Imaginarios: Manuel Cofiño, la sinrazón de un olvido

Porque siempre hay un libro, una sonrisa, una hoja en el aire, un pedazo de mar y una ventana que son la recompensa.
Manuel Cofiño

Tomado de: Andando por ahí, por esas calles, de Manuel Cofiño. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1982. Pág. 15-22

 

Nuestra Librínsula dedica su dossier a Manuel Cofiño López (1936-1987), novelista y cuentista cubano, cuya literatura sacudió records de lectura en la década de los 70 y principio de los 80 del siglo XX, y sin embargo su figura y sus libros se han eclipsado, por ello al dedicarle nuestra sección Imaginarios a este escritor cubano, más que un homenaje es también un acto de justo reconocimiento.

 

Manuel Cofiño en la memoria. Entrevista con Cira Romero Rodríguez

Por Alejandro Zamora Montes y Johan Moya Ramis

La redacción de nuestra revista tuvo el inmenso privilegio de poder dialogar con la ensayista, crítica literaria, e investigadora de la literatura cubana Cira Romero Rodríguez sobre la figura de Manuel Cofiño López. En esta ocasión, el diálogo no solo discurrió apelando a su erudición como estudiosa e investigadora sino como testimoniante cercana de la vida de este gran escritor cubano, hoy tristemente olvidado.

Librínsula: Cira, ante todo, queremos agradecerle por su tiempo y la oportunidad de concedernos esta entrevista.

Cira Romero: No, gracias a ustedes de veras, porque me gusta que se hayan acordado de Cofiño. Porque ha sido una persona tan olvidada. Que, creo yo, desempeñó un papel importante en un momento determinado de la literatura cubana, y después eso como que se olvidó o lo hicieron olvidar. En fin, no quiero juzgar qué fue lo que pasó. Lo cierto es que desapareció. Felizmente, continúa incluido en los planes de estudio de la enseñanza media. Lo sé porque para satisfacción mía, la Dra. Graciela Pogoloti me acaba de pedir una conferencia sobre él para un grupo de profesores del nivel medio de la enseñanza, a los que la fundación Alejo Carpentier les da una especie de curso de superación y Graciela me pidió que hablara sobre Cofiño. De modo que son dos circunstancias -esta y la que me propicia la Fundación- de un poco recolocarlo, al menos que no se olvide de su nombre.

Librínsula: ¿Cira estuvo usted casada con Manuel Cofiño?

Cira Romero: Si. Estuvimos casados quince años.

Librínsula: ¿Quién era Manuel Cofiño, en su dimensión humana y espiritual?

Cira Romero: Manuel Cofiño era un hombre cordial. Muy cordial -quince años al lado de una persona pueden dar una dimensión ¿no?-. Nunca tuvo esos enemigos que suele haber en el campo de la literatura, y en general, en todas las artes. Nunca sintió que tuviera contrincantes. Sentía mucha admiración por escritores de mayor edad, escritores cubanos,  y a los cuales respetó siempre mucho. Era un hombre que filosóficamente hablando era agnóstico. Él se educó en un colegio católico: Los Hermanos Maristas. Toda su enseñanza primaria y de bachillerato la hizo en el colegio de los Maristas de la Víbora. Pero nunca fue un católico militante. Creo que él se mantuvo dentro de la espiritualidad, si cabe el término, agnóstica. Yo lo recuerdo siempre con mucho cariño, independientemente que nuestra relación -que no fue corta -se quebró por circunstancias a las cuales no vale la pena aludir, pero yo siempre le agradezco mucho. En mi reciente ingreso a la Academia Cubana de la Lengua, en el discurso de ingreso mis primeras palabras fueron para él. Creo hubiera sido muy desagradecida si no lo hubiera hecho.

Librínsula: Cira ¿Qué libros le gustaba leer a Cofiño? Tanto literarios, como los no literarios.

Cira Romero: Voy a hablar primero sobre los autores que él le gustaban con preferencia. De los cubanos, Onelio Jorge Cardoso. Además que fueron grandes amigos, Onelio era un autor que él prefería muchísimo. De los extranjeros Hemingway y Faulkner. Él tuvo una gran admiración por la novelística, y los cuentos también, de William Faulkner; y Chejov en la literatura rusa. Creo que en esas cuatro figuras estuvieron sus autores principales. No quiere decir que no leyera a otros autores. Por ejemplo, recuerdo cuando él leyó Gran Sertón: Veredas de Guimaraes Rosa, esa novela le produjo un efecto tremendo. En general leía. En aquellos años no podemos olvidar se publicaban muy buenos autores por la colección Huracán. Ustedes son muy jóvenes y quizás no vivieron aquellos tiempos.

Librínsula: ¡Pero la recordamos!

Cira Romero: Bueno si la recuerdan mucho mejor. La colección Huracán publicaba lo mejor de la literatura mundial, no es que fuera la más reciente, pero si estaba muy bien ubicada como editorial, y la leía. En ese momento yo trabajaba en el Instituto de Literatura y Lingüística, donde hay una gran biblioteca, y él me pedía constantemente que le sacara libros. A veces eran libros de ajedrez. Le gustaba mucho jugar ajedrez y practicar partidas de reconocidos ajedrecistas mundiales.

