Imaginarios: Eusebio Leal Spengler: amor, tenacidad y entrega

Recopilado Por: M.S.c. Reina Ramírez Cranela

 

Para homenajear al Dr. Eusebio Leal Spengler se necesitaría más que una sección, un número completo de nuestra revista Librínsula. Este cubano, habanero convencido de que la humildad y entrega a una causa como la de preservar el Patrimonio arquitectónico, histórico, y cultural de nuestra ciudad; constituyó más de media vida, casi la vida completa, para un soñador cuya entrega demostró que una utopía, detrás de un noble empeño, es realizable, cuando en ello media el compromiso con la historia, la unidad para su realización, y la posibilidad de hacerla perdurar en el tiempo, para que la obra de la vida, bien encausada, se glorifique con el deber cumplido.

La Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, atesora en sus fondos varios libros de la autoría del Dr. Eusebio Leal Spengler, obras que constituyen en gran medida, testimonio de su consagrada labor al frente de los trabajos de restauración de La Habana, a la cual ha dedicado varios lustros. A continuación, mostramos fragmentos de algunos de los textos de sus libros, contados con agradable maestría. Esperamos sean del disfrute pleno de nuestros lectores.

 

“El más Leal”

Por: Carmen R. Matilla Rodríguez

 

Qué bonita has puesto La Habana

Eusebio Leal

restaurando su patrimonio

físico y cultural

Avenidas y paseos

lucen todo su esplendor

edificios y museos

Recuperan su valor

Vuelven a ser de adoquines

callejuelas seculares

evocando los andares

de volantas y quitrines

Es bueno ver que La Habana

tiene su historiador

que es el restaurador

de la cultura cubana

Y es orgullo del país

exhibir su capital

que conserva su raíz

y es patrimonio mundial

Revive la tradición

de dar vueltas a la ceiba

y todos en comunión

creyentes y no creyentes

rodean con emoción

este símbolo habanero

y piden con devoción

la paz para el mundo entero

Si quieres sentirte a gusto

en ambiente colonial

yo te digo hagas lo justo

La Habana debes andar

Con todo su patrimonio

hacienda gala de tal

La Habana tiene su novio

se llama Eusebio Leal

 

Poema de los niños  del hogar de acogida  “10 de abril” Plaza de la Revolución a Eusebio Leal

 

La Habana intramuros (fragmentos)

Eusebio Leal Spengler

La Habana colonial es uno de los tesoros artísticos de América. Posee una belleza característica que identifica la personalidad cubana en cada uno de los detalles de su arquitectura. Resulta evidente la interpretación insular de las artes y estilos a través del tiempo que marcará pronto el quinto centenario de la villa, establecida junto al puerto en el año 1519.

De hecho capital de la isla, recibe el título de Ciudad el 20 de diciembre de 1592 por Real Cédula de Felipe II; es el instante en que su desarrollo febril la sitúa como la «Llave del Nuevo Mundo», arca segura de caudales diversos y centro de comercio continental, «Antemural de las Indias Occidentales», celebrada por navegantes, cartógrafos y viajeros.

<< Portada del Libro: La Habana intramuros. Sala general. Fondos BNCJM.

La séptima villa fundada por los conquistadores en la isla de Cuba fue edificada sobre una península de roca coralífera en la parte occidental del puerto. Según leyenda, a la sombra de una ceiba, árbol corpulento, sesionó el cabildo, y aunque no existe acta ni documento alguno conocido hasta el presente, la tradición da la fecha de 25 de julio.

Son varias las interpretaciones que tratan de explicar la originalidad de su nombre: Havana. Pero ha de tenerse muy en cuenta que al avanzar sobre estos vastos territorios en 1513 los españoles encontraron al jefe aborigen Habaguanex, señor comarcano cuyo nombre es quizás la clave y la raíz del de la ciudad, que se llamó inicialmente San Cristóbal de la Havana.

Entre 1514 y 1519 la ciudad se trasladó del sur, donde fue originalmente establecida atendiendo al plan de conquista de la América Central, al norte, por ser base y refugio de nuevos y fabulosos viajes y descubrimientos.

Fue varias veces asaltada por corsarios y piratas hasta que, protegida por cañones y fortalezas, se hizo inexpugnable y fa­mosa. El hecho de armas más sobresaliente de que resultó esce­nario fue el sitio, asalto y toma que hicieron de ella los ingleses en 1762, luego de la heroica y dramática defensa del Castillo de los Tres Reyes del Morro.

Capitulada la ciudad con honra, permanecieron los inva­sores en ella durante once meses, hasta que se dio cumplimiento al tratado de paz proclamado en Versalles en 1763, que la resti­tuyó a la Corona española. Tres castillos de plata y una llave de oro sobre campo azul arman su escudo, del cual blasona desde tiempos antiguos. El escudo le fue reconocido por la Reina Gobernadora el 30 de noviembre de 1665, adicionándosele pos­teriormente el lema de «Siempre Fidelísima Ciudad de La Habana».

A pesar de que sólo quedan fragmentos de las murallas edificadas a partir del siglo XVII, todavía a las nueve de la noche la ciudad se estremece por una salva de cañón disparada desde la fortaleza de la Cabaña, que ordenaba el cierre de sus puertas —señal que hoy emplean los habaneros para precisar la hora de sus relojes—, mientras doblaba, actuando al imperativo de la señal, la campana del Palacio del Capitán General sobre la Plaza de Armas, que en breve se tornaba desierta.

La Habana antigua vive su tradición y su leyenda, una at­mósfera muy suya, íntima, que la hace inolvidable. Deben reco­rrerse con cautela sus calles estrechas para no dejar escapar un detalle de las balconaduras de madera o hierro, las puertas seve­ramente guarnecidas de clavos de bronce, llamadores y boca­llaves, por cuya indiscreta hendija se adivinan los patios de austera penumbra sorprendida por el rayo multicolor del vitral o la luceta. Así es la ciudad vigilada por sus torres; a veces nos aparece mora con sus techos de alfarje y lacerías, o rena­centista en sus decoraciones de despiezos cacetonados, barroca en el delirio de la fachada de la Catedral o neoclásica en el frontón del Templete. Sólo la ciudad de Cartagena de Indias en la hermana Colombia puede hoy compararse a La Habana, que es, sin lugar a dudas, el conjunto urbanístico más conser­vado entre antiguas capitales coloniales del Continente.

Imagen tomada del texto original: Libro La Habana intramuros. Sala general. Fondos BNCJM.>>

Se pueden encontrar en ella testimonios de la arquitectura que van desde castillos de los siglos XVI, XVII y XVIII hasta pa­lacios de nobles y esclavistas, iglesias y monasterios, casas de comerciantes y burgueses junto a las pequeñas viviendas de los artesanos o libertos, todas ellas distribuidas en los barrios intramurales, arremolinándose junto a las plazas de Armas, de la Catedral, del Cristo, Vieja o de San Francisco, o siguiendo el itinerario caprichoso de las calles de Oficios, Empedrado, Mercaderes, Obrapía, Bayona, Peña Pobre y otras de nombres igualmente evocadores. Todo ello forma un conjunto de valor excepcional.

Esa Habana fue cuna de orfebres, pintores, poetas, músicos, grabadores, y también de célebres constructores navales. De su astillero fueron lanzados el «Real Fénix», el «Rayo», la «Santísima Trinidad», el «Invencible» y otros navíos que hicieron la carrera de Indias o sirvieron en las escuadras españolas man­dadas por los almirantes Gravina y Churruca en memorables duelos navales ventilados en los mares del mundo.

En La Habana, en la angosta calle de Paula cerca de las murallas, en un hogar modestísimo, nació el 28 de enero de 1853 el Apóstol de la independencia de Cuba, José Martí y Pérez. Su vida y su genial obra revolucionaria fueron la síntesis de la poderosa voluntad de Cuba en la heroica lucha por al­canzar la independencia y la total y definitiva soberanía.

