Imaginarios: Una mirada a la cultura Hip Hop en Cuba. Memoria, consumos culturales y desafios (2017-2019)

 

El equipo editorial de Librínsula dedica este Imaginarios a establecer una muestra referente a la cultura Hip Hop –en materia literaria y de archivo– entre los años 2017; 2018 y 2019 en Cuba. El libro de periodismo cultural Rapear una Cuba utópica. Testimonios del movimiento hiphopero (2017); la Primera Exposición-Archivo de Hip Hop cubano que tuvo lugar el miércoles 14 de noviembre de 2018 en la Sala de Música León-Muguercia; y el primer libro de corte académico Contar el Rap. Narraciones y testimonios (2019). La cultura Hip Hop –con más de tres décadas de existencia en nuestro país–, forma parte indisoluble del patrimonio cultural cubano. Lo anterior se expresa en la amplia producción de contenidos diversos, entre los que se encuentran: fanzines; revistas; libros; cinematografía; discografía; moda callejera; fotografías; historietas; tecnología; utilización del género musical rap por reconocidas agrupaciones de música popular bailable como La Aragón; Van Van; Irakere; NG La Banda; Adalberto Álvarez, entre otros. En este sentido, que una herramienta de transformación social como la cultura Hip Hop posea un lugar en la Biblioteca Nacional de la nación (en forma de un futuro fondo) constituye un hecho cultural sin precedentes, y se debe a la ayuda desinteresada de muchas personas. Esta sección está compuesta por textos de intelectuales que han repasado algunas aristas de la mencionada exposición, tales como: rap cristiano; género-sexualidad; curaduría; su impacto desde lo archivístico-bibliotecológico e incluso, un poema dedicado a la moda callejera y a las bailadores de breakdance en Cuba. También se incluyó un texto del poeta y ensayista Víctor Fowler Calzada que entrelaza dimensiones complejas relacionadas con las políticas culturales, consumos culturales y utopías. Que este Imaginarios (a manera de dossier) sirva para homenajear a una cultura de resistencia que, aunque foránea, forma parte ineludible de nuestra historia, insertada en la memoria nacional de nuestra sociedad. Las fotos corresponden a la autoría de Roberto Lázaro Cruz del Oso (Cubaffiti), Alejandro Zamora Montes y Johan Moya Ramis.

El miércoles 14 de noviembre de 2018 cortaron la cinta el Dr. Eduardo Torres Cuevas, el bailarín y coreógrafo Miguel Ángel Abreu Larrondo (Miguelito La Peste), y los investigadores Tomás Fernández Robaina y Víctor Fowler Calzada, quedando de esta manera inaugurada oficialmente la Primera Exposición-Archivística de Hip Hop cubano.

 

Palabras de presentación del Dr. Eduardo Torres Cuevas

Buenas tardes a todos. Este fue un proyecto que, cuando lo presentaron, creí que era muy importante acogerlo. Creo que es toda una expresión el hecho de que estén todos aquí, y al mismo tiempo una satisfacción. Es una expresión de lo que ha sido, y lo que es, lo más profundo de nuestros sentimientos expresados de las más diversas formas, entre ellas, la música. Y es una expresión también de una época y de sus problemas. Por tanto, hacer una exposición como la que se proponían era una osadía también. Cuando me lo dijeron, lo pensé. No por lo que se quería hacer, sino por si se tenía la suficiente muestra de lo que se quería hacer. Debo decirles que realmente vi todo ayer, y fue entonces que pude aquilatar lo que se había coleccionado y se exhibía. Van a verlo ustedes ahora. Esto es una historia que viene desde hace algún tiempo. Que yo también la disfruté muchísimo. De aquellas cosas que hacíamos por allá por los años ochenta y noventa. De oír cosas, para disfrutar cosas, etc. Bueno, yo me remontaba mucho más atrás con el guaguancó habanero, que requiere un estudio importante de todos sus contenidos. Ustedes probablemente no disfrutaron la época del guaguancó habanero de los cincuenta, pues son muy jóvenes. Pero yo sí la disfruté, en especial aquel guaguancó que decía: “Y cuando te pongas bella; y vengas de la cocina; te diré que eres mi estrella; que yo a ti mucho te quiero”. No lo llegué a rapear, pero me aproximo (Risas). Pero bueno, es la música realmente de nuestra ciudad, de nuestro mundo. Para sacar de lo universal. ¡Porque nosotros somos universales por nuestras propias raíces! ¿Y qué lugar mejor que nuestro país para recoger esa maravilla que es cómo fueron llegando, influyendo, mezclando ritmos, gustos, ideas, sentimientos? Y cuando ellos me mostraron esta exposición me quedé absolutamente asombrado, y les sugerí que por qué no hacíamos una colección sobre cultura Hip Hop en la Biblioteca Nacional. Que tengamos una exposición que periódicamente podamos exhibir. Y ustedes verán que no exagero, cuando miren esta excelente exposición. Creo que esto es un origen. A mí me gusta ver estas ideas como el inicio de cosas que se pueden hacer con inteligencia, voluntad, constancia. Podemos seguir este camino que abrimos hoy, y la Bncjm estará abierta para recoger estas expresiones profundas de nuestras identidades, de nuestras realidades, de cómo somos. Sin disfraces ni maquillajes. Así como realmente se expresa la exposición, creo que es como tenemos que asumir lo que debemos hacer en los próximos años. Yo no voy a hablar más, nada más le dije a Zamora: Solamente voy a hacer una introducción, porque los que tienen que hablar de esto son ellos que la realizaron. Que la organizaron con una pasión y entrega, buscaron por todas partes, hicieron sus alianzas, para poder llegar a lo que tenemos aquí. Así que el mérito fundamentalmente es de estos muchachos. Con una pasión tremenda, porque hay que oírlos cuando van a ver al Director. Casi se fajan con él, lo que pasa es que el Director tiene muy buena sangre. Yo lo conozco y es muy buena persona (Risas). Entonces, lo que hago es decirles: ¿Ah, tú quieres? ¡Arriba! Lo que hace falta es que lo hagan, no me digan que lo van a hacer, yo lo quiero ver hecho. Y ayer, les digo sinceramente, que me emocioné del trabajo que ellos han hecho, que estoy seguro que ustedes lo van a constatar. Porque, además, lo he hablado con ellos. Esto es un inicio, ellos pueden seguir. Y lo que hay que hacer es contribuir a este afán por entrar en este conocimiento que casi siempre, a veces, los medios masivos no son muy propicios a ciertas manifestaciones. Bueno, aquí en la Biblioteca Nacional de Cuba existe un espacio para ese conocimiento. Muchas gracias. Los dejo con Alejandro Zamora. (Aplausos).

Palabras de presentación del Lic. Alejandro Zamora Montes

Buenas tardes. Primero que todo quiero agradecer las palabras del Dr. Eduardo Torres Cuevas, director de nuestra institución, por la confianza depositada y a todos los presentes por su asistencia. Gracias a mi amigo Jorge Luis Montesino, mi brazo izquierdo, y a la ayuda de muchas personas, creo que soy el principal culpable de esto que está sucediendo aquí. Quisiera dedicar este evento cultural a los marineros mercantes, técnicos electrónicos y a todos los hiphoperos cubanos. Tanto los que están en el territorio nacional como en la diáspora. Y muy especialmente a las figuras de: Lázaro “El Bucanda”; Barbarito “Grandes Ligas”; Félix Mauricio Sáez; Alfredo “Punta de Lanza”; el Filah; DJ Vahamas; Eduardo Djata Dieli, entre otros. Estas personas que menciono defendieron hasta el final de sus días la inclusión de las músicas alternativas en el amplio marco de nuestra cultura nacional, así como la importancia que las mismas poseen para el desarrollo dialógico de una nación. Para ellos, mi más sincero respeto y agradecimiento. Ahora bien, creo que se impone a todas luces una pregunta: ¿Por qué presentar una exposición de Hip Hop Cubano que contenga ese sabor a archivo, a memoria? Para responder esa interrogante debo ser justo y mencionar tres antecedentes. El primero tiene que ver con esta prestigiosa institución y el papel que la misma ha ejercido en mi desarrollo personal. El privilegio de poder trabajar con mujeres y hombres profesionales desde todo punto de vista; me ha ayudado a entender que una biblioteca no es un almacén gigante de documentación variada, sino una entidad cultural poderosísima, que tiene dentro de sus múltiples dimensiones el poder procesar, conservar y transmitir de forma sistémica e inter-generacional un elemento muy valioso: la información. Pongamos como ejemplo concreto esta actividad cultural. Las jóvenes generaciones de raperos podrán contemplar no solo la tecnología que se usaba en los años ochenta para captar la FM y consumir una música anhelada, sino que también podrán dialogar in situ con los exponentes de la denominada “Moña”, iniciadores de la cultura Hip Hop en nuestro país. Al propio tiempo, estos artistas veteranos ampliarán sus conocimientos sobre la actual escena hiphopera. Otro tanto sucederá con los estudiantes de música, críticos, amantes de los estudios culturales y periodistas, que en el día de hoy pueden vislumbrar la posibilidad de acceder a futuras investigaciones, entrevistas, proyectos, etcétera. ¿En que otro centro informacional y educativo, además de las universidades, podríamos contar con tal suerte? La Biblioteca Nacional también apoyó en el pasado dos eventos de Hip Hop cubano: La presentación de la revista Movimiento No. 6 del 2009 y la llamada Mesita de Hip Hop del 2016, compuesto por un panel peculiar: Rodolfo Rensoli, promotor cultural; Johan Moya Ramis, teólogo; Raidel Cabrera Martínez, psicólogo y Alejandro Zamora Montes, comunicador social. El segundo antecedente fue la lectura que realicé de un texto de mi gran amigo Víctor Fowler Calzada, el cual lleva por título: El otro lado del 2015, a propósito de la primera multimedia sobre ciencia ficción en Cuba. Fowler elogiaba esa iniciativa, al tiempo que alertaba sobre la necesidad de crear igualmente archivos de sub-culturas presentes en nuestro país como el rock y el hip hop, con el objetivo de, según sus propias palabras: “obtener aproximaciones posibles al hecho cultural contemporáneo”. Dos años antes, en el noveno Simposio de Hip Hop Cubano que tuvo lugar en la Casa del ALBA, Víctor también alertó sobre esta necesidad, y la importancia que para ello revestía la labor y compromiso de los activistas hiphoperos. El tercer y último antecedente tiene que ver con la visita que realicé el año pasado a la Universidad de Harvard, en Estados Unidos. En el Hutchins Center, Centro de Estudios Africanos y Afroamericanos existe un Archivo de Hip Hop en el que se albergan miles de libros y publicaciones seriadas de temática hiphopera, colección de vinilos, videojuegos, historietas, juguetes que evocan a raperos famosos; tecnología; moda, etcétera. También existen archivos de Hip Hop en las Universidades de Cornell; California; Massachusetts; New Orleans; Atlanta; Miami; Columbia, entre otras. La organización Generation Hip Hop Global y el mega-proyecto Universal Hip Hop Museum, son dos importantes instituciones igualmente encargadas de compilar todo lo relacionado con la memoria histórica de este movimiento cultural. Debo confesar que mi espíritu nacionalista se vio estremecido cuando vi en el Archivo de Hip Hop de Harvard los once números de la revista Movimiento (primera publicación cubana especializada en cultura Hip Hop), ya que dominaba de antemano que en la Biblioteca Nacional de Cuba sólo se encontraban en existencia cuatro números. Esa triste realidad cambiará en el día de hoy, ya que donaré a la Sala de Música León-Muguercia los once números publicados del mencionado magazine, los cuales forman parte de mi colección personal. Algunos de estos ejemplares están autografiados por Ariel Fernández Díaz, fundador y director de los primeros cuatro números; el grupo Primera Base; el grupo Hermanazos y Aldo Rodríguez Baquero, del popular dúo Los Aldeanos. Si a lo anterior añadimos que la mencionada Sala Especializada conserva un ejemplar que contiene una dedicatoria del propio Ariel Fernández al reconocido intelectual Walterio Carbonell, entonces el valor agregado de estas publicaciones -desde el punto de vista histórico-, aumenta. La cultura Hip Hop nacida en los Estados Unidos, con antecedentes jamaiquinos y latinoamericanos, tiene una presencia de más de tres décadas en Cuba, y ello responde a procesos transnacionales que contrario a lo que algunas miradas consideran como una suerte de “imperialismo cultural”, refuerzan en realidad una lógica local e identitaria, la cual contribuye a percibir mejor nuestra vasta cultura. ¿Cómo si no pudiéramos comprender a un grupo como Madera Limpia, que fusionaba magistralmente el changüí con el rap?; ¿O la canción titulada Cha-Cuba, fruto de la colaboración entre la legendaria Orquesta Aragón y el grupo de rap 100 % Original? O un tema como Moña pa’ ti, del genial artista Idalberto Valdés, Mr. Acorde, devenido signo inequívoco de una generación permeada por la renovación artística.  

