Imaginarios: Memoria de don Fernando Ortiz en Librínsula

Un 16 de julio de 1881 nació uno de los cubanos más ilustres de la cultura nacional y universal: Don Fernando Ortiz, sin permitirnos pasar por la alto su 137 aniversario de nacimiento, una vez más nuestra Librínsula dedica su Imaginarios a este grande de nuestro pensamiento. En esta ocasión, lo hace retomando un grupo de textos, verdaderos tesoros archivados en Librínsula para rendir sincero tributo al tercer descubridor de Cuba.

 

Fernando Ortiz y José Lezama Lima: apuntes sobre el mestizaje cultural
Por Patricia Motola Pedroso

Los aportes legados por el destacado investigador cubano Fernando Ortiz sobre los diferentes elementos que componen la cultura cubana, constituyen una referencia obligada para todo aquel interesado en comprender las complejidades de nuestra identidad. Tal es el caso del texto Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar (advertencia de sus contrastes agrarios, económicos, históricos y sociales, su etnografía y transculturación), publicado en 1940, el cual es reconocido como uno de los estudios paradigmáticos sobre la sociedad cubana. Sus páginas, dotadas de un alto rigor científico, exponen argumentos claves sobre nuestro desarrollo histórico.

En momentos de la contemporaneidad en los que se aboga por la comprensión y aceptación de la diferencia, por reafirmar quiénes somos como pueblo y qué nos distingue como cubanos, no resulta ocioso revisitar, en un breve acercamiento, algunos de los conceptos propuestos por Ortiz. Es interesante además constatar que su pensamiento fue escuchado entre sus contemporáneos e irradió en la obra de más de un intelectual cubano. En tal sentido, podría plantearse una primera aproximación entre determinadas concepciones culturales del reconocido etnólogo y el poeta José Lezama Lima.


De izquierda a derecha: Eliseo Diego, José Lezama Lima, Enrique Labrador Ruiz, Angel Huiti, Rolando Escardó, Fayad Jamís, Cintio Vitier, Roberto Branly, Roberto Fernández Retamar, Nicolás Guillén, Rine Leal, Fernando Ortiz, Luis Águila León, Vicentina Antuña, Ángel del Cerro, Sergio Rigol, Jorge Mañach y Daniel Serra Badué. En la Dirección General de Cultura, el 22 de junio de 1959. (Colección Lezama, Ms 94-1, no. 74, BNCJM. Anotada por Lezama)

Como es sabido, en el Contrapunteo… Fernando Ortiz realiza un pormenorizado análisis sobre las diferencias existentes entre los cultivos de las plantas de tabaco y de azúcar. Es en sus páginas finales donde propone el importante concepto de transculturación que, según el autor, es el vocablo indicado para expresar los variadísimos fenómenos que se originan en Cuba por las complejísimas transmutaciones de culturas que aquí se verifican (1). Para Ortiz, la verdadera historia de la isla es la historia de sus intrincadísimas transculturaciones (2). La fundamentación de esta idea recorre entonces los largos caminos del gran mestizaje de aquellos pueblos que confluyeron en la isla: indios, inmigrantes blancos peninsulares, negros africanos, judíos, lusitanos, anglosajones, franceses, norteamericanos y amarillos mongoloides. Cada uno de ellos constituye la síntesis de una cultura y los factores humanos más trascendentes para la cubanidad (3). Así, el término transculturación se emplea para expresar mejor las diferentes fases de tránsito de una cultura a otra, incluyendo la pérdida de la cultura precedente, y la consiguiente creación de los nuevos fenómenos culturales (4). Por lo que, según Ortiz, nuestra evolución como nación está mediada por la confluencia e interrelación de  pueblos diversos en un mismo espacio, lo que trajo como resultado la existencia de un sujeto otro y de otras formas de pensar y manifestarse. De esta manera, decir cubano no solo implica cierta pertenencia geográfica, sino un “ajiaco” cultural complejo con una resultante de caracteres bien definidos, que si bien le deben a sus progenitores, sus cualidades son únicas.

En 1957 se recogen en un mismo volumen, denominado La expresión americana, cinco conferencias dictadas por el reconocido poeta José Lezama Lima. En ellas se expone una manera diferente de comprender la historia –ese contrapunto o tejido entregado por la imago, por la imagen participando en la historia– (5) por parte de su autor, y se argumenta el desarrollo sociocultural de América. En este proceso, según Lezama, el sujeto metafórico ocupa un lugar muy importante, pues es quien permite las relaciones culturales análogas en un espacio contrapunteado, de forma tal, que esas entidades no sean semilla estéril. La manera de obrar del escritor de Paradiso en las páginas de estos ensayos se declara tempranamente:

“(…) Todo tendrá que ser reconstruido, invencionado de nuevo, y los viejos mitos, al reaparecer de nuevo, nos ofrecerán sus conjuros y sus enigmas con un rostro desconocido. La ficción de los mitos son nuevos mitos, con nuevos cansancios y terrores. Para ello hay que desviar el énfasis puesto por la historiografía contemporánea en las culturas para ponerlo en las eras imaginarias (...)” (6)

Como ya han apuntado varios estudiosos, La expresión americana constituye un homenaje de Lezama Lima al ensayo “Nuestra América”, de José Martí y para llegar a la figura del mayor de los intelectuales cubanos de todos los tiempos, Lezama traza un recorrido por los diferentes momentos de la historia americana. Así, se comienzan desde aquellos orígenes fantásticos descritos en el Popol Vuh, pasando por la posterior conquista española, el momento del período barroco, el romanticismo y el surgimiento de la expresión criolla. Resulta entonces significativo el hecho de que durante la fundamentación de cómo se produce nuestro señor barroco, emplee como ejemplos los siguientes, al referirse a la arquitectura como manifestación artística relevante de este período y a sus hacedores. Expresa Lezama, y me permito citar in extenso:

“El arte del indio Kondori representaba en una forma oculta y hierática la síntesis del español y del indio, de la teocracia hispánica de la gran época con el solemne ordenamiento pétreo de lo incaico. Su arte es como un retablo donde a la caída de la tarde, el mitayo solo desea que le dejen colocar su semiluna incaica en el ordenamiento planetario de lo español, y que entre los instrumentos que entonan la alabanza, el charango, la guitarrita apoyada en el pecho, tenga su penetración sumergida en la masa tonal (…) El arte del Aleijadinho representa la culminación del barroco americano, la unión en una forma grandiosa de lo hispánico con las culturas africanas (…) Vemos así que el señor barroco americano, a quien hemos llamado auténtico primer instalado en lo nuestro, participa, vigila y cuida, las dos grandes síntesis que están en la raíz del barroco americano, la hispano incaica y la hispano negroide (…)”(7)

Estas palabras sin dudas recuerdan a las de Fernando Ortiz en su Contrapunteo… Si él plantea el fenómeno de la transculturación como una de las vías necesarias para entender el desarrollo cultural de Cuba, que nunca es ajeno al de América y el Caribe, en las palabras de Lezama se observa la asimilación de la esencia de este concepto de Ortiz en la manera que tiene de incorporarlo a su concepción de la historia que, aunque pensada desde la imago, no deja de tener en cuenta hechos y figuras puntuales.

El autor de Oppiano Licario descubre el mestizaje de las razas confluyentes en Nuestra América sobre todo en la resultante cultural que se genera: la etapa barroca, en este caso. Aquellos que posibilitaron la existencia de una de las manifestaciones artísticas más importantes de este período son bien diferentes. En el ejemplo antes expuesto, uno es el indio Kondori, del Perú, y el otro, el Aleijadinho, hijo de una negra esclava y de un arquitecto portugués, pero ambos intentan colocar sus saberes junto al arte hispano, dominante en la época.

Sin embargo, Lezama no centra su atención solo en la mezcla de razas, proceso diferente en Cuba y en América, sino en la expresión cultural que se crea. Al autor de Paradiso le interesa llamar la atención sobre la obra artística, pues es en ella donde se logra la conjunción del conocimiento de los diferentes  pueblos. En este sentido, podría decirse que hay una profunda asimilación del pensamiento de Ortiz en Lezama Lima y que, contrariamente a lo que pudiera pensarse, no existe contradicciones entre esta manera de entender la cultura. El concepto propuesto por el etnólogo es una de las fuentes de las que bebe Lezama para crear su propuesta acerca de la comprensión de la historia. Claro está, los caminos de estos intelectuales fueron diferentes. En el caso del autor de “Muerte de Narciso” no puede olvidarse que es ante todo un poeta, pero intentando dotar a la nación de aquellos conocimientos que, según él, faltaban o habían quedado truncos. Fernando Ortiz es una de las vías de conocimiento y Lezama, como buen cubano, termina haciendo su propia propuesta, sistemática y coherente con su forma de concebir la cultura.

Es preciso señalar que ambos pensadores no consideraron a Cuba solo como una isla caribeña. Para ellos hay una necesidad vital de reconocer los vínculos de ella con otras zonas del área, no solo porque así se demuestra su desarrollo histórico, sino también su universalidad y legitimación cultural. En estos dos textos, por tanto, asistimos a maneras diferentes de mostrar el desarrollo de los pueblos, pero con la característica común de reconocer la presencia de un gran mestizaje entre ellos, lo cual se evidenció de diversas formas. Como plantea el propio Lezama, el historiador que adquiere una dimensión en nuestra historia, tiene que tenerla de la totalidad de la historia americana (8).

