Éramos pocos y… parió la abuela

Por Argelio Santisteban

Cuando las palabras comienzan a hincharse, cuando su sentido se hace ambiguo, incierto; cuando el vocabulario se carga […] de oscuridad y de perentoria nada, ya no hay salvación para el espíritu.
Marcel Aymé, escritor francés

La gente anda hirviendo en santa cólera, con toda la razón del mundo.

El descontento se puede percibir lo mismo entre el vecindario de un remoto villorrio que proveniente de quienes ocupan las sillas curules en la Academia Cubana de la Lengua.

¿Cuál fue el detonante que desató el estallido de indignación?

Pues que las autoridades competentes han decidido que el examen de Español no esté incluido entre los que nuestros muchachos deben aprobar para acceder a los Institutos Preuniversitarios Vocacionales.

Ante el torpe desacierto, hay que echar mano del sermo vulgaris cubensis, para exclamar: “¡Éramos pocos y parió la abuela!”.

Sí, porque ya, sin la ayuda de aturdidas y recientes decisiones, el panorama que va mostrando entre nosotros el uso del idioma resulta inquietante, por decir lo menos.

Quien lo dude, que se asome a los medios de difusión masiva, que se supondrían santuarios de la expresión irreprochable y airosa.

¿Hablamos, por ejemplo, de frases hechas? Alguien opinó que el primero en comparar a la mujer con la rosa era un poeta, pero que el segundo fue una servil cotorra. Y ya estamos con inflamación en los epiplones de oír clichés como “la dulce gramínea”, “el aromático grano” o “el preciado líquido”. Quizás continuemos soportando ese chaparrón hasta que nos lleve de este mundo tridimensional “una larga y penosa enfermedad”.

No podemos dejar de lado otra dolama del mal decir en los medios: la muletilla, esa palabra o frase repetida por el hablante para apoyarse. Van desde el insoportable “eeee” hasta el ofensivo “¿me entiende?”, que niega la capacidad intelectual del interlocutor. Otros son fanáticos del “por supuesto”, y así escuché esta oración en una emisora: “Él tenía dos hijos, por supuesto” (podría no haber tenido ninguno, o ser un caballo padre como el coronel Aureliano Buendía).

A veces, por la confusión de lenguas que nos deparan los medios, podríamos figurar entre los constructores de la bíblica Torre de Babel.  Por ejemplo, a “de acuerdo con” lo sustituye “de acuerdo a” (servil calco de according to). Mientras, un colega –muy bien intencionado, muy “verde”-- se inquieta por el destino de los flamingos (entiéndase “flamencos”, en la sonora lengua que nos tocó).

Los disparates menudean. Hasta hemos desafiado a las leyes de la Física, retado a los principios de la Mecánica, abofeteado a Galileo y a Newton. Sí, porque nos hablan, por ejemplo, de “las lluvias caídas en mayo”. ¿Es que hay acaso lluvias antigravitacionales, que ascienden?

Alguien tan editorializante como poco asiduo al mataburros, declaró hace unos días en la televisión, sin que le temblara ni un músculo de la cara: “¡Tenemos el orgullo de un pueblo irredento!”.

Junto con todas estas catástrofes, en la comunicación también proliferan las llamadas “palabras fáciles” o “comodines”. A quien arrastra, como si fuese una roca, su pobreza léxica, le basta con echar mano a voces como “hacer”, “decir”, “tener”, “importante”  o “cosa”.  De manera que cuando se refiere a “una cosa importante”, lo mismo puede estar describiendo la incomparable actuación del Ballet Nacional, que la terapéutica acción bactericida de los antibióticos.

Así andamos hoy. Pero, si nos siguen lloviendo tan disparatados dictámenes, no me imagino con qué se tropezará, dentro de tres lustros, quien encienda el televisor o el radiorreceptor, o pase la vista por las páginas de un periódico.

Hay que recurrir nuevamente al habla del pueblo: el asunto nos advierte que la caña se puede poner a tres trozos.

Ya lo dijo el ensayista norteamericano Sven Birkerts: “El lenguaje es la capa de ozono del alma, y su adelgazamiento nos pone en peligro”.