Esta dimensión cultural se nutre con la participación de grupos populares, los cuales conforman las denominadas culturas juveniles que dignifican nuestro panorama musical y expresivo, muy coherentes con las políticas culturales de participación masiva, del arte al alcance de la cultura popular. Como bien plantea el Dr. en Ciencias del Arte Joaquín Borges Triana en su libro Concierto cubano. La vida es un divino guión: la visibilización de la alteridad es una ganancia cultural y un principio transformador. En ese sentido, los materiales expuestos hoy en la Sala de Música de la Biblioteca Nacional nos hablan de esas microhistorias conformadas por sujetos populares, así como su papel de actores en la escritura de la historia, en la memoria nacional de nuestra sociedad. En la contemporaneidad el Hip Hop deviene campo de estudios que integra disciplinas múltiples. Existen artículos académicos sobre el empleo del grafiti como terapia alternativa para niños y jóvenes autistas; tesis que abordan el insulto en las batallas de rap como un elemento pragmalingüístico. Flocabulary es un programa de aprendizaje en línea que busca involucrar a estudiantes de diferentes grados usando la música hip-hop como elemento educativo. El nombre proviene del acrónimo: Flow-Vocabulario. Entre sus objetivos principales se encuentran el desarrollo sostenible, la preservación de los diferentes ecosistemas y la defensa de la paz. El autor cubano Rudy Fleites Soria, graduado de la Universidad Marta Abreu, de Las Villas presentó en el año 2009 una tesis basada en una propuesta de programas de intervención sociocultural desde el Hip Hop para la integración de jóvenes desvinculados de la sociedad. Es decir, que estamos hablando del Hip Hop como un recurso educativo, humanista. Como un instrumento de transformación social. Por esta y otras muchas razones, contar con una exposición archivística que muestre un recorrido de más de treinta años de rap y hip hop en Cuba, nos permitirá acercarnos a un micro-universo poco explorado aún por ciertos sectores académicos y ganar en claridad respecto a procesos relacionados con el consumo cultural; racialidad; musicalidad; tecnología; religiosidad; sexualidad y género; política; ideología; entre otros. Siempre he pensado que una manera fehaciente de conocer a una sociedad es mediante el estudio profundo de su música, incluyendo las corrientes más contemporáneas. En este sentido, la música rap y la cultura hip hop forman parte indisoluble del patrimonio cultural cubano, expresadas a través de flows nacionalistas, scratchs anticoloniales, grafitis defensores de lo diverso y un breakdance que invita a sacudir nuestros cuerpos y mentes para pensar(nos). Desde el punto de vista cuantitativo el público presente podrá hoy consultar digitalmente en una PC dispuesta para tal uso, carpetas que cuentan con 1130 audiovisuales de hip hop cubano; 26 entrevistas; 6 programas radiales con temática hiphopera; 53 carpetas con publicaciones seriadas, tesis, libros y sitios web (7 tesis elaboradas por autores cubanos); 6 programas televisivos; 350 discos de rap cubano; 110 carpetas con contenido fotográfico; así como materiales recibidos en calidad de préstamo y donación por prestigiosas instituciones cubanas como: la EGREM; el CIDMUC; el Museo Nacional de la Música; la propia BNCJM y por colecciones personales.   Terminaré mis palabras con una anécdota y dos sueños. El pasado mes de septiembre en Pinar del Río, mientras esperaba al Director del Centro de Música Argeliers León para saludarlo, observé un marco que estaba colgado en la pared de la recepción. En su interior había varias fotos que representaban a músicos locales. Las que estaban posicionadas arriba eran fotos en sepia y en blanco y negro, que mostraban a agrupaciones y solistas de los años 50 y 60. El recorrido de las mismas terminaba con una foto a color, específicamente con el grupo de rock Tendencia. ¡Guao!, exclamé para mis adentros. ¿Qué nivel de conciencia hay que tener para darse cuenta de que todos esos artistas forman parte de un mismo proceso de continuidad? Mi primer sueño, por tanto, es el siguiente: si tengo la suerte de tener hijos o nietos y contar con una edad avanzada, quisiera poder llevarlos a la Sala de Música de la Biblioteca Nacional de Cuba o a cualquier otro centro de información relacionado con la música cubana, y mostrarles varios marcos como el que contemplé en Pinar del Río. Que estos, por ejemplo, comiencen con fotos de Benny Moré; Matamoros; Elena Burke; María Teresa Vera; Harry Lewis; Los Papa Cun Cun… y terminen su recorrido con fotos de Instinto; La Real y La Reyna; Obsesión; Krudas; Anónimo Consejo; Los Aldeanos… y los que vendrán. El segundo sueño, como se habrán dado cuenta a estas alturas, soy un soñador irreductible, es que exista en la Biblioteca Nacional –además de esta exposición que durará algunas horas–, un fondo de Hip Hop cubano que sea sustentable. Y si vamos a soñar en grande, que pueda existir un fondo de Hip Hop latinoamericano. Con un sistema capitalista cada vez más especializado en devorar humanidad… ¿cuánto ayudaría conservar un archivo que ofrezca narrativas de resistencia, alianzas, alegría y pensamiento del Hip Hop, entendido este como un proyecto político de los pobres, a nivel regional? Ya existen varias canciones de rap que critican las recetas neoliberales del denominado “Donald Trump brasileño”, o rimas en código quechua esgrimidas por el rapero peruano Liberato Kani, en franca apología de procesos identitarios y tradicionales. Pero para lograr esta utopía precisamos estar unidos; elaborar estudios académicos profundos; ganar en liderazgo y conciencia política; poseer un objetivo común, amén de las diferencias, y manejar políticas culturales que permitan emprender proyectos interesantes, emancipadores, siempre con visión de futuro y justeza. Sé que lo anterior no resulta tarea fácil, pero al final ganaría el Hip Hop; Cuba; Latinoamérica. Ganarían los “pobres de esta tierra” la posibilidad de perpetuarse. Y con ellos, como dijera el apóstol, quiero yo mi suerte echar. Muchas gracias. 

Mis eternos agradecimientos:

Al Dr. Eduardo Torres Cuevas por la confianza depositada y el apoyo constante.

A los Dptos. de Dirección y Comunicación de la Bncjm.

A la Sala de Música, a todos los trabajadores, especialmente a su jefa, Esther Rodríguez López y a mi amigo Jorge Luis Montesino, apodado cariñosamente como “Taladro”.

A todas las entidades especializadas en música cubana que apoyaron este proyecto: Cidmuc, Egrem, Museo Nacional de la Música, Agencia Cubana de Rap. A Rubén Marín, Laura Vilar, Vicente Borrego, Jesús Gómez Cairo, Osmany, Grizel Hernández, Liliana Casanellas, Marianela, Alina.

A todos los músicos, artistas, directores de cine, activistas y coleccionistas que prestaron o donaron materiales para que esta exposición-archivo fuese posible: Jorge Martell, Eduardo del Llano, Serguei Svodóva.

A Miguelito La Peste, Adrián, Rogelio El Buzo, Chino y Francisco Pi, Wilanga Party, Kikín, Marylú y Rolando, Matilde, Juan… y todos los moñeros presentes/ausentes.

A Rodolfo Rensoli Medina y Balesy Rivero Nordet; al Prófugo; Brujo, Malcom, Liberto, Pedro, y todas las hiphoperas y hiphoperos cubanas/os.

A mi novia Susana Popa Vives por su amor constante, por soportarme y soportar tanto rap. A mi madre, Marta Montes Oceguera y a mi hermana, Mariela Zamora Montes.

