Descripción: El Socialista, periodico provincial Pinar del Rio, 15 de marzo 1967El libro múltiple de Boloña: Muestrario de letra y sombra

Por Xavier Carbonell

La bibliografía cubana, como un catálogo de misterios, cuenta con buscadores de tumbas librescas, detectives de ambición obsesiva, ejemplares perdidos o legendarios y bibliotecas custodiadas por severas prohibiciones a los lectores profanos. No han faltado en la historia de nuestros libros robos, incendios, contrabando, pesquisas e insomnios en la persecución de textos de los cuales solo se ha conservado, a semejanza de un epitafio, el nombre, el título y la fecha.

Casi mitológico es nuestro primer impreso, una Novena en honor a san Agustín publicada por el belga Carlos Habré, en 1722. De las prensas del mismo artesano salió la Tarifa de precios y medicinas, que por mucho tiempo figuró en los viejos inventarios como el folleto más antiguo de la isla, de 1723. Con un respeto casi litúrgico se recorren las páginas quebradas del conocido Libro de los Peces de Antonio de la Parra, iluminado por su hijo en 1787 con setenta y cinco láminas.

Estos textos, raros y de valor incalculable, han sido designados por nuestros bibliógrafos como incunables, en recuerdo de aquellos libros -mucho más antiguos, desde luego- que salieron de las prensas cuando la imprenta se encontraba en su cuna. Cada impresor del siglo XVIII fue, al mismo tiempo, artesano y editor; sensible a su arte pero hábil en los negocios; tipógrafo cabal, aunque consciente del prestigio que significaba la ejecución de un oficio noble y necesario.

Como una genealogía de artistas venerables se suceden los primeros impresores del Siglo de las Luces cubano: el ya mencionado Carlos Habré, Francisco José de Paula, Blas de los Olivos, Francisco Seguí, Pedro Nolasco Palmer, Matías Alqueza y Esteban José Boloña, fundador de la estirpe que, como resumen de su grandeza técnica, publicó en 1833 la primera edición de Muestras de los caracteres de letras de la Imprenta de la Marina, y la reeditó tres años más tarde.

Este libro, mezcla extraña de capitulares, grabados, tipos, historias imaginadas y falseadas sobre el arte de imprimir, escenas, rostros y objetos de toda clase, es célebre hoy por la arqueología literaria de Eliseo Diego, que lo utilizó para ilustrar uno de los cuadernos más hermosos y enigmáticos de nuestra poesía: el Muestrario del mundo o Libro de las maravillas de Boloña (compuesto por el autor, con la ayuda gráfica de Fayad Jamís y cubierta de Raúl Martínez, en 1968).

De golpe, el catálogo de viñetas y letras de Boloña resucitó como uno de nuestros libros de culto, venerado y comprado por los iniciados en cuantas ediciones facsimilares han aparecido. El catálogo recopilado por Boloña resume el tránsito del espíritu barroco habanero hacia los nuevos aires neoclásicos. En una sentencia que se hizo famosa entre los eruditos, Eliseo Diego hablaba de las Muestras y de otras obras tan armoniosamente impresas y encuadernadas, que de algún modo recuerdan pequeños templos neoclásicos, más del gusto del recién desaparecido siglo XVIII que del nuevo Mágico que por todas partes imponía ya sus grandes patillas de humo.

José Severino fue el primogénito y heredero de Esteban José Boloña, que a su vez había adquirido la imprenta más antigua de La Habana, perteneciente primero a Francisco de Paula y luego a Manuel de Azpeitia. Boloña llegó a ser impresor oficial de la Real Marina, del Cuerpo de Ingenieros, de la Real Casa y Patrimonio y de la Real y Pontificia Universidad de La Habana.

Si se revisa la disposición de los contenidos en las Muestras de Boloña, el lector nota una sintaxis peculiar, motivada más que casual. El investigador Jorge Bermúdez ha apuntado que la colocación de las imágenes responde a una intención comercial concreta: demostrar al cliente los recursos con que cuenta la imprenta.

Sin embargo, el modo de organizar el muestrario lanza al bibliófilo a una explosión de posibilidades poéticas. Las viñetas y tipos, sin mensaje artístico concreto, a veces sugieren un trayecto narrativo, o una escena que el imaginador aprovecha para su creación.

De ese modo, al desempolvar estos papeles, Eliseo Diego los encontró habitados por una raíz poética que él supo reconstruir en un poemario que resulta, en sí mismo, una curiosa suma de poesía y visualidad entremezclada. La plenitud del Libro de las maravillas de Boloña es el resultado de una comunión entre la letra y la viñeta, que empieza ya en el antiguo catálogo del siglo XIX.

Boloña comienza su muestrario con una noticia del arte de la imprenta y sus privilegios, que demuestran la conciencia distintiva de los profesionales de este oficio. Siguen a esta introducción los tipos de letra con los cuales contaba el taller. Desde los de puntaje pequeño hasta el colosal doble canon, de cuarenta y ocho a cincuenta y seis puntos. Asimismo, hay ejemplos de lo que hoy denominamos negrita y cursiva para cada familia tipográfica.

