Las Tres Orillas de la Condesa de Merlin *

Por Ana Vera

Mercedes Santa Cruz entre La Habana y Madrid

María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, más conocida como la Condesa de Merlin, fue una mujer muy dividida. Tres ciudades fueron sus horizontes culturales: nació en La Habana en 1789, el año de la Toma de la Bastilla, (2)  completó su educación  en Madrid,  y vivió la mayor parte de su vida en París. Dos lenguas, francés y español, y tres ciudades, dieron forma a su pensamiento y su experiencia cultural. La mayor parte de sus obras literarias fue escrita en francés porque fue en esta lengua en la que logró llegar a la plenitud de su expresión escrita, aunque se interesó por ser leída también en traducciones al español.

Su época fue revolucionaria, ecléctica y aventurera, como correspondía a los tiempos de la Revolución Francesa. Durante su infancia no fue sin embargo todo lo feliz que cabría esperarse de la primera hija del Conde de  Jaruco y Mopox, Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas,(3) considerado uno de los cubanos más ricos de entonces, casado a los dieciocho años con la quinceañera María Teresa Montalvo O’Farrill [1777-1812), por decisión de las familias más que por propia elección. El joven matrimonio ansiaba residir en Europa y un tiempo después de nacida Mercedes,  emprendió el viaje dejando a la niña al cuidado de su bisabuela materna Luisa Herrera Chacón, madre del general Gonzalo O’Farrill,(4) quien complació todos sus caprichos, tratando de llenar el vacío creado por esos padres ausentes. Poner a los hijos en manos de familiares poderosos era una práctica común en aquella sociedad donde el amor filial no se identificaba como en la actualidad. Y la niña Mercedes estaba destinada a un matrimonio arreglado de acuerdo a los negocios familiares, por lo que sus padres –y abuelos- hicieron lo que consideraron más conveniente, apartarla de todo contacto con la vida fuera de la Isla, para que su adaptación fuera óptima.

Cuando a los ocho años Mercedes recibió a un padre retornado y ansioso por disfrutar de sus nuevos cargos y funciones en Cuba, ya había desarrollado el gusto por la naturaleza y las aventuras pero  poseía escasa instrucción formal, con algo de educación musical, según la costumbre de la época. Joaquín se hizo cargo de la niña y se instalaron juntos en una propiedad campestre donde, a las actividades en libertad que ella reclamaba, se le sumaron las de la vida mundana de Joaquín, quien se hacía acompañar por ella, todavía demasiado pequeña para disfrutar de la vida nocturna. Del tiempo de convivencia con su padre, Mercedes cuenta que le resultaba sorprendentemente cordial y democrática al punto de sentirse su igual. Al finalizar aquella estancia obligada en Cuba y aconsejado por su madre, Joaquín decide retirar la custodia de la niña a Luisa Herrera  e internarla en un convento para que la formación religiosa calmara un tanto sus impulsos de vida al aire libre. Según la creencia de la época, para ser esposa de un hombre poderoso en la Isla, una jovencita  no requería de demasiada instrucción, pues ésta, por el contrario, podía generar irreverencia y pensamiento independiente, algo sumamente incómodo para la familia.

Mercedes se encargó de escandalizar la sociedad habanera al burlar la vigilancia de las religiosas del convento de Santa Clara y regresar al único lugar donde había sido verdaderamente feliz,  la casa de la bisabuela complaciente, de donde fue pronto retirada para ponerla al cuidado de una tía, madre de dos jóvenes de su edad con quienes logró una buena amistad aunque no un acomodo a la disciplina deseada. Después de aquel escándalo, Joaquín decidió viajar con la niña a España y ponerla en manos de su madre para completar su educación.

En su primera obra autobiográfica, Mis doce primeros años,(5) escribe: “Alejándome de mi país, dejaba todo lo que me había amado, todo lo que yo había amado hasta entonces, y sentía yo en aquella edad en que los hábitos tienen tan pequeñas raíces, cuán doloroso es para el alma el paso que separa las afecciones pasadas de las nuevas”. (6) Es importante señalar que estas memorias fueron escritas, no en el momento de la partida, sino unos treinta años después, cuando la mujer madura rememora su adolescencia con toda la sabiduría –y las lecturas- propias de una vida culta en la capital francesa. En ella se habla también, no sin talento para la descripción, de sus impresiones de viaje, y se da una visión aminorada de varias ciudades españolas al llegar a la Península. Es aquí donde refiere el extraño encuentro con una madre y unos hermanos nacidos en el continente y totalmente desconocidos para ella.