A la familia Berenguer-Fowler, por su dedicado apoyo y cariño.

A mis hermanos de siempre y a la gente del barrio: Moya, David, Chuchi, Melbis, Yoanka, Edrey, Iván, Roberto, Ariel.

A José Antonio González Baragaño por el diseño promocional del evento, y a DJ Bolche por su ayuda y paciencia.

A las compañeras y compañeros de la Sala de Arte, en especial a Javier García Ramírez.

A todos los trabajadores de la Bncjm: Tomasito Cimarrón, Dpto. de Automatización, Sala General, Referencia, Publicaciones. A Mirta, Gelsi, Oyaima, Ivón, Reina, Ailín, José, Nuriem, Virginia y Alicia.

A Darsi Fernández, Rafa Escalona, Marcel Lueiro y Robin Pedraja.

Si se me queda alguien… ¡Mil perdones!

 

Árbol cubano de Hip Hop: Memorias de la Primera exposición-archivística

Por Jorge Luis Montesino Grandías

En febrero de 2018 el comunicador social y devoto coleccionista de Hip Hop cubano Alejandro Zamora Montes y el autor de estas líneas concebimos un proyecto dirigido a formalizar en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí un evento sobre dicha cultura. Incluimos un panel con musicólogos y escritores: Grizel Hernández Baguer, musicóloga del Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana, (Cidmuc), Víctor Fowler Calzada, poeta y ensayista, Joaquín Borges Triana, periodista musical e investigador, Rubén Marín Maning, director de la Agencia Cubana de Rap y el activista Zamora Montes, autor del libro “Rapear una Cuba utópica. Testimonios del movimiento hiphopero”, además de una muestra de documentos oriundos de colecciones oficiales y privadas. Presentado a las decisiones correspondientes no avanzamos hacia la materialización de este primer diseño, que transcurridas algunas semanas reorientamos, concentrándonos en la exposición. Desde entonces y hasta octubre el comunicador Zamora y yo efectuamos un formidable catauro de documentos significativos del Rap, el grafiti, el breakdance y el Spoken Word referidos en periódicos y revistas. También nos dimos a la tarea de proteger libros, casetes, CD, discos de acetato, flyers, fanzines, carteles, fotografías, informes y papelería institucional, memorias de festivales de rap y otros eventos, videos clips y documentales, estos últimos entre alrededor de dos mil, entre otros materiales.

Finalmente acordamos el título de la muestra: Primera exposición-archivística de Hip Hop Cubano. Colección y memoria de una cultura (1980-2018), con fondos de la Sala de Música León-Muguercia de la Biblioteca Nacional, de la Agencia Cubana de Rap, del Cidmuc, la Egrem, el Museo Nacional de la Música y colecciones particulares de especialistas, investigadores y músicos. Con tanto trabajo, compromisos y sueños acumulados durante décadas de Hip Hop por estos lares debíamos lidiar para condensar una muestra significativa, que no excluyera la diversidad de estéticas y caminos trazados. La concepción curatorial expuso la tesis de la confluencia entre dos valores: por una parte, el uso de tecnologías adaptadas a la realidad cubana para la creación, producción y distribución de apetencias estéticas o musicales, por otra. La precariedad y reciclaje de equipos de grabación, operación de sonido y para la radiodifusión con varias décadas en uso que a la altura de los años noventa identificó grupos sociales y aún el entorno institucional, como también pasó con la incorporación de nuevas tecnologías contemporáneas al flujo tecnológico y musical avanzado el último período del siglo XX. Teníamos otras expectativas. El esquema curatorial y museográfico debía modificar las no muy favorables dimensiones y estructura física de la Sala de Música León-Muguercia y sus funciones ordinarias de atención a usuarios y trabajo interno de procesamiento y catalogación de discos y libros; factores de los cuales dependió la ubicación espacial y montaje de un cuerpo voluminoso de documentos idóneos para una historiografía del Hip Hop en la isla, incluso el tiempo de exposición limitado solamente a tres horas desde la apertura realizada a las 2 de la tarde. Quitamos, movimos, desplazamos y reubicamos mesas, sillas y vitrinas en casi un cincuenta por ciento de la Sala. Tres enormes catálogos de madera originales permanecieron inamovibles, sobre los cuales, como en un juego de puzle, creamos diversos niveles con las gavetas inscribiendo las palabras HIP HOP y dibujando la bandera nacional. En este particular agradecemos la colaboración de Javier García Ramírez, trabajador de la Sala Mediateca. El diseñador del Departamento de Publicaciones de la Bncjm, José Antonio González Baragaño realizó los diseños del cartel y flyers (sueltos). 

La exhibición se desarrolló a través de tres bloques cronológicos: el primero, sobre los inicios en los años ochenta, básicamente caracterizado por referencias en la prensa plana, una pequeña muestra de equipos radiodifusores y grabadoras de cintas magnetofónicas, tuners (propiedad de Rogelio Valdés Hernández “alias El Buzo”), fotografías y noticias de y sobre bailadores de breakdance o brekeros como se les conocía, en La Habana sobresalió Miguel Ángel Abreu Larrondo (Miguelito “La peste”), ropa y atuendos para bailar usados por “Jorgito”, el Michael Jackson de San Miguel del Padrón. Instantáneas de marineros, estos últimos agentes-brújulas del gusto y los juicios de valor musical y la moda. El segundo conjunto estuvo dedicado a los años 1990 con ejemplos de las primeras producciones de Rap en Cuba, “artefactos”, computadoras y otras referencias a los estudios o más bien laboratorios caseros improvisados con materiales y tecnologías refuncionalizados de la vida cotidiana (cartones de huevo, filtros hechos con medias panties y alambrón), fanzines, revistas culturales, periódicos. Asimismo, excelentes ejemplos de discos, los cuales documentan la apropiación del Rap para hacer música popular bailable: Van Van con Deja la bobería (1990), rap/songo del LP: Aquí el que baila gana; Irakere: Dale a los pedales (1991) / con letra de Eugenio Antonio Pedraza Ginori (son/rap); Adalberto Álvarez: “Y que tú quieres que te den”, tan popular como: El rap de la muerta, El rap del picadillo de soya y Échale limón, temas interpretados por NG la Banda. Mostramos carteles de Obsesión, Papo Record, Anónimo Consejo y Doble Filo. El tercer bloque expositivo cubrió desde inicios del nuevo milenio hasta el 2018. Incluimos los once números de la revista Movimiento, primera publicación hiphopera oficial de Cuba, donada a la Bncjm por Alejandro Zamora Montes, cuyo antecedente fue el fanzine Café Hip Hop, donado por Reynier Fumero Noriega (Adverzario). Surgió el Premio Puños Arriba, nacido del festival para promocionar y comercializar el disco independiente de rap insular, el cual pudo apreciarse a través de uno de los tantos galardones entregados. Numerosas producciones de casas discográficas e independientes engrosaron el periodo y la muestra, de igual forma, referencias en la prensa escrita. Espacio hubo para el grafiti con obras de los jóvenes artistas como Jessica Betancourt Bosque “Pikyai”, Enzo Valdés “Enzo” y Fabián López “2 + 2 = 5”. El motivo gráfico de Jessica es una jirafa de ojos tristes, el de Enzo es un ratón intentando agarrar un queso, y el de Fabián es un personaje con “pasamontañas” nombrado Súper-malo. Entre tantos otros documentos de alto valor histórico merecen mención: los plegables, fanzines, pancartas, libros para niños con referencias al Rap, catálogos, revistas, pegatinas, todo un universo de promoción consciente de una cultura con aportes ineludibles a la cultura nacional. Para Alejandro Zamora Montes y para el autor de estas líneas la exposición fue un laboratorio de trabajo durante los dos días previos a la apertura. Agradecimos la presencia de algunos raperos y simpatizantes que facilitaron información y datos imprescindibles. En la inauguración presentaron sendos discursos el Director de la Biblioteca Nacional, Dr. Eduardo Torres Cuevas y el Lic. Alejandro Zamora. El programa incluyó al guitarrista Idalberto Valdés, más conocido por “Mr. Acorde”, acompañado por la cantante Yiniet Bueno Lobaina, quien interpretó Moña pa’ ti, sugerente creación de aquel en 1979. El público asistente superó en número las expectativas habituales para eventos en nuestra institución. Músicos, cultores de rap, grafiteros, promotores, activistas, productores, gestores culturales, cronistas, escritores y demás interesados ese día colmaron la Sala de Música “León-Muguercia”; visitada ordinariamente por algún que otro artista, musicólogo y a menudo estudiantes en busca de referencias muy puntuales. Esa tarde exhibieron sus artes danzarías dos brekeros, Frank y Miguelito “La Peste”. 

Dado el interés de varios investigadores, sociólogos, especialistas y raperos cubanos y extranjeros, como también de directivos de la Biblioteca Nacional se acordó extender la muestra los meses sucesivos con una selección de los documentos apreciados. La presencia en las redes sociales motiva a numerosas personas a conocer pormenores de la historia del Hip Hop cubano. Entre ellos mencionamos a: Snezhina Gulubova, etnomusicóloga de la Royal Halloway, Universidad de Londres; David Roa Peñuela y José Sarralde Molina (colombianos vinculados a la Fundación Cartel Urbano), Raydel Obrador Évora (Prófugo), rapero/productor musical/activista cubano; Malcom Junco Duffay, rapero y productor musical. Coautor, junto a la musicóloga Grizel Hernández Baguer, del primer libro académico cubano sobre cultura Hip Hop; el Dr. Amailton Magno Azevedo, investigador brasileño; Rosilín Bayona Mojena, investigadora del Instituto de Investigaciones Culturales Juan Marinello, de Cuba; Charlie Hankin, investigador de la Universidad de Princeton. Nuevas ideas, ansias de encuentros gremiales y prolongación hacia la sociedad; agradecimientos y sugerencias caracterizan una jornada que marca un giro hacia la ordenación futura de un Árbol o Archivo de Hip Hop cubano.

