José Martí y la prueba de la civilización humana

Por Yinet Jiménez Hernández

De Martí nada nos sorprende ni que fuera cronista de su tiempo, ni que haya escrito de todo. Tampoco que augurara en sus creaciones la proyección política del gigante imperialista porque fue este hombre el más genial del siglo XIX latinoamericano, y lo sabemos,  por eso continuamos hurgando en sus textos, en sus notas y en todo aquello que nos hable de él. 

Adelantado para la época, Martí fue un profundo conocedor de los procesos socio-culturales. Su visión antropológica asombra sobremanera por negar gran parte de los postulados del pensamiento decimonónico positivista.

Mientras Charles Darwin, Herbert Spencer y Lewis Henry Morgan tildaban a las sociedades no occidentales de “extrañas” y “carentes de historia”, José Martí ponía en práctica una filosofía inclusiva y abierta a la diferencia.

En Escenas norteamericanas se puede valorar la postura humanista martiana ante la noción de diferencia cultural. Y es que la etapa donde se desarrolla Martí en Estados Unidos, etapa caótica sociológicamente, pudo ser testigo directo de la marginación de culturas extrañas (otredad) que convivían a la vez en el territorio.

El suelo estadounidense es para Martí, además del exilio, sitio para la convergencia de culturas, porque el american dreams ha convidado a los pueblos del mundo al más cruento destierro. Judíos, europeos, latinoamericanos, afrodescendientes y asiáticos; todos se desenvuelven en el marco común que fue la emigración forzada.

En algunos de sus textos, el apóstol desmonta las culturas, analiza profundamente los códigos de las civilizaciones. Mientras, la antropología cultural de entonces se vestía científicamente para hacerle el juego a los claros propósitos expansionistas, pero Martí solo ve en el concepto raza una invención humana creadora de otredades:

“El indio, que en la América del Norte desaparece, anonado bajo la formidable presión blanca o diluido en la raza invasora, en la América del Centro y del Sur es un factor constante, en cuyo beneficio se hace poco, con el cual no se ha querido aún, y sin el cual no podrá, en algunos países al menos, hacerse nada. O se hace andar al indio, o su peso impedirá la marcha”. (1)
Sin embargo, del otro lado del caos está Martí pacífico y sereno en sus reflexiones. Fue el viaje el mejor antídoto para comprender, aprehender, y admirar las diferencias culturales entre los pueblos. Si bien la inmigración constituye para los otrora  Estados Unidos la solución para la fuerza productiva y es causa de conflictos de vital trascendencia sociológica; presiona la tolerancia de la sociedad estadounidense, se exacerba la xenofobia; la reivindicación de los derechos del negro provoca irritación a los patriarcas del nuevo “imperio” alegando una supuesta superioridad de culturas; la visión antropológica del etnocentrismo ataca sin piedad los grupos de inmigrantes que llegaban cada año a la prometedora nación (2) y también algunas culturas inmigrantes se repelen entre sí.

Estereotipados por la sociedad, los judíos son perseguidos en territorio norteamericano; los chinos, incluso asesinados por todo tipo de acusaciones y los alemanes vistos como gente fría y despiadada. Pero de todos los conjuntos de inmigrantes que Martí caracteriza en sus Escenas Norteamericanas, el que mayor relieve alcanza es el de los chinos: “Manso y resignado este, no menos diestro y vigoroso que los trabajadores de otra raza, las empresas lo emplean gustosamente”.(3)

El apóstol enfoca su escritura en las inhumanas condiciones en que los chinos viven. El siguiente fragmento es uno de los episodios más dramáticos de las Escenas Norteamericanas:

“(…) los mineros blancos rompen a disparar sobre los chinos. Aterrados, salen dando alaridos de las casas… seguidos a balazos por los europeos. Caen muertos en el camino: siguen heridos. Arden detrás de ellos las casas, y de entre llamas y humo corren de todas partes hacia la colina los chinos que aún quedaban en el caserío… Dan los blancos tras ellos. Pocos escapan. Por donde asoma uno, lo cazan. Mueren ciento cincuenta”. (4)