Tenía once años cuando llegó a Madrid. La casa de su madre era entonces una de las más elegantes de la ciudad y a las tertulias que en ella se celebraban asistían los personajes más ilustres del momento [músicos, poetas, políticos, escritores y pintores). Al parecer a Joaquín no le motivaba demasiado seguir de cerca aquella vida mundana, aunque es improbable que una dama como ella pudiera sostenerla sin el respaldo y la representación de su encumbrado esposo. Mientras  Teresa expandía su influencia a través de cenas y conciertos, lo que él prefería era reunirse, en su palacio de la calle del Clavel, con el amigo Godoy, el hombre más influyente de la corte española. “Mi madre tenía mesa franca para los amigos –escribe Mercedes- así se proporcionaba el gusto de una tertulia numerosa”. (7) Sin polemizar con la hija acerca del tono neutral empleado para referirse al estilo de vida de la madre, muchos contemporáneos le atribuyen a la madre haber sostenido relaciones íntimas con José Bonaparte, y con otras figuras significativas de la política española y francesa de aquel tiempo. Por eso en un comentario escueto de Salvador Bueno se habla de que: “Mucha malquerencia se levanta contra la condesa habanera que tanto ingenio despliega en los salones. A la envidia que provocan su belleza e inteligencia, se añaden también las ambiciones políticas. Lo cierto es que en memorias y crónicas se explayan chismes virulentos contra Teresa Montalvo”.(8)

No disfrutó muchos años Mercedes de la cercanía de su madre, fallecida poco después del reencuentro. La hija la adoró desde el primer momento, y exploró todos los recursos a su alcance para despertar en ella la simpatía y el afecto que le motivaban sus hermanos, Manuel María y Pepita, con quienes siempre se sintió en desventaja. Precisamente del relato sobre el primer encuentro con Teresa se deriva un aspecto estrechamente relacionado con el tema principal de este artículo, el de las “tres orillas”, cuando recuerda: “Me imagino todavía verla con aquel vestido azul subido, que hacía resaltar la blancura de sus brazos, y aquel ligero velo, cuyos dobleces pudiera contar, que cubría a medias las hermosas trenzas de su pelo. Al entrecharme contra su corazón, un suave estremecimiento agitaba todo su cuerpo…Yo le sentí, y mi felicidad fue tan grande, que casi estuve para desmayarme”.(9)

Y un poco más adelante refiere: “Me preguntó mi madre si yo tenía voz. Le dije que sí, pero que no sabía si era hermosa, porque nunca había creído en las lisonjas que recibía en el convento. Ella quiso cerciorarse: yo obedecí sin titubear, entonando con la confianza que da la ignorancia del peligro, una canción de mi país en un tono muy alto y que, sin embargo, canté con precisión. Mi madre gustaba mucho de la música, quedó encantada con mis disposiciones, y yo con el descubrimiento que ella acababa de hacer, contando sacar las ventajas para hacerme grata a sus ojos”.(10)

El detalle que merece destacarse en relación con el tema que nos ocupa es precisamente el hecho de haber elegido para impresionar favorablemente a esa madre desconocida y mundana, “una canción de mi país”, que habla a favor del prestigio y el arraigo que aún en sus cuarenta años conservaban los elementos de la cultura de origen.

En el enjundioso relato del encuentro con Teresa, Mercedes se refiere a los recursos de que la madre se valió para hacerla aceptar los esfuerzos de una educación acelerada para alcanzar a unos hermanos que, aunque menores, estaban ya muy avanzados en los estudios, cuando narra: “No fue muy largo el examen de mi instrucción. Sabía leer, pero tenía muy mala letra; mi madre me dijo- ‘Hija mía, tu educación está muy atrasada, y te verás en la necesidad de aplicarte en poco tiempo; no te desanimes porque tu hermana y tu hermano estén más adelantados que tú; por el contrario, que eso te sirva de estímulo; por ejemplo, tú escribes bien mal, si tienes la menor repugnancia en empezar a aprender de nuevo desde los primeros elementos, no lo exijo; pero reflexiona cuán de poca importancia es esta leve contrariedad, comparada… [falta buscar el fragmento final).(11)

