No hay novela sin poesía

Por Ciro Bianchi

Jorge Enrique Adoum, el autor de Informe personal sobre la situación (1973) y de No son todos los que están (1979) -volúmenes en los que recogió sendas selecciones de su poesía- tiene una opinión muy severa acerca de su obra publicada, y piensa hoy que si algunos de sus textos están en los programas de estudio de su país, se debe a razones de orden pedagógico o, en todo caso, patriótico, pero no a motivos estrictamente literarios porque si algo de lo suyo le parece valioso, no es lo hecho hasta ahora, sino lo que hará acaso algún día.

Así me lo confesó una mañana del pasado mes de febrero cuando regresó a Cuba para presidir las jornadas de la trigésima edición del Premio Casa de las Américas. Me dijo también que ahora, después de más de quince títulos publicados y de haber merecido algunos galardones importantes, piensa que Edmond de Goncourt estaba en lo cierto cuando afirmaba que la literatura era una facilidad innata y una dificultad adquirida. Es por eso que en la actualidad sus tex tos son cada vez más breves y publica cada vez menos porque, expresó, "la cornada puede prevenir de cualquier palabra y el primer síntoma de que ya no se es joven es sentir el temor a equivocarnos".

Adoum nació en 1926, en Ambato, Ecuador. Estudió Derecho, fue secretario de Pablo Neruda, vivió en China y tradujo al español los poemas de Mao Tse-Tung. Ha viajado por medio mundo. Durante muchos años se radicó en París donde trabajó para la Radiodifusión Francesa y fue redactor de la edición en español de El Correo de la UNESCO. Hace dos años volvió a fijar su residencia en Ecuador.

Una obra de teatro suya, El sol bajo las patas de los caballos, se ha representado y traducido mucho. Trata el tema de la conquista española de América como metáfora y símbolo de otras conquistas. Es autor también de letras de canciones. Una de ellas, Danzante del destino, musicalizada por Gerardo Guevara, es muy conocida. Dice su primera estrofa: "Preguntan de dónde soy / y no sé qué responder: / de tanto no tener nada / no tengo de dónde ser." Varios de sus poemarios, publicados bajo el rubro común de Los cuadernos de la tierra, pretendieron una interpretación poética de la historia ecuatoriana, pero el ambicioso proyecto quedó inconcluso cuando Adoum se percató de la imposibilidad de crear "una poesía épica en una sociedad que no tiene nada de heroica"; cuando comprendió que la sola "exaltación del pasado es también una forma de evadir la realidad presente". Quiso el poeta entonces abordar la actualidad y sobre vino un cambio en su poesía, bien visible en los poemas que se conocen de sus libros Curriculum mortis y Prepoemas en post español. Escribió también una novela para demostrar la inexistencia de una actitud heroica en su generación.

En 1968, Juan David mostró a Adoum en una caricatura como un señor muy comedido, inquisitivo, perspicaz, levemente irónico que fumaba un cigarrillo eterno. Otro dibujante, la uruguaya Yenia, lo vio a su vez como un santo con aureola y flores que lucía, sin embargo, una cola luciferina y un libro de Mao en la mano. El caricaturista Sabat quiso verlo como un ángel que contempla al mundo con un aburrimiento de muerte, en tanto que Alexis, en su cartón, presenta dos figuraciones del poeta. Una de ellas, vestida con un overol, mira hacia Marx -la hoz y el martillo de por medio- mientras la otra, sin ropas, mira a una mujer desnuda cuando le clava un tridente en el pecho.

Precisamente Entre Marx y una mujer desnuda es el capítulo de la única novela que hasta el momento ha escrito Jorge Enrique Adoum. Apareció en 1976 y le valió, ese año, el Premio Xavier Villaurrutia, en México.

VÍCTIMADE UNA HISTORIA Y CÓMPLICE TAMBIÉN

-¿Qué se propuso con esa novela?

-Me propuse señalar que las preocupaciones por los problemas colectivos -sagrados, porque son populares- y la individualidad más íntima, no son inconciliables y, además, deben ser coherentes. Me decía yo que así como mientras se dispara sobre una multitud, uno no podía dedicarse a hacer el amor, tampoco es recomendable, cuando se hace el amor, hablar sobre la última huelga en una fábrica de automóviles. Coincidentemente, uno no es ni puede considerarse revolucionario porque participe en una manifestación o acuda a una asamblea y cuando vuelve a la casa trata a su mujer como lo haría cualquiera de los enemigos contra los que se celebró la asamblea. Eso explica el título. Hay además otros elementos presentes en ese libro, digamos, el fracaso de mi generación, tanto en lo político como en lo literario.