En este sentido, directivos y trabajadores de la Sala de Música y el Departamento de Desarrollo de Colecciones de la Bncjm conectan gestiones en la conceptualización, procesamiento, organización y demás protocolos metodológicos para el futuro establecimiento de un Archivo de Hip Hop en primera instancia cubano, luego regional. Parte de la documentación en formato digital puede consultarse en la Sala Mediateca. Hemos dado los primeros pasos…

 

 

Cultura Hip Hop cubana en la Biblioteca Nacional

Por Carmen Berenguer Hernández

Los archivos y las colecciones constituyen valiosas herramientas para preservar la historia y la memoria nacional de las sociedades. Semejante responsabilidad necesita la unión del conocimiento profundo propio del profesional y de la sensibilidad consciente que inflama al activista. Para acometer tal tarea, se precisa de profesionales proactivos, gestores y facilitadores que no sólo identifiquen las claves de la cultura, sociedad e historia de un país, sino que –al hacerlas parte del archivo– sean actores ellos mismos en el proceso de formación de la memoria y la identidad nacional. Alejandro Zamora Montes es un joven comunicador que se desempeña como periodista de la revista electrónica Librínsula de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí (Bncjm). Posee inquietudes intelectuales diversas y una mirada inquisitiva hacia los procesos culturales de la nación. Hace años que, con tesón y dedicación, investiga y promueve todo lo que concierne a la cultura hip hop en nuestro país. Su libro Rapear una Cuba utópica (2017), la participación en eventos dentro y fuera del país, los numerosos trabajos periodísticos que ha publicado sobre el género, así como una activa participación en las redes sociales para la defensa y promoción de nuestros artistas dan fe de ello. Resultado de su acción como activista va a ser la inauguración en la Sala de Música de la Biblioteca Nacional, hoy 14 de noviembre a las 2 de la tarde, de la exposición CUBA HIP-HOP. Colección y memoria de una cultura (1980- 2018). Los variados materiales que se mostrarán pertenecen a los fondos de la Biblioteca Nacional, la Agencia Cubana de Rap (ACR), el Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana (Cidmuc), la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (Egrem), y a colecciones personales de especialistas, investigadores, activistas y músicos del hip hop cubano. Desde su nacimiento, hace ya más de cuarenta años, ha sido tal el impacto global de la cultura hip hop que hoy día existe un enorme circuito de publicaciones, cursos universitarios e incluso archivos dedicados a recopilar, conservar, promover y poner a disposición de investigadores su legado como cultura en todas sus manifestaciones: música, graffiti, activismo, baile, Dj’s, entre otras.

Buenos ejemplos son los archivos de las universidades de Harvard, Cornell y la UCLA, quizás los más destacados a nivel internacional. La exhibición que tendrá lugar en la Biblioteca es la primera muestra panorámica de la presencia y desarrollo desde hace tres décadas de la cultura hip hop entre nosotros. Tres grandes bloques expositivos enseñan los antecedentes y momentos iniciales del hip hop cubano (los años ochenta del pasado siglo), los primeros éxitos, festivales y encuentros teóricos (los años noventa) y un último bloque que abarca desde los inicios del presente siglo hasta la actualidad. El impresionante rastreo de archivos y trabajo de búsqueda realizado por Zamora se une al trabajo del curador Jorge Luis Montesinos para conducir al público por un recorrido a través de casetes, libros, plegables, programas de eventos, fotografías, publicaciones seriadas digitales e impresas, CD’s, DVD’s, carteles, flyers (sueltos), spots promocionales, archivos de audio, video clips, entre otros documentos.


Archivo de Hip Hop en el Hutchins Center (Universidad de Harvard, Estados Unidos)

Dentro de los materiales que se ofrecen destaca un listado bibliográfico (en formato digital) confeccionado por las bibliotecólogas Carmen Berenguer Hernández y Virginia Carvajal Iduate, en colaboración con Zamora Montes, que repasa la temática del rap a través de una pequeña selección de periódicos y revistas cubanas durante el periodo de 1979 hasta el 2016. Balesy Rivero Nordet, promotor cultural y uno de los iniciadores del movimiento de hip hop en el país, obsequiará a la Biblioteca un documento (en versión digital e impresa), fruto de su recopilación personal, con información exhaustiva sobre los Festivales de Rap celebrados en Alamar. Como colofón, la Biblioteca Nacional recibirá en calidad de donativo por parte de Alejandro Zamora Montes y la Agencia Cubana de Rap de los once números de Movimiento, primera revista cubana especializada en esta cultura, así como algunos discos, carteles y gigantografías. Por si fuera poco, la actividad contará con invitados de lujo, protagonistas de la historia del género en el país. Rodolfo Rensoli Medina y Balesy Rivero, promotores culturales y fundadores del Grupo Uno; Ariel Fernández, activista y director-fundador de la revista Movimiento, Susana García Amorós, directora-fundadora de la Agencia Cubana de Rap (ACR); Magia López Cabrera, exdirectora de la ACR; Roberto Zurbano, exdirector de Movimiento; Marta Lesmes, editora de la publicación; Miguel Ángel Abreu Larrondo, “Miguelito, la Peste”, bailarín coreógrafo de break dance, entre otros. Asimismo, estarán presentes intelectuales de primer orden que han dedicado atención a la impronta del movimiento en la cultura del país; destacan entre ellos, Tomás Fernández Robaina, Víctor Fowler Calzada, Grizel Hernández Baguer, Liliana Casanellas Cué y Joaquín Borges Triana.


Asistieron a la exposición Rodolfo Rensoli Medina (fundador de los festivales de rap en Cuba) y Athanai Castro Gómez (cantautor y productor musical).

La cultura hip hop, y dentro de ella, la música rap, forman parte indisoluble del patrimonio cultural cubano, en activo diálogo y fusión con la multiplicidad de estilos y géneros del escenario musical de la nación. En los momentos que escribo estas líneas se ultiman los detalles organizativos y alguna que otra sorpresa para el momento en que llegue la tarde de cortar la cinta. Felicitamos a Alejandro y a la Biblioteca por acoger la idea y desde ya les deseamos éxitos en el empeño.

(Tomado de la revista digital AM-PM)

 

¡Despierta, negrita, despierta!

Por Yeniela Cedeño Hechavarría (Socióloga)

Cuando Alejandro Zamora Montes me invitó a escribir las siguientes palabras sobre la presencia de las mujeres en la exhibición del primer archivo de hip-hop en Cuba, realizada el pasado mes de noviembre en la Biblioteca Nacional, en La Habana, me visualicé nuevamente desandando la sala de música Argeliers León, observando cada huella en la prensa, en revistas, libros y entre los disímiles y obsoletos radios y amplificadores expuestos como vestigios de una temporada pasada, y creo superada, que dieron forma a una manera alternativa, “underground” y desafiante de hacer música. Recuerdo el detenerme frente una mesa rectangular que tras un cristal exponía imágenes de las mujeres parte del movimiento. Allí congeladas y parafraseando a Borges, alejadas quizás de sí mismas, me observaban: Magia, como parte del grupo Obsesión; las Krudas y el grupo Instinto, primer grupo de féminas conformado por Yudit, Yanet y Dorisep; además de los discos compilatorios Respuestas, producido por la Agencia Cubana de Rap y La Emancipación, producción independiente. El que estas fotos estuvieran salvaguardadas por un cristal, en comparación con otras que podían ser tocadas y manoseadas, me dio el gusto a reliquia, a la cual se impone proteger y conservar.

También llegó la sensación del toque -muy alejado de lo sublime para el alma divertir y sí a poco, pero valioso -de un cartel en el medio de desierto señalando la proximidad de un oasis; al de la advertencia, como reza una canción de capoeira, aquí estuve, aquí luché. ¿Por qué tan pequeña muestra? A veces es más fácil culpar al cocinero cuando la salsa carece del punto exacto y único. No es justo colocar el peso del gravamen en la curaduría de Jorge Luis Montesino, pues estuvo a la altura del reto. Trazar caminos cuando no hay pasos es ardua empresa: no existe memoria si nada se localiza para rescatar del olvido. Pretender llenar un espacio con fotografías, discografías y anuncios de cientos de ellas haciendo hip-hop es la apuesta para el futuro y el pasado sólo mostró aquellas capaces de abrir senderos: las pioneras. Este artículo podría enumerar las miles de razones de tan exiguo número en comparación con el de los hombres, pero para ello remito al lector al libro Rapear una Cuba utópica. Testimonio del movimiento hiphopero. Lo imposible de recuperar será el instante de tomar la decisión de hacer hip-hop contra todos los pronósticos, los temores y los nervios atravesando cuerpos antes de salir al escenario, las miles de angustias en la búsqueda del background musical, del vestuario apropiado, en fin, la lista desenfocaría el objetivo de mis reflexiones.

Obra expuesta en la Sala “León-Muguercia” por la grafitera Jessica Betancourt Bosque, alias “Pikyai”.

Sin embargo existe un aspecto que en mi opinión hubiera sido capaz de visibilizar más este quehacer, y me refiero a la posibilidad de sacar a la luz los textos interpretados por ellas. Lo anterior posibilitaría al espectador obtener una noción más rica de cómo el hip-hop constituyó una plataforma para expresar, denunciar y problematizar aspectos que hoy la sociedad cubana se encuentra en complejos derroteros por enfrentar: la violencia de género y su resultado en un feminicidio creciente, el machismo, la ecología, entre otros. En este punto hay una problemática. El hip-hop cubano, por lo general, se caracteriza por su carácter patriarcal y un lenguaje altamente sexista, incluso esta expresión nacida en las márgenes no evadió el reproducir a su interior dinámicas contrarias a la diversidad. Siempre me he resistido al dualismo centro-periferia y a muchos otros. Hay disímiles periferias y centros que dependen de dónde se sitúa, interactúa, se enuncia el sujeto, lo cual se complejiza si el individuo o los grupos hallan o no respuestas para soliviantar estereotipos, concepciones maniqueas y las consabidas verdades absolutas asentadas en nociones biológicas, que son además construcciones sociales. El hip hop cubano no escapó al darle voz a lo heteronormativo y, por lo tanto, en ese crucial instante dejó de ser periferia para ser portador de lo exclusivo y jerárquico. ¿Acaso ellas tuvieron que cantar “macho”, como me declaró una cantante de jazz, para ser creíbles? Y si no fuera por ellas, ¿quién le hubiera puesto el cascabel al gato? ¿Acaso la tiza también la hubiera podido tirar una negra no heterosexual? No obstante ahí estaban, posando y quizás ignorando- me gustaría pensar lo contrario- que estaban haciendo historia. Gracias al empeño de Alejandro Zamora Montes y su clara consciencia del significado de memoria histórica hizo esta primera exhibición inclusiva y multidiversa. Ampliar y engrosar este archivo con mucho más me hace recordar esa voz con la cuál culmina una versión de “Drume Negrita” realizada por el grupo Obsesión: “¡Despierta, negrita, despierta!”