A Mercedes no le fue fácil insertarse en el ambiente madrileño. En un pasaje particularmente significativo describe las condiciones en que comenzó a desarrollarse su nueva vida: “El plan de educación adoptado por mi madre para mi hermana y para mí era muy severo. Teníamos una vivienda muy distante de los salones de recibo: todo el tiempo lo teníamos empleado en el día con nuestros estudios, y no veíamos a las personas que visitaban a mi madre sino a la hora de comer. Una hora después volvíamos a nuestra vivienda y pasábamos la tarde ejercitadas. Mis hábitos de libertad se vieron sujetos a más de una prueba, luego que llegué a Europa […) No tardé en apercibirme de la preferencia con que mi madre miraba a mi hermana; esta preferencia era natural, pero me causaba mucho disgusto. Así, en poco tiempo, mi posición, mis ideas, mis sentimientos, todo se había cambiado y trastornado desagradablemente; también mudó de faz mi vida interior. La sujeción hizo desaparecer la alegría. Me volví menos confiada y observé mucho más.”(12)

El ambiente madrileño y el estilo de vida que estrenaba no le fueron favorables inicialmente, y para que se repusiera la envían tres semanas a la Moncloa, a un km de Madrid, para un tratamiento bajo la vigilancia de su hermano. El estado de melancolia provocado por la sensación de desarraigo se identifica con el paisaje de invierno cuando relata: “el recuerdo de mi país se presentó al punto en mi memoria […) me sentí transportada en mi imaginación a aquellas florestas vírgenes plantadas con árboles de todos los colores.”(13) Hay en ese pasaje como una anticipación de la perspectiva romántica de moda en la época, que va a caracterizar a toda su obra narrativa de contenido autobiográfico.

La muerte de Teresa se produce en el año 1812, cuando se está llevando a cabo la campaña napoleónica contra Rusia. Este  hecho, sumado a los acontecimientos políticos asociados al nombramiento de José Bonaparte como rey de España y la posterior emigración hacia Francia de los nobles identificados como “afrancesados” por su fidelidad a José I, entre ellos Gonzalo O’Farrill, hicieron girar imprevisiblemente el destino de Meercedes quien, acompañada de su familia y embarazada de varios meses, debió recorrer a marcha forzada la ruta entre España y Francia a través de los Pirineos. (14)

Pero antes de que esto sucediera ya  ella había logrado parangonarse a sus hermanos en lo relativo a instrucción y encontrado en el entorno social de su madre, además de un público para su bella voz de soprano, educada y agradable, un esposo y un compañero para la vida, el coronel Christophe Antoine Merlin [1771-1839), militar de carrera cercano a José Bonaparte, poseedor de ciertos recursos de origen familiar,(15) acrecentados por regalos de boda del propio emperador. Entre 1812 y los años subsiguientes transcurre una etapa de gran inestabilidad en la que el matrimonio logra por fin instalarse en Francia y llegar a París, donde tiempo después inauguraría un salón similar al de su madre en Madrid, el cual se mantendría vigente por casi veinte años. Allí se daban cita las principales figuras de las letras, las artes y la política, tanto europeas como de otros lugares y por él pasaban también en busca de refugio con sabor ultramarino, muchos huéspedes del Centón epistolario con su anfitrión a la cabeza, el matancero Domingo del Monte.

No sólo sobre su vida inusual de criolla sobresaliente han convergido las miradas de sus contemporáneos, como de historiadores y críticos literarios posteriores, sino también sobre su obra. Todos ellos empeñados en descubrir las fuentes y las manifestaciones de esa excepcionalidad, a menudo sin haber agotado las posibilidades de la documentación histórica disponible y contentándose con glosar e incluso casi hasta plagiar pasajes de los primeros estudios que le dedicaron biógrafos como Domingo Figarola Caneda, Francisco Calcagno, Emilio Bacardí, y figuras literarias como Gertrudis Gómez de Avellaneda, lo cual ha dado lugar a una voluminosa bibliografia plagada de reiteraciones e imprecisiones, que dificulta reconstruir un itinerario de vida científicamente sustentado. (16)

Adulta en París o las trampas de la fama

Durante los años de vida en París, Mercedes gozó de prestigio y visitó varios países  donde participó como cantante en conciertos benéficos. Las damas de sociedad enfrentaban una prohibición expresa de presentarse en escenarios donde el objetivo fuera diferente, y la fama de anfitriona amable que acumuló durante una vida activa y dedicada a hacer el bien, de alguna manera llamó sobre ella miradas favorables y desfavorables que matizan los relatos compuestos por diferentes autores.

