Leonardo Padura y Mario Conde de Semejanzas, Persecusiones y Metáforas

Por Desiree Diaz y
Arsenio Cicero Sancristóbal

Definitivamente Leonardo Padura está de moda y no sólo en Cuba. Así se lo decimos a él, cuando apenas sin sacudirse el polvo del camino, a su regreso de uno de sus múltiples viajes, accede a un diálogo que se propone ser -por esta vez- policiaco.

Un café reconstituyente -dos en verdad: la incursión a Mantilla lo exigía-, y nuestro entrevistado, sonriente, pues no cree en cri­terios de pret-á-porter en asuntos literarios, al menos en su caso, deja momentánea­mente la revisión de Paisajes de otoño para su edición cubana, la cuarta salida al rue­do del teniente Mario Conde, en la que ahora trabaja perfilándola te­naz, tercamente, y se dispone al diálogo.

El pretexto: La edición en Cuba de Máscaras, la tercera novela de la saga del agente de policía Mario Conde, quien de un par de años a la fecha se ha incorporado a la galería de los personajes literarios cubanos que los lectores -no sólo los de esta isla, según se ha visto- pueden seguir en sus asuntos, manías y sucesos. No suelen ser proclives los escritores cubanos, ni siquiera los policíacos, a las series, o los personajes que se reiteran de ficción en ficción. Alguna vez en los últimos años y con diversos grados de reiteración lo han hecho, entré otros, Lisandro Otero y José Lezama Lima.

-¿Cómo empezaste a escribir li­teratura policiaca y qué te llevó a la idea de formar precisamente una tetralogía?

-Durante años yo había estudiado el gé­nero en Cuba y había criticado sus exce­sos y defectos. Con Pasado perfecto, mi primera novela policiaca, intenté escribir una que no cometiera esos excesos y de­fectos, aunque también esta novela se re­laciona mucho con lo que había hecho an­tes, con una búsqueda en el pasado, en la memoria, en la juventud. Pretendí mostrar la pérdida del tiempo como una tragedia cotidiana del hombre.

Fue después cuando pensé que había conseguido con el Conde un personaje que podía continuar viviendo, y como la novela tuvo una buena acogida en México, donde se publicó la primera edición, y entre los que la fueron leyendo en Cuba, decido ini­ciar la saga y es cuando pienso en la posi­bilidad de escribir una tetralogía, Las cua­tro estaciones, donde las novelas se ubi­quen en cada estación de 1989 para reco­rrer de esta forma el año completo, invier­no, primavera, verano y otoño.

-¿Por qué escoges precisamente el año ochenta y nueve?

-El año ochenta y nueve fue el momento inmediatamente anterior a la creación de la primera novela y fue, además, como saben, un año crítico en la historia más reciente de Cuba. Muchas esperanzas, ilusiones, maneras de ver el mundo fueron abrup­tamente abortadas, o dejaron de tener sen­tido, y mi protagonista, el Conde, que es escéptico y melancólico, se inserta de una forma más natural en aquel ambiente, en ese año.

Pero esto no quiere decir que esté ha­ciendo con estas novelas la historia del año 1989. Por ejemplo, en Máscaras, aunque transcurre en el verano del ochenta y nue­ve, rio se hace la crónica de lo que sucedió en Cuba en ese momento. Sin embargo, en este cuerpo de policía al que pertenece el Conde, se está produciendo una investiga­ción por corrupción. Uno de los personajes principales de la serie, el gordo Contreras, encargado de la investigación de los deli­tos por tráfico de divisas, es acusado y apar­tado de su trabajo. Por eso en Máscaras, está todo ese ambiente de persecución en el cual también se incluye el Conde. En un momento él está esperando un interroga­torio al que lo van a someter por sospechas indeterminadas. Pero insisto, no se trata de contar la historia de la Causa 1 o la Causa 2 del ochenta y nueve. No me interesa con­tar la historia de ese año, sino hacer litera­tura a partir de lo que ocurrió en las con­ciencias de las gentes.

Si el cuerpo policiaco de tus novelas fun­ciona como metáfora del cuerpo político cu­bano, resulta raro entonces que el persona­je del Conde no tenga conflictos ideológicos o políticos. El Conde es un individuo bastante despolitizado en una sociedad tan politizada como la nuestra. ¿Qué piensas al respecto?

