Imaginarios: Joel James Figarola (1942-2006), descubriendo a un genio oculto

Joel James en el 2005.

La primera vez que escuché hablar de Joel James Figarola fue a principios del 2007, un año después de su deceso. Por esa fecha recién había iniciado mi carrera de Teología y al mismo tiempo, había comenzado a trabajar en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí. Una persona muy cercana a mí en aquel entonces, me pidió averiguar si el libro la Muerte en Cuba estaba en la Biblioteca. Al escuchar el título me quedé impresionado, no solo al pensar lo complejo del tema, sino también por la vastedad de su enunciado, así que decidí indagar por ese autor, en aquel momento completamente desconocido para mí.

A lo largo de estos de estos once años he frecuentado la obra de Joel James, desde mis primeras lecturas de sus textos comprendí que estaba ante una de las mentes cubanas más profundas en materia de cultura, etnología y folklor de nuestro archipiélago.  Cuando leo la obra de Joel James -y esto es un criterio muy personal- siento que estoy ante un pensador del calibre de don Fernando Ortiz, cuyas lecturas siempre me causan impresión y conmoción por la profundidad de sus análisis y la diversidad de temas que aborda.

Sin embargo, de Joel James se habla poco en los predios académicos. Cuando se mencionan estudiosos de etnología y folclor en Cuba, se cita con frecuencia a don Fernando Ortiz, Lidia Cabrera, Rómulo Lachatañere, Miguel Barnet, Antonio Nuñez Jimenez y Natalia Bolivar, pero muy poco o casi nada a Joel James Figarola. Las razones de tal ausencia escapan a mi compresión, tengo algunas impresiones al respecto, pero como son especulativas no las mencionaré. Sea por exceso o por defecto, considero que la obra de Joel James debería ser más valorada. El trabajo investigativo y escritural de este investigador ostenta un hondo calado, que busca llegar hasta los tuétanos del conocimiento en cada tema que aborda, y lo más loable: una valentía enorme a la hora de emitir criterios y conclusiones, sobre todo en el terreno de la religión, que muy pocos investigadores en la actualidad se atreverían a asumir. Por esa razón nuestra Librínsula dedica su dosier a esta figura contemporánea de la cultura cubana.

Johan Moya Ramis
Jefe de Redacción

 

Joel James y el camino de los luases: Entrevista con Alexis Alarcón

Por Sadis Blanco Frómeta

Joel y Alexis Alarcón en el Festival del Caribe de Cancún, México, 1995.

Debo hacer un poco de historia. Yo estudiaba en la Escuela Nacional de Arte (ENA), estudiaba actuación y dirección de teatro. Y en una gira que hace el Cabildo Teatral Santiago llega hasta la ENA promoviendo el teatro de relaciones, no recuerdo bien si fue en 1973-1974 ó principio de 1975 hacen presentaciones en la tarde y en la noche con las obras: El 23 se rompe el corojo, Cefi y la muerte, De cómo Santiago Apóstol puso los pies en la tierra; pero en el intermedio se reunieron con los estudiantes de teatro y especialmente con los del último año. Habían estudiantes de Oriente, pero de la zona más oriental éramos solo dos. Una compañera llamada Virginia López, de Guantánamo y yo de Palma Soriano, pero que vivía en Santiago de Cuba. En ese encuentro se planteó la necesidad de actores para el oriente del país. Joel dio una conferencia en esa ocasión. Ahí lo conozco.

Al año siguiente me gradúo y me mandan para el Grupo Escambray. Después de un breve paso por el Escambray, me incorporo al Cabildo Teatral Santiago. Joel James era en ese momento quien dirigía el Departamento de Dramaturgia y Programación. Entonces me captó para que, además de actor, trabajara con él y atendiera la programación del Cabildo. Y es cuando me lleva al Tivolí, a Los Hoyos, a la escalinata de Virgen y Santa Rosa, la escalinata de los Maceo y todos los lugares donde yo tenía que coordinar actividades. Así es como comienzo, guiado por él, a acercarme también a la investigación de las expresiones de la cultura popular tradicional. El acercamiento a estas expresiones formaba parte del universo creativo del teatro de relaciones. Trabajando en ese departamento es que me vinculo definitivamente con él.

Joel como asesor dramático, como uno de los teóricos del teatro de relaciones, se ve en la necesidad de conocer la regla de palo monte, el vodú, el espiritismo, la santería, la tumba francesa, los carnavales, las festividades en razón de que esos conocimientos son necesidades que está demandando la creación teatral. El teatro es una vía por la que Joel llegó a conocer esas expresiones. Por ejemplo, Cefi y la muerte tiene rezos congos y yorubas. Hay muchas personas que facilitan ese encuentro de Joel con estas raíces de nuestra cultura.

Mientras el Cabildo está orientado hacia la recreación de ese universo de la cultura popular teniendo como centro la ciudad de Santiago de Cuba, se celebra el Carifesta en Cuba en 1979. El Cabildo viaja a La Habana a participar en ese festival. Y es ahí el primer contacto intenso con el Caribe. Con los grupos de Martinica, Guadalupe, Surinam, Trinidad y Tobago, Jamaica, República Dominicana, Puerto Rico, México, Venezuela entre otros. Este hecho en mi opinión es una de las cosas que impulsó a Joel a crear, junto con Raúl Pomares, Ramiro Herrero, Fátima Patterson, Rogelio Meneses, Carlos Padrón, Andrés Caldas, José M. Fernández Pequeño, Gladys González, y otros compañeros el primer festival que se llamaría Festival de las Artes Escénicas de Origen Caribeño. Ese fue el primer nombre del Festival del Caribe. Se hacía en el mes de abril en saludo a la Jornada de Girón. La primera edición se hace en 1981. Recuerdo que hubo el intento de hacerlo en 1980, pero se frustró. Tuve la suerte de integrar ese grupo que fundó el Festival. Nos movimos incluso varios compañeros entre fines del año 1979 y principios de 1980 por algunas zonas de la Sierra Maestra, buscando grupos y comunidades vinculadas a la cultura caribeña. Joel sabía que mi familia era de la Sierra Maestra y yo lo llevo a las zonas que conocía, como La Güira, La Torcaza, El Rincón, Ceiba de Beatón, La Caridad, Ramón de Guaninao, Ojo de agua, El Charco. En esa ocasión le explico la existencia de ceremonias religiosas de haitianos que yo había visto, pero que no sabía que eso era vodú. Creo que él tampoco en ese momento sabía de la existencia del vodú en esa zona de la sierra. Nunca había visto una ceremonia vodú. En uno de esos recorridos lo llevo a la casa de Nicolás Casal, un hougan haitiano, que vivía a muy pocos metros de la casa de mi padre en La Caridad, también lo llevo a la casa de Elena Celestien, una mambó, lo llevo a la casa de la familia de Tomás Poll, que ya había fallecido, pero era uno de los houganes más famosos de la zona. En esa visita él ve los altares y los objetos religiosos del vodú. Esos primeros recorridos los hacíamos a pie. Todavía no se había creado la Casa del Caribe, que no se funda hasta junio de 1982. En uno de esos recorridos, ya de regreso y acompañados de Agustín Mateo, Joel me dice: Alarcón, esto es una mina. Le respondo: ¿Qué es una mina? Me dice: Esto; estas expresiones de cultura que hemos visto. No te imaginas lo que puede aportar desde el punto de vista cultural. Yo no sabía a lo que se refería, de verdad. Pero él ya tenía una gran conciencia de la importancia de todo aquello. Es en ese momento en que él me explica que eso es vodú. Me habló de la posibilidad de organizar el grupo de La Caridad, del cual él había visto sus tambores, porque Papo y Antolino, hijos de Nicolás Casal, habían ido hasta la casa de mi padre Hildo Alarcón, donde estábamos, y tocaron allí los tambores. En realidad hasta el año 1983 no se logró que el grupo La Caridad viniera al Festival.

Para Joel, tanto como para el grupo de investigadores, fue muy importante mi relación con estas personas, pues facilitó acceder de una manera armoniosa a sus prácticas religiosas. Nicolás Casal me vio nacer y Elena Celestien también; aunque confieso no fue tan fácil, pues en las creencias religiosas existe un límite de conocimiento, hay secretos que no pueden ser revelados.

Al crearse la Casa del Caribe en 1982, se organiza una subdirección de investigaciones, que va a dirigir Radamés de los Reyes. A esa subdirección Joel le plantea la investigación de diferentes temas como: los cafetales franceses, las fiestas populares, la religiosidad popular, los procesos migratorios, la historia local, la rebeldía esclava, entre otros. Entonces Joel me da la tarea de investigar el vodú por esa relación que ya tenía con el tema. De niño yo conviví con los inmigrantes haitianos y sus hijos. Después de la separación de mis padres incluso, tres veces por año, iba de vacaciones a la finca de mi familia.

En 1982, a fines de noviembre quizás, lo llamo por teléfono y le digo que va a haber una ceremonia ese año en casa de Nicolás Casal. Yo no tenía ninguna preparación especializada para la investigación. Días antes de salir para la sierra, me llama y me dice que me debo encontrar con una persona en la terminal de calle cuatro que me va a acompañar a la sierra.

Yo no conocía a ese compañero, que era Julio Corbea, que estaba trabajando en la Casa del Caribe desde los primeros días de octubre del año 1982. Nos citamos y nos encontramos en calle cuatro sin conocernos. No llevábamos grabadora ni nada de eso. Solo unas agendas y bolígrafos. Julio tampoco había visto una ceremonia de vodú y solo conocía lo que Joel le había referido en algunas sesiones en las que lo preparó, y lo hizo escuchar una conferencia grabada que tenía de Isaac Barreal sobre el vodú. Estuvimos unos cinco días en esas ceremonias y al regreso Joel nos pidió que hiciéramos un informe de investigación. Esa fue la primera vez que se hizo un informe público en la Casa del Caribe del trabajo de campo sobre el vodú. Joel no puede participar en esas ceremonias, porque está muy ocupado en todo el proceso organizativo de la Casa. A partir de ese informe, Joel decide que Julio Corbea y yo pasáramos a investigar de manera permanente el vodú en La Caridad. Decide además

investigar de modo paralelo la comunidad de Barrancas, donde él suponía que los elementos del vodú estaban más debilitados. Para esto forma un segundo equipo con José Millet —quien investigaba sobre los personajes trashumantes de la literatura caribeña— y Max Barbosa, un actor de la televisión y la radio que residía en Palma Soriano.