 

Rap cristiano en la primera Exposición Archivística de Hip Hop cubano

Por Johan Moya Ramis

El rap cristiano es un fenómeno prácticamente inédito en el escenario musical de la Isla que ha ido ganándose poco a poco un lugar significativo dentro del universo hiphopero cubano. Sin embargo, que la primera Exposición Archivística de Hip Hop cubano haya contado con 24 documentos, es de por sí algo loable. El mérito de este esfuerzo es de las raperas y raperos, en su mayoría jóvenes (no pasan de los 35 años) músicos, de un marcado carácter autodidacta, tienen la singularidad que un día decidieron entregarse en cuerpo y alma a Jesucristo, y al mismo tiempo llevan en la sangre una inclaudicable pasión por el rap y la cultura Hip-Hop. Como buenos cristianos, consideran que sus dones y talentos vienen de Dios (en especial, la música) y por tanto hay que desarrollarlos en virtud de la fe, y entregarlos transformados en arte, alabanza y adoración. ¡Y así lo hacen, rapeando!

Es difícil brindar datos acerca de cuántas agrupaciones de rap cristiano han surgido en nuestro país y cuál ha sido su producción discográfica. Igualmente difícil es acceder a publicaciones que hablen del tema, por tal razón la muestra representativa sobre el rap cristiano en Cuba, dentro del Archivo Hip Hop cubano constituye una brújula, que si bien no cubre todo el espectro documental, es un hito para la consulta bibliográfica y audiovisual. Dentro de la muestra cabe resaltar la presencia de CDs de Dámarys Benavides, que a juicio de quien escribe estas páginas, es la figura emblemática del Rap cristiano en Cuba y puede considerarse una de las pioneras del género en la Isla. Junto a ella está su homólogo masculino Omar Leiva Suárez (Mr. ABE-C) con tres discos, considerado uno de los raperos más populares en la actualidad musical cristiana, cuyo flow y letras son dignos de competir al más alto nivel de Rap cubano.

En la categoría de preservación de la memoria histórica de lo que un día existió y ya no está, la exposición contó con la cinta en formato VHS del primer festival de rap Cristiano (2004), ya que contiene actuaciones de grupos artísticos cristianos que forman parte de la historia no contada de este subgénero, entre los que se pueden contar agrupaciones como Poder Divino, con interesante trabajo en la fusión de rap con reggae, el cuarteto Emanuel, que trabajaba con bases melódicas de rap, reguetón y elementos de la balada pop, la banda de rap metal Shela, dirigida por Samuel Aguilera, rara avis en el escenario cristiano en Cuba, entre otros. Este documento audiovisual es una pieza antológica para aquellos que deseen acercarse a los orígenes del Rap Cristiano en la Isla.

También se presentaron cuatro discos del dúo capitalino Los Embajadores, fundado en el 2009, por Yasmanis Aguilera y Lázaro Delgado, quienes producen rap fusionado con varios géneros musicales norteamericanos y caribeños. Vale resaltar que estos chicos han evolucionado favorablemente hacia el terreno del audiovisual como productores y presentadores de un programa cristiano llamado Com.Talento, que sale en el Paquete Semanal, que incluye entrevistas a músicos cristianos. Dentro las agrupaciones de mediano formato la muestra contó con dos audiovisuales de La Cruzada, conjunto compuesto por Gustavo González Rodríguez (G-Rhymes), Rodney Ernesto García Cárdenas (DJ Ro) y su equipo de bailadores. Lo significativo de este grupo es que se lanzaron al ruedo a extramuros eclesiásticos con el disco “Hagan sus apuestas”, resultando nominados y premiados en el Festival Puños arriba 2012, en la categoría Mejor Diseño y mejor Making off respectivamente. Dos años después decidieron subir el listón fueron nominados al Cubadisco 2014 con el disco “Más de mí”. Dentro de la producción discográfica más interesante se encuentran cinco CDs del enigmático rapero Peter el 23, llamado así por su estética beisbolera, Un CD, del Yunier EMPI, rapero y activista cristiano con un interesante trabajo en la más oriental de las provincias de Cuba. Igualmente se expuso digitalmente un demo de Migue el Escogido. Estuvo presente el CD “Contar el rap. Narraciones y testimonios”, que acompaña el futuro libro académico de igual nombre, aún en proceso de impresión. Dicho préstamo fue gracias al Centro de Investigación y Desarrollo de la Música Cubana (CIDMUC). Como dije anteriormente la muestra sobre Rap cristiano no está completa, pese al esfuerzo meritorio de sus curadores. Aquí hay que señalar que en nuestro patio cultural falta mucha conciencia y conocimiento sobre lo que este subgénero del Rap puede brindar y las puertas que puede abrir en todas las manifestaciones de la cultura Hip Hop, sobre todo en su asignatura pendiente: como herramienta de transformación social. No obstante, el resultado de los artistas que figuran en ella, como los que están en el anonimato haciendo rap cristiano, son la prueba irrefutable de que la pasión por la música es tan profunda y misteriosa como la fe en sí misma, y el arte que hacen rapeando en nombre del Altísimo no es negociable, como se hizo ver en la primera Exposición Archivística de Hip Hop cubano.

Traje (Sunrise-Sunset)

Por Víctor Fowler Calzada

La fanfarria maravillosa, del escenario que no hubo:
brillos, encima de la tela, presillas de metal, botones,
bolsillos y zippers por todas partes, como un gran
laberinto de modernidad. Colores y contraste.
Imagino los botines magníficos, en ese contrapunto
entre lo militar y la fiesta.

El movimiento del cuerpo como se mueven serpientes,
como se mueve lo imposible, ejercitando figuras
que a todos dejarían con la boca abierta,
ojos resplandecientes de deseos de compartir allí
-en el escenario- el flashazo de cámaras,
luces encendiendo, apagando, llevando
desde la oscuridad hasta un mundo de explosión
donde se encuentra, en el centro,
la figura única del bailarín.

De las esquinas, el barrio, la pobreza.
Que nunca conoció todo esto que parecía pedir
entre giros y que ahora dibujo; que nunca supo
hasta dónde iba llegar su nombre, repitiéndose
por encima de los años como la nostalgia,
que taladra, de una época y los sueños.

Donde se reunían los que no tenían nada
a imaginar una ascensión que nunca inflamó
los cuerpos, que no empujó la savia de casas
hundidas. De algunos el mar se ocupó, otros
con rostro hinchado por el alcohol o dejaron
todo y hoy prefieren que ni siquiera se mencione;
los que tomaron un avión y no regresaron,
el chisporroteo de rescoldos,
la desintegración.

Los pocos que persistieron repartiendo ilusión
como se reparten juguetes, alimentando con esa
energía incansable. Deseo de estar vivos,
en la casi nada, recordé mientras miraba ese traje
como quien mira -frente a un espejo- su propia vida.
Ahora que el brillo desapareció. Ahora que se muestra,
sin música, escenario, movimiento, encanto
y es posible -al fin- prestar atención a los parches,
las costuras, la latería, la imitación.

Cuánto nos fue dado, que no sabíamos ni entendíamos
y que ahora, humilde, nos saluda. Recibe igual que
besan las madres antes de partir a una guerra,
un desastre, la seguridad de que no se regresará,
de que la sangre termina. Cuánta felicidad en medio
de la continuidad de desiertos. Cuando los pasos
del bailarín deshacían toda esa arena, marcaba el
camino de los mundos nuevos y nos hacía tan fuertes
que hemos sobrevivido hasta hoy.

Lo suficiente para adentrarnos a este momento en el cual,
el roce de los dedos en la tela despierta el torbellino
de alegría. Lo único que finalmente sobrevive:
el amor.

 

Descripción: M:\Proyecto Memoria Histórica del Hip Hop Cubano-Cuba-BNCJM\Zamo Expo Archivo Hip Hop\Para el dossier Hip Hop Cubano-Librínsula 2019-OK\Reseña de Rapear una Cuba utópica de Alexander Hall Lujardo\Imagen 2.jpgSobre Rapear una Cuba utópica de Alejandro Zamora