Librínsula: Adentrándonos en la Literatura de Cofiño, ¿usted cree que esas constantes en la obra de Cofiño de la preocupación por el Otro, tenga que ver quizás con esa formación católica que él tuvo? Y también que nos hablara de su preocupación por los personajes femeninos, el tiempo y la muerte.

Cira Romero: Lo de los personajes femeninos es una pregunta que todo el mundo se hace. Incluso estando él vivo, en muchas entrevistas que le hicieron le preguntaban el porqué de su facilidad para construir personajes femeninos. Yo creo que él nunca dio una respuesta concreta, una respuesta que yo les pudiera transmitir ahora. Sencillamente tenía esa facilidad, quizás porque tuvo cuatro matrimonios con cuatro mujeres -a la primera no la conocí pero a las otras dos intermedias si- de psicología variada. El hecho es cierto: él tuvo una sensibilidad muy particular, no tanto como para caracterizar personajes femeninos sino para atrapar de ellos determinadas sensibilidades, determinado cuerpo de ideas, si puede hablarse así. Pero fueron de lo que mejor ha quedado en su literatura, creo que es esa captación de los personajes femeninos, digamos en un cuento tan emblemático como Los besos duermen en la piedra -que algunos tachan de ridículo- o Dónde ahora crece un Framboyán. La Nati, de su primera novela La ultima mujer y el próximo combate, que creo que es un personaje bastante bien logrado, aunque no creo que esa primera novela suya, que tuvo tanto éxito, sea su mejor novela. Esa fue una obra coyuntural, que respondió a determinados momentos de la vida literaria y política cubana de los años setenta y él respondió a ese momento con esa novela. Pero creo yo, humildemente, que no es su mejor novela.

Librínsula: ¿Y el caso de Amor a sol y sombra?

Cira Romero: Esa es una novela, digamos, de tema fabril. Relacionada con las fábricas de tabacos. Cofiño estuvo muy relacionado con estos lugares. Sus tías que lo criaron eran anilladoras, su abuelo fue anillador, y él siempre tuvo un vínculo muy estrecho con la confección de los Habanos, y esta novela, en algún momento se desarrolla en una fábrica de tabacos. Pero no creo que tampoco sea una gran obra. Su mejor novela es Cuando la sangre se parece al fuego.

Librínsula: En esa obra hay una gran preocupación por el tiempo, la muerte; el hombre ante los hechos, a veces inevitables, incluyendo la venganza. Esos temas, ¿en qué dimensión le preocupaban a Cofiño?

Cira Romero: Él temía a la muerte. Cofiño le tenía muchísimo miedo a la muerte. Lo demostró en momentos particulares que hubo de enfermedades totalmente efímeras o de poca relevancia que vivió al lado mío, y él le temía mucho a la muerte. En cuanto a lo otro que me preguntan, creo que está estrechamente relacionado con su forma de ver la vida. Cofiño era un hombre optimista, era un hombre que veía la vida con agrado. La muerte de él para mí fue algo terrible, aunque ya estábamos separados. Siento que aunque él cayó para morir, porque apenas duró veinticuatro horas, él debió haber sentido -si el más allá existe- algo que le decía “me voy de este mundo”. Y lo hizo muy joven, Cofiño nació en 1936 y murió en 1987, era un hombre muy joven.

Librínsula: ¿Sabe si hubo alguna circunstancia desagradable que haya podido propiciar la muerte de Cofiño?

Cira Romero: No les puedo decir si hubo alguna circunstancia. Si la hubo, no la conozco, ya él no estaba al lado mío, en ese momento él vivía con las tías en el edificio Lopez-Serrano, y tenía otra relación con una persona que no era cubana. No les puedo responder esa pregunta. 

Librínsula: La información que llegó a nuestra redacción es que fue un infarto ¿es cierto eso?

Cira Romero: Si fue un infarto.

Librínsula: ¿Qué le dio estando él en su centro de trabajo siendo vicepresidente en la UNEAC?

Cira Romero: No, no le ocurrió en su centro de trabajo. Él llegó a la casa -esto me lo contaron sus tías- se sintió mal. Lo llevaron al Calixto García que era el hospital más próximo. Allí lo atendió un médico que era poeta, ya murió, José Luis Moreno del Toro.

Librínsula: ¿Un médico poeta atendió a Cofiño en sus últimas horas?

Cira Romero: Si.

Librínsula: Cira, ¿qué puede decirnos de Víctor Oceguera, la persona a la cual Cofiño agradece en su novela Cuando la sangre se parece al fuego?

Cira Romero: Víctor estaba muy vinculado con las religiones africanas, y Cofiño lo toma -la palabra es un poco fea- de “informante”, para que le diera criterios, transmitiera experiencias. Víctor era un conocedor y Cofiño no, de las religiones africanas. Esa novela él la escribió en Regla. Cuando nosotros nos conocimos, fuimos a vivir a Regla, y esa novela se iba a titular De espaldas al cementerio, fue el título que él le puso originalmente. ¿Por qué? A Cofiño le gustaba el trago. Él iba a un bar que estaba justamente a espaldas del cementerio de Regla, por eso es que él titula así a esa novela. Cofiño nunca fue hombre de tomar en barras elegantes. A él le gustaba codearse con elementos del pueblo, y elemento no lo digo en sentido peyorativo, sino personas del pueblo que le pudieran narrar experiencias. Mucho de lo que hay en Cuando la sangre se parece al fuego él lo aprende de los Abakua que iban a tomar a ese lugar, que era un bar de “mala muerte”, que no sé si sigue existiendo, muy cerca de un puente que llamaban El puente de los ahorcados. En ese bar él tuvo la influencia y recibió información para escribir la novela. Después leyó mucho, por supuesto. El Monte fue el libro de cabecera para escribir Cuando la sangre se parece al fuego, porque él tenía que documentarse. Igual hizo con la literatura de Rómulo Lachatañeré, Gerardo del Valle y Fernando Ortiz. Él leyó y se documentó para poder escribir esa novela y realizar esas viñetas que responden a las características del panteón afrocubano. Además de lo que le aportaron estas vivencias personales que él mismo encausó.

