Imaginarios: José Raúl Capablanca y Graupera. Aniversario 130 de su natalicio

Retrato autografiado por José Raúl Capablanca en 1933. Imagen tomada de internet.

Recopilado por Mcs Reina Ramírez Granela

 

El genio del «El Dorado del Ajedrez»

Por José Antonio González Baragaño

Nada es tan saludable como una paliza en el momento oportuno. De pocas partidas ganadas he aprendido tanto como de la mayoría de mis derrotas.

José Raúl Capablanca

Capablanca no conocía apenas la teoría y vivía -al menos la existencia cotidiana- fuera del ajedrez. Casi no hacía nada y trabajaba mucho menos que otros jugadores, lo que no le impidió ganar los torneos y encuentros más importantes, manteniéndose invicto durante años (de todos los campeones fue el que menos partidas perdió). ¿No es ésta una indicación de talento ilimitado, de indudable genio ajedrecístico?

Garry Kasparov

Este mes conmemoramos el 130 aniversario del natalicio de uno de los mayores genios deportivos -si no el mayor de todos- que ha visto la luz en esta isla. Alcanzó su celebridad en una época en que bastan los dedos de una mano para enumerar a los deportistas cubanos que alcanzaron la cima en su especialidad: el esgrimista Ramón Fonst, el billarista Alfredo de Oro o el pugilista Eligio Sardiñas, Kid Chocolate.

José Raúl Capablanca Graupera vino al mundo en La Habana el 19 de noviembre de 1888 y desde la más tierna infancia mostró sus dotes excepcionales para el ajedrez. Para ello contó con un ambiente muy favorable en su hogar y en la ciudad. Su señor padre era un jugador mediocre pero muy apasionado, y en el Club de Ajedrez de La Habana los miembros más acaudalados se permitían el lujo de contratar los servicios de los mejores maestros del mundo, quienes acudían como un ritual al llamado “El Dorado del Ajedrez”, calificativo dado a La Habana por el entonces campeón mundial, el austríaco Wilhelm Steinitz, quien defendió exitosamente en esta ciudad su título en dos ocasiones -1889 y 1892- frente al maestro ruso Mijaíl Chigorin.

Capablanca aprendió los movimientos de las figuras por sí solo, viendo jugar a su padre con los amigos:

“Aún no había cumplido cinco años de edad cuando por accidente entré en el despacho de mi padre y lo hallé jugando con otro caballero. Jamás había visto yo un juego de ajedrez. Las piezas llamaron mi atención y volví de nuevo al día siguiente para verlos jugar. Al tercer día, mientras yo observaba, mi padre, un principiante muy inexperto, movió un caballo de un cuadro blanco a otro del mismo color. Su adversario, al parecer no mucho mejor jugador que él, no se percató. Mi padre ganó y riéndome le dije que era un tramposo. Tras un pequeño regaño, durante el cual casi fui sacado de la habitación, le mostré a mi padre lo que había hecho. Me preguntó cómo y qué sabía yo de ajedrez, a lo cual respondí que podía derrotarlo. Me dijo que eso era imposible, considerando que ni siquiera era capaz de colocar las piezas correctamente. Sin embargo, probamos y le gané. Ese fue mi comienzo”.

Se empezó así a tejer la leyenda que perdura hasta hoy.

En un momento en que no eran muy comunes los niños prodigio del ajedrez -solo se conocía el caso del norteamericano Paul Morphy-, sus padres lo alejaron algunos años del juego por prescripción facultativa, pues se creía que semejante esfuerzo mental podía ser perjudicial para la salud a esa edad. Años después fue el primero que recomendó la enseñanza regular del ajedrez en las escuelas, como una asignatura más.

Para Capablanca el ajedrez fue como una segunda lengua materna, que dominó con soltura, apreciando el valor de las posiciones en el tablero con apenas un golpe de vista. Su casi ausencia de errores le ganó entre sus contemporáneos el sobrenombre de “La máquina de jugar ajedrez”, en una época en que estos ingenios artificiales no eran más que una utopía. Las modernas computadoras y motores de análisis actuales, que han llegado a superar el juego de los seres humanos, han confirmado que Capablanca ha sido el jugador más preciso y el que más veces realizó las mejores jugadas posibles.

