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La racionalidad de lo absurdo Virgilio Piñera & Anyelmaidelín Calzadilla

Por Noel Alejandro Nápoles González

Virgilio Piñera (1912-1979): dramaturgo, narrador, poeta, traductor y crítico cubano. Anyelmaidelín Calzadilla (1975…): grabadora cubana.

En esa negación estaba mi fuerza
 y también mi muerte…

 Virgilio Piñera
Jesús, Acto III, Cuadro I

En la ciudad de Cárdenas, en Matanzas, nació Virgilio Piñera Llera, el 4 de agosto de 1912. La redundancia de sus apellidos ibéricos se vio compensada, a lo largo de su vida, con la resonancia poética de su nombre latino. Virgilio de las Eras, diría yo.

En su casa, la humildad fue siempre un familiar más. De niño vivía con seis hermanos y se mudó de Matanzas a Camagüey y luego a La Habana. Sin embargo, entre 1937 y 1942, estudió la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad capitalina. El gobierno argentino le otorgó una beca, en 1946, y desde entonces hasta noviembre de 1958 pasó intermitentemente unos nueve años en la ciudad de Buenos Aires. Regresó a Cuba justo cuando la tiranía de Batista agonizaba.

Ya entonces había escrito siete obras de teatro, una novela, varios cuentos, poemas, artículos, había fundado una revista literaria y había ejercido la crítica. Entre 1959 y 1974, compuso otras dieciocho piezas de teatro. Electra Garrigó (1941), Jesús (1948), Aire frío (1959), El flaco y el gordo (1959), Dos viejos pánicos (1967) y Las escapatorias de Laura y Oscar (1973) están entre sus obras teatrales memorables. Pero sucede que más de la mitad de la obra dramática de Piñera fue desconocida para el público, al menos hasta 1989. De las siete piezas que escribió antes de 1959, sólo estrenó cuatro y de las dieciocho que concibió después, sólo pudo estrenar siete. Es decir que catorce de sus veinticinco dramas jamás llegaron a las salas de teatro. Igualmente fue autor de cuentos que merecen figurar en las mejores antologías. ¿Quién puede olvidar La caída, La carne, Las partes, La cena, En el insomnio, Cómo viví y cómo morí, El filántropo, La muerte de las aves, El otro yo, y todos los demás, hasta llegar a la cifra de casi ochenta cuentos?

Su obra es el conjuro ideal contra la violácea dilatación del olvido (Electra Garrigó, Acto II). Si clásico es el que figura en la antología del Tiempo, Virgilio Piñera, nuestro Virgilio, es uno de ellos. Virgilio de las Eras, otra vez diría yo, ahora con más razón.

Estrenada en 1950 y compuesta dos años antes, Jesús es una obra donde el Absurdo flota sobre el escenario y maneja a su antojo los hilos de los personajes. Toda la acción se desata desde el mismo Primer Acto cuando tiene lugar la conversación siguiente:

Jesús: …Y hablando de lo nuestro: ¿ha visto que la carne brilla por su ausencia?

Cliente: …La carne y todo lo demás… Además, falta la fe; ya no hay fe.

Jesús: Sí, ya no hay fe (…) Yo, por mi parte, he perdido la fe.

Cliente: Hace falta un acontecimiento.

Jesús: ¿La guerra?

Cliente: No, la guerra no. Eso no arreglaría las cosas. La guerra sólo engendra guerras.

Jesús: ¿Qué, entonces?

Cliente: Por ejemplo: la segunda llegada de Cristo a la tierra.

A partir de ese momento, al barbero Jesús García, que nada tiene de Mesías, sólo sus padres José y María, comienza a cercarlo el mito como una enredadera.

El hecho es que aunque el barbero deja bien claro desde el inicio que él no es capaz de realizar milagros, el rumor se esparce. Una madre le trae su hijito moribundo pero él no puede salvarlo, un niño le trae su perrito muerto pero él no puede resucitarlo. Es obvio que a este Jesús le queda grande el personaje, pero la gente insiste.

