Palabras en el homenaje póstumo a Enrique López Mesa

Por Marlene Vázquez Pérez

En algunos pueblos africanos afirman que cuando un anciano muere, es como si se quemara una biblioteca. Hace unos pocos días oí a alguien proferir ese aserto en un programa de televisión, e inmediatamente pensé en Enrique López Mesa. Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, sabemos de su erudición pasmosa y su culto a los libros. En él se aunaban, a la vez, dos rasgos del carácter, que llevan a pensar, involuntariamente, en Jorge Luis Borges: la sapiencia infinita del personaje de Funes, el memorioso, y el concepto utópico de felicidad que defendía el autor argentino, al concebir el mundo como una especie de inmensa biblioteca. Hace unos pocos días, -repito-, cuando escuchaba lo que ya dije, y recordaba por asociación  a quien despedimos hoy, al entrañable amigo Enrique, no podía suponer que ya lo había visto, sin saberlo, por última vez y que me vería en la encrucijada de hablar de él en este momento difícil. No me imaginaba que ese rato vespertino de charla y risas era su adiós. Creo que él tampoco podía sospecharlo. Nos despedimos con un “hasta mañana”, que  ahora se ha convertido en “hasta siempre.”

La certeza de su muerte física nos ha golpeado duramente a todos los aquí reunidos y a muchos otros, que por imperativos de distancia no han podido acompañarnos hoy. Sin embargo, luego del dolor inicial, y sabedora de que Enrique era enemigo de la pompa, la retórica hueca y el duelo exagerados, y que concebía el cese de la existencia como un hecho natural, prefiero pensar, con él y con Martí, que “la muerte es una forma oculta de la vida.” No le decimos adiós a quien ha marcado nuestra existencia de manera indeleble. Nos acompañará siempre, y acudiremos a su magisterio, atesorado con amor y gratitud,  en cada nueva asechanza de la vida o del trabajo cotidiano. 

Detrás de esa apariencia huraña, había un hombre generoso hasta lo increíble, sobre todo en el plano intelectual. Era capaz de compartir información valiosa, consejos, experiencias, con cualquiera que precisara de su ayuda, y todo ello con absoluto desinterés y honestidad. Leía trabajos de amigos y colegas y los revisaba minuciosamente, con responsabilidad y rigor.  No son pocos los libros publicados en los últimos años sobre temas muy diversos de la historia y  la cultura en Cuba en que aparece la gratitud de sus autores hacia Enrique López Mesa. Mente brillante, trabajador incansable, tenía siempre a flor de labios una frase que sintetizaba mejor que ninguna otra su consagración al trabajo:  “-Yo tengo más proyectos que vida…”

Muchas veces, sabiendo él  que para mí trasladarme a la Biblioteca nacional para buscar alguna información específica, o copiar algún documento en particular, constituía un esfuerzo extra por razones de lejanía, me decía, -“Dame acá, dime lo que te hace falta que yo te lo busco… Recuerda que yo soy medio básico de la Biblioteca Nacional…” Y a los pocos días ya estaba en mis manos la localización y hasta la imagen digital del documento. Y me consta que esto no era solo conmigo, sucedía también con otros compañeros.

Y ese mismo individuo de intelecto enciclopédico  era dueño de un agudo y muy especial sentido del humor. Era capaz de disfrutar de la anécdota sabrosa del gracejo popular, y contarla él mismo a sus amigos de confianza con la llaneza del cubano rellollo, pero siempre con finura y sin sombra de grosería. Tenía una mirada muy certera para captar el lado ridículo del comportamiento humano, y lo develaba con una maestría única, que podía conducir a quien lo escuchase de la sonrisa a la carcajada.  

Durante años disfruté de su invitación habitual a tomar café en los alrededores del Centro, y esos ratos se convirtieron para mí en momentos especiales de mi existencia. Conversador incansable, peripatético por antonomasia, caminar junto a él  por las calles de La Habana era una lección de historia, que además tenía el encanto de no parecerlo, porque en el fluir de la conversación afloraban datos de tal o cual casa, nombres de dueños, de arquitectos, hechos notables ocurridos en el lugar, embellecidos luego por el imaginario popular, con la mayor naturalidad del mundo. Muchas veces caminábamos hasta Línea y 6, no solo evitando el abominable café de Línea y 4, sino porque esta cafetería se encuentra frente a la casa en que vivió su ilustre tocayo Enrique José Varona.

Sin duda alguna, la partida de Enrique deja un vacío irremplazable en la cultura cubana contemporánea, pues se nos va un cinéfilo consuetudinario, asiduo de los ciclos de la Cinemateca de Cuba y del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano y de los espacios televisivos de buen cine. -“Voy  a una cita con Ava Gadner”, o Ingrid Bergman, o Bette Davis, o Sofia Loren, según fuera el caso, solía decirme  con picardía, cuando salía del CEM a media tarde para irse a la Cinemateca. Sin embargo, su actriz favorita no era ninguna de esas grandes divas: era esa niña ingenua, grácil  y precoz llamada Shirley Temple. 

Perdemos a un melómano, dueño de una enorme colección de discos, que incluye tanto lo clásico como lo popular. Ella arranca en copias muy antiguas, con el sello de Panart y llega hasta fechas muy cercanas. Conocedor de la trova tradicional como pocos, devoto de Sindo Garay, Miguel Matamoros, Manuel Corona, pero también del cancionero internacional, fundamentalmente latinoamericano.

Lector voraz,  no solo de textos de historia, filosofía, psicología, y hasta de aviación, sino de las grandes obras literarias de todos los tiempos. Admirador de Hemingway, Martí, Darío, Unamuno, Gabriela Mistral, Neruda, Vicuña McKenna, Alfonso Reyes, o de ese enorme poeta cubano, trunco en plena juventud, llamado Rubén Martínez Villena, entre otros muchos autores. Investigador martiano de gran rigor, pero también de otros asuntos tan distantes entre sí como la emigración cubana y latinoamericana asentada en los Estados Unidos en el siglo XIX, la cultura cubana en el siglo XVIII o  aspectos desconocidos del cultivo del tabaco en la Isla, por solo mencionar algunos.

Eterno inconforme con lo que escribía, editor él  mismo en otros momentos de su vida, concibió y público durante años la revista Santiago, importante reservorio de los estudios culturales cubanos.

¿Qué no habré aprendido de Enrique en estos dieciocho años de amistad sincera e intercambio académico? Y digo sincera, no idílica, porque también tuvimos algunas broncas e igual número de  reconciliaciones. Ellas no me impiden seguir diciendo hoy, como solía decirle entre bromas y veras,  que tengo tres Enriques en mi vida: mi marido, mi hijo mayor y Enrique López.

Ante la certeza arrasadora de la pérdida, hago el compromiso moral de continuar proyectos comunes, y de ayudar en todo lo que esté a mi alcance para que se publiquen sus valiosos textos inéditos y obras inconclusas. Pido luz y paz para su alma, y digo, con la convicción dolorosa de Alberto Cortez, otro de sus predilectos: “Cuando un amigo se va //queda un espacio vacío //que no lo puede llenar //la llegada de otro amigo//…”