Llama la atención igualmente que los procedimientos empleados por ambos autores en sus respectivos ensayos son el reflejo de una cultura casi enciclopédica. Si Ortiz fundamenta sus argumentos a partir del empleo de fuentes tan diversas como textos de etnólogos, sociólogos, químicos, historiadores etc. de la época, en su recorrido  temporal desde los inicios de los cultivos del azúcar y el tabaco, sin dejar de considerar el lenguaje poético cuando sus comparaciones lo requieran, lo cual aumenta la identificación del lector con el texto y lo convence en su exposición, Lezama Lima complejiza su discurso mediante las asociaciones cultas y librescas más disímiles. Sus palabras, en la creación de metáforas, metonimias e imágenes, por solo citar algunas, se mueven atemporalmente por la historia universal, lo que demuestra ese contrapunteo mediante el sujeto metafórico y la penetración en la historia por la imago. Así, la Antigüedad clásica se hace presente en el siglo XVIII, o algunos mitos aztecas perviven con la figura de José Martí. Constituyen, por tanto, estos ensayos, una muestra de la más lograda prosa, coincidente en algunas zonas de su escritura.

Sirva este comentario como un primer acercamiento a dos de los intelectuales cubanos de talla universal, imprescindibles para reconocernos y autoafirmarnos, y como camino inicial por las complejidades de nuestra identidad y cultura.

Notas

(1) Fernando Ortiz.”Contrapunteo cubano del tabaco y del azúcar (advertencia de sus contrastes agrarios, económicos, históricos y sociales, su etnografía y transculturación)”,  Identidad y descolonización cultural. Antología del ensayo cubano moderno. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2010 p. 184

(2) Ídem.

(3) Ibíd. pp. 185-187.

(4) Ibíd. p. 189.

(5) José Lezama Lima: La expresión americana,   Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2010 p.5.

(6) Ibíd. p.10.

(7) Ibíd. p. 40-41.

(8) Ibídem. p. 56.

Cubano de tres mundos
Por Lino Novás Calvo

La casa donde vive don Fernando Ortiz está en una frontera. Allí empieza, propiamente, el Vedado, el barrio de los ricos; allí acaba La Habana. La casa misma es un cruce de estilos, pero es amplia y confortable. En frente se alza la Universidad. Hace cincuenta años que Ortiz se graduó en ella de abogado. Antes, en 1900 y 1901, lo había hecho en las universidades de Barcelona y de Madrid. Desde entonces ha producido obras de investigación: de historia, de etnografía, de lingüística, de arqueología, de derecho, que lo han situado entre los primeros sabios de América. Ortiz ya no es profesor de la Universidad. Pero ha enseñado a dos generaciones de cubanos cosas más originales y más cubanas que ningún otro cubano.

Ortiz tiene ahora sesenta y ocho años, y últimamente se ha ido replegando, más y más al interior de su casa. Allí tiene lo que más quiere: su linda hijita, María Fernanda, de cuatro años; su joven, alta y rubia esposa, María Herrera, con la que casó hace siete años; sus libros, sus documentos inéditos. Su espléndida salud ha sufrido, de poco acá, algunos quebrantos. Un desprendimiento de retina le ha dejado sin vista de un ojo. También el corazón ha empezado a fallar un poco. Ciertas contrariedades morales han afectado su ánimo. Pero nada ha podido apagar el rosado color de su rostro ni el contagioso vigor de su espíritu.

Ortiz es por naturaleza expansivo. Es todavía, por lo saludable y fresco de sus escritos, el más joven de nuestros escritores. Tranquilo, aunque emotivo y, a veces, irritable, recio, amante de la buena mesa y de la amena charla, no le falta nunca el optimismo. Un día, durante un diálogo que tuvimos sobre política, en los peores días de la guerra, me increpó: “¡Usted parece un viejo; y usted es un derrotista!”

Esa su expansión, que ha sido también dispersión, se le ha ido reduciendo, sin embargo, en los últimos tiempos. Hace cuarenta años contrató con una casa editora de Madrid la publicación de un libro sobre culturas afrocubanas. Pensaba escribirlo en un año; contaba con abarcar todos los aspectos de la materia. Hoy nos dice: “Todavía estoy en las primeras páginas”. Pero ha laborado en ese libro sin pausa, aunque sin prisa, y sin desaliento. Pocos hombres tienen su capacidad de trabajo. Pero dice él mismo, explicando esta demora necesaria: “He pasado gran parte de ese tiempo en labor exploradora, de clasificación y de análisis, por esa intrincadísima fronda de las culturas negras retoñadas en Cuba. Y de cuando en cuando, he ido dando algo a la luz, como débil muestra y ensayo de lo mucho que puede hacerse y que está por hacer, y aun por explorar, en este campo de la investigación”.

Ahora siente que le debe dedicar más tiempo. Por eso ha ido soltando dedicaciones superfluas o marginales, y sumergiéndose, cada vez más, en su hogar y en sus libros, sin dejar de mirar por eso, y muy agudamente, hacia fuera.

En su último libro, El engaño de las razas, define Ortiz su método de estudio. Es también un método de filosofía. Para él todas las cosas tienen cuatro dimensiones. Un día tomó en la mano un icono africano que tiene sobre la mesa y me dijo: “Este muñeco tiene, primero, su individualidad; luego tiene su temporalidad, su espacialidad y ambientalidad. No podemos comprender este muñeco sin comprender esas dimensiones. No basta estudiar una de sus medidas; hay que estudiarlas todas. Y al fin, y esto es muy interesante, habrá que ver cómo esas medidas actúan unas sobre otras, cómo se interrelacionan, y cuál es el resultado”.

Eso explica, en parte, la variedad, en torno a una unidad más o menos obvia, de su obra. Explica también la ramificación de sus estudios. Ortiz no ha podido encerrar nunca en un círculo, en un fenómeno, un sujeto de estudio. Si ha partido del círculo ha sido para romperlo por sus cuatro lados y salir, por esas brechas, en busca de su significación integral, su trascendencia en el conjunto del mundo. Esto le ha llevado muy lejos; demasiado lejos para las fuerzas de un hombre.

Por formación, como por afición, Ortiz es un cubano de tres mundos. Su madre, doña Josefa Fernández de Garay, era cubana; su padre, don Rosendo Ortiz, español. Pero ambos eran republicanos y liberales. Todos sus antepasados han venido de la Montaña y del País Vasco, en España. En él se reproducen, con fuerza, los caracteres de aquellas “razas” vigorosas, saludables, espesas, tozudas. Pero ya antes de su nacimiento un familiar de doña Josefa se había retirado, con dinero, a Menorca, la apacible isla del Mediterráneo. Y a los catorce meses, allá llevan al “cubanito”. No vuelve a Cuba hasta los catorce años.

En la colonial iglesia habanera de la Salud tenía efecto en 1871 una sencilla ceremonia nupcial. Contraía matrimonio una joven pareja. Doña Josefa Fernández y González del Real era cubana, descendiente de un coronel del Ejército Español que fue condenado a muerte por haberse alzado en armas al lado del general Riego. La joven esposa recibió como regalo de bodas un pequeño esclavo que durante muchos años acompañó a la familia.>>

<< Don Rosendo Ortiz y Zorrilla, el padre, había llegado a Cuba procedente de la Montaña, del valle del Saba en la provincia de Santander. En nuestra capital había establecido una ferretería, a la cual puso por nombre "La Escuadra", en la calle de Belascoaín. Era hombre emprendedor, de ideas liberales y progresistas.

 

El Mediterráneo ha pesado mucho sobre su formación. El trasplante supone, entre otras cosas, una temprana formación bilingüe (castellano y catalán) y el contraste, patente en Menorca y más aún, después, en Barcelona, entre las fuerzas defensivas de la hispanidad y las fuerzas agresivas de la europeidad. Entre ellas pasa su adolescencia. No se decide enteramente por ninguna, pero intenta comprenderlas, y aun conciliarlas.

En Menorca, a los 5 años.>>

De Barcelona, tras un período de cuatro años en La Habana, pasa a Madrid, y hace su tesis de grado, que titula “Base para un estudio sobre la llamada reparación civil”. El derecho va a ser una de sus dedicaciones. Pero su verdadera vocación ha sido ya decidida. Durante su paso por la Universidad de La Habana, en los últimos días de la colonia, tomó contacto con la filosofía positivista, los estudios modernos de las ciencias sociales y, sobre todo, con los libros de Enrico Ferri y Cesare Lombroso. En él, sin embargo, estas influencias se canalizan hacia las culturas negras de Cuba y ya en 1906 publica en Madrid su primer libro: Los negros brujos.

Este –el de los negros trasplantados, “transculturados”, como él dice– es el tercer mundo en que Ortiz se sumerge. ¿A qué se debe tal inclinación? Él mismo nos lo ha explicado en una conferencia pronunciada hace poco en una sociedad de “color”, el Club Atenas. Apenas regresa, doctorado, de España, se pone a escudriñar en la vida cubana y lo primero que le sale al paso es el negro. Y era –dice– natural que así fuera. “Sin el negro Cuba no sería Cuba. No podía, pues, ignorarlo”.

No todo el mundo había ignorado al negro. Existía una copiosa bibliografía sobre la esclavitud y abolición y “una polémica en torno a este trágico tema, pero embebida de odios, mitos, cálculos y romanticismos”. Lo que Ortiz propone entonces es estudiar científicamente al negro: su espíritu, su historia, sus antepasados, sus lenguajes, sus religiones, sus artes, sus valores positivos y sus posibilidades sociales. De esto nada había hecho. Todo tuvo que empezar a hacerlo desde el principio.

