Maspero o la alegría de leer

Por Ana María Radaelli

Me resulta difícil imaginar el Barrio Latino sin la librería de François Maspero. La Joie de Lire (La Alegría de Leer) era nuestra casa, nuestra biblioteca. Los magros estipendios de becarios no nos permitían comprar todos los libros que allí estaban al alcance de las manos, tentándonos con sus títulos subversivos, como se diría hoy. Bajábamos en tropel por Saint Michel y allí, muy cerca del Sena, en una preciosa callecita llamada Saint-Séverin, La Joie de Lire nos esperaba con noticias de Cuba: textos del Che, los últimos números de Resumen Semanal de Granma, libros de autores cubanos... En fin, era el término obligado de nuestro deambular de estudiantes, hambrientos también de información. Hoy ya no existe. Y aprovecho la visita de François Maspero a La Habana para charlar con ese viejo amigo, que nunca había conocido personalmente, para ahondar en las raíces de esa experiencia -su editora y librería- que tanto marcó a un grupo numeroso de jóvenes del Tercer Mundo que, por una u otra razón, estudiábamos en París.

De entrada comprendo que el tema no resulta muy agradable para este hombre alto, canoso, de mirada triste y tierna que esconde bajo gruesos espejuelos. Es más, parece dolerse profundamente hablar de lo que fue su razón de ser durante veinte años. Sin embargo, conviene conmigo en que La Joie de Lire nació de criterios poco comunes en el ámbito editorial:

—Me hice librero en 1957 y editor en 1959 y concebí la creación de una librería en el marco de una tradición muy vieja en Francia, que se resume en la sencilla fórmula de José Martí: "Ser cultos para ser Libres". Es decir, de esa creencia de que cuanto más se lee, más se aprende, y que por la lectura pasa el aprendizaje de todo cuanto puede cambiar el estado de cosas en la sociedad.

—¿Existía una tradición en su familia?

—La tradición familiar es doble, si se quiere. Pero lo que me interesa de mi tradición familiar es que mi padre y mi hermano murieron a manos de los nazis, a quienes combatían. Y eso cuenta. La otra tradición es de la que hablábamos antes, la de un país, el mío, en el que el acto de leer tiene raíces muy profundas, tanto en la burguesía como en el proletariado. Y hay algo interesante: en muchos países, gente que ha tenido un papel destacado en el movimiento obrero ha estado, de una forma u otra, ligada a la imprenta, a la edición, ya sea como correctores de pruebas, ya como simples obreros tipográficos. Gente que daba una importancia extraordinaria al libro, no como objeto de consumo, no como adorno, sino como algo que puede ayudar a transformar el mundo. Y fue retomando esa tradición como concebí mi librería.

—... En plena guerra de Argelia...

—Sí, en momentos particularmente difíciles. Éramos jóvenes y, como la inmensa mayoría de los jóvenes, estábamos en contra de la intervención francesa en Argelia. Pensábamos que el conflicto debía y podía resolverse de otra manera y no con una guerra que dejó la friolera de un millón de muertos.Y me lancé con mi librería a la lucha contra esa guerra, convencido de que estaba haciendo un trabajo político y útil, y útil también en el plano literario y cultural.

—Sé que le molesta hablar de la importancia que pudo haber tenido La Joie de Lire, pero hoy, a tantos años de distancia, ¿cómo ve François Maspero el fruto de su propia obra?

—En un principio, La Joie de Lire estaba destinada a un público francés, por lo que hablábamos antes, esto es, la guerra de Argelia. Por otra parte, se trataba de un lugar abierto a horas poco usuales -cerraba de medianoche- y siempre la concebí como una librería-biblioteca que ofreciera a la gente la posibilidad de hojear o comprar un amplio abanico de libros de todo tipo. No olvide que Francia era un país relativamente cerrado desde el punto de vista cultural, convencido de su superioridad mundial en materia de cultura. Y había que darle un vuelco a esa situación. La guerra de Indochina y luego la guerra de Argelia permitían hacerlo: abrir la librería a todas las corrientes políticas y literarias del Extremo Oriente y América Latina, pero también de África, desde luego, cuyas culturas, prácticamente, se desconocían en Francia.

—No le habrán faltado enemigos...

—No. Ya cuando la guerra de Argelia comenzaron las bombas, las multas, los juicios. Después las cosas se calmaron, hasta que todo volvió a empezar después del 68, cuando yo era el único editor en Francia que difundía la Tricontinental. De nuevo bombas, montañas de multas, juicios, en fin, todo lo que llevó a que ya en 1974 la librería estuviera a punto de derrumbarse. Y llegó un día en que tuve que cerrar. Pero, aunque parezca inmodesto, sí pienso que tuvo su importancia en una época y para una generación: África se abría a la independencia, en América Latina se luchaba, la Revolución Cubana era un hecho consumado.

—¿Cómo pudo mantenerse económicamente tanto tiempo a pesar de los numerosos procesos y atentados?

