La Habana magia de mi ciudad

Por Yirian García de la Torre

Autora de testimonios históricos, guionista de la radio y la televisión, protagonista de historias no contadas, escritora ferviente de las epopeyas de la guerra revolucionaria; es Carmen R. Alfonso Hernández, una exponente vívida, de esa ciudad de hombres y mujeres casi niños, enrolados en la clandestinidad, venidos desde la Sierra Maestra o partiendo de Artemisa, habaneros de esa capital tantas veces desheredada de sus límites geográficos para conformar el amor por una ciudad que la engendró. Su libro se titula La Habana magia de mi ciudad.

“Cuando alguien llega a La Habana descubre que es una ciudad única. La abraza por el norte un mar cálido y atrayente, la cubre un cielo azulísimo y brillante, y la envuelve un aire especial e inolvidable. Sus construcciones erigidas en los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, y sus calles adoquinadas o asfaltadas, albergan a un pueblo sencillo, alegre y acogedor.” (1) La autora caracteriza en su libro “La Habana…”, a esa capital acogedora, presente en quienes la visitan o en sus interiores más inesperados.

Insiste en una entrada de amores a la ciudad, un canto que enarbola desde sus experimentadas letras, prosigue en la presentación: “Hay quien se deslumbra por su luz, irradiada en los atardeceres románticos que suelen aparecer sobre el Malecón.” (2)

A 500 años de fundada la villa de San Cristóbal de La Habana, la autora apela a estructuras más allá de la construcción de una ciudad, de hechos históricos,  a través de 21 capítulos desde sus propias fuentes hacia otras para contar sus iniciales, al decir de Alicia Alonso: “La Habana es una ciudad que siempre estamos haciendo, que nunca dejaremos de construir. ¡Cuánta historia, cuánta cultura acumulada paso a paso por nuestro pueblo, con su forma de ser, su trabajo y sus principios! En La Habana está la continuidad de nuestro ser, la prolongación de cada uno de nosotros hacia el pasado y hacia el futuro.” (3)

De la Editorial Pablo de la Torriente Brau, en 1998, para entonces la autora rememora un inicio en que La Habana fuera capital de una república neocolonizada, hasta las pretensiones de convertirla en Las Vegas del Caribe.

Igualmente, los tiempos de convertirla, tras el triunfo de la Revolución, en “capital de la dignidad”, así como sus transformaciones con la llegada de barbudos, el peregrinar de los alfabetizadores, las transformaciones de una leyenda como capital de un país, que la mantiene como capital, en tanto la nomina en la nueva división política administrativa de 1976.

Refiere que La Habana continúa siendo capital, con un área limitada a 15 municipios, y la describe de una extensión de unos setecientos veinte kilómetros cuadrados, de ellos 306 de tierras agrícolas sin núcleos zonales de significación. Entonces la concentración demográfica estaba en los municipios Centro Habana, La Habana Vieja, Cerro y 10 de Octubre. ¿Cuánto han variado desde entonces estos datos? ¿Cuántos se mantienen? Comoquiera el texto caracteriza a La Ciudad de La Habana de ese momento y abre la curiosidad del período pasado, por uno presente, así como se sucedieron los cambios.

¿Cómo es su población actual?, si al decir de Alfonso Hernández en aquellos datos, la población capitalina era “de unos dos millones trescientos mil habitantes, de blancos, negros, mestizos, alegres y dicharacheros.” (4)

El libro menciona aun la provincia de La Habana, y la capital titulada Ciudad de La Habana.  Esa Habana caracterizada por sus áreas rurales y con 19 municipios, para, ya fuera del tiempo de lectura propiciada por el libro, ser hoy Artemisa y Mayabeque, reestructurada en la suma de municipios aledaños.