La tarea era inmensa. No se trataba sólo de un curioso fenómeno, sino de una “complejísima maraña de supervivencias religiosas, procedentes de diferentes culturas lejanas y con ellas variadísimos linajes, lenguas, música, instrumentos, bailes, cantos, tradiciones, leyendas, artes, juegos, filosofías folklóricas; es decir, toda la inmensidad de las distintas culturas africanas traídas a Cuba, harto desconocidas por los mismos hombres de ciencia”.

Este es el material a que Ortiz va a consagrar la mayor y la mejor parte de su vida. Pero el material parece crecerse, ramificarse y complicarse a medida que él se adentra en su manigua. Después de Los negros brujos, vienen Los negros esclavos (1916), el Glosario de afronegrismos (1924) y multitud de ensayos, conferencias, prólogos, artículos y monografías sobre la misma materia u otras afines. Mas esto da apenas una leve idea de su labor durante aquel período de exploración. Sólo una mínima parte del material acumulado o apuntado era aprovechable por el momento. El resto iba quedando clasificado, o por clasificar, en su archivo, que es secreto; y aun aguarda su turno.

Polígrafo inclasificable, Fernando Ortiz es conocido, principal e indebidamente, por sus indagaciones folklóricas. El folklore no es para él sino uno de los medios para el estudio del hombre, del hombre en su totalidad, sea éste negro, blanco o mulato. No le agrada que le tengan exclusivamente por folklorista, por rebuscador de datos pintorescos sobre la vida y las costumbres de los negros.

La erudición por la erudición no es su fuerte. Y la obra suya que más estima, con razón o sin ella, es su Proyecto de Código criminal cubano, publicada en 1926 y traducida a varios idiomas, que Enrico Ferri calificó incluso de más avanzada que su propio equivalente italiano. He aquí lo que escribió Enrico Ferri: “Si su patria acepta como ley el referido proyecto, Cuba se pondrá a la vanguardia de todos los países civilizados en las reformas de la justicia penal, severa para los delincuentes peligrosos y clemente para los menos peligrosos”. Y concluye el sociólogo italiano: “Si su proyecto llega a ser ley, le prometo desde ahora ir personalmente a Cuba a admirar su país y aplaudir sus legisladores”. No; su proyecto no llegó a ser ley en los códigos; pero lo ha sido y sigue siéndolo en la conciencia de los juristas eminentes.

El contacto de Fernando Ortiz con Ferri y otros hombres de ciencia italianos se acentúa en 1903, cuando le nombran canciller del consulado de Cuba en Génova. Este fue sin duda, un período de reafirmación y esfuerzo. Nunca ha perdido Ortiz el contacto con la cultura italiana, especialmente en lo tocante a la sociología y la criminología. De tal modo, que hasta que, más tarde, se adentra en el estudio del inglés y la cultura anglosajona, las culturas española e italiana le dominan, y las domina. Aunque ha leído mucho también en francés, la cultura francesa no resalta en él en primer plano.

De nuevo en La Habana en 1906, y ya huérfano de madre, logra Ortiz un nombramiento de fiscal auxiliar en la Audiencia de La Habana, y tres años después es catedrático de Derecho Público en la Universidad. En 1908 se casa con una distinguida dama cubana, Esther Cabrera, hija del ilustre patricio y notable escritor Raimundo Cabrera. De este matrimonio nació una hija, Isis, que casó a los 18 años y que ya es abuela. Ortiz es, por consiguiente, bisabuelo.

<< Con su hija Isis, en 1911.

Vienen entonces años fecundos. Ortiz intensifica el estudio. Seguidamente publica, entre otras obras, La reconquista de América. Reflexiones sobre el Panhispanismo; Entre cubanos. Rasgos de psicología criolla; La filosofía de los espiritistas, los ya mencionados Negros esclavos.

En un país más sólido y asentado, Ortiz hubiera continuado, sin interrupción, su carrera de “savant”. Pero los aires de la calle son muy fuertes en Cuba. En 1916 cae Ortiz en la tentación de la que se libran pocos cubanos: la política. La política no ha logrado, sin embargo, sacarlo por completo de su primera y grande vocación.

Esos diez años le sirvieron para establecer más hondos y más vastos contactos con las capas bajas de la población negra. Entre 1916 y 1926 publica, entre otros libros, Historia de la arqueología indocubana, el mencionado Proyecto, José Antonio Saco y sus Ideas Cubanas, Alejandro de Humboldt en Cuba, y La clave xilofónica de la música cubana.

No se puede siquiera esbozar una semblanza de Fernando Ortiz sin hacer referencia a la Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP), (“La hija cubana del Iluminismo”, como él la llama en un librito que lleva este título), y su órgano la Revista Bimestre Cubana, que dirige desde 1910. La SEAP es en la república, como en la colonia, lugar de convergencia de pensamiento responsable, tolerante, progresista. En 1914 pronunció Ortiz allí una conferencia titulada “Seamos hoy como fueron ayer”, en la que invita a los hombres de entonces a que sigan los ejemplos de los grandes cubanos del siglo XIX: aquellos hombres que “fundando revistas, diarios, escuelas, cátedras, museos, jardines botánicos; costeando becas; importando profesores; publicando libros, memorias e informes sobre todos los problemas cubanos, nos demuestran cómo la labor de un grupo de hombres de fe puede hacer de una factoría esquilmada un pueblo y una nacionalidad”. Añade, sin embargo, que no basta la fe. Hay que trabajar con vigor, con ardimiento apasionado, “teniendo la certeza de que nuestra salvación depende únicamente de nosotros”.

Es lo que repite, con más intensidad, con más desesperación, en otra conferencia pronunciada desde la misma tribuna, en 1924. Sólo que ahora la alarma es más grande y la conferencia se titula “La decadencia cubana”. Sin embargo, Ortiz reitera con optimismo que la salvación de Cuba está en manos de sus hijos, y sentencia: “No se salva un pueblo que no se salve solo”. Es la época de los lamentos y las rebeldías, y el preludio de una crisis que estalla cerca de diez años después con violencia. Pero Ortiz insiste en que todas nuestras dificultades pueden ser resueltas por nosotros mismos. No excusa, desde luego, lo que nos hacen los otros, los que mandan desde lejos; pero no quiere que la gente se adormezca, pensando que todos los males nos son impuestos desde fuera.

En 1928 fue cofundador del Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Ya apartado de la política, y sin cátedra universitaria, parece que va a consagrarse ahora enteramente a su trabajo intelectual, pero cuatro años más tarde lo hallamos expatriado, perseguido por la tiranía de entonces, y como especie de embajador en los Estados Unidos de las juventudes revolucionarias que tantas esperanzas despertaron (y que luego defraudaron) en el pueblo de Cuba.

Ortiz ha mirado mucho Cuba adentro, pero nunca ha perdido de vista “lo que pasa en el mundo”. Nunca ha sentido la nacionalidad como desligada de la universalidad.

En 1917, siendo Representante, encabeza una moción pidiendo la declaración de guerra a Alemania. Ya los Estados Unidos se la han declarado. Pero Ortiz aclara en su moción: “Yo entiendo, señores, que este tiene que ser más que un bello gesto cubano. Debemos consignar que vamos a la guerra, no solamente por un deber de gratitud hacia los Estados Unidos, sino también porque aquí se tiene conciencia de lo que significa este problema universal. Se lucha por altos intereses morales, por los grandes principios que son la base de nuestra existencia nacional misma”.

Esto es en 1917, téngase en cuenta. Ortiz es un legislador nuevo y novato. Pero no se le oculta que los conflictos bélicos son algo más que rivalidades de potencias y que el desenlace puede afectar a todos, grandes y pequeños.

En 1940 ya Ortiz no está en la Cámara. Está en la Institución Hispanocubana de Cultura, que ha fundado y preside. Está en la calle, en el periódico, en la revista, en la tribuna. Está en todas partes donde haya que alzar la voz para demandar acción, no solamente dicción, contra las “fuerzas del oscurantismo”. Nunca fue más político que en esta fecha. Nunca tampoco ha visto más en peligro la existencia de las instituciones en que vivimos y queremos vivir. Ortiz truena: “¡Esta es nuestra nueva guerra de independencia!” Pero tampoco ahora es un “bello gesto de gratitud”, porque su simpatía hacia el pueblo norteamericano se ha agrandado a través de la que siente hacia su presidente, Franklin D. Roosevelt.

Con la guerra concluye otra fase de la vida y la obra de Fernando Ortiz. No es posible siquiera enumerar sus principales actividades anteriores ni posteriores. Hay que destacar, sin embargo, el Instituto Panamericano de Geografía e Historia, el Instituto Internacional de Estudios Afroamericanos, que fundó en México en 1946; y la Sociedad contra el Racismo de la que también es fundador y desde donde combate toda etnología, sea contra negros o contra judíos. Mientras tanto, la Institución Hispanocubana de Cultura y su órgano Ultra, languidecen y mueren al poco tiempo.

Las pugnas ideológicas, no meramente políticas, acalladas durante la guerra, renacen, y Ortiz, como hombre de “izquierda”, tiene sus enemigos y contradictores. Su carácter, afable y aun cariñoso, es sin embargo susceptible y a veces hasta regañón, herencia catalana sin duda, y vive en la crueldad de un ambiente que nunca sabe premiar a los hombres que más valen. Pero Ortiz se resarce resumergiéndose en sus libros y en los temas y personas de su devoción.

