En busca de un nombre en Cuba: dimensiones lingüística y jurídica

Por Aurora M.Camacho Barreiro

El nombre propio de persona es el denominador por excelencia, nos distingue e identifica y puede, incluso, revelar nuestra identidad. Si bien algunos especialistas han abordado sus especificidades sigue pendiente una investigación a fondo que revele, describa y evalúe sus dimensiones lingüística y jurídica en Cuba en las últimas décadas.

Para el filólogo español Martín Alonso “Lo más propio que el hombre posee es su nombre”. Para José Manuel Blecua “Hay un carácter en el nombre propio de valor cultural, de valores extralingüísticos, que lo llevan a tener un status distinto, no sólo en la gramática, sino también en la lengua (…)”

El idioma es rico como rica la imaginación de las personas que dan rienda suelta a la creatividad, y en cuanto a crear apelativos propios, la inventiva es ilimitada. En Cuba durante varias décadas el surgimiento de los nombres propios “únicos e irrepetibles”, y en muchos casos, impronunciables, ha generado conflictos comunicativos de diversa índole. Dejan de ser lo más autóctono del individuo, la carta de presentación, el denominador por excelencia para convertirse en elemento recurrente de la inventiva, la inverosimilitud y hasta de la irresponsabilidad jurídica.

La asignación de un nombre tomado de los referentes culturales en cada época o creado a partir de las más disímiles motivaciones es un reflejo fiel de las transformaciones que experimenta la propia sociedad. La pervivencia de cánones antroponímicos o su ruptura definitiva con ellos son actos que trascienden la común elección de un nombre.

La onomástica en general, y más específicamente la antroponimia o estudio de los nombres propios de persona, constituye una rama de la lexicología que se ocupa de los nombres propios, sus orígenes y significados y para ello se vale de métodos de investigación lingüística, así como también históricos y antropológicos.

El nombre de cada persona solía escogerse para trasmitir ciertas características o ciertos poderes implicados en el mismo. Cada nombre tenía un significado especial que con el uso y la evolución del lenguaje se ha ido perdiendo y son muchas las personas que no conocen el significado de  sus nombres. Habría que plantearse, además, que puede que nunca hayan pensado en eso o reconocer que no cuentan con la información que puede aportar un estudio como El significado de los nombres, de Rocío Díaz Donate (1991). Este tipo de literatura no existe en Cuba, al menos en los soportes tradicionales. Por otro lado, adentrándonos en el fenómeno neológico de muchos de los nombres “creados” en los últimos cincuenta años los referentes son más oscuros, menos conocidos o más difíciles de dilucidar; podría decirse que su significado es inextricable.

La antroponimia panhispánica presenta una base común de hagiónimos y advocaciones marianas, pero se ha podido constatar la exclusividad del tratamiento que reciben en distintos países. Se mantienen dos tendencias, una tradicional y otra innovadora: por una parte se han preservado tradiciones de origen español a la vez que se han recuperado nombres prehispánicos; por otra, la tendencia innovadora ha propiciado el incremento de creaciones internas (acrónimos, hipocorísticos, compuestos) y ha modificado analógicamente los tradicionales nombres hispánicos con el barniz anglosajón, además de fomentar la importación de antropónimos de otros dominios lingüísticos. Se aprecia cierta predilección por los nombres que identifican a famosos de actualidad o a personajes históricos, reales o de ficción. Las cifras confirman la variedad y originalidad que confieren a la onomástica hispánica estas iniciativas.

Como resultado de la presentación del tema del nombre propio en Cuba en el espacio dedicado al idioma en el programa Visión, de la emisora Radio Rebelde entre el año 2000 y el 2005 aproximadamente, empecé a inventariar una serie de nombres de uso en Cuba. Los oyentes llamaban al programa, escribían a la emisora, mencionaban sus nombres o nombres conocidos y de manera general, yo trataba de indagar en las motivaciones, en los orígenes de todos los nombres que pude. Paralelamente, amplié la búsqueda y las fuentes se diversificaron. Tuve informantes sistemáticos, las páginas de la prensa nacional aportaron numerosos ejemplos, los créditos de los programas televisivos contribuyeron a enriquecer una muestra que a fines de la primera década del siglo XXI llegó a contar con cerca de tres mil nombres de persona.