Una crónica publicada en el periódico La France musicale(17) el domingo 30 de diciembre de 1838, pone de relieve la vigencia de una polémica acerca de la costumbre de que las damas de sociedad aderezaran las tertulias con sus propias ejecuciones artísticas. Ciertos criterios excluyentes, no necesariamente compartidos por todos los lectores de una publicación especializada, acerca de las calidades múltiples de la Merlin, merecen ser reproducidos como ejemplo de la severidad de algunos contemporáneos en cuanto a sus talentos y para servir de mirada sobre el contexto en el  que Mercedes se inserta:(18)

“Existen en París aficionados que se reúnen  para cantar al piano el repertorio del teatro italiano. Se trata en general de personas con un rango elevado en el mundo por su nacimiento o su fortuna […) La sra. Merlin es una de esas cantantes a las que solo les faltó verse privadas de una gran fortuna para verse coronada en las tablas de un teatro […) [ella) ha conocido personalmente a todas las cantantes que han actuado en el teatro de los Italianos en París desde hace quince años. ¡Lamentablemente ya hace quince años!. Todas han sido recibidas en su casa y se han hecho escuchar en las veladas que ella organiza regularmente […) Hace tiempo que la sra. Merlin canta; se acerca el momento en que deberá decir adiós  a su bello repertorio; su voz menos pura, menos extensa, menos flexible, se lo ha advertido incluso antes de que la frialdad de sus admiradores se lo haga percibir. Una mujer de mundo, acostumbrada a ocupar consigo misma a la sociedad en la que se desenvuelve, es como una actriz: no puede renunciar al imperio que ejerce, no puede condenarse a la inactividad y volver a la oscuridad de una vida sin gloria. Para una como para la otra los aplausos son una necesidad, y la sra. Condesa de Merlin no encuentra ni en su título, ni en su fortuna, una compensación suficiente para lo que perdería si se convirtiera solo en una excelente anfitriona […) En la literatura no sucede como en el canto. Se puede tener arrugas y escribir muy bien. Los placeres del amor propio no son, en verdad, tan vivos, tan inmediatos para el autor como para el cantante, pero por lo menos no se pierde toda la supremacía sobre un círculo que uno está acostumbrado a dirigir. La sra. Merlin es una conversadora muy agradable, ella sin duda pensó que era molesto perder tantas cosas tan bien dichas y que, escribiéndolas, podría hacer disfrutar a más personas a la vez. Sus amigos fueron los primeros confidentes de sus ensayos con la literatura. Muchos de los capítulos de sus memorias […) fueron leídos en su salón antes de ser entregados a la imprenta. Por desgracia, lo que se parecía bastante a la elegancia en la conversación no es más que charlatanería inútil cuando se le ve justificado por  grandes márgenes, dividido en capítulos y envuelto en una portada amarilla. Al leer las obras literarias de la Sra. Merlin, uno no puede dejar de lamentar que ya no posea su bella voz…”

El resto del artículo es una larga y acerada crítica al libro de la Merlin  sobre María García(19) [1808-1836), famosa cantante española de la época, con quien sostuvo relaciones de profunda amistad, y de cuyo padre ella misma había tomado clases de canto. La crítica severa se basa justamente en el uso poco ético, a criterio del periodista, que la Merlin hizo de un grupo de cartas personales de la cantante, que habían quedado bajo su custodia.

Esa crítica demoledora sin embargo no es la única mención que se hace de ella en el mencionado periódico. En otro número se afirma que “María de las Mercedes Beltrán Santa Cruz y Cárdenas Montalvo y O’Farrill, condesa de Merlín, (1789-1852), llega a Francia en 1814 y logra una de las tertulias de más prestigio en París. Asistían Rossini, Meyerbeer, Musset, Liszt, Chopin, Balzac, Orfila, María Malibrán, George Sand…”(20). Como se puede apreciar, en un mundo competitivo como debe haber sido el ambiente artístico parisino de la primera mitad del XIX, el prestigio estaba sometido  a los vaivenes del impredecible mercado de la crítica literaria.