Librínsula: En una conferencia en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso Eduardo Heras León dijo que cuando Cofiño fue a escribir Cuando la sangre se parece al fuego recibió una gran influencia de una de estas dos obras de Carlos Fuentes: La muerte de Artemio Cruz o La ciudad más transparente. ¿Tiene algún recuerdo o memoria al respecto?

Cira Romero: No recuerdo. Sé que las leyó, pero no recuerdo eso.


Cira Romero y Alejandro Zamora Montes, periodista de Librínsula.

Librínsula: ¿Cómo Manuel Cofiño conoció a Víctor Oceguera?

Cira Romero: Yo no sé cómo se establece el vínculo entre él y Víctor. Aunque recuerdo a Víctor perfectamente, alto, delgado, pero no sé cómo se estableció el vínculo entre ellos.

Librínsula: Según lo que pudimos saber, él pertenecía a un Departamento que investigaba todo este asunto de la religión y de sucesos que ocurrían un poco fuera de lo normal. Casualmente Víctor Oceguera hizo una exposición en Regla. ¿A lo mejor se conocieron en ese municipio?

<<Portada del folleto promocional de la exposición Tres culturas, un objetivo de Víctor Oceguera, persona que documentó a Manuel Cofiño en su novela Cuando la sangre de parece al fuego.

Cira Romero: Puede ser. No sé. Solo les puedo decir que lo conocí.

Librínsula: Cira quisiéramos retomar ahora el tema que comenzamos a hablar al principio de la entrevista. Tenemos entendido que Manuel Cofiño fue lo que se dice un Bestseller.

Cira Romero: Si, sin dudas. En Cuba y fuera de Cuba.

Librínsula: Tenemos un dato que nos lo proporcionó el poeta y ensayista literario Víctor Fowler Calzada de que probablemente la obra de Cofiño, solo en Rusia haya vendido casi medio millón de ejemplares.

Cira Romero: Un millón de ejemplares sacó la revista Literatura Extranjera, que en dos números seguidos publicó la novela. Esa revista tenía una gran tirada.

Portada de la edición  en ruso de La última mujer y el próximo combate (el título está en lengua eslava) Fondos: Sala Rusa BNCJM. >>

Librínsula: ¿Como especialista en literatura recuerda usted que a algún otro escritor cubano de ese tiempo le haya sucedido algo similar?

Cira Romero: En esa época no. No recuerdo que eso haya sucedido. 

Librínsula: ¿O sea que la obra de Manuel Cofiño es un fenómeno único en ese sentido?

Cira Romero: Podría ser, pero no lo puedo afirmar. A lo mejor alguna novela de Carpentier alcanzó ese tiraje, no lo sé. Pero La última mujer y el próximo combate si tuvo un millón de ejemplares. Después se tradujo al francés, al ucraniano, al eslovaco, al checo, al búlgaro, tuvo una cantidad de traducciones tremendas.

Librínsula: Tenemos entendido que Cofiño pertenece a la generación de escritores que comenzaron a escribir después del triunfo de la Revolución. Antes de eso, ya Alejo Carpentier era una figura reconocida, pero de los escritores que comenzaron a escribir después del año 1959 y publicaron en esa etapa entre los años 70 y 80, ¿Existe alguno que la haya convertido en un Bestseller? Podríamos citar el caso de otro escritor cubano que su obra tuvo igual impacto de lectura en aquella época: Luis Rogelio Nogeuras, quien también, tristemente, murió joven.

Cira Romero: El caso de Luis Rogelio Nogeras es que era una literatura diferente. De otra dimensión. Pero realmente no recuerdo un caso similar a Cofiño, sobre todo desde 1971, que es el premio Casa de la Américas hasta finales de la década del setenta, primeros años de los ochenta, era y todavía aún hay jóvenes que buscan las novelas, los cuentos de Cofiño. Tampoco podemos olvidar que su primer libro fue de poemas, Borrasca, no sé si estará aquí en la Biblioteca Nacional.

 Es un libro de poemas que él publicó en el año 1959 o 1960, cuando todavía había imprentas privadas en Cuba. Es un libro del cual a él no le gustaba hablar, ni que se lo mencionaran. Como les pasa a muchos autores cuando dan su primer paso. Después él tuvo una mención del Premio David en poesía, que se publicó en un volumen colectivo. Cofiño cultivó la poesía, lo que después la abandonó.

Librínsula: Cira en su opinión ¿a qué se debe el olvido que existe sobre la obra de Cofiño?

