La dictadura de la imagen: A propósito de un cuento memorable de Eliseo Diego

Por Noel Alejandro Nápoles González

...¿No será el silencio la más perfecta forma de expresión de lo inefable?

Eliseo Diego

¿Quién no se ha visto, por esos tristes azares de la vida, en la disyuntiva de vender o no algo que ama? Conozco la anécdota de una madre joven que fue a vender unos libros, allá por los años 90, para dar de comer a su hijo. Por el camino, mientras viajaba en el ómnibus, contemplaba sus carátulas y acariciaba sus páginas con ternura y arrepentimiento crecientes. Al llegar donde estaba el librero, dio media vuelta y regresó a su casa, sin dinero pero feliz. Llevaba consigo un regalo más valioso para su hijo: un gesto espiritual que aún hoy lo sigue alimentando.

En semejantes avatares andaba yo hace unos días, seleccionando en mi biblioteca los candidatos al sacrificio comercial, cuando me topé con un volumen de cuentos del poeta cubano Eliseo Diego. Yo no puedo leer los versos de Eliseo sin sentir amor de hijo porque su palabra es diáfana e íntima, como la de un padre bueno. ¿Quién que ame la poesía en lengua española no disfruta deambular por la Calzada de Jesús del Monte, verso a verso, adoquín por adoquín? ¿Quién no ha soñado leyendo Las maravillas de Boloña? Pero sus cuentos son menos conocidos, y no debiera ser así. Entonces recordé uno que leí hace años y que se titula Del espejo.

Tal vez usted oiga hablar de espejos en literatura y enseguida piense en Stendhal, Carroll y Joyce, o lo que es igual, en el reflejo fiel de la realidad, el inverso y el fragmentario. Pero es más que eso. Gracias a su madre, que había vivido exilada en Estados Unidos, Eliseo tenía al inglés como segunda lengua. Ello explica por qué amaba Alice in Wonderland y, quizás, que su cuento esté más emparentado con el espejo del inglés que con el del francés o el del irlandés. Pero incluso así, su historia va más allá de la mera inversión: su reflejo no es adjetivo sino sustantivo, no se destaca por su pasividad sino por su afán de protagonismo.

Cierto hombre, nos cuenta Eliseo, amaneció un buen día siendo su reverso: ya no era diestro sino zurdo, ya no era republicano sino monárquico, ya no se distinguía por ser un caballero sino que se destacaba por ser vulgar y despreciable. ¿A qué se debía dicha metamorfosis? Noches atrás, mientras se miraba en el espejo de su escaparate, se preguntó si éste no sería una puerta a otro mundo. Tentativamente alargó la pierna y poco a poco fue penetrando la fría y pulida superficie. Caminó hasta el recodo que siempre lo había intrigado y desapareció por él. Tan pronto hizo esto, su imagen, que hasta entonces aguardaba agazapada en un rincón, se deslizó fuera del espejo y, con una silla, lo quebró en mil pedazos.

Hay fantasías que revelan la realidad mejor que las crónicas. Al leer este cuento, siento un escalofrío ante la posibilidad de ser suplantado por mi imagen. Parece algo insignificante pero no lo es: uno dura como ser, perdura como imagen. Nótese, sin embargo, que aquí el término imagen no se usa en el estricto sentido de imagen artística; más bien se emplea como reflejo.

En el fondo de la historia, subyace una fractura, un divorcio entre el objeto y su reflejo, algo así como el dilema entre Peter Pan y su sombra. No en balde un koan zen dice: yo soy la imagen del espejo pero la imagen del espejo no soy yo.

Cuando Lezama Lima, en su lenguaje inabarcable y fractal, afirmaba que la poesía era un caracol nocturno en un rectángulo de agua, probablemente quería decir que la poesía es el enigma traducido en la imagen. De manera que el poeta, aunque no lo sepa, tiene algo de matemático pues ha de dominar el arte de permutar las letras del enigma hasta dar con su anagrama imagen.

El Grupo Orígenes, liderado por el propio Lezama y del cual Eliseo era miembro, se caracterizaba precisamente por el culto a la imago. A través de ella, pretendían reconstruir poéticamente el mundo perdido. Pero ¿acaso el cazador de enigmas corría el peligro de ser cazado por sus imágenes?.

Más que eso, lo que parece terrible es que la imagen suplante a la vez que niegue a su objeto, que sea su perfecto opuesto, tal como sucede con una de las mitades del Vizconde demediado de Ítalo Calvino. Si el Grupo Orígenes cultivaba la imagen, la imagen homicida del cuento, por el contrario, quiere ser origen a toda costa. La imagen se vuelve original en la medida en que convierte al original en imagen. Todo se reduce a un traspaso del protagonismo, como en el cuento La sombra, de Hans Christian Andersen, sólo que aquí la idea es más compacta, más redonda.

Llevando la lectura maligna al extremo, cabe subrayar un peligro. En un mundo de poderes, las ideas no se matan, se olvidan, que es peor; y las que resultan inolvidables, se tergiversan y manipulan, buscando el efecto contrario. Hay una muerte más negra que el olvido, y es el recuerdo envenenado, que desnaturaliza, cambia el signo y convierte a algo en lo opuesto de lo que fue. Así hubo discursos liberadores a lo largo de la historia, como el de Jesús o el de Marx, que filtrados por el poder de la Iglesia o del Estado, se usaron como pretextos para prácticas bestiales y dogmáticas. Al paraíso no se llega a estacazos.

No obstante existe otra arista del asunto, que conduce a una lectura más benigna. Pongamos por caso la fotografía. Una foto, que es la imagen de una cosa, deviene referente cuando el original se desvanece en el tiempo. Por eso la historia se hace con el pie pero se escribe con la huella. De la rosa queda el nombre y de la madre joven que se arrepintió de vender sus libros, el gesto  indeleble.

Sea como sea, no hay dudas de que Eliseo Diego fue un maestro del verso que anduvo con soltura por las veredas del cuento. Tras su palabra nítida, se advierte el oficio depurador, que decanta y filtra el sedimento del río, hasta dejar la pepita de oro, que luego limpia, pule y abrillanta. Él habita sus signos porque en ellos puso, con sinceridad, su alma. Él vive incluso en el silencio con que expresó lo innombrable pues, como escribía Wittgenstein en su Tractatus, de lo que no se puede hablar mejor es callar. Lo cierto es que el propio Eliseo era un militante de la vida. Por eso dijo: ...para mí queda, cuando deje a un lado la siempre fría imagen, esa gran fiesta que me aguarda a la otra parte del espejo.