El Olimpo renacentista: Breve análisis de la obra de William Shakespeare y Miguel de Cervantes

Por Dayma Crespo Zaporta

William Shakespeare y Miguel de Cervantes son el aliento de una época, la existencia en la literatura de un Renacimiento pleno, amén de las distancias geográficas. Salvando la diferencia de idiomas y la manera de hacer de cada autor, la obra de ambos cuenta con nexos que los une dentro de su diversidad.

Guiarlos en el análisis del quehacer literario de estos titanes es el propósito de las siguientes líneas.

Cierto es que la preocupación por la naturaleza del hombre es una constante en la obra shakesperiana, ya que el análisis de las miserias humanas delatan su visión constructivista del mundo, su fe en el mejoramiento y la creencia en el triunfo del bien sobre el mal. Individualismo a pulso, identidades nacionales reforzadas con un decisivo papel del Estado, y valores morales -que rigen cual cánones la sociedad y por ello es pecado mortal su violación- son solo algunos de los rasgos principales de su literatura.

Pese a toda la concepción antropocéntrica de su obra, dicho autor carga con rezagos medievales como la religiosidad, claro que vinculada al contexto de entonces, con la presencia de brujas y sombras resucitadas con voz de ultratumba. Estas fuerzas sobrenaturales generalmente actúan como desencadenante de la trama trágica y no como determinante del colofón de la novela -véase las brujas en Macbeth o la sombra del rey muerto en Hamlet. La temática del rey ungido - aquel que es bendecido por Dios para ejercer el poder es recurrente en sus tragedias, y es otro atisbo medieval, acentuado con el hecho de “premiar” con la muerte a quien osara asesinar a esta autoridad bautizada divinamente.

El hombre (protagonista), como principio y fin del universo, se impone en la toma de decisiones con respecto a su destino, lo que dista totalmente de las tragedias clásicas griegas en las que el plano divino establecía de antemano el futuro del héroe. Ya no estamos frente a un ingenuo Edipo quien es culpable de incesto y parricidio sin saberlo, sino que ahora aparece un Hamlet dolido y defraudado del mundo, quien decide tomar la justicia por su mano.

La literatura de Shakespeare siempre tendrá una multiplicidad de lecturas extraordinarias, justificado -claro está- con su valor universal, y esto permite que cada cual sea capaz de tener una asombrosa interpretación al respecto, marcada por las impresiones personales. No obstante, no caben dudas que Hamlet es uno de los personajes más desdoblados histriónicamente en escena. Es sarcástico en demasía, realiza autorreflexivos soliloquios sobre la esencia humana, desnuda su alma, se autocaracteriza, y lo hace con gran realismo psicológico; sin embargo, engaña a todos al fingir la locura, mientras trama premeditadamente la venganza del asesinato de su padre. No perdona la traición de su tío, ni el olvido inmediato de su madre y mucho menos la incestuosa pareja que ambos integran.

Shakespeare da un eje central a cada una de sus tragedias: en Macbeth, la ambición; en Otelo, los celos; en Romeo y Julieta, el amor; y en Hamlet, por supuesto, la duda. Regala un valioso mensaje final, de manera aleccionadora, para contribuir al mejoramiento de la esencia humana. Supo de manera genial atrapar una época y retratarla a la perfección, pero de alguna manera vislumbró los problemas que le sobrevenían a la humanidad al darle a su arte un trasfondo social y decidió alertarla cuando aún tenía solución. Concordarán entonces conmigo en que este gran autor fue un profeta.

El uso magistral del lenguaje es una de las razones que llevan a Harold Bloom a colocarlo a la altura de Dios (a Shakespeare), ya que lo maneja (el lenguaje) junto al estilo a través de códigos lingüísticos. En sus textos se juntan grandes monarcas con personajes de baja estratificación social, jugando lo cómico con lo serio y lo alto con lo bajo, a la vez que se imbrican elementos de determinado estatus con otros de la cultura popular. Utiliza las escenas paralelas para vehiculizar de algún modo la progresión y enlazar personajes y espacios. Parte de enjundiosos diálogos para así suplir la ausencia de escenografía propia del Teatro Isabelino. Como tragedia al fin, el crimen se muestra constante, así como la ruptura de las unidades aristotélicas (tiempo, espacio y acción) y la evolución -o involución, depende del punto de vista- de los personajes.

A pesar de su metafórico lenguaje todas y cada una de las palabras llegan al lector de manera cristalina. Debido a ello la aprehensión del contenido de la obra es inmediato y por lo tanto, más impactante. Una vez terminada la lectura es normal quedarse contrariado al no entender cómo es posible reír en algunos instantes de una tragedia de gran carga dramática, pero mantenga la calma, porque ese es uno de los geniales efectos que causa este autor en nuestras subjetividades.

En cambio, Miguel de Cervantes y Saavedra se encargó de crear un ideal de hombre, con excelsos valores morales y un concepto de grandeza: el quijotismo. Definición que el propio personaje de Alonso Quijano precisa al marcharse de la casa del caballero del verde Gabán:

“(…) ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos y finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida defenderla (…).”

Lo anterior evidencia claramente los platónicos propósitos de su autor, así como su fe en el crecimiento espiritual de la humanidad - y no solo de la de entonces-, pues la grandeza de esta obra le ha permitido cruzar las barreras del tiempo y el espacio para convertirse en una joya literaria clásica.