Poco a poco, a medida que avanza la acción los límites se borran, la razón se oscurece, la lógica se quebranta (Jesús, Acto III). El mito somete a la realidad, en vez de amoldarse a ella. La negación de este Jesús a ser reconocido como el Mesías constituye a la vez su fortaleza y su debilidad. Es su fortaleza porque, sin dudas, constituye su verdad; es su debilidad, porque no es lo que el pueblo quiere escuchar.

No hay carne para el cuerpo hambriento y enjuto, ni fe para el alma en pena y vacía; por tanto, venga el mito.

Como si estuviera recreando la paradoja de Epiménides, afirma Jesús: Los hombres sabrán por mí que no hay salvador del género humano, en otras palabras, cada hombre es Jesús o no Jesús de sí mismo. Voy a morir, porque toda creencia necesita víctimas propiciatorias. Ha llegado, pues, el momento de parodiar la frase suprema de Cristo. Y mi parodia es ésta: “Yo soy la mentira y la muerte” (Acto III, Cuadro I)

Efectivamente, este Jesús es auténtico porque él mismo se reconoce falso y es apócrifo porque la colectividad lo inviste de dones que no posee.

Tan peligrosa se vuelve la creencia que, al final del Primer Cuadro del Acto III, el Cliente le pregunta si tiene frío y él le responde: Sí, siento ya el cuchillo… Justo en este instante supremo del diálogo entre los mismos personajes que dieron inicio al drama, pudiera haber concluido la obra, y la metáfora habría ascendido hasta la cumbre del conflicto. Pero Virgilio añade un Segundo Cuadro, que recoge el diálogo entre Jesús y su asesino.

Por encima de esto está el hecho de resaltar, mediante el absurdo, un peligro de nuestros días. En este mundo gobernado por los grandes medios de comunicación, la gente se fía más en los sentidos y en la comunicación que en la práctica y la razón. El hombre contemporáneo, aun con todas las herramientas de conocimiento que tiene a su alcance, no lee, cree; no duda y comprueba, acepta. En otras épocas, como es el caso del Medioevo, también ocurrió así, sólo que ahora este fenómeno se produce a escala planetaria.

Pero no sólo el exceso de sentido conduce a la sinrazón de una sociedad fanática, también el exceso de razón puede derivar en el sinsentido de una máquina que gobierna los destinos del ser humano.

-Mi amor, se acerca un iceberg. 
-No importa, nosotros estamos arriba.

 Anyelmaidelín
Parlamento de “Titanic interactivo”

En 1975, poco antes de que muriera Virgilio Piñera, nació Anyelmaidelín Calzadilla, quien con los años devino grabadora y, entre otros temas, también se concentró en el mundo de los nadies y coqueteó con el absurdo y la sátira de la vida cotidiana.

Anyel pasó, siendo niña, un curso nocturno en la Escuela Elemental de Arte, sita en 23 y C, en el Vedado. Luego estudió en la Academia de San Alejandro, de 1992 a 1995, y a continuación cursó estudios universitarios en el Instituto Superior de Arte, de 1995 al 2000.

Cuando le pregunté por qué había escogido la especialidad de grabado en San Alejandro, me contestó que por la curiosidad de conocer las máquinas pues, durante el Primer Año, se preguntaba qué se hacía con aquellos aparatos.

<< Marineros a pie, calcografía

Eso, unido a la influencia que ejercieron sobre ella profesores como Machado y Belkis Ayón, la hizo decidirse por el arte de las prensas y los tórculos. Ya dentro del taller, se maravilló con la cantidad de cosas que podían hacerse. Por eso dice:

El grabado es un universo muy experimental. Uno es como un alquimista, que va probando con las químicas hasta que da con algo que lo sorprende.

