Encuentros artísticos memorables: Poesía, música y danza

Por María Eugenia Mesa Olazábal

Tres cubanas y un músico estadounidense dejan huellas de su quehacer artístico. La primera, prominente del siglo XIX, oriunda de la legendaria Villa Santa María del Puerto del Príncipe, nombrada Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1872) y reconocida en la posteridad como La Avellaneda o Tula para familiares y amigos. La otra, abarcadora del siglo XX, nombrada María Mercedes Loynaz Muñoz, habanera identificada en vida y, en la posterioridad como Dulce María Loynaz (1902-1997). Ambas legaron a las letras hispanoamericanas obras reveladoras cuyos contenidos, en no pocos textos, muestran miradas coincidentes. Y una tercera, Alicia Martínez del Hoyo (1923), habanera también, genio de la danza, ejemplo de virtuosismos traspasadores del tiempo, creadora admirada nacional e internacionalmente cuyo nombre artístico Alicia Alonso, encarna a toda una prestigiosa institución.

Ellas concordaron en el disfrute lírico espiritual -imagino que hasta el aplauso- de la creación musical del pianista norteamericano Louis Moreau Gottschalk (1829-1869), que tanto popularizó por Europa y Estados Unidos la música vernácula cubana y quien de alguna manera estuvo presente en la vida y el quehacer cultural de las mencionadas. De él, su colega y amigo Nicolás Espadero, escribió en el año del centenario de su natalicio: (…) extraía de las dóciles teclas de un piano brillantes, deslumbradoras y espléndidas armonías.

Como virtuoso unía en alto grado la cultura clásica y tradicional en el progreso. (…) se podía decir de él que era un reformador. La fuerza dominante de las composiciones de Gottschak fue un sentimiento poético, elevado a las más puras alturas, y caracterizado de una gracia algo melancólica, de una sensibilidad penetrante y de una ternura apasionada (…).

A poco del arribo de la Avellaneda a La Habana, en 1859 la prensa capitalina y la española informaban -en amplio destaque- el entusiasta recibimiento dado a la poetisa -como natural de la isla- por sus “amables paisanos”. Recién llegada fue obsequiada con un concierto en una casa particular. Los concurrentes estimaron que aquellas muestras no eran suficientes para honrar su indisputable mérito, y el Presidente del Liceo, en unión de otros socios, convinieron la idea de coronarla en el teatro Tacón.

Por su parte Francisco Javier Balmaseda describía para la publicación del Liceo habanero detalles de la Coronación de la Sra. Gertrudis Gómez de Avellaneda. En el teatro se hallaba lo más distinguido de la sociedad habanera, altos funcionarios, literatos, artistas, “todos los que sentían latir en su corazón el entusiasmo por la gloria que iba a refluir sobre la inspirada poetisa” que había alcanzado envidiables triunfos con el impulso necesario para hacer llegar sus ecos a la inmortalidad. Todas las miradas se dirigían hacia el palco contiguo al del señor Presidente, ocupado por la autora de Baltasar.

El extenso programa estaba organizado en dos partes. La primera caracterizada por un amplio concierto de música clásica y operística contenía la participación entre otros del Paganini cubano José White y la de Louis M. Gottschalk quien para la ocasión compuso la introducción al Gran Galop di Bravura (d`après Quidant) -para dos pianos-, ésta la ejecutó junto al destacado Nicolás Espadero, quienes fueron ovacionados largamente. Pocos días después del sonado homenaje, la Avellaneda funda la revista Álbum Cubano de lo Bueno y lo Bello (febrero- agosto 1960), una de las primeras publicaciones americanas dirigida por una mujer y destinada al enriquecimiento cultural de sus congéneres, cuyo propósito esencial era, entre otros resaltar obras con “las mejores cualidades de lo humano”, además de “promover bondad y propagar belleza”. En su primer número, en el apartado: Revista de la quincena, el autor bajo el seudónimo: Periquito entre ellas, prepondera las emociones vividas y, subraya: “La función estuvo muy bien combinada; no parecía sino que muchas naciones habían enviado uno de sus talentos, en su representación, para rendir tributo a nuestra compatriota”. Relaciona los actuantes donde no faltan: Goltschak, White y Espadero de quienes dice: “se esforzaron para lucir sus grandes facultades en el divino arte”. De esta manera quedó registrada la presencia del músico estadounidense en la citada revista. Tanto la célebre escritora como el afamado músico llegaron a Cuba en 1859, ella permaneció en la isla hasta 1863, él se marchó un año antes. Ninguno de los dos volvería a pisar tierra cubana.