Por Alexander Hall Lujardo

La propuesta del comunicador social Alejandro Zamora Montes en su reciente título Rapear una Cuba utópica (2017), constituye uno de los trabajos más sobresalientes en materia bibliográfica que se haya hecho hasta el momento en la isla sobre la historia del movimiento hip hop en Cuba, cuyo enunciado resuena inquietante por su lectura, en la mente de todo interesado de tan apasionante tema, para desentrañar todo el inagotable sistema-mundo de relaciones, que ha proporcionado el cultivo del género, desde su llegada al país y su inclusión como parte irreversible de la cultura nacional, precedida de intensos debates. Mediante la entrevista a diversas personalidades vinculadas directamente con la realización del género musical, hasta declaraciones de reconocidas personalidades de la intelectualidad cubana, relacionadas con el abordaje de temas históricamente considerados como marginales, el libro de Zamora, está destinado a perpetuarse como uno de los trabajos más encomiables que recogen las voces representativas de una temática ausente de discusión en los centros académicos. Solo basta mencionar a figuras como: El Aldeano, Silvito el Libre, el Dúo Obsesión (Magia y Alexey), Ariel Fernández, Pablo Herrera, Víctor Fowler, Tomás Fernández Robaina, Roberto Zurbano, entre muchos otros que se han distinguido por la representatividad y su insistencia en la visibilidad; cada uno desde su perfil, de aquellas verdades que el rap nos muestra sin censura en pleno ejercicio artístico de las supremas libertades. No es una mera recolección de testimonios, es un legado necesario para el presente y la posteridad, perpetuando de forma escrita y desde el interior de la isla, lo que hacía tiempo reclamaba el movimiento hip hop cubano. Por supuesto que no basta con cantar, aunque allí están esos temas que censurados o no, por las instituciones encargadas de promover, lo que tiempo atrás se negaron a reconocer como música y parte de nuestra cultura; están destinas a perdurar en la historia musical de este país; allí también permanecerán esas voces unidas en un eminente trabajo periodístico, que hoy recoge el fruto de tan ardua labor. Esa fusión variada de intelecto y musicalidad barrial, permanecerán irreversiblemente, con toda la potencia y rebeldía que las caracteriza, aunadas en un libro que, también está destinado a perdurar, porque la sociedad lo reclama, y a la vez, son demasiadas las verdades que no pueden permanecer ocultas y piden al menos, que los encargados dejen expresar en la música esos sentimientos; así como mismo exige que los intelectuales comprometidos con la causa de los desconocidos sin historia, puedan llevar a cabo sin trabas, un esfuerzo por desmitificar, educar y contribuir al mejoramiento, enriqueciendo el acervo cultural antillano. Hoy los raperos tienen su espacio de aceptación en las más variadas clases de nuestra sociedad, por revelar lo cotidiano que no sale en las noticias, aquello que no se dignan los medios en mostrar, reflejando; al igual que otros géneros vinculados con la esencia de las clases populares, nuestra diversidad de realidades, modos de actuar y pensamientos que, indiscutiblemente forman parte de la identidad cubana, renovada diariamente en cada barrio marginal del territorio. Rapear una Cuba utópica es un pasaje de ida en la búsqueda de los que, identificados con esa realidad, la asumen de manera orgullosa, encontrando una representatividad imponente en cada uno de los entrevistados. Una obra que aunque extensa en su numeración, resulta increíblemente breve, a los deseos de un lector apasionado en continuar descifrando la inmensidad de componentes y relaciones socioculturales que confluyen en la música hip hop, desde el ejercicio de la identidad de género, la conciencia racial, religiosa y moral, hasta la insistencia en denunciar de forma debeladora y sin sublimar, aquellas cuestiones que inquietan la vida de todos en los lugares más humildes de esta nación. Sin dudas, un pasaje tripulado por protagonistas de una historia llena de conflictividades, pero también acompañada de un mensaje que se muestra desafiante y esperanzador de forma simultánea. Solo esperemos que en su constructivo mejoramiento, esa Cuba anhelada no permanezca inmóvil de la mano de aquellos que hoy deciden su futuro desde todos los planos, de forma tal que, activos luchadores que hoy reclaman su necesaria transformación, se conviertan en pioneros de un movimiento que espera ver aterrizados esos sueños que hoy resultan inalcanzables, pero que seguro el tiempo llevará a concretar; luego entonces, se podrá decir que tal esfuerzo, valió para más que escribir y rapear una Cuba utópica.

 

Descripción: M:\Proyecto Memoria Histórica del Hip Hop Cubano-Cuba-BNCJM\Zamo Expo Archivo Hip Hop\Para el dossier Hip Hop Cubano-Librínsula 2019-OK\Reseña del libro Contar el Rap\Imagen 2.JPGLlegó Contar el Rap para cambiar las reglas del juego

Por Johan Moya Ramis

Hay libros que ven la luz para darle un vuelco a la historia por la agudeza y fuerza de sus contenidos. Contar el Rap, compilación de ensayos, narraciones y testimoniosbajo la tutela de  la investigadora y musicóloga Grizel Hernández Baguer y el productor musical Malcoms Junco Duffay, es uno de esos textos, ya que estamos hablando de la primera compilación académica realizada en Cuba sobre la música Rap y el movimiento Hip Hop en la Isla. Hasta el momento las tesis e investigaciones de alto vuelo sobre el Rap cubano se habían publicado fuera del patio, razón por la cual, las reglas del juego académico sobre la historia, la memoria, los esfuerzos, la vida y la obra de las raperas y raperos cubanos, eran contados “desde afuera”, y los hacían a su forma y manera. Pero ahora la bola cambió de terreno, Contar el Rap llegó para cambiar ese contexto de distanciamientos y ausencias en el cual habían bregado los estudios académicos sobre el Rap en Cuba hasta el presente. Para lograr tal resultado, los compiladores, bajo el sello editorial del CIDMUC, convocaron a treinta y nueve especialistas de diversas disciplinas a reflexionar sobre el Rap cubano desde su pasado hasta el presente más inmediato. No fue un trabajo fácil, pero el esfuerzo ha sido recompensado con un libro que consta de dos volúmenes con un total de 678 páginas, acompañado de un CD provisto de una colección antológica musical que abarca más de 150 canciones desde 1994 hasta 2012. Tanto el lector, como el melómano rapero más exigente, no saldrán decepcionados. Como valor añadido, Contar el Rap abre puertas a nuevas reflexiones sobre zonas poco tratadas dentro un movimiento cultural con más de veinticinco años en Cuba. Pero sobre todo, hay que decir que este libro sin precedentes dentro de los estudios investigativos de la música en Cuba, aclara muchas presunciones erráticas sobre el Rap y los raperos, que lamentablemente provocaron -y aun lo hacen- prejuicios entre el personal de las instituciones culturales cubanas, ocasionando obstáculos a los artistas del Rap y el Hip Hop. No obstante, el sol también tiene sus manchas. Dentro de las ausencias temáticas de la obra está el Spoken Word o Poesía Hablada, género artístico que desde su entrada en el escenario cultural cubano, ha formado parte indisoluble del flow rapero, aunque con identidad propia. Dentro la antología discográfica también se extrañan el tema emblemático “Crudo”, de la desparecida banda cubana de Nu Metal Garaje H y las canciones del controvertido dúo, también disuelto, Los Aldeanos. De haber incluido estos Ítems, el libro habría alcanzado la categoría de Suma Cum Laude. Esperamos que una no muy lejana reedición pueda subsanar esta falta. Pero como dice el Poema de los dones de Jorge Luis Borges “Que nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría (…)” porque Contar el Rap, además de ser una joya de la investigación de la música y la cultura cubanas, donde especialistas de diversas disciplinas encontrarán una obra de ineludible referencia; es también una palpable demostración que en su concepto esencial el Rap va mucho más allá de la música: es una filosofía de vida, y como toda filosofía no puede existir sin unos mínimos de ética. Desde este punto de vista, Contar el Rap es también un profundo gesto de gratitud y respeto a todas y todos aquellos artistas, músicos, productores y amantes de este polémico género musical, que tiene un lugar indiscutible, aunque poco reconocido, en la cultura cubana.

 

Descripción: M:\Proyecto Memoria Histórica del Hip Hop Cubano-Cuba-BNCJM\Zamo Expo Archivo Hip Hop\Para el dossier Hip Hop Cubano-Librínsula 2019-OK\Un pequeño radio de onda corta\IMG_5446.jpgUn pequeño radio de onda corta

Por Víctor Fowler Calzada

 

Un puente, un gran puente que no se le ve.

José Lezama Lima

 

