Baudelaire &l’aire du Beau. Las flores del mal y algunos dibujos inéditos de Eduardo Hernández.

Por Noel Alejandro Nápoles González

…El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror antes de caer vencido.

Baudelaire

El “yo pecador” del artista

 

Cuentan los chinos que hace muchos años hubo un pintor humilde que fue llamado, por su talento, a servir en la corte del emperador. Allí hacía su obra y vivía cómodo, pero su existencia era triste porque estaba lejos de los suyos y de sí mismo. Para obligarlo a pintar la que sería su obra cumbre, lo encerraron en una habitación y le fijaron una fecha. Cuando se cumplió el plazo, el emperador y sus acólitos entraron en la habitación y contemplaron un hermoso paisaje terminado en todos sus detalles, pero el pintor se había esfumado. Sólo unas huellas que se perdían hacia el horizonte del paisaje delataban su huída.

Cada poeta habita su poesía. Sus pasos en el papel dibujan un caracol que conduce al centro de su alma. El mundo puede ser inhabitable para el poeta, no sus versos. Pero la voz del poeta, aun silente, ansía el eco y más que el eco, el oído. La poesía es oficio de náufragos que lanzan sus  botellas al tiempo en espera de resonancias.

Charles Baudelaire fue uno de ellos. De niño y adolescente no fue feliz. Su padre, un sacerdote devenido funcionario, murió cuando él tenía apenas seis años. Su madre volvió a casarse, esta vez con un oficial que llegó a ser general comandante en París. Baudelaire jamás perdonó a su madre y odió a muerte a su padrastro.

De las miserias de su vida privada sólo se libraba cuando asistía a las tertulias literarias en el Barrio Latino. Sin embargo, en 1841, cuando tenía veinte años su madre y su padrastro lo embarcaron hacia la India tratando de alejarlo a toda costa de la literatura. Pero Baudelaire no abandonó la poesía sino el barco en que viajaba y después de una estancia en la isla Reunión, en pleno Océano Índico, retornó a su ciudad al año siguiente. Como ya había cumplido la mayoría de edad recibió la herencia de su padre que le correspondía y entonces sí se dedicó a vivir con holgura.

Entre 1845 y 1846 escribió críticas sobre pintores y dibujantes franceses del momento, como Delacroix, Manet y Daumier. Luego, de 1848 a 1857, tradujo al francés la obra de Edgar Allan Poe, lo que le reportó celebridad entre sus contemporáneos. En 1857 vio la luz su libro más escandaloso y brillante: Las flores del mal. De 1864 al 66, Baudelaire residió en Bélgica, donde un ataque lo dejó paralítico y casi mudo. La gastritis lo torturaba, sentía que se ahogaba, la sífilis lo mataba poco a poco y para aliviar sus malestares consumía drogas que a su vez consumían su vida. En 1867 regresó de nuevo a París y allí, el 31 de agosto, murió en brazos de su madre.

La crítica, tan dada siempre a medir a los hombres con ismos, dice que la poesía de Baudelaire superó el romanticismo y el realismo a la vez que anunció el simbolismo y el parnasianismo. Yo apenas me atrevo a decir que quien lee a Baudelaire se siente leído y que su poesía es como aquella flor que contemplan fascinados tanto el ángel como el roedor.

En realidad, Las flores del mal son 6 poemarios en un solo volumen, cuyas páginas debían leerse escuchando el Preludio a la siesta de un fauno, de Debussy o delante de un cuadro de Matisse.

A pesar de la favorable opinión de la intelectualidad francesa del momento algunos de estos poemas fueron condenados por la censura y el poeta fue procesado por la justicia. Sus versos dinamitaban la moral burguesa del siglo XIX, cuestionaban valores cristianos exaltando a figuras como Caín y Satán, adoraban el misterio y rondaban, con una mezcla de fascinación y pavor, los lares de la muerte.