Fue insuperable como jugador de simultáneas, ofreciendo a lo largo de su carrera numerosas sesiones en giras por ciudades de América y Europa. Su rápido juicio le hizo casi invencible como jugador de partidas rápidas.

Su sistema personal de juego, en contradicción con su origen latino, era en esencia posicional, simple, prudente y sin buscar riesgos innecesarios, pues consideraba que la audacia contradecía la esencia del ajedrez, que no es un juego de suerte, sino de capacidad. Pero cuando se le provocaba o se sentía motivado, se convertía en un jugador táctico temible.


Imagen tomada del libro Homenaje a José Raúl Capablanca. Ministerio de Educación; Dirección de cultura, La Habana, 1943. Cortesía del autor. El niño Capablanca jugando con su padre.

 
Imagen tomada del libro Homenaje a José Raúl Capablanca. Ministerio de Educación; Dirección de cultura, La Habana, 1943. Cortesía del autor, foto publicada en el periódico El Fígaro con fecha 8 de octubre 1893, 4 años de edad.

En 1901, con apenas 13 años, derrotó en un match al campeón de Cuba, Juan Corzo Príncipe. Sus padres deciden luego enviarlo a Estados Unidos para cursar una carrera de ingeniería, pero pronto abandona los estudios para dedicarse de lleno al ajedrez.


Imagen tomada del libro Homenaje a José Raúl Capablanca. Ministerio de Educación; Dirección de cultura, La Habana, 1943. Cortesía del autor. El joven Capablanca a los 21 años, en la misma mesa y con idénticas piezas, tratando de reproducir la escena de la foto en que juega con su padre a los cuatro años.

En 1909 se enfrenta por primera vez a un Gran Maestro, el norteamericano Frank Marshall, a quien vence fácilmente en un match con el asombroso resultado de 8 a 1 y 14 empates. Esto le abrió las puertas a su primer torneo internacional en Europa, cuando acude a en 1911 a España y gana el torneo de San Sebastián, considerado en ese momento el más fuerte de la historia.

 
Imagen tomada de Tomado de Bohemia, La Habana, no. 46, noviembre 15, 1963. Pág. 91,93.

    Sala General, fondos Biblioteca Nacional de Cuba José Martí .

En los años siguientes juega nueve torneos y obtiene el primer lugar en siete de ellos. Se mantuvo sin perder una partida durante cinco años, cimentando su fama de jugador invencible.

Retó al campeón mundial, el alemán Emanuel Lasker, pero las reticencias del campeón primero y el estallido de la Primera Guerra Mundial después, en 1914, pospusieron el encuentro hasta 1921 en La Habana. En su ciudad natal gana el título mundial en calidad de invicto, hazaña jamás igualada, con el resultado de 4 victorias y 10 empates.

Acepta el reto de ruso-francés Alexander Alekhine y, confiado en sus fuerzas y capacidad, apenas se prepara. Mientras, su rival -un jugador temible- se entrena estudiando concienzudamente las partidas y el estilo del jugador cubano.

Como justo premio a su esfuerzo, Alekhine le arrebata el título mundial en 1927 en Buenos Aires. Estaba previsto un match revancha pero Alekhine, olvidando la palabra empeñada, se dedicó durante largos años a eludir a Capablanca y utilizó el poder de su título para vetar la participación del maestro cubano en aquellos torneos donde podían coincidir. Como eterno tema de especulación quedó el enigma de cuál hubiera sido el resultado de un segundo match entre Capablanca y Alekhine. El cubano siguió siendo considerado por muchos un campeón sin corona.

Humano al fin, sus fuerzas fueron disminuyendo con el tiempo, no sin dejar de mostrar en numerosas ocasiones destellos de su grandeza. Su última competencia oficial fue el Torneo de las Naciones, en Buenos Aires 1939. Era este un torneo por equipos que hoy se sigue celebrando cada dos años con el nombre de Olimpiada Mundial de Ajedrez. Allí, como jugador y capitán del equipo cubano, finaliza invicto y obtiene la medalla de oro como mejor defensor del primer tablero.