Él participa por primera vez en una ceremonia de vodú en diciembre de 1983, pues en el vodú se hace una comida, casi siempre cada dos o tres años, pero cuando la comida ceremonial no sale bien hay que repetirla otra vez, y ese año se repitió pues el año anterior había quedado mal la ceremonia de la mesa blanca. En esa ceremonia de diciembre de 1983, además de Julio Corbea, participan también Radamés de los Reyes y Max Barbosa. Antes de la ceremonia nos reunimos en casa de mi hermano Hermes y él organizó cómo nos íbamos a distribuir para la observación, pues suceden muchas cosas al mismo tiempo, pese a que el centro de atención pueda estar en torno a lo que sucede en el poteaumitán; él se ubicó de rodillas muy cerca de Nicolás. Podía distinguir las operaciones que hacía con sus manos el sacerdote así como verle el rostro desde muy cerca.

Joel fue quien diseñó el marco teórico para la investigación sobre el vodú. Nos exigió superación sobre el tema. Así fue que supimos de: El vodú haitiano, de Alfred Metraux, El tambor y la azada, de Harold Coulander, Así habló el tío, de Jean Price Mars. Después: El vodú en Santo Domingo, de Carlos Esteban Deive. Leímos Muntu: Las culturas neofricanas, de Janheinz Jahn. Consultamos por su sugerencia unos artículos de Remy Bastien, en la biblioteca de la Universidad. También los trabajos de Alberto Pedro Díaz y esa conferencia grabada que mencioné de Isaac Barreal. Millet fue muy activo también en la búsqueda de la bibliografía. Con esos recursos bibliográficos dimos inicio al estudio del vodú en la Casa del Caribe. Tanto Julito Corbea, como José Millet y yo tuvimos algunos intercambios y entrevistas con Alberto Pedro Díaz y Rafael García Grasa, que era un investigador conectado con las investigaciones de la emigración haitiana en Camagüey.

El trabajo de investigación se fue extendiendo a otras comunidades haitianas porque se incorpora Manuel Santana, instructor de Artes Plásticas de Palma Soriano que atendía la Casa de Cultura de Dos Palmas. Santana estaba trabajando de manera independiente esa comunidad de Pilón de Cauto. Y Max Barbosa, que era amigo de Joel y también de Raúl Pomares, encamina a Santana para que se vincule a la Casa del Caribe. Así es como se vincula Joel a la familia religiosa de los Milanés. El trabajo con esa comunidad dio como resultado que para el año 1984 haga su primera presentación el grupo de Pilón en el Festival y que el hougan Pablo Milanés se convierta en uno de los principales colaboradores de la investigación del vodú.

La creación del Festival primero, y la Casa del Caribe después, fueron dos acciones conscientes de Joel como parte de una interpretación de la cultura. Primero porque Joel se da cuenta de que estas culturas estaban siendo marginadas, estaban siendo olvidadas, con lo cual él no estaba de acuerdo, porque entendía que formaban parte de la diversidad de expresiones de la cubanía. Enfrenta esto de una manera muy inteligente, abre el espacio del Festival y crea la Casa como casa de todos estos portadores de la cultura popular tradicional. Abre el espacio no solamente al vodú, sino también a la santería, la regla de palo, el espiritismo de cordón, el espiritismo cruzado, paralelamente se sigue estudiando, se hacen varios documentales como los de Jorge Luis Hernández y Roberto Román.

Estos pasos fueron muy importantes, pues Joel creía que, fortaleciendo la cultura popular local, se estaba fortaleciendo la cultura nacional. Hubo cierta tensión con las autoridades por la dificultad que tenían para comprender los propósitos de Joel. Tuvo que ser muy firme y muy valiente para poder andar todo ese camino y que esas expresiones de la cultura popular fueran apreciadas y vistas sin prejuicios. Recuerdo que siempre que se producían tensiones entre las autoridades del Gobierno y del Partido por lo que se estaba haciendo, él solicitaba que lo dejaran trabajar. Llegó a preguntarle a las autoridades que si preferían que esos tambores tocaran a favor o en contra de la Revolución. A partir de la labor desarrollada por Joel y el equipo que él dirigía, hubo otra comprensión del problema. Su idea era no solo que fueran respetados esos hombres y mujeres, sino que fueran estimados y reconocidos por la sociedad como portadores de una sabiduría y un conocimiento que era absolutamente necesario para la vida de la Patria. Le interesaba fuera respetada la dignidad de esos practicantes. Llegó un momento en que se cambió la valoración de nuestras intenciones y nos vieron ya como investigadores y promotores de la cultura popular.

Los estudios sobre la cultura haitiana en Cuba recibieron un impulso con la creación del equipo de investigación del vodú. Porque se nos dio la tarea de hacer un levantamiento de las comunidades y demostrar la práctica extendida del vodú en Cuba, que era hasta ese momento un hecho de la cultura popular y la religiosidad apenas registrado y estudiado.

En ese levantamiento se rebasó el marco de la provincia Santiago de Cuba y se llegó a Las Tunas, Camagüey y Ciego de Ávila. Así conocimos a Silvia Hilmo, más conocida como Titina, sacerdotisa de Las Tunas, quien junto a Nicolás Casal, Pablo Milanés, Tomás Poll (hijo) y otros practicantes de vodú, serían colaboradores claves para poder realizar el libro El vodú en Cuba. En razón de toda esta investigación, Joel sostiene una hipótesis de que en el vodú que existe en Cuba predominan los luases violentos, fuertes, que trabajan en el monte. Elaboró el concepto de ogunismo para explicar el predominio de estos luases. Habló de una variante cubana del vodú. Joel llegó a tener un profundo conocimiento del vodú que se practicaba en Cuba. Este conocimiento permitió que pudiera participar en ceremonias muy secretas en las que no se permitían personas no iniciadas. Por la experiencia acumulada nos consideraban iniciados. Habíamos asistido a cientos de ceremonias y rituales en muchas partes. Al momento de su fallecimiento, estábamos elaborando un estudio comparativo del vodú en Haití, República Dominicana y Cuba. Le llamamos a ese proyecto: “El triángulo del vodú”. Joel estaba convencido de que debíamos profundizar en el vodú, porque el libro que habíamos hecho era apenas el comienzo, es entonces cuando me dice: “Alarcón, quizás tu vida no te alcance para terminar ese libro, pero esa es tu tarea y tu objeto de investigación de ahora en adelante en la Casa del Caribe”, y en eso estoy trabajando.

 

Palabras de Eliades Acosta Matos en el prólogo del libro Vergüenza contra dinero

Conocí a Joel James en algún momento impreciso entre 1972 y 1973. Era yo entonces un adolescente de doce o trece años que se iniciaba en la literatura y al cual escribir ciertos cuentos, de cuyo contenido y forma prefiero hoy no acordarme, le permitieron ser admitido, una vez por semana, en el Taller Literario que Daysi Cué auspiciaba en la biblioteca de la Casa de la Cultura de El Caney. Tiempos hermosos e irrepetibles en que discutir toda la noche un cuento o un poema no molestaba a nadie, la gente andaba de buen humor y las guaguas funcionaban con admirable y jamás repetida eficiencia llevando hasta nosotros a otros talleristas de Santiago. Recuerdo entre ellos a Alberto Serret, Joel y Ariel James, Soleida Ríos, Raúl Pomares y Cerviño. Un día el encuentro tuvo lugar en el pequeño teatro de la Casa de la Cultura. Allí un Joel James rubicundo, de camisa abierta y barba descuidada, recostado al escenario, y por tanto cercano a quienes lo escuchábamos con la boca abierta, disertando sobre los cangaceiros y el certón, mencionaba a Limpiao y a María Bonita, como si fuesen sus conocidos de siempre. Su imagen habita desde entonces en mi mente como en aquel instante fugaz, seguramente defendiendo o atacando una tesis, pues Joel, en su estado natural, siempre terminaba con santa furia defendiendo o atacando algo. Nuestros caminos se cruzaron muchas veces y lamento no haberle dicho en vida todo lo que influyó en aquel adolescente que fui, desde aquella noche en El Caney, por su saber enciclopédico, su pasión en la exposición de las ideas y su radicalismo admonitorio, esa mezcla peculiar que lo hacían figurar, en el panorama de la intelectualidad cubana de estos años, como una especie de Savonarola libertario o de Dantón patriótico, que a nadie dejaba indiferente al hablar o escribir. Joel conjugaba en dosis exactas el desenfado del pueblo y la militancia política conciente y antidogmática con un dominio de la Historia de Cuba que no he encontrado en ningún otro historiador. Cuando hablaba de una injusticia o un crimen, aún cuando hubiese sido cometido hacía 100 años, echaba chispas por los ojos, alzaba la voz, de por si estentórea, gesticulaba y crecía a la vista del auditorio, como afirmaba Martí que ocurría con el Padre Las Casas cuando se enfrentaba al todopoderoso emperador Carlos V por el asunto de la esclavitud de los indios. En ambos casos, curiosamente, la estatura moral y la pasión desinteresada y justiciera explicaban el milagro, que se completaba por el hecho, constatado también por Martí, de que ni el santo ni el revolucionario hablaban ante su auditorio “con manchas de oro en el vestido”, todo lo contrario: el primero iba siempre con su hábito carmelita y sandalias de cuero crudo; el segundo, con guayaberas, casi siempre de un azul desvaído, y unas botas rusas del mismo tipo que las usadas por los cañeros en su faena. Se recordarán muchas anécdotas de Joel James, muchos aportes a la literatura y la investigación en Cuba, especialmente en el terreno de las culturas populares donde fue un profundo conocedor, pero yo prefiero recordarlo librando su última batalla intelectual, la que la muerte no pudo interrumpir, y que es de presumir siga librando en la Gloria adónde van los cubanos buenos: su llamado a erigir un valladar ético ante la pérdida de valores decisivos para la continuidad de la Revolución, su denuncia de la presencia y difusión de antivalores en nuestro pueblo, especialmente después y como consecuencia de la crisis exacerbada por el Período Especial que, de no ser detenidos y erradicados, conducirían, irremisiblemente a la restauración capitalista y la anulación de nuestra nacionalidad como consecuencia de una anexión probable a los Estados Unidos. De eso trata su ensayo “Vergüenza contra Dinero” fechado en el año 1996 y que el lector vuelve a tener ahora en sus manos. No es casual que este vibrante y valiente ensayo acerca de los peligros que se ciernen sobre el proyecto revolucionario y socialista cubano, así como las medidas que a juicio del autor deberán ser implementadas para conjurarlos, termine en un simple y rotundo “Patria o Muerte”. Claro que no es casual: precisamente de eso se trata en sus páginas.