Como periodista de reconocido prestigio, la autora, incursiona en esa Habana de todos, desde lo interno de su corazón, con la experiencia de sus colaboraciones en el periódico Trabajadores, evoca a otros colegas, “¿Quién negará que sea toda una institución este muro que huele a  mar y, en sus esquinados repliegues, a otros líquidos igualmente salobres?”, cita a Jorge Mañach, cuando abre el capítulo “Bordeando el malecón habanero” (5)

Alfonso responde en otra de sus búsquedas en libros de su autoría como “100 preguntas y respuestas sobre Cuba”; también exhorta en el título, “Conozca Cuba. Principales ciudades”, pero insiste en volver a ésta por sus tradiciones, el Capitolio, el Malecón, la presencia de Martí, el Che, las esquinas, las creencias, La Habana de noche, en platos y bebidas preferidas, sobre la música, de cuando la caña llegó a La Habana, tradiciones seculares o el arte.

Evoca a ese eterno enamorado de La Habana, su historiador, Eusebio Leal Spengler, cuando la describe, en su parte antigua “vive su tradición y su leyenda, una atmósfera muy suya, íntima, que la luce inolvidable”. (6)

No puede faltar esa ciudad de José Martí, que vivió y amó: “La Habana no peca de miedo. Una puerta a la guerra, y La Habana se va por ella. Armas: y es soldado La Habana, como la isla toda. Arde La Habana en impaciencia de salvarse de la ignominia que se la come. Es mucha la vergüenza para que no sea mucho el deseo de rescatarla. ¿A quién respeta La Habana, y a quién ama de veras, sino a los que le dicen la palabra santa.” (7)

Es su presencia martiana, o la habana de Martí, un enriquecimiento acaso poético, histórico, rasgado de la presencia camino a las Canteras de San Lázaro, Fragua Martiana o en devenir histórico de la marcha de las antorchas que recorre esa Habana martiana de la Generación del Centenario.

“Si se pregunta a los habaneros, y a los cubanos en general, dónde encontrar la huella de Martí, posiblemente le miren sorprendidos y respondan con un gesto abarcador: ¡Está en todas partes”! (8)

De su paso (…) cuenta Eusebio Leal, historiador de la ciudad, “en ese lapso, José Martí conoce el mundo interior de la cárcel habanera –allí le es asignado el número 113 en la primera galera de blancos- y la fortaleza de la Cabaña, donde permanece un tiempo; y, desde luego, recorre diariamente el áspero camino que, bordeando la orilla del mar, conduce a las canteras del barrio de San Lázaro. Entre los compañeros que conoce es popular la figura de su maestro Mendive.” (9)

A los martianos le es común este recuerdo del historiador, pues corre por las venas de su encarcelamiento, vida; tanto como la denuncia en su testimonio “El presidio modelo en Cuba”, publicado en Madrid – 1871-, tras describir la horrenda vida de los reclusos, las cadenas, los grilletes, convertidos como memoria histórica en aquel anillo de hierro izado grillete perenne desde su adolescencia en recuerdo de sus seres queridos y la angustia familiar.

La lectura de “La Habana magia de mi ciudad” va igualmente a un lapsus breve, pero intenso, ésta vez de Ernesto Guevara de la Serna. “El Che radicó en La Habana durante los primeros seis años del proceso revolucionario hasta su partida hacia tierras bolivianas.” (10) La llegada de Ernesto Guevara de la Serna a Cuba se produjo “el 2 de diciembre de 1956, como parte del grupo de expedicionarios que, liderados por Fidel Castro, venían con el propósito de hacer libre a Cuba o morir en el empeño.” (11)

El paso del Che por La Habana, permanece en la Plaza de la Revolución, de otrora desandar con entusiasmo creativo en funciones, en fábricas, en el trabajo voluntario; con su ejemplo de vida laboral y revolucionaria de esos años, razones para quedar en habaneros y cubanos como su hijo.

Es su vuelta la más triste, 30 años después de su muerte, rememorada en la sala del Memorial martiano, cuando allí, también su Plaza se le rindiera homenaje de tristeza y dolor aquel octubre de 1967. Incluso esas perennes figuras del Che y Camilo a ambos lados de la Plaza de la Revolución, de modo permanente, en trilogía con la estatua de Martí en un pensamiento perpetuado.