Apenas tres años después, mientras residía en Nueva York -donde ocupaba un puesto en el consulado cubano de esa ciudad-, sufre un desmayo en el Club de Ajedrez de Manhattan mientras observaba la partida que jugaban dos amigos. Fue trasladado urgentemente al hospital Mount Sinai donde permaneció en estado de coma hasta el siguiente día en que falleció, víctima de una hipertensión arterial crónica que padeció desde joven.

Era el 8 de marzo de 1942 y contaba con 53 años. El mundo quedó consternado con la noticia y olvidó por un momento la Segunda Guerra Mundial que asolaba a Europa. Muchos medios de prensa y personalidades de todo el mundo expresaron su pesar, entre ellos Alexander Alekhine, el eterno rival, quien dijo: “Ha muerto el más grande ajedrecista de todos los tiempos. Jamás volverá a nacer otro igual.”

Su cuerpo se trasladó a La Habana en barco, que al hacer su entrada en la rada capitalina, fue recibido con la bandera cubana a media asta en el castillo del Morro. En el Salón Martí del Capitolio Nacional fue velado, luciendo la condecoración Carlos Manuel de Céspedes sobre su pecho, mientras ministros del gobierno, senadores, representantes y expresidentes de la República hacían a su lado las últimas guardias de honor antes de iniciar el multitudinario cortejo fúnebre hasta la Necrópolis Cristóbal Colón.

 
Foto del cuerpo de Capablanca, cuando era velado en el Salón José Martí del Capitolio Nacional de Cuba.

Sin embargo, en el panteón familiar no existió ninguna señal de la presencia de sus restos hasta 1988, año de su centenario, en que el escultor Florencio Gelabert esculpió en mármol de Carrara la figura de un rey de ajedrez, tomando como modelo la pieza del juego con que ganó el campeonato mundial en 1921.

Siendo el cubano más universal y reconocido internacionalmente en las primeras décadas del siglo XX, hizo una efectiva labor de promoción -quizás inconscientemente- para el mejor conocimiento de su país en otras latitudes. Cuando se efectuaba el Torneo de las Naciones en Buenos Aires 1939, un jovencito argentino de 11 años natural de Rosario, estudiante de nivel primario en Córdova y gran aficionado al ajedrez, nombrado Ernesto Guevara de la Serna, quien seguía atentamente el desarrollo de la competencia, tuvo la primera noción de que existía una isla llamada Cuba en el lejano Mar Caribe cuando supo que el genio al que tanto admiraba era cubano. Lejos estaba de saber que su futuro estaría por siempre ligado a esta tierra donde se le bautizó simplemente como Che.

El ejemplo de José Raúl Capablanca continúa vivo para todos los que aman el juego ciencia. En su honor la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) declaró el día de su natalicio como Día Mundial del Ajedrez. Aunque no fue un escritor muy prolífico, sus obras han sido libros de cabecera para muchos, desde simples aficionados hasta campeones mundiales. En nuestros días sus partidas y su sistema de juego son el eterno monumento a su memoria y nos corresponde a nosotros, sus compatriotas, ser fieles a su legado y no permitir que el ajedrez cubano pierda el lugar que ha alcanzado y le corresponde por derecho propio.

<< Imagen tomada del libro Capablanca’s Best Chess Endings, de Irving Chernev, Oxfoert University Press 1978. Fondos Sala General BNBJM.

 

¿Cómo se supo el ganador?

Por Lucía C. Sanz Araujo

Este es un año de fiesta para quienes -en todo el orbe-practican y aman el juego ciencia. Arribamos este 19 de noviembre al 130 aniversario del natalicio del genial José Raúl Capablanca, primer campeón mundial de ajedrez de Cuba, título que conquistara en La Habana, en 1921.

Su imagen ha recorrido los cinco continentes a través de fotografías, carteles, transcripciones de sus partidas o sus libros, pero también mediante los sellos de correos no solo de Cuba sino de naciones tan disímiles como: Nicaragua, Guinea Bissau, Vietnam, Mali, Uruguay, Mongolia, Comores, Chad,entre otros.

Por cierto, debe saber que la primera imagen de un titular mundial de ajedrez presente en la Filatelia fue la del cubano.
Ello tuvo lugar el primero de noviembre de 1951, en ocasión de ponerse a circular la emisión 30 aniversario del título de campeón mundial de ajedrez de José Raúl Capablanca.