Un recorrido selectivo pero de rigor por la Historia de Cuba, especialmente por aquellos momentos en que se frustraron los anhelos y sueños redentores encarnados en diferentes movimientos revolucionarios, permite a Joel determinar las regularidades que facilitaron aquellas derrotas transitorias, no sólo como consecuencia de factores económicos y políticos, sino, sobre todo éticos. Precisamente un profundo análisis desde la ética es lo que singulariza y sorprende en esta obra, en momentos en que en el mundo se ha perdido, casi por completo, la capacidad ética de analizar a las sociedades y a los hombres. Habernos acostumbrado a vivir en medio de flagrantes transgresiones y carencias morales es uno de los más perversos logros del capitalismo, sin lo cual no podremos explicar la caída ingloriosa de la URSS y demás países socialistas de Europa del Este. En consecuencia, para algunos, no para mí, puede parecer utópica, trasnochada y romántica la clarinada de Joel, su denuncia sin cortapisas ni contemporizaciones del egoísmo y las ambiciones, su carga contra todos los que por ignorancia o dogmatismo propician la restauración en Cuba de las desigualdades, las componendas fraudulentas y el afán de lucro, incluso, el canallesco sentido común que se nos inocula al presentarse el bienestar y el acomodamiento como metas a lograr, a cualquier precio. No abundan entre nosotros, lamentablemente, los análisis de nuestra realidad más inmediata realizados con tanta honestidad, elocuencia y valentía política. También debemos reconocer que pocos, como Joel James, hubiesen podido hacerlos. Lamentablemente, el aldabonazo del 1996 sobre nuestras conciencias no fue lo suficientemente escuchado, ni levantó la respuesta intelectual ni política que debió esperarse. Quizás, como ocurre en casos semejantes, Joel se adelantó a su época y nos legó un programa de acción que al ser estudiado, años después, y tras la enfermedad de Fidel, parece escrito las vísperas, como si hubiese sido leído por el propio Joel en alguna de las miles de asambleas convocadas por el partido para discutir “a camisa quitada”, como se pidió, el discurso de Raúl pronunciado en Camagüey el pasado 26 de julio. Como lacras capaces de acabar con la obra de las revoluciones, como se ha demostrado en nuestra historia, señala Joel “al inmovilismo político, la corrupción y la dependencia del exterior,… la falta de fe en el pueblo y en su capacidad para el sostenimiento de la soberanía propia, para enfrentarse y vencer a las tendencias intervencionistas y anexionistas”. Lo original aquí es que tales males no se achacan sólo a la burguesía dependiente y clientelista, como es habitual en nuestra historiografía revolucionaria, sino también a algunos revolucionarios, a aquellos que, con afilada claridad, Joel culpa por haberse convertidos en “propietarios de la revolución, y al hacerse la revolución poder, en propietarios del poder”. Visto desde esta perspectiva, como bien se plantea el autor, ¿qué diferencia a tales revolucionarios acomodados de los burgueses a quienes desplazaron del poder? ¿Qué es, sino la fe en el pueblo, la defensa de la soberanía, la independencia y la justicia social, lo que caracteriza y distingue a una revolución verdadera de una falsa revolución? ¿Qué límites éticos, qué dinámica transformadora no deberán ser jamás obviados para preservar el carácter revolucionario de un cambio social? Aunque sólo fuese por haber formulado a tiempo tales interrogantes a sus lectores, y en fin, al pueblo revolucionario cubano en la muy especial coyuntura del devenir de la Revolución cubana presente en los años del Período Especial, este ensayo de Joel James ha ganado un puesto entre los ensayos más lúcidos y agudos, más útiles y atinados de nuestra época. Nada complaciente con nosotros mismos, rasgo lamentablemente muy común en nuestra ensayística política e historiográfica postrevolucionaria, “Vergüenza contra Dinero” de Joel James hurga en las entretelas profundas de nuestra psicología social, en los factores étnicos y culturales, amén de los políticos y socia les, que configuran la fisonomía moral de una nación capaz de los mayores heroísmos y también frágil, en ocasiones de extravío, ante el estricto cumplimiento de ciertos imperativos. “¿En cuáles honduras de nuestra personalidad histórica, de nuestro tejido social, de nuestro inconsciente colectivo -clama el autor seagazapan, como inadvertidamente durante prolongadas etapas para luego saltar alevosamente, la corrupción, el atropello, la autoridad envanecida, el nepotismo, el amiguismo, el beneficio personal a ultranza, y sus congéneres cercanos e inevitables: el divisionismo, el intervencionismo y el anexionismo?” Haber formulado este sola interrogante, profunda y estremecedora en sí misma, hubiese justificado todo el ensayo. Y si ella logra, además, desvelar a nuestra conciencia moral, sacarla del letargo complaciente en que la sumen las loas populistas y demagógicas al pueblo cubano de los arribistas e ignorantes de turno, estoy seguro que Joel se hubiese dado más que por suficientemente recompensado como pensador, revolucionario y patriota.

En efecto, no sólo de luces estamos constituidos como pueblo, no sólo de virtudes. A la sombra de la epopeya, conviviendo entre los héroes, agazapadas y alevosas, pacientes y fatales están nuestras insuficiencias morales, las mismas que el Che denunciara sin cuartel, una y otra vez, en medio de tantas incomprensiones. No es casual que Joel lo recordase en estas páginas, especialmente por su vertical análisis de “El socialismo y el hombre en Cuba” a cuya escuela se afilia, por derecho propio, el presente texto. La manera perversa en que el imperialismo yanqui ha estimulado a través de nuestra historia, y especialmente hoy, estas flaquezas para, al decir de Joel, “sobornarnos, comprarnos y ponernos de rodillas” muestra lo peligroso que es no atender con suficiente celeridad, y no atacar, con medidas prácticas y eficaces estas taras que arrastramos por nuestros orígenes. Mostrado el origen del mal y denunciada su peligrosa manipulación por nuestros enemigos internos y externos, Joel se encamina al examen de nuestra realidad más inmediata, de una sociedad que se mueve entre altos ideales de igualdad y redención e indeseables muestras de corrupción, venialidad, desmovilización, apoliticismo, derrotismo y sumisión a los fetiches del capital, visibles en una parte del pueblo. Sin que le tiemble el pulso va desgranando ante nosotros los perjuicios de la doble moneda, de la deficiente estimulación a la productividad y la eficiencia, de la circulación del dólar, de la gama de productos que sólo pueden adquirirse en esa moneda, y que actúan de hecho, como embajadores del sistema que nos odia y que insiste en anularnos como nación independiente. Sin cuestionar la justeza de la aplicación de ciertas medidas económicas en los momentos mayores de la crisis, su prolongación más allá de lo racional, y a la vista de sus nefastas consecuencias, provocan en Joel una segunda pregunta cardinal y definitoria: “¿No pueden nuestros economistas acabar de encontrar la fórmula que concilie la productividad laboral y la adquisición de bienes?” O dicho de otra manera: “¿Es absolutamente fatal que la justicia social y el rendimiento económico se conduzcan como divergentes?” No es un francotirador, ni un incendiario irresponsable quien formula tales interrogantes, sino un lúcido analista social que no es indiferente ni ajeno al objeto de su estudio, y que toma partido, sin vacilación, por las mejores posiciones ante tales retos. Es un patriota honesto, profundo conocedor de nuestras victorias y derrotas históricas, quien alerta que” la fe en el pueblo, la conciencia colectiva y la solidaridad social forman un sistema orgánicamente integrado con el independentismo en Cuba”, y por lo tanto, quien denuncia, para los cortos de miras y los pancistas… “que el escepticismo y el individualismo, en tanto expresiones políticas, conducen más tarde o más temprano al anexionismo: son prerrequisitos del anexionismo”. Pocas veces he leído estas ideas expuestas de manera tan sencilla y tan irrefutable, a la vez. La inexorable conexión ideológica existente entre marginalidad, burocracia y quienes buscan la salvación individual a cualquier precio, en medio de angustias económicas y dificultades, es magistralmente descrita en estas páginas que la ubican como el caldo de cultivo perfecto para los planes de la contrarrevolución y los afanes de restauración capitalista que alienta. Uno de los mayores peligros que pueden cernirse sobre la solidez moral de la causa que defendemos es, en opinión de Joel James, el que proviene de ciertos burócratas alejados del pueblo, vinculados a sectores de la economía emergente, relacionados con el comercio exterior, las inversiones extranjeras y el turismo, los mismos que intentarían convertirse en burguesía neocapitalista, como ocurrió en la URSS y Europa del Este. Ante tales peligros se levanta Joel como un centinela insobornable, sin concesiones, sin medias tintas, sin contemporizaciones cobardes y costosas. El antídoto contra lo que el autor concibe como una necesaria e insoslayable diversificación y apertura del país hacia otras formas de propiedad y producción que no afecten la hegemonía de la propiedad socialista, especialmente en la esfera agrícola y la producción de alimentos, y que tiendan a la autosatisfacción de las necesidades, a la soberanía económica y a la sustitución de importaciones, se sitúa en la esfera de la legislación, el conocimiento social del asunto y la estricta separación, también por ley, entre la gestión económica privada y la gestión pública, pues, en su opinión, “…esa unión entre el capital y la política es la gran sentina de donde brotan todas las corrupciones como factor de debilitamiento de nuestros países…”

Por último, Joel James aborda los mitos que hacen de la satanización sectaria del dinero y del mercado el caldo de cultivo para justificar las aberraciones de una economía burocráticamente centralista e ineficiente que termina lacerando, no sólo la libertad individual de las personas, sino atándolas a la magnanimidad paternal del propio estado, anulando así su capacidad creadora, su responsabilidad individual y colectiva, todo lo cual, más temprano que tarde, se revierte contra esta misma concepción. Enarbolando en el momento preciso la consigna que da título al ensayo, para algunos pertenecientes al ayer y rebasados por la evolución de la sociedad cubana, Joel James demuestra que escribió su ensayo movido por urgencias éticas, revolucionarias y patrióticas, y por lo tanto signadas por el afán de ser eficaces en la arena política, donde semejantes conflictos se dirimen.

Quien crea que estas páginas contienen apenas el texto de un sermón, en vez de un alegato como aquellos de Zola y Víctor Hugo, de Sanguily o Martí, todos transidos por la necesidad de ser útiles a sus doctrinas y a sus patrias, puede decir, sin temor a equivocarse, que jamás conoció a su autor. Porque en el fondo Joel James expone aquí, como Fidel hiciese en su discurso del 17 de noviembre del 2003 en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, uno de los más completos y profundos programas que hayamos conocido para garantizar la continuidad e invulnerabilidad de la Revolución socialista en Cuba. Y eso, de por sí, fue casi gran ofrenda a la Patria, a Cuba, a la que tanto amó y por la que siempre, sin compromisos, con brillo y altura, con elegancia y pasión, peleó hasta el último minuto de su existencia.

Y lo sigue haciendo, a través de este texto imprescindible.

La Habana, octubre del 2007

 

Joel James: proyecciones de un diálogo

Por Ariel José James Trapero

Con sus nietos Camila, Ramiro Joel y Raúl, aparece también Ariel José James, su sobrino.

