El arte para mí fue un reto: Elvira Cervera

Por Tomás Fernández Robaina

El arte para mí fue un reto, de la actriz y doctora en pedagogía Elvira Cervera es una obra de cerca de doscientas páginas, (Ediciones Unión, 2004) con un muy manuable diseño de Gypsi Duque Estrada que presenta cuatro fotos de la autora en la cubierta en diferentes momentos de su vida.

Dicho empeño está dedicado a su padre, el sembrador en ella del gusto por la literatura, de la conveniencia de estudiar, de la importancia de adquirir una carrera, de convertirse en profesionales; nada fácil en la sociedad de entonces para los integrantes de la clase trabajadora y de los sectores sociales populares y marginales de nuestra sociedad; también se lo dedica a los alfabetizadores, recogedores de café, sembradores de pangola, actores o espectadores inconsecuentemente ausentes de casi toda producción cinematográfica que no fuera el negrometraje.

Tiene muy presente en su dedicatoria: Al joven actor negro del siglo XXI.

 Las referencias no apuntan de forma clara el asunto principal que aborda en su texto, pero cuando se lee el exergo, constituido por uno de los pensamientos martianos más importantes, nos damos cuenta que las páginas siguientes reflejarán la larga trayectoria y lucha de la actriz contra la discriminación consciente o no, pero objetivamente tangible de la mujer y del hombre negro en la radio, la televisión y el cine.

¿Es realmente un testimonio de toda su vida? No. Ella cuenta su niñez, su adolescencia, de forma panorámica. Esa peculiaridad ocasiona que nos quedemos con el deseo de saber más de lo que ella nos relata de ese período, así como de su vida más íntima en el seno de su familia, en su vida estudiantil, en su vida matrimonial, en la relación con su hija. Puede parecer pueril esta observación, pero la gran mayoría del público siempre está ávida de saber los detalles, tanto del quehacer intelectual, como del familiar de las figuras relevantes de nuestros medios culturales, científicos, artísticos, deportivos e históricos. Por supuesto, está bien claro que ese no era el propósito de Elvira Cervera. Ella toma su vida como objeto de la narración, como un pretexto, para denunciar y mostrar los efectos, inmediatos y mediatos antes y después de 1959, de la discriminación contra el negro en nuestros medios masivos de comunicación. Por eso señala:

“Yo no he desmayado. Han sido cincuenta y nueve años de ardua y tesonera lucha, pero de infructuosos resultados. Mis protestas en entrevistas, mis cartas, mis cuestionamientos en reuniones y asambleas han sido como el grito de Agar en el desierto. Se me han endilgado numerosos y variados sambenitos. Ninguna de mis proposiciones ha tenido éxito. Simplemente han sido ignoradas. Pero sigo luchando”.

Justamente en esa selección de la parte de su vida entroncada con ese fenómeno radica el mérito fundamental de su escritura. No dudo que habrá voces que señalarán un tono exagerado y la existencia de un cierto resentimiento que puede lastrar la objetividad de su testimonio. No podemos pasar por alto, el hecho objetivo de que la narradora conoció en carne propia ese flagelo, y no una vez, sino como ella bien dice, durante toda su vida. Por lo tanto, por mucho que ella hubiera deseado que la razón dominara su mente, la triste experiencia acumulada, la hizo escribir también con el sentimiento, pero no con rabia ni con odio, pero si llamando a hurgar, a avizorar el fenómeno que ella ha estado denunciando. De modo muy preciso afirma, recordando el inicio de su vida artística:

“Que yo no haya despegado al ritmo de los demás aficionados, la mayoría iniciados posteriormente y que la abrupta comercialización del medio me haya ignorado a los efectos de contratarme con el consiguiente tratamiento publicitario que las empresas prodigaban a sus figuras (fotos en la portada de las revistas, entrevistas en publicaciones relevantes, aparición en sectores de corte popular), constituye un valiosísimo material para sociólogos, demógrafos, psicólogos y todos los interesados en estudiar manifestaciones del agresivo arraigo del racismo en nuestro país”.

 Ese es el mérito principal de su testimonio, escrito desde posiciones muy dignas, revolucionarias, y por lo tanto, muy coherentes y acordes con el proceso social, político e histórico que vivimos en nuestro país.

Cervera, ha puesto no un simple granito de arena para arremeter con más verticalidad contra las reminiscencias de los prejuicios racistas y discriminatorios que todavía sobreviven de manera inconscientes en no pocos de nosotros. Debemos tomar tal hecho, y comenzar la batalla de modo individual en cada uno de nosotros, y dar, en primer lugar, el salto cualitativo personal, de este modo llegaremos al segundo momento, cuando cuantitativamente cada día seamos más los que hayamos desterrado en buena medida esas abominables costumbres.Sé que el criterio expresado, podrá parecer ingenuo, para algunos de los presentes pero me aprecio de creer en el mejoramiento de nosotros, como seres humanos, y por lo tanto, estoy firmemente convencido de nuestra posibilidad consciente para abandonar todo lo negativo que como consecuencia de múltiples razones se han enraizados en nosotros. Si de manera lamentable, algunos fuéramos portadores de tales prejuicios de otro modo, es el momento para que si no todos, al menos algunos comencemos a reflexionar de forma profunda y nos percatemos del grave error en el que hemos estado.

