La tragicómica ascensión de Litico Rodríguez

Por Freddy Artiles

Litico llega a mi casa a las dos de la tarde. Tengo ron y café, pero le brindo café porque sé que no bebe ron. Antes me he leído su biografía artística y hay algunos aspectos que quisiera precisar. Entre ellos, la fecha y lugar de nacimiento de José Ma­nuel Rodríguez García.

—Nací el 16 de agosto de 1926. En La Habana.

—¿Desde cuándo te dicen Litico?

—Desde niño. Ese es un apo­do español que me puso mi padre.

 

 

Litico Rodríguez comenzó su carrera artística en abril de 1944, a los dieciocho años, mien­tras estudiaba en la Escuela de Artes y Oficios para ser técnico electricista y luego ingeniero, y cursaba el tercer año de bachille­rato en el Instituto de La Haba­na. Por entonces se bailaba swing en los bares y él acudía junto con un grupo de amigos. Baila­ban para divertirse y hacían pe­queñas coreografías. Un día fue­ron al Teatro Nacional y pidie­ron bailar gratis en el homenaje que se ofrecía a una conocida vedette de la época. El número tuvo tanto éxito que salieron de allí con un contrato para el Zombie Club, un cabarecito situado frente a la estación de bomberos de Corrales. Eran cua­tro parejas y un cantante llama­do Dandy Crawford. Más tarde se unieron a otro grupo de músi­cos negros llamado Loquibambia, integrado por José Antonio Méndez, Frank Emilio y la can­tante Ornara Portuondo, entre otros. Formaron una pequeña compañía que trabajaba en cines de barrio.

—Nosotros poníamos el show y el dueño del cine nos daba el cincuenta por ciento de la taqui­lla, que luego se repartía a partes iguales entre todos los integran­tes del grupo. En eso, ya éramos comunistas.

Cuando Loquibambia llegó a tener seis parejas de baile resultó un grupo demasiado grande y se desintegró. Tres de las parejas permanecieron unidas y comen­zaron a bailar el repertorio inter­nacional: zamba, rumba, swing, de todo. Debutaron en Tropicana, cuando todavía se llamaba Villa Mina, junto a Bola de Nieve y Rita Montaner. Entonces una compañía norteamericana vino a Cuba para hacer una película musical titulada Sarrumba. Liti­co tomó parte en la filmación junto a otros bailarines, y más tarde con ese mismo grupo se preparó un espectáculo para pre­sentarse en los teatros.

—Siempre fui gordo y no te­nía la línea de los bailarines. Eso llamaba la atención, por eso cuando yo salía la gente no mira­ba a más nadie y los demás baila­rines me odiaban a muerte.

El grupo de bailarines debutó en el Fausto con tal éxito que el empresario le pidió al coreógrafo preparar un espectáculo especial para ese teatro. En aquel enton­ces, para que las cosas parecieran buenas debían tener títulos en inglés. Y así surgió Sepia Rhapsody. Un empresario mexicano vio el show y le pareció muy bueno, pero muy grande. Necesi­taba ocho mujeres que bailaran, tres que cantaran y un bailarín que también pudiera servir de coreógrafo. Este bailarín era Litico, y entre las mujeres se en­contraban Vilma Valle y Elena Bourke. El grupo se llamó Las Mulatas de Fuego y debutó en el Follies Bergere de México jun­to a Toña la Negra, Tongolele y Tin-Tan, con una orquesta diri­gida por Agustín Lara. Tras re­gresar de una segunda gira a Venezuela, Litico se separó de Las Mulatas... y formó un trío de cantantes y bailarines junto a Elena Bourke y Sandra Taylor. Consiguieron un contrato para Kingston, Jamaica, pero el trío pronto se desintegró.

—Elena siguió con su canción, la otra con su baile y yo me que­dé en el aire.

Mas en esos días un empresa­rio yanqui hacía pruebas para formar una compañía de música y bailes afro-cubanos, y Litico fue contratado para una gira por los Estados Unidos. Era el año 1949 y él pensaba que a sólo cinco años de haber comenzado su carrera artística no le había ¡do mal. Pero en Nueva York el empresario yanqui desapareció de pronto con todo el dinero que la compañía había recauda­do en dos semanas de trabajo. Litico comenzó por fregar pla­tos y luego carros. Un día leyó en un periódico que se solicitaba un salad-man. Pensó en la fácil ensalada cubana de lechuga y tomates y creyó que sabía.