Vista en sección de la purificadora “de laval” (sic) de limpieza automática tipo PX 309-10F, calcografía >>

Tal vez por eso siente una suerte de fascinación por las máquinas absurdas, como las de Picabia. En soluciones monocromáticas, a base de un azul acero que refuerza la frialdad del elemento artificial, Anyel somete a sus personajillos al dominio de lo técnico. En sus calcografías, la máquina no es un instrumento del hombre sino que el hombre es un siervo de la máquina. Es como si siguiésemos viviendo en Tiempos Modernos. Hay marineros que andan “a pie”, figurillas movidas arbitrariamente por una lavadora, un purgatorio de vapor que semeja un elefante metálico descomunal o una purificadora de gentes que, aunque quiera evitarlo, me recuerda un campo de concentración.

                            La puesta en marcha II, calcografía
     
Purgador de vapor, calcografía         Purificadora popular, calcografía

Una de las piezas más curiosas es su Titanic interactivo, en el que, a la manera del malogrado buque de la marina británica, hormiguea una sociedad entera con sus clases y estamentos.

<< Titanic interactivo, calcografía 

Las figurillas conversan, luchan por su existencia, aspiran a escalar, sufren, conversan, fluyen, se frustran, mientras las figuras se sienten tan seguros de su status que no advierten ni siquiera el peligro del iceberg que hundirá a la sociedad entera, digo, al barco.

El hombre propone, Dios dispone y la máquina impone.

Un tanto diferente es la serie Inventario, donde el elemento humano gana en protagonismo. Se trata de un grupo de calcos, serigrafías y collages sobre aluminio que realizó en el año 2000, después de hacer fotos en la empresa Claudio Argüelles  a la maquinaria en desuso, a los obreros trabajando y a sus expedientes laborales.

El caos de la realidad se vuelve un cosmos en la imagen artística. ¿Qué sino hicieron Rembrandt y Durero, Escher y Piranessi, Rauchenberg y Warhol, Zarza y Ángel Ramírez, que son, dicho sea de paso, los preferidos de Anyel?

    
Mixta sobre aluminio

 A diferencia de la serie sobre artefactos incomprensibles, en este caso los individuos tienen rostro y su estatura es mayor, lo que acentúa el rol humano.

 << Mixta sobre aluminio

El artista habilidoso siempre halla soporte para su obra, no importa si se trata de una servilleta, un cacharro o un pedazo de cartón.

Motor de bote salvavidas, serigrafía >>

Anyel tomó unos dibujos técnicos como pretextos para una serie de serigrafías de sabor postmoderno. Esta resemantización artística genera absurdos como un motor devenido bote de remos (Motor de bote salvavidas), una batalla naval en la que los proyectiles son seres humanos (Guerra de náufragos) o un mecanismo mágico-técnico que alimenta las mareas (Potencia las mareas mías).

       
Guerra de náufragos, serigrafía (se lanzan personas)              Potencia las mareas mías, serigrafía                                   

Tanto en los textos de Virgilio Piñera como en los grabados de Anyelmaidelín Calzadilla encontramos un cuestionamiento de lo absurda que se ha vuelto la sociedad moderna. Las relaciones humanas se han vuelto cosas que nos devoran. Y como dice Clitemnestra en el Acto Tercero de Electra Garrigó:

…Cuando los objetos se oponen a los humanos, son más feroces que los mismos humanos.

La burguesía superó el atraso medieval revitalizando la maravillosa herencia griega, pero hoy llama desarrollo a acentuar lo tecnológico y degradar lo natural, lo humano y lo espiritual. La modernidad, que nació retrocediendo hacia delante, parece que morirá avanzando hacia atrás.

Atrapados en esta paradoja, los seres humanos nos enfrentamos a una realidad absurda que, no obstante, está preñada de su contrario. Sólo que, no nos engañemos, toda obra humana pare gemelos: el que piensa en el bien de todos y el que sólo piensa en su propio bien. Aquél usa el átomo para alumbrar un país y éste lo emplea para fabricar bombas; aquél ve en el microbio la vacuna y éste, el arma bacteriológica.

Parafraseando a Karl Jung, yo diría que la humanidad que busca afuera, sueña y que la que encuentra adentro, despierta. Y ése es el verbo necesario, porque despertar es el único modo de no seguir arrodillados ante la Ignorancia.