Monserrat Roig en la hora del amanecer

Por Angel Rivero
Fotos: Grandal

Montserrat Roig es una catalana irrepetible. Desenvuelta, con una audacia verbal que invita al diálogo, aun cuando esté presionada por el tiempo.

Un buen día descubrió que su camino estaba en la literatura y, desde entonces, dedica todas sus energías a escribir. Por eso los críticos la consideran como uno de los valores más importantes de la novelística catalana de la posguerra.

Aunque muy joven (nació en Barcelona en 1946), ya tiene en su haber dos premios importantes: Víctor Catalá en 1970 y el Sant Jordi de novela en 1976. Sin embargo, el éxito mayor lo han tenido sus novelas Tiempo de cerezas, escrita a pocos meses de la muerte de Franco, catalogada por los especialistas como la novela del desarraigo y el retorno, enmarcada en la melancolía de una Barcelona que lentamente se despereza del largo agobio de la dictadura. La hora violeta, que Montserrat encuentra tanto en el crepúsculo como al amanecer, es el retrato de una generación que no acaba de encontrar su lugar en una sociedad llena de contradicciones,

Sin preámbulos ni protocolos se produjo este encuentro que devino en inevitable conversación.

—¿Cómo llega a la literatura?

—Fue muy inconsciente, quizá en un momento dado de mi vida, por circunstancias personales y laborales decidí escribir. Eso significaba ganarme la vida y tenía que comer. Para mí el único canal era a través de la literatura. No quiero decir con esto que escribo para vivir y para comer, pero no deseo separar mi gusto -escribir- de mi propia vida, pues para mi forman una misma cosa. Por eso no puedo perder energías en otras labores.

Ocurrió en un momento dado, cuando trabajaba en una editorial y el dueño nos echó a todos a la calle. Tenía, entonces, veintitrés años. A partir de esta situación me planteé qué iba a ser mi vida. No tenía ningún interés en volver a otra editorial a encerrarme allí, haciendo fichitas, sin ningún interés. Entonces determiné dedicarme a la literatura.

—¿Cómo fue su despegue, comenzó directamente por la novela?

—No, empecé por la narración breve, mientras estudiaba en la universidad. Dedicaba muchas horas a observar a la gente, me iba al bar o a pasear por los jardines de Barcelona e iba haciendo muchos apuntes, esbozos. Empezaba a trabajar por mi cuenta; tenía mucha inseguridad, pensaba que lo que escribía era muy malo. Me faltaba mucho por aprender, pero después de esta decisión, recogí todos mis cuentos dispersos, formé un libro y lo presenté a un concurso y gané el premio. Esto me dio seguridad.

A partir de este momento fui haciendo un trabajo paralelo en el campo del periodismo, pero siempre yo escogía el tema. Me gusta mucho escribir y no quiero tener amos.

—¿El periodismo la ha ayudado en su profesión?

—Lo que he hecho en el campo del periodismo me ha ayudado a sobrevivir económicamente. He realizado muchas entrevistas, muy largas, muy pensadas, con gentes de todos los campos, y reportajes de temas culturales e históricos. Con estos materiales hice un libro -que me costó tres años de trabajo- sobre los catalanes republicanos que estuvieron en los campos de exterminio nazis.

—¿Es un libro de investigación pero eminentemente periodístico?

—Sí, entrevisté a cincuenta personas. Fui siguiendo un poco sus vidas, me puse en su piel. Este libro ha creado un gran impacto en mí. A partir de conocer a estas gentes, sus experiencias y su tragedia personal, se comprende con profundidad qué ha significado el nazi-fascismo en sus vidas. Así, escribí sus respectivas historias hecha literatura, porque yo creo que es muy importante la amenidad. Nunca puedes aburrir. El aburrimiento es contrarrevolucionario. Después pasé varios años escribiendo periodismo y, al mismo tiempo, salieron un par de novelas más.

—¿Escribes en español o en catalán?