Cira Romero: Son cuestiones transitorias, coyunturales. Cofiño fue una figura que tuvo un espacio notable. Las razones no las puedo explicar. Puedo entender por qué La última mujer y el próximo combate ha dejado de estar presente. Porque fue una novela coyuntural, que respondió a criterios del Realismo Socialista, eso no lo podemos pasar por alto. De hecho hay un trabajo muy interesante de Cofiño publicado en un Caimán Barbudo que se titula Qué es para mí el Realismo Socialista. Sería bueno que lo buscaran y quizás partiendo de ese pequeño ensayo, puedan verse las razones que ampararon, artística y estéticamente esa novela. Ya ese momento pasó. Eso respondió a coyunturas políticas, que son importantes y a veces decisivas en determinadas situaciones. El hecho es que no se publica nada de Cofiño. Lo único que se ha publicado de él después de fallecido son Las viejitas de la sombrilla, que son cuentos para niños, desgajados de su primera novela.

Librínsula: Que se publicó por primera vez en 1972.

Cira Romero: Si, fue premio La Edad de Oro, y después se volvió a publicar de manera independiente, o sea a reeditar. Después de aquel premio es lo único que se ha reeditado de Cofiño.

Librínsula: ¿Y esta última etapa de Cofiño con Pastora de sueños?

Cira Romero: Eso quedó inconcluso. Se publicó nada más un capítulo en la Revista Unión.

Librínsula: Nuestra interrogante sobre el olvido de la obra de Cofiño parte del criterio de que una cosa es el momento histórico, que por supuesto condiciona, pero más allá de esa etapa específica, están los valores literarios de la obra de Cofiño. ¿Qué ha sucedido con esto? ¿Por qué este valor de su literatura se ha olvidado? No se reedita, no se reimprime… 

Cira Romero:No se publica. Yo creo que su literatura hoy, si yo fuera editora, que no lo soy, reeditaría Cuando la sangre se parece al fuego y haría una selección de sus cuentos. Esas dos cosas son, pienso yo, totalmente válidas, pero no se proponen, no se hacen, y no quiero influir, porque en definitiva yo no tengo los derechos de autor de Cofiño. Prefiero que sean otros los que lo decidan porque quieran recordarlo. Yo solo menciono muchas veces su nombre, su obra, a algunos amigos -me reservo sus nombres- y no ponen caras agradables.

Librínsula: ¿Cuál usted considera que es el mejor legado que Manuel Cofiño le ha legado a la posteridad?

Cira Romero: Yo creo que el modo de encarar una literatura. Como él enfrentó el hecho literario y como lo asumió. Pienso que lo hizo siempre desde la sinceridad, desde una vocación irrefrenable, porque Cofiño era un hombre muy disciplinado, él todos los días escribía, siguiendo quizás la pauta de Hemingway de escribir todos los días aunque fuera una cuartilla. Revisaba todos sus textos, tachaba, todavía en aquella época no había computadora estamos hablando de máquinas de escribir. Yo misma teclee Cuando la sangre se parece al fuego hasta su momento final, en aquellas cuartillas pautadas, que yo creo ustedes nunca vieron.

Cofiño dejó un legado que yo estoy segura que en algún momento será retomado, será valorado, para hacer justicia. Porque en la vida hacer justicia es algo importante. Yo pienso que sí. Que se mantenga en los programas de estudio, que los jóvenes hoy oigan ese nombre, aunque no lo encuentren en librerías.

 

Una novela revolucionaria

Por José Antonio Portuondo

<< Portada del Libro: La última mujer y el próximo combate. Fondos Sala General. BNCJM.

Hace siete años, en el prólogo a El derrumbe, de José Soler Puig, nos referíamos a la carencia de novelas inspiradas en la lucha por la construcción del socialismo en nuestra patria. Decíamos entonces:

La revolución cubana tiene contornos novelescos, no expresados hasta hoy, no sólo en la lucha armada de la Sierra, del Segundo Frente, de la campaña invasora, Santa Clara o Playa Girón, sino en la dura y constante pelea en las ciudades y en el campo por implantar el socialismo. Batalla cruenta, a veces, con su cortejo de nuevos héroes que fundan una vida más justa y más feliz en nuestra patria, a costa del dolor y del esfuerzo de sus mejores hijos.

A esa épica de la edificación socialista pertenece la novela de Manuel Cofiño La última mujer y el próximo combate,* que obtuvo el Premio Casa de las Américas en 1971.

ilustración interior de la edición en legua rusa de La ultima mujer y el próximo combate. Fondos de la BNCJM.>>

El Plan de desarrollo forestal y agrario en el que transcurre la novela es el polo opuesto de Macondo. En este, lo "real maravilloso", la interpretación mágica de la realidad, se impone, y el tiempo se vuelve sobre sí mismo como una serpiente que se muerde la cola; en el Plan, el ritmo ascendente del proceso revolucionario determina la sucesión ordenada de las cosas y de las actividades humanas, por encima del caos y de la superstición. Bruno afirma sin titubeos, mientras el viejo Anastasio Ríos, fiel trasmisor de mitos, repite su fórmula ritual: "dicen que..." Bruno, Sergio, Jorge, Pablo, Luis, Mercedes, encarnan la nueva humanidad que ha de hacer fructíferas las tierras que la torpe y grosera avaricia de geófagos como Alejandro La O, y la incapacidad contrarrevolucionaria de los Milé y los David, arruinaron, aprovechándose de la ignorancia supersticiosa e ingenua de hombres y mujeres de la tierra.