Integrada por seis piezas -tres destinadas al correo normal y dos al aéreo y una al servicio de urgencia-, en las de 1, 2, 8 y 25 centavos se muestra la figura del genial jugador.

En el Museo Postal Cubano José Luis Guerra Aguiar, situado en la planta baja del Ministerio de Comunicaciones, en La Habana, podemos apreciar los originales, pruebas de ensayo, sellos emitidos así como los sobres de primer día de dicha emisión que es muy buscada por los coleccionistas de todo el mundo.

Al respecto una curiosidad, en la estampilla de 8 centavos aparece un error: la leyenda señala JOSF en vez de JOSE.

No resulta vano recordar que al analizar los sellos de correos podemos conocer personajes célebres, lugares de interés, apreciar obras artísticas expuestas en las más afamadas galerías o museos, o desentrañar nuevos elementos sobre hechos históricos. Precisamente esto último le sucedió al trebejista soviético Víctor Jenkin, Maestro del Deporte, a quien la serie cubana emitida el 18 de octubre de 1966, en saludo a la XVII Olimpiada mundial de Ajedrez, celebrada en la capital cubana, le permitió establecer el vencedor en una de las partidas del encuentro sostenido entre Emanuel Lasker y Capablanca durante el verano de 1914, en Berlín, capital de Alemania.

Entonces, la revista Boletín Ajedrecístico editada en Rusia, había informado de la victoria del germano. Durante mucho tiempo así se consignó en esa nación europea; sin embargo, la imagen de la hoja bloque o souvenir de la serie antes citada reproduce además del tablero de 64 escaques la siguiente leyenda:


Partida Capablanca-Lasker, Berlín 1914

Match

Capablanca- Lasker

Berlín. Mayo 1914

Las blancas juegan y ganan

1.         CxC    CxC

2.         T8TD jq          CxT

3.         R8A!   C2A

4.         RxC    R1T

5.         RxP     R1C

6.         R6T! y ganan

Igual texto descriptivo de la partida atestiguando el triunfo del deportista nacional, podemos verlo en los sobres de primer día.
Volviendo a nuestro tema central, Jenkin estudió a fondo las fuentes originales, revisó cientos de documentos y ello le permitió esclarecer que la publicación rusa había incurrido en un error, explicable si tenemos en cuenta que en esa época comenzó la I Guerra Mundial, por ello las noticias sobre el deporte de los alfiles, reinas, caballos y peones llegaban al país de los zares por vías indirectas, a través de personas aisladas.

Pues sí, aunque a usted pueda parecerle inverosímil es cierto: los sellos de correos, en este caso de la mayor de las Antillas, contribuyeron a esclarecer una inexactitud.

10              11
10. La hoja bloque o suvenir tiene una medida de 76 x 60 milímetros. El sello está sin dentar. Se confeccionaron 35 000 ejemplares.
11. También en los sobres de primer día aparece reproducida la famosa y controvertida partida.

 

Capablanca, leyenda y realidad

Por Miguel A. Sánchez

Prólogo de su obra Capablanca, leyenda y realidad, Premio UNEAC de Biografía 1976 Enrique Piñeyro. Ediciones Unión, La Habana, 1978.

¿Es Capablanca la leyenda de una realidad o la realidad de una leyenda? Esta pregunta no pudo ser respondida de forma coherente en la época esplendorosa del gran ajedrecista cubano, porque el nombre de Capablanca perdió su sentido corpóreo para transformarse para unos en un ideal, para otros en un problema, en una aspiración, según definió con acierto uno de sus más lúcidos intérpretes, el crítico argentino Alles Monasterios.

Aquellos que enfrentaron el problema Capablanca se extraviaron en las sinuosas líneas de aquel contorno y ello contribuyó a aumentar la confusión, valga decir, también la leyenda. Alekhine intentó una crítica despiadada y consiguió una extraña apología. Lasker una vez estuvo tan desorientado que señaló como abanderado de una nueva ola de maestros que basaban su fortaleza en el estudio sistemático de las aperturas. Richard Reti confesó que había reproducido por años las partidas de Capablanca sin poder precisar realmente las características del mismo. Sólo me atrevo a decir -señaló el Gran Maestro checoslovaco- que es lo más parecido al ajedrez que jamás he visto. ¿Quién era en realidad este hombre?