—Las novelas las escribo originariamente en catalán, aunque no se me traducía al castellano, no era conocida fuera de Cataluña. Hace unos dos años publicaron una de mis novelas en castellano. Realmente no esperaba que tuviera éxito, pero lo tuvo.

—¿Tiempo de cerezas?

—Si, pero te repito no esperaba el éxito.

—¿Entonces?

—Me tradujeron este libro y a partir de ese momento ya me tradujeron todo en castellano: las novelas anteriores, los libros de relatos, todo.

—¿Tiempo de cerezas marca un momento clave en su vida de escritora?

—No, creo que lo es más mi última novela La hora violeta: una hora del crepúsculo que es de color violeta. Es la novela que más esfuerzos me ha costado. La editaron casi simultáneamente en catalán y en castellano. Tuvo una gran distribución y la publicaron en una colección especial llamada Las Cuatro Estaciones. En cada estación sale una novela, hacen un gran lanzamiento y a mí me tocó en el invierno. De la primera edición hicieron cincuenta mil ejemplares, que para España es mucho, porque normalmente se hacen de tres a cinco mil ejemplares, cuando saben que vas a vender quince mil: y ya se han hecho cuatro ediciones.

—¿Con La hora violeta concluye un ciclo?

—No me atrevo a emplear la palabra ciclo, pero es que salen los mismos personajes, se entrecruzan. En una novela son protagonistas; en otra, son secundarios; surgen otros nuevos, pero vuelven a salir los viejos: se van ligando unos con otros.

—¿Podemos afirmar que sus novelas están interrelacionadas con respecto al tiempo?

—He escrito tres novelas: Ramona adiós. Tiempo de cerezas y La hora violeta. Si te fijas, las tres tienen en el titulo algo parecido, en todas ellas está el tiempo. En la primera, de alguna manera, el aceptar la realidad del "adiós" a la infancia y a la adolescencia; en la segunda, el conflicto entre el deseo y la realidad que vivimos y lo que deseamos, pues el "tiempo de cerezas", es el tiempo que todos llevamos dentro y soñamos que va a ser posible, tanto en lo privado como en lo colectivo; en la tercera, es "la hora" del crepúsculo, "la hora" que se termina, pero al mismo tiempo es "la hora" del amanecer. En el campo de Castilla, muchas veces, amanece de color violeta, por eso tiene un doble significado: es un mundo que se está muriendo y algo que está por nacer.

—¿Qué aspectos básicos se plantea a la hora de escribir una novela?

—No hay que olvidar que vivo una realidad completamente distinta a la cubana. Vivo en el mundo capitalista, en un país que ha cambiado muchísimo en veinte años, que se ha industrializado, que ha tenido grandes inversiones extranjeras, donde se han cambiado, incluso, hasta las costumbres, el modo de vivir. Un poco la temática de mis libros es el vivir un tiempo que se termina, en el que todavía no somos capaces de lograr algo nuevo, porque aún no lo sabemos transformar.

Mis novelas son bastante pesimistas, son tristes. Pero no hay una desesperanza total, son el reflejo de una época y de un momento. Por otro lado, se entrecruzan otros temas, entre ellos -una de mis obsesiones-, el tema hombre-mujer. El conflicto que existe entre la mujer que intenta ser ella misma y no hay nadie que la ayude, porque se produce un abismo, una imposibilidad de relación con el hombre. Pero el aspecto que en realidad más se destaca es la conciencia de estar viviendo una crisis, no sólo económica, sino moral; por eso, todos mis personajes están como perdidos, buscan, desean algo, sueñan y nunca acaban de encontrar un sitio.

—¿Qué pasó con Personajes?