Una eficaz estructura de cuadros paralelos, yuxtapuestos, nos da una acertada visión de planos dialécticos, en los que el uso justo del habla popular ó culta sitúa al lector en la entraña misma de la vida reflejada en la novela. La pintura realista no limita los fueros de la imaginación, y "las cosas que pasan" según la ingenua fantasía campesina, van mano a mano con las que suceden en la dura realidad de la organización del Plan, en lucha contra el descuido, la malversación, la blandenguería, la contrarrevolución interna y los infiltrados. Todo un cuadro de la difícil faena creadora del socialismo en el campo.

Cofiño ha sabido pintar el proceso sin caer en el "teque", en el antiestético tremolar de consignas, mostrando la realidad como ella es, con su vivo forcejear dialéctico de existencias contradictorias. Y uno de sus aciertos mayores ha sido darnos la dimensión exacta de los personajes —personajes vivos, concretos, y no tipos disecados, abstractos— enmarcados en su propia atmósfera que, a veces, puede parecer irreal: Nati es la lluvia y el agua; el polvo y el fango parecen consustanciales a Siaco; Mercedes aparece siempre envuelta en luz solar y en la frescura de regadío de los viveros del Plan. La visión mágica de la realidad de las gentes sencillas del campo aparece normal en los labios ingenuos que cuentan la historia de las seis viejitas arrebatadas por el viento, con sus sombrillas de colores. Lo mágico, lo "real maravilloso" es aquí la visión caduca y pintoresca, mítica, que va quedando atrás, sobrepasada sin violencia por la nueva conciencia socialista, científica, revolucionaria. Y, en cada caso, el lenguaje se adapta a la intención expresiva, traduciendo no sólo el empeño comunicante, informativo, sino el sentimiento y la emoción del hablante.

¿Influencias? ¿Reminiscencias? Fecundaciones, como diría Alfonso Reyes. No creo necesario detenerse en ellas. Que Luis, viendo morir a Bruno, recuerde el cuento de Jack London, como el Che en Alegría de Pío; o tal página que nos trae a la memoria otra de Onelio Jorge Cardoso o alguna de Alejo Carpentier o García Márquez, no rebajan un ápice la excelente calidad ni el valor original de La última mujer y el próximo combate, que nos sitúa en el camino correcto de la novela revolucionaria, aquella que, aprovechando todo lo conquistado formalmente por la nueva narrativa latinoamericana, lo injerta con sabia maestría en el tronco de nuestra propia experiencia cotidiana de pueblo empeñado en la construcción del socialismo. Ni "teque" ni sermón, sólo arte expresivo de una conciencia, de una renovada visión de la realidad.

<< ilustración interior de la edición en legua rusa de La ultima mujer y el próximo combate. Fondos de la BNCJM.

Notas

* Manuel Cofiño: La última mujer y el próximo combate, La Habana, Premio Casa de las Américas de novela 1971.

Tomado de Casa de la Américas, La Habana, no. 71, marzo-abril, 1972. Pág. 105-106

Imagen tomada de internet. >>

Me enorgullezco de pertenecer a esa literatura "comprometida" a servir al pueblo y creo que no soy el único que experimenta ese orgullo y que en cada literatura hay muchos escritores a los que no asusta el sambenito de "comprometido" y no se sienten inclinados a contraponer el sentido de la responsabilidad al sentido de su dignidad personal.

Tomado de Los hombres y la guerra, de Konstantin Simonov, La Habana, Ministerio de Cultura, 1977. Pág. 54

 

La Biblioteca pública Manuel Cofiño, un espacio de estudio y homenaje*

Por Alejandro Zamora Montes y Johan Moya Ramis


Fachada de la Biblioteca Pública del municipio Arroyo Naranjo Manuel Cofiño López

El municipio Arroyo Naranjo de esta capital acoge entre sus instituciones la Biblioteca Manuel Cofiño López, figura literaria a la que Librínsula le dedica su sección Imaginarios, por lo que nuestro equipo entrevistó a la directora Vilma Díaz Labrada.

Vilma Díaz Labrada: Antes de las preguntas que me van a realizar, permítanme decirles que les puedo entregar muchos documentos que poseo de esta biblioteca, del propio Manuel Cofiño. El día antes de fallecer ofreció una actividad en la biblioteca del municipio Cotorro. Nosotros conservamos esa foto porque la bibliotecaria de esa institución nos la donó.

Librínsula: Qué bien, muchas gracias. Primero que todo, háblenos de esta biblioteca y de porqué lleva el nombre del autor de La última mujer y el próximo combate.

Vilma Díaz Labrada: Esta biblioteca se inaugura en el año 1983. Cofiño vivía en Alcázar, reparto residencial que se encuentra relativamente cerca de aquí. Él vivía con la intelectual Cira Romero, su esposa en aquellos momentos. Y entonces lo invitan (como era un escritor del municipio), a la inauguración de la biblioteca. Al fallecer Cofiño en el año 1987 la entonces directora de la biblioteca, Juana Guzmán, le pide al Partido -que es quien autoriza el nombre de las instituciones-, que se le ponga el nombre de Manuel Cofiño López. Anteriormente la biblioteca no tenía nombre, era nombrada como “Biblioteca de Arroyo Naranjo”. Cuando cumplió cinco años de creada, fue que le pusieron el nombre definitivo de Manuel Cofiño López. Esto que ustedes están viendo es la capilla del colegio religioso. Específicamente el Colegio de las Hijas de María Auxiliadora. Cuando triunfa la Revolución en 1959, dos años más tarde todo lo que era de la Iglesia pasó al Estado. Lo que antes era el colegio religioso ahora es una escuela secundaria básica, y esta biblioteca era la capilla. Estamos pared con pared, como se dice usualmente.