El testimonio de Cervera nos convoca a ese batallar de toda su vida en pos de superar la nefasta herencia de la discriminación contra el negro; nacida ésta en la colonia y cultivada innoblemente durante la república burguesa; aparentemente abolida, en los primeros años posteriores a la caída del batistato, pero que más bien se solapó, motivada también por otros factores, como la abierta posición de la Revolución contra el racismo, esperanza y acicate principal, que ha hecho seguir fiel en sus postulados a esta heredera de Mariana Grajales. Por eso concluye, en uno de sus documentos en donde ha planteado su preocupación:

“No hermano, no es una fijación mental. Es el cumplimiento de una cálida y emotiva promesa hecha a una desgarbada negrita de 15 años, que hace 56 irrumpió en la vida artística cubana con la anuencia de casi nadie para sentir desolada que la vida se había olvidado de incluirla en su agenda. Por ella va este nuevo esfuerzo, por ella y para todas cuantas nazcan en este país de promisión, patria de José Martí.Los hombres de buena voluntad apoyan a Mandela, reciben amablemente a Harry Belafonte y rugen sinceramente airados ante cualquier manifestación de discriminación racial en Estados Unidos.

Contra ese mal, entre nosotros, muchos blancos y negros combatieron de forma decisiva en los períodos que les tocó como José Martí, Antonio Maceo, Juan Gualberto Gómez, Salvador García Agüero, Juan René Betancourt, Teodoro Díaz Fabelo y Walterio Carbonell.

A ese conjunto se ha sumado, por derecho propio, Cervera. Para los que estamos vinculados con la problemática racial, desde el punto de vista histórico y / o social, nos era conocido su combatir paradigmático; a partir de este momento, su batallar será compartido de inmediato por más personas del presente, pero también por las del futuro cuando ellas se acerquen a las obras donde puedan conocer y valorar la dinámica historia de nuestro pueblo, de nuestra isla en su lucha por el disfrute pleno de los derechos del negro. Esa es la utilidad y función a corto y a largo plazo de su aporte testimonial, huella irrefutable de sus acciones, de su accionar inclaudicable con una peculiaridad extraordinaria, que es necesario subrayar como la de Walterio Carbonell, su confianza plena que solo en nuestra isla, en virtud de la Revolución cubana, puede comenzarse a combatir de modo realmente objetivo la discriminación racial para que ese mal disminuya poco a poco durante el largo proceso que tendrá como logro final su desaparición. Por eso argumenta:

Que el planteamiento y análisis de esta cuestión pertenece a lo que José Martí, autor intelectual del Asalto al Cuartel Moncada, denominó Racismo justo y que es: El derecho del negro a mantener y probar que su color no le priva de ninguna de las capacidades y derechos de la especie humana.

No cabe duda que uno de los aciertos de su contribución es haber enarbolado uno de los pensamientos martianos más importantes y menos citado. Tal vez, por haberlo expresado en el mismo texto donde habla que cubano es más que blanco, más que negro, más que mulato; la apropiación casi de modo popular de este último, en la difusión del ideario martiano hizo pasar por alto el referido a que si se le calificaba de racista por decir que el negro en nada era inferior al blanco, no temía, decía Martí, que lo tildaran de racista porque era portador de un racismo justo.

Por lo tanto, El arte para mí fue un reto es una obra que nos enseña que no debemos cansarnos, que mientras tengamos fuerza debemos continuar en la lucha por lo que consideramos justo y patriótico.

La documentación que incluye en el anexo, corrobora de forma ejemplar su confianza en la sociedad en la cual vive, lucha y expone sus criterios con una finalidad altamente constructiva: hacer realidad la Patria con todos y para el bien de todos. Por eso sus propuestas, proyectos, quejas, han estado dirigidos a las instancias superiores de las instituciones vinculadas con el medio cultural.

En su texto, y en su actitud está implícita la tenacidad y perseverancia de sus ideas. Ella nos dice desde siempre: Nunca es tarde para hallar soluciones y comenzar a combatir de forma más objetiva las secuelas que debemos extirpar de raíces, pero que no podremos eliminarlas solo con palabras sino después de un largo proceso cuyos resultados primarios incentiven los siguientes, y así sucesivamente hasta hacer realidad esa sociedad por la cual trabajamos de forma más decidida desde 1959.

Aplaudamos, pues, la llegada de su testimonio que contribuirá a conocernos y a fortalecernos ideológicamente teniendo en cuenta la enseñanza de Martí.