—Dirigía este programa de televisión, pero me botaron. Fue una experiencia muy interesante, porque eran entrevistas que duraban una hora con personajes de todo tipo, conocidos, anónimos, obreros, altos empresarios, poetas, pintores, cantantes de music hall, estaba todo. "Conecté" muchísimo con la gente, por ejemplo, el escritor a veces hace el trabajo entre cuatro paredes, aislado, es un diálogo muy solitario con su propia trabajo. Ofrece después la obra al lector que también va a ser un Charlot solitario: en el fondo es la comunicación entre dos solitarios. En cambio, la televisión te da la posibilidad de llegar a todo el mundo. Trabajé este programa de forma muy activa para que el televidente se sintiera involucrado, de tal manera que reaccionara. Esto lo sabía por las cartas que recibía.

Enfocaba cada entrevista como si fuera una obra de teatro, con una atención entre unos y otros -sin la agresividad típicamente norteamericana- sino un diálogo entre dos personajes. El entrevistado se acercaba a la gente, pues me interesaba demostrar que el pintor, el poeta, son personas muy cercanas y viven las mismas penas, las mismas angustias que el resto de los seres humanos. Supongo que por tener esta concepción me botaron del programa. Hubo una reacción popular muy grande, se escribieron muchísimas cartas en los periódicos, se llevó incluso al parlamento, al senado y al congreso. Las cartas de los lectores duraron como un año. Cuando me hicieron una entrevista en la radio, de esas que son abiertas y el público puede participar, me preguntaban: "¿cuándo vuelves a la televisión?" Esto fue realmente muy bonito. Ahora parece que voy a trabajar de nuevo con entrevistas a políticos.

—¿Y por qué va a limitar el programa a personajes políticos?

—Es que va a ser un serial corto y aunque al principio no me seducía mucho, después pensé que sería muy interesante hacerlo. Ahora la gente en Cataluña y en toda España está muy cansada de política, muy despolitizada. Me parece interesante poner los partidos políticos que están en el parlamento ante un tribunal, saber qué ha pasado, cómo han actuado ellos.

Por eso no quiero repetir el programa anterior.

—Volviendo a su labor como novelista, ¿qué escritores europeos o hispanoamericanos han marcado su obra?

—Fundamentalmente una escritora catalana que desgraciadamente no es todo lo conocida que debiera ser. Se llama Mercedes Rodoreda. Yo la considero genial, vivió muchos años en el exilio, ha vuelto ya mayor, pero me ha marcado. Tiene un profundo estilo poético, muy elaborado, muy trabajado. Es una mujer que selecciona los detalles y puede contar una gran tragedia a partir de pequeños hechos. Para mí ha sido muy importante. Luego, la literatura anglosajona y varios nombres norteamericanos como Faulkner, Carson McCullers, pero ya en otro plano. También uno de los grandes poetas catalanes que se llama Salvador Espri. Las influencias recibidas han sido muy distintas y muy particulares, algunas por su visión del mundo, otras por su estilo, por su lenguaje, por su concepción de la novela, pero no te puedo decir: éste ha sido y sólo éste.

—¿Trabaja en la actualidad en alguna otra novela?

—No, pero acabo de terminar otro libro de reportajes sobre el cerco a la ciudad de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial. La Editorial Progreso de Moscú me invitó para que estuviera dos meses en esta ciudad y pude trabajar en este proyecto.

Tengo pensado iniciar una nueva novela, pero está en embrión, aunque sé más o menos cómo va a ser el personaje principal.

Aún tengo que madurar mucho, pues el novelista debe tener madurez vital, formación literaria, serenidad para escribir y todavía no lo he logrado.

—¿Qué ha significado para usted el contacto con Cuba?

—Es la primera vez que vengo a Cuba y no será la última. Aquí he descubierto lo que significa para este continente la presión imperialista de una manera mucho más profunda. Esta capacidad de resistencia ante un enemigo tan poderoso como el imperialismo norteamericano, el ansia de vivir, te demuestra que la esperanza está en Cuba, pues se nota que esta Revolución está hecha con el corazón, porque se ha adentrado en las raíces del pueblo.

 

Tomado de Revolución y Cultura, La Habana, no. 121, septiembre, 1982. Pág. 30-33.