En mi adolescencia recuerdo haber leído uno de los primeros poemas de este libro sobrecogedor y magnífico: El albatros. Allí Baudelaire hace un símil entre el poeta y esta ave, que es la que posee la mayor envergadura de alas:

El Poeta es igual al príncipe de las nubes que
vence la tempestad y se ríe del arquero;
desterrado en la tierra en medio de abucheos,
sus alas de gigante le impiden caminar
.

Precisamente el poema XXI es el Himno a la belleza. En él, se pregunta ¿de dónde viene la belleza: de Dios o del Diablo, del bien o del mal, de la aurora o del poniente, de la luz o de las tinieblas? Y responde: qué importa de dónde viene la belleza, si en un instante es capaz de abrirnos la puerta a lo infinito.

En Reversibilidad, Baudelaire intenta armonizar, proporcionar bien, lo profano y lo divino. Tal y como dice en uno de sus Poemas en prosa, titulado El loco y la Venus:

…Soy el último, el más solitario de los
seres humanos, privado de amor y de
amistad; soy inferior en mucho al
animal más imperfecto. Hecho, sin
embargo, yo también, para comprender
y sentir la inmortal belleza. Ay! Diosa!
Tened piedad de mi tristeza y de mi delirio!

Pero la Venus implacable mira a lo lejos
no sé qué con sus ojos de mármol!

Pero la belleza posee también su esquina fatal, que Baudelaire recoge en su poema Ícaro, dedicado al hijo del inventor de laberintos:

Y ardiendo por el amor a lo bello,
no tendré el honor sublime
de dar mi nombre al abismo
que me servirá de tumba.

Lo bello alumbra pero ciega, calienta pero quema, mata pero, al fin y al cabo, es lo bello. Eros y Tanatos.

…Una de las cosas más horribles es alejarse de la belleza

Eduardo Hernández

El hombre es un Ícaro que se levanta. Y yo sé de un cubano que convirtió su caída en arte. Nació en La Habana, a inicios de marzo de 1966 y su nombre es Eduardo Hernández. De niño dibujaba mucho, como quien siente la necesidad de decirlo todo sin palabras. Un día se presentó en la Academia San Alejandro, sin jamás haber pasado por la Escuela Elemental de Arte, con la idea de hacerse pintor. Como ya no había plazas para la especialidad de pintura, decidió entrar en la de grabado. El arte de las gubias no hizo más que estimular su pasión natural por la línea. Pero lo que lo hizo célebre, en plena juventud no fue el dibujo ni el grabado sino la fotografía. Tanto es así, que no se puede hablar de la fotografía cubana de los años 90 del pasado siglo sin mencionar su nombre. Todavía se recuerda la exposición Homo ludens, que realizara en la Fototeca de Cuba, en 1994.

De modo que Eduardo fue pintor en sus sueños infantiles, grabador en sus estudios de juventud y fotógrafo en su vida profesional. Su obra ha sido muy admirada en Italia, Austria y los Estados Unidos. Él ha sabido conjugar su labor como creador con su trabajo como maestro: hace más de veinticinco años que es profesor de la Academia San Alejandro.

En 2014, un accidente doméstico estuvo a punto de costarle la vida: cayó de una altura respetable, por lo que tuvo que ser intervenido quirúrgicamente y afrontar un largo período de recuperación.

De esa experiencia nacieron estos dibujos, que por primera vez salen a la luz. En algunos de ellos, el sufrimiento y la desesperanza son palpables. En todos, se advierte el naufragio y el rescate. No en balde alguien en una exposición en los Estados Unidos le dijo: “Tus dibujos son terribles”.

Tal es el caso del ser poblado de insectos y larvas que contempla asombrado la flor que le atraviesa la mano, mientras su corazón se enrosca en una espiral de angustia. Su trémula anatomía marca el compás de una atmósfera indefinible, cual si se tratase de una alegoría del dolor.