—Mi librería era útil y, a pesar de constituir un fenómeno minoritario, fue punto de referencia. No pocos quisieron imitarme... Mas, es verdad, tuve más enemigos que amigos, de todas partes, y naturalmente a la derecha le molestaba mucho mi librería. Pero es que a nosotros nos guiaban preocupaciones políticas que no soslayaban el lado económico del asunto, naturalmente, aunque nuestra intención no era hacernos ricos... Teníamos, y es difícil concebir esto, salarios de maestros de escuela. Lo que se ganaba se reinvertía rápidamente en la publicación de nuevos y nuevos textos. Creo que supimos ser muy profesionales, muy eficientes, y así pudimos capear temporales hasta después de 1968. Ya ahí las cosas tomaron otro cariz.

—¿Por qué?

—Bueno, eso sería materia para una conversación mucho más larga, pero no hay que olvidar que en el movimiento del 68 hubo de todo: lo mejor, dentro del movimiento obrero; lo peor, en el estudiantil. Muchos de los jóvenes "revolucionarios" de entonces ocupan hoy altos cargos en los gabinetes ministeriales. En esa época querían hacer tabla rasa de la sociedad y había que hacer volar en pedazos las instituciones. Como no podían hacerlo con la Sorbona, por ejemplo, pero sí con la librería... pues, ¡abajo la librería! Unos me acusaban de recibir dinero de la Revolución Cubana, otros de enriquecerme a costa de la revolución, vendiendo cualquier cosa, y ese cualquier cosa era justamente lo que a ellos no les convenía, naturalmente. Fue el principio del fin, como ya le dije antes. Tuve que pagar montañas de multas, prohibieron la Tricontinental, estuve sometido a juicio... En fin, un día -fue por 1975- todo se terminó. Hoy existe una galería de arte donde estaba La Joie de Lire...

Se ha quedado sombrío y pensativo. Siento haber removido viejos dolores, pero me mira como sabiendo lo que estoy pensando, y con sonrisa casi jovial me dice:

—Pero el hecho de que haya durado veinte años es todo un éxito. Y me mantuve como editor hasta 1982. Hice cosas formidables. Dos colecciones, por ejemplo, de las que me siento muy contento. Una que llamé La Memoria del Pueblo y que recogía las memorias de gente del mundo entero: las de un esclavo norteamericano, las de una mujer de Sicilia, las de Garibaldi, las de un soldado de la guerra del 14, las de militantes del movimiento obrero francés... Cosas formidables, realmente. La otra colección la llamé Los Descubrimientos, con textos asombrosos de Cristóbal Colón, del Inca Garcilaso, de turcos que llegaron a Francia en el siglo XVII... ¿Ve usted? El reverso de la moneda, el descubrimiento de unos por otros, los choques de las culturas y la compenetración de esas culturas. Era una bellísima colección que se vendía bien, pero después dejé todo. Todo. Estaba harto ya de discutir sobre los nuevos conceptos de "eficiencia económica"; estaba cansado de batirme y debatirme en el marasmo de los juicios y las multas durante treinta años... Me sentía cansado y me encontré, a los cincuenta años, como cualquier francés de cincuenta años, es decir, ante una situación muy poco halagüeña: la de que no me sería muy fácil encontrar trabajo.

—Tengo entendido que fue entonces cuando nació François Maspero novelista...

—Efectivamente. No tenía un centavo, pero tenía un nombre. Y tuve la suerte inaudita de que un editor me propusiera escribir un libro. El, como todo el mundo, pensó que escribiría mis memorias. Y no fue así: Le sourire du chat (La sonrisa del gato) es una novela que puede o no tener partes autobiográficas, pero que considero ante todo una obra de ficción. Es la historia de un niño en la Francia de los años 44 y 45.

—¿Qué pretendía con ese primer libro?

—Traté de encontrar qué era lo que podía inducir a la gente en Francia, en aquella época, a unirse, a cerrar filas para luchar por algo que se llama simplemente libertad, concepto que debe pasar, primero, por algo que se llama luchar por su país, cosa que en Cuba se conoce muy bien. Porque la dichosa palabra libertad se ha disuelto en Francia, vaciada de su significado. Y traté de averiguar por qué se peleó en el 44, qué se defendía, qué se conquistó, qué se conservó, qué se perdió...

—Está satisfecho del libro? ¿Qué acogida tuvo?

—Satisfecho no, pero contento de haberío hecho, sí, después de haberme pasado la vida publicando los libros de los demás... En Francia tuvo buena acogida, y eso me dio impulso para lanzarme a escribir una segunda novela. Le figuier (La higuera), que tuvo mucho menos éxito. Abarca un período más amplio -del 57 al 66-67- y ahí sí puse parte de mis experiencias. La historia comienza en París y termina en América Latina, en un país imaginario que llamé Nueva Córdoba en homenaje a Alejo Carpentier.

—¿Conoce las razones por las cuales no tuvo el mismo éxito que el primero?