Portada del libro Capablanca leyenda y realidad, Miguel A. Sánchez. Sala General. Fondos BNCJM.

A los cuatro años de edad se le ve frente a un tablero y las crónicas narran la forma diligente en que manejaba las piezas. A los doce años es campeón de Cuba.

A los veinte destroza al mejor ajedrecista de los Estados Unidos y poco después triunfa sin fatigas en una competencia que muchos consideran la más selecta reunión de maestros de todos los tiempos.

A los treinta y dos años es campeón del mundo y entonces, para asombro de todos, declara que sus facultades han disminuido perceptiblemente en el último lustro. Nadie le cree pero sobreviene la derrota de Buenos Aires.

Más que un modo de jugar al ajedrez Capablanca es el ajedrez mismo. Él racionalizó lo que hasta entonces eran elementos diversos y empíricos para convertirlos a través de sus obras, pero fundamentalmente de sus partidas, en la guía acertada del juego posicional. “Su técnica era de tal envergadura que allí donde fracasaron Tarrasch y Schlechter triunfó Capablanca”, dijo Lasker.

Iniciador inconsciente de la revuelta hipermoderna al incorporar al juego el elemento iniciativa, terminó siendo enemigo declarado de las fuerzas que había desencadenado, y propuso una nueva variedad de ajedrez para terminar con el embotamiento teórico sin darse cuenta que el proceso era irreversible.

En tanto que ajedrecista. Capablanca fue el impulsor de la actual escuela científica; en tanto que hombre, fue un individuo esencialmente romántico. En eso consistió su gran contradicción, la gran paradoja de su vida.

Fue campeón mundial y tronco de nuevos campeones. Después, el ajedrez ha tenido ocho monarcas. Varios de ellos se han declarado alumnos y seguidores de Capablanca. El último de todos, Anatoli Karpov, ha indicado con énfasis el alto grado de influencia en su estilo de las concepciones de Capablanca.

Imagen tomada de Internet.

Capablanca dejó a la posteridad media docena de libros de ajedrez; de los cuales Fundamentos del ajedrez y A Primer of Chess (nunca traducido al español aunque sí al ruso) son obras de cabecera. Sin embargo, en toda su vida sólo escribió un artículo teórico: nada más se conoce un final compuesto por él (más otro en unión de Lasker) y en varios millares de revistas apenas se encuentra una sola partida suya jugada a la ciega.

Rehuía los tópicos ajedrecísticos y ni siquiera llevaba consigo un juego. No era un buen conferencista porque reducía sus expresiones a términos esenciales, creyendo equivocadamente que los demás seguían el proceso de su pensamiento. No fue el mejor ejemplo de deportista disciplinado y llegó a invertir por completo el sistema ordinario de vida. Iba a desayunar cuando todos almorzaban y prolongaba invariablemente sus noches hasta la salida del sol.

Esto dio origen a una dañina leyenda que todavía hoy subsiste y que se manifiesta cuando Najdorf, (no sin que le falte totalmente la razón) proclama que Capablanca fue el mejor jugador de todos los tiempos porque fue el único que no necesitó molestarse.

Pero las jóvenes generaciones no pueden aprender de la leyenda ni la leyenda puede convertirse en una guía o una bandera. En Cuba, la leyenda de Capablanca es ley. Quizás por ello Capablanca es mucho menos conocido de lo que realmente nos damos cuenta porque cuando ya nos sabemos sus anécdotas, creemos que no hay nada más que buscar.

Este libro es la historia de aquel hombre llamado con toda justeza el más universal de los deportistas cubanos y el más conocido entre los grandes del ajedrez. Liberado de los elementos fantásticos encontraremos en él un manantial de enseñanza y un sólido cimiento sobre el cual puede descansar con holgura y satisfacción el desarrollo del ajedrez en Cuba.

<< Imagen tomada de Internet.

 

Capablanca y su influencia en la música contemporánea

 Juga di Prima, cantautora y ajedrecista chilena, formada musicalmente en Europa y residente en Argentina, compuso la canción ¡Oh, Capablanca! (2018) en homenaje al genial campeón cubano. En ella refleja los sentimientos que experimentó como jugadora durante una partida real donde enfrentó una defensa Caro-Kann y le tocó llevar la peor parte. El video de la canción ha tenido miles de visitas en el canal de YouTube (https://www.youtube.com/watch?v=21qpsk7lrm4) y su autora la interpretó durante la ceremonia de clausura de la 43 Olimpiada de Ajedrez en Batumi, Georgia, el pasado mes de octubre.