<< Dibujado por Eduardo Barañano y Litografía de Eduardo Laplante. Imagen tomada del texto original: Libro La Habana intramuros. p, 10  Sala general. Fondos BNCJM.

La torre del homenaje en el Castillo de la Real Fuerza está coronada por la escultura de bronce llamada popularmente «Giraldilla», por ser una veleta giratoria que señalaba la orientación del viento, o en memoria de la estatua de la fe que existe sobre la torre de la Giralda en la ciudad de Sevilla.

Es obra del escultor habanero Gerónimo Martín Pinzón, que la fundió en esta capital en los años 1630-1634. Se conoce en todo el orbe por ser la divisa del ron cubano Havana Club».


Fortaleza de la Real fuerza. Imagen tomada del texto original: Libro La Habana intramuros p, 12. Sala general. Fondos BNCJM

De las antiguas fuentes de La Habana, se conserva en la Plaza de la Catedral la Lápida Conmemorativa del Chorro, que da nombre a una popular y breve callejuela donde a partir de 1592 vertió sus aguas que provenían de la Zanja Real. Aquel sitio, entonces un terreno bajo y anegadizo, engrandeció al paso de los siglos. Los navíos y bajeles que hacían aguada en la ciudad eran gravados con el impuesto de sisa, cuyos fondos se empleaban en la ampliación del canal y en la defensa de la urbe.

Otras fuentes y abrevaderos de que se tienen noticias desaparecieron con el tiempo, como por ejemplo, los de la Plaza de San Francisco, la Plaza Nueva y otros.


Fuente de la india o de la noble Habana, 1838 Plaza de la Fraternidad


Fuente de Neptuno, muelle de Caballería, 1838.Imágenes tomadas del texto original: Libro La Habana intramuros. p, 21  Sala general. Fondos BNCJM.

En el siglo XIX se encargaron fuentes a La Habana por distintos mecenas. Algunas han perdido su primitiva ubicación en plazas y alamedas. Pueden citarse por su belleza y elegancia la de los Leones, recientemente reubicada en la Plaza de San Francisco, y la de la India o la Noble Habana cerca del antiguo Campo de Marte en el actual Paseo de José Martí, antes del Prado.

Los jardines propiamente intramurales, no existieron. En los primeros tiempos, «el campo Egido» era vergel y huerta de los vecinos hasta que la ampliación de la ciudad lo extinguió provocando incontables litigios. Su nombre quedó perpetuado en una calle comercial y populosa. Sin embargo, junto a los fosos de la muralla y cuando ésta ya era un anillo formal, surgieron áreas y jardines de distracción predilecta, que llegaron a resultar celebrados.

En el año de 1772 fueron creados los paseos públicos. Data de esta fecha la Alameda llamada de Paula por el hospital y hospicio cuyo fragmento se conserva aún en medio del tránsito constante del área del puerto.

El Paseo conquistó, gracias a las suaves brisas del mar, el favor de los habaneros, acentuado por la agradable ocasión de ver los iluminados navíos anclados en el seno de la bahía. Muy cerca, en el extremo norte, se encontraba el Teatro Principal.

 


Columna de O´ Donnell, 1847. Alameda de Paula. Imagen tomada del texto original: Libro La Habana intramuros p, 22. Sala general. Fondos BNCJM

Los libros de Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana contienen la información de todos los asuntos presentados a consideración del Cabildo a partir de 1550. Algunas calamidades acaecidas parece ser la causa de destrucción o extravío de los documentos anteriores que habrían permitido conocer con exactitud la fecha de fundación de la villa.

El tránsito y estadía de las flotas, la construcción de los castillos y murallas, mercedes o repartimientos de tierras, así como las catástrofes públicas tales como incendios, ciclones o amenazas de asalto de corsarios o enemigos, sufridas por la ciudad hasta 1762, son reflejadas semana tras semana en sus páginas. La toma de La Habana por los ingleses irrumpe brevemente entre estos libros con uno nuevo y singular, el libro de Dominación Británica de la Ciudad, que contiene entre otros acuerdos y documentos los términos de la Capitulación y Acta de Jura de Fidelidad al Rey de Inglaterra Jorge III.

 

Detén el paso caminante (Fragmentos)

Presentamos a vuestra consideración la ciudad de La Habana cuya historia y acontecer, confieso anticipadamente, que no me ha sido posible resumir en las páginas escritas para esta obra, pero en la confianza de que no escape al que leyere el mundo interior, el halo de misterio y poesía que inunda por doquier la vieja ciudad intramural.

Lo que se ha escrito trata de ser una guía que lleve de la mano al lector a consultar las fuentes dignas de fe que se incluyen adjuntas.

<< Portada del libro: Detén el paso caminante. Sala General. Fondos BNCJM.

Pasión y amor, eso sí, hallareis en lo dicho y la sincera invitación a venir a estas calles y plazas, a ver amanecer sobre el puerto, a contemplar silenciosamente las lluvias de la primavera humedecer las piedras que nuestros antepasados levantaron.

Ahora que, consagrados a la restauración de este conjunto monumental admirable, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, contribuimos a salvar esta parte importantísima y vital de la identidad cultural del pueblo cubano, de suyo también, de todos los hombres.

Eusebio Leal Spengler

Ciudad de La Habana, 1987

 

Para no olvidar (fragmentos del proemio)

No ha sido fácil hallar el título adecuado para este libro. Tentativamente habíamosescondo Antes y Después, teniendo en cuenta el valor de las imágenes que, tomadas en el cursar de los años, se acumularon durante tres décadas desde aquella mañana del 11 de diciembre de 1967, cuando se me confiara la tarea de coordinar las labores de restauración del antiguo Palacio de los Capitanes Generales y Gasa Municipal, en la Plaza de Armas. Lejos estaba de suponer entonces (fue asistía al suceso más trascendental de mi vida.

Portada del libro: Para no olvidar. Sala de arte. Fondos BNCJM>>

En las inmediaciones de esa plaza, en la costa noroccidental, la Villa de San Cristóbal de la Habana había hallado asiento definitivo junto al puerto que, visitado por Sebastián de Ocampo en 1508, sería nombrado por éste como "de Carenas" mientras realizaba el bojeo a la Isla de Cuba, ordenado por Fray Nicolás de Ovando, Gobernador de la Española.

Hasta hoy no ha sido hallada el acta donde consten los pormenores que testifiquen cómo transitó la ciudad del sur al norte, proceso que tuvo lugar en breve espacio de tiempo (1514-1519), dictado por las más divergentes circunstancias. De aquella villa primitiva en algún punto indeterminado de la costa sur, han quedado algunas señales en las primeras cartas y mapas del Caribe, una noción apenas perceptible en los testimonios escritos de los cronistas y conquistadores, por lo que hoy yace cubierta por el velo del olvido.

La ciudad verdadera, palpable, se levantaba ante nosotros como imponente conjunto histórico, cuya planta siguiendo lo estipulado por los mandatos regios se había diseñado cual tablero de damas, rememorando los antiguos campamentos de las legiones romanas y adaptándose a las irregularidades propias de la topografía.

La España del sur influyó notablemente en las obras de arquitectura tan pronto comenzaron a ser planeadas y construidas, dejando atrás las condiciones provisorias de la aldea de tabla y guano de palma, de caña y embarrado, de adobe o mampostería... para levantar tapiales, techumbres de madera labrada, cubiertas de tejas de arcilla cocida... hasta hacer aparecer esos pequeños castilletes de inspiración morisca, especie de alcázares en miniatura con sus alfarjes y lacerías, sus umbrosos patios interiores, y también no pocas veces con torrecillas o altanas oteando el mar.

