Eisenstein, desde una mirada cercana

Por Alejandro Zamora Montes

Ediciones ICAIC pone en manos de las lectoras y lectores cubanos una reedición del volumen Eisenstein, escrito por el crítico, teórico del cine y la literatura Víctor Borisovich Shklovski. Dentro de la vasta literatura dedicada a este genio de la cinematografía mundial. El libro de Shklovski destaca por su estructura y nivel de compenetración, pues los contenidos presentes en él no siguen un orden estrictamente lineal; más bien son asociaciones, recuerdos eslabonados que se enganchan y desenganchan, pero al final, constitutivos de una misma cadena. Víctor Shklovski fue un importante teórico del denominado formalismo ruso y amigo personal de Serguei. Ambos fueron testigos de una época en extremo turbulenta, los dos fueron creadores comprometidos; y debido al basamento de esa sólida amistad, Víctor consigue que la lectura de esta obra no se convierta en un mero ejercicio formal, sino más bien en un interesante descubrimiento sobre las distintas etapas y sucesos en la vida del cineasta, hasta su deceso. A lo largo de 476 páginas, Víctor Shklovski nos conduce, como si de un guión cinematográfico se tratara, por el nacimiento de Seriozha (Serguei), acontecido el 10 de enero de 1898 en Riga, Letonia; a sólo dos años de inventado el kinetoscopio por Thomas Alva Edison. Tuvo, como bien menciona el autor, una infancia triste y dulce, con padres divorciados desde muy temprana edad. Era muy estudioso: dominaba el inglés, el alemán y el francés. Adoraba la fotografía y era un lector voraz. Llegó a conocer de memoria todos los teatros  y las librerías de San Petersburgo. De forma análoga, a medida que se ensanchaba su mundo interior, también lo hacía el mundo externo. Todo a su alrededor cambiaba y se desarrollaba. Aparecían nuevos conceptos, nuevas formas de conocimiento, nuevos medios de comunicación: era un período de revoluciones que trillaban el camino para el futuro director.

Discípulo de Vsevolod Meyerhold, y conocedor de las inquietudes más soterradas de los espectadores (quienes buscaban algo más que una simple parcialidad visual en las obras), Eisenstein consiguió armarse de un equipo bien sólido, por el cual desfilaron figuras importantísimas: Strauch, Grigori Aleksandrov, Gomorov, el gran camarógrafo Eduard Tissé, Antonov y Levshin, entre otros. Gracias a la cohesión de todas esas mentalidades emergieron filmes envolventes, hoy día constituidos verdaderos clásicos: El acorazado Potemkin, Huelga, Iván el terrible (primera y segunda parte), Alexander Nevsky.

Capítulos en los que se abordan nombres y acontecimientos (como por ejemplo, las enconadas peleas intelectuales entre el realizador de Octubre y la periodista y actriz Peta Atasheva, su esposa), el primer encuentro de Serguei con un señor encanecido, maravilloso y norteamericano, el cual buscaba seducir a ancianas ricas con el objetivo de buscar financiamiento para costear sus filmes, llamado David Griffith. El gracioso pero amargo escrito suyo en una foto tomada con un perro que hizo fortuna en Hollywood, que reza: «La estrella Rin Tin Tin y el perro Eisenstein». Las diferencias y puntos de contacto entre la cinematografía de Serguei Eisenstein y Dziga Vertov, creador del llamado cine-ojo, la amistad de Serguei con el poeta Mayakovski, su esposa Olga Viktorovna, y Boris Pasternak. El encuentro en Moscú y posteriormente en Estados Unidos con Mary Pickford, Douglas Fairbanks y con el mismísimo Charles Chaplin, son sólo algunos de los temas por los cuales transita Shklovski para seducir y atrapar al lector/a.

Fueron dos los países forjadores del arte moderno: Italia y Rusia. En el segundo fueron exploradas (y explotadas) todas las ramas del arte con total fruición y originalidad. Queda demostrado por el autor de este volumen que para Eisenstein el cine debía ser dialéctico y constituir un arma puesta al servicio de las grandes masas; un vehículo para transmitir ideas, en este caso, al servicio de la revolución. Para Víctor, Eisenstein fue y será recordado como uno de los padres del montaje, proceso de vital importancia en la construcción fílmica. El establecimiento, mediante el uso de simbolismos, de una potente fuerza ideológica en toda su cinematografía, así como del llamado montaje de atracciones –consistente en someter al espectador a choques emotivos mediante acciones psicológicas– devino escuela para futuros cineastas.

Lo lamentable en la vida de este hombre genial, a pesar del inmenso aporte al arte cinematográfico, tanto por sus múltiples ensayos y artículos, es el boicot a su carrera; la cual desgraciadamente no fue extensa debido a las limitaciones y ataques impuestos por burócratas, por los fascistas norteamericanos (lo tildaban “perro rojo”) y hasta por el propio Stalin. Como bien menciona Shklovski, «la cinematografía soviética de Eisenstein y Pudovkin, de Dovzhenko, Dziga Vertov y Shenguelaia dominaba las pantallas; por lo tanto, había que destruir su éxito. Había que acabar con la primacía del arte soviético en la cinematografía».

El libro de Víctor Shklovski viene acompañado de excelentes fotografías en los distintos estadios del cineasta, así como algunos de sus bocetos y apuntes. No obstante, a pesar de la referencia hecha por el mismo Víctor: «soy el amigo leal que escribe sus memorias, que son también en gran medida, teóricas», existe un punto principal de convergencia entre estos dos autores. Se trata de la perspectiva del proceso de montaje mismo. Tanto de Eisenstein con su montaje de atracciones o la llamada teoría de actuación sin transición, así como del concepto de extrañamiento o desautomatización de Shklovski en la literatura: la finalidad del arte de estos dos creadores consistió en lograr que se produjera un choque o conflicto en el espectador-receptor mediante la selección de lo que ve, con el propósito de dinamizar, de producir sensaciones, emociones, para conseguir una ruptura de lo estático o automático en la percepción del mismo, y que esto sirviera (he aquí su gran valor) como parte integral de la práctica social. La unión de fragmentos textuales, palabras o frases, así como de ángulos, planos y secuencias; debía constituir una obra de arte en sí misma, perfectamente estructurada, al igual que una célula es dividida para dar origen a otra, hasta materializar la obra final: el cuerpo. Tal vez por ello, a medida que se avanza en la lectura, es reforzada la impresión de que ambos burlaron (inmortalizándose con sus respectivas obras), a la muerte. Como escribiera al respecto Víctor Shklovski: «En el arte no es obligatorio hablar como se habla en la vida real. Hay que decir lo que necesita la vida. O también: A veces el arte logra romper el carapazón que protege al hombre y, por un instante, hace aflorar su esencia y su corazón humano». Es una obra impresionante, de obligada consulta y referencia. Fue traducido y prologado por Zoia Barash, autora del también importante libro: El cine soviético del principio al fin.