A más de medio siglo de aquel acontecimiento, cuando corrían días de noviembre de 1919, coincidentes con el cuatrocientos aniversario de la fundación de la Villa de San Cristóbal de La Habana, los versos juveniles de Dulce María Loynaz, ganadores en un concurso de poesía familiar fueron llevados por su padre al periódico La Nación, allí aparecieron en su debut: Vesperal e Invierno de Almas, luego le continuaron otros y, otras publicaciones de la época acogieron sus composiciones líricas neorrománticas y modernistas de quien al paso del tiempo sería nuestra cervantina del siglo XX.

En la residencia de los Loynaz Muñoz, al parecer, la familia tenía presente al músico Louis Moreau Gottschak; allí eran frecuentes las reuniones de hermanos y primos para conversar y disfrutar de la música. Así, las evocaba Dulce María: “Todos sentíamos pasión por la música y nuestros conocimientos en ese arte eran más cimentados que los habidos en cualquier otro. Y formamos una pequeña orquesta que no estaba mal del todo” En ese contexto es presumible que las composiciones de Goltschalk hayan formado parte del repertorio musical interpretado por los Loynaz, así como durante las veladas hogareñas, animadas por las ejecuciones al piano de la madre Mercedes Muñoz. Cualesquiera que hayan sido las vías de conocimientos adquiridos por Dulce María sobre el artista -hoy, a penas recordado-, es presumible suponer la conmoción que en ella produjo; pues, a poco de haber aparecido sus poemas en La Nación, inicia colaboración con la revista Nosotros, una publicación de la Asociación de Antiguos Alumnos de La Salle, y lo hace precisamente con el poema “El poeta moribundo de Gottschalk”. (Nos. 8 y 9 junio y julio de 1920) cuya primera estrofa, a modo de introducción, recrea el ambiente inspirador para evocar, en versos, el quehacer poético de destacados bardos del Romanticismo además de la trayectoria del músico que prefiriera a Cuba para descansar, restablecer su salud y nutrirse de la música afrocubana. Allí se lee:

El piano sollozaba en armonía
del sublime Gottschalk... En el salón
la alegre risa de invitados
se escuchaba mezclada a la canción...

Mucho lirismo encontró Dulce María, en la creación de Gottschalk para calificarlo de “poeta” como lo identifica el título del poema y, dedicarle la composición que le infundía la sublime melodía: “Olvidada de todo, yo escuchaba al piano que seguía sollozando...”; de esa manera, en cada estrofa recuerda a poetas cuyas muertes estuvieron precedidas por el drama trágico de sus vidas. Alude a Bécquer por quien da a entender predilección, vigente en el verso “el que amó las oscuras golondrinas”, otras estrofas no menos sugestivas continúan, así rememora la sentida y difundida poesía de Plácido en la “Plegaria a Dios”, versos escritos bajo la presión de su inminente fusilamiento en 1844. Repasa al mexicano Manuel Acuña, quien cultivó la melancolía y el oscuro sufrimiento y, antes de quitarse la vida escribió el apasionante poema Nocturno de Teresa. Amado Nervo, queda sobrentendido cuando dice: “le fue tan triste y cruel la suerte / que sintió con el tedio de la Vida/ el horror infinito de la Muerte”. La última estrofa va dirigida al no menos desgraciado poeta, narrador y dramaturgo francés Alfred de Musset, cuya placentera vida íntima lo condujo a la autodestrucción y terminó sus días enfermo y alcoholizado.

Pasado el tiempo, ya en nuestra contemporaneidad el músico estadounidense, mejor decir la música del citado compositor, reaparece rescatada en nuestros espacios teatrales, presencia debida a la prima bailarina absoluta Alicia Alonso, Directora General del Ballet Nacional de Cuba, quien antes de finalizar el siglo XX, llevó al escenario una de las obras de Moreau; para la cual creó la coreografía del ballet: Sinfonía de Gottschalk, donde recrea los dos movimientos -La Noche y Fiesta criolla- de la Sinfonía Noche de los Trópicos, considerada una de sus creaciones fundamentales de mayor trascendencia entre sus partituras vinculadas a la cultura caribeña. Se dio a conocer en el Gran Teatro de Tacón de La Habana en 1860, el mismo escenario -hoy Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso-, donde en 1990 se estrenó el referido ballet. Y más reciente, el 31 de octubre del 2014, en ocasión del 24 Festival Internacional de Ballet de La Habana, los asistentes a la sala del teatro Carlos Marx, pudieron deleitarse con la música y los movimientos coreográficos del ballet creado por Alicia para la Sinfonía de Gottschalk.