Algunas ponencias trasladaron el estado de la cuestión a diversos públicos. Un artículo publicado en una revista especializada en temas lingüísticos de Bolivia dio a conocer en el año 2003 un artículo mío sobre el tema, pero percibía que sobre el fenómeno sus tendencias en Cuba y su especificidad en el contexto hispánico se podía seguir explorando. Sin embargo, a pesar de todo el interés que puede despertar el tema y de las zonas inexploradas que acumula, sobre todo en lo concerniente a diversos influjos y a la esfera de las motivaciones sociolingüísticas, no se llega todavía a dilucidar la problemática del nombre de persona en Cuba en las últimas décadas, especialmente a partir 1959, hecho transformador de nuestra realidad social, cultural y lingüística.

En numerosos contextos se pudo comprobar que la originalidad o novedad a ultranza en la onomástica nacional supera los intentos descriptivos y analíticos por orientar a la población, carente de fuentes a las que acudir para buscar información sobre el significado de los nombres, sobre las peculiaridades gráfico-fonológicas de las invenciones y sobre los problemas de identificación de género de las personas.

En mi acercamiento al fenómeno del nombre propio en Cuba exploré algunas de las tendencias denominativas, los mecanismos de formación de los nombres y en alguna medida, traté de contrastarlos con la información que sobre el abordaje del tema en el ámbito hispánico pude allegar. En sentido general, se podía establecer una clara dicotomía entre la tendencia a seguir la tradición en materia onomástica por un lado -entiéndase la influencia española fundamentalmente- y por otro lado, la tendencia a imponer la novedad.

Las investigaciones arrojan que la tradición se mantiene, que tendencias como las de emplear nombres hispánicos, nombres de flores (Gardenia, Jazmín), nombres de lugares como: continentes (América), países y capitales (Hanoi), nombres inspirados en personajes históricos (Indira por Indira Gandhi) o populares (Fátima por un personaje de telenovela brasileña) y el contacto con otros pueblos y culturas propició también la asimilación de otros nombres (de la cultura y lengua rusa Yuri y Tatiana). Estos son, a grandes rasgos, algunos de los mecanismos establecidos. Se perdió la costumbre de consultar el santoral al dorso de los almanaques y por lo tanto ya no se emplean los nombres de santos católicos y tampoco se utilizan más de tres nombres (un caso cercano: María Aurora Amparo). En este último aspecto, la normativa jurídica interviene, además, al determinar que ninguna persona podrá ser inscrita con más de dos nombres, según precisa el artículo 94 del Reglamento de la Ley del Registro Civil vigente desde 1966.

Es precisamente en este contexto que se empiezan a producir innovaciones en el terreno onomástico. El Registro Civil tenía establecidos ciertos patrones en cuanto a los nombres que los padres deseaban poner a los niños recién nacidos. No se aceptaban extranjerismos crudos ni nombres de fonologías extravagantes, por lo que empezaron a proliferar adaptaciones de todo tipo, que luego engrosarían la interminable relación de rarezas en materia de nombre propio.

La novedad antroponímica se impuso. Faltan datos estadísticos y los registros no estuvieron al alcance de las investigaciones sociales, no se han podido consultar fuentes registrales ni otras que al menos permitan establecer ciertos criterios de uso ; pero algunos estudios indican que la neología en el terreno de la antroponimia es un fenómeno a considerar por los estudios lingüísticos en Cuba, por su productividad e impacto.

Los hablantes imponen sus gustos y preferencias y en materia de nombres de persona la creatividad es ilimitada. Se prefieren, de manera mayoritaria, nombres en cierta forma únicos.

El periódico Juventud Rebelde publicó el 21 de marzo de 2000 un extenso artículo del escritor colombiano Gabriel García Márquez acerca del secuestro del niño Elián González y aquí recuperamos algunas ideas en torno al tema que nos ocupa:

El nombre (Elián) ha llamado la atención fuera de Cuba. Se ha escrito sin rubor que Elián era su patriarca bíblico, y un periódico lo ha celebrado como un hallazgo de Rubén Darío. Para los cubanos, en cambio, Elián es un nombre como cualquiera de los muchos que ellos inventan a espaldas del santoral: Usnavi, Yusnier, Cheislisver, Anysleidis, Alquimia, Deylier, Anel. Sin embargo, lo que hicieron Elizabeth y Juan Miguel fue crear para el recién nacido un nombre equitativo con las tres letras del nombre de ella, Elizabeth, y las dos finales del nombre de Juan (García Márquez, 2000:2; subrayado de la autora).