Después aparece una serie de símbolos matemáticos y astronómicos, que luego se emplearon en la impresión de calendarios señalizados. Prosiguen los bigotes y rayas, diseñadas para separar textos y enmarcar la página.

Pero sin duda el cuerpo más rico del catálogo lo constituyen la sucesión de viñetas de distinto tema y tamaño. Una colección de láminas encuadradas del zodiaco en diferentes diseños inaugura esta clase de ilustraciones, a las que siguen motivos animales y de la vida cotidiana, dentro de pequeños medallones elípticos.

En ocasiones, el tamaño y diseño de la página obliga al impresor a colocar una viñeta ajena al tema dominante. En estos casos el potencial del libro se hace mayor, y produce incluso un efecto hilarante, como el dibujo del hombre saliendo de un sombrero gigante (o acaso el sombrero es regular y es el hombre quien ha sido reducido prodigiosamente).

Otras veces sucede que, dentro de una estética que se repite, encontramos una imagen arcaica, que responde a un trazado torpe pero con regusto antiguo, como el grabado que muestra un navío rozando la costa del castillo del Morro.

A partir de esa página, precisamente, comienzan los motivos navales, que ya han sido preludiados por toda una flota de pequeños barcos negros que se multiplican una y otra vez: así encontramos galeones del siglo XVII, veleros en alta mar y reposando en el puerto, naves en el astillero, e incluso un vapor norteamericano dejando una estela de humo sobre las aguas.

Desde ahí la compilación se vuelve caótica: criaturas monstruosas, querubines, pavos reales, equilibristas, máquinas de imprenta, unos bomberos llevando su carro, escudos reales, cañones de hierro, anclas y lemas marinos, mitras y signos de órdenes religiosas, payasos y máscaras, hasta llegar a la figura rampante de un gallo que, junto a varias escenas taurinas, cierran el desconcierto de las ilustraciones.

Es la gran habitación desordenada de Boloña, donde se encuentran todos los objetos del mundo. Dentro de esta serie, que solo puede ser descrita en una larga enumeración, suelen recordarse “las herramientas todas del hombre”, clasificadas en una especie de estantería invisible.

Las imágenes más enigmáticas y difíciles del libro son aquellas que empiezan luego de este caos. Se trata de una colección de veintiuna estampas rectangulares, de trazo firme, que se asemejan a los naipes del tarot o a los grabados de alguna novela de caballería. Un personaje de sombrero aparece en varias de ellas, sosteniendo una caja extraña, recogiendo un conejo del campo, ocultándose en un saco o huyendo por una chimenea. Estas figuras parecen formar una historia cuyas palabras se perdieron antes de que Boloña las fijara en su libro de maravillas. Las imágenes, mudas y sonrientes, incitan a detenerse en esta parte del muestrario que, al tiempo de ser la más lúcida y terrenal, es igualmente la de interpretación más torcida.

Como si fuera imposible avanzar sin resolver este laberinto de escenas, lo que sigue es un conjunto de alegorías del tiempo y de la muerte, usadas en las esquelas mortuorias y que, finalmente, cierran el catálogo.

No es difícil, después de mirar detenidamente el libro de Boloña, imaginar conspiraciones poéticas, inventarle una vocación artística al impresor o, simplemente, olvidar que se trata de un esfuerzo comercial más que un inventario de cosas extraordinarias. Pero la obra es tan peculiar, que incluso el texto utilizado para probar y ejemplificar los tipos de letra es nada menos que una historia falsa del arte de imprimir, que va cambiando de tamaño y forma a medida que avanzan las páginas.

José Severino Boloña, en virtud de la poesía visual que escribió por accidente, ha pasado a la leyenda de los libros cubanos y a la devoción de los buscadores no como impresor, sino como ejecutor de un muestrario de conjuros en tinta y palabras.

Y el libro de Eliseo Diego, en su edición original de 1968 —solo en esa, puesto que las demás ya no tienen el hechizo del autor— amplifica la incógnita del antiguo impresor: ¿qué significa este juego y por qué se inventó? Los símbolos avanzan en las páginas amarillentas hasta el mundo del ajedrez y de los adivinos, y el poemario se vuelve un gran homenaje a los libros, a los hombres que los escriben y a los genios que los imprimen.

Ahora, como entonces, Eliseo repite su perplejidad —que es también la nuestra— ante el libro de los secretos de Boloña: “Y uno contesta como puede, hilando fino con qué gruesos trazos, y oponiendo las ilustraciones propias a las ajenas sin saber qué ilustran al fin y al cabo todas juntas: tal es el Juego. Y se apuesta uno a él toda la vida, sintiendo a la vez tantísimo respeto por su inventor, Don José Severino Boloña, que se tiene la confianza de que en alguna parte, de algún modo, dirá él como árbitro si se jugó bien o mal, si se acertó con la salida del Laberinto que es a la vez la entrada al Corazón del Juego”.