Elogio de la muerte del filósofo griego

Por Noel Alejandro Nápoles González

Plenos, porque lo dimos todo.
En nuestras manos
la belleza del mundo bebe agua.

Kostas Kulufakos

<< imagen tomada de www.cultura10.org

Parece que Pitágoras fue el primero que se llamó a sí mismo filósofo, dando a entender con ello que no era un sabio (sofos) sino alguien que amaba la sabiduría (filo-sofos). He aquí la raíz de lo que yo llamo modestia gnoseológica, que se distingue de la modestia ética en que no parte de la hipocresía de fingirse inferior a todos, sino de la sinceridad de saberse no superior a nadie. Aunque, en rigor, yo diría que el filósofo, más que la sabiduría, ama el conocimiento, que es el saber y la sabiduría juntos. Porque el saber, típico de la juventud, se expande en la base mientras que la sabiduría, que es cosa de madurez, se contrae en la altura. El saber forma el cimiento; la sabiduría, el cono; y ambos, el conocimiento.

Hay ideas que cuestan en la vida

Pero ¿cómo es posible que un ser humano sea asesinado por su manera de pensar? Esta pregunta, a la altura del siglo XXI, ofende, no sólo por retórica, sino por infantil e imperdonable. Sobran los ejemplos de pensadores quemados, fusilados, desaparecidos por desafiar a los poderes, a lo largo de la historia. Parece que no, pero las ideas deben ser armas formidables para que sean tan temidas por los que dicen no temerle a nada. Y es que cada idea es una chispa y cada pensador, una antorcha. Hoy las ideas son armas de construcción masiva porque clarifican los espíritus, unen a los hombres y los ocupan en una tarea común.

Incluso cuando la humanidad era más joven, también se mataba a los portadores de ideas que se atrevían a cuestionar, aunque sólo fuese alfilmente, los intereses de los poderosos.

A esta conclusión llegué leyendo acerca de la vida de algunos filósofos griegos de la Antigüedad. Cuando uno lee sobre aquellos hombres geniales que habitaron las costas de la Jonia o la Magna Grecia (sur de Italia), hace más de 2500 años, y descubre las maravillas que aportaron, cuesta creer que, en ocasiones, sus vidas hayan terminado de un modo tan dramático.

La estrella brilla en la noche

De la muerte del propio Pitágoras de Samos (ca. 580-500 ane), el hombre que vio en el número la medida de todas las cosas, hay varias versiones. Se dice que murió durante una sublevación popular contra la aristocracia, en Crotona o en Metaponto, ambas ciudades del sur de la península itálica. Pero también se cuenta que pudo morir en Sicilia, en medio de la guerra entre los pobladores de Siracusa y los de Agrigento. Lo cierto parece ser que murió de forma violenta pues, tanto él como sus seguidores de la Liga pitagórica, que preferían morir antes que pisar una planta de judías, habían despertado la envidia de los poderosos, por constituir una sociedad aparte y una visión alternativa de la realidad.

Heráclito de Éfeso (540-480 ane) es famoso por la oscuridad luminosa de sus frases: nadie se baña dos veces en el mismo río; todo cambia, nada es; etcétera. En su opinión, los sentidos enseñaban que la realidad es inmediata y mutable. Se cuenta que a los sesenta años decidió suicidarse del siguiente modo: fue a la plaza pública de su ciudad, se untó la piel con estiércol y se dejó comer por los perros. El procedimiento duele incluso al narrarlo y hace pensar que quizás se trate de una metáfora.

Pero no hay una muerte más atroz que la que sufrió Zenón de Elea (490-430 ane), quien fue, según Hegel, el primer dialéctico. Zenón fue el máximo exponente de la escuela eleática pues desarrolló una serie de aporías para demostrar que el movimiento, como afirmaba su maestro Parménides, era una falacia de los sentidos. Para él, la parábola del vuelo de una flecha estaba formada por infinitos instantes en los que la flecha permanecía inmóvil. De donde se deduce que el movimiento es la sumatoria de no movimientos. Pues bien, resulta que Zenón, por participar en una conjura para derrocar a una tiranía, fue hecho prisionero. Torturado en plena plaza para escarmiento público, el tirano lo conminó a delatar a los que se habían atrevido a conspirar contra el Estado. Entonces unos cuentan que Zenón denunció a los propios miembros de la tiranía; otros, que le pidió al tirano que se acercase para confesárselo al oído, y le mordió la oreja o la nariz; y otros que se arrancó la lengua y se la escupió. Lo cierto es que, después de semejante desafío, lo torturaron bestialmente hasta dejar su cuerpo aplastado en un mortero. Dicen, asimismo, que los presentes, enardecidos por su arenga y su martirio, se sublevaron y dieron muerte al tirano.

