Héctor Alterio… de la tregua a los pequeños milagros

Por Tania Cordero y Amado del Pino

EI sobrio juez de origen griego que discrepa, in­vestiga y hasta sufre en Cenizas del paraíso (uno de los interesantes filmes argentinos en la última edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano) es, tal vez, de los muchos personajes de Héctor Alterio, el que más se acerca a su vida de tesón, búsquedas. Héctor también ha sufrido ame­nazas y ha sido víctima de la adversidad.

La formación de Alterio es autodidacta —tuvo que trabajar desde niño para ayu­dar a la manutención familiar— y cuando ya había logrado consolidar una carrera en su Argentina, las condiciones políticas de ese país lo obligan a convertir lo que era una breve estancia como invitado al Festi­val de Cine de San Sebastián en un largo exilio español. En la Península el actor lo­gra la proeza, poco frecuente además, de integrarse a la cinematografía y a la televi­sión y alternar con las figuras más descollantes de la actuación en España.

Para el espectador cubano las imágenes del artista se suman y se yuxtaponen. Resulta casi imposible olvidar el pa­radójico personaje de La historia oficial, de Luis Puenzo, donde el in­térprete trabaja con exquisita efica­cia los registros que van del buen padre de familia al burdo asesino que se desenmascara en el final.

En la última década Héctor Alterio filma continuamente en Es­paña y Argentina, regresa al tea­tro, participa en la televisión como parte de una incesante y espléndida carrera que la madurez robustece.

—¿Qué factores, además de su talento, hicieron posible esa dualidad que sorprende a muchos: un Héctor Alterio que encar­na seres raigalmente argentinos y "el otro actor" que es capaz de asumir desde el punto de vista gestual y de la peculiar dic­ción a un hombre español, como el perso­naje de El nido, la recordada cinta de Armiñán?

Como se sabe, yo estaba participan­do en San Sebastián en 1974 con la pelí­cula La tregua, a partir de una noveleta de Mario Benedetti, y recibí una amenaza ta­jante del grupo ultraderechista Las Tres A, donde quedaba claro que si regresaba a Argentina sería ultimado en el lugar en que me encontrara. Duran­te ocho años no pude volver a mi país. Tuve que integrarme a un medio que no conocía, a una dicción y una es­tructura lingüística que me eran ajenas y tratar de introducirme en un mercado en el que apenas se me conocía. A los tres años, con la paulatina llegada de la democracia a España, se me facilitó un tanto el camino. La aureola que yo traía de actor perseguido políticamente pasó a ser de un inconveniente a un motivo de simpa­tía.

Lo más difícil técnicamente era hablar como un hombre español sin que parecie­ra una caricatura o algo superficial. Pero ya yo tenía mi carrera consolidada, tenía que mantener a mi familia y no me quedó otra alternativa. Y no se tratasolamente de un problema de acento, sino de personalidad, de vivencias; yo no tengo nada que ver con un hacendado cervantino. Me lo tomé como un asunto de sí o sí. Ahora, al cabo de vein­te años en España, todo es más fluido. Soy un actor que vive de la oferta y la deman­da, y alterno mi tiempo entre las propues­tas de trabajo en mi país y los proyectos que asumo en España. He seguido vivien­do en Europa —a pesar de la nostalgia por mi tierra— porque mis hijos ya se sienten españoles y no quiero para ellos lo que tuve que sufrir yo ante otra cultura, otra forma de vivir.

En el noventa y ocho ródaré con Méndez Leites, que ya me dirigió en el se­rial La regenta (visto en Cuba), y, además, tengo un par de proyectos para filmar en Argentina.

—¿Cómo enfrentó desde el punto de vista actoral y humano el hecho de interpretar con total identificación stanislavskiana aquel "edu­cado" y cínico represor de La historia oficial, si se tiene en cuenta que usted en lo personal fue afectado por esa misma dictadura?

Yo estoy de acuerdo con aquel actor norteamericano que aconsejaba en caso de tener que escoger entre un personaje "malo" y uno positivo, escoger al más antipático, porque ese suele ser el más recordado. El divertimento que significa la actuación se torna más interesante cuando interpretas un papel que no tiene nada que ver conti­go. Más allá del reto artístico que significa un personaje tan complejo y tan lejano a mí, me sentí muy gratificado porque La his­toria... pudo cumplir su función de alerta, de cuestionamiento en muchos países gra­cias a la distribución privilegiada que le pro­porcionó el haber sido nominada al Oscar. Cuando hago películas como ésta, que plantean contradicciones a veces supera­das y otras no, me siento útil como actor y, sobre todo, como ciudadano.

—Ha resultado impresionante para la crítica y el público de los diecinueve festi­vales de cine de La Habana el nivel interpretativo del cine argentino. ¿Qué con­diciones han favorecido esa exquisitez? ¿Qué factor pesa más: la tradición cinematográfica de su país o una academia de for­mación de actores procedentes del teatro?