—Pero a los pocos días me pidieron una ensalada rarísima, con salsas y esas cosas, y yo no la sabía hacer. El jefe me insultó y me botaron... pero me paga­ron el tiempo que había traba­jado.

Y repitió el numerito dos o tres veces más: comía, lo bota­ban, cobraba. Hasta que aprendió a hacer las ensaladas. Al fin, consiguió un puesto para pintar y reparar barcos en los muelles. Y estando allí se le venció el per­miso de inmigración. Para despis­tar, tenía una tarjeta de la Social Security en la que decía que él era dominicano y se llamaba Felipe Morales. Pero un funcionario de inmigración descubrió el cuento y se lo llevó detenido a Ellis Island, una cárcel migrato­ria. Allí permaneció varios me­ses, y como no tenía abogado pidió una entrevista con el alcalde para explicarle su caso.

—Le conté todo lo que había pasado, el empresario americano que se había robado el dinero, todo. Y cuando terminé, me dijo: "Usted es un buen mucha­cho. " iEl hombre tenía sobre las rodillas el expediente completo con mi caso! Si llego a decirle una sola mentira, me embarco. Entonces me dio siete papeles amarillos, no se me olvida, para que cada mes le escribiera en uno de ellos mi dirección y lo que estaba haciendo y se lo man­dara.

A los cinco meses de la entre­vista Litico le devolvió al alcalde dos de los papeles en blanco. Trabajando en los muelles y como bailarín de rumba en algu­nos cabarets de mala muerte los fines de semana, había reunido el importe del pasaje de regreso. Ya en Cuba, integró el trío Este­la, Litico y Mario. Debutaron en el cabaret Sans-Souci, de La Habana, y al poco tiempo el show completo fue contratado para Miami. El espectáculo regre­só a Cuba, pero el trío siguió de gira para Nueva York y Chicago.

Estando en Chicago, en 1953, trabajaron en un cabaret llamado Cuban Village.

—A los tres nos pareció que el ambiente era un poco raro. ¡Y es que era un cabaret de gangsters! Hasta que una noche mata­ron a una mujer allí y todo el mundo cayó preso. Luego nos soltaron, pero nos dieron setenta y dos horas para dejar Chicago.

Entre Estela, Litico y Mario tenían el importe justo del pa­saje en tren. Casi por milagro consiguieron un contrato en otro estado y regresaron a Cuba. Al llegar, otro contrato con el Royal American Show para girar por los Estados Unidos y Cana­dá. Al regresar a Cuba, inauguraron el cabaret La Campana, don­de se produjo el debut del cuar­teto D'Aida. Y de nuevo partie­ron hacia México, en una gira que los llevó hasta Tijuana.

—Pero en Tijuana Estela se enamoró y el marido le prohibió seguir bailando. Ella se quedó y se rompió el trío. Lo mismo de la otra vez. Por eso, después de esta experiencia decidí traba­jar yo solo.

Y trabajó solo. Primero como administrador de una llantera y después de un hotel. Mientras tanto, formó con unos mexica­nos un grupo de música y baile llamado Cuba-Veracruz. Enton­ces se le venció el permiso de in­migración y otra vez a la cárcel.

—Lo malo era que en Tijuana no había prisión migratoria y me metieron en una cárcel con delincuentes comunes. Imagí­nate, la barba me llegaba al cue­llo y tenía las pasas alborotadas. Yo fui el que inventó el "esperdrum".

Después de muchas gestiones —y de seis meses en prisión- consiguió un permiso para ir al Distrito Federal y arreglar unos papeles legales a fin de casarse con una mexicana que había sido su compañera durante su estancia en México. Al llegar al DF, dos funcionarios de Gober­nación que lo esperaban al pie de la escalerilla lo introdujeron amablemente en un carro.. lo llevaron a otra cárcel —esta vez migratoria—, donde perma­neció cuatro meses más. Al fin consiguió una entrevista con el jefe de Gobernación.