-¿No es una visión demasiado pesimista?

-Yo diría que es objetiva. Mi generación dio a un gran poeta.

César Dávila Andrade. Pero no logró nada en lo poético ni tampoco en lo histórico. Tal vez nos habría correspondido haber hecho la revolución... Teníamos treinta años cuando tuvo lugar el triunfo de la Revolución Cubana. No creo que el no haberla hecho sea culpa exclusivamente nuestra, pero, en definitiva, uno no es sólo víctima de la historia; es también su cómplice.

-Se dijo que Entre Marx y una mujer desnuda era un libro anticomunista.

-Sí, y yo pregunté a Alejo Carpentier si lo consideraba así. Me respondió que no. Encierra una crítica a una actitud determinada de un partido político concreto, en un momento dado y en un país preciso, pero a lo largo de todas sus páginas se advierte una actitud revolucionaria. Esa fue la opinión de Carpentier.

-Imagino que un título como ese habrá disgustado a más de un marxista.

-Temo que sí, pero no creo que Marx pierda con ese título. Yo no me percaté de su ambigüedad hasta que no se publicó la novela. Me preguntaban entonces si sus dos términos eran excluyentes, como si el título supusiera una opción. Mi idea no fue la de señalar las dos opciones de un dilema, sino dos extremos entre los que se halla uno intermedio. De todas formas, ya con el libro publicado, me puse a pensar si hubiera sido posible precisar más el título y llegué a la conclusión que de haberle puesto al libro De Marx a una mujer desnuda habría sido erróneo ya que esa frase supone un punto de partida y otro de llegada, sin contar que ese no hubiera sido un título, sino una broma.

-Parece que cada vez son más los poetas que insisten en la novela.

-Antes eran los cuentistas. Yo creo que cada tema tiene una forma para expresarse. O busca su forma en función del público al que se destina. Así concebí mi teatro para un público que no sabe leer o no tiene apetencias de lectura o carece de dinero para adquirir un libro. En el caso particular de la novela, la concebí no para el público general, sino para un lector intelectual, capaz de reflexionar sobre su tarea y su destino. Es evidente que una novela da a su autor la posibilidad de crear un mundo, un mundo al que con los versos sólo se entra a pasos cortos. Es muy difícil meditar en un poema sobre el destino histórico de una generación o de un país, o reflexionar sobre la función de la literatura.

-¿Qué puntos de contacto existen entre la novela y su poesía?

-No pienso que la poesía esté reducida al verso. No existe una sola gran novela que no tenga páginas y hasta capítulos completos de alta poesía. Pedro Paramo, de Rulfo, es un magnífico poema. En mi caso, se advierten constantes en ambos géneros: la preocupación por el lenguaje, que es una cuestión fundamental en toda mi obra, y la preocupación por la responsabilidad del escritor, por el destino del país y del mundo. La preocupación por la muerte, la muerte ajena, sobre todo, más que mi propia muerte. Y cierto sentido del humor. Se dice que es prosaica la poesía de mi generación. No entiendo qué se quiere decir con eso. Podría decirse también que gran parte de la novelística de mi generación es poética, y es que, repito, no se puede hablar de novela sin poesía porque la poesía no es un género, sino una calidad.

MAO, UN GRAN POETA

- ¿Qué poetas lo influyen?

-Podría hablar, claro, de influencias conscientes porque a menudo se me señalan como influencias a poetas que no prefiero y que, por tanto, he leído poco. Entre esas influencias conscientes, mencionaría la inevitable de Pablo Neruda. Es lógico: trabajé con él, fui su secretario y pasaba días enteros mecanografiando sus poemas o revisando las galeras de sus libros. Para sacudirme de su influencia, busqué los antídotos de Neruda: Vallejo, Eliot, Ritzos, Prevert, Mayacovski. Últimamente he leído y admirado mucho a Fernando Pessoa.

- ¿Cómo recuerda a Pablo Neruda?

-Como a un hombre esencialmente bueno y generoso. Lo fue conmigo y no se me olvidan las cartas de estímulo que solía escribir a muchísimos poetas jóvenes que le remitían sus originales. De ahí que la lectura de sus memorias, Confieso que he vivido, constituyese para mí una dolorosa sorpresa: no hay en ellas un solo renglón que demuestre o evidencia esa generosidad.

-Cuando Neruda le propuso que trabajara como su secretario, usted no había publicado aún su primer libro.