Una de las impresiones más vívidas que tengo de Joel James, es verlo sentado en su sillón de la casa de Bayamo 70, rodeado de sus hijas, leyendo un ejemplar de la Crítica de la razón práctica de Immanuel Kant, alrededor de un tema que le apasionaba: la definición moderna de la ética. Años después volví a ver el mismo libro en el estante de las obras favoritas que almacenaba en su habitación, entre las que se destacaban títulos de Lino Novás Calvo, Fernando Ortiz, Luis Báez, Manuel Moreno Fraginals, Raúl Roa, Felipe Martínez Arango, Domingo Figarola Caneda, Antonio Bachiller y Morales, una antología del pensamiento autonomista, un libro de historia de la filosofía cubana, las biografías de Chibás, Frank País, Vicente García. Recuerdo de manera vívida la manera en que me mostraba su pequeña biblioteca, y de qué forma tan placentera hojeaba alguna página de Martí, o un texto inédito de Emilio Bacardí.

Su mayor pasión intelectual eran los libros. Pero no la letra muerta, sino el espíritu vivo del conocimiento. Pasaba largas horas debatiendo con Julián Mateo si efectivamente era posible hacer filosofía después de Kant, o si la tríada hegeliana tenía sus verdaderas raíces en el pensamiento griego clásico. Si se encontraba con Hébert Pérez le preguntaba sobre los motivos del conflicto árabe-israelí, y allí se quedaban horas enteras arreglando el Medio Oriente. En realidad nada humano le era ajeno.

Le apasionaban las historias de la Asamblea de Guáimaro, los debates entre Zambrana y Agramonte, los motivos de la debacle de la Guerra del 68. El día que recibió el Diario de Campaña de Carlos Manuel de Céspedes, recopilado por Eusebio Leal, era patente su emoción. Joel era un profundo conocedor de Céspedes, no sólo el libertador, sino también el escritor, el pensador. Lo consideraba la gran figura del siglo XIX cubano. Esto, por supuesto, considerando previamente a Martí como la gran figura cubana de todos los tiempos. Nuestras conversaciones giraban en torno a temas que yo apenas estaba descubriendo a los quince años, y sus sugerencias eran siempre similares a choques eléctricos para mi conciencia. Joel no era indulgente cuando el momento exigía crítica. Decía lo que pensaba, y esperaba pacientemente que uno entendiera sus razones. En una ocasión llegué a recitarle un párrafo de José Ingenieros, que me había aprendido de memoria, con la ingenuidad de la adolescencia. Primero se sorprendió, y me pidió mi interpretación al respecto. Luego me dijo en voz baja que desconfiara de los que repetían consignas de los demás sin haber hecho antes un auto examen crítico. “No es necesario repetir al pie de la letra las palabras de los otros como si fueran verdades reveladas”, me decía mientras caminábamos por alguna esquina de Garzón. ¿Pero qué importa, le contesté, si al fin y al cabo lo que se repite es cierto? Un largo silencio, y su respuesta definitiva, con cierto matiz platónico: “Si otra persona ha dicho una verdad, entonces ya no se debe repetir innecesariamente, porque se devalúa. La verdad no necesita de propagandistas”.

Una de las historias que más me gustaba escucharle era la narración de los contactos secretos entre José Martí y un bandido famoso, Manuel García, llamado “El rey de los campos de Cuba”. Resulta que este personaje, además de ser una especie de Robin Hood criollo, simpatizaba con la causa independentista, y le envió una carta a Martí ofreciéndole su dinero y su apoyo desinteresado a la causa emancipatoria. Martí se había negado a aceptar el dinero, pero le había agradecido a Manuel García su fervor revolucionario. Aquella historia me parecía fabulosa, pero más fabuloso era aún saber las pesquisas detectivescas a las que se dedicaba Joel en sus ratos libres: averiguar, por ejemplo, el sitio exacto donde estaba enterrado Donato Mármol, gracias a las marcas proporcionadas por un viejo mapa rescatado de entre los papeles póstumos de Fernando Portuondo; indagar el posible origen cubano del general venezolano Antonio José de Sucre, pues al parecer había pistas que indicaban que había nacido en Santiago de Cuba (una misión al mejor estilo de Sherlock Holmes en la que tenía como colaborador eficiente a Ricardo Repilado); buscar las cartas de Carlos Marx dirigidas a su seguidor Jean Lafitte, el más famoso de todos los piratas del Caribe (que en sus últimos tiempos se refugió en Europa, se hizo íntimo amigo de Engels, y convertido al socialismo financió la publicación de El manifiesto comunista en 1848); la recuperación de una historia verídica sobre un Jesucristo criollo que en la década del 40 del siglo XX recorría los montes de la Sierra Maestra predicando la palabra de su padre Yahvé seguido de doce discípulos; la interrogación sobre los verdaderos móviles y autores intelectuales de la muerte de Julio Antonio Mella en México en 1929...

Todas estas historias me fascinaban, y aunque yo les atribuía una gran dosis de ficción, él aseguraba que se trataba de hechos verídicos, pertenecientes a la intrahistoria, la historia que nunca se cuenta, o que no debería contarse. Entre sus personajes favoritos de la historia de Cuba sobresalían un puñado de valientes: Mella (una pasión compartida con su hermano Ariel), Guiteras, Emilio Tro, el caballo de Mayaguara, Carlos Gutiérrez Menoyo, Menelao Mora (cuya biografía, escrita por Bertha Bonne, me regaló), entre otros. Una a una fue indicándome el orden de mis lecturas históricas: primero las biografías de Tomás Romay, Arango y Parreño, Heredia (a la par del estudio crítico de Chacón y Calvo), Carlos Roloff, Henry Reeve, el Inglesito, Máximo Gómez (la biografía de Benigno Souza, junto a la obra modelo de Bernardo García sobre el pensamiento del generalísimo), Manuel Sanguily, Enrique José Varona, monografías sobre la Guerra de 1895, Cayo Confites, el libro de Cirules sobre el imperio de la Habana. En todo momento recordaba un pensamiento de Joel que no podía dejar de considerar en sus conversaciones: “La esencia del espíritu cubano es la rebeldía: somos un pueblo inconforme, una nación que no se deja dirigir por la fuerza”.

Poco a poco fui conociendo su manera de pensar y de actuar, recordando sus temas favoritos, advirtiendo sus resistencias y sus pasiones. Detestaba la figura de Fulgencio Batista, pero al mismo tiempo criticaba sin ninguna reticencia el papel histórico de personajes como Stalin o Pol Pot. Sentado en el portal de la Casa del Caribe se dedicaba a destejer la intrahistoria de la República junto a Roberto García Ibáñez, y en aquellas veladas inolvidables supe que Carlos Prío Socarrás había aceptado la imposición de un golpe de estado mucho antes del 10 de marzo del 52, con el compromiso de que Batista olvidara sus deshonestidades (un oscuro pacto de poder manejado desde el silencio de la camarilla gobernante); que Lucky Luciano, el gran capo de la mafia norteamericana, se había atemorizado ante la valentía de hombres como Emilio Tro en el Paseo del Prado... La historia de Cuba era otra de las grandes pasiones de Joel.

Sin embargo, nada le producía mayor placer que el estudio de los orígenes de la espiritualidad humana. Joel estaba convencido de que había un núcleo oculto e invisible, pero real y material, entre todas las creencias religiosas de la humanidad. Varias veces tocamos este punto, y me daba la impresión que el suyo era un ateísmo del tipo de los que exclaman: “Gracias a Dios soy ateo”. Para Joel existía un mundo espiritual absolutamente real, tan material como el mundo físico o la propia naturaleza.  Pero a diferencia de otros teóricos, que situaban la existencia del mundo sagrado por fuera del hombre, Joel era profundamente feurbachiano en este aspecto: la divinidad era una creación humana, tan real como el lenguaje o la poesía, y por eso mismo, con tanta o mayor fuerza que cualquier otra fuerza espiritual. El concepto de lo sagrado era para él la esencia de una construcción humana enriquecida culturalmente a lo largo de milenios de evolución y desarrollo. En sentido antropológico, se guía ciertas ideas de Marx y Engels (sobre todo su estudio del parentesco), de Lévi-Strauss y Durkheim, pero prefería los análisis materialistas de Marvin Harris al logocentrismo del pensamiento estructuralista. Detestaba afiliarse a una única filosofía o visión de mundo. Frecuentemente criticaba a Platón (aunque reconociendo sus propias reminiscencias platónicas), a Descartes (a quien consideraba el punto más alto del desarrollo de la racionalidad moderna), y se entretenía descifrando la difícil jerga de la Fenomenología del espíritu, para verterla después en sus análisis sociológicos.

Recuerdo con especial agrado conversaciones que sostuvimos en torno a algunos escritores cubanos: Lisandro Otero, específicamente por Temporada de ángeles (una novela que yo había leído tres o cuatro veces) y Árbol de la vida (un libro que le había regalado el comandante Calixto Morales); Jorge Luis Hernández, a quien consideraba un narrador excepcional; José Soler Puig, que era el padre de todos los escritores orientales de su generación; Luis Suardíaz, con su natural cubanía y locuaz sentido del humor. Guardaba una especial amistad con Armando Hart, y me confesaba que era un hombre valioso. Con Hart además sucedía algo especial y es que Joel lo admiraba no sólo como luchador revolucionario, sino también como persona, era un modelo para Joel: el ejemplo del luchador infatigable, humilde y silencioso, que va construyendo un sentido para la nación. Del mismo modo se sentía identificado con otro grupo de pensadores: Martínez Heredia, Pedro Pablo Rodríguez, Aurelio Alonso, entre otros.

Mis recuerdos sobre Joel James son tantos que no podría resumirlos aquí. Durante el corto tiempo que estuvimos juntos me dediqué a aprender de él no lo necesario, sino lo imposible: quise saber cómo pensaba, porqué pensaba de determinada manera, en qué espacio se asentaba la mirada crítica de su discernimiento punzante. En algunas ocasiones renunciaba a preguntarle cosas que no debía responderme, o que tal vez yo no estaba preparado para escuchar. Pero nunca me dijo: no. Jamás hubo una negativa ante alguna inquietud o ante alguna postura personal. Se abría de par en par y no dejaba de mostrar sus sentimientos una vez se había ganado su confianza. “Mi gran frustración es no haber escrito poesía”, me confesaba. ¿Qué ciudad te hubiera gustado conocer?, le pregunté una tarde. — Nueva York, me contestó. ¿Qué personaje de la historia te hubiera gustado ser? Ante esta pregunta soltó una carcajada. Luego se puso serio: “No quiero ser nadie más que yo mismo. Pero si me dieran a elegir, volvería a vivir lo mismo, pero si es posible, con la experiencia de ahora. Muchas cosas hubieran cambiado”.