-El principal conflicto del Conde es existencial y está dado en dos dimensiones: consigo mismo y con la sociedad. Este conflicto consi­go mismo se manifiesta a partir de lo que él ha hecho con su propia vida y que considera totalmente equivocado. Pero se enfrenta tam­bién con la sociedad porque cree que es ésta la que lo ha llevado a equivocarse. De todas maneras, sí creo que hay una postura política e ideológica del Conde, aunque no esté explícita en las novelas, por­que de la misma manera que no me interesa hacer la historia de ese año ochenta y nueve, no me inte­resa tampoco meter la política en la literatura. Creo que siempre que puedan ser independientes deben mantenerse así; porque si bien es cierto que existe muy buena literatura polí­tica, también la mayor parte es realmente mala, porque muere con la coyuntura y ope­ra con la densidad que existe en un mo­mento y que tiempo después puede des­aparecer. La política es un organismo que cambia mucho más rápidamente que el arte y puede empobrecer a la literatura que se refiere sólo a estos temas. Por eso creo que lo ideal para escribir ficción a partir de la política es la distancia. Tal vez si uno escri­be una novela sobre un fenómeno político de los años veinte, treinta o cuarenta, ya la distancia pueda permitir captar lo esencial de esa circunstancia. Pero si uno se refiere a un suceso más o menos contemporáneo, corre el riesgo de quedarse en la superficie del fenómeno y no llegar a lo que verdade­ramente puede ser perdurable.

Por eso, en mi obra no hay una intención expresa de acercamiento a la circunstan­cia política y sí de verlo todo a través de esa óptica existencial. Es mucho más útil para mi literatura y para su posible circula­ción dentro de Cuba no cruzar esa barrera hacia lo político. Estoy diciendo con mis novelas cosas que habitualmente no se decían y aún no se dicen. Creo que es mu­cho más importante.

-¿Pretendes hacer algún tipo de crítica social?

-El género policiaco generalmente se ocupa de los lados oscuros de la sociedad -salvo en Cuba, donde se trató que fuera eminentemente constructivo y con una car­ga didáctica muy específica- y el delito es precisamente una de esas manifestaciones. La novela policiaca se basa en el delito: asesinatos, robos, violaciones, en fin, re­coge lo peor de la sociedad y no la concibosin que estos fenómenos aparezcan; por eso los incluyo en mis historias.

De todas formas, no me propongo ha­cer específicamente lo que se pudiera lla­mar crítica social, sino mostrar cómo era la sociedad cubana en un momento en el cual yo viví también. La sociedad cubana -como cualquiera- no se puede resumir en lemas y consignas, sino que es mucho más rica y profunda y estas partes negras también son su realidad. Durante años no se escribió de eso; se pretendiósiempre que la literatura tuviera un carácter edifi­cante, y hasta se decía que debía reflejar lo mejor de la sociedad.

Yo no creo que la denuncia de los males de la sociedad sea una función necesaria de la literatura y por eso no me interesa ha­cer crítica social. Me interesa representar la sociedad cubana tal y como yo la entiendo.

ESCRIBIR: UN DESTINO COMÚN (AL MENOS)

Sin embargo, muchos aficionados a la lite­ratura policiaca acusan a Padura de que sus novelas carecen de trama policial. Según él, no pretende circunscribirse al patrón con que se conforma tradicionalmente este tipo de li­teratura y sí buscar formas más abiertas. Opi­na Padura que el mundo contemporáneo ha aprendido la lección y cita novelas como Cró­nica de una muerte anunciada de García Márquez y ¿Quién mató a Palomino Molero? de Mario Vargas Llosa como evidencia de esos nuevos modos. Pero en Cuba Leonardo

Padura resulta un innovador y ha logrado insertar en nuestro espa­cio literario a un personaje contra­dictorio que sobresale por su bue­na concepción: Mario Conde, un policía "del barrio" con aficiones intelectuales y metafísicas. De hecho, tal vez fue éste el único motivo por el que en 1991 Pasa­do perfecto no ganó el concurso de literatura policíaca "Aniversa­rio del Triunfo de la Revolución". Le pedimos al autor que comen­te esta presunción.

-La novela le rompía todos los esquemas a los patrocinadores del concurso, no tenía nada que ver con la literatura que ellos querían promover y pienso que tenían el derecho de excluirla del premio que otorgaban. En un país como el nuestro hacer lite­ratura es luchar contra prejuicios y leyes no escritas y uno tiene que ser lo suficientemente inteligente a la hora de enfrentarlos.

En relación con el Conde, él vive en un país que se llama Cuba, pero que pudiera llamarse de cualquier otra forma. Él vive en este país, pertenece a esta cultura, vive dentro de la historia de una Cuba contem­poránea y tiene todos los problemas y sa­tisfacciones que puede tener un cubano común y corriente, tanto en el plano espiri­tual como en el material.

Al Conde le preocupa mucho el paso irre­versible del tiempo, sabe que el tiempo es el único valor que no es recuperable; le preocupa su responsabilidad con los de­más, sobre todo con esos que lo rodean muy de cerca. Se siente culpable, por ejem­plo, de seguir caminando mientras su me­jor amigo se ha convertido en un inválido por una herida de guerra sufrida en Angola.