A Cuba había llegado su fama por la vía de la crítica teatral y por los comentarios de los compatriotas que la visitaron. En un artículo publicado en 1840 en el Diario de la Habana  cuando, ya viuda, hizo una segunda visita a su ciudad natal, un contemporáneo ilustre como José de la Luz y Caballero(21) reseña el concierto que le organizó su primo el Conde de Peñalver, donde se asegura que Mercedes Santa Cruz canta, “si no con buena voz, al menos con exquisito gusto”, y que “nada iguala la sensación que producen los efectos sabiamente combinados de una voz que sabe pasar de las entonaciones llenas de fuego y pasión, a las blandas modulaciones de un canto lleno de suavidad y ternura, que suspende y embarga un auditorio, y le tiene muellemente columpiado en medio de una dulcísima y grata melodía”. (22)

Es probable que la ubicación destacada de la Merlin en esa plaza determinante para cualquier carrera política, artística, intelectual  e incluso económica que era la ciudad de París en la época, además de la fácil inclinación de la condesa a acoger en su casa a cuanto criollo estuviera de paso, fuera una de las razones por las cuales su leyenda fue ampliamente conocida por la élite habanera y que su visita a la Habana en 1840 despertara gran expectación, aunque no simpatía en todos los casos.

De acuerdo a Méndez Rodenas, el propio Luz Caballero comenta en su artículo el concierto en casa del conde de Peñalver y expresa “el temor a que el brillo parisino de la condesa opacara al talento local, cifrando así la recepción ambivalente hacia una hija pródiga que provocó tanto admiración como envidia entre la amena concurrencia criolla”. Su nombre aparece en numerosas cartas dirigidas a Domingo del Monte por varios de sus contertulios. El tono de esas menciones tiende a ser crítico, en ocasiones excesivamente severo, incluso despreciativo, como el de Félix Tanco, pero ninguno de ellos declara desinterés en conocerla, y esto me parece significativo del prestigio de que gozaba.

En una carta de José Luis Alfonso(23) remitida desde París en 1837 a propósito de una colaboración que le han solicitado a Mercedes para el recién estrenado periódico Aguinaldo Habanero, se afirma: “La Merlin me dijo el otro día que estaba escribiendo la vida de Mme. Malibran, y creo que era un trozo de estas memorias lo que iba a darme para el Aguinaldo, pero como no lo dio a tiempo se lo pedí para el del año que viene y me contestó que no tendría gracia porque ya entonces estaría publicada su obra. Prometióme sin embargo hacer alguna cosilla ad hoc y yo no la dejaré que se le olvide de nuevo”. (24) 

Esto se refiere a que en una carta del 21 de octubre del año precedente,(25) el mismo remitente comenta que el domingo último lo pasó en la casa de campo de los Merlin. Allí se anuncia que quizás la Condesa no cumpla con su promesa  respecto a la entrega del artículo –como de hecho sucedió- pero que “en todo caso, servirá lo que haga”. La certeza de que en cualquier caso lo que entregue será publicable, habla en favor del prestigio de sus escritos entre los contemporáneos de esta mujer diferente, que  se acercó a las letras tardíamente y siguiendo el impulso de una época en la que la experiencia del ser humano comenzaba a ser tenida en cuenta  como materia para la literatura; una mujer de mundo, capaz sin embargo de transformar  su vocación autobiográfica en trabajo de escritura y edición para ganarse la vida cuando, a la muerte del esposo, le denegaron el derecho a la pensión como viuda de militar  de alto rango.

María de las Mercedes Santa Cruz precedió en el tiempo a la gran romántica camagüeyana  Gertrudis Gómez de Avellaneda, la joven española que asombró a la élite madrileña al presentarse en público  con un dominio de los asuntos políticos muy por encima de sus pares  peninsulares. Sobre ella asegura S. Kirkpatrick que era : “una joven española de su clase, formada más estrictamente para las tareas domésticas y en la observancia de los preceptos religiosos, no hubiera tenido tiempo libre ni permiso para leer lo que Gertrudis había leído, como ella misma descubrió cuando vino a España”.(26)

Esa es la razón por la que fue Tula quien prologó –sin haberla conocido ni apenas leído sus obras-  la primera edición de Viaje a la Habana. (27)Como ella, fue mujer de clase alta predestinada a una vida social convencional que rompe con sus ataduras de género y clase y se entrega a la vida pública, por eso Mercedes Merlin  debe ser reconocida como pionera del movimiento romántico femenino en las letras hispanas, aunque las primeras versiones de sus textos hayan sido escritas en “un francés endemoniado”, como ella misma comenta en una carta a Merlin,(28) y aunque su dominio de la lengua materna, el español,  para escribir literatura precisara, como aún sucede con muchos escritores de oficio, del auxilio de un buen editor.