En muchas calles se podía dar una lección de historia de la arquitectura y las artes constructivas, no obstante haberse perdido muchos de los tejadillos y balconaduras. Trasponiendo el atrio o zaguán, eran de admirar las columnas, arcos y escalinatas de las casas solariegas de obispos, navegantes, gobernadores y comerciantes. Para gran placer del viajero curioso, se descubrían zócalos de azulejos encargados a las alfarerías valencianas, así como otros - más raros y antiguos - de origen pisano, catalán u holandés.

Bajo las capas de cal con que periódicamente se cubrían los muros, se sobreponían las pinturas murales de distintas épocas, siendo las más antiguas las que fueron dibujadas a mano alzada con motivos florales. Otras reproducían atributos de la música y el teatro, columnas, cortinajes, siluetas de escultura, idílicos paisajes o escenas de la vida cotidiana, a semejanza de las decoraciones de las casas de Pompeya o Herculano. Todo ello se comprende y explica por la pasión e interés con que el Rey Carlos III de Nápoles favoreciera las excavaciones de esas míticas ciudades, perdidas dramáticamente tras las erupciones del Vesubio en el año 79 de n.e. El monarca, que reinaría luego en España, trasladó a ella y a sus posesiones de ultramar aquella corriente de ilustración y culto por la belleza.

A finales de 1968, el profesor Mateo Torriente nos mostraba el fruto de su quehacer en la casa de Tacón 4, llamando a rescatar en metódicas e inacabables sesiones aquellas pinturas, las cuales fueron identificadas como "cenefas" de las casas habaneras y que años después constituirían objeto esencial de la preservación del Patrimonio, no sólo en la capital, sino también en Trinidad y Santiago de Cuba.

Día a día, recorrí sin desmayo los espacios de la vieja Habana. Los palacios de otrora hallábanse habitados por incontables familias. Patios y galerías, el zaguán o la antigua cuadra habían sido remodelados de acuerdo con la necesidad de cada cual, por lo que en circunstancias tan precarias subsistían como testigos del pasado esplendor rejas, vitrales, mamparas e inmensos portones que, repintados o mugrientos, mantenían sus clavos de desvanecido color, áureo, luciendo aún pestillos y bocallaves junto a los sólidos guardacantones de hierro fundido que, bordados de guirnaldas y anagramas, se aferraban a las columnas de los pórticos.

La vieja ciudad se caía. Cada desplome arrebataba una página de un inmenso e invisible libro de historia, expuesto permanentemente a la cíclica amenaza de los ciclones tropicales, el fuego o las demoliciones. Las fotos son un testimonio de esa etapa crítica en que, para fortuna de las futuras generaciones, prevaleció la voluntad de la Nación de preservar esta parte de su Patrimonio.

Mirando atrás, podemos recordar cómo se fueron dejando a un lado las peregrinas afirmaciones sobre la pobreza material de nuestra cultura, surgidas de engañosas comparaciones; rememorar cómo se forjó la conciencia pública sobre nuestros valores patrimoniales. Se trata de un proceso que vino de la mano de la propagación de la educación, de la participación de las grandes mayorías en la vida cultural, del auge del sentimiento nacional y de una nueva concepción de la vida, la sociedad y la historia, proclamada por la Revolución.

Todo árbol grande y frondoso vive de lo que tiene debajo, asevera un antiguo proverbio. Meditando sobre esta verdad, nos sentimos de pronto escogidos por la singular vocación de cuidar de las cosas antiguas, erigiendo para ellas una nueva morada. Pero, ¿cuáles eran las fuentes inspiradoras donde apagar nuestra sed de conocimientos?

Necesariamente tendría que hallarlas en los precursores, en las Actas Capitulares, en los relatos y crónicas de Bachiller; La Torre, Arrate... hasta llegar a maestros contemporáneos como los arquitectos Benz, Acosta, Prats, Weiss... Y de esta sólida base académica, forjar tina doctrina, crear una escuela capaz de aprovechar vitales experiencias de rango universal, para aplicarlas a tenor con nuestras propias realidades.

A su vez, nos inspiraron e inspiran hasta hoy la vida y obra de mi predecesor de feliz y laureada memoria, el »doctor Emilio Roig de Leuchsenring, a quien me fue dado conocer cuando casi expiraba su fecunda vida.

En los años que precedieron a la victoria popular de 1959, como Historiador de la Ciudad, Roig concibió entre otras iniciativas la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, así como la Comisión de Monumentos. El [alcance y propósito de estas instituciones se veía limitado por el escaso interés que, con muy pocas y honrosas [excepciones, tuvieron los gobiernos republicanos y municipales por la preservación del Patrimonio monumentario.

En las actas y otros documentos de ambas, constan testimonios irrefutables de las batallas libradas por salvaguardar sitios y lugares de extraordinario interés. Tales fueron, por ejemplo: la iglesia del antiguo hospital de San Francisco de Paula y la antigua sede de la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana, erigida en enero de 1728 en el antiguo Convento de la Orden de los Predicadores. La primera, salvada al precio de llevar la polémica a la prensa y otros medios de opinión; otra, sin embargo, fue la suerte de la primitiva Alta Casa de Estudios, derruida sin miramientos ni compasión, deviniendo símbolo emblemático de la endeblez moral de una sociedad en crisis.

Once años me tomaría concluir la remodelación de la vetusta Casa de Gobierno, otrora Palacio de los Capitanes Generales, en cuya planta baja fundara Roig, en 1941, el Museo de la Ciudad de la Habana.

Entre andamios se situaron los talleres que asumieron el carácter de aula para mis primeros colaboradores. Recuerdo los nombres de los obreros formados en los avatares de la vida: Gabriel, Luis, Toribio, Guillermo, Orlando, Argeo, Ángel... Solíamos trabajar juntos, poniendo el hombro a cargas insólitas que dejaban exhaustos a los más atrevidos: largas y centenarias vigas de madera, bloques de piedra, lajas de pavimentos extraídas mucho tiempo atrás, cortadas en los montes de las Islas Canarias o en recónditos yacimientos pinareños. Escuchaba callado y atento las experiencias de los maestros de obras Higinio Martín y Pilar Alonso, y luego, rendidas las jornadas, la lectura contribuía a encender en mí una llama inextinguible.

A esas horas de lectura y meditación, se sumaban las revelaciones de las excavaciones arqueológicas en el perímetro de la Plaza de Armas. Como noticia fidedigna de la cotidianeidad, ellas ampliaron el horizonte de lo hasta ahora conocido sobre los primitivos habitantes de la ciudad.

Debajo del Palacio, entre los estratos de cenizas, la cerámica mayólica de Puebla de los Ángeles, México, o la Talavera española, hallábase mezclada con piezas elaboradas por la familia aborigen. Percibíamos con nitidez los signos de la transculturación. El anzuelo, el pomo de la espada, las corazas de los quelonios y los residuos de conchas y caracoles mayores como Strombus Gigas, Ciprea Servus o Intrucivos Bucicones Floridanos, entre otros testigos de origen animal, revelaban las líneas invisibles del comercio y la dieta en la Habana antigua.

De pronto chocamos con los muros de la Iglesia Parroquial Mayor, derruida hacia 1774, y sobre cuyos restos se había erigido el Palacio. Al profundizar en las labores arqueológicas, salió a la luz el espacio del recinto con sus sepulcros, tal y como habían quedado luego de la profanación ritual que explicaba la ausencia de lápidas e inscripciones.