Al Conde le ha pasado lo que a muchas personas en Cuba, que querían estudiar una carrera o trabajar en un lugar y cuando lle­garon no había plazas o el trabajo ya no exis­tía más y tuvieron que cambiar de opción. En este país y en cualquier otro, el destino se va haciendo de lo que se quiere y de lo que se puede. Esto es lo que le ha pasado al Conde, pero él también es excesivo en su autoexigencia, y su mejor amigo, el flaco Carlos, se lo reprocha constantemente. El flaco Carlos es la contraparte, que a pesar de su impedimento físico, anímicamente es el hombre que decide que la vida es algo que vale la pena, que hay que disfrutarla y que hay que lograr, en los términos de lo posible, tener una vida más plena.

En Vientos de cuaresma, la segunda no­vela, que, por cierto, fue la primera que se publicó en Cuba, habían aparecido una especie de apuntes de diario del Conde, posibles reflexiones literarias, y también en Pasado perfecto las retrospectivas son como monólogos interiores escritos por él. Ya en la tercera, Máscaras, apa­rece un escrito suyo, un cuento. Hay la intención estética de escribir un relato para presentárselo al otro personaje pro­tagonista, el Marqués, un gay que fuera excluido de la vida teatral cubana. Y esa postura estética ya definida es la que termina de cerrar el carácter del Conde. Tal vez por la vía de la literatura esté su salvación y tal vez por eso en esta terce­ra novela él termine un poco más satis­fecho de sí mismo.

-¿Podría haber sido el Conde otro desti­no tuyo? ¿Cuánto hay de ti en él?

-No, en lo absoluto. El Conde no es un personaje autobiográfico aunque pueda te­ner rasgos autobiográficos. Creo que el es­critor siempre pone en sus personajes mu­cho de lo que piensa, pero tiene que cuidar­se porque el personaje debe tener su pen­samiento independiente, si se quiere que sea un buen personaje, y eso es lo que trato de hacer con el Conde. Ahora, sí creo que el Conde y yo compartimos determinados gus­tos y fobias, intereses y desintereses, patro­nes de conducta. Pero lo más importante es que el Conde funcione como personaje, que sea válido. Si lo he logrado, esa era mi única pretensión.

-Parece que en los últimos tiempos te sientes más cómodo novelando, tabulando. ¿Piensas seguir investigando o te vas a dedicar más a la ficción?

-Por lo pronto me interesa escribir lite­ratura más que filología. Durante mucho tiempo me dediqué al estudio de la obra de Alejo Carpentier, creo que mi último li­bro sobre Carpentier es definitivo para mí, cierra una etapa. Como saben, tengo dos libros publicados previos a éste; fue un tan­teo de casi diez años de trabajo con la vida y la obra de Carpentier. Sin embargo, me gustaría escribir un ensayo sobre los es­critores de la Conquista y un estudio bas­tante exhaustivo sobre la literatura cuba­na del siglo XX. Son dos temas de investi­gación que quisiera desarrollar en algún momento, pero por ahora me interesa se­guir en el campo de la novela, donde tam­bién tengo otros dos proyectos. Uno es sobre Gonzalo Pizarro, el conquistador del Perú, y en él quiero trabajar la idea de cómo un caudillo tiene que ser en ocasiones te­rriblemente despiadado para coronar su suerte y también hacer la historia de cómo aquellos primeros conquistadores empe­zaron a sentirse como hombres de dos mundos. El otro es una novela con el título provisional de Años, y sería una historia de lo que le ha pasado a un grupo de per­sonas en todos estos años después de 1959, dentro y fuera del país.

-¿Te sientes satisfecho con lo que has logrado?

-Cuando hay escritas novelas como Conversación en la Catedral, Cien años de soledad, Pedro Páramo o El Siglo de las Luces es muy difícil estar satisfecho y sentirse realizado en la literatura. Y cuando citaba estas novelas me refería sólo a narraciones contemporáneas en español, por no hablar de obras de otros escritores de diferentes idiomas que con­sidero importantes y que me han influi­do mucho, como es el caso de Salinger, con el cual estoy siempre en deuda. Cuando sólo se han escrito novelas como las mías, por supuesto que la insatisfac­ción lo obliga a uno a volver una y otra vez sobre lo mojado.

Si bien Leonardo Padura no se cree un consagrado, no cabe duda de que sus novelas -pese a que el escritor se rehúse a aceptarlo- desfilan con suerte por las pasarelas literarias y atraen la atención de lectores y críticos. Lo confirma la muy notable aceptación de Máscaras en su preciosa edición de Tusquets (la porta­da, un Fabelo clásico) tanto por los críti­cos como por los lectores. La cubana, por su parte, no le va demasiado a la zaga: un curioso trabajo de Salvador L. González ilustra la portada de la edición de Unión. Además, lo corroboran los con­venios firmados con prestigiosas edito­riales de Francia, Suiza, Italia, España e Inglaterra, las cuales se ocuparán de las próximas apariciones de Mario Conde, ese desfacedor de entuertos que, aun­que a su creador no le guste, se parece tanto a él.         

 

Tomado de Revolución y Cultura, La Habana, no. 3, 1998. Pág. 42-44.