El recuerdo más maravilloso que guardo de Joel James ocurrió una tarde, en la casa de mis abuelos en calle 5ta. de Santa Bárbara, cuando tocó la puerta y me dijo, escondiendo lo que traía en las manos, que se trataba de un regalo. Yo me imaginé lo que me hubiera gustado: el bastón mágico que algún hougan del vodú le había obsequiado, un magnífico bastón de ébano (con un estilete en el interior de la madera), que lo tenía entusiasmado como un niño; o que se refería a la espada de un jefe mambí que en cierta ocasión me había mostrado con orgullo. Nada de esto. El tesoro era un libro. Se trataba de Sinuhé, el egipcio, de Mika Waltari. “Vengo a hacerte un presente de poder —me dijo— y no debes rechazarlo por ningún motivo. Esto no es un libro, sino un aleph, una especie de nganga, un objeto mítico. Lo más importante no es lo que se lee en él, sino lo que dice sin palabras”. —¿De qué trata?, pregunté. —“Del amor, de la Casa de la Vida y de la Casa de la Muerte, contestó. Del odio. De la estupidez y de la grandeza humana”. Al principio no entendía exactamente a qué se refería. Fui más incisivo, y le pedí datos exactos sobre el contenido de la obra. —“Aquí verás, por ejemplo, cómo los egipcios de hace cuatro mil años sabían hacer perfectamente trepanaciones de cráneos, una técnica que hemos descubierto en Occidente hace muy poco tiempo”. Aquello me pareció un hecho fortuito, sin demasiada relevancia. Sin embargo sus últimas palabras no han dejado de resonar en mi mente desde aquella tarde en que me entregó su regalo de poder diciendo: “Esta es la historia de cómo el poder absoluto enceguece a los hombres, y de las tentaciones que se deben sortear para no encadenar nuestra alma a las más bajas pasiones. Es una denuncia de la tiranía, y de todos los intentos de someter la conciencia de las personas a la única voluntad de un gobernante. Es un canto a la libertad, y para los hombres que no hemos renunciado a la dignidad, no hay otra salida que la búsqueda de la libertad”

 

El Caribe de fiesta en Santiago

Por: Lucía Sanz Araujo

Fotos: Colección de la autora

Cuando llega el mes de julio la ciudad de Santiago de Cuba adquiere un aire especial, diríamos que mágico, único e irrepetible. Allí, como en un crisol, se mezclan la historia, el rescate de nuestras más genuinas tradiciones, en fin la cultura pero no solo la patria sino la de la Patria grande.

Esta ciudad resulta el escenario ideal para celebrar la Fiesta del Fuego o Fiesta del Caribe, un evento internacional artístico, académico y de espacios comunitarios lleno de actividades teóricas y culturales abarcadoras de un amplio espectro que comprende, entre otras, la danza, la música, la artesanía realmente popular y la plástica. ¡Es Santiago de Cuba, No os asombréis de nada!, como dijo el poeta Manuel Navarro Luna.

No estamos ante una festividad cualquiera, sino ante una de las de mayor relevancia y convocatoria de las organizadas por el Ministerio de Cultura de Cuba junto a la Casa del Caribe.

Y un nombre es obligatorio mencionar siempre como acto de elemental justicia: Aníbal Joel James Figarola. A este importante intelectual cubano -nacido en La Habana pero desde muy pequeño avecindado en el Oriente- debemos la creación y desarrollo de innumerables proyectos en comunidades y agrupaciones culturales. James creó y dirigió la Casa del Caribe a su vez fundó el Festival del Caribe y dirigió la revista Del Caribe, amén de colaborar con la Revista Temas.

Sus ensayos: Cuba 1918. La república dividida contra sí misma, premio en el Concurso Combate de El Uvero, en 1974; El vodú en Cuba; Sobre muertos y dioses; Vergüenza contra dinero; En las raíces del árbol; y José Martí en su dimensión única; su libro de cuentos Los testigos, premio en el Concurso 26 de julio, en 1972; y su novela  Hacia la tierra del fin del mundo, son solo una muestra del quehacer de un investigador, historiador y promotor cultural pleno.

Sumemos a lo anterior su desempeño como asesor literario del Conjunto Dramático de Oriente, y como asesor dramático del Cabildo Teatral Santiago, además fue responsable del equipo de investigadores de la Dirección del Sectorial de Cultura de Santiago de Cuba.

Resulta lamentable que hasta la fecha nuestra Administración Postal no haya confeccionado alguna emisión en la cual se rinda merecido homenaje a una figura de la talla de Joel James. Sería un acto de justicia y a la par contribuiría a difundir a todo el orbe el quehacer de un creador que marcó y marca pautas en nuestra historiografía e identidad.

A pesar de los pesares…

No obstante la no existencia de una emisión dedicada en exclusiva a Aníbal Joel James Figarola, la Fiesta del Caribe o la Casa del Caribe es posible, con mucho ingenio, conformar una colección filatélica.

La búsqueda minuciosa se impone: materiales referidos a Santiago de Cuba, bailes populares, músicos, lugares y por supuesto sellos, hojas bloque o souvenir, formatos especiales o sobres de primer día tanto de Cuba como aquellas naciones a las cuales se ha dedicado la Fiesta del Fuego en todos estos años.

Del lenguaje filatélico

Emisión: Sello o grupo de sellos impresos con un mismo diseño y/o motivo puestos a circular en la misma fecha.

Formato especial: Hoja de papel de menor tamaño que una hoja y mayor que una hoja bloque en la que se imprimen los sellos. En sus bordes aparecen leyendas o inscripciones referidas a la emisión. También se le llama minipliego.

Hoja bloque: Es el conjunto formado por uno o varios sellos conmemorativos o temáticos impresos juntos en una pequeña hoja por lo general con grandes márgenes en los que suele aparecer el motivo de la emisión. Casi siempre, sus sellos tienen un valor facial más alto que el de los sellos de una emisión. En no pocas ocasiones constituyen un complemento de la emisión de sellos realizada por el mismo motivo. Aunque se pueden utilizar para franquear la correspondencia casi siempre sirven para fines filatélicos, es decir, para coleccionar.

Sobre de primer día: Sobre ilustrado con un diseño especial alusivo en el que se colocan los sellos de una emisión los que se cancelan o matasellan con un matasello o cuño especial con la fecha del primer día de circulación.

 

Joel nunca le tuvo miedo a nada: conversación con Luis Cedeño

Entrevista de Julio Corbea Calzado

Joel y yo nos conocimos antes de 1956. Nos conocíamos de la calle, de la escuela. Me acuerdo que a veces nos encontrábamos dando vueltas por el parque. Pero empezamos a tener una relación mayor cuando llega el momento en que me llama y prendemos bien en el problema de la lucha clandestina. Yo estaba haciendo el bachillerato en Holguín. Un día iba subiendo a recibir unas clases de francés, entonces Joel y un amigo llamado Ángel Torres, se me acercan y me preguntan: ¿Quieres luchar contra Batista? Sin pensarlo mucho les respondí: Cómo no. Los tres llegamos a formar una célula. Desde ese momento comenzamos a luchar.

Aquí en mi casa nos reuníamos todas las tardes. Tomábamos ron Bacardí. Comíamos sardinas con cebollas, arenque. Esa tertulia se prolongaba desde la tarde hasta la noche. Discutíamos mucho, conversábamos mucho aquí mismo en esta dirección: calle J. R. Proenza # 7. Otras veces íbamos al bar Feria cerca del teatro. Allí íbamos a ver una dependienta bellísima que había. Muchas veces fuimos por verla y hablar con ella. En otras ocasiones dábamos vueltas por el parque en círculos. Había dos círculos, uno de hombres y otro de mujeres. Caminábamos en direcciones opuestas y nos cruzábamos de frente.

Joel tenía un problema con su padre. Su padre era abogado y no le gustaba que estuviera involucrado en la lucha. Por esa razón le tenía un horario puesto. Tenía que estar en la casa a las nueve de la noche. En las reuniones en mi casa aprovechábamos y leíamos los manifiestos. Como la casa era de madera, escondíamos en las hendijas los manifiestos. En esa etapa hicimos muchas cosas: vendimos bonos, repartimos manifiestos, y distribuimos todos los tipos de propaganda que se hacían en esa época. Joel era el que más empujaba, el que más hacía. Siempre fue así. Era un muchacho arriesgado, echa’o p’alante. Tendría unos 15 ó 16 años en ese tiempo. Pero no tenía miedo. Nunca le tuvo miedo a nada.

Recuerdo que un día me dijo: Luis, vamos a tirar unos cocteles Molotov. Él mismo consiguió cinco botellas de alcohol y petróleo. En realidad nosotros no sabíamos muy bien en ese momento preparar los cocteles Molotov. Cuando los preparamos me dijo que íbamos a tirarle los cocteles al sindicato azucarero. El sindicato azucarero estaba en manos de Rogelio Fernández, un batistiano terrible. Este hombre era un extorsionador de los obreros. Les daba préstamos a los obreros y después se los sacaba con un porciento alto. El día de la acción llegamos frente al sindicato y nos dimos cuenta de que no podíamos hacer nada, porque en un portal había una señora sentada en un balance. Se llamaba Julia Chaveco. Esa señora nos conocía y podía avisar al cuartel. Decidimos dar una vuelta hasta ver si la señora se iba. En unos matorrales, al doblar del sindicato, escondimos las botellas. Dimos una vuelta. Cuando volvimos ya quedaba poco tiempo porque Joel tenía que regresar a su casa. En lo que estamos observando, la mujer del balance parece que se percata de algo y entra. Aprovechamos entonces, recogimos las botellas y partimos para el frente del sindicato. Habíamos mojado las estopas con gasolina y con el tiempo de la vuelta se había evaporado casi toda. Él prendió la candela y yo lancé la primera botella contra la ventana del sindicato. Al tirarla se apagó. Pero aún así los dos lanzamos todas las botellas contra el sindicato. Todas las botellas se destruyeron. Todavía quedaba la marca en una de las ventanas de un pedazo de cemento que arrancó una botella. Esa acción la hicimos nosotros dos solos. Al poco tiempo andaba el ejército buscándolo. A mí me conocían menos que a él.

Después que Joel es detenido aquí en Banes, su padre hace gestiones para sacarlo y tienen que desaparecerlo por la persecución. A mí mismo me pusieron un guardia alante y otro atrás de la casa para vigilarme. Después que Joel desaparece perdemos el contacto. Teníamos un contacto superior llamado Ramón Feria, que nos había prometido uniformes y armas para salir para el monte. Estuvimos esperando pero todo se quedó ahí.

Por la situación, yo había mandado a mi mujer y tres muchachos para La Habana. Vendí unos muebles en treinta pesos y me fui para la capital. Allí estuve hasta el triunfo. Enseguida volví a Banes. Cuando llego, me topo con la sorpresa de que el Primero de Enero Joel ya estaba aquí. Lo vi de guardia en el palacio. Ese palacio había sido un bastión de la dictadura y había sido tomado por los revolucionarios.