Es este un testimonio de cómo repercutían, y repercuten todavía, fuera de Cuba nuestras creaciones en el terreno antroponímico. Pero ¿qué ha pasado en realidad en los últimos años? Se retoman los nombres tradicionales, se abandonan los exóticos, raros y sonoros que han identificado a varias generaciones de cubanos y con los cuales nos familiarizamos a fuerza de la costumbre y el uso.

En sondeos recientes, del 2016, se obtuvieron opiniones que permiten vislumbrar un cambio, que espera también por una validación práctica, pero que se deben considerar en el análisis. La madre de una niña que espera por ella en una escuela de baile de gran prestigio en Cuba me comenta que “los nombres raros ya no se usan”, la periodista Andrea Rodríguez de Associated Press dice que hay un rescate de los nombres tradicionales y el periodista Juan M. Castillo opina que poco a poco, ante una ostensible falta de creatividad, (puede que) volvamos de regreso a nuestros lejanos orígenes.

Precisa la Ortografía…

Los cambios en los sistemas onomásticos suelen ser reflejo de cambios sociales, así como de la ampliación del conocimiento del mundo. Atendiendo a esta realidad las instituciones de normalización lingüística -en este caso de la Asociación de Academias de la Lengua Española- debe limitarse a velar por la corrección lingüística de los nombres propios usados en español y por su adecuación a nuestro sistema ortográfico.

Sin lugar a dudas, una política lingüística nacional debería incluir en su esfera de influencia la normalización de los nombres de persona, la corrección como principio y la formación del personal involucrado en la función registral.

Una política lingüística coherente, flexible, estable, actual, debería proyectar su influencia sobre un área tan sensible como la de la onomástica nacional. Lamentablemente,  los fundamentos y aspectos metodológicos para su implementación en Cuba, esbozados en el artículo Proposición de una política lingüística (1992), de Gregori Torada, no han tenido continuidad.

Dimensión jurídica

Desde la dimensión jurídica se explora la legislación cubana, la Ley 51 Del Registro del Estado Civil y su Reglamento, de 1985, en su falta de precisión y excesiva flexibilidad; se considera la particularidad del nombre como elemento diferenciador e individualizante (identificación de género) y se toman como parámetro de comparación experiencias legales al respecto en otros países del ámbito hispánico.

En una entrevista aparecida en la revista Bohemia, la MsC. Dorinda González comenta que se trabaja en un proyecto de modificación de la Ley de Registro del Estado Civil y su reglamento; pero mientras se produce esta anunciada modificación es obligado el análisis de su articulado en la materia que nos ocupa.

El artículo 43 de la Ley No. 51 del Registro del Estado Civil establece que:

(…).Los padres o las personas interesadas escogerán libremente los nombres, pero en todo caso deben estar en correspondencia con el desarrollo educacional y cultural del pueblo y sus tradiciones.

Por otra parte, el Reglamento de la Ley del Registro del Estado Civil en su artículo 101 precisa los límites que para el cambio, adición o supresión de nombres o apellidos, se debe exigir el cumplimiento de alguno de los requisitos siguientes:

a) que la persona pruebe ser conocida socialmente por los nombres o apellidos que solicita;

b) cuando los nombres o apellidos que se tienen, conformen palabras con características poco comunes a la generalidad de los utilizados en la sociedad, o que con ellos se identifiquen hechos, objetos, animales o cosas

La normativa jurídica es ambigua e imprecisa, sobre todo puede medirse a partir de la práctica de los registradores civiles (descrito así en género masculino, a pesar de que suelen ser mujeres quienes cumplen esa función en los hospitales cubanos). Las reglamentaciones acerca de la imposición del nombre propio “no han establecido históricamente en Cuba, ninguna precisión o limitación en cuanto a la naturaleza lingüística de los nombres a emplear”.

En cuanto al desempeño del personal encargado del registro se puede advertir que si bien la ley les exige determinada preparación y requisitos formales no se adiestran desde el punto de vista lingüístico para orientar o aconsejar a madres y padres en el acto de imponer un nombre a un hijo o una hija. Son factores que sin lugar a dudas contribuyen al complejo panorama que se encuentra en Cuba en materia jurídica en el simbólico acto de nombrar. ¿Es necesario un cuerpo legal que limite la creatividad? ¿Es la experiencia de otros países en este sentido la que debe seguirse? ¿Es una cuestión de orientación y aprendizaje por parte de quienes están implicados en la imposición de un nombre propio?