Ni las insuficiencias para escribir tanto en español como en francés, lenguas aprendidas al calor de los retos de una vida convulsa, ni el desprecio teñido de prejuicios contra todas las mujeres interesadas en hacer carrera literaria, ni los desvelos monetarios posteriores a la muerte del coronel Merlin, ni el desamor de un amante joven que la mal acompañó en los años de viudez, ni la ausencia de una  tarja que señale el lugar donde yace en el cementerio parisino de Père Lachaise, pueden someterla al olvido de las generaciones actuales como escritora cubana.  

Yo había leído las cartas del Viaje a la Habana en la época de mi formación universitaria, y sólo encontré en ellas imágenes que entonces valoré de romanticismo trasnochado. Trataba sobre todo de capturar la narración, de aprender el itinerario vital del personaje a través de los acontecimientos externos. Tuvo que llegar otro  tiempo de nuestra historiografía y un aprendizaje menos compartimentado, para descubrir lo nuevo precisamente en esa capacidad para estar a la altura de lo que entonces era moderno. Si antes disfruté sólo el discurso, las cartas me devuelven hoy una imagen cubista de aquel mundo, sólo posible cuando se integra a la comprensión del relato histórico, el plano de los sentimientos.

La condesa debe haber sufrido mucho con el largo alegato de Félix Tanco [1797-1871) contra el Viaje a la Habana, publicado en forma serial en el Diario de la Habana del 22 abril al 4 de mayo de 1844, donde se le acusa, entre otras cosas, de plagiaria, cuando en verdad se sabe ya que no fue intención aviesa la de solicitar análisis de algunos de sus contemporáneos a quienes respetaba como expertos, para interpretar las complejidades de una sociedad que sentía como propia, aunque apenas la conociera por dentro. En el extenso artículo de Tanco muchas  bajas pasiones se dan la mano cuando escribe: “la señora de Merlin, por decirlo de una vez, ha visto a la isla de Cuba con ojos parisienses y no ha querido comprender que la Habana no es París”. (29) Esto debe haberle dolido más que nada a quien nunca dejó de valorar como paradigma a su tierra natal.

Es conocido, por ejemplo, que Saco contribuyó con sus escritos a dar forma a las ideas de Mercedes sobre la esclavitud, tema sobre el cual ella publicó un ensayo que ha dado pie a numerosos comentarios.  También se conoce por sus cartas que fue un colaborador mal elegido quien quizás intencionalmente se retrasaba en la entrega a los editores de las referencias a las fuentes, lo que dio lugar a que estas no aparecieran adecuadamente registradas. De hecho, y hasta donde se ha dado a conocer hasta hoy, no existe evidencia alguna de plagio voluntario en ninguna de sus obras, ni expresión de maltrato por su parte frente a los contemporáneos. La expresión de “paisano”(30) con que se dirige a Domingo del Monte y la cordialidad manifiesta con que se compadece  de las acusaciones falsas que lo obligan a abandonar la Isla para no verse involucrado en el juicio contra la Conspiración de la Escalera, dan fe de su interés permanente por Cuba y por el bienestar de los cubanos de su círculo. No hay esperar más de ella como actora de una época donde los intereses de clase son compartimentos estancos sin solución dentro de una misma sociedad en formación.

¿Qué decir a manera de cierre sobre aquella idea primigenia de las tres orillas? ¿Serán acaso dos, La Habana y Madrid como dicen muchos y  como ella misma escribe cuando, al despedirse por segunda vez de Cuba, reconoce que ya nunca se sentirá completa, expresando así el drama eterno de los emigrantes, que van dejando partes de su corazón, como los marinos sus amores en los puertos? ¿O serán tres las orillas de esta mujer de aquel tiempo en el vórtice? En todo caso, Mercedes Merlin fue hija ilustre de su tiempo y su nombre está inscrito para siempre en la galería de mujeres fundadoras de la literatura en lengua española.