De ahí seguimos nuestra amistad. Recuerdo que le dieron una casa al lado de la bomba de gasolina, por la carretera. Esa casa se la quemaron en el propio 59. No estoy muy seguro, pero creo que desde aquí se fueron para Las Tunas. Después él se fue para Santiago de Cuba.

En su libro de cuentos Los testigos yo soy un personaje. Me pone haciéndole un atentado a Batista con una escopeta vieja. Y en el momento que voy a dispararle, Esther que es mi esposa, le entrega una carta a Batista, y eso me impide tirarle. Cuando mi esposa leyó eso quería matarlo. Porque todo el mundo sabía que ella era y es revolucionaria y nunca le entregó ninguna carta a Batista. Luego que salió el libro parece que tenía pena venir aquí por lo molesta que estaba Esther. Claro, eso que él cuenta no es verídico. Ni lo que cuenta de Esther ni lo que cuenta de mí con la escopeta sucedió así. Aunque en el libro hay cuatro o cinco cuentos de cosas verídicas. Sobre el supuesto atentado a Batista yo nunca tomé parte. Ni tampoco supe nada. Como todo era clandestino y por células, quizás fue organizado por otras personas. Lo que sí recuerdo muy bien de eso es que escribimos letreros en los edificios. Pusimos uno que decía: “Batista hijo de puta”. En el palacio pusimos con una crayola difícil de borrar: “Abajo Batista”. En el parque Domínguez también pusimos letreros contra Batista. Ese del parque fue grandísimo. Después hasta el propio jefe de la policía estuvo dando cepillo para quitar aquello; porque Batista estaba aquí. Esa es la historia, por lo menos la mía.

Me acuerdo de él y me da sentimiento. El día de su muerte, yo estaba tranquilamente mirando la televisión, cuando dijeron en el noticiero que Joel James había muerto. ¡Fue horrible! Él era para Esther y para mí como un hermano. Nos llamaba a cada rato. Siempre bromeando conmigo. Me mandaba sus libros. Cuando llamaba nos decía que iba a venir para estar con nosotros acá. Y siempre le decíamos: ven cuando tú quieras. Ni siquiera supimos que estaba enfermo. El año antes pasado nos llamó porque quería que fuéramos al Festival del Caribe en Santiago de Cuba. No pudimos complacerlo porque ya teníamos un pasaje para ir a La Habana.

Todos mis recuerdos de Joel son buenos: la lucha, la clandestinidad, las reuniones que hacíamos en mi casa, la cantidad de ron que bebimos juntos. Siempre lo recuerdo como un hombre ocurrente y que nunca tuvo miedo de ninguna especie.

Luis Cedeño, su esposa Esther, Nancy Galano y el entrevistador, Banes, agosto 2006. Foto: Rolando Marañón Téllez

* En la conversación con Luis Cedeño en su casa de Banes realizada en agosto de 2006 participaron además del autor, la historiadora de Banes Yurisay Pérez Nakao y Nancy Galano Stivens, trabajadora de la Casa del Caribe.

 

La obsesión de Joel James fue la Historia de Cuba

(Entrevista a María Nelsa Trincado Fontán)

Entrevistó: Ariadna González Espronceda, con la colaboración de Carlos López Segrera, Orlando Vergés y Reinaldo López Vázquez

 

Joel: no supe hacerte un poema, no te escribí una carta,

mi homenaje consiste en saber de ti. No te olvidaré.

Ariadna

Joel James Figarola y María Nelsa Trincado en el patio de la Casa del Caribe, febrero de 2006.

¿En qué medida Joel apoyó sus tesis —resultados de investigaciones, aproximaciones, especulaciones y afirmaciones— sobre diversos aspectos socioculturales e históricos en sus vivencias y experiencias personales?

Bueno, acerca de lo personal necesito pensar, porque esa pregunta es muy compleja. Él es un historiador de raza y concebía la historia como un todo, es decir, el todo de la explicación de la nacionalidad cubana. Su obsesión era llegar a la raíz de qué somos y para qué, qué nos distingue como pueblo; pensó —y no le faltaba razón— que tenía fuerzas para llegar hasta las últimas consecuencias de esa explicación. Cuando se va para Angola, ya tenía una obsesión por el pueblo, por los de abajo, y por eso pensaba que allí encontraría la respuesta a la pregunta de qué somos; por ejemplo, ¿quién era el mejor amigo de Joel?, un afinador de pianos, de Banes, Joel tiene un cuento en el que hace referencia a ese amigo. Sí, de Banes, Cedeño, yo hablo a cada ratos con él.

El interés de Joel era buscar en las raíces de la sociedad cubana, no en las alturas, sino en las fuentes más puras de la sociedad cubana. Él trabajó en el INRA atendiendo el sector privado; fue periodista, reseñó los sucesos de Manolito Beatón, el primer alzado que hubo contra la Revolución en Cuba, y lo persiguió, estuvo en Yamaniguey, en Baracoa persiguiendo bandidos, pero todo eso lo hizo rodeado de campesinos, de guajiros, de gente de pueblo. Cuando la guerra en Angola, estuvo de soldado en una compañía, no en los estados mayores, pudiendo estar por sus condiciones, de esa manera él buscaba las raíces del pueblo.

Para Joel, la sumatoria de todos los pueblos era Cuba, y cuando funda la Casa del Caribe, ya tú sabes lo que eso fue, con todas esas experiencias que lo llevan a hurgar profundamente; además, como narrador, su obra siempre se apoya en una base sacada de la historia de Cuba, sobre la gente humilde.

Su penúltima novela estuvo dedicada a Marcelina Patterson y Patterson, ¿tú sabes quién era esa señora?, la madre de Fátima Patterson. Él llegaba a su casa a disfrutarla, una anciana de 95 años, y esa imagen de pueblo, de Los Hoyos, se le quedó grabada a Joel; cuando Fátima leyó la dedicatoria se echó a llorar; entonces sus experiencias vitales son muy ricas. Él estaba haciendo un trabajo, que era recopilar información sobre la lucha clandestina, con los combatientes a los que le llamaban medio pelo, de las gentes de abajo. Dice Joel que su padre se preciaba de no recibir en su casa a nadie importante, de ahí le viene la casta.

¿Cuánto hay de testimonio personal en la obra de Joel La muerte en Cuba y cuánto en “El palo monte: La brujería cubana”?

La muerte en Cuba y “El palo monte: La brujería cubana”, son conclusiones de sus vivencias con esta gente, o sea, no había quizás testimonio personal, lo que se entiende por testimonio. La muerte en Cuba es un recorrido histórico-cultural sobre el tema. Él vivía obsesionado por la filosofía del palo monte y, desde luego, todo esto se mezcla con vivencias personales, quizás en la segunda parte del libro, que sí son testimonios de ceremonias que él vivió. Estaba obsesionado por encontrarle un contenido filosófico, de alta filosofía a esas religiones y dignificarlas en ese sentido; sí, hay mucho de testimonio, pero se diluye en la filosofía.

¿El estilo de pensamiento de Joel tiene antecedentes en Cuba? ¿En quiénes de los pensadores cubanos?

Soy historiadora, y no recuerdo otro pensador igual. Joel tiene una evolución muy particular, de historiador nato, obsesionado por los detalles de la historia de Cuba. Decía que quien no supiera los detalles de la historia no era historiador, que el brete es una manera más de saber. A ese tipo de historiador hay que matarlo, así decía, porque sabía hasta el detalle de ese mundo, del valor de los pequeños detalles.

Él era curioso, quizás ese no es el término apropiado. Se fijaba en cosas como la de la tumba francesa, mira que yo me leí el libro La Revolución de Yara, de Fernando Figueredo, y ese detalle de que la tumba francesa tocaba cuando Céspedes se alza, eso me pasó inadvertido. Él se fijaba en el pequeño detalle porque sabía que ahí estaban las raíces de la historia y de este pueblo. Tendría que leer bastante, buscar bien, pero él tiene una evolución en su pensamiento muy particular.

¿Qué pensador, escuela o doctrina del conocimiento universal influyó más en la obra de Joel?

En los últimos años Freud, Jung. No es positivista, él es más bien ecléctico, tremendamente ecléctico, no creía ni en su madre, era agnóstico por ejercicio. Escribía como Martí, no una escuela, como decía Martí, todas las filosofías y ninguna filosofía, he ahí la Filosofía. No recuerdo que se adscribiera a ninguna escuela de pensamiento, sino que lo mezclaba todo y, en los últimos años, su pensamiento tuvo una dimensión de actualidad que nunca abandonó. Si te lees la primera obra histórica de Joel, que es Cuba 1900-1928. La República dividida contra sí misma, te trae los problemas de la República y la intervención, hasta la actualidad.

¿Cuál es en tu opinión el libro más completo de Joel?

Son varios, empezando por “El palo monte: La brujería cubana”, Alcance de la cubanía, José Martí en su dimensión única, Cuba 1900-1928. La República dividida contra sí misma, qué tronco de libro ese, y el último, de filosofía “El ser y la historia”, en el que pretendió dar una visión cubana de la filosofía universal; yo me negué a rectificar ese libro porque era demasiado duro. Yo le comentaba, tú me vas a volver loca, entonces me lo dictó y yo le dije que no podía revisarlo y se puso él mismo a revisarlo, un día se echó a reír y dijo que estaba del carajo, que ni él mismo lo entendía.

¿Hasta dónde corregiste a Joel, pudo sacar algún provecho de tu experiencia como historiadora?

Sí, pienso que sí, porque yo era muy crítica de su obra. Nosotros nos pasábamos horas haciéndonos preguntas sobre historia de Cuba y cuando yo no podía responder a alguna me decía ignorante, entonces yo le buscaba otra pregunta de esas que lo reventaban; a veces hasta bromeábamos. Últimamente le había dado por llamar a Carlos López, para recitarle, a veces a las cuatro de la madrugada. Recuerdo especialmente una que aunque se la adjudicaría como suya, pertenece —según el mismo Carlos— al acervo popular: Yo me puse a descubrir / un nuevo descubrimiento, / me faltaba el instrumento / y me puse a maldecir, / la maldición que me eché, / fue que yo rico me viera, / que el Almendares creciera / con vino tinto y Jerez / ligado con triple sec / y Ginebra holandesa, / que los charcos de cerveza / me sirvieran de jabón / y tirarme de cabeza / en un manantial de ron.

También decía mucho “Adiós capitán Castells, adiós fuente luminosa” y yo no sabía quién era el capitán Castells, ni la fuente luminosa, entonces me explicó que se trataba de uno de los lugares de la cárcel y el capitán era uno de los chacales de Machado. Él disfrutaba esas cosas populares.

¿A qué zonas de la obra de Joel te sentiste más próxima?

La narrativa de Joel es poderosa. Me sentí muy próxima a ella, no quiere decir que sea esta la única, porque sus trabajos sobre historia me fascinaban, pero él tenía una imaginación desbordante, sorpresiva. Yo quiero que tú te leas “Reflejos sobre el mar”, un cuento sobre La Coubre, igual sucede con “Nganga”, “Chuini”, donde la imaginación es tanta que me sorprendía.