Es admirable la posición inquebrantable del personaje protagónico, ya que tanto loco como cuerdo no abandona nunca su declaración de principios caballerescos. Esta novela es expresión de nacionalidad, de identidad y el cuadro histórico “sublimado” de una sociedad que imploraba una mejoría.

En ella se conjugan de manera fluida la novela picaresca, caricaturesca, bizantina, pastoril, todo para criticar satíricamente los libros de caballería, los que retoma y - en mi opinión- son un rezago medieval. El amor cortés que regala a Aldonza Lorenzo - a quien bautiza como Dulcinea del Toboso- es una muestra del sentimiento idealizado en un hombre del renacimiento español, vive obsesionado con ella, le jura fidelidad y le dedica románticamente todos y cada uno de sus triunfos.

Se repite la evolución shakesperiana de los personajes, pues de no ser así sus roles en la historia serían sin lugar a dudas inacabados. Es notable el cambio en ellos de la primera parte (1605) a la segunda (1615), pasando por supuesto por la invectiva que desarrolla el autor como respuesta a la versión apócrifa de Avellaneda. El tiempo es lineal y todo está estructurado a partir de episodios.

La locura es un punto que necesita detenimiento en la obra cervantina, ya que no se trata del vengativo y herido Hamlet que busca justicia; sino que esta vez el desencadenante es la ingenuidad, la creencia excesiva en las aventuras de caballería, puesto que estas terminaron por trastocarle al personaje las distancias entre realidad y fantasía, invirtiendo ambas. No obstante, algo que sorprende es la reiterada justificación de su comportamiento: fama y honor. La defensa de los menesterosos es su objetivo constante en toda la novela. La representación a manera de crónica de una realidad llena de fantasía, en la que las mozas de partido son princesas y los molinos de viento agresivos gigantes, es otro de los recursos que delatan el ingenio creador de Cervantes. Es así que el paisaje original lo convierte en una geografía encantada, como lo hiciera Dante en su Divina Comedia, en la que aparecen hechiceros que controlan los sucesos del mundo.

A pesar de todo esto, es capaz de vincular elementos tan lejanos como el heroísmo, cualidad ilustre de la humanidad, y la locura, el más triste y penoso estado del hombre, pues considero que ubicar semejante crítica social en la voz de un cuerdo sería en verdad de locos, además de tornarse poco divertido. La risa tiene como objetivo disfrazar las verdades que sutilmente saca a la luz.

Hablamos del segundo libro más publicado en el mundo entero después de la Biblia, pensarán entonces que quizás su fama responde a alguna razón divina, pero no, lo único sobrenatural aquí es el genio artístico del Manco de Lepanto. Después de su revelación al mundo, no hay un país que lo desconozca, más allá de las barreras del idioma, ni una obra que no verse sobre algo que lo incluya, como dijera Ortega y Gasset: “Toda novela lleva dentro, como una íntima filigrana, el Quijote”.

Es cierto que El Quijote llenó el vacío que existía en España, dándole algo de marcado carácter nacional. El autor dialoga todo el tiempo con lo popular, basta recordar que el protagonista es un humilde hidalgo y el ¿coprotagonista? un campesino común y corriente.

Ahora viene lo paradójico: ¿cómo logró crear Cervantes una literatura magna que retratara la realidad de un sector común y corriente de la sociedad? Es un autor sencillamente genial, ya que creó una obra de ayer, hoy y siempre, entendida por todo tipo de público y capaz de seguir provocando risa y admiración a pesar de las distancias cronológicas entre su creación y nuestros días.

Los nombres de los personajes son identificados hoy como íconos, que se utilizan comúnmente en refranes populares. Los protagónicos, Sancho y El Quijote, son el ejemplo clásico de la unidad de contrarios, de los lados opuestos de la esencia humana, la antítesis de nuestra especie, lo ideal frente a lo práctico.

Existen en la obra determinados códigos que hacen que la interpretación de la novela sea múltiple, lo que no determina la aceptación por los lectores, que más allá de las sensaciones que experimentan terminan por quedar atrapados en el mundo quijotesco. Cervantes fue un adelantado a su tiempo, un genio de las letras que dejó un invaluable tesoro a la humanidad, un hombre grandioso que supo fusionar magistralmente muchos elementos nacionales y darles un carácter universal.

No cabe dudas entonces que el Renacimiento fue el primer anuncio de la llegada de un hombre moderno, el humanismo fue su bandera y el ascenso burgués su expresión económica.

Los conflictos sociales preocupaban al hombre por poner en peligro su exacerbado antropocentrismo. La ciencia se elevaba y la religión empezaba a ser cuestionada.

Dos países (Inglaterra y España), dos escritores, dos idiomas, dos mundos que se unen para ilustrar una época. Hamlet y el Quijote comparten un conflicto: la búsqueda y el desafío - de manera consciente - de su destino, siendo capaces de transformarlo a partir de sus actos. El enfrentamiento a la sociedad que les tocó vivir, con sus respectivas “venas abiertas”, sería un nexo entre estos personajes literarios, quienes al final no son más que una especie de álter ego de sus creadores, su manera de declarar su inconformidad y el propósito resuelto a transformarla.

Más allá de la ficción, estamos en presencia de genialidades artísticas, quienes después de ser leídas demuestran que ciertamente visitamos el Olimpo y bebimos de la sapiencia de dos dioses.