Vuelvo a leer el artículo “A diez años de la Agencia Cubana de Rock. ¿Sólo reclamar el Maxim?” que, con autoría de Miriela Fernández, apareció hace unos meses en la publicación cultural El Caimán Barbudo (No. 403, Nov.-Dic. de 2017; p. 15). Su primera oración es: “Los mapas de la cultura del metal en La Habana han cambiado.”  Algo más adelante, en ese mismo primer párrafo la autora afirma que “la escena metalera se ha mantenido latiendo una vez cerrado el Maxim Rock”, espacio habanero al cual -en la oración que da inicio al segundo párrafo- es calificado como “epicentro del rock y, sobre todo, del metal en la capital”. En este segundo párrafo el espacio no sólo queda abierto al rock, sino que también sirve de escenario para “algunas tendencias alternativas dentro de la música popular de América Latina y el Caribe (hip hop, reggae, punk, rock, metal moderno y otros estilos con sus hibridaciones)”. Siendo una amante del rock en la capital, la autora del artículo reconoce y homenajea ese lugar mítico que fue “el patio de María”, celebra lo que denomina “etapa de esplendor de la ACR (Agencia Cubana de Rock) en sus años inaugurales”, insiste en la preocupación por los destinos del metal hecho por músicos cubanos y concluye deseando que regresen al Maxim los conciertos de esas agrupaciones de lo que antes la autora identificó como “tendencias alternativas dentro de la música popular de América Latina y el Caribe (hip hop, reggae, punk, rock, metal moderno y otros estilos con sus hibridaciones)”. Al decir de la autora, un lugar para “las ondas más extremas”. Un texto tan entregado y entusiasta me recuerda a mí mismo, décadas atrás, enamorado de un sonido que me ha acompañado hasta hoy, tanto como me conmina a hablar desde una suerte de distancia crítica en la cual se combinan mi atracción por el rock en un ámbito mucho más extendido que las vibraciones del metal y la manera en la cual entiendo las potencialidades de espacios como el Maxim. Tiene que ver con episodios que, por encima de años, conservan una casi perfecta nitidez; en particular, relativos a todo lo que los de mi generación (nací en 1960) -y otros de edad cercana- hicimos para poder acceder a aquel sonido que nos cautivaba y que las constricciones de la lucha ideológica en mi adolescencia temprana nos impedían. De tantos posibles, hay dos que me gustan de manera especial: la imagen de un grupo de casi niños, reunidos alrededor de un radio de transistores, exactamente a las 12 de la noche y en el interior de un platanal, a unos 100 metros de nuestro campamento de escuela al campo llamado “La Cachimba”, en Güira de Melena. Había que fingir que respetábamos la hora de silencio, ocupar el tiempo de alguna manera para no quedar dormidos, esperar a que los profesores cayesen rendidos de cansancio (¿quién no cuando estás a cargo de un grupo de chiquillos incansables desde el amanecer?), salir del albergue sin hacer el más pequeño ruido y entonces enfilar al lugar exacto en el platanal para… escuchar el programa de rock alternativo (le llamábamos “sonido underground”) que, bajo el título “Baker Street”, transmitía una estación de radio desde Little Rock, Arkansas. Los acordes de la “The house of the rising sun”, con interpretación de Eric Burdon, servían de presentación al programa y aquello sí que era un ejercicio de fidelidad porque, a fin de cuentas, al día siguiente había que trabajar y cumplir “la norma” que a todos nos tocaba. En el recuerdo anterior el radioreceptor es el artilugio técnico que hace posible el milagro de la resistencia al dogmatismo y que sirve -en un camino lleno de intersecciones y deslizamientos, pero también paralelo al de la política y la ideología- para lanzar puentes entre culturas y conseguir así conexiones que atraviesan la hostilidad. Entonces, mi segundo recuerdo se refiere al pequeño radio (de la marca soviética “Órbita”) que -mediando mil promesas- mi padre me prestó para que permaneciera conmigo en el campamento de escuela al campo en mi 9no. grado. Hoy, cuando la presencia de tecnología en la vida cotidiana cambió tanto, carece casi de sentido intentar explicar que ese pequeño equipo, poco más grande que los teléfonos celulares de hoy, era un objeto sumamente valioso; la computadora personal aún no existía, la grabadora de casette era poco menos que inexistente y sólo aquellos cuyos familiares viajaban a regiones del capitalismo primermundista comenzaban a tenerlas, la televisión lanzaba sus señales sólo por dos canales en los que nunca aparecían los intérpretes de aquella sonoridad rock que yo deseaba escuchar. En aquel mundo, las grandes oportunidades para el consumo de música estaban, sobre todo y cada uno con sus particularidades, en el tocadiscos (aparato reproductor) y el radio (aparato receptor). En el territorio que sea, todos los caminos para entender las variaciones, problemas y desarrollo del consumo cultural pasan por atender con cuidado la historia de la producción cultural y la historia de la tecnología, en especial la inserción de esta última en la vida cotidiana. Al crecer el uso de un determinado “aparato” y transformarse en una práctica masiva, la comunidad experimenta un cambio general en sus patrones de consumo; de modo inesperado, y en paralelo a ello, mientras mayor es la profundidad de las transformaciones, un extraño efecto de borradura oscurece la situación anterior al punto de que -en no pocas ocasiones- las prácticas de consumo nuevas parecen haber estado siempre allí. Un buen ejemplo nuestro acerca de la forma en la que deja huellas un cambio cultural aparece en aquella canción del grupo “Van Van” cuyo estribillo repetía: “Televisión a colores, ¡qué rica es!”, la que fue hecha y alcanzó gran popularidad justo cuando en el país llegaban, desde la Unión Soviética, los primeros equipos receptores de señales televisivas a color.  La poca atención al cruce entre producción cultural, tecnologías domésticas y consumo hace olvidar que -durante la década de los 60’s del pasado siglo en Cuba- eran pocas las personas que poseían en sus casas un receptor de televisión, que muy pocos tenían tocadiscos y muchísimos menos grabadora de cinta, entonces resultará evidente que el gran “aparato” de información, búsqueda, exploración, fuga y entrada en la alternatividad era el radio. La Revolución había triunfado en 1959 y las relaciones económicas y culturales entre Cuba y los Estados Unidos (su mercado principal) habían quedado rotas en 1961; de manera coincidente, fue justo desde ese final de los 50’s que han cambiado, hasta el día de hoy, las condiciones de la comunicación humana, la producción cultural y su consumo. En lo anterior me refiero a procesos como el comienzo de las transmisiones televisivas a nivel mundial (en Cuba, en 1951), la invención del transistor y el circuito integrado (que posibilitan el desarrollo de la microelectrónica y la consiguiente miniaturización de los equipos electrónicos, la invención de la grabadora de casette, la creación de la primera computadora. Mientras va transcurriendo esta suerte de aceleración tecnológico-cultural y sus efectos, sea en gotas u oleadas, llegan a nuestro país, hablar de consumo cultural en Cuba en no poco grado significa mencionar “aparatos” que sobrevivieron al cisma del cambio político, económico y cultural. De una parte, ya no existía más la oportunidad de importar desde el mercado estadounidense, exactamente el país líder en el proceso global de creación una gran industria cultural a nivel mundial; de la otra, la totalidad de la vida cubana es reorientada dentro de las estructuras políticas y económicas del denominado “campo socialista”, donde el nivel tecnológico es sensiblemente más bajo, muy especialmente en lo que toca al desarrollo de la industria cultural. De este modo, en esos 60’s y 70’s del pasado siglo, la grabadora de cinta era un sobreviviente, en quienes las poseían, del mundo anterior y correspondía a una escala o nivel prácticamente inalcanzable para un cubano común. De hecho, contando desde ahí, iba a pasar mucho tiempo para que ese cubano común pudiese adquirir una grabadora (esta vez de casettes), cosa que no iba a suceder sino en la década de los 80’s, con las cadenas de establecimientos donde se cambiaba joyería y otros objetos valiosos por divisa que luego la persona empleaba en compras dentro de tiendas creadas al efecto. En cuanto al televisor, no fue sino hasta los 70’s que, gracias a la importación directa de miles de equipos desde la antigua Unión Soviética y, más tarde, mediante la creación de fábricas de ensamblaje en la Isla, el uso del aparato aumentó y que la demanda pudo ser satisfecha. El tocadiscos, por su parte, tuvo un interesante destino porque -gracias a la importación de miles de estos aparatos desde la Unión Soviética- su uso tuvo un alto incremento, aunque el cuello de botella para los melómanos radicaba en los discos; sin una industria propia con fuerza suficiente para cubrir la demanda nacional y sin posibilidad de importar desde el mercado internacional (pues ya era perceptible el efecto de la política de bloqueo a Cuba). Cierto que, provenientes del mundo socialista, al país entraban decenas de intérpretes con sus discos, pero no eran esos los nombres que lidereaban la escena internacional y, a veces injustamente, la inmensa mayoría, pasó a un casi total olvido; para colmo, no iban a pasar muchos años, en todo caso la próxima década, para que la popularización del reproductor de casettes de audio y finalmente la invención del CD tornaran obsoleto el tocadiscos hasta conducir a su poco menos que total desaparición. En todos estos rápidos procesos de cambio, el objeto inderrotable fue siempre el aparato de radio; lo mismo por el precio a pagar por un equipo (siempre más bajo que televisor, grabadora o tocadiscos) que por la facilidad para obtenerlo, por la cantidad de emisoras existentes en el país o el alcance de la señal. La radio era el gran vehículo democratizador, de la variedad y la profundidad de los contenidos, el más apto para la interacción con públicos, el más común y pobre, pero también enriquecedor. Y, junto con todo esto, bastaba con que el aparato dispusiese de onda corta y onda media para acceder a una maravillosa multiplicación del mundo que, con un simple cambio de botón y jugueteos con el dial, se convertía en algo más extenso que el estrecho perímetro del país, algo inabarcable. El radio era la libertad de escuchar otros dejos del español o, simplemente, otro idioma; otra música, sobre todo aquella que yo más deseaba y buscaba: el rock, en sus disímiles variedades, y el R&B (ambas me dejaron marcas profundas y siguen estando entre mis favoritas hasta hoy). Todo cuanto he escrito hasta aquí hizo cortocircuito dentro mi cabeza cuando, una tarde de mi noveno grado (1974) y otra vez en el campamento “La Cachimba” de Güira de Melena durante mis 45 días de “escuela al campo”, fui sorprendido por uno de mis profesores escuchando en mi pequeño radio la música que transmitía la emisora estadounidense WQAM; para mi desgracia el suceso no sólo tenía lugar en la tarde, lo que agregaba un elemento de desfachatez, sino que el profesor que me atrapó en tal descuido era nada menos que el Secretario General del núcleo del Partido en mi escuela. En tiempos de violenta lucha ideológica, de una virulencia e inmadurez apenas concebible hoy, quedé paralizado ante la diatriba y la acusación de “diversionismo ideológico”, figura discursiva que instalaba a quien la recibía en un espacio intermedio entre el portador de alguna horrible enfermedad contagiosa y alguien pérfido y moralmente indeseable. Sin justificante alguna que atenuara la culpa, no sé cómo fui tan ingenuo para escuchar aquella estación radial en pleno día y además dejarme sorprender de modo tan fácil, sólo pude bajar la cabeza mientras el radio me era confiscado hasta que mi padre no se presentara a recogerlo; es decir, que sólo cuando llegara la visita de los padres el domingo y con la consiguiente reprimenda, la mitad del asunto (el equipo de radio) quedaría resuelta. Sin embargo, las cosas del diversionismo ideológico son más complejas y tanto que, cuando anoche me llama un amigo para saber cómo estoy, pregunta en qué estoy trabajando, cuando respondo que en un artículo a propósito de un radio que me quitaron en la secundaria por escuchar una estación estadounidense, mi amigo se sorprende y él, que por entonces vivía en otra provincia, exclama “¡¿A ti también?!”