Eduardo no desnuda cuerpos sino almas. Sus criaturas no temen despojarse de las carnes para mostrar su desnudez esencial. A veces el gesto humano se tensa entre la raíz natural y la articulación descarnada y algo divino, mitad angelical mitad diabólico, parece agitarse en el hombre; algo que lo impulsa a saltar al vacío aunque perezca.

El pecho del hombre atrapado, no sé si por las lianas o por la paradoja de sus piernas, estalla en mariposas. Sublimado, al dolor le nacen alas. “No hay obstáculos para la mente sin obstáculos”, reza un proverbio zen.

Pero el hombre sigue batallando, atado a su castigo como Prometeo, algo le impide caminar, moverse; ser él. Tiene que superar la inmovilidad forzosa. Para ello, parece hipnotizarse a sí mismo. Cual viajero inmóvil,  se ha sentado a volar.

La poesía es la imagen del enigma; reflejo, más o menos fiel; más o menos borroso del misterio inagotable que somos. Y es que, si aceptamos al ser humano en toda su complejidad, nos vemos obligados a entenderlo de manera dialéctica. La naturaleza humana es contradictoria porque cada uno de nosotros es un nudo de relaciones; es dinámica puesto que ningún río baña dos veces al mismo Heráclito; es vital, pues el hombre es el contexto que él mismo transforma; es esférica, ya que nadie está completo sin el otro.

Hay en el hombre -según Vicente Huidobro- una dualidad que se manifiesta en todos sus actos, dos corrientes paralelas en las que se engendran todos los fenómenos de la vida. Todo ser humano es un hermafrodita frustrado.

No se trata, sin embargo, de asumir el Mal de las flores, que se concentra punzante en la espina; se trata de asir con firme delicadeza las Flores del mal, que son la herejía que nos protege del dogma, la verdad que nos aleja del prejuicio.

Ya cansa la inútil guerra contra un mal que no se agota jamás porque es el natural contrapeso del bien. Antes que pretender destruir al mal más nos valdría vacunar al bien con mal para fortalecerlo. Quien ama la paz se entrena en la lucha, llora en el dojo y ríe en el campo de batalla. Un palo tiene siempre dos puntas y es en el contrapunto equilibrado entre ambas realidades que hallaremos la imagen más auténtica del enigma humano. En la superficie se enfrentan los extremos; en lo profundo, el extremismo y el equilibrio.

Quien ame el dibujo, siente placer ante esta serie. Su línea curva, tan limpia que parece espiritual, recuerda la elegancia de Audrey Beardsley, que es uno de los dibujantes favoritos de Eduardo, junto a Miguel Ángel, William Blake o Egon Schiele. Hay una criatura que personifica la naturaleza del trazo de Eduardo, trazo que emula en gracia con un preludio de Chopin y en delicadeza con el espíritu del Art Nouveau. En una postura sinuosa, que oscila entre lo vegetal y lo animal, danza una criatura andrógina de tacón alto y máscara caída. ¿Por qué nos parecemos más a nosotros con máscara que sin ella? ¿Quién miente más el rostro o la máscara?

Pero a veces la línea se recoge sobre sí misma, se tensa como un resorte comprimido que acumula energía. Algo así se advierte en su visita al mito griego de Leda y el cisne. Un erotismo sosegado visible en la mano suave que acaricia el cuello del cisne (Zeus) y en el pico del ave que roza el pezón de ella parece ir in crescendo mientras ella se retuerce y su cabello estalla en un orgasmo.

Eduardo es un maestro de la sutileza. De su estética, enraizada en los orígenes griegos de la civilización occidental, emana una ética que hace gala de delicadeza y sobriedad.

La ausencia del color se compensa con las modulaciones de las líneas valoradas. La tinta negra diríase que es dolor destilado, hebra de la noche, cabello de ángel que ondea en la cartulina.