Para José Martí la alteridad consiste en la defensa de las culturas, sus interioridades y elementos propios. Con ello el apóstol rechaza algunas nociones darwinistas que sitúan el etnocentrismo como barrera para el alcance de la sociedad a la que aspira: “… no hay cosa más hermosa que ver cómo los afluentes se vierten en los ríos, y en sus ondas se mezclan y resbalan, y van a dar en serena y magnífica corriente, al mar inmenso”. (5)

Ello no significa que la postura de Martí haya sido completamente a favor de los movimientos poblacionales:

“Se piden inmigrantes en muchas de nuestras Repúblicas. Los pueblos que tienen indios, deben educarlos, que siempre fructificarán mejor en el país, y lo condensarán más pronto en nación, y la alterarán menos los trabajadores del país propio que los que le traigan brazos útiles pero espíritu ajeno”. (6)

Sus afirmaciones enfatizan las verdades espirituales que sitúa por encima de todo porque “no hay inmigración buena, cuando, aunque traiga mano briosa, trae corazón hostil y frío”. Ello demuestra que la cosmovisión martiana se aleja de la diferencia cultural para cavar su impronta en el terreno de la diferencia sociológica de carácter ético-moral. 

La concepción martiana de diferencia suprime las dicotomías civilización-barbarie, emigrante-nativo, negro-blanco, así como cualquier otra distinción nacional, racial o social. Proyectando una nueva visión filosófica, Martí encuentra la manera más justa de juzgar al otro.

Eso sucede porque la alteridad en Martí constituye parte de su deber ser. Indispensables son para él los ideales de justicia que reafirman a una persona, no los atributos físicos que connoten diferencias culturales. El apóstol ve el nosotros en los hombres trabajadores y honrados; y los otros, en los explotadores, buscavidas y ladrones. Entonces el cosmos de la otredad martiana se complejiza y surge otra manera de configurarlo:

“Todo trabajador es santo y cada productor es una raíz; y al que traiga trabajo útil y cariño, venga de tierra fría o caliente, se le ha de abrir hueco ancho, como a un árbol nuevo…”

“(…) pueblo grande, cualquiera que sea su tamaño, es aquel que da hombres generosos y mujeres puras. La prueba de cada civilización humana está en la especie de hombre y de mujer que en ella se producen.” (7)

En su artículo Extranjero Martí opina que: “Todos los pueblos tienen algo inmenso de majestuoso y de común, más vasto que el cielo, más grande que la tierra, más luminoso que las estrellas, más ancho que el mar: el espíritu humano”.(8)

 Entonces, en Martí la dignidad deviene el único cisma para diferenciar a los hombres. Esta forma de visualizar el mundo resulta auténticamente martiana. El apóstol propone una forma de juzgar el nosotros-otros que sobrepasa la noción antropológica del hombre, para girar su pensamiento hacia una lógica humanista y universal.

 

Citas

(1)          La América, Nueva York, enero de 1884. (Obras completas t. 8: 329)

(2)          “Sobre inmigración”, La América, New York, junio de 1883. (Obras completas t. 8: 377); “Inmigración”, La América, New York, septiembre de 1883 (Ídem: 377-378) y “De la inmigración inculta y sus peligros”, La América, New York, febrero de 1884. (Ídem: 382-384)

(3)          El problema industrial en los Estados Unidos, Nueva York, septiembre de 1885 (Obras Completas t. 10, pag. 306)

(4)          Ibídem

“El puente de Brooklyn”, La América, New York, junio de 1883 (Obras Completas t.9: 423-432)

“Un funeral chino”, La Nación, Buenos Aires, 16 de diciembre de 1888, T-12, p. 77-83.

(5)          “De la inmigración inculta y sus peligros”, La América, New York, febrero de 1884. (Ídem: 384)

(6)          Ibídem

(7)          “Honduras y los extranjeros”, Patria, Nueva York, 15 de diciembre de 1894.

(8)          Extranjero, El Federalista, diciembre de 1877. (Obras Completas t.6: 360-363)