—Le conté toda la historia y al final me dijo: "Usted es un buen muchacho." Y aproveché para pedirle setenta y dos horas de plazo y conseguir dinero para el pasaje de regreso.

Con dos custodios mexicanos que por entonces ya se habían convertido en sus amigos, Litico se dio a la tarea de recorrer el DF en busca de ayuda. Comenzó por visitar a dos amigas mexica­nas en las que tenía cifradas sus mayores esperanzas, pero una estaba de gira y la otra en el hos­pital. Entonces le pidió a sus guardianes hacer el recorrido de noche. Así, en el ambiente de los cabarets se encontró con Luis Trápaga, José Antonio Méndez y otro amigo cubano que le com­pletaron el importe del boleto. Al día siguiente, regresó a La Habana. Era el mes de noviem­bre de 1959.

—La Revolución había triunfado en enero y todavía estaba llegando gente del exilio. Yo hacía una pila de años queno venía a Cuba, y como estaba pre­so y pasando mil trabajos, ni escribía. Ya mi familia me daba por muerto.

El caso fue que José Manuel Rodríguez García no aparecía en ninguna lista de exiliados en el extranjero por razones políti­cas. Eran tiempos difíciles y, por si las moscas, las autoridades cubanas lo dejaron detenido en el aeropuerto mientras hacían sus averiguaciones. Hasta que a las dos y media de la madrugada apareció un funcionario de inmi­gración que le pidió mil excusas y le comunicó que podía reti­rarse. Lo malo era que Litico no sabía bien adonde ir. Temía aparecérsele de pronto a su madre y provocarle un infarto. Decidió, por fin, alquilar una habitación en un hotel barato cercano a la terminal de trenes y llamar a la casa del hombre que le había puesto Litico. Cuando salió al teléfono la esposa del padre, Litico se identiticó.

— Y díceme ella: "¿Litico? ¡Qué va, hijo, Litico hace tiem­po que se murió!" "No, no se murió. Yo soy Litico y acabo de llegar." "¿Sí? Pues tendrás que venir por aquí para creerlo."

Al fin todo se aclaró y Litico se reunió de nuevo con su fami­lia. El padre le ofreció que vivie­ra con él en la buena casa que tenía, pero él prefirió acompañar a su madre en una habitación de una casa de vecindad en el barrio de Jesús María, donde aún reside.

—Del 59 al 60 me la pasé

"inventando", hasta que fui a ver a Alberto Alonso y Luis Trá­paga, que estaban preparando el Conjunto Experimental de Dan­za de La Habana.

Con este colectivo participó en el ballet El solar. Pasó un cur­so de técnica de danza y otro de técnica básica para profesor. Durante tres años impartió clases en la Escuela de Instructores de Arte y en la escuela de danza de la CTC. Luego hizo Mi solar, una versión del ballet para el recién inaugurado Teatro Musi­cal de La Habana, y más tarde una versión cinematográfica, el filme Un día en el solar.

—De todo lo que has hecho, ¿qué has disfrutado más?

—Lo que más he disfrutado es hacer teatro musical, porque es lo que más me gusta. Mi solar, Pato Macho, La trabazón...

A partir de 1965 comenzó a viajar por Europa. Corí el Music Hall de Cuba visitó Francia, la RDA, Polonia y la Unión Sovié­tica. Luego tomó parte en la producción del cabaret Capri L´abana se escribe sin hache, que participó en la Expo'67 de Montreal. Al regreso, siguió haciendo cabaret y, en 1972, participó como actor en el proyecto Los días de la Comuna. Al año siguiente, ingresó al grupo Teatro Cubano. Por estos años Litico tuvo sus primeras experiencias en un teatro no estrictamente musical. Luego el grupo Teatro Cubano se disolvió y regresó al cabaret, hasta que en 1980 se enteró de que Mario Balmaseda tenía un buen papel para él en Andoba, la pieza de Abrahan Rodríguez, e ingresó en el Tea­tro Político Bertolt Brecht, con el que ha realizado giras a Che­coslovaquia, la RDA, Angola y Nicaragua, y en el que perma­nece hasta el momento.