Así como triangular figuras emblemáticas de la historia, la autora se refiere a esquinas famosas de La Habana, donde el paso del tiempo no ha mermado esa fama, como la de L y 23, de Coppelia, la de 12 y 23; en la primera el Centro Cultural Cinematográfico Yara, antes con el nombre de Radiocentro; en la segunda una obra de la Revolución en la tercera numerosos sucesos.

Uno de ellos, en 12 y 23, cuando el líder de la revolución cubana, Fidel Castro, despidió el duelo de las víctimas del criminal bombardeo a la capital cubana, como preludio del ataque mercenario por Playa Girón, y proclamó el carácter socialista de la revolución. Más conocido hecho, de historia sin igual como antes del primero del 59 lo fue la esquina de Infanta y San Lázaro, la escalinata universitaria, o que una canción como “La Engañadora” hiciera famosa la esquina de Prado y Neptuno en hechos de la historia musical en la urbe.

Son 21 imágenes, en blanco y negro, huellas de personalidades como Hemingway; la leyenda, arte y el silencio del Cementerio de Colón, la religiosidad, el arte, las raíces; los habaneros y cubanos por el mundo dejando esa huella de La Habana que caracterizaron sus obras o las comparsas de los Carnavales de La Habana. Un colorido muestrario de esa capital de todos los cubanos, su influencia en otros, y en la propia autora, hacen de la compilación de escritos, acaso un punto de partida, otro, para seguir escribiéndola en esas mismas poesías que genera, o en la que es como ciudad de embrujos y conceptos estatuidos por su gente, su historia y el modo de contarla.

Quién sabe cuánto queda por decir, lo cierto es que para la autora de La Habana magia de mi ciudad, es loable acariciar esa Habana entre manos, para tenderla tal cual la siente, la observa, la estudia, la reconoce, por su arquitectura o su gente, su geografía o el modo en que se divide una y otra vez para seguir fundando espacios de leyenda en quienes la habitan o visitan, es igual porque para nadie es secreto ya, ese amor incondicional de Carmen R. Alfonso Hernández, quien quiso honrarla hojeando amaneceres,  dejando de dormir por ella, cantándole sus miradas disímiles, curiosas, de antes o ahora; con la clarividencia de que perdura en el tiempo, en los corazones, en sus esquinas más famosas.

La Habana también de tabaco, caña, ron, café, o personas que degustan esa visita fugaz, no anunciada, de altos rangos políticos; artistas, científicos o deportistas famosos; esa Habana que queda en el paladar más exigente, en el olor de sus tradiciones, en su gente bonita, cariñosa, ferviente; es La Habana de la autora, La Habana del libro y La Habana que cada quien atesora desde lo profundo de unas palabras, una sonora risa, entre rumba o concierto, entre libros, jazz, cine, el silencio de los museos, el rumor del mar, una mirada.

La Habana invita, entre glamour o solar, entre hoteles de lujos, cruceros, casas particulares o entre páginas de éste libro de apenas 105 páginas para invitar a quedarse, acaso quede sólo como una inspiración más de esa Habana que enamoró a la autora, que quiso hacerla escribir, publicar, cantarle; acaso quede como un decir, del hecho o lugar contado.

Es una invitación literaria, de sabor a La Habana que tentó a que quisieran degustar alguna vez en la Bodeguita del Medio “el Poeta Nacional Nicolás Guillén, el escritor Alejo Carpentier y el pintor Carlos Enríquez; o en las décadas del cuarenta y cincuenta Nat King Cole, Errol Flynn, Brigitte Bardor y otras relevantes figuras.” (12)


Bibliografía

1.- Carmen R. Alfonso Hernández. La Habana magia de mi ciudad. Editorial Pablo de la Torriente, 1998. p.3

2.- Ibídem

3.- Ibídem p. 5

4.- Ibídem p. 9

5.-Ibídem p. 15

6.- Ibídem p. 20

7.-Ibídem p. 30

8.- Ibídem

9.- Ibídem p. 31

10.- Ibídem p. 41 y 42

11.- Ibídem p. 40

12.- Ibídem p. 74