 

BIBLIOGRAFIA CONSULTADA

 

* Texto presentado en el Coloquio sobre música romántica hispano-cubana del siglo XIX dedicado a Nicolás Ruiz Espadero [1832-1890), La Habana, 21-24 junio 2018. Agradezco a los amigos y colegas Cecilio Tieles, Martine Segalen, Mildred de la Torre, Carlos Venegas, Esther Pardillo, Ileana Sánchez y María del Carmen Barcia, el haber satisfecho mis muchas ambiciones bibliográficas para su realización.

(2) El pueblo francés se apoderó del Chateau de La Bastilla el 14 de julio de 1789. La Bastilla o Bastilla de San Antonio era una fortaleza que protegía el costado oriental de la ciudad de París. Durante varios siglos cumplió un papel fundamental en la defensa de la ciudad, pero con el paso del tiempo perdió importancia estratégica y se convirtió en una prisión estatal. Ocupaba el lugar de la actual Plaza de la Bastilla [Wikipedia). La toma de la Bastilla fue uno de los episodios trascendentales de la Revolucion francesa de 1789.

(3) Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas [1769-1807). Fue el tercer poseedor del título de Conde de San Juan de Jaruco. Nombrado gentilhombre de cámara de su majestad en 1795, caballero de la orden de Calatrava y subinspector de todas las tropas españolas en Cuba. Como miembro de la Comisión de Guantánamo tuvo a su cargo la búsqueda de espacios para instalar a los franceses que emigraban de Santo Domingo debido a la Revolución, y promovió obras en Nipe, Guantánamo, Matanzas, Mariel, y Güines. Gozó de una importante concesión para importar harinas y otros bienes bajo bandera extranjera y se vio envuelto en un pleito judicial por la contaminación de un importante embarque de  harinas que fue necesario destruir. La franquicia le fue gestionada nada menos que por Francisco de Arango y Parreño y participaron  de ella Manuel Godoy, ministro del rey de España, el embajador español en Estados Unidos, Carlos Martínez de Iraujo, así como el intendente de Hacienda, José Pablo Valiente.

(4) General Gonzalo O’Farrill Herrera [1751-1833). Tío de María Teresa Montalvo. Ocupó cargos en la corte borbónica de Carlos IV, rey de las Españas y de las Indias y luego en la corte de José I, hermano de Napoleón. Fue el padre adoptivo de Pedro Sáenz, esposo de Pepita de Santa Cruz y Montalvo, hermana de Mercedes.

(5) Destinada a ser regalada a sus amigos y familiares y publicada por primera vez en 1831, esta obra….

(6) Merlin, Condesa de, Mis doce primeros años,p. 91.

(7) Merlin, Condesa de, Mis doce primeros años, p. 107.

(8) Bueno, Salvador, prólogo a Viaje a la Habana, 1974, p. 13.

(9) Merlin, Condesa, Mis doce primeros años, p. 101-102

(10) Merlin, Condesa, Mis doce primeros años, p.  103

(11) Merlin, Condesa, Mis doce primeros años, p.103-104 

(12) Merlin, Condesa, Mis doce primeros años, p. 106-107.

(13) Merlin, Condesa, Mis doce primeros años, p. 114.

(14) Cordillera montañosa situada al norte de la Península Ibérica, entre España, Andorra y Francia. Se extiende a lo largo de 415 km desde el Mediterráneo, al sur,  hasta el Cantábrico, al oeste. En su parte central tiene una anchura de unos 150 km. Algunas elevaciones alcanzan una altitud superior a los 3000 metros [Wikipedia).

(15) Tenía cuatro hermanos y una hermana, todos mayores que él. Su padre fue encargado de correos y procurador.  Uno de sus hermanos, ANTOINE CHRISTOPHE [1762-1833), es conocido como Merlin de Thionville;  fue un importante general napoleónico cuyo cuyo bajo relieve hecho por DAVID y fechado en 1830, aparece en una de las caras del Arco de Triunfo en París.

(16) Estudios contemporáneos de Susana Montero, Adriana Méndez Rodenas, Alina García Lapuerta y Luisa Campuzano, entre otros,  han enriquecido con nuevas fuentes lo que se conoce sobre la vida y la obra de la Condesa de Merlin.

(17) Este periódico fue fundado por los hermanos Léon y Marie-Pierre Escudier, profundos conocedores de la música y buenos negociantes. Un artículo publicado en este periódico estaba avalado por un criterio autorizado.

(18) Traducido del francés por la autora.

(19) Se trata de la legendaria contralto María Malibrán, hija del compositor español Manuel García, compositor y cantante de tonadillas. Conocida por “la Malibran”.