La mayoría de los difuntos se encontraban en posición de cubito supino y, aunque la humedad intensa había contribuido a deshacer féretros y vestuarios, conservábanse fragmentos importantes de telas, botonaduras, galones bordados y uno que otro atributo de jerarquía o grandeza. A pocos metros, dispuestas en cuadrícula, las sepulturas de los infantes conformaban lo que debió ser el coro de ángeles. Sorprendentemente, bajo el macizo que soporta las gradas de la escalinata marmórea del Palacio, se halló un osario donde pudo identificarse por los huesos largos y cráneos encontrados una aglomeración de más de doscientos cincuenta individuos.

Dada la diversidad y complejidad de los materiales colectados, resultó imprescindible el estudio y análisis de los mismos por el catedrático de Antropología física, doctor Manuel Rivero de la Calle, y el anciano escultor y experto curador de las colecciones del Museo Montané, Ernesto Navarro. El proyecto general de excavaciones estuvo a cargo de Leandro Romero.

Este capítulo confirió una aureola mágica y misteriosa a quienes nos asomábamos a los misterios del pasado. Sentaría el precedente y la base metodológica para el nacimiento, en un futuro, del Gabinete de Arqueología.

Poco tiempo después, se crearían las bases para la reapertura del Museo de la Ciudad, dadas a conocer el 23 de agosto de 1969 con motivo de cumplirse el 80 Aniversario del nacimiento de Roig. Al dirigirme a los allí presentes, entre los cuales habían "jóvenes ancianos" que lo habían conocido en vida, destaqué que "los años transcurridos desde que Emilito fundara el Museo hasta hoy, son precisamente en los que se edifica una Cuba nueva, en que los esfuerzos y sacrificios son siempre inmensamente distintos a aquellos que partían del olvido de la nacionalidad y de la postergación de la cultura".

Dialogando aquel día con don José Luciano Franco, Enrique Gay Galbo, Sara Izalgué, Salvador Massip, Pedro Cañas Abril, Juan Marinello, Antonio Nuñez Jiménez..., pero sobre todo con María Benítez Criado, viuda del doctor Roig, me sentí persuadido y albergué la íntima convicción de que debía dedicar todas mis fuerzas al trabajo diario, uniendo a todos mis colaboradores cual si fuéramos un solo corazón y un alma sola. A ellos, inseparables de mi memoria, mi más ardiente gratitud.

Aprecio hoy el extraordinario valor que tuvieron los años de total consagración al Museo de la Ciudad de la Habana, treinta años de desvelo diario hasta dejar la institución reconocida y estimada nacional e internacionalmente en sus diversas funciones y deberes. No sólo se trató de rescatar el legado recibido, sino de conservarlo y exponerlo dignamente, habiéndose logrado reunir la por varios años dispersa colección facticia; enriquecer el archivo con nuevos y valiosísimos documentos; llevar la vida cultural a la máxima expresión posible gracias a nuevas exposiciones, conferencias, artículos y publicaciones... A su vez, se erigieron nuevos monumentos púbicos, contribuyendo a conservar y honrar los ya existentes, y se recibieron a cientos y miles de visitantes, entre ellos a relevantes estadistas, sabios... y una multitud infinita de trabajadores y estudiantes. Si nadie cambiase el mobiliario y los objetos de sus sitios, podría deambular con los ojos cerrados por los pasillos y habitaciones del otrora sombrío Palacio de la Plaza de Armas.

Tan febril actividad física e intelectual contribuyó a modelar carácter y personalidad, mientras que, en el orden intelectual, fue una etapa decisiva para llenar con creces la falta de conocimiento, saldando con ello una deuda contraída en la adolescencia y años de juventud.

Los conocimientos han de ser continuamente enriquecidos y renovados. Aprender y enseñar, una dualidad comprensible desde los días en que participé en la Campaña de Alfabetización, o cuando ya siendo un trabajador del Municipio de La Habana, recibía clases nocturnas de los maestros populares y otros compañeros más aventajados, para poder alcanzar el sexto grado de la educación primaria.

Si bien es cierto que la formación autodidacta entraña el peligro de que nos inclinamos sólo hacia aquello que nos agrada, ya hoy no me sería posible rectificar. Confieso que el camino elegido no me ha sido ingrato: el culto a las bellas artes, la historia universal y la de Cuba, la geografía, los libros de viajes, la ciencias arqueológicas, la poesía y la literatura, la oratoria como ejercitación del don de la palabra... Sólo ella, la palabra, es capaz de trasmitir ese fuego abrasador que se lleva en lo más recóndito del ser, donde habitan las convicciones más íntimas del hombre.

Desde el pórtico del Palacio inicié un largo camino por calles y plazas. Ellas ocupan un espacio preferencial y altamente jerarquizado no sólo en la civilización grecolatina, sino que alcanzan igual representatividad en la América precolombina y demás culturas de Asia y África. Ya sea como foro, lugar de adoración, mercado, corazón del campamento militar..., allí se reúne la multitud para proclamar una revolución o el triunfo de la concordia ciudadana. A su vez, por su gran significado urbano, las plazas son el alma de las ciudades antiguas.

Pero el sueño de participar en un empeño mayor, sólo podría ser iniciado el 5 de mayo de 1981, al decidir el gobierno de la Ciudad que se crease un ente capaz de llevar adelante el primer plan de obras, el cual se extendería por el espacio de un lustro.   

Podemos comprender y situar con toda claridad el papel correspondiente a las nuevas instituciones especializadas que germinaron durante ese proceso no exento de puntos de vistas disímiles. Resultaría comprensible si se le observa como fuerza generadora de unidad, como legítima aspiración en hallar la perfección y la participación plena de los individuos, y no como una mera lucha de personalidades encontradas.

Todo gran propósito debe conquistar el apoyo de muchos, y no ha de extrañarnos que a la vez suscite dramáticas incomprensiones. Salir adelante requiere paciencia, templanza, austeridad y, por sobre todo, dedicación al trabajo. Enraizó en mí la convicción profunda de que sólo el amor salva.

El 14 de diciembre de 1982, el Centro Histórico de La Habana y su sistema de fortificaciones queda inscripto con el número 27 en el Índice del Patrimonio Mundial. Apenas un año antes, se declaran Monumento Nacional las siete villas erigidas en la Isla de Cuba por los colonizadores españoles: Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, Santiago de Cuba, San Salvador del Bayamo, Santa María del Puerto Príncipe de Camagüey, Sancti Spíritus, la Santísima Trinidad y San Cristóbal de la Habana.

No se premiaban los buenos deseos. El expediente estaba sólidamente fundamentado en acciones concretas y avaladas por la determinación de Cuba, que de manera ejemplar había inaugurado su nuevo período constitucional proclamando, entre sus primeras leyes, las de protección del Patrimonio artístico y monumental.

Los mejores edificios se destinaron para acoger nuevos museos. A su vez, quedaba fundado en la capital cubana el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM), situado en los claustros consagrados en su día al Convento de Santa Clara.

Esa ingente labor se debe a la tenaz voluntad de una mujer, la doctora Marta Arjona. A ella debemos todos, y yo personalmente, el haber ejercitado la fortaleza y modestia imprescindibles a todos aquellos que quieran prevalecer en un noble y grande empeño. Porque son muchos los que fundan, pero no son tantos o muy pocos los que saben perseverar.

En abril de 1986, el Ministro de las Fuerzas Armadas decide que la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, construida entre 1763 y 1774 bajo la dirección del ingeniero militar de S .M el Rey, Silvestre Abarca, fuese restaurada y abierta al disfrute público, instalándose en ella museos de la historia del arte militar.

Al calor de esta iniciativa, dando cumplimiento a la orden impartida, se trazaron las directivas principales, asignándose fondos propios y vina fuerza de trabajo escogida para ejecutar la obra, al frente de la cual se situaron ingenieros y otros expertos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Los trabajos se extendieron por espacio de seis años dada la necesidad de ampliarlos al Castillo de los Tres Reyes del Morro, cuyos cimientos fueron excavados en 1589 según la concepción del ingeniero militar italiano Juan Bautista Antonelli, miembro de una destacada familia de constructores al servicio de la Corona española.

Como una suerte de punta de lanza, el perímetro ocupado por estás dos piezas claves del sistema defensivo de la capital de la Isla, se halla limitado al norte por la playa, y al sur, por el borde interior de la bahía. Dichos terrenos conforman el actual Parque Histórico Militar que, convertido en área protegida, fue plantado de miles de árboles seleccionados, lo cual ha favorecido el renacimiento de comunidades de aves y otras especies, que tienen ahora el peñón y las suaves colinas como su habitat.

La Oficina del Historiador creó un equipo de trabajo que condujo in situ la tarea hasta su feliz culminación. La salva de cañón que originalmente ordenaba el cierre de las puertas de las murallas, y que a lo largo de los siglos se había conservado como una tradición, es ahora un acontecimiento atractivo para incontables habaneros, turistas y visitantes de todo el mundo.

Cada día, a las nueve en punto de la noche, se puede ver desfilar a los soldados que, con vistosos uniformes del siglo XVIII, dan vida y colorido a las severas y vetustas almenas. Ellas formaron parte del sistema defensivo que con alcance continental tenía su epicentro en La Habana, señalando con la punta del ala, en su extremo oriente, hacia el Morro de San Juan de Puerto Rico. Sistema de fortificaciones que hizo del Mar Caribe un teatro cuidadosamente concebido desde las murallas de San Francisco de Campeche o San Juan de Ulúa, en las costas del virreinato de Nueva España, pasando por Portobello, en el Istmo centroamericano, hasta San Felipe de Barajas, que preside la bien fortificada ciudad de Cartagena de Indias.

Largo sería el camino a recorrer desde 1981 hasta octubre de 1994. Nuestros planes se identificaban con la necesidad de salvar a ultranza los edificios que corrían un peligro real de perderse, estableciendo un rango de prioridad para acometer su restauración. Se necesitaba reunir recursos y medios, algunos de los cuales se tornaban cada vez más difíciles de conseguir, incluso aquellos que eran imprescindibles para el rescate puntual de piezas y objetos de arte.

No pocas personas creían que tales limitaciones se resolverían con las contribuciones internacionales. Mucho hay que agradecer en este sentido a varias instituciones y agencias de cooperación, y en especial a la UNESCO por el infinito valor moral que la declaratoria de 1982 supuso para el futuro de nuestro proyecto restaurador. Agradecer el llamamiento de su entonces Director General, Amadou-Mahtar M'Bow, quien tomó a la Plaza Vieja como punto de referencia de una acción solidaria, tenida entonces como segura. Mas, en honor a la verdad, hay que decir que sin la decisión política del Estado cubano y nuestra propia determinación de salir, si fuese necesario, por el ojo de una aguja, poco podríamos hacer a escala de la inmensa y compleja realidad del Centro Histórico.

Ni por un momento quiero quitar mérito a ese apoyo decidido y sincero de la UNESCO, que ha sido correspondido con la obra, promoviendo dentro y fuera de Cuba a esa organización como el espacio ideal, noble y constructivo que auspicia y fomenta la igualdad entre los estados y naciones, el respeto a la pluralidad cultural y la igualdad de derechos y aspiraciones entre los estados miembros. Ella sembró valores e ideas. Ha sido en esa doctrina que descansa su credibilidad y su futuro.

Lentamente se abrió paso la convicción de que nuestros sueños serían inviables si por estar demasiado aferrados a lo meramente histórico o a valores puramente estéticos no otorgábamos adecuada atención a la participación de la comunidad. En ello estaba la clave que definiría el futuro, pues el aporte comunitario otorga vida y contenido a nuestra concepción actual del proyecto restaurado^ mucho más amplia y abarcadora. Lo fundamental de este desafío sería hallar los mecanismos eficaces para la gestión de desarrollo y su sustentabilidad en el tiempo que ha de venir.

La defensa de la utopía, he ahí la clave interpretativa de nuestro discurso. Pensamos que para lograr un eficaz proceso de rehabilitación urbana resulta imprescindible una rehabilitación social y económica. La mejoría de las condiciones del habitat debe ir indisolublemente unida a una reactivación económica local que posibilite a los vecinos incrementar sus ingresos y calidad de vida. Se trata de crear una base económico-social autosustentable en el tiempo, vinculada al carácter cultural del territorio, al rescate de sus tradiciones y al proceso de recuperación de sus valores. Al margen de la cultura, todo desarrollo genera decadencia. Este es el pensamiento clave, la piedra angular.

En 1989 se perfilaban con toda nitidez los sucesos que determinarían, posteriormente, la extinción de los países socialistas de Europa y la desintegración de la Unión Soviética, hechos de carácter irreversible que proyectaron sobre Cuba inexorables e inevitables consecuencias.

Los riesgos y peligros encarados por la Nación cubana sólo pueden ser comparados a la determinación asumida de defender las conquistas alcanzadas por la Revolución y aún más la supervivencia misma de nuestra Patria. Así tendría lugar un período de crisis profunda, determinado por la pérdida de la casi totalidad de los mercados, la grave recesión en la industria, la incapacidad para adquirir abonos y fertilizantes para la agricultura, la imposibilidad de obtener suministros de petróleo y la afectación consecuentè de la generación de la energía, todo lo cual se reflejó dramáticamente en la sociedad y la familia.

Sólo los testigos y actores de este drama, y quienes visitaron la Isla por entonces y han seguido luego con interés la evolución de los acontecimientos, podrán comprender y hacer un juicio objetivo sobre la capacidad de resistencia, fortaleza de espíritu y determinación con que el pueblo cubano asumió sus deberes.

Antes de esta coyuntura, ya la obra de restauración había acumulado preciosas experiencias, consolidadas en las más avanzadas escuelas europeas e hispanoamericanas conocedoras de las singularidades de nuestro propio Patrimonio. Comprendimos que, más allá de nuestra decisión de continuar investigaciones y proyectos, temporalmente nos hallábamos obligados a limitarnos al campo de la arqueología, las pesquisas de archivo y otras especialidades que no requerían el empleo de recursos deficitarios y costosos.

Nos atuvimos entonces a esa estrategia, que serviría mucho de preparación, mientras tratábamos de hallar una fórmula para reiniciar, en el más breve tiempo posible, nuestro paciente y callado menester. Nada se detuvo, pues con cautela y eficiencia proseguimos al ritmo que nos permitían las circunstancias.

Aprovecho para dejar testimonio de la solidaridad y pruebas de amistad recibidas desde diversas latitudes por compañeros y amigos fieles. Es el caso por citar un ejemplo de la Agencia Española de Cooperación Internacional, gracias a cuyo auspicio se fundó la Escuela Taller Gaspar Melchor de Jovellanos, y culminó la restauración de la Basílica Menor de San Francisco de Asís y de los claustros de este antiguo convènto. A la arquitecta María Luisa Cerrillos, nuestra eterna gratitud.

Con idéntica disposición, la Junta de Andalucía sostuvo el Proyecto de Rehabilitación del Malecón Habanero, sin que faltara un solo instante el apoyo de la Oficina Regional para América Latina y el Caribe de la UNESCO (ORCAL) y de su representante permanente, la doctora doña Gloria López Morales. A su entusiasmo, ilustración y humanidad pago merecido tributo.

Tomado de Para no olvidar. Libro primero, por Eusebio Leal Spengler. Ediciones Boloña, La Habana.

 

Regresar en el tiempo

    
Portada y contraportada del libro: Regresar en el tiempo. Sala General. Fondos BNCJM.

Unas palabras:

Nunca pensé que estos artículos dispersos a lo largo de varios años en las páginas de la prensa, fuesen editados posteriormente, y que de ellos se creara un libro; tal em­peño en verdad surgió del aprecio de muchos amigos, algunos de los cuales conocieron los trabajos antes de que estos viesen la luz y los guardaron amorosamente para presentarme luego, ordenadas, las cuartillas, que no fueron otra cosa que una parte de los empeños y del batallar de estos últimos años, intensamente vividos.

Siempre he creído que el hablar es una cosa y el escribir otra. La palabra encendida por el temperamen­to, ya en la conversación íntima o en discursos y confe­rencias, fue casi siempre perdonada, al no expresar en su fugacidad, con exactitud, las ideas, y aún más, crea­da esta misteriosa relación entre el que dice y los que escuchan, participando estos últimos —disminuyendo mi responsabilidad— en mis deslumbramientos.

Pero nada, absolutamente nada de lo que hoy pon­go a juicio de los lectores, se dictó o escribió sin con­vencimiento, sin pasión o sin amor. Los artículos cuba­nos, escenas de las guerras por la independencia, o las semblanzas de sus héroes, los expliqué antes en inconta­bles ocasiones en las salas del Museo de la Ciudad de La Habana, en que bajo el nombre de Cuba Heroica, se trató de contar las proezas, el sacrificio y la fe inque­brantable de los forjadores de la Patria, a pesar de que batallas y anécdotas debieron ceñirse al espacio de la prensa periódica, aceptando siempre ese reto superior que ofrece a la literatura el periodismo.

Nadie da lo que no tiene. Por eso busqué afanosa­mente regresar en el tiempo para poder presenciar, con los ojos atónitos de la fantasía, levantamientos y desembarcos, reñidas cargas de caballería, o asistir a la retirada inevitable, a la muerte inesperada o al exilio doloroso para, desde tan lejos, llevar al lector al esce­nario vivido de la historia.

Así me fue dado hallar extraños testimonios, en mu­chas oportunidades cartas y documentos inéditos, excepcio­nales diarios de campaña; todo ello late y aviva en lo escri­to. Por lo demás, siempre me acerqué a nuestros grandes hombres como admirador y no como crítico, me presenté ante ellos con la frente inclinada.

A la ciudad de La Habana están consagradas muchas páginas; también en este caso los lectores se extraviaron si­guiéndome por el dédalo de sus calles y plazas. Algunos, durante muchos años, me alentaron a luchar sin desmayo por su restauración monumental.

La Habana Vieja me robó el tiempo de la vida; quise encerrarla en las pétreas paredes de un museo, y ella, en justa venganza, me hizo prisionero de sus mu­ros para siempre.

Mi más ardiente gratitud para aquellos que me abrie­ron el camino de la creación; ante ellos ha de enmudecer el verbo y quedó en vilo la pluma.

Eusebio Leal Spengler

La Habana, febrero de 1985

 

La Necrópolis de Colón

Eusebio Leal Spengler

Hace poco más de un siglo, la ciudad distaba mucho de alcanzar la expansión que su trazado urbano actual le confiere. Observada a vuelo de pájaro, o en los detalles de su maqueta a escala, nos percatamos de cómo las suaves colinas y ondulaciones del terreno del antiguo campo Vedado, apenas resultan perceptibles en el tejido de las calles, plazas y avenidas, que conforman uno de los barrios más bellos de la capital de Cuba.

<<. Portada del libro: La necrópolis de Colón: Sala de arte cubano. Fondos BNCJM.

Fue el conde de Pozos Dulces, Francisco de Frías y Jacob, el que alentó los proyectos que confirieron a este espacio de La Habana el encanto de un trazado, concebido como zona residencial de la burguesía, cuyas casas quintas y pequeños palacios poseen múltiples variaciones estilísticas, que van del neoclásico al eclecticismo ; de ahí que, acceder al Vedado viniendo por el Malecón habanero desde el Centro Histórico, o por alguna de las calles y calzadas interiores - como el paseo extramural de Carlos III, otrora decorado con fuentes, columnas, trofeos, esculturas y jardines - o por la antigua calle de San Lázaro, mantiene al entendido viajero en permanente sobresalto al descubrir de continuo la belleza de esta ciudad, por tantas razones atractiva.

Por estas vías, como llevados por inclinación natural, descubrimos las verjas y columnas que delimitan un espacio reservado, desde mediados del pasado siglo, para necrópolis de la gran ciudad. Originalmente fueron estas tierras fincas y estancias conocidas por el nombre de La Dionisia y San Antonio Chiquito. Cuentan los vecinos más antiguos, que los culíes chinos plantaban aquí sus verduras y hortalizas. También, otras historias más distantes en el tiempo, refieren que por estos caminos transitaron los británicos en 1762 - durante el sitio de la capital - tratando de llegar, desde la costa, a las eminencias donde años después se edificaron el Castillo del Príncipe y la pirotecnia militar.

La Iglesia compró estas haciendas con la finalidad de erigir un nuevo cementerio. Siglos antes las inhumaciones tenían lugar, según la costumbre, en el interior de los templos; el crecimiento de la población obligó al Obispo de La Habana, Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, a construir un camposanto - que luego llevó su nombre - en el año de 1806, lugar consagrado a la salud pública y a la religión. La capacidad del lugar fue colmada apenas medio siglo después, y he aquí que en 1866, por Real Decreto, la Corona autorizó la erección de la nueva necrópolis en las tierras previamente escogidas, colocándose la primera piedra en octubre de 1871.

El trágico acontecimiento acaecido en la ciudad el 27 de noviembre de aquel año: el fusilamiento de ocho estudiantes de medicina víctimas de un turbulento proceso, cuyo móvil aparente fue la supuesta profanación del nicho sepulcral del periodista Gonzalo de Castañón, tuvo como colofón la prohibición por las autoridades coloniales de que los cuerpos de los jóvenes ultimados fuesen sepultados dentro de los muros perimetrales de la nueva necrópolis. No es un contrasentido tal prohibición pues, según consta en los libros de registro, la primera persona se depositó en el Camposanto en noviembre de 1868 - la esclava africana Manuela Valido - de manera que tres años antes de iniciarse las obras, ya cumplía sus funciones el cementerio.

El año 1868 fue también el del inicio de las guerras de independencia contra el dominio español, las cuales culminaron en 1898 con la entrada norteamericana en la guerra hispano-cubana, y la consecuente intervención militar de Estados Unidos en Cuba hasta la proclamación de la República en 1902. En esta necrópolis fueron sepultados los restos de los marinos norteamericanos víctimas de la explosión del acorazado Maine, ocurrida en febrero de 1898, que devino justificación para la entrada de esa potencia en la contienda. La historia del cementerio ha estado íntimamente ligada a la de la Isla, y con el decursar del tiempo ha sido testigo de los más diversos acontecimientos.

El proyecto de la necrópolis fue ejecutado por el arquitecto español Calixto Aureliano de Loira y Cardoso, ganador del concurso convocado, quien concibió un orden de galerías subterráneas inspiradas en las de las catacumbas romanas; la primera de ellas recibió el nombre de Tobías, el personaje bíblico que por amor a sus semejantes se consagró a dar sepultura a los muertos abandonados, y a quién se apareció para premiar sus servicios, cuando ya se hallaba ciego y enfermo, el Arcángel San Rafael. Paradójicamente, el joven Loira falleció a la edad de 33 años, y su cuerpo fue depositado en la galería apenas concluida.

El monumento que más honra la memoria del arquitecto es el pórtico, de noble inspiración románica, con tres entradas que aluden a la trinidad divina: construido con piedras de la misma calidad que las que se usaron para edificar los palacios de la ciudad. Hacia el norte y el sur en lo alto de la obra, sendos relieves marmóreos muestran la crucifixión en el monte Calvario y la conmovedora imagen de la resurrección de Lázaro, apenas emergido del sepulcro. Impresionante es el coronamiento, formado por tres esculturas que representan las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad, ellas lucen sus atributos en solemne expresión de serena espera, y a sus pies, en el mismo bloque de mármol de Carrara, la divisa latina: JANUA SUM PACIS.

Grabado antiguo que muestra la portada principal del cementerio antes de su terminación. Imagen tomada del libro: La necrópolis de Colón: Sala de arte cubano. Fondos BNCJM.>>

La planta de este ce­menterio forma un rectán­gulo de 56 hectáreas, al centro del cual la capilla, vista desde arriba, es como una joya engastada en el crucero. En las décadas posteriores y hasta hoy, el espacio se colmó de esplé­ndidos monumentos que perfilan el culto a los difuntos practicados - desde los albores de la humanidad hasta nuestros días - por la religión y las civilizaciones.

Estamos ante un ce­menterio católico que refle­ja, al igual que la ciudad otrora distante y ahora a sus puertas, la raíz latina de nuestra cultura. Mucho di­fiere, ciertamente, de la severa austeridad de los campos de recordación de la América del Norte, o de los países de ascendencia luterana. Una multitud de es­culturas de ángeles, santos, las tan frecuen­tes columnas truncas, obeliscos cubiertos con paños luctuosos, o efigies de Jesús y la Virgen, tratan de prevalecer sobre la vani­dad de esta apoteosis perecedera, con la afirmación del Maestro al consolar a sus discípulos: “Yo soy la Resurrección y la Vida”.

En estas páginas encontraremos detalles de un tesoro artístico, del cual nos sentimos legítimamente orgullosos. Desde siempre hemos escuchado decir que la necrópolis que lleva el nombre del Almirante Cristóbal Colón, es la tercera o la cuarta en belleza e importancia del mundo, escala establecida al comparar el conjunto con el célebre cementerio genovés de Staglieno, o acaso con el de la impar "Verana, o con el no menos romántico de San Michele, que ocupa la totalidad de la isla del mismo nombre en la laguna veneciana. Otros prefieren evocar el cementerio del Pére Lachalse, en la ciudad de París, donde entre otros panteones famosos, hállase el de aquellos donceles eternamente enamorados: Ebelardo y Eloisa.

Como toda comparación, esta nos puede conducir al error. Preferimos pensar que esta belleza, legitimada por el amor y el culto a nuestros antepasados, es en sí misma digna de ser admirada. Es para mí el espacio más encantado de La Habana, sobre todo, en aquellos días aplomados que invitan - como reza un sabio y antiguo canto andino - a convertir nuestra alegría en tristeza.

La ciudad nació bajo la advocación de San Cristóbal, nombre que en aquellos años del ya distante siglo XVI, evocaba no sólo al gigante de Asia Menor, sino al nauta que supo transponer las infranqueables Columnas de Hércules. A él fue dedicado este cementerio, ciudad de abajo, del mundo de las sombras, según la etimología de la palabra necrópolis, en contraposición a la acrópolis: ciudad de arriba, de la luz. La Habana creía por entonces, exactamente desde enero de 1796, que era depositaría de las verdaderas cenizas de Cristóbal Colón, celosamente guardadas en una columna inmediata al presbiterio de la Catedral Metropolitana. Esta posesión fue discutida luego de hallarse, fortuitamente, en el presbiterio de la Catedral Primada de Santo Domingo, la que fue considerada tumba verdadera, raíz de una disputa que se ha mantenido encendida durante más de un siglo.

El cementerio de La Habana es una lección viva de historia social. En sus pequeñas barriadas interiores - como en la ciudad antigua o moderna - los palacios de los nobles y los espacios más privilegiados comparten vecindad, hasta cierto punto, con los más humildes, a pesar de la voluntad selectiva manifiesta en la propia estructura de los campos, que establece un área común y otra de la más exclusiva monumentalidad.

Aquí pueden hallarse pe­queños templetes greco-romanos, una pirámide egipcia, castillejos medievales o criptas renacentistas. A cada momento una lápida o una inscripción nos hace detener: aquí los poetas de la fama, allá ilustres educadores y pedagogos, héroes de la independencia o altos oficiales del Ejército Colonial Español; no­bles y prelados o inmigrantes reu­nidos en los panteones de las socie­dades comarcales que se construye­ron centavo a centavo. Monumentos erigidos a hechos trágicos y memo­rables; una multitud de sencillos tú­mulos y grandes panteones de las figuras más relevantes de la socie­dad aristocrática o el poder financiero.

   


Imágenes tomadas de libro: La necrópolis de Colón: Sala de arte cubano. Fondos BNCJM.

Este es un lugar para conocer. Si al llegar aquí poseemos anticipadamente la información necesaria será mucho más fácil, de lo contrario, éste libro nos ayudará a tomar alguno de los caminos deseados.

A unos los llevará la curiosidad, otros peregrinarán en pos de una memo­ria... de una u otra forma, nos hallamos ante uno de los Monumentos Nacionales de la República, proclamado en 1987, lugar de interés que ha de ser conservado y amado, porque la palabra cementerio viene del término sémens, semilla, semillero. Es ésta la casa de las genera­ciones precedentes, uno de nuestros cul­tos, que nos lleva a volver siempre a esta ciudad de los muertos, donde se nos reve­lará, acaso, un rasgo vital e imperecedero de nuestro carácter. Es esta nuestra cos­tumbre ancestral, costumbre que nada pudo cambiar.

<<. Imágenes tomadas de libro: La necrópolis de Colón, p 12: Sala de arte cubano. Fondos BNCJM.

 

Tomado de La Necrópolis de Colón, por Eusebio Leal Spengler. Colección “Habana Siempre”.

 

El Dr. Leal y la difusión de la cultura nacional

Por: Javier Santovenia Díaz

Es imposible que en nuestra isla alguien no conozca a un eterno joven llamado Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad de La Habana, quien ha sabido comunicar la historia con tanta fuerza, emotivas palabras y obras escritas, como mismo hiciera el Dr. Emilio Roig de Leuchsenring con el firme propósito de proteger y divulgar el patrimonio más auténtico histórico cubano, material y espiritual de una de las Siete Ciudades Maravilla del Mundo.

No cabe duda que ha sido en las últimas décadas, el intelectual que más ha difundido los valores y maravillas de La Habana entre los habitantes del mundo que han podido contemplar su belleza. No en vano ha recibido el título de Doctor Honoris Causa de prestigiosas universidades de América Latina y Europa; sin olvidar que es Embajador de Buena Voluntad del sistema de las Naciones Unidas y asesor del tema para La Erradicación de la Pobreza, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Al erudito Dr. Leal, quien ha sido un excelente lector y comunicador, estuvo dedicada la 27 Feria Internacional del Libro, digno homenaje que constituye un gran orgullo para todos los habitantes de nuestra querida Habana y del mundo que han conocido sus grandes dotes.

Recomendamos la consulta de una obra de obligada lectura, compilada por la Dra. Aracelis García Carranza. Se trata de “Eusebio Leal Spengler.  Biobibliografía”, (cinco tomos) compuesta por libros, folletos, publicaciones periódicas y otros documentos. En la obra se incluye una bibliografía pasiva, de carácter selectivo, relacionada con su labor intelectual, de conservación, restauración y promoción llevada a cabo durante décadas.

En cierta oportunidad el Dr. Fernando Rodríguez Sosa, crítico literario cubano, expresó "(…) la oratoria e Leal Spengler no ha sido publicada en su justa dimensión”. Las experimentadas y reconocidas especialistas Araceli García- Carranza y Josefina García-Carranza entregan, con este repertorio bibliográfico, un útil instrumento de información y conocimiento sobre Eusebio Leal Spengler y, también, sobre su valiosa acción de rescate, conservación y atesoramiento de la memoria de la nación cubana.”1

El Dr. Leal nos ha entregado a partir de eficaces miradas al futuro desde el pasado una ciudad restaurada, a partir de su indiscutible liderazgo al frente de relevantes proyectos e investigaciones para el desarrollo de novedosos diseños inspirados en la Ciudad Maravilla, que es un lugar único en el mundo, su música, contrastes y sus habitantes.

Bibliografía

1.RODRÍGUEZ SOSA, FERNANDO. (2015) Presentaciones. Revista Opus Habana

Recuperado desde:  http://www.opushabana.cu/index.php?option=com_content&view=article&id=4415&Itemid=44

 

Nuestro Eusebio Leal, el más leal de los habaneros.

Por: MS. c Reina Ramírez Granela

(...) El deterioro o la desaparición de un bien del Patrimonio Cultural y Natural constituye un empobrecimiento nefasto del Patrimonio de todos los pueblos del mundo (…)

 Convención para para la protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural. París, 1972

Cuando la obra de algún creador es tan significativa, las palabras resultan pocas, y sobre todo por la entrega y grandeza ante la dedicación para su realización, donde cualquier sinónimo de altruismo se minimiza con la magnitud de la entrega y humildad, del Dr. Eusebio Leal Spengler. Su labor ha sido realmente encomiable e inspiradora, como Historiador de la Ciudad y artífice principal de lo que engalana hoy nuestra joven Habana, de 500 años.

Revisando algunos libros en los fondos de la Sala de arte de la BNCJM, para hacer esta sección de Imaginarios, acerca de quién la poeta Carmen R. Matilla Rodríguez recientemente lo bautizara como “El más Leal”,  rebusqué una y otra vez los textos de los libros seleccionados, las imágenes, entrevistas y crónicas recreadas en la prensa, admirada de tanto quehacer y denodados logros alcanzados a lo largo de todos estos años, donde ha estado presente el encanto y la mano creadora, proactiva, casi mágica, de nuestro Eusebio Leal.

Numerosos libros de su autoría, escritos con ese encanto que le caracteriza, como buen orador al fin y al cabo, nos muestra un amplio espectro de razones, histórico culturales y patrimoniales, más allá de la engorrosa y complicada tarea de rehabilitar una parte de La Habana colonial, en sus inicios,  momentos donde había que trabajar además,  en la mentalidad de los moradores habaneros de la zona, concientizar la necesidad de preservar y apropiarse del  significado del patrimonio, así como además hacer ver sus bondades desde el punto de vista social. Todo un proyecto enriquecedor que imbricó una serie de aspectos socioculturales y empoderó a muchos  con el paso del  tiempo, en la difícil, pero necesaria restauración.

En el libro La Habana Vieja & Trinidad, Patrimonios del Mundo, Eusebio hace referencia a innumerables aspectos que fueron tomando carácter, en los inicios de esta laboriosa y difícil tarea, a respecto escribió: (…) Al tener la noticia de que la UNESCO había incorporado a la Lista del Patrimonio Mundial la vieja Habana y el sistema de fortalezas y castillos; se decidió a colocar en El Templete la tarja que coronó el esfuerzo que nuestro país para obtener tan excepcional reconocimiento. Esa zona de la capital aparece en el índice con el número veintisiete, de un registro que hasta la fecha contiene quinientos seis lugares creados por el hombre o por la naturaleza, unidos bajo un mismo emblema en símbolo de protección válida para todos los pueblos y culturas. (….)

Portada del Libro La Habana Vieja & Trinidad.1997. Sala de arte cubano. Fondos BNCJM.>>

Más adelante refiere la compleja situación existente en La Habana Vieja, en el momento en que se asumió el reto,  pues no fueron pocos los moradores que minimizaron  la importancia del proyecto para el entorno, no solo por la situación habitacional, sino social existente en ese momento en la zona.

(…) Pero La Habana Vieja es también una acumulación de problemas reales y objetivos, tales como marginalidad, precarias viviendas, escasez de agua, ruina y peligrosidad de incontables construcciones. En muchas oportunidades el esfuerzo de las autoridades, que es también el nuestro, ha chocado contra el escepticismo y la desesperanza (…)

El historiador refiere que el reflejo de todo cuanto se había estudiado sobre el rescate del Patrimonio y la restauración de este, solo era una parte del proceso, que exigiría adecuaciones a la realidad existente, lo cual demandó muchas horas de arduo trabajo, deshizo esquemas de lo aprendido en la academia, propició el contacto directo de los trabajadores con obras y piezas museables, que nunca antes habían visto. Se transformaron los escenarios en pos de las nuevas necesidades reconstructivas, y se hizo necesario entonces trabajar en las conciencias de las personas, lo que  contribuiría a interiorizar más el proceso culturalmente.

(….) Al retornar de nuestras incursiones, luego de meditar, comprendí que el concepto de Patrimonio -casi sacro- , que la idea de exhibir las preciadas reliquias sólo como un legado del pasado, no contribuía a transformar las conciencias de la gentes y que era más susceptible alcanzar un desarrollo pleno de su identidad, solo en la medida en que podían sentir como suyo el patrimonio material. Había que crear una noción de lo histórico, del suceso del arte a partir de una relación participativa. Durante años, usando los medios que se fomentaron y las instituciones creadas, se abordó la restauración monumental y el uso de inmuebles y espacios de interés particular con carácter puntual, después nacería la concepción global y sostenible del Centro y de la comunidad que lo habita (…)  

 
Tres momentos del proceso de restauración. Edificaciones de la Plaza vieja. Libro: La Habana Vieja & Trinidad.1997. Sala de arte cubano. Fondos BNCJM

La Habana Vieja es hoy muestra fehaciente del esfuerzo mancomunado y de la participación de una buena parte de sus pobladores, sin la cual dijera Eusebio: (…) El Centro estaría llamado a desaparecer de muerte natural, o a ser vendido a mejores postores y convertirse en un reducto exclusivo ante el auge del turismo y sus requerimientos cada día mayores, de lugares pintorescos que concluyen, casi siempre, si no tienen las riendas bien tomadas, en una caricatura burlesca, o un coto privilegiado para ellos (…)


Eusebio Leal, explicando a  estudiantes de enseñanza primaria, en una sala de un museo.
Imagen tomada de Internet

Imágenes que muestran algunas de las innumerables obras sociales que se lograron de la mano de este gran proyecto:


Tomado del libro: Desafío de una utopía. Sala de arte cubano. Fondos  BNCJM.


Tomado del libro: Para no olvidar, testimonio gráfico del valor social de la restauración del Centro histórico de la Ciudad de La Habana. Sala de Arte. Fondos BNCJM.

 La realidad actual de La Habana es otra,  se viste de gala, gracias a la labor de este incansable maestro, y no solo se han engalanado de energías nuevas las fachadas de sus edificaciones, sino también, sobresalen logros en escuelas de los distintos barrios, aulas creadas en los museos para el aprendizaje de diversas materias relacionadas con la cultura, la restauración, el programa de la lectura, las escuelas talleres para jóvenes adolescentes, los círculos de interés, los programas de carácter ecológico como para el cuidado del medio ambiente y en la rehabilitación y limpieza de la bahía de La Habana, la atención al adulto mayor y disímiles proyectos socioculturales, que forman parte inseparable, como amalgamas prendidas de este gran proyecto liderado por Eusebio Leal, donde  todo reconocimiento a su entrega es poco, toda condecoración merecida, y porque los logros van de la mano “del más leal de los habaneros”. ¡Gracias por su legado maestro!

   
   
  
Imágenes de portadas