—En mi caso se trata de un actor intuitivo. No puedo hablar de una academia ni de un método. Lo que sí influyó poderosamente en mí y en la mayoría de los actores argentinos de mi generación fue el movimiento de teatro independiente que florece desde la década del treinta y hasta los setenta. Yo participé a partir de los cincuenta en ese rico clima tea­tral. No era solamente la calidad de muchos directores o intérpretes, sino también un pro­ceso socio-cultural interesante entre las ideas políticas de entonces que contrastaban con las posiciones, en su mayoría de izquierda, de los teatristas de esa época.

—Tengo que rescatar también el concep­to de que nuestra idiosincrasia es la de ser hijos de extranjeros. Por ejemplo, yo proce­do de una familia de italianos que llegaron en los años veinte a Buenos Aires. Esa as­cendencia que todos tenemos conforma una sensibilidad, un oído muy amplio. De ese estar abiertos al mundo, losactores to­mamos mucho aire. No creo que haya una escuela que determine una metodología de los intérpretes argentinos. El teatro, que para mí es la base de todo el trabajo actoral, fundamenta tal vez ese nivel alto o esa so­lidez. En mi caso los veinte años de trabajo en el teatro independiente resultaron deci­sivos para mi formación y mi proyección.

—Tras ese período formador, cuáles son sus vínculos con el teatro argentino contemporáneo.

—Me siento especialmente libre y desa­rrollado en el teatro. Es ahí donde soy dueño de mí mismo y puedo experimentar noche a noche la presencia de un público distinto que me impide caer en la inercia de la re­petición. Me mejora día a día, me revitaliza. No subestimo la televisión ni el cine, pero es en el teatro donde me siento me­jor. Todo lo que des­pués he hecho en el cine, y hasta la popu­laridad que puedo haber alcanzado, me lo posibilitó el teatro.

—En los últimos años he logrado inser­tar en mis compromisos siempre una obra de teatro. De cinco años a esta parte he interpretado a O'Neill, a Lorca y también a autores actuales. Todo esto en España. En Argentina hace mucho que no hago teatro y lo lamento. Tengo varios planes de volver a subirme muy pronto en un escenario en Buenos Aires.

—Después de una filmografía en la que abunda una fuerte base realista, qué experiencias retiene de su participación en Pequeños milagros y con la sin­gular estética de Eliseo Subiela.

—Trabajar con Subiela fue siempre como una asignatura pendiente. Disfruto mucho su ci­nematografía y lo admiro desde Hombre mirando al sudeste. Por cierto, me llamó la atención la ascendencia y la popularidad que tiene entre el público cuba­no. Tengo entendido que aquí se han visto todas sus películas. Su primer filme me impresionó mu­cho, pero me preguntaba si ha­bía en mí un interés especial por tratarse de un director argentino. Después pude compartir con los espectadores españoles y me percaté de que tenían la misma avidez por su cine. En el noventa y siete, Despabílate, amor se convirtió en uno de los más sonados éxitos cinematográficos en Madrid.

—Por las casualidades de la profesión nunca había formado parte de una cinta de Subiela. Por eso cuando me comunicó en Buenos Aires que quería contar conmigo, fue como un pequeño milagro. Lo rescato como un realizador nada desesperado por el éxito comercial. Ejerce su trabajo desde ese mundo mágico tan personal del que él se rodea y con un sentido del humor tam­bién muy único. Se trata de un director que crea climas de trabajo para el actor que son muy importantes, siempre que sepa apro­vechar esa magia.

—En la primera jornada del festival de La Habana asistí a varias emociones inolvidables. A las dos de la tarde, antes de inaugurarse oficialmente el evento, también en mi primer día en esta ciudad, me tocó presentar Pequeños milagros ante un públi­co que yo no conocía y un filme en el que yo trabajaba, pero que no había visto por otros compromisos de trabajo. Sensaciones muy diversas se produjeron en mí cuando se des­encadenaron circunstancias "milagrosas". El público comenzó a identificarse con la pelí­cula, a entender perfectamente sus claves y a disfrutar sus contrastantes situaciones.

—Es usted uno de los actores más presen­tes en las pantallas de nuestros festivales de cine. ¿Conoce la formidable acogida de su trabajo en el público cubano? ¿Intuye alguna característi­ca singular en nuestros espectadores?

—Siempre he tenido la invitación para venir a La Habana, pero por coincidencias con otros rodajes no había podido asistir y me desconsolaba mucho. Supuse que algu­na razón sustentaba esa invitación año por año, pero no lograba imaginar que mi traba­jo tuviera una aceptación tan plena y tan amplia. Tampoco pensé que tantas pelícu­las en las que yo había participado se hu­bieran visto aquí. He recibido muchas grati­ficaciones en la calle... Como pocas veces en mi carrera me ha animado la certeza de que el trabajo que uno hace llega realmente al espectador.

— Me ha impactado la avidez con que el público accede a las salas cinematográficas. Ese interés masivo por el cine sólo se puede comparar con el existente en la India. El día de la inauguración había cerca de seis mil personas. La pasión de los cubanos por discutir, por ver cine, es un pre­mio que me llevo en mi maleta. Los espec­tadores se ven vivos dentro de esta reali­dad ilusoria que es el cine.

 

Tomado de Revolución y Cultura, La Habana, no. 2, 1998. Pág. 50-51.