. Es que, en otro episodio semejante, en un momento en el que todavía no nos conocíamos e igualmente en un campamento de escuela al campo, también a él le fue retirado el receptor de radio “hasta que los padres se presenten a buscarlo” y le tocó recibir y lidiar con la marca del “diversionismo ideológico”. Hijo de mi época las particiones de la Guerra Fría organizaban el espacio vital a mi alrededor, llenaban los pulmones y sacudían la mente, daban forma a cualquier realidad a la que pudiera o se me ocurriera acceder, me disciplinaban y educaban; pero como, a la misma vez quería ser fiel a los deseos que flotaban y chocaban en mi interior, me oponía a toda esa estructura ideológico-política gigantesca que lo mismo daba sentido a la realidad que asfixiaba y cansaba. Según ahora lo veo, parte de la respuesta era escuchar ese radio y, a través de sus posibilidades, fugarme en dirección a mundos nuevos y cautivantes, próximos, íntimos; la música de aquellas emisoras estadounidenses era esencial para esa fuga. Con un control severo sobre la información, es difícil decir de qué modo conocíamos algo de aquellos artistas u obras que nos gustaban; a veces gracias a que en la familia de alguno había un marinero mercante que entonces podía entrar al país los discos que compraba “afuera”, en otras porque -de manera poco menos que insólita- aparecía un recorte de revista con unos pocos datos, o porque repetíamos detalles que jurábamos haber escuchado en cualquiera de esos programas radiales. El caso es que sumando fragmentos, que lo mismo eran pedazos de verdad que fantasías, y nos íbamos haciendo de una “cultura” con la que explicar el amor a esa música y, de paso, explicarnos a nosotros mismos en algo que, finalmente, era incluso más grande que el gusto musical porque remitía a determinadas modas en el vestir o los peinados, pasillos a la hora de bailar, frases en el habla cotidiana y hasta interpretaciones de lo que significaba ser joven, la condición racial de cada uno, las posiciones ante los grandes conflictos de la época y mucho más. Mientras mayor y más diversificado era el conocimiento acerca de los significados y sentidos de esa música que nos imantaba, más incrustada iba quedando dentro de los puntos de referencia que orientaban la existencia, más constitutiva del imaginario de lo bello, lo bueno, lo artístico, lo deseable. Quitar un radio no sólo no era un hecho aislado, sino que tampoco era insignificante; contrario a ello, ponía una cerca alrededor y abría el campo a una continua batalla sobre la identidad; la acusación, sin que hubiese forma de averiguar la procedencia o de confrontarla, podía aparecer en cualquier momento para limitar y aplastar. Por eso, en el momento en el que la persona entendía la significación y consecuencias más evidentes para lo que estaba haciendo, escuchar aquellas estaciones radiales y encaramado en ellas abrir imaginarios nuevos, tampoco era hecho aislado o insignificante. La música era sólo el ejemplo más perceptible y claro de la batalla ideológica, política y cultural en cuyo interior vivíamos y de la cual éramos actores; y bastaba mirar hacia quienes conocíamos, escuchar sus historias o proyecciones, leer y escuchar a maestros o líderes, para entender que para esa batalla habíamos sido formados desde el nacimiento y que también iba a ser nuestro futuro. En semejante entramado, las violaciones o distanciamientos del código debían ser castigadas y todavía recuerdo la humillación, vergüenza y tristeza que experimenté al contar a mi padre lo sucedido con el dichoso radio y al mirar la expresión de disgusto en su rostro, o el silencio a salir de aquella oficina donde la falta era ya de mis padres que debían vigilar con más atención mis actitudes y con quienes me reunía. Los vericuetos de esta historia privada sirven para entender la manera en la que mis sueños de adolescencia y, en general, de vida, al fin iban a poder ser realizados cuando escuché que las agencias de rock y más tarde de rap habían sido fundadas. Mientras que, desde adolescente, había sido uno más en los enfrentamientos en defensa de esas sonoridades que -en sus ejemplos más radicales- implicaban modos de ser en una sub-cultura, a partir de ahora, así lo suponía, las esencias y valores de estas músicas iban a poder ser de-veladas. Dicho de otro modo, después de años de controles, vigilancia, hostilidad y marginación se inauguraba un espacio para el estudio, la difusión por todas las formas posibles de lo mejor de ambas sonoridades, el diálogo con lo más significativo de la producción cultural nacional e internacional; ambas agencias serían, así lo esperé, agentes protagónicos y aulas para el conocimiento, activistas. Lo más fascinante era que, como parte de crisis de crecimiento y transformaciones internas en la política cultural, era el Estado quien, con escasa diferencia de años entre sí, había creado ambas agencias. Esperaba todo: presentaciones de grupos musicales, ofertas de cursos acerca de las historias del rock (en sus más diversas variedades) y las músicas “negras”, conferencias, exhibiciones de fotografías, presentaciones de películas y videos, actividades de formación con los niños, concursos, lanzamientos, muestras o ventas de libros, etc. Todo cuanto pudiera enseñar la significación artística y para la vida de aquellos consumos culturales que, para mí, se habían tornado en consustanciales. En esta interpretación veía a ambas instituciones como escuelas receptoras de estudiantado, repito, pero también como emisoras de conocimiento hacia la comunidad (como mismo estaciones de radio o de televisión), metafóricas bibliotecas y espacio proclives a estimular la socialización y el intercambio cultural, lugares abiertos, pulmones en el entramado social, lugares de nacimiento de liderazgos en los que se darían cita lo nacional y lo extranjero, lo artístico, la tradición y lo moderno, el conservadurismo y su superación, los problemas sociales y el activismo y las oportunidades para el crecimiento de la conciencia. De esa manera, la creación de ambas agencias retomaría el mundo de mi adolescencia, de lo que fue o no posible para los como yo en aquellas fechas, y lo relanzaría: eliminando o incluyendo, modificando, superando. A este propósito, es oportuno reproducir un agudo párrafo de Joaquín Borges Triana, tomado del libro Concierto cubano. La vida es un divino guion: “... la creación de la Agencia Cubana de Rap en 2001, en tanto iniciativa de política cultural, también puede ser analizada como una manifestación estatal de reconocimiento y apoyo al hip hop como expresión de cultura negra o, al decir de Rodríguez Oliva (2008 339), “como una política de afirmación negra en la participación cultural, como un mecanismo de potenciación de una identidad cultural”. (Borges Triana 2015, p. 94). Si en la oración que continúa la cita el autor afirma que le llama la atención que “ni la política cultural cubana ni los propios integrantes del movimiento de rap en el país suelan referirse a este o pensarlo como una iniciativa de afirmación racial” (Idem.), mis inquietudes miran a otra dirección porque si, para Borges Triana, ni los hacedores de la política cultural cubana ni los cultores del movimiento de rap en el país se refieren a este o lo piensan como iniciativa de afirmación racial, aún quedan en la cita algunas preguntas a las cuales habría antes que brindarle respuesta, a saber: ¿qué significa, dentro de la política cultural de un país (no me refiero específicamente a Cuba, pues como problema de método da igual la geografía que se desee) ser el receptor de una “manifestación estatal de reconocimiento y apoyo”? ¿Por qué razón un Estado, que sabemos mueve y arrastra con sus decisiones la enormidad de una maquinaria para la multiplicación de ideas e información, reconoce y apoya algo? ¿Para qué, con cuáles intenciones, con qué cálculos, a la espera de cuáles consecuencias y derivaciones? ¿Qué tipo de conexiones establece semejante decisión con otras precedentes en ese mismo ámbito de las políticas educativas y culturales, con la producción de ideología y con otras dinámicas sociales (en este particular ejemplo, las relacionadas con la racialidad)? Esas preguntas merecen ser contestadas en toda su amplitud y sus respuestas analizadas con detenimiento, pero no sólo con respecto al rap, sino también en lo tocante al devenir de la música rock en nuestro país; demandan un crecimiento espiritual y conceptual en los intérpretes, promotores, estudiosos y, en general, amantes de estas músicas y sus universos. Esto implica compartir la anterior batería de preguntas de modo que podamos responderlas por igual desde esas agencias cubanas de rock y de rap, creadas para incluir dentro de los diseños y alcances de la política cultural en el país dicha pareja de universos sonoros, así como sus correspondientes subculturas; el acto de madurez analítica y responsabilidad al que me refiero lo primero que necesita es tener en mente que -en el contexto de una cultura nacional- un Estado ha creado una institución oficial en la que las acciones y contenidos fundamentales atañen a una música y subcultura foráneas. Es un gesto enorme con consecuencias y potencialidades enormes, que repara el pasado y amplía los posibles espacios del presente y crea futuro. La posibilidad inclusiva a  la que me refiero, concomitante al acto estatal de reconocimiento y apoyo, significa que ambos movimientos son apreciados en modo diferente al mero rechazo o negación, que se inauguran nuevas narrativas; las historias ya no serán más las de un escasísimo grupo de creadores heroicos y afortunados que, luego de muy ardua insistencia, obtienen la atención de un grupo de altos funcionarios del Estado, sino que estamos delante de algo infinitamente más complejo que se abre al reconocimiento y apoyo a las raíces de ambos movimientos y subculturas para ser actores en el escenario del diálogo intercultural global, a valoraciones acerca de la significación social de ambos movimientos, a las relaciones con las culturas populares que les dan origen, a los intercambios y mixturas entre cultura nacionales y culturas foráneas, así como al alto nivel estético que las producciones, tanto del rock como del rap, alcanzan en sus mejores cultores. No tengo dudas de que la visión de un espacio generoso, a la manera de un campo fértil que se brindara, como quien siembra, para el rock y el rap en nuestro país es por entero una utopía; pero, en qué otra cosa pensaba aquel adolescente al que le habían retirado su radio de onda corta, que no fuese en una realidad utópica. Él mismo iba a poder explicar por qué le estremecían tanto aquellas sonoridades que no podía explicar e iba a conocer, tanto como el propio, los mundos a los cuales las canciones se referían; no entendía los textos, pero las entonaciones, melodías y armonías parecía como si le hablasen de alegría, tristeza, fuerza, muerte, vida, amor, libertad. Quería ser tan bueno o total como lo que intuía ahí. Se había criado con el alimento de viejos discos (en su casa había tocadiscos) de Sinatra, Nat “King” Cole, Elvis Presley y los adivinaba en el interior del sonido rock que lo imantaba. Deseaba poder decir y escuchar acerca de todo eso y, aunque no se contentaba con las imposibilidades que le rodeaban, la fuerza de la vida era más grande, de modo que su diapasón crecía y él se iba fortaleciendo a cada nuevo día y ocasión.  Por eso, con la ilusión de que con ellas, avanzaba un paso más en busca de los sueños, fui feliz cuando supe que había sido creada (primera en el tiempo) la Agencia Cubana de Rap (2002) y, pocos años más tarde, la Agencia Cubana de Rock (2007). Mucho de lo que la gente de mi edad había preservado, como se conservan los recuerdos más preciados, iba a ser posible ahora y sólo faltaba la aparición de los proyectos más grandes, desmesurados, enloquecidos, futuristas y reivindicadores que se pudiese concebir. Aquel consumo cultural furtivo, del adolescente con su pequeño receptor de radio, se transforma y extiende hacia la totalidad del país mediante acciones de promoción, enseñanza y diálogo entre culturas que enriquecen y fortalecen la cultura nacional. De eso es que tratan, a mi juicio, las Agencias; de algo (proyecto y gesto) transformador, consciente, sanador, político, responsable, incisivo, radical, nuevo, en crecimiento, penetrativo, receptor de influencia, en diálogo con el medio, un puente entre la cultura nacional y el mundo, entre la tradición y la vanguardia, grande, muy grande.

 

Borges Triana, Joaquín. Concierto cubano. La vida es un divino guion.  La Habana: Ediciones Unión, 2015.