Su obra histórica me ponía a pensar, tanto que me dejaba seca, porque Joel tenía una forma de ver la historia muy particular, se afincaba en los testimonios, en la realidad.

¿Cómo Joel, siendo un hombre tan aparentemente duro, era tan dúctil en circunstancias humanas? ¿Era más sensible que inteligente o más inteligente que sensible?

Joel tenía una sensibilidad femenina, yo quiero que tú sepas que Joel lloraba cuando llegaba a la Escuela de Menores y veía aquellos casos terribles de niños abandonados; tenía una sensibilidad muy grande para los niños. Joel era “maternal”, siempre se lo dije a Carlos López. Toda circunstancia humana lo agobiaba. Joel fue la persona más tierna que he conocido en mi vida. Nunca he oído una frase que se aproxime más a Joel como la que dijo Fátima Patterson: “Joel es una coraza medieval con corazón de chocolate”.

¿Joel era realmente religioso o fue este el medio que empleó para conocer a profundidad la cultura popular tradicional?

A Joel lo atrapó la religiosidad popular, él no era creyente, pero creía en todo, tenía una tanatofilia en los últimos años que estoy segura de que fue un escape a diferentes decepciones que tuvo, creía en una vida trascendente, no en lo que expresaban las religiones populares, en eso se parecía a Martí. Él se sintió incapaz de resolver todos los conflictos... Decía con frecuencia que si la vida terminaba con la muerte era una gran mierda.

Hay un trascendentalismo en él muy arraigado, que no quiere decir que tuviera una mentalidad

religiosa, pero era trascendentalista consciente. Él no concebía que la muerte fuera el final de la vida y eso lo discutimos mucho...

¿Por qué consideras que la obra de Joel debe pasar a la historiografía? ¿Cuál es su mérito?

Primero, porque cada libro suyo aporta a la historiografía cubana una visión muy particular, o sea, Joel fue un creador de historia, de pensamiento histórico, por eso es que tengo que tener la mente muy clara para recoger toda su obra y situarla en su justo lugar. La bio-bibliografía de Joel que he proyectado hay que hacerla porque creo que se merece un estudio bio-bibliográfico, un segmento de cada obra de Joel que diga lo más importante y esto será el antecedente de la historiografía de Joel, porque ha sido olvidado en este sentido. La Universidad de La Habana nunca lo puso en la bibliografía porque era muy polémico, fue uno de los grandes olvidados de la historiografía cubana. Yo he revisado muchos libros y jamás he encontrado a Joel, no lo citan y hay quienes lo citan y no lo ponen en la bibliografía. Mi compromiso es hacer que se reconozcan todos sus aportes, quiero colocarlo en el lugar que le corresponde, no hay un libro de Joel que no aporte ideas nuevas.

Ha sido un desconocido, no por los conocedores de la historia, sino por el silencio que se ha armado alrededor de sus libros y como es muy polémico, a nadie le gusta meterse en sus cosas. Todos esos aportes tienen que quedar escritos, tienen que asentarse en el lugar que le corresponde en la historiografía cubana, esa obra me toca mí, es mía, porque nadie la conoce mejor que yo, y sabes, soy también historiógrafa, sé hacerlo, y tengo toda la disposición y pretendo sumirme en ese trabajo.

No puede quedar como un hombre que escribió veinte libros, puedan ser veinte mierdas, no, ¡dónde está el verdadero aporte de su obra! Eso tengo que hacerlo, porque se lo merece, porque ha sido un intelectual que ha trascendido en la historiografía, sería injusto que solo apareciera como eso, como un individuo que publicó veinte libros... y lo voy a hacer con sangre, pero lo voy a hacer, porque me duele; porque eso es una cosa que solamente se le hace a un muerto y me duele, él tiene que quedar, con todos sus aportes a la cultura cubana, tiene que quedar ahí, porque ese análisis historiográfico lleva años, y lo estoy haciendo poco a poco, lo primero va a ser la bio-bibliografía, para poner sus libros en orden, con un resumen de cada uno de ellos; pero es necesario sea retomado por la historiografía cubana y yo lo voy a hacer con él... Me siento orgullosa de haber pensado así.

¿Cómo es que Joel podía escribir dos o tres libros a la vez?

Él se pasaba años recopilando información y salía por aquí y por allá, y decía, tengo este proyecto, tengo este otro, el libro —no sé si te lo dije— Fundamentos sociológicos de la Revolución Cubana, Joel lo tiene terminado hace diez años y yo le decía, Joel, está pasado a máquina, cuándo le vas a meter mano a eso, él trabajaba en dos o tres líneas, ideas que se le iban ocurriendo, y eran fichas y más fichas, este problema es así, y empezaba a investigar un tema y de ahí saltaba para otro, iba acumulando. Él tenía dos proyectos de libros ahora, de acuerdo como lo cogiera, si se le ocurría una idea a las tres de la mañana, se levantaba y empezaba a escribir una ficha sobre algunas de las temáticas, y acumulaba información.

Quería recopilar todo lo que tenía disperso, sus artículos, en el proyecto que tenía, “La muertería” y “El miedo en Cuba”, como que lo abandonó, hay que ver si hay notas suficientes sobre eso; lo mismo anotaba en un libro que en un papel de cartucho, un día Carlos López se quedó paralizado porque Joel estaba escribiendo en un papel de cartucho, porque no tenía hojas en la casa.

De los géneros que escribía ¿Cuál le gustaba más?

Depende, dependía de cómo estuviera, a él le gustaba mucho la ficción, pero tenía demasiados intereses en su cabeza, el ensayo histórico de forma perspectivista lo amarraba de una manera tremenda, él escribía en una máquina, mi vieja Underwood, que debe estar ahora en algún sitio de la Casa del Caribe. Se entusiasmaba con un tema, no lo terminaba, lo dejaba reposar y cogía otro y lo dejaba reposar y así...

¿Cuál fue el primer grupo portador que Joel estudió?

El vodú, por una razón muy sencilla, o sea, primero se fue a Barrancas, que es su grupo insignia, qué pasa, que la vinculación con el teatro fue —mira esto se me había olvidado decirlo—; en el mundo del teatro habían muchos creyentes y Joel no creía ni en su madre, ni nunca supo de eso, eran cuestiones menores, pero tenía la curiosidad científica, creo que fue Alarcón el que le dijo que en Cuba había vodú. Ah, no comas mierda tú —respondió—, porque una hermana de Alarcón estaba casada con el hijo de Nicolás Casal, le decía, hay vodú en las lomas, es cuando él oye hablar de Nicolás, es una historia muy bonita. Entonces Alarcón lo lleva a Barrancas, él se iba a pie, cogía una chispita y se iba para allá, entonces comienza a ver cosas raras, no descritas por Fernando Ortiz, ¡esto no es santería!, él conocía poco, pero era un hombre culto y conocía la obra de Fernando Ortiz, pero esto no es santería, y le hablan de Nicolás Casal, luego me señaló el sitio en un mapa que estaba en el Taller Cultural, y me mostró el lugar y dijo: Aquí hay un núcleo vodú, y le dije, Joel, no existe vodú en Cuba, sí, si detrás de eso estoy. Meneses conocía a los santeros de Santiago de Cuba, Gladys González Bueno también, Fátima Patterson y toda esa gente lo introducen en este mundo, a través de las obras de teatro, del teatro de relaciones...

¿Nadie había hablado del vodú, no hay antecedentes?

Aunque no lo mencionan en bibliografías, el primer libro que demuestra que hay vodú en Cuba es el de Joel, Millet y Alarcón, El vodú en Cuba. Ni Fernando Ortiz, ni Lydia Cabrera, ese fue el gran descubrimiento, hay que decirlo, pero nadie dice que fue un descubrimiento de esta gente, como el sincretismo de Fernando Ortiz, fíjate a qué altura está. Yo rastreé hasta el siglo XIX, bueno, en ese siglo hay un libro, que no es precisamente vodú, en ese año no existía vodú de Haití, después, en un libro que traduje del francés —L’ile de Cuba. París. E. Plon et Cie, imprimeurs-èditeurs, 1876, de Hipólito Pirón— que después Olguita Portuondo me pidió, se trata de la primera migración haitiana, allí se describe una ceremonia, y su autor, Hipólito Pirón, describe una ceremonia —Joel, aquí hay una ceremonia de haitianos, de los esclavos haitianos, era la primera migración, pero el vodú no se había conformado en Haití, y tenía la casa Fon, o sea, “La casa de los espíritus”, y hay algunas aproximaciones a una cosa diferente que viene de Haití, pero que no es vodú, eso es proto-vodú, porque tiene algunos elementos de lo que será luego el vodú. Eso está publicado en la revista Del Caribe traducido por mi (y por Ana Viralles), el autor se asustó tanto con la ceremonia que salió corriendo, cuando vio por una rendija lo que pasó se va, eso es lo único que se conoce, y ese libro es muy raro, lo traduje, me ayudó Jean Lamore, el esposo de María Elena Orozco porque tenía muchas cosas en francés arcaico, un francés muy puro, como el español del siglo XVI cuando se escribió El Quijote, como es antes de la Revolución Haitiana, el vodú es gozo revolucionario, se conforma en la insurrección haitiana, no había vodú, y eso es lo que Pirón ve y se asusta, tanto que no terminó de verla y por eso no pudo totalmente describir la ceremonia, descubro eso y nadie hace mención, la primera traducción de ese capítulo la hice, porque ni Fernando Ortiz la vio. Yo, ratón de biblioteca, lo veo —Joel, mira lo que me encontré aquí y Olguita descubrió datos sobre el autor, que era un mulato santiaguero criado en Francia, y encontró hasta la partida de bautizo, tú sabes esa es la especialidad de Olguita; entonces la única cosa publicada es eso y lo que traduzco.

Joel entra en el mundo de la religiosidad popular, a lo picaresco criollo, a los barrios marginales, a las historias de los congos, que están llenos de anécdotas religiosas, se aproxima a este mundo por el teatro, a los carnavales, que no sabía arrollar ni un carajo, todo le llamaba la atención, el teatro para él fue una apertura de sus perspectivas se me había olvidado la importancia y la trascendencia de la gente del teatro, y tengo que darle taller, fue un nuevo mundo para él, al cual se aproximó como cuando Colón llegó a las Antillas, el teatro lo hizo descubrir Cuba, yo tengo que pegarme ahí, —qué bueno que te acordaras— tengo que hablar con Padrón, con Fátima, esa biografía de Joel me va a costar trabajo, mira como están saliendo cosas, él siempre tuvo una vinculación y la cosa emocional del teatro, por eso es tan teatrero.

¿Alguna vez actuó en obras de teatro?