¡Oh, Capablanca!

(traducido del inglés)

Juga di Prima

 

Él jugó la Caro-Kann,

su calificación era mayor

pero desde la jugada 17

el flanco del rey era mío.

 

Me arriesgué rápido,

mi torre era un cuchillo

y mi omnipotente dama

una bestia en h6.

 

Mi alfil era de oro,

su alfil era pequeño,

sin presión de tiempo lo aplastaría

de una vez por todas.

 

Renuncié a mi buen caballo

pero eso no significa nada,

él tenía más experiencia

pero no voy a perder de nuevo.

 

Oh, mi querido Capablanca,

los ojos ilusionados me engañan,

demasiado optimistas,

no tengo a dónde ir, no tengo a dónde ir.

 

Estreché su mano, firmé la anotación

tan educadamente como pude.

No puedo analizar,

no puedo mirar en sus ojos.

 

En una solitaria habitación de hotel

lloré mi desesperación.

¿Permití algún contrajuego?

Sus piezas estaban muertas.

 

Renuncié a mi buen caballo

pero eso no significa nada,

él tenía más experiencia

pero no voy a perder de nuevo.

 

Oh, mi querido Capablanca,

¿a dónde fue mi ataque?

Yo estaba ganando claramente

2 minutos antes, 2 minutos antes…

 

Ahora, según Stockfish,

lo entendí todo mal,

después de una ligera ventaja

no tenía nada.

 

Pero mi querido Capablanca,

me dices

que aprendemos más de nuestras derrotas.

¿Quién necesita victorias, verdad?

 

Fragmento del poema Deportes de Nicolás Guillén, Poeta Nacional de Cuba, dedicado a Capablanca

Deportes

(…)

¿Qué sé yo de ajedrez?

Nunca moví un alfil, un peón.

Tengo los ojos ciegos

para el álgebra, los caracteres griegos

y ese tablero filosófico

donde cada figura es

una interrogación.

Pero recuerdo a Capablanca, me lo recuerdan.

En los caminos

me asaltan voces como lanzas.

—Tú, que vienes de Cuba, ¿no has visto a Capablanca? (Yo respondo que Cuba

se hunde en los ríos como un cocodrilo verde.)

—Tú, que vienes de Cuba, ¿cómo era Capablanca?

(Yo respondo que Cuba

vuela en la tarde como una paloma triste.)

—Tú, que vienes de Cuba, ¿no vendrá Capablanca?

(Yo respondo que Cuba

suena en la noche como una guitarra sola.)

—Tú, que vienes de Cuba, ¿dónde está Capablanca?

(Yo respondo que Cuba es una lágrima.)

Pero las voces me vigilan,

me tienden trampas, me rodean

y me acuchillan y desangran;

pero las voces se levantan

como unas duras, finas bardas;

pero las voces se deslizan

como serpientes largas, húmedas;

pero las voces me persiguen

como alas…

Así pues Capablanca

no está en su trono, sino que anda,

camina, ejerce su gobierno

en las calles del mundo.

Bien está que nos lleve

de Noruega a Zanzíbar,

de Cáncer a la nieve.

Va en un caballo blanco,

caracoleando

sobre puentes y ríos,

junto a torres y alfiles,

el sombrero en la mano

(para las damas)

la sonrisa en el aire

(para los caballeros)

y su caballo blanco

sacando chispas puras

del empedrado…

(…)

Tomado del libro La paloma del vuelo popular, Nicolás Guillén, 1958.

 

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Algunos libros de la Sala General, sobre José Raúl Capablanca. Fondos BNJM.   37     38        39     40     41    42    43     44    45  46

Caricaturas de Capablanca.

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49Descripción: C:\Users\carlosr\Desktop\imaginarios capablanca\49.jpg 

50   Descripción: C:\Users\carlosr\Desktop\imaginarios capablanca\50.jpg

49 y 50 Escultura de Florencio Gelabert, para el panteón de la familia Capablanca.

 

 

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