-Ecuador amargo apareció en 1949 y yo estuve con Neruda entre 1945 y 1947. Por cierto, cuando se publicó ese poemario, recibí una carta suya en la que bajo el rubro de Positivo hacía observaciones muy generosas acerca de mis versos, y bajo el acápite de Negativo me decía: "Debes librarte de un nerudismo que no te hace falta."

-¿Conocía Neruda su poesía cuando lo invitó a trabajar a su lado?

-Algo sabía él acerca de mis versos. Yo tenía entonces diecinueve años, estudiaba en Chile y necesitaba trabajar para vivir. Su proposición me sorprendió. Mis amigos chilenos poetas, gente de mi edad, me envidiaban. Y hacer de secretario de Neruda era realmente un quehacer envidiable.

-En el orden personal, ¿lo influyó de alguna manera?

-No. Teníamos caracteres distintos por no decir que opuestos. Posteriormente tuvimos discrepancias políticas muy serias. La nuestra fue una amistad con intermitencias. Nos veíamos poco después que dejé de ser su secretario, nos topábamos de vez en cuando en alguna parte del mundo. Yo lo despedí en París, en 1972, cuando ya muy enfermo regresó a Chile. Las discrepancias de las que le hablé surgieron en los años sesenta. Pablo había militado de manera exclusiva en una organización abierta como era el Partido Comunista Chileno, y no comprendió, y condenó, la actitud de aquellos partidos que se veían abocados a una acción armada. No quiero insistir en esto porque ya está muerto, pero llegó a ser muy in justo en los adjetivos que utilizaba para calificar a quienes, por circunstancias específicas de sus países de origen, se veían obligados a combatir con las armas.

 -Usted tradujo los poemas de Mao Tse-Tung. ¿Era un buen poeta?

-Un gran poeta, diría yo. Traduje sus poemas al español a partir de las traducciones que existían de ellos en inglés y francés, pero me gusta decir que los traduje directamente del chino, pese a que no sé una sola palabra de ese idioma.

-¿Por qué esa afirmación?

-Se trata de una poesía muy concisa, escrita en chino clásico, lo que acentúa los problemas de interpretación. Y digo que hice las traducciones directas porque durante mi estancia en China, me dediqué a preguntarle a amigos y conocidos cómo interpretaban determinados versos y así pude saber cómo los comprendía cada lector. Sus comentarios me permitían completar las traducciones que se habían hecho de esos poemas.

El chino es un idioma muy particular en el que cada palabra tiene una acepción directa y otra de uso corriente. La palabra "contradicción", por ejemplo, significa literalmente "espada- escudo"; "discusión" es "conversación entre mujeres". Si eso es así en la vida diaria, imagine cómo será en la poesía. La palabra que dio lugar a más problemas de interpretación en los poemas de Mao fue "cierto color de atardecer". ¿Qué quería decir? Para algunos significaba "neblina", para otros, "el humo que se levanta de los fogones", mientras que otros pensaban que quería decir "confusión". Y una dificultad más o menos ardua se presentaba con cada palabra de cada verso.

-Volvamos a su obra. Supongo que las letras que ha escrito para canciones estuvieron motivadas por el mismo propósito que su teatro, esto es, buscar una comunicación más directa con el público.

-Son textos que me solicitaron los compositores a fin de musicalizarlos. De no haber sido así, no se me hubiera ocurrido escribirlos.

-¿Habrá otra novela?

-Hay una o dos novelas en camino, pero no sé para cuándo. Comencé una, se me bifurcó y luego no trabajé en ninguna de las dos. Es posible que próximamente me entregue a una de ellas.

-Usted se ha declarado inmune a la crítica.

-Absolutamente inmune. Conmigo, en general, la crítica ha sido muy generosa, pero ni los elogios más encendidos ni los reproches más contundentes, alteran la opinión que tengo de mí y de lo que he hecho. Creo que mi autovaloración es objetiva y en tal caso muy severa.

-¿Qué piensa de su obra publicada?

-Es lo mejor que pude hacer, pero no se corresponde, en absoluto, con lo que quisiera haber hecho. La ventaja de esa insatisfacción es la de empujarlo a uno a seguir escribiendo para ver si alguna vez logra lo que se propone.

-¿Por qué poemas quisiera ser recordado Jorge Enrique Adoum?

-Yo quisiera ser recordado como ser humano. Me considero bueno, leal, excelente amigo, hombre incapaz de la traición. Mi persona, pienso, es mejor que mi obra, pero si tuviera que ser recordado por alguno de mis poemas, preferiría que fuera por aquellos que acaso escribiré algún día.