Creo que una vez lo pusieron de algo, aunque creo que no, pregúntale a Reinaldo, cuando Joel le ponía la mano a una obra de teatro, eso era premio, fíjate que en los últimos tiempos cuando se encabronaba con la Casa del Caribe, decía, me voy para el teatro, porque el teatro lo hizo descubrir Cuba, tengo que darle taller a eso, el teatro le aportó mucho a Joel, qué lástima que Meneses haya muerto. El teatro fue todo para él.

Tenía una curiosidad por las raíces, pero esa, se la da el teatro, esa biografía no puede obviar el teatro.

Hemos descubierto aquí que el teatro le abre las puertas del vodú, de la santería, de la religiosidad popular, del mundo popular santiaguero, conocer a la gente de abajo, a Los Hoyos, ahí conoce él a Ibrahim que es el primero que fundamenta un caldero en la Casa del Caribe, descubre lo que es el caldero, ese mundo, la gente, la ética, Larduet, que a veces quería matarlo, es de allí.

¿Tú piensas que a partir de Joel, todos estos religiosos tuvieron un reconocimiento en la sociedad?

No, pienso no, es así, a él lo llamaron de instancias del Gobierno que ahora no recuerdo, quizás

Padrón se acuerde, aquí se prohibían las ceremonias, mira todavía era el ateísmo científico y toda eso de los años 70 ¿Joel, tú estás aupando a las religiones?

—En definitivas, ¿qué ustedes quieren, que los tambores toquen a favor de la Revolución y Fidel o en contra de la Revolución y Fidel?

—No, no, a favor de la Revolución y Fidel, decían.

—Bueno, déjenme trabajar.

Sí, Joel fue un factor esencial en el reconocimiento y respeto a la religiosidad popular, él los aglutinó y los puso a trabajar, además les dio todo su prestigio. Sí, sí, ese mundo fue distinto a partir de Joel, a través del Cabildo, las congas, los focos culturales. No se creía en eso, además no era política oficial, y todavía no se pueden hacer ceremonias en la Casa del Caribe.

En ese sentido Joel fue un factor esencial para Santiago y para Cuba, y tuvo todo el apoyo de Hart, Lazo, y posteriores secretarios del Partido.

Yo recuerdo haber visto en la casa del practicante religioso Madelaine, en El Cobre, un papel como dándole autoridad legal para hacer las ceremonias.

Joel redactó todos esos papeles, sin tener autoridad alguna, él no tenía autoridad para eso, y a cada rato le mandaba al Partido: “Déjenme trabajar”. Cuando se encontraba en actos relevantes, le gustaba presentar a su gente, al de la corneta china, a la sacerdotisa Titina, a cualquiera, los reconocía socialmente.

Enamorado le preguntó: Ven acá chico, cómo un hombre blanco y de ojos azules está en esta actividad.

— ¡Porque aquí está la nacionalidad cubana! Los hombres se hacen de hombres.

Cuando Joel se gradúa lo iban a mandar para Ceballos, Ciego de Ávila, él desconocía una ley que, si eras combatiente, ya no tenías que hacer servicio social, le buscan la ley, tú te ubicas donde quieras, a Duharte lo mandan, Vila estaba en el triángulo, y Pomares lo ubica en el teatro y así entra desde el 73 al 82, esos años fueron decisivos para él. El teatro es un puntal en la obra de Joel.

Pomares lo introdujo en el teatro, ese es el momento decisivo, conoce la banda de Los Ripiaos, ahí conoce ese mundo nuevo para él, si estuviera aquí diría, ¡Para mí ese mundo no era desconocido! Pero sí, en su profundidad lo descubrió ahí, por eso hace falta Meneses, Padrón, que eran gente de teatro, el teatro fue un puntal en la obra de Joel, sobre todo en lo que se refiere a la religiosidad popular, porque es así como comienza a descubrir el Caribe; este conocimiento de las raíces de la cubanía...pienso que se hubiera anulado en Ceballos.

Comienza el Festival de las Artes Escénicas del Caribe y luego se funda la Casa, porque a partir del vodú, la santería, como te dije, empieza a descubrir el Caribe —Hart lo apoya—, esto no quiere decir que él no supiera que el Caribe existía, entiéndase, pero en toda su magnitud cultural lo comenzó a conocer, una Casa que estudie el Caribe, él se percata que Santiago tiene un hálito caribeño que no lo tiene La Habana, que es una ciudad muy peculiar, lo descubre en el teatro, en la religiosidad popular, descubre Santiago, tanto como descubrirlo no, pero se da cuenta de la connotación cultural tan suigeneris que tenía Santiago de Cuba.

¿Hubo evolución en su forma de pensar y escribir? ¿A qué se debió?

Sí, él desde los años 80 se acogió a una visión muy actualizada de la historia, y también muy crítica. De esa etapa salen luego trabajos como “José Martí y el hombre común”, Vergüenza contra dinero, fue muy agresivo en ellos, pienso que por una responsabilidad revolucionaria de contribuir a salvar la Patria que para él era lo primero. Salvar la Revolución, porque esta era su Revolución y entendía que tenía que quemarse por salvar esto.

Sin abandonar otros temas, como los vinculados a la religiosidad popular, se esforzó por hacer estos trabajos. En ese sentido dejó sin hacer algunos proyectos como “El miedo en Cuba”, que no llegó a escribirlo, pero que están las notas preliminares en fichas, como te dije.

¿Qué impulsaba a Joel a escribir, lo hacía bajo presión emocional, o simplemente por su vocación de investigador?

Estados emocionales no, él sencillamente se planteaba un problema, como la obsesión de pensar en una filosofía de altura. Por ejemplo, él sostiene que en la práctica de origen congo hay monoteísmo. Yo estuve pensando en eso casi al unísono. Cuando se habla de Nsambi es monoteísmo, no digo que la idea se la haya dado yo, pero cuando lo leí, en efecto lo confirmé, porque yo sé religión, pero primitiva, entonces discutimos mucho sobre Nsambi y el carácter monoteísta de la regla de palo monte.

¿Por qué Joel eligió el Caribe?

Porque lo ve como una unidad, él decía que donde hubiera plantación y esclavitud había una confluencia, en cualquier lugar del mundo, aunque fuera en Australia. Si había esas condiciones, era Caribe. Le estaba buscando una identificación universal a nuestra cultura.

¿Tú crees que Joel potenció la presencia haitiana en Cuba frente a otras expresiones como la regla de Ocha, el palo monte y el espiritismo?

No, Joel adoraba a los haitianos, fíjate que su obsesión en el vodú era buscarle una raíz cubana, la variante cubana del vodú, para marcarla. Le dedicó también mucho tiempo al palo monte por considerar que viene de lo más profundo de la cubanidad.

El haitiano en Cuba tiene mucho de Haití y tiene además el valor de mostrar una variante cubana y en el caso de palo monte veía una filosofía de altura, una construcción universal que se parangonaba con todas las religiones reconocidas del mundo.

¿Qué piensas sobre la afirmación de Joel, casi mágica de que “mientras exista cultura popular tradicional en la articulación entre grupos portadores y comunidades, la patria cubana continuará existiendo”?

La cultura popular tradicional ha salvado mucha Patria, o sea, cuando el Zanjón, ¿quiénes son los que salvan la Patria?, cuando la Guerra del 95, a pesar de las contradicciones quienes salvan la Patria son los humildes, la gente que viene de las raíces, de lo más profundo de la nacionalidad cubana, la gente que no tiene nada que perder, la gente que no se cuela en puestos, que lo mismo le da Juana que su hermana, la que tiene valor.

La guerrita de 1912 fue una tragedia, quizás el momento más oscuro de nuestra historia. Yo di unas clases sobre la guerrita del año 12 que a él le impresionaron mucho. Antes las discutí con él. Nadie se acuerda de la guerrita de 1912 donde murieron tantos negros. He investigado, también mandé a mis alumnos de maestría a que me investigaran cómo había sido vista por los negros, por el pueblo de entonces y no encontraron un solo testimoniante. ¿Por qué?

Joel me decía que fue un acontecimiento tan doloroso para la Patria que tan importante era recordar como olvidar. Y eso constituyó una ruptura en las raíces mismas del pueblo cubano, luchando negros contra blancos. Nadie recuerda quien fue Ivonet, hay un corte en la memoria histórica, porque nadie lo quería recordar.

Cuando mandé a preguntarles a los viejos de 60, 70 y 80 años que son más próximos a ese acontecimiento, nadie se acordaba de la matanza de los negros, porque eso fue una cosa contra la Patria y el pueblo decidió olvidar.

¿Alguna vez Joel rechazó algún aporte?

Él decía que el trabajo de Fernando Ortiz era positivista, porque se dedicaba solo a las entrevistas y a lo que la gente decía, igual que el de Lydia Cabrera. Él se dedicó a investigar y se dio cuenta de que muchas afirmaciones no eran así. Nunca rechazó aportes de ningún sector de la población.

¿Qué significaban para Joel los amigos?

Por los amigos se dejaba cortar la cabeza, tenía un sentimiento por la amistad criticable, tanto como la que el Che le criticaba a Fidel cuando retardó el desembarco del Granma por buscar a un expedicionario que se había caído al mar.

Mira que lo traicionaron gentes, y las perdonó, pero con la traición política era implacable. La vinculación emocional que mantuvo con sacerdotes, houganes y practicantes de la religiosidad popular, se convirtió en amistad de hermanos, como Pablo, Vicente, Chang y lo hacía decir en ocasiones que sus mejores amigos no lo leerían nunca, que no leerían sus obras.

Te voy a contar. Una vez Pablo va a una fiesta, donde fuimos Joel y yo, que fui con una grabadora, y empieza Joel a hacer preguntas, Pablo decía: “No sé, eso lo sabe mi papá, yo no sé, eso lo sabe mi papá”, “ah chico, tu papá y tú ¿tú eres un hougan?”, “Bueno sí, yo tengo lo mío, pero eso lo sabe mi papá” —esto es contado por Pablo ahora.

Llega a casa de su mujer y le dice: “Conocí a un tipo ahí de ojos azules más fresco, dirige la Casa del Caribe, es más fresco, y tú sabes, ese tipo y yo no vamos a ser grandes amigos porque es un fresco”, mira que Pablo y yo nos reímos de eso, “ese tipo y yo no vamos a ligar”, pero Joel es persistente y fueron los mejores amigos del mundo, hermanos.

Jamás lo escuché decir una palabra de odio, de rencor. Criticaba a los amigos y le echaba sus palabrotas, pero jamás una frase de odio o de rencor. Era un alma pura. Era la comprensión y la ternura mayor del mundo.

Tenía un sentimiento de la amistad que no le importara quién fuera ese amigo; no admitía la traición, sin embargo sabía perdonar. El saber perdonar es la mayor virtud de un ser humano.

Libros de Joel James Figarola en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí