Descripción: El Socialista, periodico provincial Pinar del Rio, 15 de marzo 1967La librería de uso ¿en desuso?

Por Noel Alejandro Nápoles González

A Agustín Córdoba in memoriam

La palabra crea mundos paralelos que el lector habita. ¿Por qué leemos? Según me contó una profesora inglesa, en 1998, una encuesta de su país reveló que los niños que leen suelen ser hijos de padres lectores, que les compran libros y que les leen cuentos desde pequeños. Cuando le comenté eso a Enriquito Pérez Díaz la tarde de 1999 en que presentó, en la biblioteca Villena de la Habana Vieja, La historia sin fin de Michael Ende, me dijo que también debía tenerse en cuenta la genética. Yo pienso que tal vez uno lee porque necesita creer en los mundos que crean los que escriben. Por eso leer es un placer, no un castigo. El que lee viaja a través de bosques de letras, escala montañas de palabras y galopa al pelo sobre oraciones desbocadas por páginas infinitas. La imaginación tiene alas de libro.

Mi madre, que era una furibunda lectora, siempre me compró libros y me leyó historias desde pequeño. Todavía escucho su voz leyéndome Los músicos de Brema o El gato con botas. Con ella me acostumbré a visitar las librerías y a escoger los libros que quería. ¡Quién puede olvidar a La Moderna Poesía en los años 80, repleta de buenos libros, a precios asequibles! Recuerdo que el de Shiskin, el gigante del paisaje ruso, no llegaba a los dieciocho pesos. Para que me entiendan, estaba por debajo del precio de quince pizzas de queso, que entonces costaban 1,20 pesos, cada una. Hoy esa pizza oscila, según su calidad, entre los diez y los cincuenta pesos, y el libro de Shiskin ronda los 720 pesos, o sea, unos treinta convertibles, si lo encuentran.

En los 90, cuando amplié mis horizontes y se me encogió el bolsillo, me hice asiduo visitante de las librerías de uso y de cuanto librero particular había en La Habana. Todavía recuerdo con agradecimiento al viejo Cosa, que solía vender libros destartalados o a veces increíblemente nuevos, pero siempre a muy bajo precio, en un portal de la avenida Carlos III. Imagínense que me vendió la edición cubana de la Enciclopedia de Ciencias Filosóficas, de Hegel -que es muy buena- en dos o tres pesos. Así vendía el viejo Cosa, al que nadie se atrevía a pedirle rebaja... Realmente daba placer, en medio de las privaciones de aquellos años, detenerse en aquel portal lleno de libros tirados por el piso y ponerse a rebuscar, hasta dar con una joyita. Pero el viejo Cosa tuvo que dejar de vender en aquel lugar, no sé por qué razón, y comenzó a hacerlo en su casa, que me parece que estaba en la calle Gervasio, hasta que dicen que murió. No sé si será debido a esta experiencia tan grata, pero desde entonces siento que lo único que le falta a Carlos III, para ser una avenida perfecta, es tener una librería...

Mi librería de uso preferida es conocida por dos nombres. El nombre viejo es La Canelo, el cual puede verse todavía inscrito en el piso, a la entrada. Según un folletín, que quizás sea del año 59 (pues celebra sus 115 años), su fundador fue el gallego Manuel Rodríguez Ramos, más conocido como "Canelo", el cual comenzó a vender libros de poesía y novelas, allá por 1844, en el teatro Albisu, luego teatro Campoamor. De ahí peregrinó por Prado 107, Prado 113, Monte y Cárdenas, Neptuno 70, hasta llegar a su actual locación en  la calle Reina, entre Manrique y Campanario. Canelo conocía al dedillo cada libro que exponía en su establecimiento, al punto que, si algún simpático tomaba uno de sus libros y simulaba que lo traía para vendérselo, él le sonreía y le decía: Coge dos pesetas y pon el libro donde lo cogiste. Se cuenta que Canelo era escritor y músico, y que incluso poseía un Stradivarius. Además editaba libros para estudiantes, en una imprenta anexa a la librería. Durante los carnavales, el buen samaritano montaba un coche todo descuarajingado y desde él hacía promoción a su negocio, lanzando libros que los jóvenes recogían y luego se los volvían a vender. Al morir Canelo, la librería pasó a ser atendida por su esposa Tomasa Machó Gallardo; luego, por el hermano de ésta, Vicente; y cuando éste murió en octubre de 1949, por su  hijo y su hija, los cuales le pusieron aire acondicionado y música indirecta. Nada, que La Canelo era un oasis en medio del ruido, el polvo y el calor de Centro Habana.

El nuevo nombre de la librería vino con la Revolución: La Avellaneda. Las revoluciones sociales suelen cambiar los nombres, rebautizan casi todo en su afán de romper con lo viejo, sobre todo con aquello que simboliza la época superada. Los revolucionarios franceses de 1789 llegaron a cambiar incluso los nombres de los meses: Brumario, Termidor... Los bolcheviques convirtieron San Petersburgo (Petrogrado) en Leningrado. Los cubanos rebautizamos la avenida Carlos III como Salvador Allende, Belascoaín como Padre Varela, Reina como avenida de Bélgica, etcétera. Pero los nombres viejos -salvo que sean lesivos a la memoria popular-, son como el corcho, que por más que los hundan, siempre vuelven a salir a flote. Me pregunto cuán válido es cambiar los nombres tradicionales, que están fuertemente arraigados en la memoria popular, por otros nuevos que -aunque sean justos- nunca llegan a prender en la conciencia social, ni los desplazan. Mejor sería poner nombres nuevos a lugares flamantes y respetar los ya viejos. Hermoso es el pueblo que sabe armonizar las tradiciones y los cambios, porque de continuidades y rupturas se hace su historia.

Durante treinta años, he comprado libros en esa librería maravillosa de la calle Reina. Cualquiera que la ve desde afuera no imagina que en su interior hay un mundo riquísimo, en el que uno entra como de pasada y se topa con algo que hace años andaba buscando y a un precio generalmente modesto. En eso consiste su magia. Allí compré las Obras Completas de José Martí, los Rubayata del persa Omar Jayyam, Los papeles póstumos del club de Pickwick de Dickens, los Textos tibetanos inéditos de Alexandra David-Neel o los Principios del conocimiento humano del obispo Berkeley, sin hablar de las revistas El Correo de la Unesco o National Geographic. Todo eso y más, por precios que incluso un joven universitario cubano podía permitirse.

Es más, conozco a un gran artista cubano, amigo mío y de mi esposa, que compró en esta librería el libro Muerto por las rosas, que reúne textos de Yukio Mishima y fotografías en blanco y negro de Eiko Hosoe, por doscientos cincuenta pesos. Para que tengan una idea de qué significa esto, les diré que Muerto por las rosas es una verdadera joya bibliográfica -premiada en los años 60 en la Feria del Libro de Frankfurt- que hoy abre en subasta, en los Estados Unidos, con un precio de cinco mil dólares (unos 10 440 pesos cubanos al cambio actual), es decir, cuarenta y dos veces más caro. También Cuba, no sólo China, tiene sus arcanos.

Pero mi relación con esta librería va más allá de comprar libros buenos a buen precio. Un día que andaba por la calle Reina, entré por puro placer de bibliófilo. Sobre un estante vi un libro infantil soviético que había conocido en mi infancia y que se llama Cuentos y estampas. Era un libro de muy buena factura, que a los niños de entonces nos parecía que era otro Había una vez, aunque en él se podía incluso dar color a algunos personajes. Como no traía dinero conmigo, lo dejé reservado -que es un servicio que sólo ofrecen las librerías de uso. Al otro día pasé a recogerlo. Cuando llegué a mi casa, se lo di a mi esposa, quien lo hojeó con sumo cuidado -porque estaba algo deteriorado- y se fue al cuarto. Al rato, como vi que no viraba, fui al cuarto y me la encontré llorando. ¡Resulta que aquel ejemplar de Cuentos y estampas era el que ella había perdido hacía más de veinte años! ¿Cómo lo supo? Porque el libro tenía las marcas y los dibujitos que ella le había hecho de niña, en tal o mascual página, y sobre todo una letra del título de la carátula totalmente raspada. Cómo había desaparecido ese libro era un misterio: un mal día -me cuenta ella- no lo vio más en su librero y punto. Pero cómo había reaparecido era un misterio aún mayor, en el que a mí me había tocado el rol de la criada que había comprado el pescado en que venía el soldadito de plomo... Como dicen, la vida suele copiar a la ficción.

Pero la cosa no terminó ahí. Unas semanas más tarde, volví a pasar por la librería y compré El gran libro de las fieras, libro alemán que contiene ilustraciones y cuentos maravillosos sobre animales, el cual resultó ser también el de mi esposa cuando era niña... 

Así como se ha quedado usted, entre perplejo e incrédulo, me quedé yo aquel día. Hay gestos que retornan y uno no es capaz de entender por qué. Sencillamente suceden. El Azar es un sastre tan hábil, que cose aquí, cose allá y  no se le ven las costuras.

Por eso me duele tanto hoy ver librerías como la de Reina deteriorándose. Ya no fluyen por ella las personas como antes, ya no se las ve llevando y trayendo libros y revistas, ni a compradores pugnando por llevarse una rareza bibliográfica del mundo del ajedrez. Incluso la misma oferta se mediocriza ya que ahora la gente demanda más los libros de autoayuda y otros de dudosa sapiencia.

Pero bueno, dirán algunos, ¿qué hay de extraño en que las librerías de uso estén en crisis, si nada menos que una librería como La Moderna Poesía da pena por el estado en que se encuentra, desde hace años? Por suerte, en la misma calle Obispo, soy testigo del esfuerzo de los trabajadores de la Fayad Jamís por mantener esta librería funcionando lo mejor posible, a pesar de las dificultades. Allí, puede que uno no encuentre el libro que anhela, puede que el aire acondicionado sea una reminiscencia de Proust, pero el trato es siempre amable. Hay incluso un sofá y dos butacas debajo de la escalera de madera, para que uno se siente a hojear los libros. Lo que antes era La Moderna Poesía ahora lo es la Fayad Jamís.

¿Nos estaremos volviendo un pueblo de ignorantes, prendidos a los móviles y a los ordenadores? ¿Las carencias materiales serán tantas que no hay dinero para comprar textos? ¿Habrá perdido el libro la batalla con el mundo digital o con la lucha por la supervivencia? La respuesta que la encuentre un adivino. 

El libro es el espíritu materializado. Gracias a él, la humanidad tiene memoria y se ha elevado sobre el reino animal. Cierto que, como toda obra humana, el libro es ambivalente, es decir, puede usarse para bien o para mal. Pero un mundo sin libros sería un infierno.

El árbol del bosque se transforma en libro para que luego el libro eche raíces en nosotros, y eche ramas y florezca. Lo primero sucede entre el aserradero y la imprenta; lo segundo es un proceso espiritual que va de la semilla al fruto. Por eso el lector consagrado es un bosque, poblado de helechos y musgo, de ceibas y laureles, que le oxigenan el alma. Por eso yo creo en el ARBOLIBRO.

En Cuba, leer es un privilegio que se convirtió en derecho desde 1959. Aquí el libro está subvencionado y se vende a precios muy bajos. Dicho sea de paso, aún conservo los dos tomos de Ediciones Revolucionarias del libro de Física que muchos conocen como El Halliday -por ser el apellido de unos de sus autores-, con la tarjeta que dice  que es un regalo del Estado cubano para los estudiantes universitarios.

Aunque también es cierto que, en los últimos años, se han venido publicando libros otoñales, que se deshojan a medida que uno los va leyendo, y otros que dejan mucho que desear por su calidad. Pero todavía  la mancha no es más grande que el Sol.

Si hoy la economía dicta sus leyes inexorables y una parte del pueblo sigue demandando buena literatura, yo, que soy un simple lector, me imagino los malabares que tienen que hacer los encargados de las publicaciones en Cuba, para darle a la economía lo que es de la economía y al pueblo lo que es del pueblo. Respeto a aquéllos que, a pesar de todas las escaseces materiales y mentales, siguen defendiendo el libro en Cuba.

Nunca es sabio ir de un extremo al otro. El desarrollo es como un juego de matrioshkas, en el que la etapa nueva se traga a las anteriores, no las desecha. Sabio es el joven que mantiene vivo el niño que fue, el adulto que no renuncia al joven que ha sido, el anciano que no olvida los avatares de su adultez.

Pero ¿cómo conciliar la rentabilidad del negocio con la poesía indescriptible de leer un libro? Ante todo, hay que defender a ultranza el privilegio de leer, que  es un derecho. Luego es preciso potenciar la librería de uso con otros servicios como la restauración de libros, las fotocopias, la encuadernación de ejemplares, la venta de material de oficina, la impresión de libros y revistas digitales, etcétera. Estos servicios, que orbitan alrededor del libro y que lo complementan y enriquecen, pueden ayudar a que las librerías de uso no colapsen. No se trata de cambiarle su naturaleza sino de aumentar su capacidad de adaptación a nuevos tiempos. Aunque no tan nuevos. Recordemos que el viejo Canelo tenía una imprenta junto a la librería en la que imprimía libros para los estudiantes.

Por lo pronto, yo seguiré entrando en la librería de Reina, en pleno corazón de Centro Habana, a buscar el libro que no encuentro y a hallar el que no busco. No vaya a ser que, por casualidad, me tope con otra maravilla...