Para Ortiz un libro es también una persona. Una de las grandes cualidades de sus escritos es que todo lo humaniza; todo es persona y la persona lo es todo. Todas las cosas, nos dice, le interesan por sus implicaciones humanas. Ni arte por el arte, ni ciencia por la ciencia. Sólo en la medida en que pueda relacionarlos con el hombre, individual y colectivamente, le emocionan. Pero entonces le emocionan verdaderamente y la emoción es la de un artista. Hay que verlo leer y trabajar. Un libro, si realmente le interesa, va cobrando vida. Sonríe, frunce el ceño, se sonroja, toma notas en una letra engarabitada. Luego corrige, y vuelve a corregir, interminablemente.

Esto es la desesperación de secretarias y linotipistas. Uno de estos, que había sufrido su letra durante varios años, coincidió una vez con él a la entrada de un teatro, en el momento en que un empleado les entregaba el programa. Le gritó el linotipista al empleado: “¡Cuidado, muchacho! ¡No le des eso, que te lo va a corregir!”

Un buen chiste es también una de las delicias de Ortiz y nada le agrada más que salir a almorzar con sus amigos y, de sobremesa, intercambiar anécdotas e informaciones recientes sobre hechos y personas. Aunque calificado por algunos de hedonista, Ortiz tiene realmente pocos vicios. No fuma. Es parco en la bebida. No toma apenas café. Pero no hay duda de que fue siempre un gran admirador de la belleza femenina.

Y luego, tras la charla de sobremesa, otra vez el estudio, donde después de una breve siesta se sienta de nuevo ante el imponente volumen de los documentos acumulados. En 1940 publicó otro libro extraordinario: Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, derivado de sus investigaciones sociológicas, que fue traducido en seguida al inglés. En 1945 salió, en México, El huracán –su mitología y su símbolo. Actualmente está trabajando en Preludios etnográficos de la música afrocubana, del que ha publicado ya primicias en las revistas Bohemia y Bimestre Cubana. ¿Y después?

—Después –nos contesta él– quién sabe. Tengo ahí materiales para más de cuarenta libros, sin contar con los que puedan irse presentando. Y añade con el afán del hombre que ha querido demasiado: “Lo que temo, es que la vida no me alcance para tanto”.

Tomado de: Lino Novás Calvo: Cubano de tres mundos, La Habana, 1956.

 

Ortiz contra las discriminaciones en Cuba y en el mundo
Por Ana Cairo

En la “Sociedad Económica de Amigos del País”,
que presidiera durante 9 años.>>

Ortiz adquirió una amplísima experiencia durante  los ocho años en que fue miembro de la Cámara de Representantes. Se enfrentó al machadato ya con la nueva estrategia de involucrarse en los grupos de presión (en la política estadounidense se les denominaba lobbys). Desde 1931, se  integró a la Junta de Nueva York, donde interactuaban  autónomamente  políticos de disímiles tendencias con relaciones muy variadas en los medios económicos,  políticos, gubernamentales y del Congreso. 

Ortiz eligió construir su red estadounidense en los círculos de intelectuales (los profesores universitarios, científicos y sobre todo periodistas) para que denunciaran sistemáticamente los crímenes de la dictadura y para que promovieran acciones solidarias con los exilados antimachadistas y con el pueblo cubano. 

Esta experiencia política para construir movimientos de opinión pública la utilizó, a partir del fin del machadato, para avanzar en el diseño de nuevas plataformas que  formaban puntos estratégicos de su proyecto regeneracionista, modernizador de la sociedad cubana, después de la derogación de la Enmienda Platt (mayo de 1934).

Lideró un movimiento de intelectuales pro nueva Convención Constituyente entre  septiembre de 1933 y noviembre de 1939 (fecha de la elección de los delegados). No estaba interesado en ser uno de ellos, porque había decidido no volver a enrolarse en los partidos políticos.

En 1937, cuando ya estaba consolidada la idea de la nueva convención, jerarquizó la fundación de la Sociedad de Lucha contra los Racismos,  desde la cual se podía combatir al unísono contra todo tipo de discriminaciones (género, color de la piel, religiosidad, étnica, laboral, cultural, etc.) en el ámbito nacional y era posible también enrolarse en el  antifascismo mundial. Por ejemplo, había que solidarizarse con el pueblo judío, o con los republicanos españoles, o con los combatientes contra Mussolini y Hitler. Había que ayudar a los refugiados.

El 28 de enero de 1940, Ortiz entregó  el manifiesto Contra las discriminaciones racistas a los delegados de la Convención Constituyente. En el texto se desarrollaban los tópicos que podían fundamentar la condena explícita de las discriminaciones en el articulado de la nueva Constitución. Como podrá apreciarse el manifiesto es  la primera fuente de dicho artículo y también ilustra cómo funcionaba el grupo de presión de la Sociedad de Lucha contra los Racismos.

El 10 de octubre de 1940, entró en vigor la Constitución.  Entonces, la prioridad estaba en el proyecto de ley que debía normar la lucha contra los delitos discriminatorios. La estrategia del grupo de presión se tornaba indirecta y soterrada, porque debía hacerse a través de una asesoría especializada a varios congresistas y personalidades sindicales

El 11 de enero de 1941, un grupo de comunistas liderados por Blas Roca y Lázaro Peña firmaron el proyecto de ley. Hasta el golpe de Estado batistiano del 10 de marzo de 1952, que canceló ese debate, por más de diez años, se estuvieron elaborando distintos proyectos de ley. Ninguno fue aprobado. Ortiz decidió publicar aquel primer proyecto de ley en la  revista de Estudios Afrocubanos para garantizar la difusión sobre este esfuerzo político continuo.

Por similares razones, circuló el  Acta de Constitución del Instituto de Estudios Afroamericanos (1943), con sede en México D. F., Dos intelectuales cubanos sirvieron de coordinadores para que el grupo de presión de la Sociedad de Estudios Afrocubanos pudiera desarrollar la aspiración de ser contraparte en una organización continental.

Esta idea se inspiraba en el proyecto de defensa de los derechos culturales de los pueblos aborígenes. Los  antropólogos indigenistas mexicanos habían logrado la fundación de una organización continental, que preconizaba políticas educacionales y culturales para difundir el patrimonio de los pueblos prehispánicos y para legitimar la autoestima, el orgullo por sus aportes y los derechos de los  pueblos descendientes de ellos.

Ortiz pertenecía a ese proyecto académico continental y aprovechó una de sus estancias en un congreso en México, para encargarle a Julio Le Riverend y Jorge Vivó, que le sirvieran como coordinadores y voceros.

El joven historiador Julio Le Riverend era becario en el Colegio de México. El profesor universitario Jorge Vivó  estaba retirado de la política; había sido dirigente del Primer Partido Comunista Cubano del que se había separado en 1937, cuando se estableció en la capital azteca. En la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México, una biblioteca lleva su nombre.

Le Riverend y Vivó cumplieron fielmente el encargo de Ortiz, porque lograron incluso integrar la directiva continental.

Ortiz se mantuvo como un movilizador de los intelectuales, en Cuba, en el continente, en el mundo. Una vez terminada la batalla antifascista, se  sumó a las de preservar la paz, contra las bombas atómicas; se negó a enrolarse en la histeria  antisoviética y anticomunistas de la guerra fría.

Deberíamos estudiar más sus estrategias movilizativas como un artífice de opinión pública y para conformar equipos solidarios de intelectuales, capaces de transformar las ideas y los deseos en praxis política.

Contra las discriminaciones racistas

Con motivo de tratarse de la reforma constitucional de la República de Cuba, hubo de solicitarse la opinión de la Asociación contra las Discriminaciones Racistas, de La Habana, que presidía el Dr. Fernando Ortiz. La Asociación susodicha respondió en el siguiente manifiesto dirigido a los miembros de dicha Asamblea Constituyente:

Manifiesto de la “Asociación contra las Discriminaciones Racistas”

La discriminación que, motivada por el color de su piel y su posición social, sufre en Cuba más de un tercio de la población nativa, despojada de sus legítimos derechos por y para ventaja del grupo social de piel más blanca, formado históricamente por el cruce de las dos razas que han aportado su mayor caudal a la población y colonización de la Isla, es, por su permanencia y notoriedad, de aquellas que nadie puede negar ni discutir.

Oriunda de la esclavitud, la discriminación que padece el negro cubano como supervivencia del régimen de producción establecido en el país por el colonizador, sigue siendo entre nosotros la expresión subjetiva de una supuesta superioridad racial, de donde el conquistador primero y sus descendientes después, han construido para su beneficio, un criterio que explique y justifique su pretendido derecho de despojar al negro del fruto legítimo de su trabajo, mantenerle en la ignorancia y hacerle víctima de todo género de humillaciones.

No obstante el valor y la enorme significación social que el trabajo acumulado y no retribuido de más de un millón de seres humanos representa para el desarrollo histórico de la nación y de la clase privilegiada que lo usufructúa –puesto que una concepción objetivista de la sociedad y la historia reivindica para la esclavitud, como sistema social de producción, el carácter de factor fundamental y genético de la civilización y el progreso humanos–, el negro de Cuba, lejos de merecer la estimación y el respeto de sus connacionales por la amarga y penosa tarea que en este país le impuso su destino histórico, tiene como única recompensa a cuanto le debe esta patria –levantada sobre sus sufrimientos de casi cinco siglos– el menosprecio gratuito de los que, aun emparentados por la sangre, se han erigido en casta superior, expropiándole inicuamente el producto de su trabajo.