En el año 1944 pasó un ciclón por La Habana y destruyó la escuela que era de madera, la cual tenía una pequeña capilla. Entonces la iglesia católica decidió construir esta magnífica institución, que se terminó de construir en el año 1954. Se sabe que es una capilla, pero en realidad tiene la dimensión espacial de una iglesia. Existen muchas exalumnas del colegio religioso que viven en Víbora Park todavía, y una de nuestras compañeras de trabajo hizo el trabajo de recopilación de las fotos de ellas jovencitas, del proceso de construcción de la capilla, etcétera. Este lugar tuvo varios usos, llegó a fungir incluso como comedor del colegio. Hay una anécdota interesante: William Gálvez quería que este lugar se convirtiera en un centro deportivo bajo techo. La Directora en aquel entonces no aceptó, lo cual no resultó del agrado de Gálvez. Pero era algo evidente: por la estructura de las columnas no puede haber un peso en el medio, porque se puede caer el edificio. Otra anécdota es que en el año 2012 algunas exalumnas del colegio empezaron a exigir que se les devolviera la institución. Porque en Víbora Park no hay una iglesia católica. El Director en ese momento les dijo a las muchachitas: “recojan las cajas que nos vamos de aquí”. Sin oponerse. No sé qué pasó que esa situación se quedó así, y no hubo transición hacia las exalumnas. Pienso que eso tenía como trasfondo las negociaciones por las instituciones entre la Iglesia y el Estado. Al parecer, esta institución religiosa no fue de los inmuebles devueltos. Menos mal, porque nosotras tenemos un sentido de pertenencia tremendo hacia este lugar. Pienso que una de las causas pudiera ser la matrícula de estudiantes. Esta es la secundaria básica, la Rafael Ángel Carini, con mayor matrícula de la capital. Estamos hablando de más de 900 alumnos. ¿Dónde se iban a meter?

Librínsula: ¿Esta biblioteca es un anexo de la escuela o es pública?

Vilma Díaz Labrada: Es pública. Ellos tienen una biblioteca escolar, pero por supuesto que los estudiantes vienen acá y hacen sus consultas. También participan de nuestras actividades.

Librínsula: ¿Cómo es la relación entre la Biblioteca Pública Manuel Cofiño López y su comunidad?

Vilma Díaz Labrada: Muy buena. Nosotras acá tenemos un PowerPoint que podemos darles, el cual tiene los distintos eventos culturales con que contamos. También tenemos un concurso culinario y literario. Este último, por cierto, ya cumple su quince aniversario en el año 2019. Es un concurso para adultos que escriban poesía y narrativa destinada al universo infanto-juvenil. Se comenzó en el mes de diciembre para celebrar la fundación de la biblioteca, exactamente el 25 de diciembre de 1983, una fecha muy religiosa. Ese es su objetivo principal.

Librínsula: ¿Y los cuentos ganadores se publican después?

Vilma Díaz Labrada: En realidad, nunca se publican. Yo mismo les comentaba a los autores que con motivo del quince aniversario del concurso, iba a tratar de buscar la manera de publicarlos.

Librínsula: ¿No poseen ustedes una base de datos mínima de los autores ganadores a través de estos quince años?

Vilma Díaz Labrada: A ver… la biblioteca tiene cuatro computadoras rotas desde el año 2011. Y este “cacharrito” que tú ves aquí es mi PC. Sí tenemos modelos de diplomas otorgados, por ejemplo.

Librínsula: Estos documentos que nos ha brindado usted y las demás trabajadoras tan amablemente sobre la vida y obra de Manuel Cofiño y de la institución que lleva su nombre… ¿es una labor propia de la biblioteca, o alguien en específico los compila?

Vilma Díaz Labrada: La persona que lleva ese trabajo acá se nombra Caridad Ruiz. Ella siempre que puede conseguir documentación nueva, fotos, investigaciones sobre nuestra institución, lo hace. Es el fuerte de su trabajo, el cual tiene mucho que ver con el espacio físico, con nuestro local.

Librínsula: No es un secreto que Manuel Cofiño es un autor prácticamente olvidado en la actualidad. ¿Qué ha sucedido en ese sentido, desde su punto de vista?

Vilma Díaz Labrada: Mira, nosotras le hemos preguntado a especialistas literarios. Una de ellas me ha expresado que no ha leído la obra de Cofiño porque éste escribía realismo socialista. Yo digo: hoy la gente escribe realismo sucio porque hay para todos los gustos. Hay quien le gusta el realismo sucio. Yo lo leo, hay cosas que me gustan, otras no. ¿Pero ahora vamos a marginar a Manuel Cofiño porque escribía realismo socialista? Voy a contarles una anécdota de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Algunas de nosotras estábamos haciendo un diplomado sobre La Habana, y decidimos hacer un trabajo sobre Cofiño. Ustedes saben que él fue Vicepresidente de la Uneac. Fuimos a esa institución a pedir información, ya que allí tienen un fondo de escritores, y no había quien nos diera aquella información porque aquello estaba muy restringido. Otro día fui yo sola a conversar con el historiador de allí, y me dijo que no me podía dar esa información. Tuvimos que desistir de hacer ese trabajo. Una compañera de trabajo acá hizo un diplomado con Cira Romero, quien fue esposa de Cofiño. Cira agradeció que se rehabilitara la figura de Cofiño en aquel entonces, porque increíblemente su obra estaba en los planes de estudios universitarios de las carreras de Literatura en una época, y de momento, lo eliminaron de esos planes de estudio. El año que viene Los besos duermen en la piedra y Tiempo de cambio cumplen cuarenta y cincuenta años de escritos respectivamente, y nosotras dentro de la actividad Ciudad en Movimiento queremos resaltar esas dos obras en nuestro espacio cultural denominado El libro y su autor.