Experiencias de otros países del ámbito hispánico

El caso de Venezuela: Nombres que serán prohibidos en Venezuela

Una ley pretende limitar a cien la lista de posibles nombres a los recién nacidos para “preservar el equilibrio y desarrollo integral del niño”. La ley venezolana -redactada desde la perspectiva de género “niños, niñas y adolescentes” “los registradores y las registradoras”-plantea que el cambio de nombre propio se producirá “cuando sea infamante, la someta al escarnio público, atente contra su dignidad, honor y reputación, o no se corresponda con su género” (artículo 146, Ley Orgánica del Registro Civil, 2009).

El caso de Chile

A pesar de las originalidades, los nombres más comunes en Chile siguen siendo los convencionales. En el caso de los hombres el más usado en lo que va del año es Benjamín, que fue inscrito tres mil 415 veces, seguido por Vicente con dos mil 741 y Martín con dos mil 649. Mientras que en las niñas los nombres más comunes fueron Sofía, dos mil 652, Antonella dos mil 367 y Florencia dos mil 296.

El caso de España

Don Juan Carlos I, Rey de España.

A todos los que la presente vieren y entendieren, sabed:

Que las Cortes Generales han aprobado y Yo vengo en sancionar la siguiente Ley: (…)

El artículo 54 de la Ley de 8 de junio de 1957, del Registro Civil, queda redactado en los siguientes términos:

Quedan prohibidos los nombres que objetivamente perjudiquen a la persona, así como los diminutivos o variantes familiares y coloquiales que no hayan alcanzado sustantividad, los que hagan confusa la identificación y los que induzcan en su conjunto a error en cuanto al sexo. (Madrid, 5 de noviembre de 1999).

En España están prohibidos “los nombres contrarios a la dignidad o al decoro de la persona por resultar irrespetuosos, soeces, ridículos, vergonzosos o vejatorios”. Tampoco los que resulten “inusuales o inadecuados para designar a una persona por distintas razones, así por invocar comúnmente animales, cosas y en general, conceptos que no se identifiquen con seres humanos”.

El caso de Italia

La prensa cubana, concretamente el periódico Granma, dio cuenta de una noticia sobre el tema en la sección Hilo Directo sobre un caso de imposición de un nombre en Italia. La Corte de Casación decidió el cambio del nombre de bautismo de un niño que fue llamado Viernes. La Presidenta del Movimiento Italiano de Padres comentó que “los padres deben pensar en las eventuales consecuencias negativas que podrían recaer en el niño en caso de nombres demasiado excéntricos” (ANSA)

El nombre es un atributo de la personalidad, el modo de individualizar a una persona dentro de una comunidad determinada para el ejercicio de sus derechos. En las personas naturales el nombre es uno de los derechos fundamentales desde el nacimiento y se integra al sujeto de derecho durante toda a su existencia y continúa incluso después de su muerte.

Se discute mucho si entran dentro del ámbito del resarcimiento de daños y perjuicios los llamados daños morales (o también propiamente morales, a diferencia de los patrimoniales indirectos) o sea aquellos que afectan a los bienes inmateriales de la personalidad, como la libertad, la salud, el honor; extraños al patrimonio y que no repercuten de modo inmediato sobre este.

Estamos en presencia de una de las Instituciones más importantes en derecho, como lo es el nombre civil, por su importancia práctica y jurídica, no sólo porque incide directamente en la esfera jurídica de la persona, sino porque constituye uno de los atributos de la personalidad que tiene como efecto inmediato la individualización de cada individuo, y que al permitir la identificación de cada ciudadano ello trasciende tanto a nivel familiar como para el Estado, el que está en el deber de garantizar su estabilidad a través de los Registros Civiles.

Siendo el nombre civil el atributo individualizador por excelencia, tiene incidencia directa en el desarrollo moral, sicológico y social de cada persona, por lo que un cambio de este tipo debe estar precedido por una garantía del desarrollo integral de la persona.

A manera de resumen

No se cuenta con estudios cuantitativos, sino cualitativos, como los de la propia autora y otros especialistas, y los comentarios que desde los medios de difusión masiva abordan la temática apenas consiguen remover el pensamiento crítico.

En las circunstancias actuales se advierte que el tema sigue despertando curiosidad en algunos especialistas, preocupación en ciertos sectores de la sociedad cubana y desinterés en el resto de la población.

 

Bibliografía

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Gregori Torada, N. (1992). Proposición de una política lingüística nacional. Anuario LL (La Habana), 23, 87-111.

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