Frente a esta negrofobia injustificable, el negro ha ido expresando a través del tiempo su enérgica protesta, casi siempre asistida por la adhesión de espíritus progresistas, honrados y previsores, no negros, pero sinceramente interesados en una verdadera y genuina confraternidad cubana.

Del seno de estos, y del de aquellos negros honradamente afanosos por eliminar de nuestro medio social toda manifestación prejuiciosa motivada por la raza o el color, ha nacido una institución denominada: Asociación contra las Discriminaciones Racistas.

Esta Asociación considera que todo criterio y actitud discriminativos son a más de anticientíficos y contrarios a los principios democráticos proclamados por los revolucionarios de la pasada centuria en su lucha contra el coloniaje, rémoras perturbadoras de la existencia nacional. Y sus actividades no se limitan a combatir tales prejuicios dentro de sus marcos nacionales, sino también a destruir por medio de una crítica pública, tan enérgica como serena, ciertas teorías políticas recién importadas, que reclaman para determinada raza –conceptuada como superior por los corifeos de esa doctrina–, el predominio del mundo y la subordinación de los demás pueblos y razas tachados de inferiores.

Cumpliendo tal responsabilidad, esta Institución estima que ninguna ocasión es más propicia e insoslayable para resolver tan graves problemas, que esta que nos ofrece la inmediata Convención Constituyente.

Por eso se ratifica aquí la convicción de que los representantes del pueblo en esa Asamblea histórica no habrán cumplido su deber en este punto, sino cuando hayan insertado en la nueva Constitución, preceptos claros que castiguen, expresa e inflexiblemente, toda manifestación discriminatoria contra persona por motivo de color o raza.

Importa recalcar sobre la precisión objetiva de tales preceptos y penas, que son absolutamente indispensables para remediar la vaguedad infructuosa del artículo 11 de la Constitución de 1901, donde la idealista buena fe de algunos delegados y la calculadora demagogia de otros suprimieron teóricamente todas las diferencias de castas y razas, que en la realidad de nuestra vida republicana siguieron existiendo como en la época colonial.

La función social de las constituciones es, justamente, la de establecer un sistema de garantías para todos los ciudadanos que conviven dentro del Estado y una recíproca protección para sus intereses respectivos. La nueva Constitución, ha de tener en cuenta la realidad que vive el negro cubano, impedido de ganarse la vida en determinadas fuentes de trabajo, privadas unas (empresas de transporte, restoranes, cafés, etc.) y del Estado otras (carrera judicial, carrera diplomática, alta docencia, etc.) y rechazado en el acceso a ciertos establecimientos de servicio público, incluyendo centros de enseñanza.

Casos como el no remoto del Hotel Saratoga y el aún más reciente del Casino Deportivo de La Habana son, entre otros mil, dos síntomas evidentes de esta realidad vergonzosa.

Impedir la continuación de semejante estado social, que atenta a los derechos de una parte del pueblo y a la dignidad de todo él, es obligación ineludible de la nueva Constituyente.

En tal virtud la Asociación contra las Discriminaciones Racistas se dirige a Ud., a quien supone sinceramente interesado en el progreso y la prosperidad de nuestro país, y en posesión de un levantado espíritu de justicia, para rogarle de su cooperación decidida a este empeño que debe ligarnos a cuantos, por sobre absurdos y mezquinos convencionalismos, anhelamos ver a Cuba libre de tantas lacras coloniales.

La Habana, enero 28, 1940.

Dr. Fernando Ortiz,
Presidente.

Tomado de: Estudios afrocubanos, volumen 5, 1945-1946, pp. 232-235.

Proyecto de ley antirracista

Para cumplir lo dispuesto en los preceptos de la Constitución de 1940, fue presentado al Congreso el siguiente Proyecto de Ley:

A la cámara.

Por cuanto: La vigente Constitución de la República establece en su Artículo 10, inciso (a) el derecho del ciudadano “a residir en su patria, sin que sea objeto de discriminación ni extorsión alguna no importa cuales sean su raza, clase, opinión política o creencias religiosas”.

Por cuanto: El Artículo 20 de la propia Constitución consagra el principio de la igualdad sin privilegios de todos los cubanos, y “declara ilegal y punible toda discriminación por motivo de sexo, raza, color o clase, y cualquiera otra lesiva a la dignidad humana”.

Por cuanto: En el Artículo 74 se atiende a evitar las prácticas discriminatorias en la distribución de oportunidades de trabajo en la industria y el comercio.

Por cuanto: La discriminación producida por el prejuicio racial se manifiesta evidente y perniciosamente, en muchos otros sectores de la vida nacional, tales como la enseñanza, el disfrute de lugares, servicios y establecimientos públicos, el trabajo dependiente de organismos oficiales, etc.

Por cuanto: La disposición transitoria única al Título Tercero de la Constitución ordena la aprobación de la ley que establezca las sanciones correspondientes a las violaciones del Art. 20.

Por cuanto: Es urgente asegurar con la igualdad ciudadana la democracia verdadera, cumpliendo el mandato constitucional.

Por tanto: Los Representantes que suscriben, tienen el honor de presentar a la consideración y aprobación de la Cámara la siguiente

PROPOSICIÓN DE LEY:

Art. 1. —A los efectos de lo preceptuado por la Constitución en su Art. 20, constituye delito de discriminación, toda disposición o acto, de autoridad o particular, que en cualquier forma niegue o restrinja la igualdad de derechos, estableciendo privilegios o pretericiones para los ciudadanos por razón de su raza o color.

Asimismo constituye delito de discriminación, el propagar en cualquier forma y por cualesquiera medios, doctrinas o conceptos de exclusivismos y superioridad racial, odio o desdén para los individuos de determinada raza o color.

Art. 2. —Cometen delito de discriminación:

a) Los que de cualquier modo impidan o intenten impedir a individuos de determinada raza o color, pasear, transitar o permanecer en lugares de uso público, tales como calles, parques, plazas, etc., o pretendan fijarles para ello porción exclusiva o aislada de dichos lugares.

b) Los que pretendan impedir a los ciudadanos, por razón de su raza o color, avecindarse en determinado barrio o lugar, o traten, por lo contrario, de obligarles a hacerlo en uno determinado.

Están comprendidos en esta definición los propietarios, gerentes, subarrendadores o encargados de casas de alquiler, hoteles u otros establecimientos análogos, que con cualquier pretexto rechazaren a personas de una raza o color, cuando en iguales condiciones y circunstancias negociaren con las de otro color o raza.

c) El propietario, gerente o encargado de establecimiento comercial, espectáculo público, balneario, playa o establecimientos análogos, en que se negaren servicios o se obstaculizare con cualquier pretexto o subterfugio la entrada o permanencia de cualquier persona, siempre que, en igualdad de circunstancias y condiciones, se facilitaren dichos servicios o acceso a personas de otra raza, color o clase social.

d) El propietario, director o encargado de establecimiento de enseñanza oficial o privada, que, alegando el exceso de matrículas o cualquier otro pretexto cuya falsedad se demostrare, impidiese el ingreso en el mismo, de personas de determinada raza, color o clase, o estableciese diferencias, exclusiones o privilegios en las actividades del plantel, por razón de la raza, color o clase de los alumnos.

e) Los que, existiendo posibilidad de trabajo en empresas industriales, comerciales, etc., la negaren a cualquier ciudadano apto, por motivo de raza, o color. Y los que asimismo procedieren respecto de empleos en dependencias del Estado, Provincia o Municipio (tanto para los nombramientos como para los ascensos), cuando el aspirante hubiere cumplido los requisitos legales al efecto.

f) Los que profirieren expresiones o ejecutaren actos en menosprecio o injuria de las personas de una raza determinada o propagaren ideas de inferioridad o superioridad de los individuos de una raza o color, o atentaren de cualquier modo contra el principio de la igualdad de derechos para los ciudadanos de todos los colores o razas.

Art. 3. —El delito de discriminación definido y especificado en los artículos precedentes, será sancionado con prisión de 6 meses a 3 años en los establecimientos penales correspondientes.

Si al cometer el delito de discriminación se emplease agresión contra las personas, la sanción será de 3 años, salvo que la agresión diera lugar a un delito de mayor entidad.

En caso de reincidencia se aplicará el doble de la pena anteriormente impuesta; y además:

a) Si el reincidente fuese propietario, gerente o director de establecimiento comercial, industrial o docente, le será retirada la licencia de que disfrute, reservándose el Estado, la Provincia o el Municipio el derecho de encargarse de su administración y sostenimiento si lo estimase conveniente.

b) Si el reincidente fuese autoridad o funcionario del Estado, la Provincia o el Municipio, será destituido e inhabilitado por 4 años para el ejercicio de funciones públicas.

Art. 4.—Al objeto de fomentar el espíritu de fraternidad entre los individuos de diferente raza o color, combatiendo los prejuicios y las falsas ideas de exclusivismo o superioridad racial y de odio, desdén o desconfianza contra determinada raza o color que ha quedado en Cuba como legado de la opresión esclavista, se crea el Instituto Cubano de Cooperación Interracial.

A este fin el Instituto desarrollará las siguientes actividades:

a) Realizará una intensa propaganda explicando al pueblo los descubrimientos y teorías científicas que demuestran la falsedad de las hipótesis sobre la pretendida superioridad de unas razas sobre otras.

b) Vigilará de acuerdo con el Consejo Nacional de Educación la enseñanza pública y privada con el objeto de que toda educación impartida en las escuelas de la República se dirija a combatir los prejuicios raciales.

c) Divulgará la participación de nuestros antecesores negros en las luchas por la independencia y la contribución de los ciudadanos negros a la cultura cubana.

La organización y funcionamiento del Instituto Cubano de Cooperación Interracial estará a cargo del Ministerio de Educación.

La existencia del Instituto de Cooperación Interracial no podrá tomarse como pretexto para coartar o impedir otra forma de lucha legítima de los ciudadanos blancos y negros, por asegurar en nuestro país la igualdad absoluta entre los hombres de toda raza o color.

Art. 5. —Quedan derogados todos los decretos, leyes, reglamentos, disposiciones, etc., que se opongan a lo preceptuado en esta Ley.

Salón de Sesiones de la Cámara de Representantes, enero 11 de 1941.

(f) Blas Roca. —Salvador García Agüero. —Lázaro Peña. —José Maceo. —José María Pérez.

(Este proyecto todavía no ha sido discutido por el Congreso; pero ya ha sido dictaminado favorablemente con algunas modificaciones.)

Tomado de: Estudios afrocubanos, volumen 5, 1945-1946, pp. 235-238.

 

Acta de constitución del Instituto Internacional de Estudios Afroamericanos

En el Castillo de Chapultepec, ciudad de México, a los veinte días del mes de octubre de mil novecientos cuarenta y tres, y correspondiendo al deseo unánime expresado en las sesiones del Primer Congreso Demográfico Interamericano en el sentido de favorecer los estudios científicos referentes a las poblaciones negras de América, los que suscriben el presente documento han procedido a constituir para su funcionamiento desde esta misma fecha una entidad con la denominación de Instituto Internacional de Estudios Afroamericanos, la cual se regirá por los Estatutos que se unen a la presente acta como parte integrante de la misma.

Asimismo, se acordó nombrar el Comité Ejecutivo, con carácter provisional, eligiéndose a ese efecto a las siguientes personas:

Director: Dr. Fernando Ortiz.
Vice-Director: Dr. Gonzalo Aguirre Beltrán.
Secretario: Dr. Jacques Roumain.
Tesorero: Dr. Daniel F. Rubin de la Borbolla.
Jefe de Publicaciones: Dr. Jorge A. Vivó.
Consultores: Prof.  Carlos Basauri,  Dr. Alfonso
Caso, Prof. Miguel Covarrubias, Dr. Melville
J. Herskovits, Dr. Alien Locke, Dr. Renato F.
M. de Mendonca, Dr. Arthur Ramos y Dr.
Julio Le Riverend.

Asimismo, se acordó autorizar al Comité Ejecutivo para que, con el carácter de Comisión Organizadora, designe en un término no mayor de un año a las personas que integrarán el Primer Consejo Directivo, las cuales tendrán el carácter de miembros fundadores así como quienes suscriben la presente acta.

Y, para que conste, se extiende la presente, que firman a continuación:

Gonzalo Aguirre Beltrán.—Carlos Basauri.—Alfonso Caso.— Miguel Covarrubias.—Roberto Mac-Lean Estenós.—Renato F. M. de Mendonca.—Fernando Ortiz.—Julio Le Riverend.—Jacques Roumain.—Daniel F. Rubin de la Borbolla.—Jorge A Vivó.

* * *

Han transcurrido dos años desde la fundación del Instituto. Las dificultades creadas por la guerra en todos los ámbitos del mundo retrasaron la organización efectiva del nuevo centro científico internacional, pero han sido ya vencidas. Hoy podemos anunciar que ya han sido publicados varios números de la revista científica Afroamérica, publicación de dicho Instituto. Quienes deseen más datos acerca de este y de su revista puede pedirlos a su dirección:   Moneda No. 13, México, D. F.

Tomado de: Estudios afrocubanos, volumen 5, 1945-1946, pp. 242-243.

 

 Aproximaciones a la vida y la obra de Fernando Ortiz a través de dos documentos
Por María del Rosario Díaz Rodríguez

Instituto Cubano del Libro, 1970.>>

Sobre el polígrafo cubano Fernando Ortiz existen variados testimonios y escritos que oscilan entre las memorias y recuerdos de familiares y personas allegadas (hija,  secretarios, discípulos, informantes, entre otros), discursos y artículos suyos, entrevistas realizadas a don Fernando –en especial las que fueron hechas entre octubre y noviembre de 1955 con motivo de su homenaje nacional– y otros textos, publicados o no.

Luego de la publicación de la obra de Araceli García-Carranza (1970)(1), Julio Le Riverend (1973) da a la luz la Órbita de Fernando Ortiz (2) y  en su prólogo “Fernando Ortiz y su obra cubana” abunda en la trayectoria vital y profesional desde su nacimiento y aporta información sobre la vida familiar del matrimonio Ortiz-Fernández que impuso la estancia de madre e hijo en Menorca, simplifica el grado de parentesco de los familiares ciudadelanos del niño, quien nombra como su tío a don Ricardo Cabrisas (3). Le Riverend obtiene la información para su introducción de las conversaciones que tuvo con el propio Ortiz, pero fundamentalmente de un documento al que haremos referencia más adelante.

Conchita Fernández relata las memorias de su relación profesional y de amistad con Ortiz al periodista e investigador Pedro Prada, quien defiende con ese tema su tesis de doctorado en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana (2000) y luego las publica con el título de La Secretaria de la República (2001)(4). Allí se puede encontrar información importante como el entorno histórico y  aspectos de la sociedad cubana de la época, así como detalles de la convivencia en el bufete y en las diferentes etapas de la vida profesional de Ortiz.

Cuando se publicó el hasta entonces libro inédito de Ortiz El Pueble Cubano (1997), en su introducción “El pueblo cubano y los orígenes políticos de Fernando Ortiz”, la Dra. Ana Cairo ahonda brevemente en los años iniciales orticianos.

María Fernanda Ortiz Herrera evoca a su padre en “Fernando Ortiz, my father” (2000) donde repasa muy brevemente su vida, apenas con una mención a su estancia en Menorca sin decir nada más al respecto, dedicándose casi exclusivamente a hablar sobre su entrañable y mutuo vínculo personal (5). 

Siempre interesado en la indagación de todo lo que aportara conocimiento sobre la memoria colectiva e individual tan relacionada con las identidades, Ortiz escribió en su adolescencia páginas dedicadas a la interpretación de fenómenos de su realidad circundante como la cultura popular ciudadelana y menorquina, además de otros textos de más claro origen literario. La influencia del medio, de sus circunstancias familiares y de sus características personales obró intensamente, desde esos años de iniciación intelectual hasta su madurez investigativa.

También se mostró interesado en la historia de las personas como lo estuvo de la historia de los procesos sociales, históricos, económicos y culturales e incursionó en el género biográfico. A través de trabajos como los dedicados a sus maestros Joan Benejam, Manuel Sales y Ferré y Cesare Lombroso, donde asoman los rasgos biográficos, hasta aquellos en que lo biográfico y lo autobiográfico se entremezclan para crear un summun emotivo, como el dedicado a Carlos de la Torre (6). Utilizó igualmente la objetividad testifical del documento tanto como las técnicas literarias de la ficción y el metarrelato para construir la narración del Otro y del Yo.

Como el escritor que fue, nunca dejó de crear literatura con su vida, aunque también dejó múltiples huellas de su trayectoria vital, sobre todo en la correspondencia sostenida con amigos y colaboradores muy cercanos, y en documentos que tuvo necesariamente que elaborar a lo largo de su vida profesional.

Ortiz y la recreación de su vida

En varios documentos aparece recreada la vida de Fernando Ortiz. La Biblioteca Nacional de Cuba José Martí atesora en el fondo personal del polígrafo dos importantes documentos prácticamente desconocidos, para el público lector, habiéndose limitada su consulta a los allegados de Ortiz, investigadores, conservadores… hasta un número muy discreto.

 Araceli García-Carranza (1970) compiló su bibliografía activa y pasiva hasta esa fecha y la complementó con un Itinerario (p.[15]-31) titulándola Bio-bibliografía de don Fernando Ortiz. En el Itinerario se observa el empleo de documentos del fondo atesorado en la BNCJM, en especial de dos muy relevantes: la Relación justificada de méritos y servicios (1917) y la Introducción a la tesis de doctorado de la norteamericana  Ellen I. Diggs Fernando Ortiz. Su vida y su obra (1944). Ambas son fuentes documentales no publicadas de gran importancia, hasta donde se sabe, para el estudio de su vida.

Introducción de Fernando Ortiz. Su vida y su obra de Ellen I. Diggs

Ellen I. Diggs, quien posteriormente sería una destacada antropóloga norteamericana – tal vez la primera mujer negra– ya tenía una apreciable trayectoria pese a su juventud:   Art Bachelor de la Universidad de Minneápolis (Minnesota) y Art Magíster de la Universidad de Atlanta (Georgia). Fue alumna de Ortiz en el Curso de Verano de la Universidad de La Habana de 1942 y decidió escribir y defender su tesis de doctorado sobre la vida y la obra orticianas teniendo como raro privilegio el que su propio “biografiado” le suministrara – ya con más de 60 años y en la cima de su esplendor intelectual– los datos sobre el tema. Un ejemplar de esa tesis se encuentra atesorado en el fondo Ortiz de la BNCJM. Está encuadernado y mecanuscrito, con notas y arreglos en tinta del propio Ortiz, sobre todo en la redacción, por la lógica imperfección estilística de la autora angloparlante que prefirió redactar el cuerpo de la tesis en inglés y la Introducción en español.

En ella se pretende obtener un matiz evocador e íntimo a tono con la naturaleza de la información que se brinda, al entrelazar las anécdotas narradas con las fuentes ya publicadas donde aparecen. No obstante, muchos datos ignorados o poco conocidos se encuentran allí:

1- Por razones de respeto a la privacidad de la vida familiar y porque en la época en que sucedió (1882), para la mujer era una tragedia la separación matrimonial, Ortiz refiere a una persona ajena –por vez primera y única conocida hasta el momento– este hecho familiar que marca sus primeros 15 años y por extensión, su iniciación intelectual además de su peculiar conocimiento de las culturas hispánicas: “Debido a diferencias domésticas entre los padres(7), la madre decidió marcharse con su hijo de catorce meses a Menorca". p.8

2- Por una razón similar enmascara –en este caso personal–, en la anécdota de la defensa del seminarista, el propio hecho y las circunstancias del mismo, ya que existe otra versión (8) que refiere una gran polémica sostenida desde la prensa entre el adolescente Ortiz y nada menos que la jerarquía eclesiástica local. De todas formas se explicita que hubo un claro enfrentamiento, ya fuese en defensa del derecho al conocimiento “intelectual” de la sexualidad por parte de los jóvenes o en defensa del derecho a expresar libremente sus opiniones: “(…) en aquellos tiempos hubo un escandalito en el seminario [donde]  los alumnos [del colegio] estudiaban [con los seminaristas] (…) en torno a cuestiones sexuales ‘misteriosas’ y las autoridades castigaron a un muchacho del seminario (…) porque había hablado de estas cosas. El joven cubano (…) protestó sin embargo al castigo que era una injusticia, anotándose entonces su primera causa. Por disciplina le expulsaron del colegio para siempre. Pero como su padrino era alcalde y además rico siguió sus estudios tomando clases privadas (…)”p.22 

3- También revela la existencia de una medio hermana menor “pintorescamente llamada Nieves (nombre de la madona de Italia)”(9) p.8

Otros datos de interés están presentes en el texto, pero creemos que estos ilustran muy bien las intenciones divulgativas de pasajes de la vida personal orticiana no encontrados en otras fuentes. La tesis de Ellen I. Diggs es quizás el primero y único texto en donde aparecen sobre todo fragmentos de la vida personal y familiar desconocidos hasta ese momento, en la actualidad poco divulgados, y por tanto prácticamente ignorados.

La Relación justificada de méritos y servicios

En 1917 Ortiz redactó un currículo argumentado que tituló Relación justificada de méritos y servicios, para aspirar a la cátedra de Derecho Penal de la Universidad de La Habana. Es un documento único, hecho especialmente para demostrar con toda la fuerza probatoria y evidencial posibles, su trayectoria científica desde finales del siglo XIX hasta esa fecha.

Está mecanografiado y originalmente se acompañaba por cerca de 200 documentos entre cartas manuscritas de relevantes personalidades cubanas y extranjeras, notas, recortes y ejemplares de libros y folletos publicados por Ortiz,  ilustrativos de la obra realizada por él.

Cuando arribó a la BNCJM la parte del fondo orticiano que contenía –entre otros– este prodigioso currículo, fueron lamentablemente sacados sus documentos acompañantes y puestos en la carpeta Correspondencia variada (Carpeta 348).

Ortiz estructuró el currículo mediante la narración de los aspectos de su vida estudiantil y profesional, precedido por un preliminar donde explica su “(…) dedicación constante, a través de toda mi modesta historia mental desde el aula universitaria hasta estos momentos, a los estudios de criminología (…)” (10) y anuncia cómo insertará las etapas cronológicas en los distintos documentos que prueban todo lo anterior:

Serie A: “(…) títulos académicos (…) y otros datos referentes a su vida universitaria antes y después de graduado de derecho”.
Serie B: “(…) libros, artículos y escritos (…) especialmente dedicados a la criminología”.
Serie C: “(…) citas y comentarios públicos de los libros y escritos del que suscribe (…) hechos por pensadores y criminólogos, extranjeros y nacionales”.
Serie D: “(…) correspondencia, preferentemente con penalistas extranjeros, de ya lejanas fechas, unos, y otros de fechas recientes”.
Serie E: “Comprenderá los servicios que en la esfera administrativa y en la legislativa aparecen prestados, subrayando especialmente los de carácter criminológico”.
Serie F: “(…) documentos justificativos de su carácter justificativo de miembro de diversas academias e institutos nacionales y extranjeros, y especialmente los criminológicos”. 
Serie G: “(…) otros libros, escritos y documentos acreditativos de determinadas actividades de orden intelectual”.
O sea, toda su vida profesional, desde la época universitaria hasta 1917, minuciosamente narrada y sustentada mediante documentos.
Veamos algunos ejemplos tomados de lo que cuenta Ortiz en la Relación… y su vínculo con el documento que sustenta la afirmación, correspondientes a la serie D:

– “D-22 a D-30. Pedro Dorado Montero- Profesor de Derecho Penal en [la Universidad de] Salamanca. Algunas cartas desde 1900 (…)” p. 17
“Salamanca,  31 de enero 1900
(…) El estudio que V. anda haciendo [sobre su tesis de doctorado en la Universidad de Madrid] según me dice, como ya habrá V. advertido, es muy complejo y por tanto, la bibliografía tocante al mismo, aún dentro de los límites de lo poco que yo he podido leer, bastante larga (…) advirtiendo a V., sin embargo, que me tiene por completo a su disposición para cuanto se le ofrezca (…)”

– “D-76. Manuel Sales y Ferré (1902) El ilustre sociólogo español, recordándome mis días de colaboración al [sic] Instituto Sociológico de Madrid por él presidido, y pidiéndome trabajos.

“Abril 29- 1902

Estimado amigo:

Recibí su carta de despedida, 27 diciembre y luego la de 12 de marzo, participándome su feliz llegada a esa.
Nos complace a todos el grato recuerdo que V. guarda de nosotros, al que correspondemos lamentando en el alma su ausencia. El Instituto marcha bien, aunque con escasas fuerzas económicas. (…)
Si sus ocupaciones le permitieran dedicarse a cosas de Sociología, no deje V. enviarnos algunas muestras de sus trabajos. (…)

Tanto Fernando Ortiz. Su vida y su obra como la Relación justificada de méritos y servicios son documentos que prueban incuestionablemente dos etapas de la vida orticiana que, aunque conocidas en su mayoría, se ven notablemente enriquecidas con mucha información que aportó a aquellos el sujeto, bien por su propia mano, bien por contar a un tercero sus recuerdos. La Relación… es una muestra increíble de la capacidad de trabajo y de la excelente manera de conservar todos los testimonios posibles de su trayectoria que Ortiz tuvo el cuidado de hacer.  Por sólo citar este ejemplo, allí aparecen las pruebas irrefutables de la temprana relación epistolar que sostuvo con figuras respetables del ámbito académico italiano y español, desde 1899, el entonces jovencísimo estudiante de Derecho de la Universidad Literaria de Barcelona.

Notas

1- García-Carranza, Araceli. Bio-bibliografía de don Fernando Ortiz. La Habana: Biblioteca Nacional José Martí, 1970.

2- Le Riverend, Julio. Órbita de Fernando Ortiz. La Habana: Ediciones Unión, 1973.

3- El mismo Ortiz lo decidió así, dada la complejidad del grado de parentesco; también él se refiere a Cabrisas como “mi padrino”, lo que da lugar al error.    

4- Prada, Pedro. La Secretaria de la República. La Habana: Ed. de Ciencias Sociales, 2001.Allí también están referidos sus recuerdos de su trabajo como secretaria de Eduardo Chibás y de Fidel Castro.

5- Ortiz Herrera, María Fernanda. “Fernando Ortiz, my father” en: Cuban Counterpoints. The legacy of Fernando Ortiz. Lexigton Books, 2004.

6- Ortiz, Fernando. “El Dr. Carlos de la Torre y la crisis cultural cubana”

7- El subrayado es de la autora de la tesis

8- Díaz, María del Rosario. “Fernando Ortiz, periodista.”.Albur (La Habana), mayo 1992. 

9- Nieves Ortiz Comellas, quien todavía en 2004, ya nonagenaria, continuaba viviendo en Barcelona (Información obtenida de María Fernanda Ortiz Herrera). Igualmente por la correspondencia escrita en los años 30 se sabe que tuvo otra medio hermana por parte de padre (Antonia) muerta muy joven en España presumiblemente de una enfermedad contagiosa.

10- Relación… p. 1

 

Relecturas y vigencias: En torno a Martí y las razas, de Don Fernando Ortiz 
Por María Elena Capó

La trascendencia de la producción intelectual de Don Fernando Ortiz es materia indiscutida en los predios de la cultura cubana. Sus notables aportes a la interpretación coherente y razonada de los complejísimos fenómenos que dieron lugar a la conformación de nuestra nacionalidad, y el alcance de las contribuciones genéticas y culturales de cada uno de los grupos étnicos que protagonizaron este proceso, resultan algunos de los aspectos más conocidos de su magna obra. La inmersión profunda y desprejuiciada en el mundo espiritual de los descendientes de esclavos africanos le permitió detectar pormenorizadamente las huellas indelebles que en ellos dejaron sus ancestros, y clarificar la trascendencia de los aportes ofrecidos por aquellos a la cultura cubana de los siglos coloniales, y también del siglo XX.

La aplicación por parte de Ortiz de singulares métodos investigativos –entre los que sobresalió la combinación armónica entre el trabajo con informantes y la exégesis de fuentes documentales procedentes de variadísimos espacios geográficos y culturales –, no desconoció el examen acucioso de la creación producida por figuras imprescindibles del acontecer nacional, entre las que se destacó José Martí.  Y aun cuando pudiera considerarse una verdad de Perogrullo el impacto que sobre los intelectuales cubanos de la República neocolonial ejerció el magisterio del Apóstol, no resulta ocioso el empeño de recordar algunos de los textos martianos que constituyeron referente esencial para el examen de una de las problemáticas que captaron la atención de uno de nuestros más destacados hombres de pensamiento en el período mencionado: el problema –no resuelto tras la independencia, antes bien reforzado– de la discriminación racial.

Un recorrido por la obra de Don Fernando Ortiz permite constatar claramente la presencia de la letra y el espíritu martianos, pero acaso sea en un texto que prácticamente inaugura el feraz ciclo creativo correspondiente a la década del 40, donde se verifica, de manera más cabal, dicha presencia. Se trata de la conferencia pronunciada el 9 de julio de 1941 en el Salón de Recepciones del Palacio Municipal de La Habana, correspondiente al ciclo preparado por la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales en homenaje a Martí. Dicho texto apareció publicado originalmente en la Revista Bimestre Cubana, en el número debido a los meses de septiembre y octubre de 1941, bajo el título de Martí y las razas. Una reedición del mismo fue posible gracias a las acciones de promoción y rescate de textos imprescindibles de la cultura cubana, emprendidas por la profesora e investigadora Ana Cairo. Nuevamente, la obra fue puesta en circulación, e integró la nómina de trabajos que conformaron el primer tomo de la necesaria y útil colección Letras. Cultura en Cuba.

Los momentos iniciales del trabajo son construidos a partir de la utilización de elementos biográficos que se ponen en función de elevar la narratividad del mismo. Semejante elección asegura el establecimiento de un enlace inmediato con los escuchas y lectores quienes, sin demora, se convierten en depositarios de sucesos que –relacionados directamente con la conformación de juicios sobre las diferencias raciales– forman parte de una historia personal de su autor/protagonista. Primero, les habla de su contacto  –afectuoso, desprejuiciado–  con un niño de otro color. Les cuenta luego del cariño de un nieto por su abuelo –un viejo militar retirado que en sus años mozos había estado al servicio de la monarquía española–  y los empeños del primero por intentar enmendar  –y de ser posible transformar– sus retardatarias posturas en relación con los llamados “hombres de color”. Su aversión mayor se expresaba –tal como lo haría un buen integrista– en el ataque a los jefes mambises negros. Aquel denigraba –por su color y por su separatismo– a aquellos que su nieto empezaba a venerar, y que veneraría, hasta sus últimos días de vida. Frente a la actitud del abuelo, en franco contraste con ella, recuerda el autor la plática cordial que, siendo un novel abogado, sostuviera con el recién estrenado presidente de la República cubana, Tomás Estrada Palma, quien le asegurara bonachón que ahora, en Cuba libre todos somos del mismo color. Su propio abuelo también le había hablado antes de Martí, quien a su juicio “… no era de color, pero como si lo fuera; ese fue mulato por dentro”.

La relación de estos elementos autobiográficos constituye el pórtico de un examen que devendrá intenso recorrido por la creación antirracista del Maestro y, al tiempo, por la historia de las ideas relacionadas con las posturas opuestas a ella. El empleo de extensas cláusulas enunciativo-afirmativas recorre todo el cuerpo del trabajo que, en ocasiones, también ofrece espacio para la combinación de estas con períodos interrogativos, los cuales refuerzan el afán didáctico del texto en cuestión. La utilización del antiquísimo método de preguntas y respuestas asegura el diálogo permanente con los destinatarios de la obra.

Valiéndose de un instrumental propio del ensayo académico, Ortiz reconstruye la historia de las maquinarias culturales producidas por y para la dominación colonial. Con la acuciosidad propia de un investigador meticuloso, se remonta a los orígenes de la explotación de unos hombres sobre otros, y desenmascara la verdadera naturaleza de prácticas sociales que encontraron en la religión, la política y la filosofía elementos justificativos de inhumanos procederes que son condenados duramente por Don Fernando. En el “Nuevo Mundo” estos fueron utilizados contra seres humanos considerados “inferiores”. El color de la piel, se convirtió en elemento inequívoco de diferenciación social, y determinó la fortuna o la desgracia de muchos durante cinco siglos.

En manos de un simple relator de sucesos pasados, la elucidación de tan complejos, delicados y antiguos fenómenos podría haber resultado mamotreto insoportable, difícilmente escuchable, y mucho menos legible para sus contemporáneos, y también para sus futuros y posibles lectores. Pero en poder de una de las voces más lúcidas del pensamiento cultural de la nación, emerge Martí y las razas, obra imperecedera, no solo por sus valores conceptuales y espirituales, sino también por el empleo eficaz de recursos propios del lenguaje literario.

El empleo de citas de autoridad –debidamente empleadas y las más de las veces enriquecidas con ideas propias– unido al examen de un abundante arsenal bibliográfico que privilegia la mención detenida y la glosa incitadora de medulares textos martianos, entre los que sobresalen el esencial ensayo “Nuestra América”, su famoso textoMi raza”, y el programáticoManifiesto de Montecristi”, recorre el texto todo. Así, Ortiz elige, selecciona cuidadosamente, comenta, y a través de la hermenéutica de los trabajos explica sus juicios, los refuerza y afianza. Explica y se explica.

Evidencia de los propósitos instructivos que animaron segmentos considerables de su obra, resulta el ordenamiento sintáctico determinado por Ortiz. En la mayoría de los casos, ubica primero sus propias opiniones, las cuales, luego, son legitimadas por criterios de figuras canónicas pertenecientes a ámbitos como la sociología, la antropología y la filosofía, por solo mencionar algunas de las ciencias de las cuales provienen, y a las cuales tributan creativamente los juicios del tercer descubridor de Cuba.

El conocimiento profundo de la creación martiana va acompañado, en el caso de Ortiz, de una sensibilidad aguzada que detecta lúcidamente –como luego lo harían otros intelectuales contemporáneos suyos– el alcance infinito del legado del Apóstol y la imposibilidad de escindir su obra, de diseccionarla, de desmembrarla en compartimientos estancos referidos específicamente a la literatura, la política o la filosofía. Entender, en el año de 1941, la creación martiana como un todo único e indivisible, coloca a Ortiz en la nómina de sus analistas más agudos.

Cautivado por la estrategia de examen articulada por el Apóstol, este se convierte en modelo de las exégesis que nuestro autor se propone. Así, Ortiz examina las circunstancias históricas que determinaron la precaria situación de los sectores negros y mulatos de la isla. Indaga en las raíces de la discriminación en nuestro suelo, y contra ella se pronuncia firmemente. Su método de indagación en la realidad, unido al logro de un depurado estilo, constituyó enriquecedora lectura para quienes, muy jóvenes entonces, elaborarían más tarde obra genuina. José Lezama Lima y Roberto Fernández Retamar resultan acaso dos de las figuras más sobresalientes. Ambos, reconocieron en Ortiz una de sus principales influencias, produjeron sólidas teorías sobre el mestizaje racial y cultural, y –como antes lo había hecho su maestro– consideraron a este como una  marca definitiva y permanente de las culturas cubana y latinoamericana.

La relectura de la producción antirracista martiana constituyó para Ortiz tributo y llamado de atención. Mirada al pasado y al futuro de Cuba, posibilidad de recordar, prevenir, alertar. En tal sentido, el segmento que cierra el ensayo resulta ejemplar y por eso me permito citarlo íntegramente:

“¡Que ante los peligrosos problemas de los racismos, todos los cubanos sean inspirados siempre en las enseñanzas y las emociones de José Martí! Con razón su pueblo le llama apóstol.  Él nos dio la doctrina amorosa y sabia, nos la santificó con su sacrificio y desde su gloria sigue protegiendo a Cuba; más ahora, en estos tiempos de recolonizadoras agresividades, cuando tantos extranjeros tenebrosos, los enemigos que Martí tuvo siempre, quieren envilecer los destinos de nuestra patria y hacernos apostatar de nuestra fe”. 

Entonces y –lamentablemente– hoy el texto de Ortiz eleva su estatura conceptual y humana. Guerras, odios, discriminaciones, exclusiones que de mantenerse solo conducirían a la extinción de la especie humana, colman los titulares de los medios masivos de información que recorren todo el mundo. Tal situación, reafirma la importancia de leer hoy este tipo de texto, de extraer de él todas sus enseñanzas y luego, de obrar en consecuencia.

En los 70 años de Martí y las razas, sirva este trabajo como doble homenaje, a su autor y a su principal referente, y a las ideas de igualdad, equilibrio social y paz entre los hombres que ambos propugnaron.