Librínsula: Supongamos que el realismo socialista como filosofía/tendencia desapareció por la multiplicidad de causas que conocemos. ¿Qué tiene que ver esto con el valor literario de Cofiño?

Vilma Díaz Labrada: Me parece que el realismo socialista cumplió su función en ese momento histórico. Fue una época. Mira, hoy yo sigo leyendo a Manuel Cofiño. Sus cuentos me encantan, más que sus novelas. Joy, la primera novela de Daniel Chavarría (para mí, la mejor) también es realismo socialista. Y Chavarría se siguió leyendo.

Librínsula: También está el tratamiento positivo que le daba Cofiño a la figura femenina, el tema recurrente de la muerte, el impacto de los cambios sociales. Es decir, existen una serie de elementos positivos en su obra. En ese sentido… ¿los usuarios que vienen aquí solicitan la obra de Manuel Cofiño con sistematicidad?

Vilma Díaz Labrada: No. Y que conste que no es por falta de promoción. A los usuarios se les dice y nada, no hay interés. O nos dicen que no les gusta.

Librínsula: ¿Y de Heras León… el chino Heras?

Vilma Díaz Labrada: Tampoco se lee nada. Sin embargo, aquí han estado muchos autores en este encuentro con el libro, y cada vez que pueden mencionan: ¡Ay, Cofiño, yo estudié o trabajé con Cofiño! Por ejemplo, Josefina Toledo. Una periodista del Canal Habana nos confesó que leía mucho a Cofiño en la Universidad. Y repito, como bien dice una compañera nuestra: es bueno que lo reivindiquen, porque lo quitaron de los planes de estudio. Nunca más lo editaron, solamente su libro Las viejitas de las sombrillas en el año 2012. Con muy buena factura, por cierto. Pero es evidente que Manuel Cofiño es un gran olvidado. No sé si lo saben, pero en el Museo de Diez de Octubre está su oficina. Y en los años noventa llamaron a la biblioteca para ver si queríamos recibir sus pertenencias. Sus libros, su máquina de escribir. Todo eso lo iban a botar. Entonces, la directora en aquel entonces y yo fuimos al museo. Pero Luz Elena Zabala, su última esposa, no autorizó el traslado.

Librínsula: Una última pregunta. Dentro de todas estas investigaciones que ustedes han hecho… ¿cuál es la dimensión humana de Cofiño que les ha llegado? ¿Cómo lo piensan, cómo lo reconstruyen?

Vilma Díaz Labrada: Siempre nos ha llegado como que era una persona muy sensible. Incluso tenemos una foto en la que se ve todo despeinado, muy natural. Yo en lo personal lo veo como una persona campechana, muy humana.

*La redacción de nuestra revista no quiere dejar pasar por alto la colaboración en esta entrevista de las bibliotecarias Victoria María Moya Goilarte y Caridad Ruiz Peralta, así como a todo el colectivo de trabajadoras.

       
Victoria María Moya Goilarte                     Caridad Ruiz Peralta            

Colectivo de trabajadoras de la Biblioteca Manuel Cofiño López

 

Cofiño por debajo de Cofiño. Cuando la sangre se parece al fuego

Por: Fernando Rodríguez Sosa

La toma de conciencia de un abakuá para lograr su integración plena al proceso revolucionario es el tema de la segunda novela publicada de Manuel Cofiño: Cuando la sangre se parece al fuego.

"Todo cambia con la vida" es la tesis planteada y comprobada a lo largo de asta narración retrospectiva, donde se presenta el cuadro aberrante del status pre-revolucionario predominante en Cuba, en el que el hombre "sólo fue libre para padecer y morir". Así, el protagonista. Cristino Mora Argudin, presionado por un medio propicio —unido a la influencia de su abuela, santera consumada— se hace abakuá, lucha y defiende a sus santos, pero al ver que "lo que no pudieron los dioses lo pudieron los hombres" —cambiar la situación del país, vengar la muerte de su padre—, se replantea su condición, para dejar a un lado sus atributos africanos e integrarse a la nueva sociedad.

Cofiño traslada esta anécdota —muy real y cotidiana— mediante varias planos de narración presentados cíclicamente: una primera persona en la que Cristino cuenta su historia; una segunda, que dialoga con el protagonista en el solar donde se desarrolló su vida, totalmente desierto —sólo lleno de recuerdos— a punto de ser demolido; y una tercera persona sin identificar —es de hecho todo el pueblo que habla del personaje en toda su dimensión. Todo esto matizado por bellas caracterizaciones de los dioses africanos, plenas de un halo legendario y poético, que se convierten, por sí mismas, en viñetas con vida propia.

