Un libro, para quien, rara avis, aún le interese nuestro ayer

Por Argelio Santisteban

Sí, muy queridas amigas. Sí, dilectos amiguísimos. Bien al tanto estoy que debemos huirle -como a la peste bubónica- a los clichés, los tópicos, las frases hechas.

Pero hoy me siento tentado de echar mano a uno de tales adefesios, que se dan como la hierba mala en los espacios radiales y televisivos. Allá va eso:

“Sabía usted que”:

-A principios de los 1600 hubo aquí tres “reinos independientes”: San Juan de los Remedios, Sancti Spíritus y Trinidad. Tal como lo lee. Fueron creadas dos regiones y esas villas no quedaron comprendidas en ninguna de las dos jurisdicciones, situación anómala que iba a prolongarse durante años. ¿Protestaron por ello los remedianos, los espirituanos, los trinitarios? Qué va. La circunstancia de no ser dependiente de ningún poder central les facilitaba la práctica de su deporte preferido: el contrabandeo.

-El obispo Montiel está escandalizado por el comportamiento de un clero corrupto. Imagínense. Andan con espada y se baten discutiendo la mujer del prójimo. Entonces, el santo varón decide moralizar a su desmandada tropa.  Transcurre 1657 y lo invitan a un pastel apetecible, en cuya masa se esconde media libra de arsénico. (Se supone que andará aun moralizando por allá arriba, en celestiales regiones).

-El gobernador Ricafort, mientras recorría San Cristóbal de La Habana, fue sorprendido por uno de nuestros aguaceros descomunales. Pero halló amable cobija, refugio cálido, en la casa de una atractiva joven, apellidada Méndez, reciente viuda. Desde entonces, el mandante iba a ser presencia cotidiana en el hogar de la doliente. Y es por eso -es por eso, repito- que una calle habanera se llama Refugio.

Estimados amigos: para muestra, con un botón basta. Y lo anterior ha sido sólo un elementalísimo aperitivo para el banquetazo que, el lector voraz, puede regalarse con un libro adorable,  irrepetible: Tradiciones cubanas.

El artífice de esa maravilla

Transcurre1874. Él es un galleguito que, con catorce años, arriba confundido entre la descomunal inmigración que de su tierra desembarcó en esta la mayor de las Antillas a lo largo de muchísimas décadas, huyendo de la hambruna en la galaica aldea.

El muchacho se llama Álvaro de la Iglesia (La Coruña, 1851 – La Habana, 1940).

Nadie sospecha que aquel adolescente será el periodista cuyas columnas seguirán adictivamente los cubanos lectores de la prensa. Que publicará varias sólidas novelas (Adoración, La alondra, Amelia Batista; o, El último danzón, La bruja de Atarés; o, Los bandidos de La Habana…). Que biografiaría a dos de nuestros héroes populares: al guanabacoense Pepe Antonio Bullones y a Manuel García, El Rey de los Campos de Cuba que pertenecería a la Real Academia Gallega de la Lengua y a la Academia de la Historia de Cuba.

Tampoco ningún vidente predijo que el galleguito iba a ser un perfecto aplatanado, o sea, quien adopta como suyos nuestros usos, costumbres, convicciones, locuras.  Se casó con una cubana, de la cual tuvo copiosa prole,  y adoptó nuestra ciudadanía.

Álvaro de la Iglesia nunca renunció a sus raíces ibéricas. No dejó de tocar gaita ni de hablar la lengua natal con sus coterráneos. Ah, pero fue un rendido devoto de nuestro pueblo.

A diferencia de la inmensa mayoría de sus compatriotas, admiró con unción  nuestras luchas libertarias y  sus titanes.

En 1898 -año crucial- da a la luz Cuba para los cubanos donde, alarmado, nos pone en guardia en cuanto a los vecinos norteños y una posible anexión: “Cuba sería el gran ingenio y la gran vega de Mr. Sam”.

Pero cuando nos entregó su do de pecho, en su enamoramiento por esta tierra, fue en las ya mencionadas Tradiciones cubanas.

Allí, como en un singular crisol, se mixturan pasión, prosa de altos vuelos, humor finísimo.

Hasta desde los hechos menudos recibimos una visión de la vieja vida cubana como por  la mirada de un voyeur  a través una cerradura.

Comentó Jesús Castellanos: “Es la historia vista por una ventana familiar, la historia que se conserva en los viejos arcones de los abuelos”.

Muy estimados compadres y comadres: me tomo la libertad de formularles una mínima invitación. Para salvar a su autor de muy injusto olvido, léanse -o reléanse-  estas páginas conmovedoras.  Escritas por un gallego que amó más a nuestra tierra que algunos de mis coterráneos, a quienes, infortunadamente, bien conozco.