Entrevista al bibliotecario Abel Molina Macías

Por Alejandro Zamora Montes

Juguetes, libros en tercera dimensión, proyectores e historietas forman parte de la exposición: ¿Infancia? ¡Presente!(I). construida desde el recuerdo y para el recuerdo de los visitantes, sobre todo de quienes transitaron por la infancia en la década de los años 70 y 80 del pasado siglo.

 El artífice de esta muestra fue el bibliotecario Abel Molina Macías, con quien Librínsula tuvo el inmenso placer de conversar.

 

Librínsula: Abel, coméntanos cuál es el objetivo principal de esta exposición

Abel Molina: Bueno, los que nacimos en los años setenta siempre nos referimos a esa etapa de nuestra infancia con mucho cariño, con mucha nostalgia. Y yo siempre he sido, al igual que con el proyecto que tenía en la escuela Lenin, de los que me interesa trascender el mero hecho de hablar. Y bueno, me embullé a hablar con las personas para hacer una exposición con objetos de nuestra infancia. Le presenté el proyecto al Dr. Torres Cuevas, le interesé de inmediato, y empezamos a contactar a instituciones, personas que nos proporcionaron tanto documentos como objetos, juguetes. En el Instituto Cubano de Radio y Televisión y en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos nos dieron audiovisuales de la época que conservan. Con la idea de volcarlo en un producto multimedia (que también va a constituirse como catálogo de la exposición) que compile toda la información que he recuperado sobre dibujos animados, cómo se vendían/compraban los juguetes en los años setenta y ochenta, las historietas, las publicaciones de la época, la música, la literatura, qué programas televisivos se elaboraban en ese sentido, etcétera. La idea es recuperar todo eso y ponerlo a disposición del público. Por supuesto, la multimedia ofrece la posibilidad de incluir muchos más materiales que lo que te permite el espacio físico de la Biblioteca. Yo denominé a la exposición ¿Infancia? entre signos de interrogación y utilicé (I) en número romano porque la idea es convocar al año siguiente a una segunda edición. Con un aporte más diverso de materiales por parte de personas e instituciones, por supuesto.

Librínsula: ¿Consideras que esta exposición reviste un carácter archivístico?

Abel Molina: ¡Claro! Recién terminé de trabajar en la Oficina del Historiador de la Ciudad, y una de las cosas (entre otras) que me quedó claro respecto a las palabras de Eusebio Leal es que todo es patrimonio, no porque necesariamente sea generado por una figura histórica, intelectual. Es decir, todo nos puede servir como expresión de nuestra identidad, tanto social como particular de un ser en específico. Creo que habría que empezar a pensar hasta qué punto estamos perdiendo la memoria histórica no solamente en documentos impresos, que es lo que todo el mundo siempre asocia, sino que existen otros muchos materiales que pueden constituir documentos para explicar una época de la sociedad y de la cultura cubana.

Librínsula: En el paquete semanal podemos encontrar dos series estadounidenses muy interesantes que tratan estos temas, si bien responden a una lógica del mercado (y de la ilusión) que no es la nuestra. El precio de la historia, y The Toys That Made Us, de Netflix. La traducción de esta última al español sería más o menos: “Los juguetes que nos hicieron como somos”. En este sentido… ¿cómo crees que se inserta el recurso de la ilusión en tu proyecto?

Abel Molina: A ver, te voy a responder con un comentario que me hicieron cuando presenté el proyecto en el ICRT. Después te paso el proyecto para que lo leas. Y me decían: este proyecto tiene dos ideas o sentidos. Uno es de crítica, y otro es de nostalgia. En mi opinión, no me introduje tanto en el tema de la crítica, en el sentido de que hoy nuestros niños no tienen referentes como sí tuvimos nosotros como Elpidio Valdés, Matojo, personajes con los cuales nos identificábamos. Los niños cubanos de hoy tienen otros referentes que nada tienen que ver con nuestra manera de ser, con nuestra identidad. Vuelvo y te repito: me decían que mi proyecto tenía una mirada crítica y yo respondía: “no me voy por ahí, sino que prefiero recuperarlos y ponerlos a disposición de las personas, darlos a conocer. Porque sencillamente los niños no lo van a hacer. Son los padres, la familia la que educa, la que puede guiar un poco para que se sepa qué productos son los que se pueden consumir, o hacer un balance que no sea solamente consumir un producto extranjero, sino también el producto cubano. En el caso específico de la ilusión, sí te confieso que me produce un poco de zozobra y temor este tipo de mensaje audiovisual que están viendo los niños cubanos que no tiene nada que ver con lo que ellos son y que se puedan distanciar de sus raíces.

Esta exposición no creo que sea un paliativo en ese sentido, pero sí al menos una mirada, otra, de rescate. Porque a muchas personas les digo frecuentemente: yo sí tuve infancia, sí la tuve. Muchas de las personas ahora no la tienen por las razones que sean: económicas, sociales. Nosotros sí tuvimos infancia y no podemos renegar de ella.

Librínsula: Una última pregunta, Abel. Eres bibliotecario, y evidentemente tienes bien ubicado en tu mente el concepto de archivo, de memoria. En ese sentido, y a sabiendas de que esta exposición perse es una respuesta… ¿qué consejo les darías a las personas/instituciones en Cuba que no poseen esa mentalidad de base de datos?

Abel Molina: Como te decía anteriormente: todo es un documento, lo que cambia es el soporte. Y por tanto, puede ser procesado y tiene información para hacer un producto. En ese sentido le decía a la gente que no tiene sentido desechar material porque nos parezca que es viejo, que perdió valor o que nos ocupa espacio. Esa no es la idea. Si no te da el espacio dónalo a una institución que sí le resulte de interés y pueda resguardarlo. Yo tuve la posibilidad de recuperar varios materiales que iban a descartar y gracias a ello he podido hacer mis investigaciones sobre el humor gráfico cubano. Siempre digo eso que hay que resguardar la documentación. Y sobre todo, digitalizarla. Pero no se trata de digitalizar por digitalizar, sino de ponerla en función del servicio de establecer posibilidades de búsqueda al interior de libros, publicaciones seriadas, entre otros. Una vez que pierdas el documento no lo vas a poder recuperar. Lo triste es que lo botes y que el día de mañana te hiciera falta y no puedas recuperarlo. Antes de descartar, botar o eliminar un documento… lo inteligente sería valorar dónde podría resguardarse, de manera que el día de mañana pueda ser accesible. Patrimonio es lo que se conoce. De lo contrario, no le darás valor.