—Creo saberlo. Es que el libro aborda una temática política muy definida. Una de las críticas que me hicieron fue que en 1988 ya no se podía escribir en Francia una novela "latinoamericana"... Otro crítico dijo, no como un reproche, que en mi novela había demasiada ternura. En Francia hoy se hace el elogio de la ternura, pero en la realidad las relaciones son tan, pero tan duras, que es lógico que resulten "incompatibles" la política y la ternura...

De nuevo el silencio, un Maspero sombrío que habla en un susurro, algunas veces con cara de pocos amigos y otras en las que relampaguea una chispa de fina ironía, de rabia contenida o de dolor, como cuando le hablo de la publicación del Diario del Che.

-Mire, entre 1965 y 1968 me ocupé bastante poco de mi editorial. Estaba yo muy comprometido con la proyección internacional de la Revolución Cubana, con los que luchaban en América Latina al lado del Che. Había publicado El socialismo y el hombre en Cuba, Crear dos, tres Viet Nam, y había viajado a Cuba varias veces para dar forma a la publicación que, de una u otra manera, debía apoyar la lucha del Che. Me refiero a la revista Tricontinental. Estuve dos veces en Bolivia; en una de ellas caí preso. Bueno, lo que quiero decir es que lo importante para mí, como editor, como persona, fue haber compilado y publicado los textos teóricos del Che, su pensamiento económico -que adquiere hoy nuevos matices-, sus discursos, sus artículos... Una vez recibí un telegrama de él -corría el año 1964-, pues quería saber cómo marchaba la traducción de sus textos, quién la estaba haciendo... Eso es lo que cuenta. En cuanto al Diario... era, ¿cómo decirlo? un último homenaje.

Sé que ha venido a Cuba por un libro ¡siempre los libros!- este eterno cazador de textos bellos. Y le pido que me hable de Las iniciales de la tierra, de Jesús Díaz.

—Descubrí el libro en España y su lectura me conmovió tanto, que sentí una terrible nostalgia y decidí venir a Cuba. Y aquí estoy para concretar los detalles de su próxima publicación en Francia.

—¿Qué fue lo que lo conmovió de ese libro de Jesús Díaz?

—Primero que todo, es el libro de mi generación. En cierta forma, puesto que yo no viví toda esa etapa. Lo leí y me gustó muchísimo, pues plantea todos los problemas que entraña una revolución, algo como lo que yo pretendí hacer en mis dos libros: dar un sentido a la palabra libertad, a la lucha por la libertad, algo tan sencillo como eso. Y además me gustó enormemente Las iniciales de la tierra porque lo considero un libro importante desde el punto de vista formal, es decir, de la escritura. Pienso que se inscribe en la mejor tradición de la novela latinoamericana en la medida en que es heredera directa de la obra de Alejo Carpentier y Lezama Lima al mismo tiempo, en una formidable simbiosis. Ese es mi punto de vista... Hay que ahondar en los personajes para ver esto. Jesús tiene en verdad mucho talento, pero para mí el valor del libro reside en lo que plantea a propósito de la Revolución, la verdad de la Revolución, y todo eso se inscribe, sí, en la tierra, con sangre, como las iniciales que se graban en la piel y que hacen sangrar.Puedo decirle que en los dos últimos años he leído dos grandes libros. Uno de ellos es Las iniciales de la tierra. Por eso estoy de nuevo en Cuba, tras una larga ausencia.

—Por todo lo que hemos hablado, ¿cree usted que tendrá tanto éxito como en España?

—Difícil de predecir. Quizás lo encuentren demasiado político. Los tiempos han cambiado; hay incluso gente que era de izquierda y ahora se arrepiente de haberse "embarcado" en la lucha contra la guerra de Viet Nam o en favor de Cuba. Existe una palabra, "tercermundismo", que contiene una carga muy peyorativa y que implica una condena a ese movimiento que hubo en la década del sesenta en favor del Tercer Mundo. Tal parece que "se le dio una importancia que no tenía", que fue "una especie de mesianismo fuera de lugar"... Pero es justamente porque la gente no quiere ver los problemas de una revolución, sus avances y retrocesos, sus éxitos y fracasos, todo lo que tiene de trágico una revolución, de desgarrador. Y eso está bellamente dicho y explicado en Las iniciales de la tierra, un libro, pienso, que marca un hito en la cultura cubana, en la que, sin duda, está ocurriendo un proceso renovador que encuentro estupendo.

Miramos al unísono el reloj. Me había dicho que tendríamos muy poco tiempo para conversar y, sin quererlo, llevamos casi dos horas hablando. Me siento agradecida, pero no se lo digo. Él sabe que juntos hemos vuelto a encontrarnos en La Joie de Lire, calle de Saint-Séverin, bajo un cielo gris, aunque por la ventana entra a raudales un sol increíble. Le doy un abrazo por mí y por todos los que pudimos disfrutar de esa maravillosa aventura en la que puso tanto amor y talento y gracias a la cual conocimos lo mejor de éste, nuestro Tercer Mundo.

 

Tomado de Revolución y Cultura, La Habana, no. 2, febrero, 1989. Pág. 44-47.