Empédocles de Agrigento (ca. 483-423 ane) nació en Sicilia. Sin embargo su muerte, ocurrida al parecer en su propia isla, sigue siendo un misterio. Hay quien dice que se esfumó tras un banquete y otras fuentes aseguran que invitó a unos amigos a escalar el volcán Etna y que al llegar a la cima desapareció. Días después, cuando el volcán hizo erupción, lanzó una de sus sandalias de bronce, la cual fue reconocida por uno de sus amigos. Empédocles, por tanto, no había muerto: andaba descalzo entre los dioses.

Protágoras de Abdera (481-411 ane) era un sofista. A diferencia de Pitágoras afirmaba que el hombre, no el número, era la medida de todas las cosas. Fue acusado de impiedad, o sea, de no creer en los dioses y fue expulsado de Atenas. Su libro Acerca de los dioses fue quemado en la plaza pública. Murió cuando el barco en que huía hacia Sicilia naufragó.

La muerte de Sócrates de Alopeca (469-399 ane), no por conocida, deja de ser repudiable. El tábano de los atenienses, como él mismo se definía, era un partero de la verdad. Por eso despertó la envidia de sus contemporáneos y fue acusado de impiedad y de corromper a los jóvenes. Su condena consistió en beber la cicuta, veneno que lo fue paralizando progresivamente, de abajo hacia arriba. Aun así, Sócrates, quien creía en la inmortalidad del alma, sostenía que el filósofo que se enoja en el instante postrero no ama la sabiduría sino su cuerpo. Murió dignamente, según narra su discípulo Platón en uno de sus diálogos, Fedón o el alma.

En Córdoba, España, nació Séneca (4 ane-65 ne). Debido a su exquisita educación fue preceptor y luego consejero del emperador romano Nerón. En el año 62 se retiró de la política, y en el 65 fue acusado de traición y obligado, por el propio emperador, a suicidarse. Séneca aceptó estoicamente su condena y enfrentó con indiferencia la muerte.

De modo que ni las guerras, ni los martirios, ni las injustas condenas, ni los naufragios, ni siquiera los volcanes han conseguido que mueran las ideas de estos hombres a los que la humanidad les debe tanto. Las ideas no caen al vacío, sentencia el Zohar. Por eso creo que la frase con que inicié este ensayo merece una acotación menos pesimista: Las ideas que cuestan la vida también inmortalizan a los hombres.

Es una paradoja pero puede que el precio de la inmortalidad sea la muerte misma.

Así parece que lo entendía el mismísimo Sócrates cuando, según Platón, afirmó que: “Los hombres ignoran que los verdaderos filósofos no trabajan durante toda su vida más que en prepararse para morir y estar muertos; siendo así sería ridículo que, después de haber perseguido sin descanso este único fin, fuesen a retroceder y a temer cuando la muerte se les presenta”. (Fedón, p. 70)

Filosofar: prepararse para morir; no está mal. La muerte pone todo en su sitio ya que calibra mejor que nada las cosas y los hombres. Cuando se alcanza la plenitud, la muerte es el punto final de la vida y la inicial mayúscula de la inmortalidad.

No por casualidad todos los radios del pensamiento occidental convergen en aquel pueblo del Mediterráneo que se atrevió a pensar y pensó bien. Grecia, Prometeo de la humanidad robó el fuego a los dioses y ha sufrido durante siglos el castigo divino por ello. Por eso a veces, más que un país, parece un drama. Costura entre Oriente y Occidente, ha sido descosida por el mar, mutilada por los conquistadores, rasgada por el olvido. Si la condición humana es de por sí trágica, el ser griego significa una tragedia al cuadrado. Pues ¿qué hombre anda completo entre las ruinas de sus antepasados?, ¿cómo es posible respirar con rostro de mármol?, ¿qué nombre queda para el futuro si el pasado se nombra Gloria? Pero a pesar de los pesares, ahí está el mundo helénico con su legado imperecedero. La  humanidad le debe a los griegos la verdad y la belleza. Gracias, Grecia, porque todos los caminos vienen de ti.