Cada curva es contrapesada por otra, de manera que hasta la deformación se perdona. Desdibuja bien porque dibuja mejor. Allí luxa, acá reduce. Cree en la academia para quebrantar sus leyes y las quebranta para recomponerlas en una anatomía, otra, no menos hermosa

Lo mismo se aprecia en el dibujo de la muchacha desnuda que nos da la espalda y que, al igual que el joven dela capitular, contempla cómo la viscosa flor empieza a enredársele en la diestra, mientras en la otra agarra cruelmente a un ave. ¿Acaso estamos ante un discurso sobre el karma? ¿El que a mano mata, a flor muere? ¿Remembranza del libro maravilloso de Eiko Hosoe y Yukio Mishima, Muerto por las rosas?

Lo cierto es que en los dibujos de Eduardo lo ético y lo estético se trenzan y van generando en nuestra imaginación el dilema del ser humano. Y es que Eduardo Hernández, como Baudelaire, domina los arcanos de la belleza. Por eso me confiesa: “Soy un hombre que siempre he perseguido la belleza. La he buscado dondequiera que esté. La he perseguido tanto, que he sufrido mucho. Hay muchos tipos de belleza y muchos conceptos de belleza. Hay una belleza terrible, que es la que está en el cuerpo humano; y otra esencial, rotunda. En Baudelaire, hay un acercamiento a la belleza en su doble condición. Una de las cosas más horribles es alejarse de la belleza”

Por algo Martí decía que lo feo duele. Lo feo es hijo de la disarmonía y nieto de la imperfección. La perfección no es un estado ideal, como decía Platón, sino el balance precario de las imperfecciones. Lo perfecto se manifiesta como armonía y causa placer. La belleza es terrible y fugaz porque es el único instante en que las potencias del universo se equilibran, en que los opuestos pierden la O; en que-según me cuenta Eduardo que decía Rilke- Dios y el Diablo reposan de su batallar perenne. La belleza es como la H: equilibrada y perfecta, proporcionada y armónica, plácida y silenciosa.

El artista es padre de la obra de la que es hijo. Crear es ser creado. La muerte no es ausencia de vida sino olvido. Como un puente que esquiva las negras aguas que arrastran la memoria, la obra conecta la vida con la inmortalidad. Cuando la vida se transforma en obra, la obra se convierte en vida. Tal es el caso de Eduardo, en quien crear y existir son sinónimos. Más en esta colección de dibujos, que no son sólo el recuerdo de una caída sino el testimonio de una remontada, un ascenso indetenible hacia la humildad de la belleza.

Devoto de lo bello, como el poeta francés, su estética es tan consecuente que deviene una ética de la belleza. Razón tenía Gorki al afirmar que la estética sería la ética del porvenir, lo que significa que del mismo equilibrio esencial nacen el bien y la hermosura. Sólo le faltó la condición imprescindible: que la ética sea la estética del presente.

Si bellas son las paradojas, paradójica es también la belleza. El joven de la capitular es su alegoría: de espaldas al silencio y suspendido en el instante infinito, su diestra es sometida por la flor que lo devora mientras la espada que podría liberarlo vacila en su siniestra. Vence al dragón mas sucumbe a la Belleza. Toda una teoría estética es esta capitular donde el equilibrio esencial de la H y la armonía aparente entre la flor que mata y la espada que libera hacen de la belleza real una diosa terrible y cruel, hermosa y seductora.

Tanto en la poesía de Baudelaire como en los dibujos de Eduardo Hernández, la belleza pinta con grises un arcoíris; es el duelo entre el pétalo que hiere y la hoja afilada que cura; y es, en fin, como la H, que sólo parece muda a los que no quieren, no pueden o no saben escucharla.

Razón tenía Rilke cuando escribió en su Primera Elegía de Duino:

Pues lo hermoso es sólo / el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar, / y lo admiramos tan sólo en la medida en que, indiferente, / rehúsa destruirnos. Todo ángel es terrible.