuestra nación gigante, incluso Hugo Chávez se lo obsequió a Barack Obama cuando éste último tomó la presidencia de Estados Unidos. Y es que Galeano nos ha regalado una especie de diario que testimonia nuestra historia y creo que por primera vez nos juzga positivamente. Su atrevimiento es digno de admiración, ya que son pocos los que arriesgan su fama y carrera profesional por una causa tan noble.

 No somos un Nuevo Mundo, sino una parte desconocida para los occidentales hasta el momento de su descubrimiento. No éramos salvajes a su llegada, sino que nuestro sistema de vida respondía a otras costumbres y tradiciones. No somos inferiores ni menos desarrollados, sino que el mayor problema que golpea esta comparación es que dos elementos con orígenes y evoluciones diferentes no se pueden igualar, razón por la cual es absurdo que nos definan a partir de un “perfecto” patrón occidental cuando somos una civilización diametralmente opuesta.

 

(1) Ciudad o poblado inaccesible al que hace referencia Voltaire en su obra “Cándido” o “El optimismo”. Era un sitio lleno de riquezas, donde incluso las piedras del camino eran una especie de diamantes. Todos vivían felices, comían grandes manjares, el rey era extremadamente espléndido y el lujo nunca acababa. Era el único lugar del mundo donde todo era perfecto y las cosas no podían estar mejor. El optimismo extremo de Cándido solo tenía cabida en este lugar.