Del silencio, la muerte y la ceguera

Por Frank David Frías

Una vez que terminé de leer el más reciente libro del escritor habanero Maykel Paneque recordé -lo tuve presente en realidad durante la lectura- algo que el propio autor me dijo en la calle hace un tiempo: “Ahora me lo tomo con calma (escribir), pienso mejor mi trabajo, en lugar de publicar cuanto escribo”. Y es evidente en su novela corta El sueño en alguna parte, publicada por Ediciones Loynaz. A esta, como a otros libros de nuestra actualidad, vale la pena echarle un vistazo por dos razones fundamentales: hay una generación talentosa que maduró y ya lejos los talleres y los experimentos podemos medirlos con la vara con que se mide a escritores serios. La otra razón es que es en la literatura donde se encuentran hoy las más interesantes historias de nuestros creadores.

Ni el teatro, mucho menos el cine, presentan la creatividad, diversidad o calidad y es que, para colmo, no se apoyan como el resto del mundo en su literatura.

El sueño en alguna parte, como bien dice en la breve nota de contracubierta, una reflexión acerca de las causas y sus resultados. Esa distancia entre el hecho y sus consecuencias, tan compleja casi siempre. Es la misma que establece el autor, trama mediante, con su lector. No hay un curso fácil, exige atención y nos pone a prueba. Es contada desde diversos narradores y puntos de vista, de una manera parecida a la obra En el bosque, del escritor japonés Ryonosuke Akutagawa. A pesar de su complejidad, nacida desde la angustia de sus protagonistas y el manejo de las múltiples sicologías, no es un texto indescifrable.

Paneque sabe complejizar sin oscurecer. Me resulta interesante encontrar un argumento que empieza bien arriba y continúa su ascenso hasta las escenas finales donde, si el lector no ha quedado algo incómodo a lo largo del camino, estoy convencido que lo estará. No hay muchas oportunidades para respirar, y aun así la obra nos muestra una meseta hermosa sin desprenderse de su pacto siniestro en capítulos como Dulce y lejana es la nieve, aquí el lenguaje se impone a los acontecimientos y a menos que el lector sea una piedra, uno no puede más que notar la belleza de las líneas: “He regresado. He vuelto a leer el poema recortado en una revista. Habla del silencio, la muerte y la ceguera. Habla de una valla alta, interminable, de un muro siniestro invisible, de un cementerio y del dolor. Específicamente de un pozo donde hay mucha agua y bastante dolor. Habla del vacío, los gritos y cuerpos semidesnudos huyendo de la codicia. Habla de antiguas fotos, niños huérfanos y el rencor.”

Otro elemento interesante es el manejo de la homosexualidad dentro del libro. Un tema hoy casi obligatorio en el arte cubano. Sin embargo, es la mirada personal del artista lo que marca una diferencia. Los temas nunca pasan, contrario a lo que muchos creen, sino las formas.

Paneque muestra otra mirada no solo a la homosexualidad sino también a diferentes ramas del delito como los son el suicidio, la violación y el homicidio. También hay una mirada interesante puesta en el largo destino de las víctimas, que no termina con la otra noticia o el nuevo amanecer, más bien se extiende en silencio más allá de la sociedad misma.

La obra juega a embarcarnos en un Titanic sin botes salvavidas, y me llevó a pensar en múltiples situaciones donde un ser humano queda expuesto a un odio ancestral,  a un monstruo que no tiene rostro y puede venir cualquier noche, cualquier día y hacernos pagar el precio de su miseria. Las malas decisiones que un hombre tome hoy o tomen sobre él pueden llegar a cambiar el juego más adelante implicando a personas que nada tuvieron que ver con el pasado.

Los hijos de un hombre planean asesinarlo, pretenden asarlo como a un cerdo. Ante semejante comienzo uno es arrastrado a un mundillo catastrófico donde al final es improbable la posibilidad de que dos o más personas que establezcamos juicios estemos de acuerdo en cuestiones morales manejadas por el autor, o por los protagonistas.

Es ese tipo de libros que puede dejarnos llenos de preguntas, y quizá poco recomendable para quienes hayan sufrido de maltrato infantil. Son tan marcados los abusos a los pequeños en la obra que me hizo recordar por momentos una novela tan gráfica y dura como lo es El señor de las moscas, de William Golding, salvo que, en El sueño en alguna parte, la inocencia se perdió para siempre, el daño es irreparable y por desgracia estamos ante la vida misma, con episodios extendidos y más cotidianos de lo que aparentan.

El autor ha logrado usar el famoso espejo que debe pasar el escritor a lo largo del camino, como nos sugiriera Sthendal.

No es necesario un premio para identificar este libro. Se defiende por sí solo, como debe ser. Se puede hablar de su buena construcción, de su llamado de alerta y de la sinceridad con que está narrado. Insisto, no hay aquí la necesidad que impera desde hace algunos años, de valorarla desde un galardón.

Es recomendable por su capacidad de entretener, y hacernos reflexionar acerca de asuntos oscuros que no dejan de ser parte de un mundo donde no bastan tus buenas o malas decisiones, las del resto de las personas que nos rodean o no, pueden ser determinantes.