(20) Agradezco al amigo Cecilio Tieles las reproducciones de este periódico.

(21) José de la Luz y Caballero [1800-1862). Graduado de bachiller en leyes en el Seminario de San Carlos, donde fue discípulo de Félix Varela, así como de su tío José Agustín Caballero, a cuyas luchas se adhiere a las luchas contra la filosofía y los métodos de enseñanza escolásticos, se adhiere. Estuvo vinculado a los esfuerzos culturales, científicos y cívicos del Obispo Espada [Ecured).

(22) El artículo de Luz aparece reproducido en la edición cubana de Viaje a la Habana, de 1974.

(23) José Luis Alfonso y García de Medina. Noble español de origen cubano nacido en La Habana el 22 de junio de 1810, en el seno de una familia aristocrática formada por Don Miguel Luis Alfonso y Soler, y su primera esposa Doña María del Carmen García de Medina y Bonilla. Fue miembro de la Sociedad Económica de Amigos del País gracias a su fortuna, asentada fuertemente en la trata de esclavos. Por Real Despacho emitido el 21 de noviembre de1864 por la monarca Isabel II de España, se le concedió el título de Marqués de Montelo [ECURED).

(24) Carta del 14 de enero de 1838. Centon epistolario, tomo 2, p. 140

(25)Centon epistolario, tomo 2, p. 120

(26) Kirkpatrick, 132

(27) Muchos estudiosos de la obra de la Merlin se han interesado en esclarecer la peculiar relación existente entre los títulos publicados por esta autora. Viaje a la Habana está compuesta por una decena de cartas y es la edición más difundida en Cuba, que recoge sólo una parte de las cartas que sobre el país y su gente escribiera a familiares y amigos durante el viaje que realizó a la Habana después de la muerte de su esposo. La totalidad de las mismas [36, además de un apéndice), aparecen en la edición original francesa bajo el título La Havane, su libro mas importante, donde quiso presentar el estado politico, social y económico de una colonia que habia adquirido importancia creciente. Se editó en Paris en 1844, en tres tomos de 365, 424 y 419 páginas respectivamente.  La edición breve de Viaje a la Habana, que conocemos hoy, fue prologada por Gertrudis Gómez de Avellaneda. Para Méndez Rodenas la historia editorial del Viaje a la Habana constituye una de las interrogantes más sobresalientes del Romanticismo hispanoamericano.

(28) Citado por Bueno, p.16

(29) Citado por S. Bueno, prólogo a Viaje a la Habana, p. 45.

(30) El uso de esta palabra me ha llamado a reflexión. Para Mildred de la Torre la palabra en los textos de la Merlin se usa con el matiz peyorativo con que los contemporáneos trataron a Del Monte por su incapacidad para entender el  conflicto humano de Heredia, quien baja la cabeza ante el soberano y pide se le conceda una última gracia antes de morir, visitar a su madre enferma. Para mi, tratando de imaginar un modo de hablar y de escribir donde se mezclan español y francés, inadecuadamente aprendidos pero ampliamente utilizados, se trata de una palabra encontrada en los discursos de sus contemporáneos pero sin suficiente dominio de las connotaciones que se le daban en la Isla. La semejanza de paisano y “paysan” [campesino) podría explicar la facilidad con que se adoptó y que, empleada por ella pierde del todo el carácter peyorativo y resalta la cordialidad de quien se siente parte. En todo caso el intercambio de puntos de vista ha resultado sumamente enriquecedor.

(31) La edición reproduce la publicada por la revista Cuba y América en 1903 bajo la dirección de Raimundo Cabrera. Los dos  libros contenidos en el volumen fueron escritos en francés y publicados en París en 1831 y 1832 respectivamente. Fue traducida al español por Agustín de Palma en 1838 [Méndez Rodenas).

(32) Según Méndez Rodenas

(33) Existe versión moderna de la edicion española de 10 cartas, con prólogo de Adriana Méndez Rodenas [Copia digital sin referencias). Tiene un cuerpo de 200 notas al pie donde identifica y comenta muchos de los asuntos tratados en las cartas. Y ofrece una sintesis biografica ademas de una lista amplia de la literatura consultada

(34) El autor es canadiense [1923),  periodista y editor, presidente fundador del primer grupo deamistad de parlamentarios Cuba-Canadá. La traducción es de Carmen Suárez.