En esta estructura radica en esencia el defecto de la novela, al repetirla ininterrumpidamente se pierde la fuerza que, por ejemplo posee una segunda persona, por cierto muy bien utilizada por Cofiño en cada sección pero que hacen monótona la lectura al presentarse en secuencias continuas.

Como ya se señaló, Cristino es un personaje real, su toma de conciencia se presenta no de una forma esquemática sino consecuente y gradualmente.

Junto al protagonista se mueven en un grado menor otros personajes símbolos: su madre, la mujer obsesionada por salir del solar y vivir en una casita "el centro de sus sueños" y de otras tantas madres de la época; Aimé, el primer amor, puro, limpio, muerto por el nacimiento del primogénito, más que eso por la falta de recursos, resultado de un sistema; Teresita, la hermana, "una vida terminada que no había empezado", traumatizada al tratar de iniciarla en la prostitución, que finaliza recluida en Mazorra; Rosendo, el billetero, “habitante de un mundo que no vivió", existiendo gracias a sueños irrealizables y "a los latones que estaban en la acera"; Cloti, la prostituta, la que todos miraban mal sin pensar que sus males eran comunes.

Mención aparte merece la abuela, personaje de gran fuerza, cuya acción vital se desarrolla casi a igual nivel que el protagonista con vida propia intrínsecamente, con una férrea convicción en sus dioses que se une a un odio concentrado por la no solución de sus problemas, en este caso vengar la muerte de su hijo. En conclusión, la abuela es el elemento que trata —y no logra— de defender en toda la obra, la antítesis de lo demostrado: que los dioses todo lo pueden.

En Cuando la sangre se parece al fuego se utiliza una narración limpia, con metáforas poéticas, desprovista del qué va a pasar, y que el lector lo conoce desde las primeras páginas. Por eso, lo esencial es cómo pasa y eso Cofiño logra llevarlo mediante los recuerdos —que "son golpes de adentro a afuera"— "como en una película proyectada a pedazos".

Esta novela, mención en el Premio Nacional "Cirilo Villaverde" del concurso UNEAC 1974, es sin lugar a dudas un testimonio interesante, expresión de que Cristino fue "más que un caso individual... un caso colectivo", que representa un sector de nuestra población en su aprehensión de los valores nuevos creados por la sociedad socialista. Sin embargo, Cuando la sangre se parece al fuego no llega nunca a situarse en el mismo tono de La última mujer y el próximo combate, la primera novela, premio Casa de las Américas 1971, de Manuel Cofiño (autor además de Tiempo de cambio, premio cuento FAR, 1969), por alguna deficiencia formal —ya señalada— y, tal vez, por no lograr una realización tan completa de los personajes. Cofiño logra, no obstante, una buena novela, cargada de un espíritu dialéctico, positivo, acorde con la novelística de hoy, desde y para la Revolución.

Fernando Rodríguez Sosa

Tomado de Bohemia, La Habana, no. 33, 15 de agosto de 1975. Pág. 24

 

Poemas de Manuel Cofiño

Pero hacia donde vaya, llevaré tu mirada, y hacia donde camines, llevarás mi dolor."
Manuel Cofiño

BORRASCA

Hogueras de la sangre rompiendo mi silencio

Agitadas en el momento de las putas palabras

En el centro del alma

Reventado de sueños.

Crece mi secreto donde !a voz se calla

Moriré

Porque descendí hasta la frontera dónde la carne
(mancha.

Hablo al mundo en un lenguaje mío

El de mi espíritu sin reposo.

El de borrasca.

Borrasca eterna y final. Siempre al costado.

Hay un sol naranja sobre el agua.

De espaldas todos. No lo miréis.

Para mí solo. El se ha puesto naranja.

Yo que lo sé y lo siento

Para mí solo se ha puesto el sol naranja.

Todos de espaldas. Con las manos arriba.

Desarmados.

Entréguenme los ojos de sus almas.

 

VETE DICHOSA...

¡Vete dichosa tú! Yo soy un hombre,

y el camino del hombre es un consuelo.

Sólo me dolerá, muy leve tu nombre

cuando me acerque al mar o mire el cielo.

 

¡Vete dichosa tú! Teje tu vida

con la dulzura que tu ser desprende.

¡Vete dichosa tú! Si estás herida

las heridas a cicatrizarse aprenden.

Tomado de Borrasca, La Habana, 1962.

 

 

Primer aniversario de su fallecimiento 8 de abril de 1987 - 8 de abril de 1988

"La maestría alcanzada por Manuel Cofiño dentro de su personal cosmovisión, llegó exigida internamente por la experiencia masiva y organizada del proceso revolucionario cubano. Su obra está determinada por un alto nivel de certidumbre y universalidad, calidades estas a las cuales ha llegado la narrativa cubana en estos treinta años.

La obra de Cofiño conserva la plenitud de su iniciativa en el enfoque de las cuestiones de fondo, lo mismo que en su elección en el plano de las técnicas. Su producto literario está regido por el tiempo interior de su propia libertad por lo cual se coloca como una de las más válidas proyecciones estéticas, sobre el contexto latinoamericano, de un acontecimiento histórico que ha enriquecido el quehacer cultural de nuestros pueblos".

Tomado de Monólogo de Magdalena, 1988.

 

 

Libros de Manuel Cofiño en los fondos de la Sala General