—Entre actuar, cantar y bai­lar, ¿qué prefieres?

—Las tres cosas por igual. No es lo mismo estar limitado a una sola fase que poder hacer las tres.

—Entonces, ¿por qué te has dedicado sólo a actuar?

—No es que yo haya querido, sino que las circunstancias me han llevado a eso. No me quejo, porque me ha ido bien y he teni­do oportunidad de hacer algo nuevo en mi vida.

En piezas como Andoba, La permuta, La trabazón y El esque­ma, todas del Teatro Político, Litico se ha mostrado como un actor de excepcional vis cómica. Incluso en la interpretación de piezas clásicas: baste recordar su criado en el Don Juan de Moliere. Los televidentes se encuentran con él a menudo en los programas humorísticos, y los espectadores del cine lo recuerdan con una sonrisa por sus papeles en Los sobrevivien­tes, Se permuta y Patakín. Un artista que canta, baila, actúa y resulta, además, irresistiblemente cómico.

—Entre el teatro, el cine y la televisión, ¿qué prefieres?

—El teatro, porque es una comunicación más directa con el público. El cine y la televisión son más efectivos y rápidos, pero en el teatro se puede percibir la reacción directa del público. En el cine y la televisión uno se en­tera luego. Y a veces nadie dice nada y uno no sabe lo que pasó.

—¿Crees que te falta algo por hacer?

—En lo que respecta al teatro, creo que no me queda nada por hacer. Y lo que deseo es tener salud para seguir haciéndolo todo.

—Entonces, ¿estás satisfecho de tu carrera artística o crees que hubieras podido hacer más?

—Satisfecho... yo creo que nunca voy a estar. Siempre me parece que lo que hago es poco y que hay posibilidades de hacer más. Si no lo he hecho es porque no he tenido oportunidad.

—¿Cuáles han sido los mejo­res momentos de tu vida?

—Cuando me dieron la me­dalla Raúl Gómez García y los diplomas por haber cumplido misiones artísticas en Angola y Nicaragua.

—¿Eso es verdad, Litico?

—Sí. Es verdad. Porque es el reconocimiento a un trabajo, a un artista que ha pasado todas las visicitudes que yo he pasado para llegar a donde he llegado.

—¿Qué piensas del desarrollo que ha tenido el teatro cubano y de su situación actual?

— Yo creo que el teatro cuba­no en sí se ha quedado un poco estancado. Hubo una época en que se vio un desarrollo, cuando Santa Camila, Andoba... empe­zó a florecer la cosa. Había una perspectiva de desarrollo. De en­tonces acá todo se ha quedado en eso. Quizás haya una que otra obra que ha tenido aceptación, pero no puede decirse que el tea­tro cubano en general haya teni­do auge.

Conocí a Litico personalmen­te en 1973, cuando ensayaba un papel en mi obra Adriana en dos tiempos para el grupo Teatro Cubano. Luego me relacioné con él a partir de mi ingreso en el Teatro Político Bertolt Brecht, y terminé de conocerlo cuando coincidimos en una gira a Nica­ragua. Allí descubrí que Litico, además de cantar, bailar y ac­tuar, lo mismo lava, que arregla un pantalón que juega al billar como un maestro. Si el término "multioficio" no existiera, hu­biera habido que inventarlo por él. Porque también Litico pudie­ra ser un magnífico narrador oral.

Me contó su vida en cosa de dos horas. Iba al grano, sin dete­nerse en detalles superfluos y seleccionando lo fundamental. Además, muy serio, tanto que a cada rato yo tenía que dejar de escribir para reírme. Cuando llegó a mi casa venía de un ensa­yo, y al día siguiente comenzaba la filmación de una película. Después que bajó las escaleras me paré en el balcón y lo seguí con la vista. Cuando aún no había doblado la esquina, alguien que pasaba le gritó con una son­risa: "iEh, Litico!" Y él saludó con la mano y otra sonrisa. Algo natural cuando se trata de al­guien que está haciendo reír a la gente hace cuarenta y cinco años y piensa seguir haciéndolo por muchos más.

Tomado de Revolución y Cultura, La Habana, no. 4, abril, 1989. Pág. 28-32